17 octubre, 2021

HOY HACE 66 AÑOS
Nace el personalísimo coletudo Rafael Gil “Rafaelillo”

Efectivamente, el 16 de septiembre de 1955 en la ciudad fronteriza de Tijuana ve los primeros rayos del más grande astro conocido, Rafael Gil quien con el mote de “Rafaelillo” ganó lauros en muchos anillos de este planeta.

Rafael “corrió la legua”, se internó “a escondidas” en muchas dehesas en donde recibió cuartazos de los vaqueros, y de este modo romántico, así como su vida torera, arribó a la rambla espinosa e ingrata que propone inflexiblemente la madre tauromaquia a quienes pretenden llegar a su cima.

Efectivamente, el 16 de septiembre de 1955 en la ciudad fronteriza de Tijuana ve los primeros rayos del más grande astro conocido, Rafael Gil quien con el mote de “Rafaelillo” ganó lauros en muchos anillos de este planeta.

Rafael “corrió la legua”, se internó “a escondidas” en muchas dehesas en donde recibió cuartazos de los vaqueros, y de este modo romántico, así como su vida torera, arribó a la rambla espinosa e ingrata que propone inflexiblemente la madre tauromaquia a quienes pretenden llegar a su cima.

“De entre los jodidos nacen los más grandes” –refiriéndose al vástago del humilde carpintero de Galilea-, alguna vez escuché decir a un compañero ocasional de la barra de cierta cantina.

“Rafaelillo” fue de pobre cuna y a los once años de edad, escuchando y condescendiendo a su alma aventurera, se escapó de la casa familiar –calle Sexta, Colonia Libertad, Tijuana, Baja California- y se puso a trabajar en lo que salía.

Lo extraño hubiera sido que llevara en la bolsa del pantalón algún billete, pero no, solo, como dijo el genial bate Manuel Benítez Carrasco, “las bolas llenitas de valentía”. En estas condiciones se fue “de aventón” a la hermosa, grandiosa, espectacular, imponente y convulsa capital de lo que nos queda de patria. Pero ahí no paró su novelesco paso por este planeta. Para 1969 en la Monumental plaza de toros de la capital reynera, Monterrey, desesperado por no torear, se lanzó al ruedo para como espontáneo “atravesársele” nada menos que al “León de Tetela de Ocampo”, Joselito Huerta. El apoderado de éste, lejos de hundirle más, lo sacó de la cárcel y hasta le calzó con tenis nuevos.

Ya no muy lejos estaba esperándole el éxito. Por fin, luego de bárbaras penurias le anunciaron en la Plaza México. Los utreros anunciados eran de Valparaíso y alternaría con José Antonio Gaona y Luis Procuna hijo. La fortuna le sonrió y levantó triunfalmente dos orejas. Este logro le desembocó en que fuera repetido en la propia Plaza México durante nueve tardes consecutivas, al final de las cuales contabilizó 10 orejas y un rabo.

Con una buena preparación en el rango novilleril y con apenas 17 años de edad biológica, se apersonó en la plaza de San Luis Potosí el 25 de diciembre de 1971; ahí, en el tercio del anillo Manolo Martínez le cedió al primer ejemplar de la tarde proveniente del criadero de San Martín, ante la presencia del valiente y espectacular español Francisco Rivera Pérez “Paquirri”.

En la arena de la urbe donde llegó al mundo se presentó como matador de toros cuando corría el mes de mayo de 1972; entonces el destino le responsabilizó del encierro completo de Rancho Seco, ya que sus alternantes Mario Sevilla y el peninsular Marcelino fueron heridos. Y dio el ancho, pues al cerrar el festejo sus estadísticas crecieron con cinco orejas de aquella sola tarde.

Viaja a la madre patria sin conocer a nadie. De compañeros llevaba solamente el boleto de ida que le obsequió el popular apoderado “Chavola” y cien dólares. Con el dinero, no mucho, que ganó en la corrida de su presentación en España, pudo salirse de la humildísima pensión en que vivía y de la cual ya debía varias rentas atrasadas, y trasladar su domicilio a otro sitio de mayor decoro.

Rafael Gil “Rafaelillo”, donde se para huele a torero romántico

Entre sus importantes logros está el haber confirmado su doctorado potosino en el gran coso del barrio de Las Ventas de la capital. Fue el 18 de julio de 1974; su padrino fue Julio Vega “Marismeño” quien le entregó los trastos para que diera lidia y muerte al bicorne que abrió la función y que llevaba la divisa de Camaligera; esto ante la persona de Raúl Sánchez.

Al año de rajarse el alma en la hermética fiesta taurina ibérica, puso estrenar un “Mercedes” y alternar con las figuras de “allá”: Palomo Linares, Ángel Teruel y Paco Camino, entre otros.

El 15 de agosto de ese 1974 quedará como fecha diamantina en las fojas de la tauromaquia mexicana. “Rafaelillo” caminó en el despeje de cuadrillas en la Monumental de Barcelona y a uno de los toros de su lote, pastado en agostaderos de Juan Mari Pérez Tabernero, gracias a su hondísimo entendimiento de la tauromaquia práctica, le cortó el de cerdas. Este hecho, y otros logros en tal recinto, le merecieron la incrustación de dos placas de reconocimiento.

Ese mismo año retorna a su patria y se anuncia en la plaza de la “Ciudad de los Deportes” para ratificar su nivel de profesional en tauromaquia. El 29 de

diciembre le apadrina Eloy Cavazos con un toro de José Julián Llaguno, mientras de testigo de la ceremonia estuvo Jesús Solórzano.

Su cuerpo aguantó la casi bárbara cantidad de 46 cornadas, varias de ellas muy graves, de esas que ponen en peligro la vida e inspiran los santos óleos, como aquella de 1977 en la plaza de Mérida, Yucatán en cuya superficie arenosa el pitón de un toro jalisciense de Matancillas le arrancó la femoral y la safena y lesionó la fosa iliaca. En la sangrienta función alternaba en mano a mano con Curro Rivera.

En su faceta internacional llegó a sumar hasta doce despejes de cuadrillas en la Monumental de Madrid, pudiendo presumir un más que decoroso desempeño a la hora de promediar sus resultados.

Jamás conforme con lo establecido, fue un original innovador y aportador, -también portador- para la fiesta brava. De coleta natural y arracada en una oreja calzaba ternos de colores poco comunes. Hondo, misterioso, religioso y único. Se siente, es, vive torero.

“Ya con la coleta cortada” paseó un tiempo por Aguascalientes. Ahí le conocí y tuve el honor de entablar amistad con él. Educado, respetuoso y conocedor del código de los buenos modales. Se trata de todo un personaje que en donde se para comienza a oler a torero.

Ahora hablo más a título personal: Creo que la fiesta ha sido ingrata con él. No escucha, no ve, sí desprecia, sí desaprovecha esa su política insulsa. El gran conglomerado que la forma no le ha rendido la pleitesía que merece y ha sido inconsciente del significado enorme que es entre la torería azteca de todos los tiempos Rafael Gil “Rafaelillo”.

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