LA SENCILLEZ HUMANA SE VISTE DE TABACO Y AMARILLO CANARIO… EL LIBRO PIEDRAS NEGRAS. SITIO, VIDA Y MEMORIA

4a parte, actualizada el 20 de julio de 2019.

UN GANADERO habla de uno de sus colegas… ¡Y lo hace bien!

La obra.

QUIERO -Y lo debo de hacer- agradecer al señor Carlos Castañeda Gómez del Campo, ganadero de las reses bravas que se lidian a su nombre con la divisa tabaco y amarillo canario, su caballerosa atención para permitirnos transcribir la totalidad de su libro sobre la ganadería de Piedras Negras. Una “biografía autorizada” –“PIEDRAS NEGRAS… SITIO, VIDA Y MEMORIA”- sobre la centenaria dehesa afincada en los campos bravos de Tlaxcala.

DOCUMENTO INTERESANTE e infaltable para todo aquel aficionado que le guste conocer, y/o rescatar, los cimientos de la verdadera encastada campiña mexicana. Fin que perseguimos y nos lo concede Carlos Castañeda Gómez del Campo.

LARGA ES la obra, por eso mismo iremos presentándola en secciones, agregaremos un espacio amplio cada tres días, así los leyentes verán formar dicho libro conforme vayan pasando las semanas.

DEBO DE decirlo… “PIEDRAS NEGRAS… SITIO, VIDA Y MEMORIA”, ya fue presentado en Sevilla cuando esa dehesa se hermanó con Miura, y tuvo una excelente aceptación. La edición primera “voló” literalmente, por lo mismo es un honor reproducir los escritos de este sano taurino.

Creo que Carlos entenderá mis pocas, pero sinceras palabras…

¡Gracias Carlos!… ¡Gracias ganadero!

Carlos con su mejor tesoro, su hijita.

Pedro Julio Jiménez Villaseñor.

INICIAMOS…     

PIEDRAS NEGRAS SITIO, VIDA Y MEMORIA

Carlos Castañeda Gómez del Campo

A mis tres «requetrespiedras»:

Cuca: sin ti, ni esta ilusión ni mi vida estarían completas. Gracias por la paciencia y el cariño de estos años y los que nos faltan por vivir.

María e Isabel: gracias por acompañarme siempre en esta pasión que México y la ganadería representan para mí.

PRÓLOGO

Sí, Carlos, esto es un viaje.

Dicen que viajar es vivir más vidas. Otras vidas.

Vidas de arrieros, de tlachiqueros, de vaqueros, de toreros, de curas, de ganaderos…

Aunque la ganadería es tu pasión; la historia tu afición; y Piedras Negras, tu ilusión, las vidas que aquí viviste y que nos haces vivir párrafo a párrafo son, en resumen, el viaje hacia nosotros mismos.

Raíces, polvo, recuerdos, sueños que nos transportan a siglos de vida y memoria.

El Sitio es Piedras Negras.

El protagonista es uno mismo.

La Vida es el intenso transitar por los años que fueron de otros, pero que nos hace ser y sentirla como propia. Es parte de lo que nos lleva a vivir el hoy con admiración y respeto hacia quienes forjaron un rumbo bien definido, digno de ser vivido con todo el orgullo González de hoy y de siempre.

Para eso es y trabaja la Memoria.

Para conocernos y comprometernos a honrar el pasado, disfrutar el presente y soñar el futuro.

Sitio, Vida y Memoria.

Gracias por el viaje

Antonio de Haro González

INTRODUCCIÓN

Desde hace tiempo tuve la inquietud de escribir un libro sobre Piedras Negras. El lance ha sido para mí un largo y complicado viaje a lo desconocido, pero también muy enriquecedor. El reto ha sido encontrar en el entorno histórico y taurino de México, así como en la intimidad de la familia González, la historia del sitio, su vida y su memoria. Creo que si algo tiene de innovador el presente texto es tratar de insertar el tema de la crianza del toro bravo en la vida de México.

La historia de México es una gran aventura; sobre el tema existe una cantidad increíble de libros, estudios, monografías, ensayos y análisis, muchos accesibles en la actualidad, gracias a la tecnología. Gran parte de la información general aquí contenida proviene de este tipo de fuentes.

Si bien es cierto que lo que van a leer no tiene un interés ni un método de investigación científica, busqué acercarme a la mayor cantidad de fuentes históricas disponibles que me permitieran, después de analizarlas, obtener mis propias conclusiones, y con el encuadre de algunas fechas y datos, poder expresar mis ideas de la mejor manera posible en un contexto adecuado.

Mientras me fue posible, acudí a fuentes originales. Busqué información en los siguientes archivos: el General de la Nación, el General Agrario, y el propio archivo documental y fotográfico de Piedras Negras, este último conservado en esta hacienda en propiedad de su actual dueño, mi fraternal amigo, Marco Antonio González. También acudí a la Hemeroteca Nacional y extraje información de diversas colecciones privadas con publicaciones de cada época.

Conservo –y son parte fundamental de este trabajo– las copias de los libros de la ganadería, libretas y hojas de trabajo, que hace más de veinticinco años me compartieron don Raúl González, Jorge de Haro y Gonzalo Iturbe, todos ellos ganaderos de toros bravos y descendientes de sangre y espíritu de quienes iniciaron la crianza profesional del ganado bravo en nuestro país. La lectura y comprensión de lo anterior fue la semilla que hizo que creciera en mí el aprecio y la admiración por la sangre de esta ganadería, y por su gente. Mucho tiempo dedicó don Manuel de Haro, otro gran ganadero, a explicarme, en sabrosas pláticas, lo que en muchos casos no puede escribirse o no está escrito. De estas charlas guardo un gratísimo recuerdo y son también origen de mi interés por esta tierra, su gente y sus toros.

Cada visita al campo tlaxcalteca, donde me ha abierto su casa Antonio de Haro –guardián de lo mejor de su tierra–, me ha dado la oportunidad de buscar, aunque sea en el imaginario del paisaje, lo que fueron las tierras de la hacienda. El frío matinal, a veces persistente, el sol que quema fuerte y la gente del campo, también han sido fuente del presente trabajo.

Ricas y muy agradables horas han sido las que he pasado conversando con todos los González. Los de Piedras Negras, La Laguna, Zotoluca, Zacatepec, Coaxamalucan y Rancho Seco, me han regalado un tesoro invaluable al abrirme las puertas de sus ganaderías, pero, sobre todo, de sus recuerdos.

La historia de la finca y de sus distintos propietarios, su devenir, su transitar en manos de los González, la ganadería vista por dentro, en el campo, y por fuera en la plaza, donde la Bravura, eje y propósito de la casa de la familia González, tiene forzosamente que rematar, es lo que espero, querido lector, que en las páginas de este libro puedas encontrar. Letras que representan para mí: una ilusión cumplida.

Carlos Castañeda Gómez del Campo

I. SAN MATEO HUISCOLOTEPEC

Escribir sobre Piedras Negras es hacer un viaje fantástico por las venas de la historia de México. En cada época de esta propiedad se reflejan los momentos de la vida política, económica y social de nuestro país. Los Señoríos Tlaxcaltecas, la llegada de los españoles, el virreinato, la Independencia, el periodo de Benito Juárez y del general Díaz, la Revolución y el México moderno se pueden ver en las paredes y son parte del devenir económico de San Mateo Huiscolotepec.

Piedras Negras está ubicada en Tlaxcala, «cuna de nuestra nación», sobrado calificativo, si tomamos en cuenta que el poblamiento del norte del país nació aquí junto con la catequización de los indios y el mestizaje.

Ahí, en lo que después serían tierras de los González, se dieron los primeros encuentros bélicos entre indios y españoles; ahí se formaron las primeras haciendas del estado; después, el clero, siempre poderoso, sería su propietario; los arrieros primero y el ferrocarril después le dieron forma y destino, para finalmente ser también cuna, pero ahora del Toro Bravo, hasta llegar a los años del desarrollo industrial. Si creáramos una línea de tiempo con los hitos trascendentales de la historia y tauromaquia nuestras, de seguro coincidirían con los principales momentos de Piedras Negras.

Cada vez que llego a Mena, al girar a la derecha para cruzar lo que en sus tiempos fue el potrero el Pescadero, me surge la misma pregunta: ¿Cómo habrá sido esto? En lo que era un camino de terracería ahora hay una moderna carretera de cuatro carriles. Del lado izquierdo sale el camino que lleva a la actual plaza de tientas de Piedras Negras, otrora de Zotoluca. Un poco más adelante se ve lo poco que queda del embarcadero original de la ganadería. Al llegar a la vía del tren, dando la vuelta conforme al camino de hierro, del lado izquierdo busco las ruinas del lienzo y la plaza donde tantos González dejaron pasión y vida, donde se probó la bravura de las vacas y se le dio forma y sustancia a una ganadería. Me imagino a aquellos hombres vestidos de charro, perfectamente montados, arreando sus vacas acompañadas de la parada de bueyes para la tienta del día. Polvo, silbidos y gritos a la sombra de los canosos sabinos –ya muy pocos hoy–, mudos testigos de ese hacer cotidiano. Después, ahí de frente, las ruinas de «La Venta», tristes y silenciosas, para finalmente admirar al fondo, bajo el cielo azul tlaxcalteca, el casco de Piedras Negras. Casa, trojes, panteón e iglesia, llenos de vida y memoria.

Después de atravesar la modernidad que ahora rodea a la hacienda, dejamos atrás El Derribadero, donde los machos mostraron su bravura. Más allá está Coaxamalucan, y pasando por lo que fueron los potreros de los toros, hoy ya casi sin árboles, al cruzar el río, continúo haciéndome la misma pregunta: ¿Cómo habrá sido esto? Amos, vaqueros, toros, magueyes, vida…

Antes de llegar al casco de La Laguna, un camino que sube a la derecha lleva a los vestigios de un poblado indígena. Juego de pelota, mercado, casas y enterramientos de siglos atrás descansan bajo los actuales potreros de la ganadería De Haro, hija por sangre, tierra y tradición de Piedras Negras.

Ahí comienza esta historia, en la búsqueda de la respuesta a mi pregunta, o al menos por el gusto de viajar en el tiempo.

1. TLAXCALA: LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES

A principios del siglo XVI, Tlaxcala era un pequeño territorio situado en las tierras altas de México, que precaria y valientemente mantenía su independencia del Imperio Azteca. Con la llegada de Cortés, pasó a ser parte de la Monarquía Española, después de las batallas sostenidas entre españoles y tlaxcaltecas en 1519.

Al momento de la conquista, el centro del país estaba poblado principalmente por indios nahuatlacas, cuya organización política era el Imperio Azteca, que para ese entonces se había desarrollado por los últimos ciento cincuenta años. Quitando pequeños señoríos, la única gran excepción a la unidad y dominación azteca eran las fronteras del estado tlaxcalteca, ubicado al este de Tenochtitlán. Ahí, sus habitantes habían defendido con éxito su territorio de la dominación del Imperio, mientras este se expandía por toda la geografía central del país.

El territorio tlaxcalteca era más o menos el mismo que actualmente ocupa el estado. Estaba compuesto por veinticuatro señoríos gobernados, cada uno, de forma independiente. Maxixcatzin de Ocotelulco, Xicoténcatl de Tizatlán, Tlehuexolotzin de Tepectipac y Citlalpopoca de Quiahuictlán eran los cuatro más importantes señores de Tlaxcala al momento del inicio de la conquista española. Las principales actividades eran la agricultura y el comercio, este último, el medio para conseguir cacao, textiles y sobre todo, sal, productos de los que carecían.

Hacia el noreste, el lugar estaba defendido por una muralla localizada cerca del actual casco de La Laguna. Cuando llegaron los españoles, la muralla se encontraba desatendida, ya que los tlaxcaltecas, sabiendo de la llegada de Cortés, prefirieron esperarlo dentro de las fronteras del territorio.

Cortés llegó a Tlaxcala con un grupo de indios totonacos de la región de Zempoala. Al llegar a Zacatlán, Cortés tenía que tomar una decisión estratégica: pasar por Tlaxcala, donde sin duda habría que luchar contra los indios, o buscar una ruta alterna y evitar el enfrentamiento. Sus propios estrategas sugerían lo segundo; sin embargo, los zempoaltecas, explicándole la animadversión de los tlaxcaltecas hacia Moctezuma, lo convencieron de que sería bien recibido y que era mejor entrar al territorio. Así, ellos aceptaron de buena gana ser enviados a pactar con los oficiales tlaxcaltecas. Xicoténcatl hijo sospechó, como siempre lo hizo, de la oferta, arguyendo que «los castillos flotantes eran resultado del trabajo humano, que se admira porque no se ha visto» y que se debería mirar a los extranjeros como «tiranos de la patria y de los dioses». Desde la llegada del ejército español hubo diferencias entre los señores tlaxcaltecas. Los enviados zempoaltecas llevaban como oferta de buena fe un sombrero flamenco, una espada, una ballesta y cartas de paz firmadas por Cortés, todo lo cual fue regresado sin respuesta alguna. Maxixcatzin estaba a favor de aceptar la oferta española, sin embargo Xicoténcatl se oponía. Por su parte, Temilotecutl proponía una estrategia: aceptar la oferta de Cortés mientras se preparaba un ejército que, bajo las órdenes de Xicoténcatl, en el momento en que los españoles menos lo esperaran, los atacara, asegurando así la victoria. Si ganaban, la gloria era de ellos; si perdían, pretendían culpar a los vecinos otomíes del ataque y recibir a los españoles como amigos. Al no tener una respuesta amigable a su oferta, Cortés decidió entrar al territorio, acompañado por trescientos guerreros de Ixtacamaxtitlán y por veinte jefes de Zacatlán. Las primeras batallas se dieron en el desfiladero de Teocantzingo y, al día siguiente, en los llanos, ahí mismo. En ambos casos, los resultados fueron adversos para Xicoténcatl el Mozo, hijo del señor de Tizatlán.

Ambos ejércitos tomaron tiempo para recuperarse. Los españoles, con muy pocas bajas, pero seriamente heridos, permanecieron en su campo, mientras los tlaxcaltecas analizaban la posibilidad de la rendición.

Cortés atacaba de manera furtiva por las noches tomando diversos asentamientos, de tal forma que un disminuido ejército de Tlaxcala iba rumbo a la capitulación. Al fin, después de varios intentos por ganar la guerra, discusiones respecto a la divinidad de los españoles, la posibilidad de que estos fueran aliados de Moctezuma y la pérdida de numerosos jefes de guerra hicieron que Maxixcatzin y Xicoténcatl el Viejo se decidieran a hablar de paz, para dar entrada a los españoles a Tlaxcala. Grandes esfuerzos tuvieron que realizar estos para demostrar la sinceridad del ofrecimiento.

La paz se firmó en el cerro de Tzompantepec, el 7 de septiembre de 1519, concertada como una alianza entre dos naciones. Finalmente, entre el 18 y el 23 de septiembre, Cortés entró a tierras de Tlaxcala.

La ayuda militar de los tlaxcaltecas a Cortés no fue inmediata. Incluso, Maxixcatzin trató de disuadirlo de la idea de atacar Tenochtitlán. La primera gran aportación de los tlaxcaltecas fue informar a Cortés de los planes de Moctezuma de formar un gran ejército para emboscarlos cerca de Cholula. De ahí en adelante, hasta la caída de Tenochtitlán, el auxilio de los tlaxcaltecas se dio prácticamente en todas las actividades militares llevadas a cabo por el ejército español. Sin embargo, los guerreros de Tizatlán –sin duda, el grupo militar más diestro–, comandados por Xicoténcatl hijo, nunca fueron de la confianza de los españoles, ya que sabían de la resistencia de su líder en apoyarlos. Se dice que seis mil tlaxcaltecas acompañaron a Cortés en su primera entrada a Tenochtitlán. Más de veinte mil participaron en el ataque final a la capital del Imperio Azteca. Formalmente aliados, una última duda acechó a Xicoténcatl el Mozo después de la batalla de la Noche Triste. A cambio de terminar con los españoles, los aztecas le ofrecieron su alianza y compartir con él la mitad del Imperio. Tanto Maxixcatzin como Xicoténcatl el Viejo preferían la alianza con los españoles contra los aztecas. Por su parte, Xicoténcatl el Mozo prefería los términos de los aztecas. Al final, estos no se aceptaron, y los tlaxcaltecas acompañaron a los españoles en el último golpe a Tenochtitlán.

No hay que olvidar que el odio de los tlaxcaltecas hacia Tenochtitlán era terrible. El de los tlaxcaltecas era un pueblo pobre que vivía sitiado sin posibilidad de comercio con el Imperio que los rodeaba, que tenía que defenderse constantemente de los ataques de este último, que jamás encontró la forma de llegar a una paz duradera con los aztecas y que nunca claudicó en la defensa de su territorio y su independencia. También hay que tomar en cuenta que México no existía como país, era una serie de reinos con complicadas relaciones políticas entre ellos, donde el principal centro de poder era Tenochtitlán.

Sin duda, el apoyo militar de los tlaxcaltecas a los españoles era el resultado de condiciones políticas y militares. No es un tema de traición, ellos tomaron una decisión estratégica con los elementos e información de los que disponían en ese momento y para su propio beneficio. La ayuda fue solo ofrecida después de haber sido vencidos en diversas batallas. Por otra parte, la determinación de los españoles de tomar Tenochtitlán no dejaba otra salida a los tlaxcaltecas. El historiador Romero Reséndiz presenta una audaz hipótesis:

«¿Fueron ciertamente los españoles los que conquistaron México, o acaso fue su llegada lo que produjo el incendio de la insurrección?».

Terminada la Conquista, el patriotismo local tlaxcalteca continuó. Los privilegios obtenidos de la alianza fueron muy importantes y respetados por los españoles. Después de la conquista muchos tlaxcaltecas tomaron parte en la colonización y fundación de pueblos y ciudades. La colonización del centro y norte del país se llevó a cabo con el acompañamiento de familias tlaxcaltecas que echaron raíces que continúan vivas en las principales ciudades al día de hoy.

Así, después de la caída del Imperio Azteca, los tlaxcaltecas gozaron de ciertos privilegios de gobierno, realeza, propiedad, trabajo, tributos… los más importantes otorgados en la esquela del 13 de mayo de 1535, en donde, a solicitud de Diego Maxixcatzin, «en recompensa por los servicios de los tlaxcaltecas, la provincia jamás dejaría de ser parte de la Corona Española», liberándola así del sistema de la encomienda.

Originalmente, el gobierno español excluyó a colonizadores blancos de la provincia de Tlaxcala. La estructura poblacional y la situación geográfica de dicho territorio hicieron esto inejecutable. Las posibilidades de generar riqueza en la agricultura, la ganadería y el comercio eran enormes, de tal forma que, para los indios, el incumplimiento de esta política, fue desastroso al paso del tiempo.

La primera violación del decreto real de 1535 es atribuible al monarca Carlos V, quien en 1538 concedió una merced real de tierra a Diego de Ordaz, sobrino del conquistador, quien al mismo tiempo obtuvo el cargo de regidor perpetuo en Puebla, situación que lo dejaba en posición perfecta para seguirse haciendo de tierra o de autorizar la ocupación de esta, de tal forma que en años subsecuentes hubo una gran cantidad de otorgamiento de tierras a españoles dentro de la provincia.

El campo tlaxcalteca estaba dedicado a la agricultura. A su llegada, los españoles iniciaron la introducción de ganado bovino, ovino y caprino; esto creó un conflicto serio, derivado de los destrozos causados por los rebaños a los sembradíos de los indios. El asunto llegó a manos del rey, quien en 1550 ordenó al virrey Luis de Velasco que las estancias que estuviesen causando daño a los tlaxcaltecas fueran removidas. Así, en enero de 1551, el virrey emitió una orden para dar cumplimiento a las instrucciones del monarca. La disputa continuó; para 1554 solo quedaba una estancia de ganado mayor, propiedad de Pedro de Meneses. Poco duró el logro. A partir de 1560, la provincia de Tlaxcala comenzó a ser ocupada por sus nuevos dueños por los cuatro costados. Aun y cuando las ventas de tierras por parte de los indios estaban prohibidas, estos encontraban siempre la forma de desobedecer la orden, por ser una manera fácil de hacerse de dinero. Esto solo traía más pobreza, debido al bajo precio que se les pagaba y porque se introducía más ganado, con el consecuente daño que este causaba. Lo poco que pudo hacer la Corona para evitar los abusos fue ordenar que todas las ventas de tierras de los indios, cuyo valor fuera mayor a treinta pesos, se hicieran por subasta pública. Así, a partir de 1580, los españoles fueron legalmente reconocidos por el virrey como propietarios.

La formación de las congregaciones también alejó en mayor o menor medida a los indios de sus tierras, dejándolas disponibles para los españoles. Los nativos fueron llevados a centros urbanos organizados a la usanza castellana con el objeto de controlar mejor la mano de obra y la evangelización. Las primeras congregaciones se formaron después de la epidemia, en tiempos del virrey Luis de Velasco, entre los años de 1550 y 1564. Después, entre 1593 y 1605, sucedería el mismo fenómeno.

Sin el detalle de la precisión de los años y los aspectos legales que regían la tenencia y posesión de la tierra, la forma de hacerse de ella por parte de los españoles fue en gran parte mediante el uso de influencias en los distintos niveles de Gobierno. El procedimiento era mediante una solicitud en la cual se especificaba la tierra que se quería cultivar. Si lo solicitado era aceptable, el virrey emitía la merced real, que era registrada en un libro. Por otra parte, también había mercedes otorgadas no por explotación de tierras, sino en recompensa de servicios prestados, sobre todo de orden militar. Con el tiempo, estos mecanismos se fueron corrompiendo, y muchos lograron hacerse de grandes propiedades de tierra, en algunos casos mediante simulación de operaciones de concesión, cesión y compraventa.

La introducción del ganado provocó un cambio trascendental en la economía del nuevo reino. Con esta actividad ahora podían producir tierras no aptas para el cultivo. Esto provocó un crecimiento explosivo de los hatos animales y, poco a poco, la desaparición de la propiedad de los indios, lo cual los obligó a subordinarse o a buscar otra fuente de ingresos, como la explotación de los bosques, ser peón de campo, la artesanía y el comercio.

Es así que la lucha por la tenencia de la tierra sería un común denominador en todas las épocas de Tlaxcala hasta nuestros días. El resultado fue que, para finales del siglo XVI, en Tlaxcala había ya propietarios españoles.

2. LA HACIENDA

‘Hacienda’ es el término utilizado para denominar el patrimonio de una persona. Al paso del tiempo, sin perder este significado, el término se transformó en el de ’empresa o sociedad creada para la explotación de cualquier bien’. Así, existieron haciendas ganaderas, mineras, agrícolas y de otros tipos.

La imagen física de estas propiedades era el casco, a cuyo derredor se construían todas las instalaciones necesarias para el desarrollo de las actividades que le daban existencia. Asimismo, en sus contornos crecían pueblos o las propias calpanerías, viviendas construidas con materiales de la región, para quienes laboraban en ella.

La hacienda fue el sistema económico que permitió el desarrollo y la formación del país durante muchos años. Las grandes extensiones de tierra y la existencia de capital suficiente permitieron el desarrollo y crecimiento de la minería, la agricultura y la ganadería en todo el territorio. De distintas extensiones –mucho más grandes en el norte, donde, por otro lado, la mano de obra era escasa–, las haciendas fueron polos de desarrollo diseminados por todos los lugares de un país de gran extensión territorial, que posibilitaron su colonización y también la generación de su desarrollo económico. La gran mayoría contaba con tierras de cultivo, explotaciones forestales y terrenos dedicados al ganado, y eran los proveedores de las grandes ciudades donde se comercializaban sus productos. Las haciendas se consolidaron hasta que lograron tener un sistema propio de mano de obra, el llamado peonaje por deudas. Socialmente, esto tuvo muchas implicaciones. A través de la historia, las relaciones entre peones y hacendados fueron complejas y diversas, e íntimamente ligadas a la vida política y social de México.

No se tiene la fecha exacta de la fundación de la hacienda de San Mateo Huiscolotepec, conocida como Piedras Negras. Sabemos, por los documentos del Archivo General de la Nación [en adelante, AGN] en donde se detallan sus distintos dueños, que su primer propietario fue Jerónimo de Cervantes, bisnieto del conquistador Leonel de Cervantes, originario de Cuenca, y quien declaraba no solo ser miembro de la Orden de Santiago, sino su comendador. Vivía en Cuba cuando Hernán Cortés organizó su expedición a México. Llegó aquí con Pánfilo de Narváez, al frente de la nave capitana de la flota enviada para detenerlo. Después de la derrota de Narváez, Leonel se unió a Cortés, luchó en las batallas de la Noche Triste, y de Otumba y, a punto de caer Tenochtitlán, partió a España de donde regresó a los pocos años, trayendo a un hijo de nombre Alonso y a seis hijas que nacieron en Burguillos, Badajoz, a quienes casó luego ventajosamente con hijos de otros conquistadores, entre ellas, Luisa de Lara, quien contrajo nupcias con su primo segundo, Juan de Cervantes, y Beatriz de Andrada, fundadora del mayorazgo de la Llave, de quien se decía era la mujer más rica de México, y que hacia 1585 casó primero con Juan Jaramillo de Salvatierra, quien había estado casado con la Malinche, y después, nuevamente, con el hermano menor del virrey Luis de Velasco, don Francisco Velasco.

De esta forma, los descendientes de Leonel crearon, mediante lazos matrimoniales, relaciones económicas y políticas que les aseguraran un lugar preponderante en la recién nacida Nueva España. Estas familias de conquistadores no solo lograron adquirir riqueza y heredarla a las siguientes generaciones, sino que obtuvieron poder político y prestigio social.

Llegaron a Nueva España, por un lado, Leonel de Cervantes y, por otro, Juan Gómez de Cervantes, parientes entre sí. Este último, originario de Sevilla, casó con Luisa de Lara y Andrada, hija de Leonel el Conquistador. Al momento de su muerte, en 1564, Juan Gómez era alcalde ordinario de la Ciudad de México. De este matrimonio nació Gonzalo Gómez de Cervantes, también alcalde ordinario en 1584, quien casó con Catalina de Tapia Carvajal, padres de Jerónimo de Cervantes, fundador de San Mateo Huiscolotepec. Por lo tanto, Jerónimo era bisnieto del Conquistador, mas no por línea paterna directa, sino a través de la abuela de su padre. Un hermano de él, Juan de Cervantes, entre otras posesiones, tenía varias casas en Tlaxcala, por lo que es natural pensar que la familia estaba ya establecida ahí cuando Jerónimo adquirió San Mateo Huiscolotepec.

De un trabajo muy interesante, «Tres familias mexicanas del siglo XVI», de John F. Schwaller (Historia mexicana, COLMEX, 1981), junto con una ficha del Archivo General de Indias y otras publicaciones en internet, he obtenido parte de esta información, en donde se detalla toda la descendencia de los dos Cervantes que llegaron a México en ese siglo.

El año de 1580 es el que distintos investigadores fijan como el de la fundación de Piedras Negras.

Jerónimo de Cervantes pertenecía a la aristocracia formada por los conquistadores, primer poder de la recién nacida Nueva España. Como veremos más adelante, este tipo de propiedades se formaron y crecieron casi siempre por negociaciones económicas y sociales, pero también al amparo de las influencias del poder político. Para 1580, apenas se comenzaba a consolidar la clase dominante cuyas raíces provienen de los conquistadores y sus descendientes. Ese año, Jerónimo de Cervantes inició la edificación del casco de la hacienda, que contaba con 80 caballerías de tierra, el equivalente a 3 360 hectáreas. No se encontró ninguna fuente histórica de la cual se pueda obtener información respecto a la vida de la hacienda, sin embargo, es de suponer que se concentró, como la mayoría de las propiedades de aquel tiempo, en la crianza de animales y, posteriormente, en el cultivo de cereales, destinados tanto al propio abasto como al comercio. A la tradicional producción indígena del maíz y el frijol, se sumó la europea de trigo y cebada, esta última para el consumo de los animales, ante la paulatina disminución de las trashumancias. Seguramente se construyeron las casas para los dueños, administradores y trabajadores; establos y corrales, almacenes y trojes, talleres, tinacal, capilla y cementerio.

El segundo dueño de San Mateo Huiscolotepec fue Pedro Tenorio de la Banda, cuya familia poseía propiedades en Cholula y Puebla. A él le siguen don Luis García Becerra y su esposa, María Fernández de Soria, quien formaba parte de una familia que poseía grandes extensiones en el estado y que donó los terrenos para la formación de San Luis Apizaquito.

Durante el siglo XVI no existían mayorazgos en el territorio de Tlaxcala, y para el siguiente siglo está registrado uno que arroja datos muy interesantes para esta historia:

En el año 1633 dos familias del pago de Texcalac se decidieron a unificar algunos predios. Fue el caso de Luis García de Nájera y su cónyuge, Petronila de Soria, así como su hijastra, María Fernández de Soria, con su marido, Luis García Becerra. El fundador Luis García de Nájera aportó toda su propiedad, mientras que los otros aportaron solamente una parte de sus bienes al mayorazgo (el tercio y el remanente del quinto). El resto permaneció para su libre disposición. Los participantes se comprometían a aumentar sus contribuciones de terreno en igual porcentaje en caso de hacerse otras incorporaciones. Al no existir un heredero masculino, se nombró a Luis Nájera Becerra, nieto de la fundadora, como futuro usufructuario.

Piedras Negras no entró, por lo tanto, en el mayorazgo, ya que los García Becerra le heredaron la propiedad a su hija, Luisa de Soria y Becerra, quien sería esposa de Fernando Niño de Castro, quien gobernaría la ciudad de Tlaxcala alrededor del año de 1665.

En el año de 1672, Bartolomé Estrada, caballero de la Orden de Santiago, contador mayor del Tribunal y Real Audiencia de Cuentas de esta Nueva España, vecino de la Ciudad de México, albacea testamentario fideicomisario del capitán don Fernando Niño de Castro, quien era su suegro, viudo de doña Luisa Soria y Becerra, compareció ante el escribano real de Puebla, para la ejecución del testamento a favor de don Fernando Niño de Córdova,  hermano de Niño de Castro. Extraño legado, ya que la propiedad la había heredado su esposa de sus padres, al no formar parte del mayorazgo de los Nájera, y tenían dos hijos a quienes dejar la propiedad.

Es notorio cómo nombres y apellidos se repiten, pero no de la forma actual. En aquel tiempo se podía escoger el apellido de cualquiera de los abuelos –esto hizo la investigación un poco complicada–, pero queda claro que un siglo después, los nuevos dueños del poder político ya no eran los conquistadores, sino la clase gobernante, además del clero, que comenzaba a acumular riqueza.

En ese entonces, la «banca» era la Iglesia. A través de capellanías, diezmos, donativos, limosnas y del propio capital que generaban sus propiedades, la Iglesia tenía los recursos para ser el principal acreedor de la economía virreinal.

Los primeros frailes que llegaron a Nueva España fueron verdaderos apóstoles de la fe. En un país sin caminos, sin ciudades, sin límites, emprendieron el trabajo de catequizar vastas extensiones, y en muchos casos fueron defensores de los indios. Al paso del tiempo, la Iglesia fue amasando un gran capital; además de pagar las múltiples construcciones que edificaron, este caudal tenía el propósito de proporcionales una estabilidad económica independiente de sus diversas fuentes de ingreso. Por una parte, la estabilidad y seguridad se las daría la tierra, sin embargo, el colocar dinero en condiciones ventajosas les permitió una gran injerencia en la vida económica de la sociedad.

La herencia de Niño de Córdova no solo fue la hacienda, sino las deudas implícitas, constituidas por capellanías e hipotecas contraídas con distintas órdenes religiosas y sus conventos.

Niño de Córdova fue dueño de Piedras Negras durante veintisiete años, esto es, hasta 1698, cuando la vendió a Sebastián de Estomba, vecino de Puebla, quien solo la tuvo poco más de dos años, para traspasarla al convento y hospital de Nuestra Señora de Belén y San Francisco de Sales. La venta de Piedras Negras fue acordada en veinte mil piezas de oro. Sin embargo, no hubo efectivo de por medio. El convento absorbió las deudas de Estomba y le entregó como complemento un pagaré por $9 400 con un interés del 5% anual.

3. EL CRECIMIENTO EN EL SIGLO XVIII

Los descendientes de los conquistadores y la élite política habían sido hasta el fin del siglo XVII los dueños de la hacienda de Piedras Negras. Ahora tocaría el turno al clero. En el año de 1701, la hacienda pasó a manos de la Orden de Belén. Hasta ese momento no había cambiado su extensión territorial. Eran las mismas 80 caballerías de tierra con las que había iniciado Cervantes. Pienso que durante ese tiempo, la explotación económica de la hacienda fue la misma en manos de sus distintos propietarios y que estos no buscaron crecer ni generar negocios alternos a la agricultura y la ganadería. Los García Nájera, de hecho, como he mencionado, donaron parte de otra propiedad para fundar San Luis Apizaquito y ahí explotar una pensión para viajeros.

Al llegar la Orden de Belén, las cosas cambiaron e inició la época de crecimiento y consolidación de una Piedras Negras más grande y con otro sentido de negocio, porque ellos le dieron un giro hacia la explotación de servicios de hospedaje y de pensión, que permitió que la propiedad casi triplicara su tamaño en tan solo noventa años, como veremos más adelante. Y la razón es muy simple.

Desde las épocas prehispánicas existían diversas rutas temporales en el centro del país que eran transitadas por motivos de migración, comercio y guerra. La dominación del Imperio Azteca es la que les dio carácter de definitivas. Mercancías, tributos y esclavos capturados durante las guerras pasaban por estos caminos en tiempos del Imperio. Los caminos eran rectos y muy angostos, ya que no había bestias de carga; eran los tamemes quienes llevaban las mercancías sobre la espalda.

Al inicio del comercio con España, la dificultad de construir caminos adecuados para los carros de tiro usados en Europa generó la aparición de un personaje que por más de dos siglos recorrió el país: el arriero, que desplazó al tameme, por la mayor capacidad de carga de las mulas.

Los caminos se fueron trazando para unir ciudades y pueblos. El mantenimiento, que no siempre se hacía de forma correcta, por lo que la calidad de estas vías era muy pobre, era responsabilidad de los hacendados y de los pueblos por donde las rutas pasaban.

El principal uso de los caminos era por el comercio. Fueron los comerciantes quienes de diversas maneras presionaron a la Corona para la mejora y mantenimiento de las rutas. La principal era la México-Veracruz. Por ahí entraban y salían todas las mercancías que se comerciaban entre México y España. Su longitud aproximada era de 400 kilómetros, que se transitaban en cerca de veinte días, con un avance de entre 10 y 40 kilómetros diarios. En la misma época, viajando desde la Ciudad de México, los arrieros tardaban quince días en llegar a Querétaro; treinta y seis, para llegar a Oaxaca; cincuenta y cuatro, en trasladarse a Durango; sesenta y tres, a Monterrey, y cerca de tres meses para llegar a Chihuahua. Tomando en cuenta la cantidad de días de trayecto, en el camino había «ventas» que proveían de lo necesario para el descanso y la alimentación tanto al viajero como al arriero y sus animales. Los arrieros recibían atención gratuita, ya que el negocio para el ventero estaba en la manutención de los animales. En algunos casos venían viajeros que recibían servicios de hospedaje y alimentación en las instalaciones de La Venta. Estos debían cubrir los gastos derivados de los servicios recibidos.

Los arrieros fueron las figuras heroicas de los caminos. Ellos y sus mulas eran indispensables y ningún viajero calló su presencia; muy por el contrario, se habló con elogio de estos personajes. Una larga cita tomada del libro, México. Lo que fue y lo que es, escrito por Brantz Mayer (FCE, 1953), ilustra muy bien este concepto:

… ellos son los que hacen el transporte de la mayor parte de los metales preciosos y mercancías de valor, y constituyen una porción muy importante de la población. Pues bien, ninguna clase semejante en país alguno les hace ventaja en honradez, abnegación, puntualidad, paciencia y desempeño inteligente de sus deberes. Lo cual no es poco mérito, dado el territorio por donde viajan, el desorden que en él reina y las consiguientes oportunidades de prevaricar que en él se les ofrecen. Estos hombres de ojos salvajes y feroces, pelo enmarañado, pantalones acuchillados y chaqueta bien engrasada, que han tenido que habérselas con muchas tormentas y tempestades. En México son a menudo, por espacio de meses, los guardas y custodios de las fortunas de los hombres más opulentos, conduciéndolas en penosas jornadas por serranías y desfiladeros. Infinitos son los peligros y tropiezos con que se topa el arriero.

De la misma fuente es la siguiente tabla, que es mucho más extensa, si se detalla la carga. Presenta la magnitud de lo que era una caravana de este medio de transporte.

Mulas aparejadas…………………………………………………………………………………….6 946

Burros………………………………………………………………………………………………………..69

Mulas de silla………………………………………………………………………………………….1 255

Dueños y mayordomos de mulas………………………………………………………………….123

Arrieros sirvientes……………………………………………………………………………………1 842

Coches……………………………………………………………………………………………………….65

Literas…………………………………………………………………………………………………………6

Realmente, el desempeño de los arrieros era heroico. Piedras Negras era una de estas ventas en el camino México-Veracruz, cuya ruta era la siguiente:

DE LA CIUDAD DE MÉXICO                  DÍA                    KM RECORRIDOS

Venta de Carpio                          primero             27

Otumba                                segundo             35

Apan                                               tercero               41

Descanso                              cuarto                          0

Atlangatepeque                            quinto                          37

Piedras Negras                             sexto                            20

San Diego                                      séptimo              25

Zonquita                              octavo                          30

Descanso                              noveno               0

Tepeyahualco                               décimo               28

Perote                                             décimo primero         20

Las Vigas                                       décimo segundo         25

Jalapa                                            décimo tercero  28

Descanso                              décimo cuarto            0

Encero                                  décimo quinto            20

Plan del Río                                  décimo sexto              23

Rinconada                                     décimo séptimo         15

Paso de las Barcas                       décimo octavo            12

Antigua                                décimo noveno 10

Veracruz

Este fue el nicho de negocio que iniciaron y explotaron los betlemitas cuando adquirieron San Mateo Huiscolotepec. De acuerdo a los documentos del AGN, Tierras, Vol. 833 expediente 3, es en 1742 cuando el convento Betlemita de Puebla, solicita se le conceda licencia para construir una posada para pasajeros en la hacienda de Piedras Negras.  En diferentes fuentes de información aparece que, durante el año, entre treinta mil  y cien mil mulas recibían posada en Piedras Negras. No sé cuál dato sea el correcto, pero me queda muy claro que los betlemitas encontraron una forma muy eficiente de agregar valor a la producción de la hacienda, mediante el cobro de los servicios de hospedaje y alimentación de personas, pero sobre todo, del cambio, custodia y manutención de los animales.

Todo lo producido en Piedras Negras se consumía en La Venta. Granos, animales y pulque eran ofrecidos a quienes diariamente se hospedaban en ella. Esto permitió que los frailes tuvieran una operación muy rentable que les permitió adquirir más tierras que pasaron a formar parte de la hacienda. Hoy en día, aunque en ruinas, aún existe el inmueble de La Venta.

Para estas proporciones de clientela, La Venta de Piedras Negras parecería ser muy pequeña. Tan solo veintitrés habitaciones hubieran sido insuficientes para recibir contingentes tan grandes, sin embargo, como ya lo relaté, La Venta estaba reservada a los viajeros, no a los arrieros ni a los mozos.

Los betlemitas, u Orden de Hermanos de Belén, aparecen en los documentos de la época, de diversos modos: instituto, religión o compañía; en realidad la Orden aparece aprobada como tal en 1710, y consta que es la única fundada en América. Fue instituida en 1653, en Guatemala, por el Hno. Pedro de San José Betancourt, junto con un grupo de hombres unidos solo por votos piadosos. Crearon modestas escuelas para los niños indígenas y, al conocer más de cerca a sus familiares y vecinos, ampliaron su acción para crear refectorios y, finalmente, hospitales, pues se dieron cuenta de la marginación de las clases pobres. En el siglo siguiente elaboraron su Constitución, que fue aprobada por el papa Inocencio XI, y empezaron a extenderse a otros países hasta llegar a cubrir toda América del Sur, Cuba y Nueva España. Fue un grupo de hombres comprometidos, sin miedo para conocer la pobreza y las necesidades, y dotados de iniciativas para la acción de educar, construir, capacitar y servir de muchas maneras a los indígenas y mestizos pobres. Como parte de su modo de hacerse de recursos invirtieron en propiedades a lo largo de todo el continente y en Cuba. Eran poseedores de grandes extensiones de tierra. En México, su principal propiedad fue Piedras Negras, que adquirieron, como ya comenté, en 1701; este dato consta en un documento del AGN (Ramo de Tierras, vol. 1891, exp.1) relativo a la venta de Sebastián de Estomba al Convento de Nuestra Señora de Belén, parte del cual transcribo, por lo interesante y completo que es:

Yo, Don José Joaquín Guerrero, Escribano de su Majestad (que Dios guarde muchos años) Teniente de este oficio mayor Público y de Cabildo de Don Mariano Francisco Zambrano. Certifico y doy fe en testimonios de verdad, que por los Libros de los Censos que son a mi cargo, constan varias partidas que con las anotaciones de sus márgenes unas y otras a la letra son del tenor siguiente: En la muy noble y muy leal ciudad de los Ángeles, a quince de Diciembre de mil setecientos y ocho años: Ante mí, el Escribano y Testigos, pareció Sebastián Xavier, vecino de esta ciudad a quien doy fe conozco y registro una Escritura por la cual parece que el Capitán Don Sebastián de Estomba vecino de esta Ciudad, vendió realmente al Convento y Hospital de nuestro señora de Belem y San Francisco de Salas de esta Ciudad, y al Padre Fray Carlos de San Andrés, Presidente, y a dicho Convento en su nombre, una Hacienda de Labor de Temporal nombrada San Mateo Guiscolotepeque Piedras Negras, con un rancho a ella agregado, nombrado Santa María Tecuaucingo, que es en la Provincia de Tlaxcala, al pago de San Luis Apizaco, que lo uno y lo otro se compone de 80 caballerías de tierra poco más o menos, las que contienen los títulos de su propiedad, que linda por una parte que es la de Norte, con las Haciendas de Toluquilla que fue de Don Juan de Soria, que hoy posee el Bachiller Jacinto Sánchez de la Vega, y por el Sur con el Mal País de los Indios de Santiago Ocotitlan de la Doctrina de Apizaco, y con Rancho de Doña Hiliana de Yglesias, que fue de Don Pedro Marcos Castellanos, y por el Oriente con tierras de Juan López Maldonado, y con Hacienda de Don Luis Romano Altamirano, y por el Poniente con tierras de Don Gonzalo de Cervantes Casares, y con Hacienda de Don Juan Martín, que fue de Francisco Cortés de Soria, con los avisos necesarios, en precio de veinte mil pesos de oro común.

La escritura a la que aquí se hace referencia es del 29 de julio de 1701, fecha de adquisición de la hacienda por los betlemitas.

Comenzó, entonces, la primera época de oro de la hacienda. Los frailes iniciaron una nueva forma de trabajar, y gracias a ello, la hicieron crecer hasta llevarla al tamaño y esplendor que tuvo a principios del siglo XIX. Creemos que es a partir de este momento cuando en realidad comenzó a tener importancia la hacienda como referente regional y como centro económico. Los anteriores dueños, como se ha podido ver, la tenían más como un activo físico y una fuente de respeto social que como un generador de riqueza. Quienes conocen Piedras Negras fácilmente pueden intuir que el tamaño tan impresionante no pudo corresponder solo a una hacienda de labor y pastoreo. Las trojes, el tinacal, la quesería, los macheros, la iglesia, el tamaño del propio casco y las instalaciones que existen desde antes de los González deben de haber sido construidas en tiempos de los betlemitas. Solo el acopio de pastura para la posada haría que tuvieran sentido tan magníficas instalaciones.

Para poder dar abasto a su negocio hospitalario, los betlemitas fueron adquiriendo tierras mediante compras y subastas públicas. Así, al paso del tiempo, según consta en el documento elaborado en el año de 1804 por don José Calapis Matos, secretario mayor del excelentísimo Cabildo de Justicia y Regimiento de la Ciudad de Puebla –el cual pude localizar en el AGN y del cual ya transcribí una parte– esta fue la forma como se fueron agregando ranchos y pequeñas parcelas para la formación final de Piedras Negras:

La de Quamaxalucan se remató al referido Convento, por Bienes de Don Martín de Palacios, que la compró a Juan López Maldonado, su primer Causante. La de Aguatepeque, compuesta de 50 caballerías de tierra, con el rancho nombrado San Bartolomé Quamancingo, se remató al citado Convento, por Bienes de Don Juan Martín Osorno, quien compró lo de Aguatepeque o Tescalaqui, a Doña María, Doña Mariana, y Doña Teresa Cortez de Calva, hijas y herederas de Don Bartolomé de Calva, y Doña Catarina Cortés de Soria. Lo de Quamancingo compró el referido Osorno, a Andrés Baptista Sanz, que lo hubo de los hijos y herederos de Don Diego Romano y Doña Petronila de Nájera Becerra, hija y heredera de Don Luis García de Nájera, y de Doña María Fernández de Soria. La de la Asunción y San Nicolás, compuesta de 12 caballerías de tierra, se remató para dicho Convento en el Licenciado Don Nicolás Moreno, por Bienes de Don Juan Gómez de Yglesias, Albacea y heredero de Doña María Millán, Viuda de Don Antonio Gómez, que a dicho Don Juan se adjudicó después de haberse rematado en el Licenciado Don Francisco Pérez Muñiz y Osorio, por Bienes de la misma Doña María Millán; antes fue de Juan Escudero Calderón, Pedro Martín Castellanos, y Lorenzo García. Y lo de Atenco, compuesto de 10 caballerías de tierra, se remató al expresado Convento por Bienes del Bachiller Don Mariano Barrientos y Montoya, a quien lo vendió el Licenciado Don Luis Pliego y Peregrina, que lo compró al Bachiller Don Miguel Álvarez de Luna, y este a Don Gerónimo Calderón Becerra, que lo hubo de Don Miguel Martín Osorno; antes fue del Licenciado Don Esteban Vázquez Gastelu del Rey y Figueroa, a quienes lo vendió Don José Vázquez Gastelu, que lo compró a Doña Ana de Bargas, hija y heredera de Don Diego López Arroñes y Doña Ana de Bargas; antes fue del Licenciado Francisco Maldonado.

Las dos principales compras fueron Coaxamalucan, que constaba de 72 caballerías de tierra, y San Pedro Aguatepeque que, con su rancho San Bartolomé de Quaumancingo, sumaban 50 caballerías de tierra. Así, para 1756, último año en el que los betlemitas adquirieron tierra, Piedras Negras alcanzó una superficie de 224 caballerías de tierra, un poco más de 9 400 hectáreas. Esta sería la extensión de la hacienda hasta principios del siglo XX. Fue una de las propiedades más grandes de Tlaxcala. En Haciendas y ranchos de Tlaxcala en 1712 (INAH, 1969), Isabel González Sánchez detalla el censo de ranchos y haciendas derivado de los «donativos graciosos» exigidos por el rey para financiar la guerra de Sucesión Española, que duró de 1701 a 1714. El censo aparece incompleto, no por error de la investigadora, sino porque no estaban obligados ni el clero ni los indios a dicha contribución, y por otra parte, los dueños tenían que presentarse a declarar sus propiedades, cosa que no todos hicieron; sin embargo, sí nos da una muy buena idea de cómo era la propiedad en Tlaxcala. Piedras Negras, por ser de los betlemitas, no aparece en el censo, pero hay muy pocas haciendas con una superficie similar a la suya. El mayorazgo de José Romano Altamirano Nájera y Becerra, mencionado anteriormente, incluía las haciendas de Topisaque y Tlacotepeque, más dos ranchos, con un total de 8 678 hectáreas. Mazaquiahuac y Ntra. Señora del Rosario, propiedad de Francisco Yáñez Remigio de Vera, abarcaban 5 000 hectáreas entre las dos. Mimiahuapam constaba de 4 171 hectáreas, y estaba en manos de Ana Bustamante Salcedo viuda de Luis Muñoz de Cote. Todas estas propiedades formaban parte del partido de Tlaxco, al norte del estado, donde siempre ha habido menor densidad de población.

En Piedras Negras, los frailes desarrollaron su negocio y financiaron con sus productos un total de diez hospitales en todo el país, entre otros, en Guadalajara, Puebla, Oaxaca y la Ciudad de México. Sin embargo, no estaban exentos de las crisis económicas que se fueron presentando a lo largo del tiempo. Entre los años de 1784 y 1786 hubo una grave sequía en todo el país. Las crisis agrícolas no eran algo fuera de lo común en Nueva España, sin embargo, la de esos años fue tan fuerte que a 1785 se le llamó «el año del hambre». Hay estimaciones de que murieron cerca de trescientas mil personas en la zona centro-norte del país. Ese año comenzó a llover hasta junio, por lo que la siembra fue tardía, pero además cayeron heladas en agosto, por lo que se perdió toda la producción de maíz y de frijol, principal alimento de la población y también del ganado. Encima del desastre agrícola, la ganadería también sufrió un severo daño. Por su parte, los hacendados cerraron la venta de granos con el problema de que no había un sustituto alterno. El siguiente año fue muy similar, con consecuencias devastadoras. Tensiones sociales, vandalismo y saqueo por hambre no se hicieron esperar. El alza en precios, desempleo, quiebra de pequeños agricultores y artesanos generaron una crisis de gran magnitud que desequilibró las estructuras sociales, sobre todo las rurales. Piedras Negras no escapó a este entorno, por hábiles que fueran los betlemitas. Por esta razón, o por las propias necesidades de la Orden, finalmente la pusieron en venta. Así, en la Gaceta de México, el 23 de octubre de 1787, en la página 428, aparece el siguiente texto:

En vista de una representación hecha al M.R.P. Vicario general y Venerable Definitorio de la Sagrada Orden de Belén, por parte del Presidente y Procurador del Convento de dicha Orden de la Ciudad de Puebla, en que se daba una clara idea del actual infeliz estado de aquella Casa: se determinó poner en venta la afamada Hacienda de Piedras Negras para sostener el desempeño de los deberes de su Hospitalar Instituto. Lo que se da al público, con la advertencia de que si se presenta postor se le hará una prudente rebaja, verificado su avalúo.

Fue hasta 1793, seis años después de que se puso a la venta, que se recibió y aceptó una oferta de compra por la hacienda, con lo cual llegaba a su fin la administración tan fructífera de los frailes durante casi todo el siglo XVIII, noventa años de esplendor y crecimiento que le dieron su forma final a la propiedad. Poco duraría la Orden de Nuestra Señora de Belén; esta y sus hospitales vinieron a menos a partir de 1821, cuando las cortes españolas decretaron la desaparición de las órdenes hospitalarias y comenzó la independencia de las colonias. Algunas fuentes hablan también de que los frailes dieron apoyo a los movimientos independentistas en América, y esto influyó en su terminación.

4. LOS MIRANDA

La hacienda de Piedras Negras se había puesto a la venta, ya fuese por la crisis agrícola o por las necesidades propias de la Orden de Belén. Cabría hacer una reflexión sobre el paso de los seis años que tardó en llegar un postor. El trayecto México-Veracruz siempre se pudo cubrir por dos vías: por la de Jalapa-Orizaba-Puebla o por la ruta de las ventas, que ya hemos descrito, de la cual una parada era Piedras Negras. La pugna entre comerciantes respecto a cuál vía debería de mantenerse fue constante, y a pesar de que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se cobraba peaje en ambos caminos –supuestamente destinado a su mejora y mantenimiento–, los recursos obtenidos no siempre llegaron a su destino. El estado de los caminos era deplorable. El manejo del peaje era tan irregular que en 1770 el fiscal de lo Civil solicitó al rey llevar a cabo una investigación al respecto, cuyo resultado fue que en 1783 se encargó un estudio para la realización de obras públicas de México a Veracruz. Dicho estudio abarcaba ambas rutas, y la conclusión optaba por que debían hacerse por el camino de Orizaba. La propuesta señalaba la construcción de un camino de 10 metros de ancho que permitiera el paso de carruajes y bestias en ambos sentidos, además del establecimiento de lugares expresamente hechos para el alojamiento de viajeros y atención de los animales, dado que los existentes eran parte de las haciendas y se calificaron como de muy baja calidad. Aparentemente, quien llevó a cabo el estudio era muy cercano al Tribunal Consulado de la Ciudad de México, poderoso organismo comercial que tenía gran peso político derivado de préstamos a la Corona. Aunque el virrey trató de mejorar la ruta de las ventas, en 1796 se inició la obra vía Orizaba, la cual se terminó en 1810. La ruta de las ventas trató de arreglarse a partir de 1803, pero era tan alto el costo y aumentaron tanto las deudas derivadas de su financiamiento que las labores se suspendieron en 1812.

La riqueza estaba concentrada en pocas manos, lo mismo que el poder y la información político-económica. Estas conversaciones eran del dominio público entre la élite, por lo que los probables postores, conociendo la problemática, difícilmente se atreverían a hacer una oferta por una propiedad del valor de Piedras Negras, cuando existía un riesgo real de que su principal fuente de ingresos, La Venta, casi desapareciera. Acaso esta pueda ser una razón del porqué pasaron seis años para que la Orden pudiera tener una propuesta de compra y de porqué fueron precisamente los señores Miranda quienes la hicieron.

Los frailes recibieron esta oferta el 20 septiembre de 1793:

… se presentó el día veinte de Septiembre del año último de noventa y tres, el Licenciado Don Miguel de Miranda, Presbítero de este Arzobispado, y Abogado de la Real Audiencia de este Reino, en Consorcio de su Sobrino, Don José de Ventura de Miranda, proponiendo comprar la Hacienda según se acuerda por la persona que destine para este efecto en mi compañía.

Ese mismo día, los betlemitas dieron respuesta a Miguel de Miranda haciéndole saber que el muy reverendo padre vice prefecto general había determinado, de acuerdo con los reverendos padres asistentes, que se pasara la correspondiente solicitud a la comunidad del convento de Puebla. Los intercambios de propuestas entre ambas partes se fueron dando de forma muy rápida. Al día siguiente, 21 de septiembre, lo primero que se pidió fue un avalúo:

Le ha presentado a esta Superioridad un Sujeto que pretende compra de la Hacienda de Piedras Negras bajo las estipulaciones siguientes: La referida Hacienda y todos sus muebles se deberán avaluar con dos Peritos que se deberán nombrar por las Partes, de cada uno el suyo, y un tercero que con acuerdo de ambas se haga poner, para que si hubiese discordia se componga o se decida por él, y el precio que estos pongan a la referida Hacienda y a sus muebles, este se pagará o se asegurará, como se quiera a satisfacción. Parecen muy equitativas y justas las mencionadas propuestas; en cuyo supuesto y el de no perder coyuntura tan oportuna cuando se solicita muchos tiempos ha esta venta [sic] para alivio de esa casa y de los Conventos de Veracruz y Tlatemanalco, a quien se está haciendo el mayor perjuicio.

El 23 de septiembre, los betlemitas definieron las condiciones y se tomó la decisión de venta en una votación que se resolvió de forma unánime:

En este Convento Betlemítico de San Francisco de Sales de Puebla, en veinte y tres de Septiembre de noventa y tres, juntos los Religiosos de esta Venerable comunidad que tiene voz y voto; el Reverendo Padre Vice-Prefecto in Capite Fray José de Jesús María, me entregó a mí, el presente Secretario una Carta Serrada [sic] de Nuestro Muy Reverendo Padre Vice-General y Venerable Definitorio de Provincia, la que leí en alta voz e inteligible, y es la misma que antecede. Acabada de leer dio el Reverendo Padre Vice a los Religiosos pensaren sobre el auto lo que conviniera, y las propuestas que debían hacerse al comprador, para que el día de mañana las produjeren en igual Junta, con lo que se concluyó este ato [sic] de que doy fe. En dicho Convento en veinte y cuatro del expresado mes y año: Juntos los Religiosos que tienen voz y voto para tratar sobre el negocio de ayer que comprehende la anterior Carta, hablando según costumbre por el más moderno, y siguiendo así hasta el Prelado dijeron: Que respecto a que a este Convento no le queda ya otro arbitrio para restablecerse, que la venta de su Hacienda de Piedras Negras, convenían en que se verificaran haciéndole al comprador las condiciones siguientes. Primera: Que se nombre un Abaluador [sic] por Parte de esta comunidad, y otro por la del comprador, pasando por el Avalúo que estos hicieron, y en caso de discordia entre los dos se nombre a un tercero con anuencia y satisfacción de ambas Partes. Segunda: Que de lo resulta del importe [sic] de la Finca que comprende precisamente las Partes y muebles, debe exhibir de contado lo menos cincuenta mil pesos que pondrá en reales o Libranza segura en la misma Finca al cinco por ciento que deberá de por tercios. Tercera: Que para este reconocimiento hipoteque la misma Finca, poniendo este principal en primer lugar con preferencias a cualquiera otro, y con el registro correspondiente en el Libro de Cabildo. Cuarta: Que los Costos de la venta sean por mitad entre el comprador y el Convento. Quinta y última: Que cuando piense redimir el principal que quedare, que no será antes de cinco años, debe avisar a el Prelado de este Convento seis meses antes para buscar dónde imponerlo. Con lo que se concluyó este segundo tratado quedando citados los Religiosos para la votación secreta mañana de que doy fe. En dicho Convento en veinte y cinco del mismo mes: Juntos los Reverendos Padres de voz y voto, con el Padre Vice-Prefecto in Capite, dijo este se pasase a la votación secreta del Negocio que se trató ayer y recogidos los votos con toda reserva de modo que no se viese unos de otros por mí el presente Secretario, se hallaron ocho frijoles blancos, que es el mismo número de Religiosos que han asistido a los tratados con lo que quedan concluidos condescendiendo en la venta de la Hacienda de Piedras Negras bajo las circunstancias que previenen el segundo tratado, ocurriendo a Nuestros Muy Reverendo Padre Vice-General y Venerable Definitorio de Provincia, para la aprobación de ellas según previenen nuestras Leyes: y para que conste, lo firmaron ante mí de que doy fe. Fray José de Jesús María Vice-Perfecto in Capite. Fray Andrés de las Ánimas. Fray José de Santa Anna. Fray Antonio de San Juan Nepomuceno. Fray Juan Fernando de San José. Fray José de San Francisco de Paula. Fray José de la Concepción. Por mí y ante mí. Fray Francisco de la Encarnación, Secretario Conventual. Concuerda con el original a que me remito, y es sacado en este dicho Convento a veinte y cinco de Septiembre de mil setecientos noventa y tres años; siendo testigos el Padre Fray Juan de San José, y Fray José de San Francisco de Paula. En testimonio de verdad. Fray Francisco de la Encarnación, Secretario Conventual.

De esta lectura cabe resaltar que se fijó un pago inicial por $50 000 y un plazo máximo de cinco años para liquidar el remanente. Pero las negociaciones no terminan aquí. Los Miranda ofrecieron $40 000 como pago inicial y solicitaron que se llevaran a cabo los avalúos acordados. Los miembros de la Orden aceptaron la propuesta, en el entendido de que se debería entregar dicha cantidad de inmediato y los $10 000 restantes, dentro de los tres primeros meses posteriores a la firma de la escritura. Para este efecto se nombraron los valuadores. Por el convento se designó a don Manuel Dávila, vecino de Huamantla; y por parte de los Miranda, a José Muñoz, dueño de la hacienda de Zoquiapan, en Texcoco; como tercero, en caso de discordia, a Juan Bartolomé Escobedo, dueño de la hacienda de San Marcos, en Tepeaca.

El avalúo comprendió tierras y aguajes, casas y oficinas, las casas de La Venta, Socaque, Ahuatepec y Atenco; la capilla, utensilios, menaje de casa, dispensa y obrador, aperos de la troje, de campo y de La Venta, carpintería, magueyes, ganado mayor, ganado menor, semillas, yuntas de barbecho, así como débitos de indios y sirvientes. El valor inicial al que se llegó fue de $122 069. A petición del secretario de convento de Puebla se hizo un segundo avalúo, que incrementó el valor de la hacienda en $4 095, conviniendo ambas partes en que el monto final de la transacción sería de $126 161. Así, el 4 de marzo de 1794, acudieron a la Ciudad de México ante el escribano real a formalizar la operación. Ahí todavía se hizo un pequeño ajuste, quedando el valor final en $124 582. Miguel de Miranda entregó de contado $47 100, y quedó un saldo por la cantidad de $77 482, que causaría un interés anual del 5% sobre el saldo insoluto. Se acordó una serie de detalles respecto a los pagos y, finalmente, después de seis meses de negociaciones y avalúos, Piedras Negras cambió de dueños.

Don Miguel Miranda era presbítero de Puebla y su sobrino acababa de heredar los bienes de su padre, Antonio, entre los que se incluía la hacienda de Zotoluca y su rancho anexo, Coesillos. Si ambos hombres pertenecían a la clase dominante del país y por lo tanto eran personas informadas, ¿por qué razón presentarían una oferta por una propiedad por la cual no se había presentado ninguna otra? Vamos a tratar de analizar la situación.

La hacienda de Zotoluca lindaba al oriente con tierras de Piedras Negras. Cuando la Orden de Belén la compró a Sebastián Estomba, era propiedad del mayorazgo de Leonel Gómez de Cervantes. Para José Ventura de Miranda, comprar Piedras Negras representaba ser el terrateniente más grande del norte de la provincia e incrementar al máximo su prestigio social. Tenía intención de formar un mayorazgo para sí mismo y su descendencia, solicitud que presentó a la Corona y de la cual obtendría autorización real en 1806. A la muerte de Antonio de Miranda, su hijo, José Ventura, albacea de la herencia, mandó hacer un avalúo de las propiedades que formaban la masa hereditaria, que eran la hacienda de Zotoluca, el rancho Coesillos, la hacienda de San Bernabé del Malpaís y el rancho Amantla.

Aprecio de los Bienes que quedaron por fin y muerte de Don Antonio Miranda, que manifestó su hijo Don José Ventura de Miranda Heredero y Albacea a presencia y con intervención de todos los interesados que lo son la Señora Doña María Josefa, Rodríguez Viuda de dicho Don Antonio Miranda, Don José Manuel de Arechaga, como Marido; y conjunta persona de Doña María Petra, Joaquina de Miranda que le nombró para la facción de inventario, en atención a ser menor de veinte y cinco años y mayor de doce, para que con su acuerdo y el de los demás, que van referidos, se haga la transacción y aprecio de todos los bienes, a cuyo efecto se nombraron por todos, de común acuerdo, a Don Miguel Yáñez de Nexa, dueño de la Hacienda de La Laguna en esta Jurisdicción de Apan, y a Don Miguel Muñoz, dueño así mismo de la Hacienda de Zoquiapan, quienes desde luego aceptaron el cargo de Abaluadores [sic] y ofrecieron ejercerlo en Dios, y por Dios, a todo su leal saber, y entender, y sin dolo, fraude, ni encubierta y así estando todos presentes en esta Hacienda de Zotoluca, en primero día del mes de Abril de mil setecientos noventa y un años se procedió al avalúo, y tasación de los bienes que fue manifestando Don José Ventura de Miranda en la forma siguiente…

Esto sucedió en abril de 1791. El valor total de las propiedades, animales, aperos, instalaciones, menaje de casa, platería y ropa ascendió a la suma de $133 325, monto mayor que el de Piedras Negras. Esto nos da idea del tamaño de esa propiedad y de la riqueza que unieron los Miranda al comprar la hacienda a los betlemitas.

La propuesta de compra de Piedras Negras se hizo en 1793 y derivado de esto, la madre y hermanas de José de Ventura entablaron una larga demanda legal contra él y don Miguel por haber dispuesto de la herencia de Antonio de Miranda de manera discrecional, y ante sus ojos injusta. Entre los reclamos estaba el haber destinado fondos para la compra de Piedras Negras.

Por otra parte, José de Ventura era un joven en plena ascensión en la escalera de los negocios y la política. Al comprar la hacienda contaba con menos de 30 años y era soltero. Participó activamente en el movimiento de Independencia, incluso llegó a ir a la cárcel el 13 de marzo de 1815, «embargándose su bienes por las relaciones que tenía con los insurgentes de aquel rumbo». A sus casi 50 años de edad, en 1823 contrajo nupcias con Ana María Espinosa de los Monteros Pascua, hija de Juan José Espinosa de los Monteros, quien redactó y firmó como secretario el Acta de Independencia de México.

Como vemos, el patrón de poder económico, relaciones políticas y prestigio social se repite continuamente en la vida de Piedras Negras.

Situémonos por un momento en la primera década del siglo XIX. España estaba bajo la invasión napoleónica. En 1804, el rey Carlos IV emitió una cédula real en la que obligaba a todos los deudores de las distintas órdenes religiosas a liquidar sus deudas a la Corona española de manera casi inmediata. Esto no se llevó a cabo del todo, sin embargo, el daño a la economía rural, tanto a hacendados como a campesinos, fue mayúsculo, aunado a las muy fuertes sequías registradas entre 1808 y 1810. En ese momento inició la guerra de Independencia. La hacienda, aunque en menor proporción, seguía beneficiándose del comercio entre México y Veracruz, sin embargo, ante la falta de capital, la baja en la producción agrícola y la revuelta militar entró en serios problemas financieros. Además, como hemos comentado, en 1806 José Ventura fundó para sí un mayorazgo que implicó un pago por $60 000, para lo cual registró una segunda hipoteca sobre sus propiedades, Piedras Negras y Zotoluca. En 1807 aún debía $59 000 a los betlemitas. La carga financiera era ya muy grande, por más productiva que fuera la hacienda.

Como mencionamos, José Ventura contrajo nupcias en 1823. Desde un año antes ya se encontraba en atraso en sus pagos con la Orden. En su matrimonio procreó tres hijos: Pedro, María Guadalupe y José Francisco, que nacieron entre los años de 1824 y 1828. José Ventura falleció alrededor de 1830. En 1835, su esposa dio a luz a Romana Masson, primera hija de ella con su segundo esposo, el francés Ernesto Masson Sigaud. Fue en 1835 cuando ella arrendó la finca a Mariano González de Silva. Creemos que lo que debió de haber sucedido es que al morir José Ventura, la esposa como heredera de Piedras Negras prefirió arrendar la propiedad, antes que trabajarla. Sin embargo, dejó de cubrir sus obligaciones con el clero de Puebla, y en 1840 admitió su quiebra y la imposibilidad del pago, revirtiéndose la propiedad ya no a los betlemitas, cuya Orden había desaparecido, sino al Colegio Clerical de Puebla.

De Jerónimo de Cervantes, en 1580, a Miguel y José Ventura de Miranda, en 1835, hemos hecho un largo recorrido repasando de forma simple las circunstancias en torno al crecimiento de Piedras Negras. En el trayecto hay personajes relacionados entre sí por cuestiones filiales, de poder político y económico, así como de importancia social. Es evidente la relevancia que tuvo la hacienda en este periodo en el territorio tlaxcalteca, y la seguiría teniendo en el siglo y medio siguiente que nos falta por recorrer.

CONTINUARA

5. PIEDRAS NEGRAS Y LOS GONZÁLEZ

En Tlaxcala, el primer integrante de la familia González de Silva de quien se tiene conocimiento es Ramón, quien en 1695 contrajo nupcias con María Martínez de Avilés.

En el año de 1710, la Guerra de Sucesión Española estaba en su apogeo, desatada tras la muerte del rey Carlos II, que no había dejado herederos. Esta batalla, como todas, requirió de constante financiamiento. El rey Felipe V, heredero por testamento de la Corona, se vio obligado a pedir a sus súbditos un «donativo gracioso» para la causa. Uno de los grupos con mayor riqueza era el de los terratenientes, y fue a ellos a quienes dirigió una cédula real para solicitarles cien pesos por hacienda y cincuenta pesos por rancho, excluyendo a aquellos dueños que fueran indios o eclesiásticos. Para esto, el alcalde mayor de Tlaxcala designó pregoneros para llevar el aviso a las distintas jurisdicciones del territorio:

Estando en la plaza pública del pueblo de Nativitas, jurisdicción de la ciudad de Tlaxcala, a nueve días del mes de octubre de mil setecientos diez años, ante mí, Ramón González de Silva, teniente gobernador de este partido, habiéndose tocado una trompeta, y con su voz juntándose mucha gente, por ser día de feria, entre once y doce del día, hice pregonar la Real Cédula de su Majestad, que Dios guarde muchos años…

Así, encontramos a Ramón González en el seno del gobierno de la ciudad de Tlaxcala, además de que también era arrendatario de la hacienda de Santo Tomás, propiedad del capitán José Idalgo:

En dicha ciudad de Tlaxcala dicho día diez y seis de septiembre de dicho año de mil setecientos y doce años, ante su señoría, dicho gobernador pareció Ramón González, vecino del partido de Santa María Nativitas de esta provincia y dijo que se halla depositario de una hacienda de labor, nombrada Santo Tomás, en dicho partido, cuya propiedad pertenece al Capitán José Idalgo, que le parece se compone de 12 caballerías de tierra poco más o menos, labor de Ciénega, con cien bueyes de arado, treinta y dos caballos de trilla, y siete vacas…

Poco más de quinientas hectáreas y muchos animales, por todo lo cual tuvo que dar una graciosa cooperación de cien pesos.

Ramón González de Silva es el chozno de Mariano González de Silva Fernández de la Horta, primer González propietario de Piedras Negras. Mariano, nació en el año de 1802. Se casó con María Cresencia Muñoz de Cote y Quiroz, con quien en un principio vivió en Santa Clara de Ozumba, hacienda que arrendaba su padre y donde al morir asesinado este, estaban su madre y sus hermanos menores. Allí tuvo a sus primeros cuatro hijos antes de trasladar su residencia a Piedras Negras con todos ellos. La familia creció y logró mantenerse unida hasta su muerte. Cuando arrendó la hacienda a la viuda de Miranda y posteriormente al Colegio Clerical de Puebla, la productividad comenzó a decrecer. La Venta ya no generaba los ingresos de antaño, ya que en el camino de México a Veracruz, la ruta Jalapa-Orizaba era la que estaba en mejores condiciones. Por otra parte, en el año de 1834 inició el transporte en diligencias, que transitaban justo por dicha vía. Por lo tanto, Piedras Negras quedó fuera de la ruta del comercio, y, de ahí en adelante, sus ingresos serían exclusivamente agropecuarios. En otras partes del país, el servicio de diligencias comenzó a partir de 1806. La que corría entre México y Puebla fue ampliada en 1830 para llegar hasta Veracruz, por el camino Jalapa-Orizaba.

Viajar en diligencia no era del todo cómodo: cabían dieciocho personas, de las cuales, nueve iban sentadas en el techo. Debido a los asaltos en el camino, había trechos (por ejemplo, de hasta 144 kilómetros) que debían recorrerse sin paradas y sin abastecimiento de agua. Todo un día de recorrido, si el terreno lo permitía. La diligencia mexicana era un «maravilloso vehículo arrastrado por ocho mulas, dos delante, cuatro en medio y dos atadas inmediatamente al coche. La habilidad del cochero era asombrosa, pues mantenía una constante conversación con sus mulas alentándolas por sus nombres».

Los servicios que ofrecían las ventas tenían como base un reglamento que simple y llanamente se conocía como «aviso a los pasajeros», de acuerdo a las siguientes normas:

– El importe del «asiento» se satisfacía en el acto de comprar el boleto, que tenía carácter personal, y era intransferible.

– El viajero que no se presentara a la hora señalada perdía el importe del boleto pagado, pues este solamente amparaba el número de viaje a la hora y día predeterminados, así que el pasajero perdía el derecho a cualquier reclamación por el importe desembolsado.

– Se exceptuaba del pago de boleto a los niños de pecho que viajaran en brazos de sus madres o sus nodrizas.

– Por cada asiento, el pasajero tenía derecho a llevar una arroba de equipaje; el exceso era cobrado a un determinado «arancel».

– El servicio de posada de La Venta era únicamente para los pasajeros de las diligencias que tomaban y llegaban en carruajes de la empresa. La admisión de otras personas constituía un acto excepcional que quedaba a criterio del administrador.

– Los servicios de alimentación también eran exclusivamente para los huéspedes o pasajeros, pero estos tenían el privilegio de invitar a una o más personas a almorzar o comer, siempre que avisaran con seis horas de anticipación al administrador.

Hay estimaciones de que a principios del México independiente existían cincuenta y cinco rutas carreteras y ciento cinco de herradura, que cubrían un total de 27 000 kilómetros a lo largo y ancho del país. De esta red, solo el veinticinco por ciento admitía el tránsito rodado. El cambio real en el desarrollo del transporte en el país sería cuarenta años después, con la llegada del ferrocarril. La gran ventaja que aportaron las diligencias fue el ahorro en el tiempo de transporte. A lo sumo, ya solo se hacían seis días de Veracruz a México. El sistema de arrieros continuaba funcionando y se construyeron muchas ventas en este ahora casi único camino.

En 1834 aparece en escena Manuel Escandón, empresario mexicano de peso muy importante en el desarrollo del transporte en el país, sobre todo en lo que toca al camino México-Veracruz. Propietario de muy diversos negocios, desde la minería hasta la industria textil, próspero hacendado en distintos estados y hábil sobreviviente a los constantes cambios en la política y el gobierno de México, logró amasar una gran fortuna. Ese año compró una compañía americana, propiedad de los señores Smart, Coyne y Renewalt, que era la única línea de diligencias que existía en México. Y mediante una sagaz negociación con el presidente Santa Anna, consiguió la exclusividad en este medio a cambio de arreglar los caminos, para lo cual adicionalmente obtuvo el derecho al cobro de peaje de quienes por ahí circularan. Por otra parte, también consiguió el transporte para la correspondencia. Algunos competidores aparecieron en los primeros años, pero seguramente no contaban con la fuerza política y económica de los Escandón, quienes controlaron por muchos años el negocio del transporte. El paso por Orizaba y Puebla era obligado para su beneficio, ya que ahí se encontraban las fábricas textiles de las cuales eran dueños.

Como apuntábamos líneas atrás, Piedras Negras quedó fuera de la gran carretera. Podría asegurarse que algunos arrieros seguían pasando, pero en menor medida. Cuando Mariano González presentó el inventario y avalúo de la hacienda al Colegio Clerical de Puebla ya no se incluía La Venta como un activo con valor individual.

Mariano González Fernández llegó a Piedras Negras a finales de 1835, casado con María Cresencia Muñoz de Cote y Quiroz, y con sus cuatro hijos: María de la Luz, Manuel, Josefa y Bernardo, todos de apellido González Muñoz. El padre de don Mariano, Manuel Mariano González de Silva, había sido arrendatario de la hacienda de Santa Clara de Ozumba, cercana a Tlaxco, en el rumbo de Atlangatepec, al menos desde el año 1798. Esta hacienda se la arrendaba al Colegio Clerical de Puebla, con el que tenía cercanas relaciones. Como mera acotación, al construirse la presa de Atlanga muchos años después, la hacienda quedaría bajo el agua. Hoy solo se pueden ver algunos muros y columnas en la orilla. De acuerdo al relato de Carlos Hernández González, Mariano González «recibió la noticia de que su padre, Manuel Mariano, y su hermano Miguel, habían sufrido un atentado mortal en la hacienda donde vivían, Santa Clara de Ozumba. De inmediato acudió a la propiedad familiar para enterrar a su padre y a su hermano». Esto sucedió cuando él estudiaba en Puebla, en el año de 1824, y fue después de once años que dejó esta propiedad para arrendarle Piedras Negras a la viuda de Miranda. En 1840, derivado de sus buenas relaciones con el clero poblano, este le mantuvo el contrato de renta.

Santa Clara era una hacienda pequeña, comparada con la gran propiedad de la que estaba tomando posesión. En el año de 1712, de acuerdo con el censo que hemos mencionado, esta hacienda era propiedad de Antonio Roxano Mudarra, y constaba de 40 caballerías de tierra mala y laboría, aproximadamente 1 720 hectáreas. Piedras Negras, como ya vimos, era una propiedad mucho más grande, sin embargo, la experiencia de su familia que siempre se había dedicado al campo le daba el sustento necesario y suficiente para tener éxito en tan complicada tarea. No hay datos del precio convenido para arrendar la propiedad en 1835, sin embargo, para 1854 pagaba $4 500 anuales.

México seguía inmerso en el desordenado vaivén político existente desde la Independencia. La economía del país se encontraba estancada por diversas razones, principalmente la falta de estabilidad política y la ausencia de capital. De Guadalupe Victoria, en 1824, a Ignacio Comonfort, en 1855, hubo veintiséis presidentes de la República; la guerra no se detuvo nunca; México había perdido la mitad del territorio y todavía faltaba promulgar una nueva Constitución que diera forma al recién nacido país.

En un esfuerzo por despertar el crecimiento económico, el gobierno del presidente Comonfort buscó eliminar uno de los principales obstáculos para el desarrollo de una economía estable y creciente: la existencia de fincas improductivas que jamás salían a la venta debido a que estaban en manos de la Iglesia y sus distintas corporaciones. Así, el 25 de junio de 1856 se promulgó la Ley Lerdo, llamada así en referencia al apellido del entonces secretario de Hacienda, Sebastián Lerdo de Tejada:

Ministerio de Hacienda. El excelentísimo señor Presidente sustituto de la república se ha servido dirigirme el decreto que sigue:

Ignacio Comonfort, presidente sustituto de la república mexicana, a los habitantes de ella, sabed: Que considerando que uno de los mayores obstáculos para la prosperidad y progreso de la Nación es la falta de movimiento o libre circulación de una gran parte de la propiedad raíz, base fundamental de la riqueza pública, y en uso de las facultades que me concede el plan proclamado en Ayutla y reformado en Acapulco, he tenido a bien decretar lo siguiente:

Artículo 1.- Todas las fincas rústicas y urbanas que hoy tienen o administran como propietarios las corporaciones civiles o eclesiásticas de la República se adjudicarán en propiedad a los que las tienen arrendadas, por el valor correspondiente a la renta que en la actualidad pagan, calculada como rédito al seis por ciento anual.

[…]

Artículo 5.- Tanto las urbanas como las rústicas que no estén arrendadas a la fecha de publicación de esta ley se adjudicarán al mejor postor, en almoneda que se celebrará ante la primera autoridad política del partido.

La ley constaba de treinta y cinco artículos, donde se detallaban formas de pago, documentación de intereses, impuestos, derechos de propiedad con los que quedaba la Iglesia, entre otras cosas. El clero protestó, pero la ley se aprobó en el Congreso, en medio de grandes discusiones, entre las cuales hubo opiniones que incluso proponían la expropiación total de las propiedades, sin derecho a cobro por parte de las corporaciones propietarias. La ley generaría un impacto enorme en la economía y la fisonomía territorial a lo largo y ancho del país. Al paso del tiempo, junto con la ley de terrenos baldíos, publicada por el presidente Díaz, sería la base para la conformación de las grandes propiedades en México.

Al amparo de la Ley Lerdo, el 26 de julio de 1856, a unos días de haberse publicado, Mariano González Fernández presentó formal solicitud para adquirir la hacienda de Piedras Negras:

… al Prefecto de Tlaxco en cuyo partido se halla situada la Hacienda de Piedras Negras, para que en cumplimiento del decreto expedido el 14 del corriente por el Excmo. Sr. Gobernador de Puebla; ratificando que sea este curso por el Co. Mariano González y averiguada la cantidad que paga por arrendamiento de la finca, celebre el contrato respectivo sobre la adjudicación de que se trata y prestado que sea su consentimiento lo participe así al escribano de Huamantla a fin de que proceda este funcionario al otorgamiento de la escritura conforme a la Ley, o lo avise al Prefecto del cito Huamantla para que asista en su representación a extender dicho documento.

A los tres días, el señor José Merchán, quien era el prefecto de Tlaxco, respondió afirmativamente, señalando que ante la imposibilidad de hacerlo en persona había enviado escrito a don Juan Arriaga, escribano de Huamantla, para que se diera trámite al referido otorgamiento. El 31 de julio se llevó a cabo la comparecencia del prefecto interino de Tlaxco, Manuel Montiel, en nombre y representación de Merchán, y ahí se asentó el deslinde de los predios:

… el Sr. Don Mariano González, como arrendatario de la hacienda intitulada S. Mateo Huiscolotepec, alias Piedras Negras, y sus Ranchos anexos nombrados, Ahuatepec, Atenco y Gómez, cuyos fundos unidos y ubicados en el Partido de Tlaxco linda por el Oriente, con La Laguna y hacienda de Tenejaque y Teometitla; por el Sur, con la Hacienda San José de Piedras Negras y pueblo Santiago Tetla, San Bartolo y San Francisco Atezcatzinco; por el Norte, con toda la ranchería de Toluquilla y con la Hacienda de Tecomalucan; y por el Poniente, con las haciendas de Zotoluca, Zocaque y Ecatepec; advirtiéndose que entre los terrenos de Atenco y Piedras Negras hay un espacio perteneciente a los de San Bartolo.

En la misma audiencia, se dio fe de que la propiedad no tenía gravámenes ni adeudos fiscales, y se presentaron los recibos de renta pagados por Mariano González. Dado que su renta anual era de $4 500, el valor de la operación, capitalizando esta renta al 6%, se fijó en $75 000, de los cuales $58 334 eran por el valor de las tierras y por las instalaciones, y el resto por sus contenidos. Mariano se declaró en posesión de ambos y aceptó la adjudicación por el referido precio, comprometiéndose a no reclamarlo nunca y a pagar un interés del 6% anual sobre el saldo insoluto de su valor, pudiendo hacer pagos en cualquier momento, siempre y cuando estos no fueran menores a $1 000. La propia hacienda quedó como garantía y se hizo anotación de la imposibilidad de su venta o hipoteca por parte de don Mariano hasta no cubrir el total.

Cuando los Miranda adquirieron la propiedad, la tierra fue valuada en $57 600, prácticamente el mismo valor; sin embargo, el resto de los bienes muebles e inmuebles se valuaron en otros $70 000, comparados con los $16 666 que pagó Mariano González por el resto de lo adquirido. Esto me hace pensar que la renta fijada originalmente en 1835 era muy baja, derivado de que las instalaciones ya no estaban en buen estado y de que la producción de la hacienda había disminuido de manera significativa, seguramente por la desaparición del negocio de la posada y porque José Ventura de Miranda no era únicamente dueño de Piedras Negras, sino de muchas propiedades más, por lo que no dedicaba todo su tiempo ni su capital exclusivamente a esta hacienda. Sabemos que al menos poseía Zotoluca, de gran valor a la muerte de su padre, así como propiedades en Apan. Además, tuvo una participación activa en la política y el movimiento independentista. Empero, al fallecer no estaba cubriendo los pagos pendientes por la adquisición de la hacienda, lo cual indica que la solidez financiera que tenía al momento de la compra ya no era la misma y que su mujer simplemente decidió perder la propiedad en favor del Colegio Clerical de Puebla.

A esta Piedras Negras un poco disminuida llegó Mariano González. Es importante mencionar también que, además de sus cuatro hijos, desde un principio llegaron con él sus hermanas Ma. Dolores y Ma. de la Luz, así como su hermano José, todos menores que él. Otra de sus hermanas, Ma. Antonia, ya había contraído nupcias con José Guadalupe Muñoz de Cote, hermano de su esposa. Sin entrar en los detalles de fechas y pagos, fue hasta el 22 de noviembre de 1862 cuando el escribano público de Huamantla otorgó formalmente la cancelación oficial de su obligación ante el Gobierno de la República después de haber enterado los pagos correspondientes al Colegio Clerical de Puebla, la Casa de Mujeres Recogidas y la parroquia de San Ángel. La escritura definitiva se entregó hasta el 7 de noviembre de 1889, ocho años después de la muerte de Mariano, quien había fallecido el 20 de noviembre de 1881.

En La Voz de México del 21 de noviembre de 1881 se publicó la siguiente esquela:

Hacienda de Piedras Negras, noviembre 21 de 1881

A las doce del día de ayer, murió en Puebla el Sr. D. Mariano González, dueño de esta hacienda; hoy será trasladado a la parroquia del pueblo de Santiago Tetla, donde serán las exequias, y de esa iglesia se lleva a dar sepultura al templo de esta hacienda.

Murió con toda la resignación en medio de todos los auxilios de la religión que profesó desde niño, pues siempre fue un verdadero católico, apostólico romano, en cuyas sanas doctrinas dejó bien educada a su numerosa familia, habiendo gastado su vida en hacer cuantos beneficios pudo con la humanidad, por lo que fue muy querido y respetado de todas las clases de la sociedad y de cuantas personas lo conocieron.

Hoy descansa en paz.

Mariano González estuvo al frente de Piedras Negras cuarenta y seis años. Bajo su mando, en lo económico, la hacienda alcanzó un nombre muy importante en la región, y en el aspecto familiar: «esta casa era un hogar donde se conservaba la elegancia de la timidez provinciana en el trato, la sencillez de sus atuendos y la modestia cotidiana». En esos años, la producción y los terrenos de los González crecieron ininterrumpidamente en cuanto a la producción agropecuaria y también en la extensión, dado que adquirieron varias propiedades más.

En términos generales, las tierras en las haciendas se dividían en tres tipos: las de explotación directa, que eran las mejores, pues estaban bien ubicadas y en ocasiones podían ser irrigadas; las de explotación indirecta, que eran tierras más pobres o sin infraestructura; y por último, aquellas que se conservaban como reserva. Por otra parte, la producción era para autoconsumo y para surtir al mercado, de tal forma que, dependiendo de los precios de sus productos, activaban el uso intensivo de una y otra calidad de tierra. Para finales del siglo XVIII, derivado del cambio del perfil de los dueños, cada vez más, era el propio hacendado quien explotaba la finca; este es el caso de Mariano González Fernández, porque estaba al frente de la explotación y habitaba la propiedad.

En el caso de Piedras Negras podemos inferir del avalúo de compra de los Miranda que el 40% de la tierra era de «pastal, montura y pedregosa», y el 60% de «todas calidades, suprema, media e ínfima», por lo que el crecimiento, en términos de agricultura, se reducía en posibilidad a menos del 50% de la finca, así que, del total de empleados de la finca, la mayoría estaba dedicada a labores pecuarias, que incluían ovejas, cerdos, ganado caballar y vacuno, sin dejar de existir, sobre todo, las tradicionales cosechas de maíz y cebada.

La ubicación de la hacienda le permitía hacer ajustes de manera muy ágil entre autoconsumo y venta, por lo que la rentabilidad no dependía exclusivamente de un producto ni de los movimientos de los precios del mercado.

El pulque, ya se producía, pero aún no tenía el peso económico que llegó a tener para la hacienda en los siguientes años, ni el que tuvo en el tiempo anterior a Miranda. Al comprar la hacienda, los Miranda habían recibido de los betlemitas poco más de cincuenta mil plantas, pero al recibirla Mariano González ya solo había cinco mil. No obstante, don Mariano y sus hijos se encargarían de volver a hacer crecer la capacidad de producción pulquera de manera muy importante.

Para 1865, todavía el pulque era transportado por arrieros en cueros o botas a lomo de mula, por lo que la capacidad de movilización era reducida. Sin embargo, al inaugurarse el ferrocarril en el año de 1866, el mercado cambió de manera radical. Y la sociedad también. La llegada de este medio de transporte fue un parteaguas económico, social político y militar. La posibilidad de cubrir grandes distancias en un tiempo jamás imaginado marcaría para siempre el desarrollo del país.

 A finales de 1857, Antonio Escandón viajó a los Estados Unidos y contrató al ingeniero Andren Talcott, para que se encargara del levantamiento topográfico de la ruta que debía seguir el Ferrocarril Mexicano, de Veracruz a la Ciudad de México. Una vez más surgió la discusión sobre si el trazo debería ser por Jalapa o por Orizaba. Más o menos, como había pasado años antes con la ruta de las diligencias, el peso de los negocios de los Escandón se convirtió en el fiel de la balanza. Ellos eran dueños de la fábrica textil de Cocolapan, cerca de Orizaba, lo que sin duda influyó para que decidieran que la vía pasaría por este último punto. Sin embargo, la ruta que se escogió fue totalmente diferente. En la ciudad de Puebla hubo oposición por parte de prominentes hombres de negocios y de los abogados más destacados. Uno de ellos argumentó que a la ciudad de Puebla «no

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reportaría más beneficios el paso del tren, que el ruido molesto del silbato y el humo de la locomotora». Entonces, se decidió que la vía de Veracruz a México pasaría por Apizaco, y que quedaría como proyecto un ramal de Apizaco a Puebla. Ante la negativa de los poblanos, Antonio Escandón definió la ruta de México a Veracruz en secciones: México-Otumba, Otumba-Apizaco, Apizaco-Boca del Monte, Boca del Monte-Paso del Macho y Paso del Macho-Veracruz. Tampoco los Escandón quedarían fuera del negocio en esta ruta. El suegro de Antonio, Eustaquio Barrón, era dueño de la hacienda de San Diego Apatlahuaya, sobre cuyos terrenos primero se levantó un campamento para albergar a los constructores de la vía y después se fundó la ciudad de Apizaco.

En octubre de 1866 se inició el tránsito sobre estas vías, hecho que cambió radicalmente las posibilidades de negocio de todas las haciendas de la zona. Este fue el inicio del crecimiento exponencial de las haciendas de esta zona, a cuyos dueños se les denominaría años después «la aristocracia pulquera», de la cual formarían parte los González.

En un principio no todo fue favorable para los hacendados. Aunque las posibilidades que ofrecía el Ferrocarril Mexicano eran muy importantes en términos de comercio, el precio del flete, que era controlado por una sola compañía, no siempre les era cómodo respecto a los precios del mercado. Por otra parte, estas mismas nuevas posibilidades generaron que se sembraran más plantas de maguey, pero en pocos años esto provocó una sobreproducción que tuvo efectos negativos sobre el precio del pulque.

No sería sino hasta el periodo entre 1869 y 1873 –cuando se construyó el Ferrocarril Interoceánico– que se inauguró la Estación Pavón dentro de los terrenos de la hacienda. El establecimiento de esta nueva vía generaría también competencia en el transporte, lo que permitió la estabilización de los precios de los fletes, y el inicio de los años de oro de la industria pulquera. Este Ferrocarril y sus ramales son los que verdaderamente beneficiaron el negocio del pulque para los González.

Don Mariano se vio claramente beneficiado, pero el fruto lo recogerían sus hijos, quienes no solo conservarían completos los terrenos de Piedras Negras en una sola unidad de producción, sino que de forma individual agregarían propiedades de gran tamaño durante los siguientes veintidós años posteriores al fallecimiento de su padre.

En general, las haciendas en Tlaxcala combinaron la producción de cereales con la cría de ganado y la producción de pulque, muchas veces creando complejos socios económicos. En el caso de Piedras Negras, a diferencia de algunas haciendas vecinas, su funcionamiento no estuvo a cargo de mayordomos o arrendatarios, sino del propio hacendado y sus hijos, quienes tenían contacto con los indígenas y trabajadores.

Del análisis de los libros de raya de la hacienda podemos deducir que para los trabajadores de Piedras Negras la hacienda significaba una vivienda y un modo de vida. En condiciones que les permitían solo márgenes pequeños o nulos entre su ingreso y su gasto, la hacienda era además una fuente de crédito que incluso les posibilitaba retrasarse en sus obligaciones económicas, sin perder su actividad laboral ni incurrir en delito. Los créditos registrados fueron principalmente para fiestas y celebraciones –bautizos, comuniones, matrimonios y defunciones. Durante la vida de Mariano González existió el endeudamiento por estas razones, más nunca fue excesivo, ni razón de arraigo o ancla para la estancia libre como trabajador de la hacienda.

Mariano González tuvo el tino de comprar la hacienda, de restablecer la explotación del pulque desde antes de la llegada del ferrocarril, de dejar en marcha una unidad productiva muy rentable y de acrecentar las propiedades para poder heredar a una descendencia tan numerosa no pequeñas unidades, sino extensiones que les aseguraran la posibilidad de continuar generando un patrimonio. Además, su gran legado fue el crecimiento de las instalaciones, que casi duplicaron su tamaño; construyó un tanto o más de casa habitación, corrales y trojes que las que se tenían originalmente. Del detalle del avalúo levantado por los Miranda en 1793 al adquirir la hacienda, sabemos que la casa contaba con una sala, una recámara y tres cuartos contiguos que miraban al sur, es decir, hacia la iglesia, o sea la parte frontal del casco. Existía también la recámara superior dividida en dos habitaciones, que en ese momento fue valuada como nueva. En las paredes del patio central de la hacienda existe una leyenda esculpida en la que se alcanza a leer: «terminado en mayo de 1779». Estaba el corredor, que daba a la escalera, techado, y de ese lado, un pasaje amplio que llevaba a la quesera, el tinacal, la cocina y sus cuartos contiguos. Sobre el corredor había una sala, y a espaldas de esta, un cuarto obrador de telares, y tres trojes. Pasando un patio, había una recamara con temazcal y una despensa de dos pisos. Además, de ese mismo lado había un cerco de paredes que servía de corral para ganado mayor, otro que hacía las veces de cebadero y otro más. Cuando fue adquirida por los Miranda, su valor fue de $64 420, tan solo cuarenta años antes de que la comprara don Mariano, quien pagó $75 000 por toda la propiedad, más sus contenidos, cosechas y animales. No fue mala compra.

Hoy en día, todo esto está en pie, sin embargo, es claro que lo que faltan son las alas norte y oriente del casco, que tuvieron que ser obra de don Mariano. Además, hay que sumar las construcciones independientes, frente a la calpanería, erigidas también por él, y acrecentadas por sus hijos en los siguientes años. En alguna de ellas consta la fecha de su construcción con la leyenda: «Esta es la última obra que mandó construir Don Mariano González Fernández», cuarenta y seis años al frente de lo que con trabajo adquirió y acrecentó.

6. LA HERENCIA

Un mayorazgo era una institución del antiguo derecho castellano que permitía mantener un conjunto de bienes vinculados entre sí, de manera que nunca pudiera romperse esta unión. Pasaban así al heredero –normalmente el mayor de los hijos–, de forma que el grueso del patrimonio de una familia no se dispersaba, sino que solo podía aumentar. Esta institución dejó de existir en México a partir de la Independencia, pero no intuitivamente para los González. Muchas propiedades de tamaño similar se fueron perdiendo en el tiempo, a causa de divisiones hereditarias. Piedras Negras se mantuvo unida por vínculos de familia y acuerdos económicos entre los herederos para su mayor beneficio personal y colectivo. La propiedad original de Piedras Negras se desmembró hasta 1904 y siguió en manos de los herederos  a partir de ese momento, ya de forma individual.

Una propiedad fraccionada genera menos riqueza que una indivisa, ya sea por las propias economías de escala que se generan, como por la variedad de posibilidades de producción. Y ante este dilema se enfrentaban los González al morir don Mariano, en 1881. A este último le sobrevivieron su esposa y nueve hijos. De su herencia, legó la mitad a ella y la otra parte a sus hijos, en partes iguales. Bernardo, el cuarto de sus hijos, segundo de los varones, albacea de la testamentaria, quedó de acuerdo con su madre y sus hermanos como único dueño de la propiedad. Llegó a un arreglo con sus hermanos mediante el cual les amortizaría anualmente a partir del cuarto año –1887– el valor de su parte, otorgándoles además una rentabilidad anual del 5.5% sobre el saldo insoluto. El valor total de la herencia era de $175 100. En pocas palabras, al paso del tiempo todos irían recibiendo el valor de su herencia en la medida en la que hubiera beneficios en la explotación de Piedras Negras.

Ahora bien, ¿cuánto valía Piedras Negras al precio del mercado en ese momento? Uno de los efectos concretos del paso del ferrocarril fue el incremento en el precio de las propiedades. De acuerdo con lo escrito por Ricardo Rendón Garcini en su libro, Dos haciendas pulqueras en Tlaxcala, 1857-1884 (Universidad Iberoamericana, 1990), en el que relata la historia de las haciendas de Mazaquiahuac y el Rosario, muy cerca de Piedras Negras, hagamos la siguiente inferencia: de 1800 a 1862 estas dos haciendas solo habían incrementado su valor en un 7%, y de 1862 a 1886 lo hicieron en un 25%. Si en el año de 1800 los Miranda pagaron por la propiedad $124 000 –y tomo esta transacción como referencia, porque el avalúo de la de don Mariano claramente deriva de una casualidad política y legal–, el valor de Piedras Negras, a su muerte, lo podríamos calcular en alrededor de $166 000, importe muy cercano al asignado por los hermanos González a su haber hereditario, que incluía también San Antonio Zoapila, propiedad que valdría cerca de $25 000, por lo que el valor que le asignaron a Piedras Negras fue de aproximadamente $150 100.

El compromiso anual de Bernardo González para con su familia era de entregarles $11 600 anuales, en promedio, durante los primeros diez años, siendo mayor el monto en los primeros años.

Bernardo había nacido en 1835; fue educado en Puebla, en el Seminario Palafoxiano. Al terminar su instrucción elemental, continuó con estudios superiores de filosofía. Era un hombre desprendido de todo lo material, reconocido entre sus hermanos por la honradez con que siempre procedía. De carácter apacible y cariñoso, siempre estuvo dispuesto a escuchar las necesidades tanto de rancheros vecinos que acudían a él como de los trabajadores de la hacienda. Este perfil que reunía –en educación y en principios, sobre todo, honestidad– debe de haber sido lo que hizo que sus hermanos decidieran dejar en sus manos el total de la propiedad.

Manuel González, no obstante ser el mayor de los hombres, no recibió esta responsabilidad; sin embargo, fue quien acrecentó en mucho la riqueza territorial de los González para sus propios herederos. Emilio Corona lo describe como un hombre serio, modesto en su trato, de carácter reservado. Abstemio en absoluto de tabaco y alcohol, siempre iba bien afeitado e invariablemente bien vestido. Como todos los González, hombre de a caballo, fue además estupendo talabartero, oficio que ejercía en las habitaciones superiores del casco, donde además de su recámara, en el cuarto contiguo estaba su taller con herramientas y pieles con las que confeccionaba cabezadas, reatas, guantes, etcétera. Viliulfo, su nieto, se refería a él como Manuel el Grande, por su edad –falleció a los 90 años–, y seguramente también por su carácter. Manuel recibió el rancho el Infiernillo por parte de la herencia de su esposa, Trinidad, que además era su prima hermana, y él adquirió la hacienda de San José de Piedras Negras el 24 de marzo de 1892 en una operación por demás interesante. Los dueños de San José eran el señor Amado de Haro Ovando, tío bisabuelo de Manuel de Haro Caso, y la señora Carolina García Teruel, quien la había heredado de su padre, Manuel. Ambos decidieron vender la propiedad a Manuel González; constaba aproximadamente de 1 400 hectáreas, y el precio establecido se fijó en $20 000 por toda la finca y sus contenidos, a excepción de la semilla. Ante notario, Manuel González hizo el pago en efectivo, sin embargo, en el mismo acto hipotecó la propiedad a favor de la señora Carolina, por los mismos $20 000, cantidad que se comprometió a pagar en los siguientes diez años, con cuatro de gracia, es decir, durante los primeros cuatro no pagaría nada, pero a partir de 1896 efectuaría un pago de $2 000 ese año, y $3 000 durante los seis años siguientes. Con habilidad compró la propiedad, la cual prácticamente se pagaba sola con su propia producción. Los señores De Haro también eran dueños de otra propiedad cercana, La Concepción Zacanzontetla, que sufriría la misma suerte que San José de Piedras Negras a principios del siglo XX, ya que ambas fueron afectadas casi en su totalidad a favor del pueblo de San Cosme Xalostoc.

La venta de Piedras Negras a Bernardo González se llevó a cabo el 14 de abril de 1883, pero la posesión legal la obtuvo hasta el 23 de mayo de 1891, dado que, como ya vimos, hasta 1889 el gobierno entregó la documentación definitiva de la propiedad a los herederos de Mariano González. La copia de la escritura de posesión judicial a Bernardo González es un documento muy valioso, además de interesante, como para dejar volar la imaginación, por difícil que esto pueda parecer, tratándose de un documento legal, pues describe un recorrido por todas y cada una de las mojoneras que marcaban el límite de la propiedad. Poco a poco, nos lleva a recorrer los linderos partiendo del punto donde hacía esquina con la hacienda de Zocac, esto es, donde hoy se encuentra Mena. De ahí inicia el recorrido hacia la parte posterior del cerro de Zotoluca, que formaba parte de Santiago Zotoluca, en ese momento propiedad de las herederas del general Julio Moreno, las señoritas Elena y María Iturbide Moreno, de quienes era concesionario hereditario Egren Moreno, y que sería adquirida posteriormente por Bernardo González el 13 de marzo de 1897. Caminando por ese llano el terreno se recorrió hacia el fondo, donde hoy están los potreros que adquirió Raúl González, a Zotoluca; bordeando por detrás del casco se llega por la parte posterior de San Gregorio al cerro conocido como Peñas Coloradas, para ahora revisar los linderos con el rancho el Potrero, seguir por los de la ranchería de Toluquilla para llegar a Capula. De aquí se cruzaba el llano para iniciar la división con La Laguna, por la zona del cerro de la Gasca y el de San Pedro, hasta llegar a los límites con Tenexac. Después con la de Teometitla, para llegar a Santa María Texcalac y Santiago Tetla, y pasando por los cerros del Tepetomayo y Tlacotepec, iniciar con los linderos del pueblo de San Bartolomé Matlalohcan y después con los de San Francisco Atezcatzinco, para llegar finalmente a la hacienda de Ecatepec, tomar rumbo a la loma de Tenopala y regresar a la primera mojonera. Cincuenta y seis mojoneras descritas con mucho más detalle que el que aquí compartimos era el recorrido efectuado en seis jornadas, en el mes de diciembre de 1890, bajo el cielo azul de Tlaxcala y el sol del invierno a plomo.

El rancho de Atenco, que no estaba comprendido en estos linderos, fue afectado a favor de San Bartolo a principios del siglo XX; hoy es una zona habitada, toda vez que sus 400 hectáreas prácticamente son parte de la zona conurbada de Apizaco.

Desde 1881, Bernardo fue la cabeza de la negociación. Desde entonces hasta su muerte, en 1901, los González duplicaron sus extensiones territoriales adquiriendo con los beneficios de sus negocios las haciendas de Zocac, Zotoluca, La Laguna, el Infiernillo, entre otras, quedando algunos de estos ranchos en explotación individual por parte de cada hermano; y Piedras Negras, junto con Zotoluca, San Antonio Zoapila y la Noria, como el negocio de toda la familia. No consta si Bernardo liquidó o no los pagos anuales acordados al fallecer su padre, pero en cualquiera de los casos, Piedras Negras era muy productiva. A él le tocaron los primeros años dorados del pulque y el ferrocarril en pleno. En ese tiempo, el consumo per cápita de pulque en la capital era de 333 litros por persona al año, cuando la población de la ciudad era tan solo de cuatrocientos mil habitantes. En la Ciudad de México había ochocientas pulquerías y todavía no aparecía en escena el monopolio pulquero de los Torres Adalid, la denominada Compañía Expendedora de Pulques, que a partir de 1909 controló el mercado casi por completo. De 1890 a 1901, el valor de la producción nacional de pulque se duplicó, con el consecuente beneficio para los hacendados. Los González eran en su mayoría productores, aunque algunos de ellos también participaron en la venta de mayoreo y en la explotación de pulquerías en la Ciudad de México. Para estos años, la ganadería de reses bravas ya estaba colocada entre las más prestigiadas del país, pero faltaban por venir sus mejores días. Bernardo González estuvo al frente de su propiedad durante los primeros años de estabilidad de nuestro país y en los que las haciendas vivieron sus años de crecimiento y alta rentabilidad. Los González vivían ahí y poco salían de sus tierras. Además de las propias, sus parientes, los Muñoz de Cote, administraban las propiedades de la familia Sanz, Mazaquiahuac y el Rosario, además de Mimiahuapam. Los González Pavón eran dueños de Tepeyahualco y tenían relaciones comerciales de varios tipos con los Bernal, de San Lorenzo Soltepec. Su influencia territorial entre propiedades y negocios abarcaba en esos años más del 10% del territorio tlaxcalteca. Desde Ramón González de Silva hasta Bernardo González había pasado ya más de un siglo con el resultado espléndido de una familia de labradores que ya estaba encumbrada en la cúspide económica del estado de Tlaxcala.

Bernardo falleció intestado en octubre de 1901; con su muerte, la propiedad finalmente se dividiría entre los hermanos en forma definitiva. Estos años coinciden con el inicio y la consolidación del periodo de la historia conocido como el Porfiriato.

El general Porfirio Díaz Mori intentó en dos ocasiones, entre 1867 y 1876, ser presidente de la República, pero en ambas fue derrotado en las urnas. Quiso imponerse también por la vía de las armas, bajo la bandera de la no reelección, pero también fracasó. Al morir Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada –opositor a Díaz– encabezó la presidencia de México. El presidente Lerdo debía terminar el periodo inconcluso de Juárez y convocar a elecciones. Habiendo hecho esto, se postuló para su reelección. Díaz promulgó el Plan de Tuxtepec y al fin derrotó a Lerdo de Tejada, quien dejó el país. Así, el 21 de noviembre de 1876, Díaz hizo su entrada triunfal a la Ciudad de México. Gobernó por cuatro años, dejó la presidencia en manos de Manuel González, su gran amigo, y al final regresó a la presidencia en 1884, para quedarse en la silla hasta 1910. Durante este largo tiempo logró lo que al país le había faltado desde la Independencia: gobierno y estabilidad. Pactó con la Iglesia, a la que había enfrentado Juárez, reorganizó el Ejército evitando la creación de nuevos cacicazgos e inició una intensa campaña de pacificación. Reinsertó a México en el entorno internacional, reactivó la banca, abrió el país a la inversión extranjera, inició una política ferroviaria que comunicaría eficientemente al país, y por primera vez definió con claridad los límites del territorio nacional; reformó la educación y llevó el tendido telegráfico por todo el país. Sin embargo, como lo escribió Justo Sierra: «En la República Mexicana no hay instituciones, hay un hombre; de su vida depende paz, trabajo productivo y crédito». Nos había tocado el buen dictador, pero como también escribió Enrique Krauze: «Optó por la reelección indefinida, por la monarquía con ropajes republicanos. Este sacrificio de la libertad, este acto de soberbia, sería, a la postre, su verdadero error. La historia lo cobraría con sangre, con buena sangre, la sangre de miles y miles de mexicanos».

En suma, Díaz gobernó, dio forma y crecimiento a México e impuso la paz en el país durante veintiséis años ininterrumpidos que cobrarían factura a partir de 1910 en una lucha fraterna de cuyo resultado, a fin de cuentas, como lo menciona Manuel Guerra de Luna en La primera revolución del siglo XX: «Los regímenes posrevolucionarios no tuvieron la capacidad para instrumentar una salida inteligente al problema de la pobreza. Sus líderes, directores y políticos, en vez de promover las oportunidades básicas de un país en vías de crecimiento, cayeron en el cáncer más funesto que ha detentado nuestra raza desde tiempos inmemoriales: la corrupción».

En 1883 se publicó la Ley de Tierras y Enajenación de Terrenos Baldíos, que tenía como objetivo delimitar las propiedades para poder crear un plan de desarrollo poblacional en todo el país. Diez años más tarde, el resultado fueron los grandes latifundios, sobre todo, en el norte del país.

El 5 de marzo de 1904 se presentaron en Tlaxco ante el licenciado Domingo M. Paredes, juez de primera instancia del distrito de Morelos, Tlaxcala, los herederos de Bernardo González, que había fallecido el 29 de octubre de 1901 sin haber dejado su disposición testamentaria, para iniciar el juicio de sucesión intestada: José María, quien era el albacea, Carlos, Manuel, Ignacia, Guadalupe y María de la Luz González Muñoz, hermanos de Bernardo, y los hijos herederos de Felipe, hermano ya fallecido, que eran: Mariano, Daniel, Herminia y Asunción González Pedraza, y los nietos de la también difunta Micaela, Enrique y Gonzalo Sánchez. Es de llamar la atención que los hijos de Bernardo, Filiberto y Delfina –esta última después se casaría con Viliulfo González, sobrino nieto de Bernardo–, no participaran en la distribución de los bienes.

José María González propuso a los señores Mariano Muñoz y Gerónimo Merchán González como peritos valuadores, y estos aceptaron desempeñar fielmente su encargo; en tal virtud, formaron el inventario y avalúo en una sola pieza, que fue presentada al juzgado con los siguientes datos: hacienda San Mateo Huiscolotepec (a) Piedras Negras, con su casco, magueyal, monte, pastos y tierras de labor, comprendiéndose solo la raíz y excluyendo sus llenos: $120 000. El 33% de esta propiedad correspondió a Manuel González, quien además de su haber hereditario proporcional que equivalía a $23 275, ya había liquidado su parte a los herederos de su hermano Felipe por la cantidad de $20 311, tenía créditos a su favor por parte de la hacienda por $24 841 y tenía derecho a $3 750 adicionales de su octava parte de un fondo proporcional separado para gastos, así como $4 916 de un pasivo común de la hacienda para con los hermanos, por lo que quedó pagado por un total de $77 096, cantidad con la que todos los demás estuvieron de acuerdo. Además, eran parte de la herencia las haciendas de Zotoluca, San Antonio Zoapila y la Concepción la Noria. Zotoluca fue valuada en $60 000, y, junto con las otras dos terceras partes de Piedras Negras, fue asignada en partes iguales a Carlos, Ignacia y José María. En realidad, la parte de Piedras Negras correspondió a los hombres y Zotoluca a Ignacia, casada con Blas Carvajal. La parte correspondiente a María de la Luz, Guadalupe y Micaela fue cubierta con la adjudicación de las haciendas de San Antonio Zoapila y la Noria, valuadas en conjunto en $93 000.

Tras la muerte de Mariano se decidió mantener la unidad de una sola propiedad, que era Piedras Negras, y en el transcurso se fueron adquiriendo más: en conjunto, las tres que formaban parte de la herencia y otras para explotación individual. Todos vivían en estas propiedades. Al paso del tiempo, a cada heredero se le fueron asignando ranchos para trabajarlos, pero cuando Bernardo hubo muerto se tomó la decisión de darle a cada quien lo suyo. Ya todos eran hombres mayores, incluso viejos para aquellos tiempos, pues se puede ver que los González Muñoz fueron muy longevos, y ya estaba ahí la siguiente generación. Se dieron varios matrimonios entre primos, pero esta no fue la razón de la integración de lotes hereditarios. Cada heredero recibió su justa parte y dichas uniones no fueron con este objeto.

La división definitiva de Piedras Negras se llevó a cabo el 16 de julio de 1907, cuando, ante el notario Patricio Carrasco de la ciudad de Puebla, comparecieron Manuel González, de 74 años de edad, y su esposa, Trinidad, de 57; José María, que contaba entonces con 65 años, y su esposa, Josefa Hernández, de 46; Carlos González, de 61 años, y su esposa, Juana González, de 30; y Lubín González, de 33, con su esposa, Eudoxia, de 40, siete años mayor que él, todos con domicilio en la hacienda de Piedras Negras en el estado de Tlaxcala. Los tres hermanos declararon que cada uno había adquirido la propiedad de la tercera parte de la finca en la testamentaria de su hermano Bernardo y que hasta esa fecha su dominio había permanecido indiviso, de suerte que los tres eran copropietarios de la finca y sus llenos desde el 15 de marzo de 1904. Hicieron saber que el dominio del fundo legalmente no se había dividido; de hecho, el señor Carlos González Muñoz había tenido a su exclusivo cargo y había administrado con independencia de los otros dos una fracción de la finca, equivalente a su tercera parte en lo que se había constituido el rancho de Coaxamalucan; que los otros dos hermanos habían administrado las otras dos terceras partes, en cuyo terreno se asentaba la casa de Piedras Negras; que ambos señores habían decidido vender el dominio que les correspondía al señor Lubín González –hijo de Manuel– y a su esposa, Eudoxia, hija de José María.

El otro hijo de Manuel era Romárico, quien ya contaba con la hacienda de La Laguna, de la cual primero Manuel fue arrendatario y después dueño, junto con su esposa, Ignacia, además de otras propiedades, entre ellas Zotoluca.

Para llevar a cabo esta transacción, Carlos no hizo uso de su derecho al tanto, y el comprador a su vez convino en respetar la separación para así formar dos fincas: Coaxamalucan y Piedras Negras. De la tal manera formalizaron el contrato de compraventa y el de separación de cosa común entre los hermanos y el sobrino. El precio de venta fue de $80 000 por lo raíz, y de $50 000 por lo mueble, correspondiendo la mitad a cada vendedor. Esto daría un valor total de $196 000 por la hacienda, que corresponde a la misma valuación del inmueble a la muerte de Bernardo. Quedó asentado que ambos recibieron tal suma por parte del comprador, al contado y a su entera satisfacción.

Los linderos que se señalan para Coaxamalucan fueron: al norte, las haciendas de Piedras Negras y de La Laguna; al oriente, parte de esta, además de la hacienda de Tenexac y la de Teometitla; al sur de esta última, la hacienda de San José de Piedras Negras, que era propiedad de Manuel, el pueblo de Texcalac y el de Santiago Tetla; y al poniente, Piedras Negras. A partir de ese momento, ambas fincas se llevarían en forma independiente. De acuerdo al plano que se conserva en el archivo de Piedras Negras, Lubín adquirió 5 791 hectáreas, equivalentes a 135 caballerías, de las cuales: 2 024 eran de labor; 2 652, de pastal con encino; 1 029, del Monte del Malpaís; 44 eran ocupadas por los ferrocarriles, y 40 por edificios, barrancas y caminos.

Lubín era un hombre con estudios superiores. Cursó Ingeniería en Puebla, sin llegar a recibir su título. Estuvo muy involucrado en la política estatal, llegando incluso a ser mencionado para ser gobernador del estado. Participó activamente en la Compañía Realizadora de Pulques, S.A., sociedad que pretendió ser la opción para los empresarios pulqueros ante el monopolio de los Torres Adalid, en la Ciudad de México. Continuó con gran éxito la crianza de toros bravos que había iniciado su tío y suegro José María. Como veremos en el capítulo dedicado a la ganadería, introdujo sistemas de crianza apegados estrictamente al control genético, sobre todo, de las vacas españolas que recibió en la compra de Tepeyahualco. Con Eudoxia tuvo tres hijos, una niña que murió pequeña, otra que falleció ya joven, y su hijo José María, que a sus 16 años, el 9 de mayo de 1918, fue abatido a balazos en el centro del patio de la hacienda por unos forajidos asaltantes cobijados por los gritos revolucionarios. Al morir Eudoxia, quien inicio la construcción de la iglesia grande que jamás se concluyó, Lubín casó con Josefina Paz y Puente, con ella procreó una hija que falleció al siguiente año. Lubín murió en 1928, tras de lo cual, su viuda fue a radicar ese mismo año a Nueva York, donde falleció tiempo después.

La ganadería fue el aspecto de importancia en la administración de Lubín. La explotación agrícola de Piedras Negras ya estaba establecida y el pulque seguía siendo la mayor fuente de ingresos. Sin embargo, en aquel tiempo, los toros se pagaban muy bien. Una corrida valía al menos el doble que el sueldo de las figuras de aquel tiempo. Por ello, la extraña decisión de José María de iniciar la crianza de toros bravos la vendría a capitalizar Lubín, y después Viliulfo. Estuvo al frente de Piedras Negras veinticuatro años, y al morir heredó su riqueza a los hijos de su hermano Romárico, quien había fallecido también en 1918 a consecuencia de una cornada que le dio una becerra de tienta cerca de un ojo. Este suceso lo relató su hija Beatriz después de la muerte de su hermano Viliulfo en un artículo publicado en El Redondel, titulado: «A las Campanas de Piedras Negras», del cual transcribo esta breve cita:

… en septiembre de 1918 hubo una tienta en Apizaco. Papá Maco estaba ansioso de torear, de lucirse, después de no haberlo hecho en algún tiempo, impedido por los disturbios de la Revolución. Recibió a una becerra con un cambio de rodillas, la cual le propinó un puntazo arriba de un ojo, casi en el lagrimal. Parece cualquier cosa. Unas curaciones y quedará bien… ¿Sí? Veinte días después se presentó la meningitis, irremediable ya.

Lubín heredaba, ahora sí, un testamento: la mitad de sus bienes eran para sus sobrinos, Viliulfo, Beatriz y Cristina, y la otra parte para su segunda esposa. Ella vendió lo recibido a Viliulfo, quien después de repartirles ganado a sus hermanas quedó como único propietario de Piedras Negras, La Laguna, San José de Piedras Negras, el Infiernillo, y sus ranchos anexos.

Quiero compartirles un poco más del escrito de Beatriz González Carvajal, por lo magnífico y completo de su contenido:

Yo estaba muy niña, por eso considero que Viliulfo fue para mí, mitad padre mitad hermano. Seis años después [de muerto Romárico] se nos iba también mi tío Lubín. Así nos va quitando Dios, a pedazos, nuestros más caros afectos. Viliulfo llevaba ya la divisa tabaco y rojo, y desde entonces pasó también a sus manos la rojinegra. No creo decirlo cegada por el cariño: cualquiera reconoce que supo llevarlas a la mayor altura posible. Yo lo consideré siempre como el hombre de campo por excelencia. Lo mismo enseñaba al mocito que por primera vez habría un surco, que dirigía el apartadero de diez o quince corridas.

Para sus trabajadores, fue un compañero, un amigo que oía sus cuitas, los aconsejaba y amparaba. Hombre de campo de férrea musculatura, que en fuerza de andar entre toros parece que algo de su consistencia le contagiaron; de sanos pulmones purificados por las brisas del sabinal, piel tostada por el viento y sol de todas las estaciones. Audaz, tenaz, alegre y sentimental para tocar y cantar. Sabía acariciar el piano y emocionar a quien lo escuchara. Su sentimiento se inspiraba sin duda en esos atardeceres piedrenegrinos, en esos crepúsculos con la silueta de la iglesia donde aprendimos a rezar «Dulce Madre…». Noches de luna tan clara a cuya luz se pueden escribir poemas de amor. Cielo que lava una tempestad o limpia un furioso ventarrón, para que luzcan más vivas las constelaciones.

Así era el amo Viliulfo. «Tío Vili», para todos los González. Un hombre con una afición sin límites. Tenía que hacer un gran esfuerzo para desempeñar sus actividades, dado que su vista estaba muy afectada. En el campo dirigía todas las faenas, siempre acompañado de Isaac Morales, quien por lo mismo era el encargado de todas las anotaciones. Más adelante hablaremos de él.

Viliulfo González había quedado como único heredero, tanto de Piedras Negras como de La Laguna. Hombre joven, había nacido en 1894. Su padre falleció en el año de 1918, cuando él tenía 24 años; y en 1928, su tío Lubín le heredó Piedras Negras, como ya explicamos. Casó en el año de 1918 con su tía Delfina González, hija de su tío abuelo Bernardo y criada en Coaxamalucan; con ella tuvo varios hijos –todos ellos ganaderos al paso del tiempo– de los cuales sobrevivieron seis: Magdalena, Marta, Romárico, Javier, quien moriría a los 23 años de edad en una accidente de coche en la Ciudad de México, Susana y Raúl. Ganadero, torero, jinete consumado, pianista y buen cantante, era el patriarca de la familia, acompañado muy de cerca por su tío Aurelio Carvajal, ganadero de Zotoluca. Entre distintas propiedades, en ese momento Viliulfo manejaba una extensión superior a las 10 000 hectáreas de las más de 20 000 que llegaron a tener sus ancestros en conjunto. Sin embargo, su lucha por defender este patrimonio, al igual que el de sus predecesores, fue continua. Una de las primeras propiedades que primero se vio afectada fue San José de Piedras Negras, durante los años posteriores a la Revolución. En 1930 todavía le exigían tierras de esta propiedad que él ya había cedido. En 1934, viendo venir el problema cada vez más complicado, fraccionó parte de los ranchos como una medida preventiva. Su estrategia rendiría buenos frutos.

A continuación presento un resumen del documento oficial donde se detalla esta acción, que apareció en el Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Tlaxcala (tomo XXVI número 17, 23 de abril de 1941) como una resolución presidencial relativa al expediente de dotación de ejidos, promovida por los vecinos del poblado denominado la Ciénega Tepeyahualco, municipio de San Agustín Tlaxco, de esta entidad: El 21 de julio de 1935, los vecinos solicitaron por escrito dotación de tierras, por carecer de ellas, para satisfacer sus necesidades económicas. El asunto fue turnado a la Comisión Agraria Mixta, que determinó vía la Junta Censal que, de un total de doscientos cincuenta y dos habitantes del poblado, noventa y uno tenían derecho a parcela ejidal. Se determinó que las fincas que deberían contribuir a formar el ejido eran: rancho de la Palma, propiedad del señor Arnulfo Sánchez, con una superficie de 493 hectáreas, poseyendo el propietario otro predio colindante llamado el Infiernillo, con superficie de 1 110 hectáreas; hacienda de La Laguna, con superficie aproximada de 2 400 hectáreas; y hacienda Tenexac, perteneciente a los señores Bretón y Trillanes, con superficie de 2 000 hectáreas. Dentro del radio de siete kilómetros del poblado de que se trata, también se mencionaban las siguientes propiedades de Viliulfo: la Sierpe y Cañada del Toro, con superficie de 988 hectáreas, y las haciendas de Piedras Negras y Coaxamalucan.

La hacienda Piedras Negras fue fraccionada según escrituras inscritas en el Registro Público de la Propiedad con fecha 28 de diciembre de 1934 de la siguiente forma:

RANCHO          SUPERFICIE   PROPIETARIO

Zacatepenco      154   Magdalena González

El Pozo     69     Ignacia González

San Gregorio    199   Javier González

Los Pitzolcales  199   Isaac Morales

Xometla   199   Ma. Soledad Aguilar

Capula     190   Miguel Iglesias

El Rincón 197   Beatriz Millán

Piedras Negras 2 600         Viliulfo González

         3 807        

La hacienda de La Laguna fue fraccionada según escrituras inscritas en la institución mencionada, con la misma fecha que la de Piedras Negras, de la siguiente forma:

RANCHO          SUPERFICIE   PROPIETARIO

Xalmonto 195   Marta González

Sta. Cruz Tlalchichil         199   Raúl González

Topizac    228   Romárico González

Atlixtaca  199   Filemón Guevara

La Soledad        153   José M. Filemón Guevara

Los Charcos      196   Gabriel Aguilar

La Laguna        1 250         Viliulfo González

         2 420        

Coaxamalucan, por otra parte, constaba de 1 441 hectáreas. Otro tanto le había sido sustraído anteriormente.

Con fecha 1 de noviembre de 1937, el señor Viliulfo González solicitó la expedición de un decreto-concesión de inafectabilidad ganadera por el término de veinticinco años para los terrenos de los predios de Piedras Negras, La Laguna, la Sierpe y Cañada del Toro, con fundamento en el artículo 52 bis del Código Agrario vigente en ese entonces. Tales declaraciones de inafectabilidad se señalaron procedentes de acuerdo a las leyes y reglamentos aplicables, por estar comprobados la existencia de ganado, su número, especies y razas, la calidad de los terrenos de agostadero, aguajes y abrevaderos y la rama a la que se dedicaban preferentemente las citadas negociaciones ganaderas:

El Sr. Viliulfo González posee 1 298 cabezas de ganado bovino, 2 270 de ganado lanar, 414 cabezas de ganado caprino y 148 cabezas de ganado equino, que computadas de acuerdo a la ley equivalen a 1 982 cabezas de ganado mayor, que tomando en consideración el índice de aridez determinado por la Secretaría de Agricultura y Fomento, teóricamente se necesitarían 13 874 hectáreas de agostadero para su mantenimiento.

Que como resultado de las cesiones de terrenos hechas por los señores Miguel Iglesias, Beatriz Millán y Soledad Aguilar, según escritos de fecha 27 de septiembre de 1938 dirigidos al Departamento Agrario, se han afectado para constituir el ejido definitivo del poblado de Capula 450 hectáreas de dichos propietarios, además de 600 hectáreas de tierras cerriles con 30% laborables, propiedad directa del señor Viliulfo González en el mismo fraccionamiento de Piedras Negras.

Que con fecha 27 de septiembre de 1938 se han dirigido los señores Gabriel Aguilar, José Máximo Filemón Guevara y Romárico González haciendo referencia al expediente de inafectabilidad ganadera solicitada por el señor Viliulfo González manifestando que han tenido un arreglo privado para que él obtenga la inafectabilidad que pretende, en cuya virtud están conformes en hacer la cesión de sus propiedades en favor de los ejidatarios del poblado la Ciénega Tepeyahualco.

Gabriel Aguilar cedió la totalidad de los Charcos; Filemón Guevara, 94 hectáreas de Atlixtaca; José Máximo Filemón Guevara, 90 de la Soledad; y Romárico González, 20 de Topizac. Todos estos terrenos eran de labor. Por su parte, el Departamento Agrario consideró enteramente válidos los fraccionamientos que modificaban los predios de Piedras Negras y La Laguna. También, que sí procedían las solicitudes de inafectabilidad ganadera de que se habla, y que estas debían resolverse con sujeción a las disposiciones del artículo 52 bis del Código Agrario vigente en ese tiempo. Asimismo, de acuerdo al citado ordenamiento y en vista de los datos expuestos con anterioridad, se declaró procedente la inafectabilidad de los terrenos que comprendían las fracciones de Piedras Negras y La Laguna.

Es procedente la declaratoria de inafectabilidad ganadera por veinticinco años promovida por el señor Viliulfo González, y tomando en cuenta las cesiones hechas para formar los ejidos de la Ciénega y Capula, se declaran inafectables las siguientes propiedades.

De Piedras Negras:

RANCHO          SUPERFICIE   PROPIETARIO

Zacatepango     154   Ma. Magdalena González

El Pozo     69     Ignacia González

San Gregorio    199   Javier González

Los Pitzolcales  199   Isaac Morales

Xometla   49     Soledad Aguilar

Capula     40     Piedras Negras

El Rincón 47     Piedras Negras

         757  

Del fraccionamiento de La Laguna se declaran inafectables:

RANCHO          SUPERFICIE   PROPIETARIO

Xalmonto 195   Marta González

Sta. Cruz Tlalchichil         199   Raúl González

Topizac    208   Romárico González

La Soledad        63     José M. Filemón Guevara

Atlixtaca  105   Filemón Guevara

         770  

De las propiedades que le quedaron al Sr. Viliulfo González en los fraccionamientos de las haciendas de Piedras Negras y La Laguna, se declaran inafectables los siguientes potreros:

POTRERO        SUPERFICIE   POTRERO        SUPERFICIE

Mal País   701   San Gregorio    394

El Lindero         58     Llano Grande   37

Enmedio  97     Llano Chico      30

El Presidio         54     Los Españoles  15

El Coyote 30     San Pedro 146

La Plaza   6       Las Ardillas      24

La Vega    28     La Cañada        70

Llano de la Venta      32     Temextla Alto  105

La Capilla         21     Temextla Bajo 91

El Derribadero 37     Los Encinos      86

El Hospital        40     Bordo Blanco   85

Cañada Grande         74     El Cerro   45

La Troje   60     Tlaxcantitla      46

Los Traseros     77     La Sierpe y El Toro  988

La Presa   39     Eriazos en ambas fincas    538

La Chicalotera 70     Caminos y barrancas        59

El Potrerito       38     Derecho de vía 3

Los Pitzolcales  41     Cascos      36

Después de difíciles negociaciones con las autoridades agrarias, esto fue lo que logró Viliulfo González, quien a los cuatro meses fallecería en un accidente a caballo, que relataremos más adelante.

En resumen, y dado que de las tablas anteriores es complicado dividir las dos propiedades, Piedras Negras tenía antes de estas afectaciones 3 807 hectáreas, de las que tuvo que ceder 1 050, entre pequeñas propiedades y tierras de la hacienda, para quedar con un total de 2 757 hectáreas, mismas que estarían en poder de los herederos de Viliulfo hasta 1973, descontando posteriormente las 988 hectáreas de la Sierpe y el Toro, que se cedieron en los años sesenta.

Las cerca de 9 400 hectáreas adquiridas por don Mariano se fueron fraccionando poco a poco. Primero, por las herencias recibidas por Guadalupe y Micaela –después serían afectadas para dotar a los ejidos San Bartolomé Matlalohcan y parte del de Tetla–, y diversas negociaciones con el gobierno y los campesinos, dejaron de pertenecer a la hacienda aproximadamente 2 500 hectáreas, al separarse la parte de Ahuatepec y Atenco. Después, por la división de Coaxamalucan, dejarían de ser parte de la unidad 3 100 hectáreas, quedando así las 3 807 hectáreas, cuya afectación ha quedado explicada en los cuadros anteriores.

Solo porque nos parece de justicia ante la sinrazón, transcribimos de forma textual uno de los puntos del documento antes citado:

Siendo de utilidad pública la conservación y propagación de los bosques y arbolados en todo el Territorio Nacional, debe apercibirse a la comunidad beneficiada con esta dotación que queda obligada a conservar, restaurar y propagar los bosques y arbolados que contenga la superficie que se dota.

Quien pueda visitar esas tierras o lo haya hecho recientemente, se formará su propio juicio ante tan irrisoria redacción.

En estas afectaciones se perdió el 23% de la superficie, y así, los hermanos González González –Magdalena, Marta, Romárico, Susana y Raúl– serían los dueños en estos últimos treinta y un años de lo que había quedado de la propiedad heredada por su padre.

A partir de 1915 se había iniciado el proceso de reparto de tierras con la Ley Agraria del 6 de enero de ese año, emitida por Carranza en Veracruz, la cual ordenó la restitución de tierras arrebatas a raíz de la legislación de junio de 1856 y estipuló la dotación para aquellos pueblos que carecieran de ella. Pero fue hasta la promulgación de la Constitución de 1917, con cuyo artículo 27, que se garantizaba la propiedad y se establecían los derechos de propiedad comunal y ejidal. Sin embargo, lo que parecía una buena intención no vino acompañada de inversión pública ni de un marco jurídico que les diera capacidad productiva a los ejidatarios. Se les dio el bien, pero nunca los medios. El ejido se vio limitado de origen y destinado al fracaso, no por las personas en sí, sino por una planeación deficiente y demagógica. El minifundismo y la pobreza de este sector fueron sus características generales. Casi el 50% de las parcelas ejidales eran menores de cinco hectáreas y casi la tercera parte de la población del país vivía en el medio rural, con una muy pobre aportación a la producción nacional. En los años posteriores a 1941 hubo una contradicción casi permanente entre la política y el desarrollo agrarios. La bandera del reparto seguía ondeando y nunca se generaron acciones reales para apoyar y desarrollar el campo. Durante todo ese tiempo se culpó al ejidatario de tal fracaso. Los políticos nunca se vieron al espejo, solo administraron el mito revolucionario bajo la premisa de que la esperanza dura más que el agradecimiento.

El decreto-concesión de inafectabilidad ganadera obtenido por Viliulfo González le dio veinticinco años de paz a Piedras Negras y a sus hijos. Él poco la disfrutó. A su muerte, con apenas 47 años de edad, su hijo mayor, Romárico –conocido cariñosamente después como el Amo Maco–, quedó al frente del negocio agrícola y ganadero. Tan solo tenía 21 años, por lo que fue Isaac Morales quien en realidad apoyó y llevó gran responsabilidad en el manejo de las fincas por muchos años. La respuesta unánime de quienes conocieron a don Isaac es contundente: un hombre honrado. Hoy, todos los González lo honran, después de haber dedicado su vida a administrar el patrimonio de los jóvenes hijos de Viliulfo. Don Isaac estaba con la familia desde tiempos de don Lubín. Fue albacea del testamento de Viliulfo y durante más de cuarenta años administró Piedras Negras. En los documentos que obtuve en el Archivo General Agrario encontré una comunicación, de la cual transcribo este párrafo:

Puebla, 5 de diciembre de 1917

Presidente de la Comisión Local Agraria

Haciendo referencia al atento oficio de usted, fechado el mes pasado, el portador de la presente, señor Isaac Morales, va en mi representación para que se digne usted permitirle vea el expediente relativo a las pretensiones que el pueblo de Texcalac tiene sobre las haciendas de San Mateo y San José Piedras Negras…

Por estas líneas, es patente la confianza ciega que existía en este hombre.

Al cumplir 18 años Raúl, en 1951, su madre Delfina decidió separar la administración de las fincas, dejando al frente de Piedras Negras a Raúl, bajo la supervisión de don Isaac, y de La Laguna, a Romárico. Todos los hermanos tenían derecho a los ingresos por las ganaderías y por el pulque, que seguía siendo al menos el 20% de las entradas de la finca. Cada mes se entregaba lo correspondiente a los cinco hermanos por los beneficios del pulque y de las ventas de corridas, novilladas, vacas de desecho y por venta de sementales que se fueran generando, descontando los gastos respectivos. La hacienda era casi autosuficiente, y solo ocasionalmente se compraba alfalfa y maíz para completar las necesidades del ganado. Otro gasto recurrente que se tenía, además de las rayas, era el derivado de medicinas y honorarios de doctores para los trabajadores y sus familias, así como del mantenimiento de la escuela y sus maestros.

Dentro del casco de la hacienda había varias «casas» independientes. Una de ellas era la que habitaba la familia Aguilar, donde nació el gran torero Jorge el Ranchero Aguilar; estaba la del Patio de las Ranitas, que era la casa de doña Delfina; otra, al lado derecho del patio, que habitaría Raúl al contraer matrimonio con María Laura Villa, las habitaciones superiores y las que se encuentran junto al despacho en el ala poniente de la hacienda. El tinacal funcionaba al cien por ciento, así como los corrales destinados a machos, vacas de leche y borregos.

La actividad en torno a los caballos –maldición y gusto– era también parte central del hacer diario. Caballos de vaqueros con su remuda, los de los amos y las yeguas de recría existían todavía para estos años en los que dio inicio la administración de la hacienda en manos del menor de los González. Raúl fue un gran jinete y buen torero. Tuvo la osadía de presentarse en México con novillos de La Laguna en la temporada de novilladas de 1951 con un resultado desastroso. Varias veces nos reímos con él de este evento. De azul cielo y oro salió vestido para ver regresar al corral a sus dos novillos. Nunca ha sido igual el campo que la plaza, y a él le bastó una tarde para comprobarlo. En el campo, al igual que sus ancestros, alternó con todos los toreros de su época, que acudían invitados a las tientas. El Ranchero, Juan Silveti, Manuel Capetillo, entre otros, fueron muy asiduos a los tentaderos en la casa de Raúl. Al paso del tiempo, Gonzalo Iturbe, a la postre matador de toros e hijo de Magdalena, su hermana mayor, haría sus pininos en la torería y estuvo presente prácticamente en todas las tientas mientras vivió ahí.

Era un gran conversador y un hombre con la sonrisa en la mano.

Todos los martes durante los últimos seis años de su vida lo acompañamos a comer a la mesa que él fundó con Paco Madrazo y sus sobrinos Gonzalo y Jorge. Al paso del tiempo se fueron agregando varios amigos más; hoy en día nos seguimos juntado y muy seguido levantamos una copa para brindar por su recuerdo.

La gran admiración y respeto que en un principio tuve por él, rápidamente se convirtió en una amistad que me dio grandes satisfacciones y me dejó un imborrable recuerdo. Ya casi al final de su vida lo acompañé junto con doña María Laura, su esposa, a ver a un médico amigo. Con mucha crudeza, este doctor le explicó la gravedad de su estado de salud y las posibles opciones que había en ese momento. Al salir subimos los tres a su coche y al arrancar me dijo: «Ahora que me ponga bueno te voy a dar un regalo», a lo que yo respondí: «Mejor de una vez, don Raúl», con la consiguiente carcajada suya y de su mujer. No voy a olvidar nunca la llamada de Gonzalo Iturbe la mañana del 4 de junio de 1997: «Charlie, se murió mi tío Raúl».

Don Mariano estuvo al frente de Piedras Negras por cuarenta y siete años; Raúl, durante cuarenta y cinco, de 1952 a junio de 1997, año en que falleció. Ninguno otro de sus dueños estuvo al frente tanto tiempo de la hacienda, orgullo de los González. A él le tocó lidiar, igual que a su padre, con los problemas agrarios que se acrecentaron agresivamente a partir del año de 1971.

El entonces presidente Luis Echeverría recibió un reclamo de los campesinos del estado por parte de la Federación de Estudiantes de Tlaxcala y ordenó analizarlo a través del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización, cuyo dirigente era Augusto Gómez Villanueva. Aquí comenzó un perverso juego de doble cara, donde públicamente, e incluso con la intervención del Ejército, el Gobierno se apegó con rigor a la aplicación de la ley, pero por detrás, mediante distintos mecanismos, personajes y grupos, avivó y financió las invasiones de tierra mediante las cuales en 1973 no dejarían otra opción a los ganaderos y pequeños propietarios que venderle sus tierras al Gobierno.

En 1971 comenzó un proceso de medición de propiedades sin ningún otro sentido más que el de comprar tiempo para preparar la embestida final. Las brigadas agrarias se encargarían de ejecutar esta actividad acompañadas por los representantes de la Federación de Pequeños Propietarios. Todo estaba orquestado dentro de una gran operación política. En 1972 se organizó una marcha de campesinos, estudiantes y diversas agrupaciones para llevar su protesta a la capital del país. Públicamente, el Gobierno aparentó detenerla, pero parte del grupo logró llegar y fueron recibidos por el presidente. De aquí en adelante se desataron las invasiones por todo el estado. Entre abril de 1972 y julio de 1973 se invadieron cuarenta y dos propiedades. Los campesinos se sentían con todo el derecho de reclamar las tierras, pero el camino y la estrategia se decidieron en las esferas más altas del Gobierno. Recuerdo claramente las pláticas con Valentín Rivero, Manuel de Haro, Jorge (su hijo), Ramiro Alatorre, Javier Garfias, José Julián Llaguno, Luis Barroso, que vivieron día a día este proceso, tanto como a los directivos de la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia (ANCTL), como propietarios. Juntas en la Presidencia de la República, en el Departamento Agrario, o en «la agraria», como le decían ellos, que solo sirvieron para que al final vieran los ranchos, que por generaciones habían cuidado, invadidos o arrancados por pago. Las invasiones a Coaxamalucan orillaron a la ANCTL, presidida entonces por Valentín Rivero, a publicar un desplegado en el que expresaban lo siguiente:

Nos vemos urgidos a denunciar públicamente la actitud pasiva del señor doctor Luciano Huerta Sánchez, gobernador de Tlaxcala. Nuestras diversas gestiones que ante él hemos hecho han sido infructuosas, ya que no ha procedido a remediar esa situación ilegal. Consideramos que la actitud del señor gobernador de Tlaxcala no está de acuerdo con la función que le corresponde como máxima autoridad en el estado, de proteger los intereses de sus gobernados y de hacer respetar los principios de nuestra Constitución.

Esperamos que ante esta denuncia, el aludido señor gobernador intervenga en forma inmediata y decisiva a fin de que se remedie tal situación desalojando de inmediato a los invasores.

El 23 de junio de 1973, el Gobierno federal envió al Ejército a desalojar los predios.  Piedras Negras había sido invadida desde octubre de 1972. Parecería que los ganaderos habían ganado la partida, pero la situación era insostenible  y el ambiente no era propicio para pretender conservar las propiedades en el futuro. Si no fue ese año, sería otro en el que se enfrentarían al mismo problema, además del nulo valor comercial que tendrían las propiedades con esa gigantesca espada de Damocles sobre de ellas. Así, en junio de 1973, Raúl González, de acuerdo con sus hermanos, decidió vender Piedras Negras y sus ranchos al Gobierno federal, y conservarían únicamente las 31 hectáreas que rodean el casco. Esto coincidió con la muerte de su madre, Delfina, por lo que también la ganadería fue dividida en cinco partes con las cuales se formarían los hierros de Iturbe Hermanos con la parte de Magdalena; Tepeyahualco, con lo que correspondió a Marta; La Antigua, de Susana y Raúl conservó el nombre y el hierro de la casa madre. Por su parte, Romárico recibió el equivalente en becerras que vendió a Federico Luna, a quien años antes habían vendido La Laguna. Raúl adquirió de sus primos Carvajal parte de los potreros de Zotoluca, donde continuó en condiciones radicalmente diferentes criando los famosos toros de la corbata. De ahí arrancaría de nuevo a hacer ondear por todo lo alto la bandera de Piedras Negras con sus tradicionales colores rojo y negro. La fracción que adquirió era y es un terreno arbolado casi en su totalidad, donde es un gozo ver el ganado. Ahí mismo estaban la antigua plaza de tientas de Zotoluca y el embarcadero, ambos modernizados por él con magníficas instalaciones y corrales para el manejo del ganado.

De las más de 9 000 hectáreas de los betlemitas solo quedaron 31. Hoy en día, de todas las propiedades que formaron Piedras Negras y La Laguna en su última etapa, solo quedan en manos de los nietos de Viliulfo las 300 hectáreas de la ganadería de De Haro en terrenos de La Laguna: Llano Grande, Llano Chico, los Españoles y Xalmonto, que conserva a su nombre Antonio de Haro González.

Esta fue la evolución de la hacienda de Piedras Negras. La historia de tierras y de hombres productivos que permitieron mantener y acrecentar el legado de don Mariano. Canosos sabinos que aún adornan las antiguas tierras. Gente de piel curtida por el sol que dejó vida y memoria en estos campos. Mudas lápidas con la mayoría de los nombres aquí relatados, que con frías fechas de nacimiento y muerte nos conducen por la historia de Piedras Negras. Pero la vida y la historia siguen. Después de las invasiones, Raúl continuó con su pie de simiente, ahora unido a las vacas y sementales de La Laguna, que había recibido de su madre en 1966. Ya estaba retirado don Isaac, quien hasta 1965 llevó los libros y la administración de la propiedad. Durante un tiempo, su primo Oscar González fungió como administrador de la finca y la ganadería. Un hombre de una claridad admirable para entender y hablar de toros.

Raúl González falleció en 1997 y quedó al frente su hijo menor, Marco Antonio González Villa. El matrimonio de Raúl y Laura había procreado además a tres hijas: Alejandra, Adriana y Ana Rita, con quienes por mucho tiempo disfrutaron Piedras Negras. A partir de 1998, Marco Antonio emprendió una labor titánica: reconstruir el casco de la hacienda, ya que lo que estaba en condición operable era únicamente el despacho, la zona del comedor, la cocina y algunas habitaciones. La escalera que daba acceso al segundo piso ya se había tapiado y las «casas» interiores no eran habitables. Con cariño y paciencia, Marco inició la obra que hoy en día está casi terminada. Nunca la casa lució como en la actualidad.

Contrajo matrimonio con Geraldina Compeán, con          quien tiene tres hijos: Renata, Patricio y María. La primera de ellos, Renata, está más enfocada a la parte cultural y artística, tan apreciada por la juventud de hoy. Por otra parte, no tengo duda de que Patricio le va a poder al toro cuando los de hoy ya no estemos. Jinete de escuela, monta como el mejor, siguiendo la tradición de sus mayores. Participa con entusiasmo en las actividades de la ganadería y poco a poco se ha ido integrando con tíos y amigos ganaderos para irse adentrando en el conocimiento del toro bravo. El día de su primera comunión lo vi pegar sus primeros muletazos, vestido de charro como los viejos y con esa sonrisa tan González al terminar una muy buena mañana de plaza. En cuanto a María, con tan solo trece años, es toda viveza, simpatía y entusiasmo. Ella también estará siempre muy cerca de su origen y tradiciones. Asidua a las plazas de toros de la mano de su padre, no pierde momento para compartir con todos su gracia infantil. A Marco lo acompañan casi siempre Miguel Villanueva, matador de toros hecho en casa en tiempos de su padre, y Javier Iturbe González, su primo hermano, ganadero y profundo conocedor del encaste Piedras Negras, con el cual está formada su propia ganadería por herencia. Con ellos comparte experiencias y conocimiento, y de vez en cuando, algún cruzado de pulque junto con quienes tenemos el gusto de atravesar el portón de Piedras Negras después de la tienta. Los Ramírez de Arellano, el matador Raúl Ponce de León, Antonio de Haro, José Ángel López Lima, entre otros, son amenos contertulios de las comidas en Piedras, donde después de servido el café suena la campana para avisar el primer cruzado de compromiso, simpática ceremonia tradicional en las ganaderías de Tlaxcala, que consiste en que, jícara en mano, de acuerdo con el contenido de las mismas, se cruza un brazo con otro en símbolo de amistad y cariño para, después de consumir el fresco pulque de un solo trago, darse un fraternal abrazo. Risas, buenos y sagaces comentarios, pero sobre todo la camaradería del gran anfitrión que es el amo Marco Antonio. Me río cada que recuerdo la cara de un matador de toros español y su cuadrilla cuando presenciaron tan singular evento. Marco ha mantenido las tradiciones y ha respetado los cánones al pie de la letra. Conserva e invierte constantemente en el mantenimiento de los potreros que heredó de su padre, aunque a él ya solo le llegó el casco de la otrora gran propiedad. Con su padre le tocó vivir el final de esta y el principio de una nueva forma de llevar la ganadería. La reducción de 1 900 a tan solo 300 hectáreas. Sigue sembrando maíz y cebada y recientemente regresó al cultivo del maguey. Tiene un interesante proyecto para revivir la ruina de La Venta betlemita, todavía erguida y sobria.

Después de tanto leer e investigar, creo que mi pregunta encontró respuesta. Con la elegante sencillez del campo, han pasado por aquí seis generaciones de González, dejando cada uno su propia huella, y defendiendo su propiedad y tradiciones a capa y espada. ¿Cómo era esto? Era grande y productivo. Tranquilo y divertido. Creativo y apasionado. Duro y dulce, como el maguey que lo habita. Con la felicidad y la amargura de la vida y la muerte entrelazadas en un segundo. Un tiro, un caballo, el triste sonar de las campanas. Un toro, una becerra, una faena de campo con la sonrisa del trabajo bien hecho. Una copa y una mesa, al llamado de las campanas a una boda. Un grito a medio campo con el sol a la espalda para terminar la jornada. Sangre, sol, vida y muerte.

Con gran respeto y gusto paso y seguiré pasando por este territorio que tanta historia esconde y tanta lección dicta. Así fue esto, grandeza y cariño a la tierra.

En este recuento hemos hecho un recorrido por la historia de la propiedad desde Jerónimo de Cervantes hasta Marco Antonio González Villa. Vayamos ahora a la ganadería. De José María a Marco Antonio, los seis amos de Piedras Negras.

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Author: Redacción