LA SENCILLEZ HUMANA SE VISTE DE TABACO Y AMARILLO CANARIO… EL LIBRO PIEDRAS NEGRAS. SITIO, VIDA Y MEMORIA

4a parte, actualizada el 20 de julio de 2019.

UN GANADERO habla de uno de sus colegas… ¡Y lo hace bien!

La obra.

QUIERO -Y lo debo de hacer- agradecer al señor Carlos Castañeda Gómez del Campo, ganadero de las reses bravas que se lidian a su nombre con la divisa tabaco y amarillo canario, su caballerosa atención para permitirnos transcribir la totalidad de su libro sobre la ganadería de Piedras Negras. Una “biografía autorizada” –“PIEDRAS NEGRAS… SITIO, VIDA Y MEMORIA”- sobre la centenaria dehesa afincada en los campos bravos de Tlaxcala.

DOCUMENTO INTERESANTE e infaltable para todo aquel aficionado que le guste conocer, y/o rescatar, los cimientos de la verdadera encastada campiña mexicana. Fin que perseguimos y nos lo concede Carlos Castañeda Gómez del Campo.

LARGA ES la obra, por eso mismo iremos presentándola en secciones, agregaremos un espacio amplio cada tres días, así los leyentes verán formar dicho libro conforme vayan pasando las semanas.

DEBO DE decirlo… “PIEDRAS NEGRAS… SITIO, VIDA Y MEMORIA”, ya fue presentado en Sevilla cuando esa dehesa se hermanó con Miura, y tuvo una excelente aceptación. La edición primera “voló” literalmente, por lo mismo es un honor reproducir los escritos de este sano taurino.

Creo que Carlos entenderá mis pocas, pero sinceras palabras…

¡Gracias Carlos!… ¡Gracias ganadero!

Carlos con su mejor tesoro, su hijita.

Pedro Julio Jiménez Villaseñor.

INICIAMOS…     

PIEDRAS NEGRAS SITIO, VIDA Y MEMORIA

Carlos Castañeda Gómez del Campo

A mis tres «requetrespiedras»:

Cuca: sin ti, ni esta ilusión ni mi vida estarían completas. Gracias por la paciencia y el cariño de estos años y los que nos faltan por vivir.

María e Isabel: gracias por acompañarme siempre en esta pasión que México y la ganadería representan para mí.

PRÓLOGO

Sí, Carlos, esto es un viaje.

Dicen que viajar es vivir más vidas. Otras vidas.

Vidas de arrieros, de tlachiqueros, de vaqueros, de toreros, de curas, de ganaderos…

Aunque la ganadería es tu pasión; la historia tu afición; y Piedras Negras, tu ilusión, las vidas que aquí viviste y que nos haces vivir párrafo a párrafo son, en resumen, el viaje hacia nosotros mismos.

Raíces, polvo, recuerdos, sueños que nos transportan a siglos de vida y memoria.

El Sitio es Piedras Negras.

El protagonista es uno mismo.

La Vida es el intenso transitar por los años que fueron de otros, pero que nos hace ser y sentirla como propia. Es parte de lo que nos lleva a vivir el hoy con admiración y respeto hacia quienes forjaron un rumbo bien definido, digno de ser vivido con todo el orgullo González de hoy y de siempre.

Para eso es y trabaja la Memoria.

Para conocernos y comprometernos a honrar el pasado, disfrutar el presente y soñar el futuro.

Sitio, Vida y Memoria.

Gracias por el viaje

Antonio de Haro González

INTRODUCCIÓN

Desde hace tiempo tuve la inquietud de escribir un libro sobre Piedras Negras. El lance ha sido para mí un largo y complicado viaje a lo desconocido, pero también muy enriquecedor. El reto ha sido encontrar en el entorno histórico y taurino de México, así como en la intimidad de la familia González, la historia del sitio, su vida y su memoria. Creo que si algo tiene de innovador el presente texto es tratar de insertar el tema de la crianza del toro bravo en la vida de México.

La historia de México es una gran aventura; sobre el tema existe una cantidad increíble de libros, estudios, monografías, ensayos y análisis, muchos accesibles en la actualidad, gracias a la tecnología. Gran parte de la información general aquí contenida proviene de este tipo de fuentes.

Si bien es cierto que lo que van a leer no tiene un interés ni un método de investigación científica, busqué acercarme a la mayor cantidad de fuentes históricas disponibles que me permitieran, después de analizarlas, obtener mis propias conclusiones, y con el encuadre de algunas fechas y datos, poder expresar mis ideas de la mejor manera posible en un contexto adecuado.

Mientras me fue posible, acudí a fuentes originales. Busqué información en los siguientes archivos: el General de la Nación, el General Agrario, y el propio archivo documental y fotográfico de Piedras Negras, este último conservado en esta hacienda en propiedad de su actual dueño, mi fraternal amigo, Marco Antonio González. También acudí a la Hemeroteca Nacional y extraje información de diversas colecciones privadas con publicaciones de cada época.

Conservo –y son parte fundamental de este trabajo– las copias de los libros de la ganadería, libretas y hojas de trabajo, que hace más de veinticinco años me compartieron don Raúl González, Jorge de Haro y Gonzalo Iturbe, todos ellos ganaderos de toros bravos y descendientes de sangre y espíritu de quienes iniciaron la crianza profesional del ganado bravo en nuestro país. La lectura y comprensión de lo anterior fue la semilla que hizo que creciera en mí el aprecio y la admiración por la sangre de esta ganadería, y por su gente. Mucho tiempo dedicó don Manuel de Haro, otro gran ganadero, a explicarme, en sabrosas pláticas, lo que en muchos casos no puede escribirse o no está escrito. De estas charlas guardo un gratísimo recuerdo y son también origen de mi interés por esta tierra, su gente y sus toros.

Cada visita al campo tlaxcalteca, donde me ha abierto su casa Antonio de Haro –guardián de lo mejor de su tierra–, me ha dado la oportunidad de buscar, aunque sea en el imaginario del paisaje, lo que fueron las tierras de la hacienda. El frío matinal, a veces persistente, el sol que quema fuerte y la gente del campo, también han sido fuente del presente trabajo.

Ricas y muy agradables horas han sido las que he pasado conversando con todos los González. Los de Piedras Negras, La Laguna, Zotoluca, Zacatepec, Coaxamalucan y Rancho Seco, me han regalado un tesoro invaluable al abrirme las puertas de sus ganaderías, pero, sobre todo, de sus recuerdos.

La historia de la finca y de sus distintos propietarios, su devenir, su transitar en manos de los González, la ganadería vista por dentro, en el campo, y por fuera en la plaza, donde la Bravura, eje y propósito de la casa de la familia González, tiene forzosamente que rematar, es lo que espero, querido lector, que en las páginas de este libro puedas encontrar. Letras que representan para mí: una ilusión cumplida.

Carlos Castañeda Gómez del Campo

I. SAN MATEO HUISCOLOTEPEC

Escribir sobre Piedras Negras es hacer un viaje fantástico por las venas de la historia de México. En cada época de esta propiedad se reflejan los momentos de la vida política, económica y social de nuestro país. Los Señoríos Tlaxcaltecas, la llegada de los españoles, el virreinato, la Independencia, el periodo de Benito Juárez y del general Díaz, la Revolución y el México moderno se pueden ver en las paredes y son parte del devenir económico de San Mateo Huiscolotepec.

Piedras Negras está ubicada en Tlaxcala, «cuna de nuestra nación», sobrado calificativo, si tomamos en cuenta que el poblamiento del norte del país nació aquí junto con la catequización de los indios y el mestizaje.

Ahí, en lo que después serían tierras de los González, se dieron los primeros encuentros bélicos entre indios y españoles; ahí se formaron las primeras haciendas del estado; después, el clero, siempre poderoso, sería su propietario; los arrieros primero y el ferrocarril después le dieron forma y destino, para finalmente ser también cuna, pero ahora del Toro Bravo, hasta llegar a los años del desarrollo industrial. Si creáramos una línea de tiempo con los hitos trascendentales de la historia y tauromaquia nuestras, de seguro coincidirían con los principales momentos de Piedras Negras.

Cada vez que llego a Mena, al girar a la derecha para cruzar lo que en sus tiempos fue el potrero el Pescadero, me surge la misma pregunta: ¿Cómo habrá sido esto? En lo que era un camino de terracería ahora hay una moderna carretera de cuatro carriles. Del lado izquierdo sale el camino que lleva a la actual plaza de tientas de Piedras Negras, otrora de Zotoluca. Un poco más adelante se ve lo poco que queda del embarcadero original de la ganadería. Al llegar a la vía del tren, dando la vuelta conforme al camino de hierro, del lado izquierdo busco las ruinas del lienzo y la plaza donde tantos González dejaron pasión y vida, donde se probó la bravura de las vacas y se le dio forma y sustancia a una ganadería. Me imagino a aquellos hombres vestidos de charro, perfectamente montados, arreando sus vacas acompañadas de la parada de bueyes para la tienta del día. Polvo, silbidos y gritos a la sombra de los canosos sabinos –ya muy pocos hoy–, mudos testigos de ese hacer cotidiano. Después, ahí de frente, las ruinas de «La Venta», tristes y silenciosas, para finalmente admirar al fondo, bajo el cielo azul tlaxcalteca, el casco de Piedras Negras. Casa, trojes, panteón e iglesia, llenos de vida y memoria.

Después de atravesar la modernidad que ahora rodea a la hacienda, dejamos atrás El Derribadero, donde los machos mostraron su bravura. Más allá está Coaxamalucan, y pasando por lo que fueron los potreros de los toros, hoy ya casi sin árboles, al cruzar el río, continúo haciéndome la misma pregunta: ¿Cómo habrá sido esto? Amos, vaqueros, toros, magueyes, vida…

Antes de llegar al casco de La Laguna, un camino que sube a la derecha lleva a los vestigios de un poblado indígena. Juego de pelota, mercado, casas y enterramientos de siglos atrás descansan bajo los actuales potreros de la ganadería De Haro, hija por sangre, tierra y tradición de Piedras Negras.

Ahí comienza esta historia, en la búsqueda de la respuesta a mi pregunta, o al menos por el gusto de viajar en el tiempo.

1. TLAXCALA: LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES

A principios del siglo XVI, Tlaxcala era un pequeño territorio situado en las tierras altas de México, que precaria y valientemente mantenía su independencia del Imperio Azteca. Con la llegada de Cortés, pasó a ser parte de la Monarquía Española, después de las batallas sostenidas entre españoles y tlaxcaltecas en 1519.

Al momento de la conquista, el centro del país estaba poblado principalmente por indios nahuatlacas, cuya organización política era el Imperio Azteca, que para ese entonces se había desarrollado por los últimos ciento cincuenta años. Quitando pequeños señoríos, la única gran excepción a la unidad y dominación azteca eran las fronteras del estado tlaxcalteca, ubicado al este de Tenochtitlán. Ahí, sus habitantes habían defendido con éxito su territorio de la dominación del Imperio, mientras este se expandía por toda la geografía central del país.

El territorio tlaxcalteca era más o menos el mismo que actualmente ocupa el estado. Estaba compuesto por veinticuatro señoríos gobernados, cada uno, de forma independiente. Maxixcatzin de Ocotelulco, Xicoténcatl de Tizatlán, Tlehuexolotzin de Tepectipac y Citlalpopoca de Quiahuictlán eran los cuatro más importantes señores de Tlaxcala al momento del inicio de la conquista española. Las principales actividades eran la agricultura y el comercio, este último, el medio para conseguir cacao, textiles y sobre todo, sal, productos de los que carecían.

Hacia el noreste, el lugar estaba defendido por una muralla localizada cerca del actual casco de La Laguna. Cuando llegaron los españoles, la muralla se encontraba desatendida, ya que los tlaxcaltecas, sabiendo de la llegada de Cortés, prefirieron esperarlo dentro de las fronteras del territorio.

Cortés llegó a Tlaxcala con un grupo de indios totonacos de la región de Zempoala. Al llegar a Zacatlán, Cortés tenía que tomar una decisión estratégica: pasar por Tlaxcala, donde sin duda habría que luchar contra los indios, o buscar una ruta alterna y evitar el enfrentamiento. Sus propios estrategas sugerían lo segundo; sin embargo, los zempoaltecas, explicándole la animadversión de los tlaxcaltecas hacia Moctezuma, lo convencieron de que sería bien recibido y que era mejor entrar al territorio. Así, ellos aceptaron de buena gana ser enviados a pactar con los oficiales tlaxcaltecas. Xicoténcatl hijo sospechó, como siempre lo hizo, de la oferta, arguyendo que «los castillos flotantes eran resultado del trabajo humano, que se admira porque no se ha visto» y que se debería mirar a los extranjeros como «tiranos de la patria y de los dioses». Desde la llegada del ejército español hubo diferencias entre los señores tlaxcaltecas. Los enviados zempoaltecas llevaban como oferta de buena fe un sombrero flamenco, una espada, una ballesta y cartas de paz firmadas por Cortés, todo lo cual fue regresado sin respuesta alguna. Maxixcatzin estaba a favor de aceptar la oferta española, sin embargo Xicoténcatl se oponía. Por su parte, Temilotecutl proponía una estrategia: aceptar la oferta de Cortés mientras se preparaba un ejército que, bajo las órdenes de Xicoténcatl, en el momento en que los españoles menos lo esperaran, los atacara, asegurando así la victoria. Si ganaban, la gloria era de ellos; si perdían, pretendían culpar a los vecinos otomíes del ataque y recibir a los españoles como amigos. Al no tener una respuesta amigable a su oferta, Cortés decidió entrar al territorio, acompañado por trescientos guerreros de Ixtacamaxtitlán y por veinte jefes de Zacatlán. Las primeras batallas se dieron en el desfiladero de Teocantzingo y, al día siguiente, en los llanos, ahí mismo. En ambos casos, los resultados fueron adversos para Xicoténcatl el Mozo, hijo del señor de Tizatlán.

Ambos ejércitos tomaron tiempo para recuperarse. Los españoles, con muy pocas bajas, pero seriamente heridos, permanecieron en su campo, mientras los tlaxcaltecas analizaban la posibilidad de la rendición.

Cortés atacaba de manera furtiva por las noches tomando diversos asentamientos, de tal forma que un disminuido ejército de Tlaxcala iba rumbo a la capitulación. Al fin, después de varios intentos por ganar la guerra, discusiones respecto a la divinidad de los españoles, la posibilidad de que estos fueran aliados de Moctezuma y la pérdida de numerosos jefes de guerra hicieron que Maxixcatzin y Xicoténcatl el Viejo se decidieran a hablar de paz, para dar entrada a los españoles a Tlaxcala. Grandes esfuerzos tuvieron que realizar estos para demostrar la sinceridad del ofrecimiento.

La paz se firmó en el cerro de Tzompantepec, el 7 de septiembre de 1519, concertada como una alianza entre dos naciones. Finalmente, entre el 18 y el 23 de septiembre, Cortés entró a tierras de Tlaxcala.

La ayuda militar de los tlaxcaltecas a Cortés no fue inmediata. Incluso, Maxixcatzin trató de disuadirlo de la idea de atacar Tenochtitlán. La primera gran aportación de los tlaxcaltecas fue informar a Cortés de los planes de Moctezuma de formar un gran ejército para emboscarlos cerca de Cholula. De ahí en adelante, hasta la caída de Tenochtitlán, el auxilio de los tlaxcaltecas se dio prácticamente en todas las actividades militares llevadas a cabo por el ejército español. Sin embargo, los guerreros de Tizatlán –sin duda, el grupo militar más diestro–, comandados por Xicoténcatl hijo, nunca fueron de la confianza de los españoles, ya que sabían de la resistencia de su líder en apoyarlos. Se dice que seis mil tlaxcaltecas acompañaron a Cortés en su primera entrada a Tenochtitlán. Más de veinte mil participaron en el ataque final a la capital del Imperio Azteca. Formalmente aliados, una última duda acechó a Xicoténcatl el Mozo después de la batalla de la Noche Triste. A cambio de terminar con los españoles, los aztecas le ofrecieron su alianza y compartir con él la mitad del Imperio. Tanto Maxixcatzin como Xicoténcatl el Viejo preferían la alianza con los españoles contra los aztecas. Por su parte, Xicoténcatl el Mozo prefería los términos de los aztecas. Al final, estos no se aceptaron, y los tlaxcaltecas acompañaron a los españoles en el último golpe a Tenochtitlán.

No hay que olvidar que el odio de los tlaxcaltecas hacia Tenochtitlán era terrible. El de los tlaxcaltecas era un pueblo pobre que vivía sitiado sin posibilidad de comercio con el Imperio que los rodeaba, que tenía que defenderse constantemente de los ataques de este último, que jamás encontró la forma de llegar a una paz duradera con los aztecas y que nunca claudicó en la defensa de su territorio y su independencia. También hay que tomar en cuenta que México no existía como país, era una serie de reinos con complicadas relaciones políticas entre ellos, donde el principal centro de poder era Tenochtitlán.

Sin duda, el apoyo militar de los tlaxcaltecas a los españoles era el resultado de condiciones políticas y militares. No es un tema de traición, ellos tomaron una decisión estratégica con los elementos e información de los que disponían en ese momento y para su propio beneficio. La ayuda fue solo ofrecida después de haber sido vencidos en diversas batallas. Por otra parte, la determinación de los españoles de tomar Tenochtitlán no dejaba otra salida a los tlaxcaltecas. El historiador Romero Reséndiz presenta una audaz hipótesis:

«¿Fueron ciertamente los españoles los que conquistaron México, o acaso fue su llegada lo que produjo el incendio de la insurrección?».

Terminada la Conquista, el patriotismo local tlaxcalteca continuó. Los privilegios obtenidos de la alianza fueron muy importantes y respetados por los españoles. Después de la conquista muchos tlaxcaltecas tomaron parte en la colonización y fundación de pueblos y ciudades. La colonización del centro y norte del país se llevó a cabo con el acompañamiento de familias tlaxcaltecas que echaron raíces que continúan vivas en las principales ciudades al día de hoy.

Así, después de la caída del Imperio Azteca, los tlaxcaltecas gozaron de ciertos privilegios de gobierno, realeza, propiedad, trabajo, tributos… los más importantes otorgados en la esquela del 13 de mayo de 1535, en donde, a solicitud de Diego Maxixcatzin, «en recompensa por los servicios de los tlaxcaltecas, la provincia jamás dejaría de ser parte de la Corona Española», liberándola así del sistema de la encomienda.

Originalmente, el gobierno español excluyó a colonizadores blancos de la provincia de Tlaxcala. La estructura poblacional y la situación geográfica de dicho territorio hicieron esto inejecutable. Las posibilidades de generar riqueza en la agricultura, la ganadería y el comercio eran enormes, de tal forma que, para los indios, el incumplimiento de esta política, fue desastroso al paso del tiempo.

La primera violación del decreto real de 1535 es atribuible al monarca Carlos V, quien en 1538 concedió una merced real de tierra a Diego de Ordaz, sobrino del conquistador, quien al mismo tiempo obtuvo el cargo de regidor perpetuo en Puebla, situación que lo dejaba en posición perfecta para seguirse haciendo de tierra o de autorizar la ocupación de esta, de tal forma que en años subsecuentes hubo una gran cantidad de otorgamiento de tierras a españoles dentro de la provincia.

El campo tlaxcalteca estaba dedicado a la agricultura. A su llegada, los españoles iniciaron la introducción de ganado bovino, ovino y caprino; esto creó un conflicto serio, derivado de los destrozos causados por los rebaños a los sembradíos de los indios. El asunto llegó a manos del rey, quien en 1550 ordenó al virrey Luis de Velasco que las estancias que estuviesen causando daño a los tlaxcaltecas fueran removidas. Así, en enero de 1551, el virrey emitió una orden para dar cumplimiento a las instrucciones del monarca. La disputa continuó; para 1554 solo quedaba una estancia de ganado mayor, propiedad de Pedro de Meneses. Poco duró el logro. A partir de 1560, la provincia de Tlaxcala comenzó a ser ocupada por sus nuevos dueños por los cuatro costados. Aun y cuando las ventas de tierras por parte de los indios estaban prohibidas, estos encontraban siempre la forma de desobedecer la orden, por ser una manera fácil de hacerse de dinero. Esto solo traía más pobreza, debido al bajo precio que se les pagaba y porque se introducía más ganado, con el consecuente daño que este causaba. Lo poco que pudo hacer la Corona para evitar los abusos fue ordenar que todas las ventas de tierras de los indios, cuyo valor fuera mayor a treinta pesos, se hicieran por subasta pública. Así, a partir de 1580, los españoles fueron legalmente reconocidos por el virrey como propietarios.

La formación de las congregaciones también alejó en mayor o menor medida a los indios de sus tierras, dejándolas disponibles para los españoles. Los nativos fueron llevados a centros urbanos organizados a la usanza castellana con el objeto de controlar mejor la mano de obra y la evangelización. Las primeras congregaciones se formaron después de la epidemia, en tiempos del virrey Luis de Velasco, entre los años de 1550 y 1564. Después, entre 1593 y 1605, sucedería el mismo fenómeno.

Sin el detalle de la precisión de los años y los aspectos legales que regían la tenencia y posesión de la tierra, la forma de hacerse de ella por parte de los españoles fue en gran parte mediante el uso de influencias en los distintos niveles de Gobierno. El procedimiento era mediante una solicitud en la cual se especificaba la tierra que se quería cultivar. Si lo solicitado era aceptable, el virrey emitía la merced real, que era registrada en un libro. Por otra parte, también había mercedes otorgadas no por explotación de tierras, sino en recompensa de servicios prestados, sobre todo de orden militar. Con el tiempo, estos mecanismos se fueron corrompiendo, y muchos lograron hacerse de grandes propiedades de tierra, en algunos casos mediante simulación de operaciones de concesión, cesión y compraventa.

La introducción del ganado provocó un cambio trascendental en la economía del nuevo reino. Con esta actividad ahora podían producir tierras no aptas para el cultivo. Esto provocó un crecimiento explosivo de los hatos animales y, poco a poco, la desaparición de la propiedad de los indios, lo cual los obligó a subordinarse o a buscar otra fuente de ingresos, como la explotación de los bosques, ser peón de campo, la artesanía y el comercio.

Es así que la lucha por la tenencia de la tierra sería un común denominador en todas las épocas de Tlaxcala hasta nuestros días. El resultado fue que, para finales del siglo XVI, en Tlaxcala había ya propietarios españoles.

2. LA HACIENDA

‘Hacienda’ es el término utilizado para denominar el patrimonio de una persona. Al paso del tiempo, sin perder este significado, el término se transformó en el de ’empresa o sociedad creada para la explotación de cualquier bien’. Así, existieron haciendas ganaderas, mineras, agrícolas y de otros tipos.

La imagen física de estas propiedades era el casco, a cuyo derredor se construían todas las instalaciones necesarias para el desarrollo de las actividades que le daban existencia. Asimismo, en sus contornos crecían pueblos o las propias calpanerías, viviendas construidas con materiales de la región, para quienes laboraban en ella.

La hacienda fue el sistema económico que permitió el desarrollo y la formación del país durante muchos años. Las grandes extensiones de tierra y la existencia de capital suficiente permitieron el desarrollo y crecimiento de la minería, la agricultura y la ganadería en todo el territorio. De distintas extensiones –mucho más grandes en el norte, donde, por otro lado, la mano de obra era escasa–, las haciendas fueron polos de desarrollo diseminados por todos los lugares de un país de gran extensión territorial, que posibilitaron su colonización y también la generación de su desarrollo económico. La gran mayoría contaba con tierras de cultivo, explotaciones forestales y terrenos dedicados al ganado, y eran los proveedores de las grandes ciudades donde se comercializaban sus productos. Las haciendas se consolidaron hasta que lograron tener un sistema propio de mano de obra, el llamado peonaje por deudas. Socialmente, esto tuvo muchas implicaciones. A través de la historia, las relaciones entre peones y hacendados fueron complejas y diversas, e íntimamente ligadas a la vida política y social de México.

No se tiene la fecha exacta de la fundación de la hacienda de San Mateo Huiscolotepec, conocida como Piedras Negras. Sabemos, por los documentos del Archivo General de la Nación [en adelante, AGN] en donde se detallan sus distintos dueños, que su primer propietario fue Jerónimo de Cervantes, bisnieto del conquistador Leonel de Cervantes, originario de Cuenca, y quien declaraba no solo ser miembro de la Orden de Santiago, sino su comendador. Vivía en Cuba cuando Hernán Cortés organizó su expedición a México. Llegó aquí con Pánfilo de Narváez, al frente de la nave capitana de la flota enviada para detenerlo. Después de la derrota de Narváez, Leonel se unió a Cortés, luchó en las batallas de la Noche Triste, y de Otumba y, a punto de caer Tenochtitlán, partió a España de donde regresó a los pocos años, trayendo a un hijo de nombre Alonso y a seis hijas que nacieron en Burguillos, Badajoz, a quienes casó luego ventajosamente con hijos de otros conquistadores, entre ellas, Luisa de Lara, quien contrajo nupcias con su primo segundo, Juan de Cervantes, y Beatriz de Andrada, fundadora del mayorazgo de la Llave, de quien se decía era la mujer más rica de México, y que hacia 1585 casó primero con Juan Jaramillo de Salvatierra, quien había estado casado con la Malinche, y después, nuevamente, con el hermano menor del virrey Luis de Velasco, don Francisco Velasco.

De esta forma, los descendientes de Leonel crearon, mediante lazos matrimoniales, relaciones económicas y políticas que les aseguraran un lugar preponderante en la recién nacida Nueva España. Estas familias de conquistadores no solo lograron adquirir riqueza y heredarla a las siguientes generaciones, sino que obtuvieron poder político y prestigio social.

Llegaron a Nueva España, por un lado, Leonel de Cervantes y, por otro, Juan Gómez de Cervantes, parientes entre sí. Este último, originario de Sevilla, casó con Luisa de Lara y Andrada, hija de Leonel el Conquistador. Al momento de su muerte, en 1564, Juan Gómez era alcalde ordinario de la Ciudad de México. De este matrimonio nació Gonzalo Gómez de Cervantes, también alcalde ordinario en 1584, quien casó con Catalina de Tapia Carvajal, padres de Jerónimo de Cervantes, fundador de San Mateo Huiscolotepec. Por lo tanto, Jerónimo era bisnieto del Conquistador, mas no por línea paterna directa, sino a través de la abuela de su padre. Un hermano de él, Juan de Cervantes, entre otras posesiones, tenía varias casas en Tlaxcala, por lo que es natural pensar que la familia estaba ya establecida ahí cuando Jerónimo adquirió San Mateo Huiscolotepec.

De un trabajo muy interesante, «Tres familias mexicanas del siglo XVI», de John F. Schwaller (Historia mexicana, COLMEX, 1981), junto con una ficha del Archivo General de Indias y otras publicaciones en internet, he obtenido parte de esta información, en donde se detalla toda la descendencia de los dos Cervantes que llegaron a México en ese siglo.

El año de 1580 es el que distintos investigadores fijan como el de la fundación de Piedras Negras.

Jerónimo de Cervantes pertenecía a la aristocracia formada por los conquistadores, primer poder de la recién nacida Nueva España. Como veremos más adelante, este tipo de propiedades se formaron y crecieron casi siempre por negociaciones económicas y sociales, pero también al amparo de las influencias del poder político. Para 1580, apenas se comenzaba a consolidar la clase dominante cuyas raíces provienen de los conquistadores y sus descendientes. Ese año, Jerónimo de Cervantes inició la edificación del casco de la hacienda, que contaba con 80 caballerías de tierra, el equivalente a 3 360 hectáreas. No se encontró ninguna fuente histórica de la cual se pueda obtener información respecto a la vida de la hacienda, sin embargo, es de suponer que se concentró, como la mayoría de las propiedades de aquel tiempo, en la crianza de animales y, posteriormente, en el cultivo de cereales, destinados tanto al propio abasto como al comercio. A la tradicional producción indígena del maíz y el frijol, se sumó la europea de trigo y cebada, esta última para el consumo de los animales, ante la paulatina disminución de las trashumancias. Seguramente se construyeron las casas para los dueños, administradores y trabajadores; establos y corrales, almacenes y trojes, talleres, tinacal, capilla y cementerio.

El segundo dueño de San Mateo Huiscolotepec fue Pedro Tenorio de la Banda, cuya familia poseía propiedades en Cholula y Puebla. A él le siguen don Luis García Becerra y su esposa, María Fernández de Soria, quien formaba parte de una familia que poseía grandes extensiones en el estado y que donó los terrenos para la formación de San Luis Apizaquito.

Durante el siglo XVI no existían mayorazgos en el territorio de Tlaxcala, y para el siguiente siglo está registrado uno que arroja datos muy interesantes para esta historia:

En el año 1633 dos familias del pago de Texcalac se decidieron a unificar algunos predios. Fue el caso de Luis García de Nájera y su cónyuge, Petronila de Soria, así como su hijastra, María Fernández de Soria, con su marido, Luis García Becerra. El fundador Luis García de Nájera aportó toda su propiedad, mientras que los otros aportaron solamente una parte de sus bienes al mayorazgo (el tercio y el remanente del quinto). El resto permaneció para su libre disposición. Los participantes se comprometían a aumentar sus contribuciones de terreno en igual porcentaje en caso de hacerse otras incorporaciones. Al no existir un heredero masculino, se nombró a Luis Nájera Becerra, nieto de la fundadora, como futuro usufructuario.

Piedras Negras no entró, por lo tanto, en el mayorazgo, ya que los García Becerra le heredaron la propiedad a su hija, Luisa de Soria y Becerra, quien sería esposa de Fernando Niño de Castro, quien gobernaría la ciudad de Tlaxcala alrededor del año de 1665.

En el año de 1672, Bartolomé Estrada, caballero de la Orden de Santiago, contador mayor del Tribunal y Real Audiencia de Cuentas de esta Nueva España, vecino de la Ciudad de México, albacea testamentario fideicomisario del capitán don Fernando Niño de Castro, quien era su suegro, viudo de doña Luisa Soria y Becerra, compareció ante el escribano real de Puebla, para la ejecución del testamento a favor de don Fernando Niño de Córdova,  hermano de Niño de Castro. Extraño legado, ya que la propiedad la había heredado su esposa de sus padres, al no formar parte del mayorazgo de los Nájera, y tenían dos hijos a quienes dejar la propiedad.

Es notorio cómo nombres y apellidos se repiten, pero no de la forma actual. En aquel tiempo se podía escoger el apellido de cualquiera de los abuelos –esto hizo la investigación un poco complicada–, pero queda claro que un siglo después, los nuevos dueños del poder político ya no eran los conquistadores, sino la clase gobernante, además del clero, que comenzaba a acumular riqueza.

En ese entonces, la «banca» era la Iglesia. A través de capellanías, diezmos, donativos, limosnas y del propio capital que generaban sus propiedades, la Iglesia tenía los recursos para ser el principal acreedor de la economía virreinal.

Los primeros frailes que llegaron a Nueva España fueron verdaderos apóstoles de la fe. En un país sin caminos, sin ciudades, sin límites, emprendieron el trabajo de catequizar vastas extensiones, y en muchos casos fueron defensores de los indios. Al paso del tiempo, la Iglesia fue amasando un gran capital; además de pagar las múltiples construcciones que edificaron, este caudal tenía el propósito de proporcionales una estabilidad económica independiente de sus diversas fuentes de ingreso. Por una parte, la estabilidad y seguridad se las daría la tierra, sin embargo, el colocar dinero en condiciones ventajosas les permitió una gran injerencia en la vida económica de la sociedad.

La herencia de Niño de Córdova no solo fue la hacienda, sino las deudas implícitas, constituidas por capellanías e hipotecas contraídas con distintas órdenes religiosas y sus conventos.

Niño de Córdova fue dueño de Piedras Negras durante veintisiete años, esto es, hasta 1698, cuando la vendió a Sebastián de Estomba, vecino de Puebla, quien solo la tuvo poco más de dos años, para traspasarla al convento y hospital de Nuestra Señora de Belén y San Francisco de Sales. La venta de Piedras Negras fue acordada en veinte mil piezas de oro. Sin embargo, no hubo efectivo de por medio. El convento absorbió las deudas de Estomba y le entregó como complemento un pagaré por $9 400 con un interés del 5% anual.

3. EL CRECIMIENTO EN EL SIGLO XVIII

Los descendientes de los conquistadores y la élite política habían sido hasta el fin del siglo XVII los dueños de la hacienda de Piedras Negras. Ahora tocaría el turno al clero. En el año de 1701, la hacienda pasó a manos de la Orden de Belén. Hasta ese momento no había cambiado su extensión territorial. Eran las mismas 80 caballerías de tierra con las que había iniciado Cervantes. Pienso que durante ese tiempo, la explotación económica de la hacienda fue la misma en manos de sus distintos propietarios y que estos no buscaron crecer ni generar negocios alternos a la agricultura y la ganadería. Los García Nájera, de hecho, como he mencionado, donaron parte de otra propiedad para fundar San Luis Apizaquito y ahí explotar una pensión para viajeros.

Al llegar la Orden de Belén, las cosas cambiaron e inició la época de crecimiento y consolidación de una Piedras Negras más grande y con otro sentido de negocio, porque ellos le dieron un giro hacia la explotación de servicios de hospedaje y de pensión, que permitió que la propiedad casi triplicara su tamaño en tan solo noventa años, como veremos más adelante. Y la razón es muy simple.

Desde las épocas prehispánicas existían diversas rutas temporales en el centro del país que eran transitadas por motivos de migración, comercio y guerra. La dominación del Imperio Azteca es la que les dio carácter de definitivas. Mercancías, tributos y esclavos capturados durante las guerras pasaban por estos caminos en tiempos del Imperio. Los caminos eran rectos y muy angostos, ya que no había bestias de carga; eran los tamemes quienes llevaban las mercancías sobre la espalda.

Al inicio del comercio con España, la dificultad de construir caminos adecuados para los carros de tiro usados en Europa generó la aparición de un personaje que por más de dos siglos recorrió el país: el arriero, que desplazó al tameme, por la mayor capacidad de carga de las mulas.

Los caminos se fueron trazando para unir ciudades y pueblos. El mantenimiento, que no siempre se hacía de forma correcta, por lo que la calidad de estas vías era muy pobre, era responsabilidad de los hacendados y de los pueblos por donde las rutas pasaban.

El principal uso de los caminos era por el comercio. Fueron los comerciantes quienes de diversas maneras presionaron a la Corona para la mejora y mantenimiento de las rutas. La principal era la México-Veracruz. Por ahí entraban y salían todas las mercancías que se comerciaban entre México y España. Su longitud aproximada era de 400 kilómetros, que se transitaban en cerca de veinte días, con un avance de entre 10 y 40 kilómetros diarios. En la misma época, viajando desde la Ciudad de México, los arrieros tardaban quince días en llegar a Querétaro; treinta y seis, para llegar a Oaxaca; cincuenta y cuatro, en trasladarse a Durango; sesenta y tres, a Monterrey, y cerca de tres meses para llegar a Chihuahua. Tomando en cuenta la cantidad de días de trayecto, en el camino había «ventas» que proveían de lo necesario para el descanso y la alimentación tanto al viajero como al arriero y sus animales. Los arrieros recibían atención gratuita, ya que el negocio para el ventero estaba en la manutención de los animales. En algunos casos venían viajeros que recibían servicios de hospedaje y alimentación en las instalaciones de La Venta. Estos debían cubrir los gastos derivados de los servicios recibidos.

Los arrieros fueron las figuras heroicas de los caminos. Ellos y sus mulas eran indispensables y ningún viajero calló su presencia; muy por el contrario, se habló con elogio de estos personajes. Una larga cita tomada del libro, México. Lo que fue y lo que es, escrito por Brantz Mayer (FCE, 1953), ilustra muy bien este concepto:

… ellos son los que hacen el transporte de la mayor parte de los metales preciosos y mercancías de valor, y constituyen una porción muy importante de la población. Pues bien, ninguna clase semejante en país alguno les hace ventaja en honradez, abnegación, puntualidad, paciencia y desempeño inteligente de sus deberes. Lo cual no es poco mérito, dado el territorio por donde viajan, el desorden que en él reina y las consiguientes oportunidades de prevaricar que en él se les ofrecen. Estos hombres de ojos salvajes y feroces, pelo enmarañado, pantalones acuchillados y chaqueta bien engrasada, que han tenido que habérselas con muchas tormentas y tempestades. En México son a menudo, por espacio de meses, los guardas y custodios de las fortunas de los hombres más opulentos, conduciéndolas en penosas jornadas por serranías y desfiladeros. Infinitos son los peligros y tropiezos con que se topa el arriero.

De la misma fuente es la siguiente tabla, que es mucho más extensa, si se detalla la carga. Presenta la magnitud de lo que era una caravana de este medio de transporte.

Mulas aparejadas…………………………………………………………………………………….6 946

Burros………………………………………………………………………………………………………..69

Mulas de silla………………………………………………………………………………………….1 255

Dueños y mayordomos de mulas………………………………………………………………….123

Arrieros sirvientes……………………………………………………………………………………1 842

Coches……………………………………………………………………………………………………….65

Literas…………………………………………………………………………………………………………6

Realmente, el desempeño de los arrieros era heroico. Piedras Negras era una de estas ventas en el camino México-Veracruz, cuya ruta era la siguiente:

DE LA CIUDAD DE MÉXICO                  DÍA                    KM RECORRIDOS

Venta de Carpio                          primero             27

Otumba                                segundo             35

Apan                                               tercero               41

Descanso                              cuarto                          0

Atlangatepeque                            quinto                          37

Piedras Negras                             sexto                            20

San Diego                                      séptimo              25

Zonquita                              octavo                          30

Descanso                              noveno               0

Tepeyahualco                               décimo               28

Perote                                             décimo primero         20

Las Vigas                                       décimo segundo         25

Jalapa                                            décimo tercero  28

Descanso                              décimo cuarto            0

Encero                                  décimo quinto            20

Plan del Río                                  décimo sexto              23

Rinconada                                     décimo séptimo         15

Paso de las Barcas                       décimo octavo            12

Antigua                                décimo noveno 10

Veracruz

Este fue el nicho de negocio que iniciaron y explotaron los betlemitas cuando adquirieron San Mateo Huiscolotepec. De acuerdo a los documentos del AGN, Tierras, Vol. 833 expediente 3, es en 1742 cuando el convento Betlemita de Puebla, solicita se le conceda licencia para construir una posada para pasajeros en la hacienda de Piedras Negras.  En diferentes fuentes de información aparece que, durante el año, entre treinta mil  y cien mil mulas recibían posada en Piedras Negras. No sé cuál dato sea el correcto, pero me queda muy claro que los betlemitas encontraron una forma muy eficiente de agregar valor a la producción de la hacienda, mediante el cobro de los servicios de hospedaje y alimentación de personas, pero sobre todo, del cambio, custodia y manutención de los animales.

Todo lo producido en Piedras Negras se consumía en La Venta. Granos, animales y pulque eran ofrecidos a quienes diariamente se hospedaban en ella. Esto permitió que los frailes tuvieran una operación muy rentable que les permitió adquirir más tierras que pasaron a formar parte de la hacienda. Hoy en día, aunque en ruinas, aún existe el inmueble de La Venta.

Para estas proporciones de clientela, La Venta de Piedras Negras parecería ser muy pequeña. Tan solo veintitrés habitaciones hubieran sido insuficientes para recibir contingentes tan grandes, sin embargo, como ya lo relaté, La Venta estaba reservada a los viajeros, no a los arrieros ni a los mozos.

Los betlemitas, u Orden de Hermanos de Belén, aparecen en los documentos de la época, de diversos modos: instituto, religión o compañía; en realidad la Orden aparece aprobada como tal en 1710, y consta que es la única fundada en América. Fue instituida en 1653, en Guatemala, por el Hno. Pedro de San José Betancourt, junto con un grupo de hombres unidos solo por votos piadosos. Crearon modestas escuelas para los niños indígenas y, al conocer más de cerca a sus familiares y vecinos, ampliaron su acción para crear refectorios y, finalmente, hospitales, pues se dieron cuenta de la marginación de las clases pobres. En el siglo siguiente elaboraron su Constitución, que fue aprobada por el papa Inocencio XI, y empezaron a extenderse a otros países hasta llegar a cubrir toda América del Sur, Cuba y Nueva España. Fue un grupo de hombres comprometidos, sin miedo para conocer la pobreza y las necesidades, y dotados de iniciativas para la acción de educar, construir, capacitar y servir de muchas maneras a los indígenas y mestizos pobres. Como parte de su modo de hacerse de recursos invirtieron en propiedades a lo largo de todo el continente y en Cuba. Eran poseedores de grandes extensiones de tierra. En México, su principal propiedad fue Piedras Negras, que adquirieron, como ya comenté, en 1701; este dato consta en un documento del AGN (Ramo de Tierras, vol. 1891, exp.1) relativo a la venta de Sebastián de Estomba al Convento de Nuestra Señora de Belén, parte del cual transcribo, por lo interesante y completo que es:

Yo, Don José Joaquín Guerrero, Escribano de su Majestad (que Dios guarde muchos años) Teniente de este oficio mayor Público y de Cabildo de Don Mariano Francisco Zambrano. Certifico y doy fe en testimonios de verdad, que por los Libros de los Censos que son a mi cargo, constan varias partidas que con las anotaciones de sus márgenes unas y otras a la letra son del tenor siguiente: En la muy noble y muy leal ciudad de los Ángeles, a quince de Diciembre de mil setecientos y ocho años: Ante mí, el Escribano y Testigos, pareció Sebastián Xavier, vecino de esta ciudad a quien doy fe conozco y registro una Escritura por la cual parece que el Capitán Don Sebastián de Estomba vecino de esta Ciudad, vendió realmente al Convento y Hospital de nuestro señora de Belem y San Francisco de Salas de esta Ciudad, y al Padre Fray Carlos de San Andrés, Presidente, y a dicho Convento en su nombre, una Hacienda de Labor de Temporal nombrada San Mateo Guiscolotepeque Piedras Negras, con un rancho a ella agregado, nombrado Santa María Tecuaucingo, que es en la Provincia de Tlaxcala, al pago de San Luis Apizaco, que lo uno y lo otro se compone de 80 caballerías de tierra poco más o menos, las que contienen los títulos de su propiedad, que linda por una parte que es la de Norte, con las Haciendas de Toluquilla que fue de Don Juan de Soria, que hoy posee el Bachiller Jacinto Sánchez de la Vega, y por el Sur con el Mal País de los Indios de Santiago Ocotitlan de la Doctrina de Apizaco, y con Rancho de Doña Hiliana de Yglesias, que fue de Don Pedro Marcos Castellanos, y por el Oriente con tierras de Juan López Maldonado, y con Hacienda de Don Luis Romano Altamirano, y por el Poniente con tierras de Don Gonzalo de Cervantes Casares, y con Hacienda de Don Juan Martín, que fue de Francisco Cortés de Soria, con los avisos necesarios, en precio de veinte mil pesos de oro común.

La escritura a la que aquí se hace referencia es del 29 de julio de 1701, fecha de adquisición de la hacienda por los betlemitas.

Comenzó, entonces, la primera época de oro de la hacienda. Los frailes iniciaron una nueva forma de trabajar, y gracias a ello, la hicieron crecer hasta llevarla al tamaño y esplendor que tuvo a principios del siglo XIX. Creemos que es a partir de este momento cuando en realidad comenzó a tener importancia la hacienda como referente regional y como centro económico. Los anteriores dueños, como se ha podido ver, la tenían más como un activo físico y una fuente de respeto social que como un generador de riqueza. Quienes conocen Piedras Negras fácilmente pueden intuir que el tamaño tan impresionante no pudo corresponder solo a una hacienda de labor y pastoreo. Las trojes, el tinacal, la quesería, los macheros, la iglesia, el tamaño del propio casco y las instalaciones que existen desde antes de los González deben de haber sido construidas en tiempos de los betlemitas. Solo el acopio de pastura para la posada haría que tuvieran sentido tan magníficas instalaciones.

Para poder dar abasto a su negocio hospitalario, los betlemitas fueron adquiriendo tierras mediante compras y subastas públicas. Así, al paso del tiempo, según consta en el documento elaborado en el año de 1804 por don José Calapis Matos, secretario mayor del excelentísimo Cabildo de Justicia y Regimiento de la Ciudad de Puebla –el cual pude localizar en el AGN y del cual ya transcribí una parte– esta fue la forma como se fueron agregando ranchos y pequeñas parcelas para la formación final de Piedras Negras:

La de Quamaxalucan se remató al referido Convento, por Bienes de Don Martín de Palacios, que la compró a Juan López Maldonado, su primer Causante. La de Aguatepeque, compuesta de 50 caballerías de tierra, con el rancho nombrado San Bartolomé Quamancingo, se remató al citado Convento, por Bienes de Don Juan Martín Osorno, quien compró lo de Aguatepeque o Tescalaqui, a Doña María, Doña Mariana, y Doña Teresa Cortez de Calva, hijas y herederas de Don Bartolomé de Calva, y Doña Catarina Cortés de Soria. Lo de Quamancingo compró el referido Osorno, a Andrés Baptista Sanz, que lo hubo de los hijos y herederos de Don Diego Romano y Doña Petronila de Nájera Becerra, hija y heredera de Don Luis García de Nájera, y de Doña María Fernández de Soria. La de la Asunción y San Nicolás, compuesta de 12 caballerías de tierra, se remató para dicho Convento en el Licenciado Don Nicolás Moreno, por Bienes de Don Juan Gómez de Yglesias, Albacea y heredero de Doña María Millán, Viuda de Don Antonio Gómez, que a dicho Don Juan se adjudicó después de haberse rematado en el Licenciado Don Francisco Pérez Muñiz y Osorio, por Bienes de la misma Doña María Millán; antes fue de Juan Escudero Calderón, Pedro Martín Castellanos, y Lorenzo García. Y lo de Atenco, compuesto de 10 caballerías de tierra, se remató al expresado Convento por Bienes del Bachiller Don Mariano Barrientos y Montoya, a quien lo vendió el Licenciado Don Luis Pliego y Peregrina, que lo compró al Bachiller Don Miguel Álvarez de Luna, y este a Don Gerónimo Calderón Becerra, que lo hubo de Don Miguel Martín Osorno; antes fue del Licenciado Don Esteban Vázquez Gastelu del Rey y Figueroa, a quienes lo vendió Don José Vázquez Gastelu, que lo compró a Doña Ana de Bargas, hija y heredera de Don Diego López Arroñes y Doña Ana de Bargas; antes fue del Licenciado Francisco Maldonado.

Las dos principales compras fueron Coaxamalucan, que constaba de 72 caballerías de tierra, y San Pedro Aguatepeque que, con su rancho San Bartolomé de Quaumancingo, sumaban 50 caballerías de tierra. Así, para 1756, último año en el que los betlemitas adquirieron tierra, Piedras Negras alcanzó una superficie de 224 caballerías de tierra, un poco más de 9 400 hectáreas. Esta sería la extensión de la hacienda hasta principios del siglo XX. Fue una de las propiedades más grandes de Tlaxcala. En Haciendas y ranchos de Tlaxcala en 1712 (INAH, 1969), Isabel González Sánchez detalla el censo de ranchos y haciendas derivado de los «donativos graciosos» exigidos por el rey para financiar la guerra de Sucesión Española, que duró de 1701 a 1714. El censo aparece incompleto, no por error de la investigadora, sino porque no estaban obligados ni el clero ni los indios a dicha contribución, y por otra parte, los dueños tenían que presentarse a declarar sus propiedades, cosa que no todos hicieron; sin embargo, sí nos da una muy buena idea de cómo era la propiedad en Tlaxcala. Piedras Negras, por ser de los betlemitas, no aparece en el censo, pero hay muy pocas haciendas con una superficie similar a la suya. El mayorazgo de José Romano Altamirano Nájera y Becerra, mencionado anteriormente, incluía las haciendas de Topisaque y Tlacotepeque, más dos ranchos, con un total de 8 678 hectáreas. Mazaquiahuac y Ntra. Señora del Rosario, propiedad de Francisco Yáñez Remigio de Vera, abarcaban 5 000 hectáreas entre las dos. Mimiahuapam constaba de 4 171 hectáreas, y estaba en manos de Ana Bustamante Salcedo viuda de Luis Muñoz de Cote. Todas estas propiedades formaban parte del partido de Tlaxco, al norte del estado, donde siempre ha habido menor densidad de población.

En Piedras Negras, los frailes desarrollaron su negocio y financiaron con sus productos un total de diez hospitales en todo el país, entre otros, en Guadalajara, Puebla, Oaxaca y la Ciudad de México. Sin embargo, no estaban exentos de las crisis económicas que se fueron presentando a lo largo del tiempo. Entre los años de 1784 y 1786 hubo una grave sequía en todo el país. Las crisis agrícolas no eran algo fuera de lo común en Nueva España, sin embargo, la de esos años fue tan fuerte que a 1785 se le llamó «el año del hambre». Hay estimaciones de que murieron cerca de trescientas mil personas en la zona centro-norte del país. Ese año comenzó a llover hasta junio, por lo que la siembra fue tardía, pero además cayeron heladas en agosto, por lo que se perdió toda la producción de maíz y de frijol, principal alimento de la población y también del ganado. Encima del desastre agrícola, la ganadería también sufrió un severo daño. Por su parte, los hacendados cerraron la venta de granos con el problema de que no había un sustituto alterno. El siguiente año fue muy similar, con consecuencias devastadoras. Tensiones sociales, vandalismo y saqueo por hambre no se hicieron esperar. El alza en precios, desempleo, quiebra de pequeños agricultores y artesanos generaron una crisis de gran magnitud que desequilibró las estructuras sociales, sobre todo las rurales. Piedras Negras no escapó a este entorno, por hábiles que fueran los betlemitas. Por esta razón, o por las propias necesidades de la Orden, finalmente la pusieron en venta. Así, en la Gaceta de México, el 23 de octubre de 1787, en la página 428, aparece el siguiente texto:

En vista de una representación hecha al M.R.P. Vicario general y Venerable Definitorio de la Sagrada Orden de Belén, por parte del Presidente y Procurador del Convento de dicha Orden de la Ciudad de Puebla, en que se daba una clara idea del actual infeliz estado de aquella Casa: se determinó poner en venta la afamada Hacienda de Piedras Negras para sostener el desempeño de los deberes de su Hospitalar Instituto. Lo que se da al público, con la advertencia de que si se presenta postor se le hará una prudente rebaja, verificado su avalúo.

Fue hasta 1793, seis años después de que se puso a la venta, que se recibió y aceptó una oferta de compra por la hacienda, con lo cual llegaba a su fin la administración tan fructífera de los frailes durante casi todo el siglo XVIII, noventa años de esplendor y crecimiento que le dieron su forma final a la propiedad. Poco duraría la Orden de Nuestra Señora de Belén; esta y sus hospitales vinieron a menos a partir de 1821, cuando las cortes españolas decretaron la desaparición de las órdenes hospitalarias y comenzó la independencia de las colonias. Algunas fuentes hablan también de que los frailes dieron apoyo a los movimientos independentistas en América, y esto influyó en su terminación.

4. LOS MIRANDA

La hacienda de Piedras Negras se había puesto a la venta, ya fuese por la crisis agrícola o por las necesidades propias de la Orden de Belén. Cabría hacer una reflexión sobre el paso de los seis años que tardó en llegar un postor. El trayecto México-Veracruz siempre se pudo cubrir por dos vías: por la de Jalapa-Orizaba-Puebla o por la ruta de las ventas, que ya hemos descrito, de la cual una parada era Piedras Negras. La pugna entre comerciantes respecto a cuál vía debería de mantenerse fue constante, y a pesar de que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se cobraba peaje en ambos caminos –supuestamente destinado a su mejora y mantenimiento–, los recursos obtenidos no siempre llegaron a su destino. El estado de los caminos era deplorable. El manejo del peaje era tan irregular que en 1770 el fiscal de lo Civil solicitó al rey llevar a cabo una investigación al respecto, cuyo resultado fue que en 1783 se encargó un estudio para la realización de obras públicas de México a Veracruz. Dicho estudio abarcaba ambas rutas, y la conclusión optaba por que debían hacerse por el camino de Orizaba. La propuesta señalaba la construcción de un camino de 10 metros de ancho que permitiera el paso de carruajes y bestias en ambos sentidos, además del establecimiento de lugares expresamente hechos para el alojamiento de viajeros y atención de los animales, dado que los existentes eran parte de las haciendas y se calificaron como de muy baja calidad. Aparentemente, quien llevó a cabo el estudio era muy cercano al Tribunal Consulado de la Ciudad de México, poderoso organismo comercial que tenía gran peso político derivado de préstamos a la Corona. Aunque el virrey trató de mejorar la ruta de las ventas, en 1796 se inició la obra vía Orizaba, la cual se terminó en 1810. La ruta de las ventas trató de arreglarse a partir de 1803, pero era tan alto el costo y aumentaron tanto las deudas derivadas de su financiamiento que las labores se suspendieron en 1812.

La riqueza estaba concentrada en pocas manos, lo mismo que el poder y la información político-económica. Estas conversaciones eran del dominio público entre la élite, por lo que los probables postores, conociendo la problemática, difícilmente se atreverían a hacer una oferta por una propiedad del valor de Piedras Negras, cuando existía un riesgo real de que su principal fuente de ingresos, La Venta, casi desapareciera. Acaso esta pueda ser una razón del porqué pasaron seis años para que la Orden pudiera tener una propuesta de compra y de porqué fueron precisamente los señores Miranda quienes la hicieron.

Los frailes recibieron esta oferta el 20 septiembre de 1793:

… se presentó el día veinte de Septiembre del año último de noventa y tres, el Licenciado Don Miguel de Miranda, Presbítero de este Arzobispado, y Abogado de la Real Audiencia de este Reino, en Consorcio de su Sobrino, Don José de Ventura de Miranda, proponiendo comprar la Hacienda según se acuerda por la persona que destine para este efecto en mi compañía.

Ese mismo día, los betlemitas dieron respuesta a Miguel de Miranda haciéndole saber que el muy reverendo padre vice prefecto general había determinado, de acuerdo con los reverendos padres asistentes, que se pasara la correspondiente solicitud a la comunidad del convento de Puebla. Los intercambios de propuestas entre ambas partes se fueron dando de forma muy rápida. Al día siguiente, 21 de septiembre, lo primero que se pidió fue un avalúo:

Le ha presentado a esta Superioridad un Sujeto que pretende compra de la Hacienda de Piedras Negras bajo las estipulaciones siguientes: La referida Hacienda y todos sus muebles se deberán avaluar con dos Peritos que se deberán nombrar por las Partes, de cada uno el suyo, y un tercero que con acuerdo de ambas se haga poner, para que si hubiese discordia se componga o se decida por él, y el precio que estos pongan a la referida Hacienda y a sus muebles, este se pagará o se asegurará, como se quiera a satisfacción. Parecen muy equitativas y justas las mencionadas propuestas; en cuyo supuesto y el de no perder coyuntura tan oportuna cuando se solicita muchos tiempos ha esta venta [sic] para alivio de esa casa y de los Conventos de Veracruz y Tlatemanalco, a quien se está haciendo el mayor perjuicio.

El 23 de septiembre, los betlemitas definieron las condiciones y se tomó la decisión de venta en una votación que se resolvió de forma unánime:

En este Convento Betlemítico de San Francisco de Sales de Puebla, en veinte y tres de Septiembre de noventa y tres, juntos los Religiosos de esta Venerable comunidad que tiene voz y voto; el Reverendo Padre Vice-Prefecto in Capite Fray José de Jesús María, me entregó a mí, el presente Secretario una Carta Serrada [sic] de Nuestro Muy Reverendo Padre Vice-General y Venerable Definitorio de Provincia, la que leí en alta voz e inteligible, y es la misma que antecede. Acabada de leer dio el Reverendo Padre Vice a los Religiosos pensaren sobre el auto lo que conviniera, y las propuestas que debían hacerse al comprador, para que el día de mañana las produjeren en igual Junta, con lo que se concluyó este ato [sic] de que doy fe. En dicho Convento en veinte y cuatro del expresado mes y año: Juntos los Religiosos que tienen voz y voto para tratar sobre el negocio de ayer que comprehende la anterior Carta, hablando según costumbre por el más moderno, y siguiendo así hasta el Prelado dijeron: Que respecto a que a este Convento no le queda ya otro arbitrio para restablecerse, que la venta de su Hacienda de Piedras Negras, convenían en que se verificaran haciéndole al comprador las condiciones siguientes. Primera: Que se nombre un Abaluador [sic] por Parte de esta comunidad, y otro por la del comprador, pasando por el Avalúo que estos hicieron, y en caso de discordia entre los dos se nombre a un tercero con anuencia y satisfacción de ambas Partes. Segunda: Que de lo resulta del importe [sic] de la Finca que comprende precisamente las Partes y muebles, debe exhibir de contado lo menos cincuenta mil pesos que pondrá en reales o Libranza segura en la misma Finca al cinco por ciento que deberá de por tercios. Tercera: Que para este reconocimiento hipoteque la misma Finca, poniendo este principal en primer lugar con preferencias a cualquiera otro, y con el registro correspondiente en el Libro de Cabildo. Cuarta: Que los Costos de la venta sean por mitad entre el comprador y el Convento. Quinta y última: Que cuando piense redimir el principal que quedare, que no será antes de cinco años, debe avisar a el Prelado de este Convento seis meses antes para buscar dónde imponerlo. Con lo que se concluyó este segundo tratado quedando citados los Religiosos para la votación secreta mañana de que doy fe. En dicho Convento en veinte y cinco del mismo mes: Juntos los Reverendos Padres de voz y voto, con el Padre Vice-Prefecto in Capite, dijo este se pasase a la votación secreta del Negocio que se trató ayer y recogidos los votos con toda reserva de modo que no se viese unos de otros por mí el presente Secretario, se hallaron ocho frijoles blancos, que es el mismo número de Religiosos que han asistido a los tratados con lo que quedan concluidos condescendiendo en la venta de la Hacienda de Piedras Negras bajo las circunstancias que previenen el segundo tratado, ocurriendo a Nuestros Muy Reverendo Padre Vice-General y Venerable Definitorio de Provincia, para la aprobación de ellas según previenen nuestras Leyes: y para que conste, lo firmaron ante mí de que doy fe. Fray José de Jesús María Vice-Perfecto in Capite. Fray Andrés de las Ánimas. Fray José de Santa Anna. Fray Antonio de San Juan Nepomuceno. Fray Juan Fernando de San José. Fray José de San Francisco de Paula. Fray José de la Concepción. Por mí y ante mí. Fray Francisco de la Encarnación, Secretario Conventual. Concuerda con el original a que me remito, y es sacado en este dicho Convento a veinte y cinco de Septiembre de mil setecientos noventa y tres años; siendo testigos el Padre Fray Juan de San José, y Fray José de San Francisco de Paula. En testimonio de verdad. Fray Francisco de la Encarnación, Secretario Conventual.

De esta lectura cabe resaltar que se fijó un pago inicial por $50 000 y un plazo máximo de cinco años para liquidar el remanente. Pero las negociaciones no terminan aquí. Los Miranda ofrecieron $40 000 como pago inicial y solicitaron que se llevaran a cabo los avalúos acordados. Los miembros de la Orden aceptaron la propuesta, en el entendido de que se debería entregar dicha cantidad de inmediato y los $10 000 restantes, dentro de los tres primeros meses posteriores a la firma de la escritura. Para este efecto se nombraron los valuadores. Por el convento se designó a don Manuel Dávila, vecino de Huamantla; y por parte de los Miranda, a José Muñoz, dueño de la hacienda de Zoquiapan, en Texcoco; como tercero, en caso de discordia, a Juan Bartolomé Escobedo, dueño de la hacienda de San Marcos, en Tepeaca.

El avalúo comprendió tierras y aguajes, casas y oficinas, las casas de La Venta, Socaque, Ahuatepec y Atenco; la capilla, utensilios, menaje de casa, dispensa y obrador, aperos de la troje, de campo y de La Venta, carpintería, magueyes, ganado mayor, ganado menor, semillas, yuntas de barbecho, así como débitos de indios y sirvientes. El valor inicial al que se llegó fue de $122 069. A petición del secretario de convento de Puebla se hizo un segundo avalúo, que incrementó el valor de la hacienda en $4 095, conviniendo ambas partes en que el monto final de la transacción sería de $126 161. Así, el 4 de marzo de 1794, acudieron a la Ciudad de México ante el escribano real a formalizar la operación. Ahí todavía se hizo un pequeño ajuste, quedando el valor final en $124 582. Miguel de Miranda entregó de contado $47 100, y quedó un saldo por la cantidad de $77 482, que causaría un interés anual del 5% sobre el saldo insoluto. Se acordó una serie de detalles respecto a los pagos y, finalmente, después de seis meses de negociaciones y avalúos, Piedras Negras cambió de dueños.

Don Miguel Miranda era presbítero de Puebla y su sobrino acababa de heredar los bienes de su padre, Antonio, entre los que se incluía la hacienda de Zotoluca y su rancho anexo, Coesillos. Si ambos hombres pertenecían a la clase dominante del país y por lo tanto eran personas informadas, ¿por qué razón presentarían una oferta por una propiedad por la cual no se había presentado ninguna otra? Vamos a tratar de analizar la situación.

La hacienda de Zotoluca lindaba al oriente con tierras de Piedras Negras. Cuando la Orden de Belén la compró a Sebastián Estomba, era propiedad del mayorazgo de Leonel Gómez de Cervantes. Para José Ventura de Miranda, comprar Piedras Negras representaba ser el terrateniente más grande del norte de la provincia e incrementar al máximo su prestigio social. Tenía intención de formar un mayorazgo para sí mismo y su descendencia, solicitud que presentó a la Corona y de la cual obtendría autorización real en 1806. A la muerte de Antonio de Miranda, su hijo, José Ventura, albacea de la herencia, mandó hacer un avalúo de las propiedades que formaban la masa hereditaria, que eran la hacienda de Zotoluca, el rancho Coesillos, la hacienda de San Bernabé del Malpaís y el rancho Amantla.

Aprecio de los Bienes que quedaron por fin y muerte de Don Antonio Miranda, que manifestó su hijo Don José Ventura de Miranda Heredero y Albacea a presencia y con intervención de todos los interesados que lo son la Señora Doña María Josefa, Rodríguez Viuda de dicho Don Antonio Miranda, Don José Manuel de Arechaga, como Marido; y conjunta persona de Doña María Petra, Joaquina de Miranda que le nombró para la facción de inventario, en atención a ser menor de veinte y cinco años y mayor de doce, para que con su acuerdo y el de los demás, que van referidos, se haga la transacción y aprecio de todos los bienes, a cuyo efecto se nombraron por todos, de común acuerdo, a Don Miguel Yáñez de Nexa, dueño de la Hacienda de La Laguna en esta Jurisdicción de Apan, y a Don Miguel Muñoz, dueño así mismo de la Hacienda de Zoquiapan, quienes desde luego aceptaron el cargo de Abaluadores [sic] y ofrecieron ejercerlo en Dios, y por Dios, a todo su leal saber, y entender, y sin dolo, fraude, ni encubierta y así estando todos presentes en esta Hacienda de Zotoluca, en primero día del mes de Abril de mil setecientos noventa y un años se procedió al avalúo, y tasación de los bienes que fue manifestando Don José Ventura de Miranda en la forma siguiente…

Esto sucedió en abril de 1791. El valor total de las propiedades, animales, aperos, instalaciones, menaje de casa, platería y ropa ascendió a la suma de $133 325, monto mayor que el de Piedras Negras. Esto nos da idea del tamaño de esa propiedad y de la riqueza que unieron los Miranda al comprar la hacienda a los betlemitas.

La propuesta de compra de Piedras Negras se hizo en 1793 y derivado de esto, la madre y hermanas de José de Ventura entablaron una larga demanda legal contra él y don Miguel por haber dispuesto de la herencia de Antonio de Miranda de manera discrecional, y ante sus ojos injusta. Entre los reclamos estaba el haber destinado fondos para la compra de Piedras Negras.

Por otra parte, José de Ventura era un joven en plena ascensión en la escalera de los negocios y la política. Al comprar la hacienda contaba con menos de 30 años y era soltero. Participó activamente en el movimiento de Independencia, incluso llegó a ir a la cárcel el 13 de marzo de 1815, «embargándose su bienes por las relaciones que tenía con los insurgentes de aquel rumbo». A sus casi 50 años de edad, en 1823 contrajo nupcias con Ana María Espinosa de los Monteros Pascua, hija de Juan José Espinosa de los Monteros, quien redactó y firmó como secretario el Acta de Independencia de México.

Como vemos, el patrón de poder económico, relaciones políticas y prestigio social se repite continuamente en la vida de Piedras Negras.

Situémonos por un momento en la primera década del siglo XIX. España estaba bajo la invasión napoleónica. En 1804, el rey Carlos IV emitió una cédula real en la que obligaba a todos los deudores de las distintas órdenes religiosas a liquidar sus deudas a la Corona española de manera casi inmediata. Esto no se llevó a cabo del todo, sin embargo, el daño a la economía rural, tanto a hacendados como a campesinos, fue mayúsculo, aunado a las muy fuertes sequías registradas entre 1808 y 1810. En ese momento inició la guerra de Independencia. La hacienda, aunque en menor proporción, seguía beneficiándose del comercio entre México y Veracruz, sin embargo, ante la falta de capital, la baja en la producción agrícola y la revuelta militar entró en serios problemas financieros. Además, como hemos comentado, en 1806 José Ventura fundó para sí un mayorazgo que implicó un pago por $60 000, para lo cual registró una segunda hipoteca sobre sus propiedades, Piedras Negras y Zotoluca. En 1807 aún debía $59 000 a los betlemitas. La carga financiera era ya muy grande, por más productiva que fuera la hacienda.

Como mencionamos, José Ventura contrajo nupcias en 1823. Desde un año antes ya se encontraba en atraso en sus pagos con la Orden. En su matrimonio procreó tres hijos: Pedro, María Guadalupe y José Francisco, que nacieron entre los años de 1824 y 1828. José Ventura falleció alrededor de 1830. En 1835, su esposa dio a luz a Romana Masson, primera hija de ella con su segundo esposo, el francés Ernesto Masson Sigaud. Fue en 1835 cuando ella arrendó la finca a Mariano González de Silva. Creemos que lo que debió de haber sucedido es que al morir José Ventura, la esposa como heredera de Piedras Negras prefirió arrendar la propiedad, antes que trabajarla. Sin embargo, dejó de cubrir sus obligaciones con el clero de Puebla, y en 1840 admitió su quiebra y la imposibilidad del pago, revirtiéndose la propiedad ya no a los betlemitas, cuya Orden había desaparecido, sino al Colegio Clerical de Puebla.

De Jerónimo de Cervantes, en 1580, a Miguel y José Ventura de Miranda, en 1835, hemos hecho un largo recorrido repasando de forma simple las circunstancias en torno al crecimiento de Piedras Negras. En el trayecto hay personajes relacionados entre sí por cuestiones filiales, de poder político y económico, así como de importancia social. Es evidente la relevancia que tuvo la hacienda en este periodo en el territorio tlaxcalteca, y la seguiría teniendo en el siglo y medio siguiente que nos falta por recorrer.

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Autor: Redacción