LOS PUYAZOS DE SERGIO.

A muchos oportunistas adulones y astutos que están metidos a “cronistas” o “reporteros”, les va muy bien la mafia que administra la fiesta brava mexicana y la defienden usando recursos baratos cuyas prostituidas intenciones no alcanzan el beneficio de la paciencia de la afición sensata y pensante. Comentan en los medios los sucesos, siempre procurando encubrir verdades que puedan trastornar los abusos de empresas, matadores, apoderados y ganaderos. Lo que es peor, a todo aquel que valientemente, desde su contexto, labora sin alcanzar cosecha cabal para reivindicar un espectáculo tan achicado y del que han hecho una parodia, lo sellan de “amargado”. Se trata de seres carentes de criterio y sobrados de necesidades personales.

El pasado 3 de febrero, después de no haber retornado desde su fase novilleril, el pillo de Madrid, Julián López Escobar, se presentó en “La Macarena”, coso con cuerpo de piedra y ladrillos, de Encarnación de Díaz, Jalisco. En el balcón de las órdenes, la empresa puso al matador de toros en el retiro Paco Olivera “Bombita” quien fue asesorado por don Pedro Julio Jiménez Villaseñor, hombres de ética, honradez y criterio intrastornables en asuntos de tauromaquia. A plaza llena por una clientela boba y necesitada de dejarse ver en los tendidos, negó acertadamente y aguantando las presiones, una oreja a Fernando Ochoa y otra más a Joselito Adame. Los trasteos de ambos fueron, primero, ante rumiantes de modesta presencia –recuérdese que estaba el “Juli”-, segundo, no válidos como para semejantes trofeos. La categoría verdadera de las plazas la da, entre otras cosas, la seriedad de las diligencias que en ellas se hagan, y no como oficialmente se tiene establecido… es decir, el tamaño de sus aforos.

Olivera, y ahí se “equivocaron” los empresarios al colocarlo en el sitio del juez, tiene sólido concepto que aplica para engrandecer el espectáculo, no para convertirse en cómplice de un público que frecuentemente confunde lo que ve con lo que quiere ver y que acude a los circos con el síndrome del festejador.

“Indignados”, estos mojigatos comprometidos con la fiesta, si, pero con la fiesta mediocre que se padece y no con la auténtica que debería tener esta patria como una rica expresión de su cultura, encajaron como tiro al blanco a “Bombita” y le tacharon sin fundamentos de haber practicado el “protagonismo” por no complacer a una clientela en su mayoría aguascalentense, faltaba más, “la mejor que tiene la nación”, pues, para comodidad del conjunto que la administra, es ingenua, noble, miope, aplaudidora y pagadora, incluido el sector que la “representa”, en el que se encuentran hasta doctores de “reconocido” taurinismo que se levantan desaforados de su caro palco de sombra para demandar “la de aquí” cuando algún actor, y en plena feria abrileña, está alborotando la gallera con sabanazos.

En contrapartida, esta modesta columna se une al valor y a la certera decisión del hombre que supo proteger los intereses del espectáculo, y no los de quienes, lamentablemente, viven de él.

Sorprende que, conociendo la política del señor Javier Bernaldo, haya desembarcado un encierro en el coso de la “Ciudad de los Deportes” el pasado domingo, decentemente presentado y menos manso de lo que casi todos esperábamos. Es más, algo inaudito, el cuarto traía en sus venas hasta cierta casta.
¿Qué pasa? Muchas cosas, pero lo cierto es que el gigantesco embudo de la rambla de Insurgentes recibió otra más de las famélicas entradas que han sido el general de la campaña que está por agonizar.

El veterano de Azcapotzalco se portó éticamente, otorgando a los presentes un apunte de solvencia técnica. Su primer antagonista era portador fiel de la equivocada y blandengue teoría del toro de lidia de su dueño; sin embargo lo entendió equilibradamente y aprovechó ampliamente las cualidades nobles que manifestó. No así se desenvolvió con su segundo, aquel toro cómodo de testa pero de cierta bravura al que en todo momento trató de hacer ver mal, reponiendo un paso de más y atrasando el engaño, exhibiendo su compacta malicia negativa. Ese era, justamente, el que hubiese merecido el halago del arrastre lento, no el dulce empalagoso sexto… en todo caso…

Talavante, habiendo quedando bien con el redundo de un apéndice auricular, se le alzó la puntada de “obsequiar” un séptimo. Alejandro Pedrero, el mejor charro que estos ojos han visto, -perdón sea dicho de tanto comodín y ventajista que se atavía con el traje nacional- en torneos y Congresos, creó, acuñó, fraguó y acreditó la tesis de que si a la “primera” te sale bien, “mejor que pendejo el que intente repetirla”…

Juan Pablo Sánchez, joven fresco, es de capote muy corto y derechista con la sarga, empero lo que hace por ese lado lo realiza punto mejor que bien. Hacer ver fácil el toreo por ese flanco. Sincronizado, templado, armónico, bien colocado siempre, amigo del valor sereno, tuvo, aún sin el premio de auriculares, su mejor tarde en la Plaza México. Esos toros no se pinchan, dijo un compañero de tendido. Sí que lo entendió el mismo aguascalentense, y se lamentó porque habría sido su primera salida a hombros debajo de la escultura del “Encierro”. El mérito sea pare él, no para el maleable bobo que en desbordada y compacta ignorancia, el juez mandó se le diera arrastre lento… que interesante será la tarde en que este muchacho con alto sentido de la competitividad, enfrente a un toro bravo… será el acabose y ahí si que se dimensionará su jactancioso temple… lo esperaremos con gusto…

Author: Sergio Martín del Campo Rodríguez

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