ARRASTRE LENTO

NO ES UNA SIMPLE ANÉCDOTA.

NI ES ALGO QUE DEBA CONSIDERARSE COMO UN ESPECTÁCULO EN EL PLANO DE LAS IDEAS.

ES UNA SIMPLE OBSRVACIÓN QUE INTENTA DESCUBRIR LA GRAN DIMENSIÓN DE AGUASCALIENTES EN EL UNIVERSO DEL TOREO.

Nadie niega que Aguascalientes ocupa un lugar de privilegio en el mundo de los toros. Por su vocación taurina la entidad ha llegado a convertirse en una especie de conciencia pública a la cual hay que llegar a conmover y convencer. El rito simbólico y devocional de la liturgia “respetando la tradición” ha movido a los toreros a buscar la manera de actuar en el suntuoso coliseo que es tenido, gracias a su regia y magnífica arquitectura y funcionalidad, como lujoso ejemplo de lo que es una auténtica plaza “monumental” –y Monumental es el nombre de la de aquí- que, obedeciendo a su mágica condición, inspira por solemne y colosal.

Monumental Aguascalientes

Se dice que, como hecho comprobable, Aguascalientes vive la Fiesta de toros de manera honda y entendida, y que su afición es de las más participativas en cuanto al perfil lúdico del espectáculo, siendo a la vez la que mayores índices de compromiso muestra en cuanto al sesgo cultural perfilado hacia la ilustración. A cualquier observador del fenómeno taurino le queda claro que la afición de aquí –Aguascalientes- no quiere perder los nexos que le unen a tan rica y centenaria tradición. Para bien aquí van de la mano la algarabía con la ortodoxia, el festín con la solemnidad, el bullicio –dinámica popular- con la liturgia.

Y si bien en otros sitios, también considerado como taurinos, se escuchan dolorosos lamentos por lo que pudiera parecer el inevitable colapso de la estructura del toreo, en Aguascalientes se pugna por una sana reconciliación de los intereses que intentan obstaculizar el desplome fatídico de la Fiesta –espectáculo y religión-.

Por fortuna en donde todavía “el cielo es claro”, “la gente buena” y hospitalaria, es posible oír proclamas a voz de grito que advierten que el toreo como rito y espectáculo no es un vestigio de ruinas amontonadas y que, muy por el contrario, es una manifestación en la que brota la sangre nueva, se reconstituye la fe robusta, y se acrisola la voluntad de hierro para hacer que resista gallardamente los embates de las mentes que viven abrazadas en una inmensa llama de odio al toreo.

Pues sí, Aguascalientes cuenta con una afición que renuncia a quedare con los brazos abiertos y ser pasivo espectador del orden que se desmorona “dando pie a que el gusto popular se haga de otras preferencias”. Y hasta parece decidida a no permitir el derrumbe de una herencia transmitida y acumulada por varias generaciones que han aceptado el rol emblemático que le otorgan al convertir en algo concreto el concepto abstracto de la expresión.

Celebro que los aguascalentenses no podamos desentendernos de nuestra condición de herederos de todo un complejo psicológico, tal y como es el toreo comprendido entre la manualidad y la inspiración emocional que requiere y produce. En Aguascalientes tienen vida las de costumbres toreras; Aguascalientes tiene rigurosas inclinaciones artísticas, Aguascalientes tiene gustos preferenciales; Aguascalientes goza del privilegio de ser capaz, gracias su refinada sensibilidad, de apuntalar, seleccionándolos, los estilos que nos caracterizan –sencillez, buen gusto, pulcritud, orden y generosa animación- y tipifican en el amplio y desorbitado mundo de los toros.

Sí, la ciudad de Aguascalientes es heredera de una organización social que, afiliada al romanticismo provinciano y familiar, creó su propio código de valores que hoy tímidamente se perfilan al destierro.

Author: José Caro