ARRASTRE LENTO

6 de marzo de 2019

AUNQUE TODOS LOS NOVILLEROS SON DEL MISMO BARRO, EL CÁNTARO DE SU ALMA SUENA DIFERENTE…

Después de la novillada del domingo pasado –en la plaza de toros San Marcos de Aguascalientes se me dio la oportunidad de platicar brevemente –ella tenía prisa- con una aficionada que, si bien no es aficionada de “hueso colorado”, se siente atraída por la riqueza expresiva del espectáculo. Delgada, esbelta, pero muy jacarandosa, río en carcajada cuando le hice ver que si bien la naturaleza no le había premiado con la dotación de abundante “carne sobre sus huesos”, “carne que hace a los hombres poner sus ojos encima del esqueleto”, a ella, en cambio le había concedido la extraordinaria finura y notable agudeza como virtudes.

-“Pepe, me dijo con la claridad de quienes no se han por las ramas, me gustó más Héctor que Alejandro… los dos tiene aires en sus pulmones, pero uno parece hablar con más vigor que otro; los dos tiene candela en su pecho, pero el caldero ardió más con uno que con otro; los dos brillaron, pero lucieron muy diferentes, uno, calmo y relajado, y el otro, excitado y jadeante… Me gustó más Héctor que Alejandro…

Reflexiva, detalle que plasma en sus cuadros –mi amiga es diseñadora de interiores en hotelería, escritora por gusto, y “criticona” por necesidad -<así se autocalifica>- me hizo comentarios que si bien no hacían alusión directa a lo acontecido en el ruedo, retratan una realidad que no todos los ojos ven, ni todos los entendimientos comprenden.

-“Me gustan las novilladas, pero sobre todo las caras de los novilleros, me dijo mi amiga. Unos ponen el alma, y otros ponen la piel, la luz de unos contrasta con las llamaradas de otros, unos dan la impresión de estar en el paraíso, y otros en la cresta de la tragedia, y aunque todos tiene un punto de semejanza, su afición, sus ganas, sus deseos, ME ENCANTAN LOS QUE SON CAPACES DE PRESCINDIR ENTERAMENTE DE SÍ MISMOS EN EL RUEDO…

Sabiendo de su buen humor, y con las copas en los labios brindando por nuestro encuentro, y conociéndola, no me quedé con las ganas de preguntarle. ¿Qué tanto te “encantan” los novilleros que te “encantan”? Pícaro, eres muy travieso, me “encantan” tanto que sería capaz de entregarles mi esqueleto sin carnes para que hagan FANDANGO con él. Ya en serio, me “encantan” los chamacos que son capaces de entregarse en plenitud absoluta a la exaltación de su vocación. Su cara es un cuadro con infinidad de tonalidades, y su semblante en un maravilloso repertorio de las emociones de su alma.

“Me gustan los chamacos, continuó mi amiga, que reviven los estados de alegría, de entusiasmo, pero me dejan huella los que acusan aires de preocupación moral, me “encantan” los muchachos que son capaces de implicar de nuevo el concepto de “heroísmo” en el cada vez más reducido diccionario de la tauromaquia.

-“Me gustan los chamacos, recalcó mi amiga la diseñadora, que ponen el alma en el ruedo, “héroes” que ponen la piel, héroes que son capaces de desprenderse de sí mismos atreviéndose a todos los riesgos, héroes que con su actitud conquistan a las musas de la inspiración, aunque debo decirte “Falco” que si bien me gustan todos los novilleros dado que son del mismo barro en el ruedo, y son las mismas cenizas después, su cántaro personal suena diferente, “Flaco”, así me dice, me gustan los novilleros; unos ponen el alma, y otros ponen la piel.

Antes de retirarse con “bella media” remató su interesantísima exposición de ideas. Me “encanta” la cara de los novilleros en el ruedo, su rostro me conmueve por la ternura con la que se creen dignos de merecer las alabanzas que le zumben en sus oídos en murmullos de admiración, y me “encantan” cuando tienen todo el cielo para ellos en sus ojos, y me “encantan” porque, rosando apenas la superficie de la creatividad, son capaces de calar hondo con el marro de su voluntad, me “encantan” cuando asumen el papel de “héroes”, me ”encantan” los chamacos que algo tiene de misterioso pues suelen moverse y desplazarse en las reconditeces y subterráneos del arte.

Pero llegó el momento de decir adiós, mejor dicho, hasta luego. Y lo hice con tal efusividad que, abrazándola con bestial afecto, sus huesitos tronaron en tal fuerza que el fandango de su esqueleto aún resuena con macabros compases de pecaminosa alegría.

Author: José Caro