13 junio, 2021

Jesús Cuesta Arana

JUAN BELMONTE UNA VIDA EN LOS LIBROS.

Desde niño le gusta perderse por las hojas de un libro. A la quincallería del padre, siempre llegan en salteo –procedentes de los “restos de un naufragio”– algún que otra manoseada edición. De modo que forma biblioteca de ocasión y provisional. Pasa las horas muertas y las vivas también compaginando las aventuras de Emilio Salgari, Julio Verne, Blasco Ibáñez… Lee todo lo que se presente lo mismo una comedia que un cuento sea chino o no; el drama espeso que la fulgurante epopeya; la tragedia en actos que la novela; la elegía que el epigrama; biografías de santos y héroes que el folletín y a veces hasta “pliegos de cordel” que también entran y salen.

CUENTO DE NAVIDAD, EL MUSEO DE CERRAJERITO.

En un día de diciembre, a las puertas de la Navidad, entre la neblina y el frío, una vieja vendedora de cupones no cesaba de pregonar la suerte. En la lejanía las campanas y los relojes se regocijaban con el tiempo. El pueblo aparecía tranquilo pero con un halo de presentida alegría, como si un espíritu hubiera bajado para teñir a la atmósfera de encendidos colores.
– ¡La suerte! ¿Quién quiere la suerte?
El chiquillo pecoso se acercó a la vendedora de la suerte dominado por una insólita curiosidad:
–Abuela, ¿dónde está el Museo de Cerrajerito?

UNA VISION DEL MIEDO.

Se pintaba ya la tarde sevillana. El lubricán. Ése momento mágico que adoraba Juan Belmonte. Era por primavera y el azahar en todo lo suyo. Por la calle adelante camino de la Gran Plaza, se veía venir un hombre recortaíto con el andar parsimonioso –como en el paseíllo- : pero sin marchosería hueca, sino con gracia repajolera que tanto dio y repartió por los ruedos. Era la estampa viva del siempre torerísimo Rubio de san Bernardo, que ya – en vida- es alma y carne de bronce.
Cité al maestro con la intención de hablar un rato sobre El Pasmo de Triana para una biografía que un servidor andaba escribiendo. Llegó el maestro con puntualidad taurina. Como debe ser. Al llegar a su altura le abordé:

JOSÉ LUIS PARADA O LA SUERTE DE UN AMIGO…

A José Luis Parada lo conocí una noche en su Sanlúcar de Barrameda. En la tierra de su aire y,… su sangre. Fuimos a participar en un coloquio en su peña de la calle Trasbolsa y desde aquel preciso instante supimos el norte de uno y del otro y hasta hoy.
Aunque nos veamos de higos a brevas, siempre que nos encontramos nos fundimos en un cálido abrazo torero (sobre todo por su parte, ya que a José Luis, se le transparenta el toreo hasta en los momentos más prosaicos).

AQUELLOS MALETILLAS…

Al decir adiós al otoño y con las primeras señales del invierno a la par que las avefrías, se dejaban caer por los cuatro costados de Alcalá de los Gazules –un pueblo gaditano, en el corazón de la Ruta de los Toros Bravos– toda una furia de soñadores con hatillos al hombro se quedaban hasta el alba de la primavera o cuando el resuello de las tempraneras golondrinas. Eran los maletillas.

LA COLETA DE LAGARTIJILLA, CIEN PRIMAVERAS DESPUÉS… “EL ÚLTIMO TORO DIBUJA ENTRE PITÓN Y PITÓN UNA CORNADA CERTERA”.

Parece mentira que una cosa tan insignificante –en apariencia- tenga tanto significado en la vida de un torero. Hablamos de la coleta. Esa trencilla o mechón de pelo que figura situada en la nuca o en el cogote que en un principio tuvo más valor funcional –servía para proteger zona tan delicada de la cabeza- que de adorno como hoy en día. Del pequeño “adminículo capilar” –en la cursilería de los gacetilleros rancios– se puede escribir todo un tratado.
Los lidiadores antiguos lucen airosos la trencilla que delata a las claras su profesión; “por ahí va un torero” dicen la gente al verlos pasar. Hasta que Belmonte va y le dice a un atribulado peluquero de Madrid, “¡córtame la coleta!” Y desde entonces se cambió el pelo natural por el postizo. Un atrib