LA SENCILLEZ HUMANA SE VISTE DE TABACO Y AMARILLO CANARIO… EL LIBRO PIEDRAS NEGRAS. SITIO, VIDA Y MEMORIA

4a parte, actualizada el 20 de julio de 2019.

UN GANADERO habla de uno de sus colegas… ¡Y lo hace bien!

La obra.

QUIERO -Y lo debo de hacer- agradecer al señor Carlos Castañeda Gómez del Campo, ganadero de las reses bravas que se lidian a su nombre con la divisa tabaco y amarillo canario, su caballerosa atención para permitirnos transcribir la totalidad de su libro sobre la ganadería de Piedras Negras. Una “biografía autorizada” –“PIEDRAS NEGRAS… SITIO, VIDA Y MEMORIA”- sobre la centenaria dehesa afincada en los campos bravos de Tlaxcala.

DOCUMENTO INTERESANTE e infaltable para todo aquel aficionado que le guste conocer, y/o rescatar, los cimientos de la verdadera encastada campiña mexicana. Fin que perseguimos y nos lo concede Carlos Castañeda Gómez del Campo.

LARGA ES la obra, por eso mismo iremos presentándola en secciones, agregaremos un espacio amplio cada tres días, así los leyentes verán formar dicho libro conforme vayan pasando las semanas.

DEBO DE decirlo… “PIEDRAS NEGRAS… SITIO, VIDA Y MEMORIA”, ya fue presentado en Sevilla cuando esa dehesa se hermanó con Miura, y tuvo una excelente aceptación. La edición primera “voló” literalmente, por lo mismo es un honor reproducir los escritos de este sano taurino.

Creo que Carlos entenderá mis pocas, pero sinceras palabras…

¡Gracias Carlos!… ¡Gracias ganadero!

Carlos con su mejor tesoro, su hijita.

Pedro Julio Jiménez Villaseñor.

INICIAMOS…     

PIEDRAS NEGRAS SITIO, VIDA Y MEMORIA

Carlos Castañeda Gómez del Campo

A mis tres «requetrespiedras»:

Cuca: sin ti, ni esta ilusión ni mi vida estarían completas. Gracias por la paciencia y el cariño de estos años y los que nos faltan por vivir.

María e Isabel: gracias por acompañarme siempre en esta pasión que México y la ganadería representan para mí.

PRÓLOGO

Sí, Carlos, esto es un viaje.

Dicen que viajar es vivir más vidas. Otras vidas.

Vidas de arrieros, de tlachiqueros, de vaqueros, de toreros, de curas, de ganaderos…

Aunque la ganadería es tu pasión; la historia tu afición; y Piedras Negras, tu ilusión, las vidas que aquí viviste y que nos haces vivir párrafo a párrafo son, en resumen, el viaje hacia nosotros mismos.

Raíces, polvo, recuerdos, sueños que nos transportan a siglos de vida y memoria.

El Sitio es Piedras Negras.

El protagonista es uno mismo.

La Vida es el intenso transitar por los años que fueron de otros, pero que nos hace ser y sentirla como propia. Es parte de lo que nos lleva a vivir el hoy con admiración y respeto hacia quienes forjaron un rumbo bien definido, digno de ser vivido con todo el orgullo González de hoy y de siempre.

Para eso es y trabaja la Memoria.

Para conocernos y comprometernos a honrar el pasado, disfrutar el presente y soñar el futuro.

Sitio, Vida y Memoria.

Gracias por el viaje

Antonio de Haro González

INTRODUCCIÓN

Desde hace tiempo tuve la inquietud de escribir un libro sobre Piedras Negras. El lance ha sido para mí un largo y complicado viaje a lo desconocido, pero también muy enriquecedor. El reto ha sido encontrar en el entorno histórico y taurino de México, así como en la intimidad de la familia González, la historia del sitio, su vida y su memoria. Creo que si algo tiene de innovador el presente texto es tratar de insertar el tema de la crianza del toro bravo en la vida de México.

La historia de México es una gran aventura; sobre el tema existe una cantidad increíble de libros, estudios, monografías, ensayos y análisis, muchos accesibles en la actualidad, gracias a la tecnología. Gran parte de la información general aquí contenida proviene de este tipo de fuentes.

Si bien es cierto que lo que van a leer no tiene un interés ni un método de investigación científica, busqué acercarme a la mayor cantidad de fuentes históricas disponibles que me permitieran, después de analizarlas, obtener mis propias conclusiones, y con el encuadre de algunas fechas y datos, poder expresar mis ideas de la mejor manera posible en un contexto adecuado.

Mientras me fue posible, acudí a fuentes originales. Busqué información en los siguientes archivos: el General de la Nación, el General Agrario, y el propio archivo documental y fotográfico de Piedras Negras, este último conservado en esta hacienda en propiedad de su actual dueño, mi fraternal amigo, Marco Antonio González. También acudí a la Hemeroteca Nacional y extraje información de diversas colecciones privadas con publicaciones de cada época.

Conservo –y son parte fundamental de este trabajo– las copias de los libros de la ganadería, libretas y hojas de trabajo, que hace más de veinticinco años me compartieron don Raúl González, Jorge de Haro y Gonzalo Iturbe, todos ellos ganaderos de toros bravos y descendientes de sangre y espíritu de quienes iniciaron la crianza profesional del ganado bravo en nuestro país. La lectura y comprensión de lo anterior fue la semilla que hizo que creciera en mí el aprecio y la admiración por la sangre de esta ganadería, y por su gente. Mucho tiempo dedicó don Manuel de Haro, otro gran ganadero, a explicarme, en sabrosas pláticas, lo que en muchos casos no puede escribirse o no está escrito. De estas charlas guardo un gratísimo recuerdo y son también origen de mi interés por esta tierra, su gente y sus toros.

Cada visita al campo tlaxcalteca, donde me ha abierto su casa Antonio de Haro –guardián de lo mejor de su tierra–, me ha dado la oportunidad de buscar, aunque sea en el imaginario del paisaje, lo que fueron las tierras de la hacienda. El frío matinal, a veces persistente, el sol que quema fuerte y la gente del campo, también han sido fuente del presente trabajo.

Ricas y muy agradables horas han sido las que he pasado conversando con todos los González. Los de Piedras Negras, La Laguna, Zotoluca, Zacatepec, Coaxamalucan y Rancho Seco, me han regalado un tesoro invaluable al abrirme las puertas de sus ganaderías, pero, sobre todo, de sus recuerdos.

La historia de la finca y de sus distintos propietarios, su devenir, su transitar en manos de los González, la ganadería vista por dentro, en el campo, y por fuera en la plaza, donde la Bravura, eje y propósito de la casa de la familia González, tiene forzosamente que rematar, es lo que espero, querido lector, que en las páginas de este libro puedas encontrar. Letras que representan para mí: una ilusión cumplida.

Carlos Castañeda Gómez del Campo

I. SAN MATEO HUISCOLOTEPEC

Escribir sobre Piedras Negras es hacer un viaje fantástico por las venas de la historia de México. En cada época de esta propiedad se reflejan los momentos de la vida política, económica y social de nuestro país. Los Señoríos Tlaxcaltecas, la llegada de los españoles, el virreinato, la Independencia, el periodo de Benito Juárez y del general Díaz, la Revolución y el México moderno se pueden ver en las paredes y son parte del devenir económico de San Mateo Huiscolotepec.

Piedras Negras está ubicada en Tlaxcala, «cuna de nuestra nación», sobrado calificativo, si tomamos en cuenta que el poblamiento del norte del país nació aquí junto con la catequización de los indios y el mestizaje.

Ahí, en lo que después serían tierras de los González, se dieron los primeros encuentros bélicos entre indios y españoles; ahí se formaron las primeras haciendas del estado; después, el clero, siempre poderoso, sería su propietario; los arrieros primero y el ferrocarril después le dieron forma y destino, para finalmente ser también cuna, pero ahora del Toro Bravo, hasta llegar a los años del desarrollo industrial. Si creáramos una línea de tiempo con los hitos trascendentales de la historia y tauromaquia nuestras, de seguro coincidirían con los principales momentos de Piedras Negras.

Cada vez que llego a Mena, al girar a la derecha para cruzar lo que en sus tiempos fue el potrero el Pescadero, me surge la misma pregunta: ¿Cómo habrá sido esto? En lo que era un camino de terracería ahora hay una moderna carretera de cuatro carriles. Del lado izquierdo sale el camino que lleva a la actual plaza de tientas de Piedras Negras, otrora de Zotoluca. Un poco más adelante se ve lo poco que queda del embarcadero original de la ganadería. Al llegar a la vía del tren, dando la vuelta conforme al camino de hierro, del lado izquierdo busco las ruinas del lienzo y la plaza donde tantos González dejaron pasión y vida, donde se probó la bravura de las vacas y se le dio forma y sustancia a una ganadería. Me imagino a aquellos hombres vestidos de charro, perfectamente montados, arreando sus vacas acompañadas de la parada de bueyes para la tienta del día. Polvo, silbidos y gritos a la sombra de los canosos sabinos –ya muy pocos hoy–, mudos testigos de ese hacer cotidiano. Después, ahí de frente, las ruinas de «La Venta», tristes y silenciosas, para finalmente admirar al fondo, bajo el cielo azul tlaxcalteca, el casco de Piedras Negras. Casa, trojes, panteón e iglesia, llenos de vida y memoria.

Después de atravesar la modernidad que ahora rodea a la hacienda, dejamos atrás El Derribadero, donde los machos mostraron su bravura. Más allá está Coaxamalucan, y pasando por lo que fueron los potreros de los toros, hoy ya casi sin árboles, al cruzar el río, continúo haciéndome la misma pregunta: ¿Cómo habrá sido esto? Amos, vaqueros, toros, magueyes, vida…

Antes de llegar al casco de La Laguna, un camino que sube a la derecha lleva a los vestigios de un poblado indígena. Juego de pelota, mercado, casas y enterramientos de siglos atrás descansan bajo los actuales potreros de la ganadería De Haro, hija por sangre, tierra y tradición de Piedras Negras.

Ahí comienza esta historia, en la búsqueda de la respuesta a mi pregunta, o al menos por el gusto de viajar en el tiempo.

1. TLAXCALA: LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES

A principios del siglo XVI, Tlaxcala era un pequeño territorio situado en las tierras altas de México, que precaria y valientemente mantenía su independencia del Imperio Azteca. Con la llegada de Cortés, pasó a ser parte de la Monarquía Española, después de las batallas sostenidas entre españoles y tlaxcaltecas en 1519.

Al momento de la conquista, el centro del país estaba poblado principalmente por indios nahuatlacas, cuya organización política era el Imperio Azteca, que para ese entonces se había desarrollado por los últimos ciento cincuenta años. Quitando pequeños señoríos, la única gran excepción a la unidad y dominación azteca eran las fronteras del estado tlaxcalteca, ubicado al este de Tenochtitlán. Ahí, sus habitantes habían defendido con éxito su territorio de la dominación del Imperio, mientras este se expandía por toda la geografía central del país.

El territorio tlaxcalteca era más o menos el mismo que actualmente ocupa el estado. Estaba compuesto por veinticuatro señoríos gobernados, cada uno, de forma independiente. Maxixcatzin de Ocotelulco, Xicoténcatl de Tizatlán, Tlehuexolotzin de Tepectipac y Citlalpopoca de Quiahuictlán eran los cuatro más importantes señores de Tlaxcala al momento del inicio de la conquista española. Las principales actividades eran la agricultura y el comercio, este último, el medio para conseguir cacao, textiles y sobre todo, sal, productos de los que carecían.

Hacia el noreste, el lugar estaba defendido por una muralla localizada cerca del actual casco de La Laguna. Cuando llegaron los españoles, la muralla se encontraba desatendida, ya que los tlaxcaltecas, sabiendo de la llegada de Cortés, prefirieron esperarlo dentro de las fronteras del territorio.

Cortés llegó a Tlaxcala con un grupo de indios totonacos de la región de Zempoala. Al llegar a Zacatlán, Cortés tenía que tomar una decisión estratégica: pasar por Tlaxcala, donde sin duda habría que luchar contra los indios, o buscar una ruta alterna y evitar el enfrentamiento. Sus propios estrategas sugerían lo segundo; sin embargo, los zempoaltecas, explicándole la animadversión de los tlaxcaltecas hacia Moctezuma, lo convencieron de que sería bien recibido y que era mejor entrar al territorio. Así, ellos aceptaron de buena gana ser enviados a pactar con los oficiales tlaxcaltecas. Xicoténcatl hijo sospechó, como siempre lo hizo, de la oferta, arguyendo que «los castillos flotantes eran resultado del trabajo humano, que se admira porque no se ha visto» y que se debería mirar a los extranjeros como «tiranos de la patria y de los dioses». Desde la llegada del ejército español hubo diferencias entre los señores tlaxcaltecas. Los enviados zempoaltecas llevaban como oferta de buena fe un sombrero flamenco, una espada, una ballesta y cartas de paz firmadas por Cortés, todo lo cual fue regresado sin respuesta alguna. Maxixcatzin estaba a favor de aceptar la oferta española, sin embargo Xicoténcatl se oponía. Por su parte, Temilotecutl proponía una estrategia: aceptar la oferta de Cortés mientras se preparaba un ejército que, bajo las órdenes de Xicoténcatl, en el momento en que los españoles menos lo esperaran, los atacara, asegurando así la victoria. Si ganaban, la gloria era de ellos; si perdían, pretendían culpar a los vecinos otomíes del ataque y recibir a los españoles como amigos. Al no tener una respuesta amigable a su oferta, Cortés decidió entrar al territorio, acompañado por trescientos guerreros de Ixtacamaxtitlán y por veinte jefes de Zacatlán. Las primeras batallas se dieron en el desfiladero de Teocantzingo y, al día siguiente, en los llanos, ahí mismo. En ambos casos, los resultados fueron adversos para Xicoténcatl el Mozo, hijo del señor de Tizatlán.

Ambos ejércitos tomaron tiempo para recuperarse. Los españoles, con muy pocas bajas, pero seriamente heridos, permanecieron en su campo, mientras los tlaxcaltecas analizaban la posibilidad de la rendición.

Cortés atacaba de manera furtiva por las noches tomando diversos asentamientos, de tal forma que un disminuido ejército de Tlaxcala iba rumbo a la capitulación. Al fin, después de varios intentos por ganar la guerra, discusiones respecto a la divinidad de los españoles, la posibilidad de que estos fueran aliados de Moctezuma y la pérdida de numerosos jefes de guerra hicieron que Maxixcatzin y Xicoténcatl el Viejo se decidieran a hablar de paz, para dar entrada a los españoles a Tlaxcala. Grandes esfuerzos tuvieron que realizar estos para demostrar la sinceridad del ofrecimiento.

La paz se firmó en el cerro de Tzompantepec, el 7 de septiembre de 1519, concertada como una alianza entre dos naciones. Finalmente, entre el 18 y el 23 de septiembre, Cortés entró a tierras de Tlaxcala.

La ayuda militar de los tlaxcaltecas a Cortés no fue inmediata. Incluso, Maxixcatzin trató de disuadirlo de la idea de atacar Tenochtitlán. La primera gran aportación de los tlaxcaltecas fue informar a Cortés de los planes de Moctezuma de formar un gran ejército para emboscarlos cerca de Cholula. De ahí en adelante, hasta la caída de Tenochtitlán, el auxilio de los tlaxcaltecas se dio prácticamente en todas las actividades militares llevadas a cabo por el ejército español. Sin embargo, los guerreros de Tizatlán –sin duda, el grupo militar más diestro–, comandados por Xicoténcatl hijo, nunca fueron de la confianza de los españoles, ya que sabían de la resistencia de su líder en apoyarlos. Se dice que seis mil tlaxcaltecas acompañaron a Cortés en su primera entrada a Tenochtitlán. Más de veinte mil participaron en el ataque final a la capital del Imperio Azteca. Formalmente aliados, una última duda acechó a Xicoténcatl el Mozo después de la batalla de la Noche Triste. A cambio de terminar con los españoles, los aztecas le ofrecieron su alianza y compartir con él la mitad del Imperio. Tanto Maxixcatzin como Xicoténcatl el Viejo preferían la alianza con los españoles contra los aztecas. Por su parte, Xicoténcatl el Mozo prefería los términos de los aztecas. Al final, estos no se aceptaron, y los tlaxcaltecas acompañaron a los españoles en el último golpe a Tenochtitlán.

No hay que olvidar que el odio de los tlaxcaltecas hacia Tenochtitlán era terrible. El de los tlaxcaltecas era un pueblo pobre que vivía sitiado sin posibilidad de comercio con el Imperio que los rodeaba, que tenía que defenderse constantemente de los ataques de este último, que jamás encontró la forma de llegar a una paz duradera con los aztecas y que nunca claudicó en la defensa de su territorio y su independencia. También hay que tomar en cuenta que México no existía como país, era una serie de reinos con complicadas relaciones políticas entre ellos, donde el principal centro de poder era Tenochtitlán.

Sin duda, el apoyo militar de los tlaxcaltecas a los españoles era el resultado de condiciones políticas y militares. No es un tema de traición, ellos tomaron una decisión estratégica con los elementos e información de los que disponían en ese momento y para su propio beneficio. La ayuda fue solo ofrecida después de haber sido vencidos en diversas batallas. Por otra parte, la determinación de los españoles de tomar Tenochtitlán no dejaba otra salida a los tlaxcaltecas. El historiador Romero Reséndiz presenta una audaz hipótesis:

«¿Fueron ciertamente los españoles los que conquistaron México, o acaso fue su llegada lo que produjo el incendio de la insurrección?».

Terminada la Conquista, el patriotismo local tlaxcalteca continuó. Los privilegios obtenidos de la alianza fueron muy importantes y respetados por los españoles. Después de la conquista muchos tlaxcaltecas tomaron parte en la colonización y fundación de pueblos y ciudades. La colonización del centro y norte del país se llevó a cabo con el acompañamiento de familias tlaxcaltecas que echaron raíces que continúan vivas en las principales ciudades al día de hoy.

Así, después de la caída del Imperio Azteca, los tlaxcaltecas gozaron de ciertos privilegios de gobierno, realeza, propiedad, trabajo, tributos… los más importantes otorgados en la esquela del 13 de mayo de 1535, en donde, a solicitud de Diego Maxixcatzin, «en recompensa por los servicios de los tlaxcaltecas, la provincia jamás dejaría de ser parte de la Corona Española», liberándola así del sistema de la encomienda.

Originalmente, el gobierno español excluyó a colonizadores blancos de la provincia de Tlaxcala. La estructura poblacional y la situación geográfica de dicho territorio hicieron esto inejecutable. Las posibilidades de generar riqueza en la agricultura, la ganadería y el comercio eran enormes, de tal forma que, para los indios, el incumplimiento de esta política, fue desastroso al paso del tiempo.

La primera violación del decreto real de 1535 es atribuible al monarca Carlos V, quien en 1538 concedió una merced real de tierra a Diego de Ordaz, sobrino del conquistador, quien al mismo tiempo obtuvo el cargo de regidor perpetuo en Puebla, situación que lo dejaba en posición perfecta para seguirse haciendo de tierra o de autorizar la ocupación de esta, de tal forma que en años subsecuentes hubo una gran cantidad de otorgamiento de tierras a españoles dentro de la provincia.

El campo tlaxcalteca estaba dedicado a la agricultura. A su llegada, los españoles iniciaron la introducción de ganado bovino, ovino y caprino; esto creó un conflicto serio, derivado de los destrozos causados por los rebaños a los sembradíos de los indios. El asunto llegó a manos del rey, quien en 1550 ordenó al virrey Luis de Velasco que las estancias que estuviesen causando daño a los tlaxcaltecas fueran removidas. Así, en enero de 1551, el virrey emitió una orden para dar cumplimiento a las instrucciones del monarca. La disputa continuó; para 1554 solo quedaba una estancia de ganado mayor, propiedad de Pedro de Meneses. Poco duró el logro. A partir de 1560, la provincia de Tlaxcala comenzó a ser ocupada por sus nuevos dueños por los cuatro costados. Aun y cuando las ventas de tierras por parte de los indios estaban prohibidas, estos encontraban siempre la forma de desobedecer la orden, por ser una manera fácil de hacerse de dinero. Esto solo traía más pobreza, debido al bajo precio que se les pagaba y porque se introducía más ganado, con el consecuente daño que este causaba. Lo poco que pudo hacer la Corona para evitar los abusos fue ordenar que todas las ventas de tierras de los indios, cuyo valor fuera mayor a treinta pesos, se hicieran por subasta pública. Así, a partir de 1580, los españoles fueron legalmente reconocidos por el virrey como propietarios.

La formación de las congregaciones también alejó en mayor o menor medida a los indios de sus tierras, dejándolas disponibles para los españoles. Los nativos fueron llevados a centros urbanos organizados a la usanza castellana con el objeto de controlar mejor la mano de obra y la evangelización. Las primeras congregaciones se formaron después de la epidemia, en tiempos del virrey Luis de Velasco, entre los años de 1550 y 1564. Después, entre 1593 y 1605, sucedería el mismo fenómeno.

Sin el detalle de la precisión de los años y los aspectos legales que regían la tenencia y posesión de la tierra, la forma de hacerse de ella por parte de los españoles fue en gran parte mediante el uso de influencias en los distintos niveles de Gobierno. El procedimiento era mediante una solicitud en la cual se especificaba la tierra que se quería cultivar. Si lo solicitado era aceptable, el virrey emitía la merced real, que era registrada en un libro. Por otra parte, también había mercedes otorgadas no por explotación de tierras, sino en recompensa de servicios prestados, sobre todo de orden militar. Con el tiempo, estos mecanismos se fueron corrompiendo, y muchos lograron hacerse de grandes propiedades de tierra, en algunos casos mediante simulación de operaciones de concesión, cesión y compraventa.

La introducción del ganado provocó un cambio trascendental en la economía del nuevo reino. Con esta actividad ahora podían producir tierras no aptas para el cultivo. Esto provocó un crecimiento explosivo de los hatos animales y, poco a poco, la desaparición de la propiedad de los indios, lo cual los obligó a subordinarse o a buscar otra fuente de ingresos, como la explotación de los bosques, ser peón de campo, la artesanía y el comercio.

Es así que la lucha por la tenencia de la tierra sería un común denominador en todas las épocas de Tlaxcala hasta nuestros días. El resultado fue que, para finales del siglo XVI, en Tlaxcala había ya propietarios españoles.

2. LA HACIENDA

‘Hacienda’ es el término utilizado para denominar el patrimonio de una persona. Al paso del tiempo, sin perder este significado, el término se transformó en el de ’empresa o sociedad creada para la explotación de cualquier bien’. Así, existieron haciendas ganaderas, mineras, agrícolas y de otros tipos.

La imagen física de estas propiedades era el casco, a cuyo derredor se construían todas las instalaciones necesarias para el desarrollo de las actividades que le daban existencia. Asimismo, en sus contornos crecían pueblos o las propias calpanerías, viviendas construidas con materiales de la región, para quienes laboraban en ella.

La hacienda fue el sistema económico que permitió el desarrollo y la formación del país durante muchos años. Las grandes extensiones de tierra y la existencia de capital suficiente permitieron el desarrollo y crecimiento de la minería, la agricultura y la ganadería en todo el territorio. De distintas extensiones –mucho más grandes en el norte, donde, por otro lado, la mano de obra era escasa–, las haciendas fueron polos de desarrollo diseminados por todos los lugares de un país de gran extensión territorial, que posibilitaron su colonización y también la generación de su desarrollo económico. La gran mayoría contaba con tierras de cultivo, explotaciones forestales y terrenos dedicados al ganado, y eran los proveedores de las grandes ciudades donde se comercializaban sus productos. Las haciendas se consolidaron hasta que lograron tener un sistema propio de mano de obra, el llamado peonaje por deudas. Socialmente, esto tuvo muchas implicaciones. A través de la historia, las relaciones entre peones y hacendados fueron complejas y diversas, e íntimamente ligadas a la vida política y social de México.

No se tiene la fecha exacta de la fundación de la hacienda de San Mateo Huiscolotepec, conocida como Piedras Negras. Sabemos, por los documentos del Archivo General de la Nación [en adelante, AGN] en donde se detallan sus distintos dueños, que su primer propietario fue Jerónimo de Cervantes, bisnieto del conquistador Leonel de Cervantes, originario de Cuenca, y quien declaraba no solo ser miembro de la Orden de Santiago, sino su comendador. Vivía en Cuba cuando Hernán Cortés organizó su expedición a México. Llegó aquí con Pánfilo de Narváez, al frente de la nave capitana de la flota enviada para detenerlo. Después de la derrota de Narváez, Leonel se unió a Cortés, luchó en las batallas de la Noche Triste, y de Otumba y, a punto de caer Tenochtitlán, partió a España de donde regresó a los pocos años, trayendo a un hijo de nombre Alonso y a seis hijas que nacieron en Burguillos, Badajoz, a quienes casó luego ventajosamente con hijos de otros conquistadores, entre ellas, Luisa de Lara, quien contrajo nupcias con su primo segundo, Juan de Cervantes, y Beatriz de Andrada, fundadora del mayorazgo de la Llave, de quien se decía era la mujer más rica de México, y que hacia 1585 casó primero con Juan Jaramillo de Salvatierra, quien había estado casado con la Malinche, y después, nuevamente, con el hermano menor del virrey Luis de Velasco, don Francisco Velasco.

De esta forma, los descendientes de Leonel crearon, mediante lazos matrimoniales, relaciones económicas y políticas que les aseguraran un lugar preponderante en la recién nacida Nueva España. Estas familias de conquistadores no solo lograron adquirir riqueza y heredarla a las siguientes generaciones, sino que obtuvieron poder político y prestigio social.

Llegaron a Nueva España, por un lado, Leonel de Cervantes y, por otro, Juan Gómez de Cervantes, parientes entre sí. Este último, originario de Sevilla, casó con Luisa de Lara y Andrada, hija de Leonel el Conquistador. Al momento de su muerte, en 1564, Juan Gómez era alcalde ordinario de la Ciudad de México. De este matrimonio nació Gonzalo Gómez de Cervantes, también alcalde ordinario en 1584, quien casó con Catalina de Tapia Carvajal, padres de Jerónimo de Cervantes, fundador de San Mateo Huiscolotepec. Por lo tanto, Jerónimo era bisnieto del Conquistador, mas no por línea paterna directa, sino a través de la abuela de su padre. Un hermano de él, Juan de Cervantes, entre otras posesiones, tenía varias casas en Tlaxcala, por lo que es natural pensar que la familia estaba ya establecida ahí cuando Jerónimo adquirió San Mateo Huiscolotepec.

De un trabajo muy interesante, «Tres familias mexicanas del siglo XVI», de John F. Schwaller (Historia mexicana, COLMEX, 1981), junto con una ficha del Archivo General de Indias y otras publicaciones en internet, he obtenido parte de esta información, en donde se detalla toda la descendencia de los dos Cervantes que llegaron a México en ese siglo.

El año de 1580 es el que distintos investigadores fijan como el de la fundación de Piedras Negras.

Jerónimo de Cervantes pertenecía a la aristocracia formada por los conquistadores, primer poder de la recién nacida Nueva España. Como veremos más adelante, este tipo de propiedades se formaron y crecieron casi siempre por negociaciones económicas y sociales, pero también al amparo de las influencias del poder político. Para 1580, apenas se comenzaba a consolidar la clase dominante cuyas raíces provienen de los conquistadores y sus descendientes. Ese año, Jerónimo de Cervantes inició la edificación del casco de la hacienda, que contaba con 80 caballerías de tierra, el equivalente a 3 360 hectáreas. No se encontró ninguna fuente histórica de la cual se pueda obtener información respecto a la vida de la hacienda, sin embargo, es de suponer que se concentró, como la mayoría de las propiedades de aquel tiempo, en la crianza de animales y, posteriormente, en el cultivo de cereales, destinados tanto al propio abasto como al comercio. A la tradicional producción indígena del maíz y el frijol, se sumó la europea de trigo y cebada, esta última para el consumo de los animales, ante la paulatina disminución de las trashumancias. Seguramente se construyeron las casas para los dueños, administradores y trabajadores; establos y corrales, almacenes y trojes, talleres, tinacal, capilla y cementerio.

El segundo dueño de San Mateo Huiscolotepec fue Pedro Tenorio de la Banda, cuya familia poseía propiedades en Cholula y Puebla. A él le siguen don Luis García Becerra y su esposa, María Fernández de Soria, quien formaba parte de una familia que poseía grandes extensiones en el estado y que donó los terrenos para la formación de San Luis Apizaquito.

Durante el siglo XVI no existían mayorazgos en el territorio de Tlaxcala, y para el siguiente siglo está registrado uno que arroja datos muy interesantes para esta historia:

En el año 1633 dos familias del pago de Texcalac se decidieron a unificar algunos predios. Fue el caso de Luis García de Nájera y su cónyuge, Petronila de Soria, así como su hijastra, María Fernández de Soria, con su marido, Luis García Becerra. El fundador Luis García de Nájera aportó toda su propiedad, mientras que los otros aportaron solamente una parte de sus bienes al mayorazgo (el tercio y el remanente del quinto). El resto permaneció para su libre disposición. Los participantes se comprometían a aumentar sus contribuciones de terreno en igual porcentaje en caso de hacerse otras incorporaciones. Al no existir un heredero masculino, se nombró a Luis Nájera Becerra, nieto de la fundadora, como futuro usufructuario.

Piedras Negras no entró, por lo tanto, en el mayorazgo, ya que los García Becerra le heredaron la propiedad a su hija, Luisa de Soria y Becerra, quien sería esposa de Fernando Niño de Castro, quien gobernaría la ciudad de Tlaxcala alrededor del año de 1665.

En el año de 1672, Bartolomé Estrada, caballero de la Orden de Santiago, contador mayor del Tribunal y Real Audiencia de Cuentas de esta Nueva España, vecino de la Ciudad de México, albacea testamentario fideicomisario del capitán don Fernando Niño de Castro, quien era su suegro, viudo de doña Luisa Soria y Becerra, compareció ante el escribano real de Puebla, para la ejecución del testamento a favor de don Fernando Niño de Córdova,  hermano de Niño de Castro. Extraño legado, ya que la propiedad la había heredado su esposa de sus padres, al no formar parte del mayorazgo de los Nájera, y tenían dos hijos a quienes dejar la propiedad.

Es notorio cómo nombres y apellidos se repiten, pero no de la forma actual. En aquel tiempo se podía escoger el apellido de cualquiera de los abuelos –esto hizo la investigación un poco complicada–, pero queda claro que un siglo después, los nuevos dueños del poder político ya no eran los conquistadores, sino la clase gobernante, además del clero, que comenzaba a acumular riqueza.

En ese entonces, la «banca» era la Iglesia. A través de capellanías, diezmos, donativos, limosnas y del propio capital que generaban sus propiedades, la Iglesia tenía los recursos para ser el principal acreedor de la economía virreinal.

Los primeros frailes que llegaron a Nueva España fueron verdaderos apóstoles de la fe. En un país sin caminos, sin ciudades, sin límites, emprendieron el trabajo de catequizar vastas extensiones, y en muchos casos fueron defensores de los indios. Al paso del tiempo, la Iglesia fue amasando un gran capital; además de pagar las múltiples construcciones que edificaron, este caudal tenía el propósito de proporcionales una estabilidad económica independiente de sus diversas fuentes de ingreso. Por una parte, la estabilidad y seguridad se las daría la tierra, sin embargo, el colocar dinero en condiciones ventajosas les permitió una gran injerencia en la vida económica de la sociedad.

La herencia de Niño de Córdova no solo fue la hacienda, sino las deudas implícitas, constituidas por capellanías e hipotecas contraídas con distintas órdenes religiosas y sus conventos.

Niño de Córdova fue dueño de Piedras Negras durante veintisiete años, esto es, hasta 1698, cuando la vendió a Sebastián de Estomba, vecino de Puebla, quien solo la tuvo poco más de dos años, para traspasarla al convento y hospital de Nuestra Señora de Belén y San Francisco de Sales. La venta de Piedras Negras fue acordada en veinte mil piezas de oro. Sin embargo, no hubo efectivo de por medio. El convento absorbió las deudas de Estomba y le entregó como complemento un pagaré por $9 400 con un interés del 5% anual.

3. EL CRECIMIENTO EN EL SIGLO XVIII

Los descendientes de los conquistadores y la élite política habían sido hasta el fin del siglo XVII los dueños de la hacienda de Piedras Negras. Ahora tocaría el turno al clero. En el año de 1701, la hacienda pasó a manos de la Orden de Belén. Hasta ese momento no había cambiado su extensión territorial. Eran las mismas 80 caballerías de tierra con las que había iniciado Cervantes. Pienso que durante ese tiempo, la explotación económica de la hacienda fue la misma en manos de sus distintos propietarios y que estos no buscaron crecer ni generar negocios alternos a la agricultura y la ganadería. Los García Nájera, de hecho, como he mencionado, donaron parte de otra propiedad para fundar San Luis Apizaquito y ahí explotar una pensión para viajeros.

Al llegar la Orden de Belén, las cosas cambiaron e inició la época de crecimiento y consolidación de una Piedras Negras más grande y con otro sentido de negocio, porque ellos le dieron un giro hacia la explotación de servicios de hospedaje y de pensión, que permitió que la propiedad casi triplicara su tamaño en tan solo noventa años, como veremos más adelante. Y la razón es muy simple.

Desde las épocas prehispánicas existían diversas rutas temporales en el centro del país que eran transitadas por motivos de migración, comercio y guerra. La dominación del Imperio Azteca es la que les dio carácter de definitivas. Mercancías, tributos y esclavos capturados durante las guerras pasaban por estos caminos en tiempos del Imperio. Los caminos eran rectos y muy angostos, ya que no había bestias de carga; eran los tamemes quienes llevaban las mercancías sobre la espalda.

Al inicio del comercio con España, la dificultad de construir caminos adecuados para los carros de tiro usados en Europa generó la aparición de un personaje que por más de dos siglos recorrió el país: el arriero, que desplazó al tameme, por la mayor capacidad de carga de las mulas.

Los caminos se fueron trazando para unir ciudades y pueblos. El mantenimiento, que no siempre se hacía de forma correcta, por lo que la calidad de estas vías era muy pobre, era responsabilidad de los hacendados y de los pueblos por donde las rutas pasaban.

El principal uso de los caminos era por el comercio. Fueron los comerciantes quienes de diversas maneras presionaron a la Corona para la mejora y mantenimiento de las rutas. La principal era la México-Veracruz. Por ahí entraban y salían todas las mercancías que se comerciaban entre México y España. Su longitud aproximada era de 400 kilómetros, que se transitaban en cerca de veinte días, con un avance de entre 10 y 40 kilómetros diarios. En la misma época, viajando desde la Ciudad de México, los arrieros tardaban quince días en llegar a Querétaro; treinta y seis, para llegar a Oaxaca; cincuenta y cuatro, en trasladarse a Durango; sesenta y tres, a Monterrey, y cerca de tres meses para llegar a Chihuahua. Tomando en cuenta la cantidad de días de trayecto, en el camino había «ventas» que proveían de lo necesario para el descanso y la alimentación tanto al viajero como al arriero y sus animales. Los arrieros recibían atención gratuita, ya que el negocio para el ventero estaba en la manutención de los animales. En algunos casos venían viajeros que recibían servicios de hospedaje y alimentación en las instalaciones de La Venta. Estos debían cubrir los gastos derivados de los servicios recibidos.

Los arrieros fueron las figuras heroicas de los caminos. Ellos y sus mulas eran indispensables y ningún viajero calló su presencia; muy por el contrario, se habló con elogio de estos personajes. Una larga cita tomada del libro, México. Lo que fue y lo que es, escrito por Brantz Mayer (FCE, 1953), ilustra muy bien este concepto:

… ellos son los que hacen el transporte de la mayor parte de los metales preciosos y mercancías de valor, y constituyen una porción muy importante de la población. Pues bien, ninguna clase semejante en país alguno les hace ventaja en honradez, abnegación, puntualidad, paciencia y desempeño inteligente de sus deberes. Lo cual no es poco mérito, dado el territorio por donde viajan, el desorden que en él reina y las consiguientes oportunidades de prevaricar que en él se les ofrecen. Estos hombres de ojos salvajes y feroces, pelo enmarañado, pantalones acuchillados y chaqueta bien engrasada, que han tenido que habérselas con muchas tormentas y tempestades. En México son a menudo, por espacio de meses, los guardas y custodios de las fortunas de los hombres más opulentos, conduciéndolas en penosas jornadas por serranías y desfiladeros. Infinitos son los peligros y tropiezos con que se topa el arriero.

De la misma fuente es la siguiente tabla, que es mucho más extensa, si se detalla la carga. Presenta la magnitud de lo que era una caravana de este medio de transporte.

Mulas aparejadas…………………………………………………………………………………….6 946

Burros………………………………………………………………………………………………………..69

Mulas de silla………………………………………………………………………………………….1 255

Dueños y mayordomos de mulas………………………………………………………………….123

Arrieros sirvientes……………………………………………………………………………………1 842

Coches……………………………………………………………………………………………………….65

Literas…………………………………………………………………………………………………………6

Realmente, el desempeño de los arrieros era heroico. Piedras Negras era una de estas ventas en el camino México-Veracruz, cuya ruta era la siguiente:

DE LA CIUDAD DE MÉXICO                  DÍA                    KM RECORRIDOS

Venta de Carpio                          primero             27

Otumba                                segundo             35

Apan                                               tercero               41

Descanso                              cuarto                          0

Atlangatepeque                            quinto                          37

Piedras Negras                             sexto                            20

San Diego                                      séptimo              25

Zonquita                              octavo                          30

Descanso                              noveno               0

Tepeyahualco                               décimo               28

Perote                                             décimo primero         20

Las Vigas                                       décimo segundo         25

Jalapa                                            décimo tercero  28

Descanso                              décimo cuarto            0

Encero                                  décimo quinto            20

Plan del Río                                  décimo sexto              23

Rinconada                                     décimo séptimo         15

Paso de las Barcas                       décimo octavo            12

Antigua                                décimo noveno 10

Veracruz

Este fue el nicho de negocio que iniciaron y explotaron los betlemitas cuando adquirieron San Mateo Huiscolotepec. De acuerdo a los documentos del AGN, Tierras, Vol. 833 expediente 3, es en 1742 cuando el convento Betlemita de Puebla, solicita se le conceda licencia para construir una posada para pasajeros en la hacienda de Piedras Negras.  En diferentes fuentes de información aparece que, durante el año, entre treinta mil  y cien mil mulas recibían posada en Piedras Negras. No sé cuál dato sea el correcto, pero me queda muy claro que los betlemitas encontraron una forma muy eficiente de agregar valor a la producción de la hacienda, mediante el cobro de los servicios de hospedaje y alimentación de personas, pero sobre todo, del cambio, custodia y manutención de los animales.

Todo lo producido en Piedras Negras se consumía en La Venta. Granos, animales y pulque eran ofrecidos a quienes diariamente se hospedaban en ella. Esto permitió que los frailes tuvieran una operación muy rentable que les permitió adquirir más tierras que pasaron a formar parte de la hacienda. Hoy en día, aunque en ruinas, aún existe el inmueble de La Venta.

Para estas proporciones de clientela, La Venta de Piedras Negras parecería ser muy pequeña. Tan solo veintitrés habitaciones hubieran sido insuficientes para recibir contingentes tan grandes, sin embargo, como ya lo relaté, La Venta estaba reservada a los viajeros, no a los arrieros ni a los mozos.

Los betlemitas, u Orden de Hermanos de Belén, aparecen en los documentos de la época, de diversos modos: instituto, religión o compañía; en realidad la Orden aparece aprobada como tal en 1710, y consta que es la única fundada en América. Fue instituida en 1653, en Guatemala, por el Hno. Pedro de San José Betancourt, junto con un grupo de hombres unidos solo por votos piadosos. Crearon modestas escuelas para los niños indígenas y, al conocer más de cerca a sus familiares y vecinos, ampliaron su acción para crear refectorios y, finalmente, hospitales, pues se dieron cuenta de la marginación de las clases pobres. En el siglo siguiente elaboraron su Constitución, que fue aprobada por el papa Inocencio XI, y empezaron a extenderse a otros países hasta llegar a cubrir toda América del Sur, Cuba y Nueva España. Fue un grupo de hombres comprometidos, sin miedo para conocer la pobreza y las necesidades, y dotados de iniciativas para la acción de educar, construir, capacitar y servir de muchas maneras a los indígenas y mestizos pobres. Como parte de su modo de hacerse de recursos invirtieron en propiedades a lo largo de todo el continente y en Cuba. Eran poseedores de grandes extensiones de tierra. En México, su principal propiedad fue Piedras Negras, que adquirieron, como ya comenté, en 1701; este dato consta en un documento del AGN (Ramo de Tierras, vol. 1891, exp.1) relativo a la venta de Sebastián de Estomba al Convento de Nuestra Señora de Belén, parte del cual transcribo, por lo interesante y completo que es:

Yo, Don José Joaquín Guerrero, Escribano de su Majestad (que Dios guarde muchos años) Teniente de este oficio mayor Público y de Cabildo de Don Mariano Francisco Zambrano. Certifico y doy fe en testimonios de verdad, que por los Libros de los Censos que son a mi cargo, constan varias partidas que con las anotaciones de sus márgenes unas y otras a la letra son del tenor siguiente: En la muy noble y muy leal ciudad de los Ángeles, a quince de Diciembre de mil setecientos y ocho años: Ante mí, el Escribano y Testigos, pareció Sebastián Xavier, vecino de esta ciudad a quien doy fe conozco y registro una Escritura por la cual parece que el Capitán Don Sebastián de Estomba vecino de esta Ciudad, vendió realmente al Convento y Hospital de nuestro señora de Belem y San Francisco de Salas de esta Ciudad, y al Padre Fray Carlos de San Andrés, Presidente, y a dicho Convento en su nombre, una Hacienda de Labor de Temporal nombrada San Mateo Guiscolotepeque Piedras Negras, con un rancho a ella agregado, nombrado Santa María Tecuaucingo, que es en la Provincia de Tlaxcala, al pago de San Luis Apizaco, que lo uno y lo otro se compone de 80 caballerías de tierra poco más o menos, las que contienen los títulos de su propiedad, que linda por una parte que es la de Norte, con las Haciendas de Toluquilla que fue de Don Juan de Soria, que hoy posee el Bachiller Jacinto Sánchez de la Vega, y por el Sur con el Mal País de los Indios de Santiago Ocotitlan de la Doctrina de Apizaco, y con Rancho de Doña Hiliana de Yglesias, que fue de Don Pedro Marcos Castellanos, y por el Oriente con tierras de Juan López Maldonado, y con Hacienda de Don Luis Romano Altamirano, y por el Poniente con tierras de Don Gonzalo de Cervantes Casares, y con Hacienda de Don Juan Martín, que fue de Francisco Cortés de Soria, con los avisos necesarios, en precio de veinte mil pesos de oro común.

La escritura a la que aquí se hace referencia es del 29 de julio de 1701, fecha de adquisición de la hacienda por los betlemitas.

Comenzó, entonces, la primera época de oro de la hacienda. Los frailes iniciaron una nueva forma de trabajar, y gracias a ello, la hicieron crecer hasta llevarla al tamaño y esplendor que tuvo a principios del siglo XIX. Creemos que es a partir de este momento cuando en realidad comenzó a tener importancia la hacienda como referente regional y como centro económico. Los anteriores dueños, como se ha podido ver, la tenían más como un activo físico y una fuente de respeto social que como un generador de riqueza. Quienes conocen Piedras Negras fácilmente pueden intuir que el tamaño tan impresionante no pudo corresponder solo a una hacienda de labor y pastoreo. Las trojes, el tinacal, la quesería, los macheros, la iglesia, el tamaño del propio casco y las instalaciones que existen desde antes de los González deben de haber sido construidas en tiempos de los betlemitas. Solo el acopio de pastura para la posada haría que tuvieran sentido tan magníficas instalaciones.

Para poder dar abasto a su negocio hospitalario, los betlemitas fueron adquiriendo tierras mediante compras y subastas públicas. Así, al paso del tiempo, según consta en el documento elaborado en el año de 1804 por don José Calapis Matos, secretario mayor del excelentísimo Cabildo de Justicia y Regimiento de la Ciudad de Puebla –el cual pude localizar en el AGN y del cual ya transcribí una parte– esta fue la forma como se fueron agregando ranchos y pequeñas parcelas para la formación final de Piedras Negras:

La de Quamaxalucan se remató al referido Convento, por Bienes de Don Martín de Palacios, que la compró a Juan López Maldonado, su primer Causante. La de Aguatepeque, compuesta de 50 caballerías de tierra, con el rancho nombrado San Bartolomé Quamancingo, se remató al citado Convento, por Bienes de Don Juan Martín Osorno, quien compró lo de Aguatepeque o Tescalaqui, a Doña María, Doña Mariana, y Doña Teresa Cortez de Calva, hijas y herederas de Don Bartolomé de Calva, y Doña Catarina Cortés de Soria. Lo de Quamancingo compró el referido Osorno, a Andrés Baptista Sanz, que lo hubo de los hijos y herederos de Don Diego Romano y Doña Petronila de Nájera Becerra, hija y heredera de Don Luis García de Nájera, y de Doña María Fernández de Soria. La de la Asunción y San Nicolás, compuesta de 12 caballerías de tierra, se remató para dicho Convento en el Licenciado Don Nicolás Moreno, por Bienes de Don Juan Gómez de Yglesias, Albacea y heredero de Doña María Millán, Viuda de Don Antonio Gómez, que a dicho Don Juan se adjudicó después de haberse rematado en el Licenciado Don Francisco Pérez Muñiz y Osorio, por Bienes de la misma Doña María Millán; antes fue de Juan Escudero Calderón, Pedro Martín Castellanos, y Lorenzo García. Y lo de Atenco, compuesto de 10 caballerías de tierra, se remató al expresado Convento por Bienes del Bachiller Don Mariano Barrientos y Montoya, a quien lo vendió el Licenciado Don Luis Pliego y Peregrina, que lo compró al Bachiller Don Miguel Álvarez de Luna, y este a Don Gerónimo Calderón Becerra, que lo hubo de Don Miguel Martín Osorno; antes fue del Licenciado Don Esteban Vázquez Gastelu del Rey y Figueroa, a quienes lo vendió Don José Vázquez Gastelu, que lo compró a Doña Ana de Bargas, hija y heredera de Don Diego López Arroñes y Doña Ana de Bargas; antes fue del Licenciado Francisco Maldonado.

Las dos principales compras fueron Coaxamalucan, que constaba de 72 caballerías de tierra, y San Pedro Aguatepeque que, con su rancho San Bartolomé de Quaumancingo, sumaban 50 caballerías de tierra. Así, para 1756, último año en el que los betlemitas adquirieron tierra, Piedras Negras alcanzó una superficie de 224 caballerías de tierra, un poco más de 9 400 hectáreas. Esta sería la extensión de la hacienda hasta principios del siglo XX. Fue una de las propiedades más grandes de Tlaxcala. En Haciendas y ranchos de Tlaxcala en 1712 (INAH, 1969), Isabel González Sánchez detalla el censo de ranchos y haciendas derivado de los «donativos graciosos» exigidos por el rey para financiar la guerra de Sucesión Española, que duró de 1701 a 1714. El censo aparece incompleto, no por error de la investigadora, sino porque no estaban obligados ni el clero ni los indios a dicha contribución, y por otra parte, los dueños tenían que presentarse a declarar sus propiedades, cosa que no todos hicieron; sin embargo, sí nos da una muy buena idea de cómo era la propiedad en Tlaxcala. Piedras Negras, por ser de los betlemitas, no aparece en el censo, pero hay muy pocas haciendas con una superficie similar a la suya. El mayorazgo de José Romano Altamirano Nájera y Becerra, mencionado anteriormente, incluía las haciendas de Topisaque y Tlacotepeque, más dos ranchos, con un total de 8 678 hectáreas. Mazaquiahuac y Ntra. Señora del Rosario, propiedad de Francisco Yáñez Remigio de Vera, abarcaban 5 000 hectáreas entre las dos. Mimiahuapam constaba de 4 171 hectáreas, y estaba en manos de Ana Bustamante Salcedo viuda de Luis Muñoz de Cote. Todas estas propiedades formaban parte del partido de Tlaxco, al norte del estado, donde siempre ha habido menor densidad de población.

En Piedras Negras, los frailes desarrollaron su negocio y financiaron con sus productos un total de diez hospitales en todo el país, entre otros, en Guadalajara, Puebla, Oaxaca y la Ciudad de México. Sin embargo, no estaban exentos de las crisis económicas que se fueron presentando a lo largo del tiempo. Entre los años de 1784 y 1786 hubo una grave sequía en todo el país. Las crisis agrícolas no eran algo fuera de lo común en Nueva España, sin embargo, la de esos años fue tan fuerte que a 1785 se le llamó «el año del hambre». Hay estimaciones de que murieron cerca de trescientas mil personas en la zona centro-norte del país. Ese año comenzó a llover hasta junio, por lo que la siembra fue tardía, pero además cayeron heladas en agosto, por lo que se perdió toda la producción de maíz y de frijol, principal alimento de la población y también del ganado. Encima del desastre agrícola, la ganadería también sufrió un severo daño. Por su parte, los hacendados cerraron la venta de granos con el problema de que no había un sustituto alterno. El siguiente año fue muy similar, con consecuencias devastadoras. Tensiones sociales, vandalismo y saqueo por hambre no se hicieron esperar. El alza en precios, desempleo, quiebra de pequeños agricultores y artesanos generaron una crisis de gran magnitud que desequilibró las estructuras sociales, sobre todo las rurales. Piedras Negras no escapó a este entorno, por hábiles que fueran los betlemitas. Por esta razón, o por las propias necesidades de la Orden, finalmente la pusieron en venta. Así, en la Gaceta de México, el 23 de octubre de 1787, en la página 428, aparece el siguiente texto:

En vista de una representación hecha al M.R.P. Vicario general y Venerable Definitorio de la Sagrada Orden de Belén, por parte del Presidente y Procurador del Convento de dicha Orden de la Ciudad de Puebla, en que se daba una clara idea del actual infeliz estado de aquella Casa: se determinó poner en venta la afamada Hacienda de Piedras Negras para sostener el desempeño de los deberes de su Hospitalar Instituto. Lo que se da al público, con la advertencia de que si se presenta postor se le hará una prudente rebaja, verificado su avalúo.

Fue hasta 1793, seis años después de que se puso a la venta, que se recibió y aceptó una oferta de compra por la hacienda, con lo cual llegaba a su fin la administración tan fructífera de los frailes durante casi todo el siglo XVIII, noventa años de esplendor y crecimiento que le dieron su forma final a la propiedad. Poco duraría la Orden de Nuestra Señora de Belén; esta y sus hospitales vinieron a menos a partir de 1821, cuando las cortes españolas decretaron la desaparición de las órdenes hospitalarias y comenzó la independencia de las colonias. Algunas fuentes hablan también de que los frailes dieron apoyo a los movimientos independentistas en América, y esto influyó en su terminación.

4. LOS MIRANDA

La hacienda de Piedras Negras se había puesto a la venta, ya fuese por la crisis agrícola o por las necesidades propias de la Orden de Belén. Cabría hacer una reflexión sobre el paso de los seis años que tardó en llegar un postor. El trayecto México-Veracruz siempre se pudo cubrir por dos vías: por la de Jalapa-Orizaba-Puebla o por la ruta de las ventas, que ya hemos descrito, de la cual una parada era Piedras Negras. La pugna entre comerciantes respecto a cuál vía debería de mantenerse fue constante, y a pesar de que a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se cobraba peaje en ambos caminos –supuestamente destinado a su mejora y mantenimiento–, los recursos obtenidos no siempre llegaron a su destino. El estado de los caminos era deplorable. El manejo del peaje era tan irregular que en 1770 el fiscal de lo Civil solicitó al rey llevar a cabo una investigación al respecto, cuyo resultado fue que en 1783 se encargó un estudio para la realización de obras públicas de México a Veracruz. Dicho estudio abarcaba ambas rutas, y la conclusión optaba por que debían hacerse por el camino de Orizaba. La propuesta señalaba la construcción de un camino de 10 metros de ancho que permitiera el paso de carruajes y bestias en ambos sentidos, además del establecimiento de lugares expresamente hechos para el alojamiento de viajeros y atención de los animales, dado que los existentes eran parte de las haciendas y se calificaron como de muy baja calidad. Aparentemente, quien llevó a cabo el estudio era muy cercano al Tribunal Consulado de la Ciudad de México, poderoso organismo comercial que tenía gran peso político derivado de préstamos a la Corona. Aunque el virrey trató de mejorar la ruta de las ventas, en 1796 se inició la obra vía Orizaba, la cual se terminó en 1810. La ruta de las ventas trató de arreglarse a partir de 1803, pero era tan alto el costo y aumentaron tanto las deudas derivadas de su financiamiento que las labores se suspendieron en 1812.

La riqueza estaba concentrada en pocas manos, lo mismo que el poder y la información político-económica. Estas conversaciones eran del dominio público entre la élite, por lo que los probables postores, conociendo la problemática, difícilmente se atreverían a hacer una oferta por una propiedad del valor de Piedras Negras, cuando existía un riesgo real de que su principal fuente de ingresos, La Venta, casi desapareciera. Acaso esta pueda ser una razón del porqué pasaron seis años para que la Orden pudiera tener una propuesta de compra y de porqué fueron precisamente los señores Miranda quienes la hicieron.

Los frailes recibieron esta oferta el 20 septiembre de 1793:

… se presentó el día veinte de Septiembre del año último de noventa y tres, el Licenciado Don Miguel de Miranda, Presbítero de este Arzobispado, y Abogado de la Real Audiencia de este Reino, en Consorcio de su Sobrino, Don José de Ventura de Miranda, proponiendo comprar la Hacienda según se acuerda por la persona que destine para este efecto en mi compañía.

Ese mismo día, los betlemitas dieron respuesta a Miguel de Miranda haciéndole saber que el muy reverendo padre vice prefecto general había determinado, de acuerdo con los reverendos padres asistentes, que se pasara la correspondiente solicitud a la comunidad del convento de Puebla. Los intercambios de propuestas entre ambas partes se fueron dando de forma muy rápida. Al día siguiente, 21 de septiembre, lo primero que se pidió fue un avalúo:

Le ha presentado a esta Superioridad un Sujeto que pretende compra de la Hacienda de Piedras Negras bajo las estipulaciones siguientes: La referida Hacienda y todos sus muebles se deberán avaluar con dos Peritos que se deberán nombrar por las Partes, de cada uno el suyo, y un tercero que con acuerdo de ambas se haga poner, para que si hubiese discordia se componga o se decida por él, y el precio que estos pongan a la referida Hacienda y a sus muebles, este se pagará o se asegurará, como se quiera a satisfacción. Parecen muy equitativas y justas las mencionadas propuestas; en cuyo supuesto y el de no perder coyuntura tan oportuna cuando se solicita muchos tiempos ha esta venta [sic] para alivio de esa casa y de los Conventos de Veracruz y Tlatemanalco, a quien se está haciendo el mayor perjuicio.

El 23 de septiembre, los betlemitas definieron las condiciones y se tomó la decisión de venta en una votación que se resolvió de forma unánime:

En este Convento Betlemítico de San Francisco de Sales de Puebla, en veinte y tres de Septiembre de noventa y tres, juntos los Religiosos de esta Venerable comunidad que tiene voz y voto; el Reverendo Padre Vice-Prefecto in Capite Fray José de Jesús María, me entregó a mí, el presente Secretario una Carta Serrada [sic] de Nuestro Muy Reverendo Padre Vice-General y Venerable Definitorio de Provincia, la que leí en alta voz e inteligible, y es la misma que antecede. Acabada de leer dio el Reverendo Padre Vice a los Religiosos pensaren sobre el auto lo que conviniera, y las propuestas que debían hacerse al comprador, para que el día de mañana las produjeren en igual Junta, con lo que se concluyó este ato [sic] de que doy fe. En dicho Convento en veinte y cuatro del expresado mes y año: Juntos los Religiosos que tienen voz y voto para tratar sobre el negocio de ayer que comprehende la anterior Carta, hablando según costumbre por el más moderno, y siguiendo así hasta el Prelado dijeron: Que respecto a que a este Convento no le queda ya otro arbitrio para restablecerse, que la venta de su Hacienda de Piedras Negras, convenían en que se verificaran haciéndole al comprador las condiciones siguientes. Primera: Que se nombre un Abaluador [sic] por Parte de esta comunidad, y otro por la del comprador, pasando por el Avalúo que estos hicieron, y en caso de discordia entre los dos se nombre a un tercero con anuencia y satisfacción de ambas Partes. Segunda: Que de lo resulta del importe [sic] de la Finca que comprende precisamente las Partes y muebles, debe exhibir de contado lo menos cincuenta mil pesos que pondrá en reales o Libranza segura en la misma Finca al cinco por ciento que deberá de por tercios. Tercera: Que para este reconocimiento hipoteque la misma Finca, poniendo este principal en primer lugar con preferencias a cualquiera otro, y con el registro correspondiente en el Libro de Cabildo. Cuarta: Que los Costos de la venta sean por mitad entre el comprador y el Convento. Quinta y última: Que cuando piense redimir el principal que quedare, que no será antes de cinco años, debe avisar a el Prelado de este Convento seis meses antes para buscar dónde imponerlo. Con lo que se concluyó este segundo tratado quedando citados los Religiosos para la votación secreta mañana de que doy fe. En dicho Convento en veinte y cinco del mismo mes: Juntos los Reverendos Padres de voz y voto, con el Padre Vice-Prefecto in Capite, dijo este se pasase a la votación secreta del Negocio que se trató ayer y recogidos los votos con toda reserva de modo que no se viese unos de otros por mí el presente Secretario, se hallaron ocho frijoles blancos, que es el mismo número de Religiosos que han asistido a los tratados con lo que quedan concluidos condescendiendo en la venta de la Hacienda de Piedras Negras bajo las circunstancias que previenen el segundo tratado, ocurriendo a Nuestros Muy Reverendo Padre Vice-General y Venerable Definitorio de Provincia, para la aprobación de ellas según previenen nuestras Leyes: y para que conste, lo firmaron ante mí de que doy fe. Fray José de Jesús María Vice-Perfecto in Capite. Fray Andrés de las Ánimas. Fray José de Santa Anna. Fray Antonio de San Juan Nepomuceno. Fray Juan Fernando de San José. Fray José de San Francisco de Paula. Fray José de la Concepción. Por mí y ante mí. Fray Francisco de la Encarnación, Secretario Conventual. Concuerda con el original a que me remito, y es sacado en este dicho Convento a veinte y cinco de Septiembre de mil setecientos noventa y tres años; siendo testigos el Padre Fray Juan de San José, y Fray José de San Francisco de Paula. En testimonio de verdad. Fray Francisco de la Encarnación, Secretario Conventual.

De esta lectura cabe resaltar que se fijó un pago inicial por $50 000 y un plazo máximo de cinco años para liquidar el remanente. Pero las negociaciones no terminan aquí. Los Miranda ofrecieron $40 000 como pago inicial y solicitaron que se llevaran a cabo los avalúos acordados. Los miembros de la Orden aceptaron la propuesta, en el entendido de que se debería entregar dicha cantidad de inmediato y los $10 000 restantes, dentro de los tres primeros meses posteriores a la firma de la escritura. Para este efecto se nombraron los valuadores. Por el convento se designó a don Manuel Dávila, vecino de Huamantla; y por parte de los Miranda, a José Muñoz, dueño de la hacienda de Zoquiapan, en Texcoco; como tercero, en caso de discordia, a Juan Bartolomé Escobedo, dueño de la hacienda de San Marcos, en Tepeaca.

El avalúo comprendió tierras y aguajes, casas y oficinas, las casas de La Venta, Socaque, Ahuatepec y Atenco; la capilla, utensilios, menaje de casa, dispensa y obrador, aperos de la troje, de campo y de La Venta, carpintería, magueyes, ganado mayor, ganado menor, semillas, yuntas de barbecho, así como débitos de indios y sirvientes. El valor inicial al que se llegó fue de $122 069. A petición del secretario de convento de Puebla se hizo un segundo avalúo, que incrementó el valor de la hacienda en $4 095, conviniendo ambas partes en que el monto final de la transacción sería de $126 161. Así, el 4 de marzo de 1794, acudieron a la Ciudad de México ante el escribano real a formalizar la operación. Ahí todavía se hizo un pequeño ajuste, quedando el valor final en $124 582. Miguel de Miranda entregó de contado $47 100, y quedó un saldo por la cantidad de $77 482, que causaría un interés anual del 5% sobre el saldo insoluto. Se acordó una serie de detalles respecto a los pagos y, finalmente, después de seis meses de negociaciones y avalúos, Piedras Negras cambió de dueños.

Don Miguel Miranda era presbítero de Puebla y su sobrino acababa de heredar los bienes de su padre, Antonio, entre los que se incluía la hacienda de Zotoluca y su rancho anexo, Coesillos. Si ambos hombres pertenecían a la clase dominante del país y por lo tanto eran personas informadas, ¿por qué razón presentarían una oferta por una propiedad por la cual no se había presentado ninguna otra? Vamos a tratar de analizar la situación.

La hacienda de Zotoluca lindaba al oriente con tierras de Piedras Negras. Cuando la Orden de Belén la compró a Sebastián Estomba, era propiedad del mayorazgo de Leonel Gómez de Cervantes. Para José Ventura de Miranda, comprar Piedras Negras representaba ser el terrateniente más grande del norte de la provincia e incrementar al máximo su prestigio social. Tenía intención de formar un mayorazgo para sí mismo y su descendencia, solicitud que presentó a la Corona y de la cual obtendría autorización real en 1806. A la muerte de Antonio de Miranda, su hijo, José Ventura, albacea de la herencia, mandó hacer un avalúo de las propiedades que formaban la masa hereditaria, que eran la hacienda de Zotoluca, el rancho Coesillos, la hacienda de San Bernabé del Malpaís y el rancho Amantla.

Aprecio de los Bienes que quedaron por fin y muerte de Don Antonio Miranda, que manifestó su hijo Don José Ventura de Miranda Heredero y Albacea a presencia y con intervención de todos los interesados que lo son la Señora Doña María Josefa, Rodríguez Viuda de dicho Don Antonio Miranda, Don José Manuel de Arechaga, como Marido; y conjunta persona de Doña María Petra, Joaquina de Miranda que le nombró para la facción de inventario, en atención a ser menor de veinte y cinco años y mayor de doce, para que con su acuerdo y el de los demás, que van referidos, se haga la transacción y aprecio de todos los bienes, a cuyo efecto se nombraron por todos, de común acuerdo, a Don Miguel Yáñez de Nexa, dueño de la Hacienda de La Laguna en esta Jurisdicción de Apan, y a Don Miguel Muñoz, dueño así mismo de la Hacienda de Zoquiapan, quienes desde luego aceptaron el cargo de Abaluadores [sic] y ofrecieron ejercerlo en Dios, y por Dios, a todo su leal saber, y entender, y sin dolo, fraude, ni encubierta y así estando todos presentes en esta Hacienda de Zotoluca, en primero día del mes de Abril de mil setecientos noventa y un años se procedió al avalúo, y tasación de los bienes que fue manifestando Don José Ventura de Miranda en la forma siguiente…

Esto sucedió en abril de 1791. El valor total de las propiedades, animales, aperos, instalaciones, menaje de casa, platería y ropa ascendió a la suma de $133 325, monto mayor que el de Piedras Negras. Esto nos da idea del tamaño de esa propiedad y de la riqueza que unieron los Miranda al comprar la hacienda a los betlemitas.

La propuesta de compra de Piedras Negras se hizo en 1793 y derivado de esto, la madre y hermanas de José de Ventura entablaron una larga demanda legal contra él y don Miguel por haber dispuesto de la herencia de Antonio de Miranda de manera discrecional, y ante sus ojos injusta. Entre los reclamos estaba el haber destinado fondos para la compra de Piedras Negras.

Por otra parte, José de Ventura era un joven en plena ascensión en la escalera de los negocios y la política. Al comprar la hacienda contaba con menos de 30 años y era soltero. Participó activamente en el movimiento de Independencia, incluso llegó a ir a la cárcel el 13 de marzo de 1815, «embargándose su bienes por las relaciones que tenía con los insurgentes de aquel rumbo». A sus casi 50 años de edad, en 1823 contrajo nupcias con Ana María Espinosa de los Monteros Pascua, hija de Juan José Espinosa de los Monteros, quien redactó y firmó como secretario el Acta de Independencia de México.

Como vemos, el patrón de poder económico, relaciones políticas y prestigio social se repite continuamente en la vida de Piedras Negras.

Situémonos por un momento en la primera década del siglo XIX. España estaba bajo la invasión napoleónica. En 1804, el rey Carlos IV emitió una cédula real en la que obligaba a todos los deudores de las distintas órdenes religiosas a liquidar sus deudas a la Corona española de manera casi inmediata. Esto no se llevó a cabo del todo, sin embargo, el daño a la economía rural, tanto a hacendados como a campesinos, fue mayúsculo, aunado a las muy fuertes sequías registradas entre 1808 y 1810. En ese momento inició la guerra de Independencia. La hacienda, aunque en menor proporción, seguía beneficiándose del comercio entre México y Veracruz, sin embargo, ante la falta de capital, la baja en la producción agrícola y la revuelta militar entró en serios problemas financieros. Además, como hemos comentado, en 1806 José Ventura fundó para sí un mayorazgo que implicó un pago por $60 000, para lo cual registró una segunda hipoteca sobre sus propiedades, Piedras Negras y Zotoluca. En 1807 aún debía $59 000 a los betlemitas. La carga financiera era ya muy grande, por más productiva que fuera la hacienda.

Como mencionamos, José Ventura contrajo nupcias en 1823. Desde un año antes ya se encontraba en atraso en sus pagos con la Orden. En su matrimonio procreó tres hijos: Pedro, María Guadalupe y José Francisco, que nacieron entre los años de 1824 y 1828. José Ventura falleció alrededor de 1830. En 1835, su esposa dio a luz a Romana Masson, primera hija de ella con su segundo esposo, el francés Ernesto Masson Sigaud. Fue en 1835 cuando ella arrendó la finca a Mariano González de Silva. Creemos que lo que debió de haber sucedido es que al morir José Ventura, la esposa como heredera de Piedras Negras prefirió arrendar la propiedad, antes que trabajarla. Sin embargo, dejó de cubrir sus obligaciones con el clero de Puebla, y en 1840 admitió su quiebra y la imposibilidad del pago, revirtiéndose la propiedad ya no a los betlemitas, cuya Orden había desaparecido, sino al Colegio Clerical de Puebla.

De Jerónimo de Cervantes, en 1580, a Miguel y José Ventura de Miranda, en 1835, hemos hecho un largo recorrido repasando de forma simple las circunstancias en torno al crecimiento de Piedras Negras. En el trayecto hay personajes relacionados entre sí por cuestiones filiales, de poder político y económico, así como de importancia social. Es evidente la relevancia que tuvo la hacienda en este periodo en el territorio tlaxcalteca, y la seguiría teniendo en el siglo y medio siguiente que nos falta por recorrer.

CONTINUARA

5. PIEDRAS NEGRAS Y LOS GONZÁLEZ

En Tlaxcala, el primer integrante de la familia González de Silva de quien se tiene conocimiento es Ramón, quien en 1695 contrajo nupcias con María Martínez de Avilés.

En el año de 1710, la Guerra de Sucesión Española estaba en su apogeo, desatada tras la muerte del rey Carlos II, que no había dejado herederos. Esta batalla, como todas, requirió de constante financiamiento. El rey Felipe V, heredero por testamento de la Corona, se vio obligado a pedir a sus súbditos un «donativo gracioso» para la causa. Uno de los grupos con mayor riqueza era el de los terratenientes, y fue a ellos a quienes dirigió una cédula real para solicitarles cien pesos por hacienda y cincuenta pesos por rancho, excluyendo a aquellos dueños que fueran indios o eclesiásticos. Para esto, el alcalde mayor de Tlaxcala designó pregoneros para llevar el aviso a las distintas jurisdicciones del territorio:

Estando en la plaza pública del pueblo de Nativitas, jurisdicción de la ciudad de Tlaxcala, a nueve días del mes de octubre de mil setecientos diez años, ante mí, Ramón González de Silva, teniente gobernador de este partido, habiéndose tocado una trompeta, y con su voz juntándose mucha gente, por ser día de feria, entre once y doce del día, hice pregonar la Real Cédula de su Majestad, que Dios guarde muchos años…

Así, encontramos a Ramón González en el seno del gobierno de la ciudad de Tlaxcala, además de que también era arrendatario de la hacienda de Santo Tomás, propiedad del capitán José Idalgo:

En dicha ciudad de Tlaxcala dicho día diez y seis de septiembre de dicho año de mil setecientos y doce años, ante su señoría, dicho gobernador pareció Ramón González, vecino del partido de Santa María Nativitas de esta provincia y dijo que se halla depositario de una hacienda de labor, nombrada Santo Tomás, en dicho partido, cuya propiedad pertenece al Capitán José Idalgo, que le parece se compone de 12 caballerías de tierra poco más o menos, labor de Ciénega, con cien bueyes de arado, treinta y dos caballos de trilla, y siete vacas…

Poco más de quinientas hectáreas y muchos animales, por todo lo cual tuvo que dar una graciosa cooperación de cien pesos.

Ramón González de Silva es el chozno de Mariano González de Silva Fernández de la Horta, primer González propietario de Piedras Negras. Mariano, nació en el año de 1802. Se casó con María Cresencia Muñoz de Cote y Quiroz, con quien en un principio vivió en Santa Clara de Ozumba, hacienda que arrendaba su padre y donde al morir asesinado este, estaban su madre y sus hermanos menores. Allí tuvo a sus primeros cuatro hijos antes de trasladar su residencia a Piedras Negras con todos ellos. La familia creció y logró mantenerse unida hasta su muerte. Cuando arrendó la hacienda a la viuda de Miranda y posteriormente al Colegio Clerical de Puebla, la productividad comenzó a decrecer. La Venta ya no generaba los ingresos de antaño, ya que en el camino de México a Veracruz, la ruta Jalapa-Orizaba era la que estaba en mejores condiciones. Por otra parte, en el año de 1834 inició el transporte en diligencias, que transitaban justo por dicha vía. Por lo tanto, Piedras Negras quedó fuera de la ruta del comercio, y, de ahí en adelante, sus ingresos serían exclusivamente agropecuarios. En otras partes del país, el servicio de diligencias comenzó a partir de 1806. La que corría entre México y Puebla fue ampliada en 1830 para llegar hasta Veracruz, por el camino Jalapa-Orizaba.

Viajar en diligencia no era del todo cómodo: cabían dieciocho personas, de las cuales, nueve iban sentadas en el techo. Debido a los asaltos en el camino, había trechos (por ejemplo, de hasta 144 kilómetros) que debían recorrerse sin paradas y sin abastecimiento de agua. Todo un día de recorrido, si el terreno lo permitía. La diligencia mexicana era un «maravilloso vehículo arrastrado por ocho mulas, dos delante, cuatro en medio y dos atadas inmediatamente al coche. La habilidad del cochero era asombrosa, pues mantenía una constante conversación con sus mulas alentándolas por sus nombres».

Los servicios que ofrecían las ventas tenían como base un reglamento que simple y llanamente se conocía como «aviso a los pasajeros», de acuerdo a las siguientes normas:

– El importe del «asiento» se satisfacía en el acto de comprar el boleto, que tenía carácter personal, y era intransferible.

– El viajero que no se presentara a la hora señalada perdía el importe del boleto pagado, pues este solamente amparaba el número de viaje a la hora y día predeterminados, así que el pasajero perdía el derecho a cualquier reclamación por el importe desembolsado.

– Se exceptuaba del pago de boleto a los niños de pecho que viajaran en brazos de sus madres o sus nodrizas.

– Por cada asiento, el pasajero tenía derecho a llevar una arroba de equipaje; el exceso era cobrado a un determinado «arancel».

– El servicio de posada de La Venta era únicamente para los pasajeros de las diligencias que tomaban y llegaban en carruajes de la empresa. La admisión de otras personas constituía un acto excepcional que quedaba a criterio del administrador.

– Los servicios de alimentación también eran exclusivamente para los huéspedes o pasajeros, pero estos tenían el privilegio de invitar a una o más personas a almorzar o comer, siempre que avisaran con seis horas de anticipación al administrador.

Hay estimaciones de que a principios del México independiente existían cincuenta y cinco rutas carreteras y ciento cinco de herradura, que cubrían un total de 27 000 kilómetros a lo largo y ancho del país. De esta red, solo el veinticinco por ciento admitía el tránsito rodado. El cambio real en el desarrollo del transporte en el país sería cuarenta años después, con la llegada del ferrocarril. La gran ventaja que aportaron las diligencias fue el ahorro en el tiempo de transporte. A lo sumo, ya solo se hacían seis días de Veracruz a México. El sistema de arrieros continuaba funcionando y se construyeron muchas ventas en este ahora casi único camino.

En 1834 aparece en escena Manuel Escandón, empresario mexicano de peso muy importante en el desarrollo del transporte en el país, sobre todo en lo que toca al camino México-Veracruz. Propietario de muy diversos negocios, desde la minería hasta la industria textil, próspero hacendado en distintos estados y hábil sobreviviente a los constantes cambios en la política y el gobierno de México, logró amasar una gran fortuna. Ese año compró una compañía americana, propiedad de los señores Smart, Coyne y Renewalt, que era la única línea de diligencias que existía en México. Y mediante una sagaz negociación con el presidente Santa Anna, consiguió la exclusividad en este medio a cambio de arreglar los caminos, para lo cual adicionalmente obtuvo el derecho al cobro de peaje de quienes por ahí circularan. Por otra parte, también consiguió el transporte para la correspondencia. Algunos competidores aparecieron en los primeros años, pero seguramente no contaban con la fuerza política y económica de los Escandón, quienes controlaron por muchos años el negocio del transporte. El paso por Orizaba y Puebla era obligado para su beneficio, ya que ahí se encontraban las fábricas textiles de las cuales eran dueños.

Como apuntábamos líneas atrás, Piedras Negras quedó fuera de la gran carretera. Podría asegurarse que algunos arrieros seguían pasando, pero en menor medida. Cuando Mariano González presentó el inventario y avalúo de la hacienda al Colegio Clerical de Puebla ya no se incluía La Venta como un activo con valor individual.

Mariano González Fernández llegó a Piedras Negras a finales de 1835, casado con María Cresencia Muñoz de Cote y Quiroz, y con sus cuatro hijos: María de la Luz, Manuel, Josefa y Bernardo, todos de apellido González Muñoz. El padre de don Mariano, Manuel Mariano González de Silva, había sido arrendatario de la hacienda de Santa Clara de Ozumba, cercana a Tlaxco, en el rumbo de Atlangatepec, al menos desde el año 1798. Esta hacienda se la arrendaba al Colegio Clerical de Puebla, con el que tenía cercanas relaciones. Como mera acotación, al construirse la presa de Atlanga muchos años después, la hacienda quedaría bajo el agua. Hoy solo se pueden ver algunos muros y columnas en la orilla. De acuerdo al relato de Carlos Hernández González, Mariano González «recibió la noticia de que su padre, Manuel Mariano, y su hermano Miguel, habían sufrido un atentado mortal en la hacienda donde vivían, Santa Clara de Ozumba. De inmediato acudió a la propiedad familiar para enterrar a su padre y a su hermano». Esto sucedió cuando él estudiaba en Puebla, en el año de 1824, y fue después de once años que dejó esta propiedad para arrendarle Piedras Negras a la viuda de Miranda. En 1840, derivado de sus buenas relaciones con el clero poblano, este le mantuvo el contrato de renta.

Santa Clara era una hacienda pequeña, comparada con la gran propiedad de la que estaba tomando posesión. En el año de 1712, de acuerdo con el censo que hemos mencionado, esta hacienda era propiedad de Antonio Roxano Mudarra, y constaba de 40 caballerías de tierra mala y laboría, aproximadamente 1 720 hectáreas. Piedras Negras, como ya vimos, era una propiedad mucho más grande, sin embargo, la experiencia de su familia que siempre se había dedicado al campo le daba el sustento necesario y suficiente para tener éxito en tan complicada tarea. No hay datos del precio convenido para arrendar la propiedad en 1835, sin embargo, para 1854 pagaba $4 500 anuales.

México seguía inmerso en el desordenado vaivén político existente desde la Independencia. La economía del país se encontraba estancada por diversas razones, principalmente la falta de estabilidad política y la ausencia de capital. De Guadalupe Victoria, en 1824, a Ignacio Comonfort, en 1855, hubo veintiséis presidentes de la República; la guerra no se detuvo nunca; México había perdido la mitad del territorio y todavía faltaba promulgar una nueva Constitución que diera forma al recién nacido país.

En un esfuerzo por despertar el crecimiento económico, el gobierno del presidente Comonfort buscó eliminar uno de los principales obstáculos para el desarrollo de una economía estable y creciente: la existencia de fincas improductivas que jamás salían a la venta debido a que estaban en manos de la Iglesia y sus distintas corporaciones. Así, el 25 de junio de 1856 se promulgó la Ley Lerdo, llamada así en referencia al apellido del entonces secretario de Hacienda, Sebastián Lerdo de Tejada:

Ministerio de Hacienda. El excelentísimo señor Presidente sustituto de la república se ha servido dirigirme el decreto que sigue:

Ignacio Comonfort, presidente sustituto de la república mexicana, a los habitantes de ella, sabed: Que considerando que uno de los mayores obstáculos para la prosperidad y progreso de la Nación es la falta de movimiento o libre circulación de una gran parte de la propiedad raíz, base fundamental de la riqueza pública, y en uso de las facultades que me concede el plan proclamado en Ayutla y reformado en Acapulco, he tenido a bien decretar lo siguiente:

Artículo 1.- Todas las fincas rústicas y urbanas que hoy tienen o administran como propietarios las corporaciones civiles o eclesiásticas de la República se adjudicarán en propiedad a los que las tienen arrendadas, por el valor correspondiente a la renta que en la actualidad pagan, calculada como rédito al seis por ciento anual.

[…]

Artículo 5.- Tanto las urbanas como las rústicas que no estén arrendadas a la fecha de publicación de esta ley se adjudicarán al mejor postor, en almoneda que se celebrará ante la primera autoridad política del partido.

La ley constaba de treinta y cinco artículos, donde se detallaban formas de pago, documentación de intereses, impuestos, derechos de propiedad con los que quedaba la Iglesia, entre otras cosas. El clero protestó, pero la ley se aprobó en el Congreso, en medio de grandes discusiones, entre las cuales hubo opiniones que incluso proponían la expropiación total de las propiedades, sin derecho a cobro por parte de las corporaciones propietarias. La ley generaría un impacto enorme en la economía y la fisonomía territorial a lo largo y ancho del país. Al paso del tiempo, junto con la ley de terrenos baldíos, publicada por el presidente Díaz, sería la base para la conformación de las grandes propiedades en México.

Al amparo de la Ley Lerdo, el 26 de julio de 1856, a unos días de haberse publicado, Mariano González Fernández presentó formal solicitud para adquirir la hacienda de Piedras Negras:

… al Prefecto de Tlaxco en cuyo partido se halla situada la Hacienda de Piedras Negras, para que en cumplimiento del decreto expedido el 14 del corriente por el Excmo. Sr. Gobernador de Puebla; ratificando que sea este curso por el Co. Mariano González y averiguada la cantidad que paga por arrendamiento de la finca, celebre el contrato respectivo sobre la adjudicación de que se trata y prestado que sea su consentimiento lo participe así al escribano de Huamantla a fin de que proceda este funcionario al otorgamiento de la escritura conforme a la Ley, o lo avise al Prefecto del cito Huamantla para que asista en su representación a extender dicho documento.

A los tres días, el señor José Merchán, quien era el prefecto de Tlaxco, respondió afirmativamente, señalando que ante la imposibilidad de hacerlo en persona había enviado escrito a don Juan Arriaga, escribano de Huamantla, para que se diera trámite al referido otorgamiento. El 31 de julio se llevó a cabo la comparecencia del prefecto interino de Tlaxco, Manuel Montiel, en nombre y representación de Merchán, y ahí se asentó el deslinde de los predios:

… el Sr. Don Mariano González, como arrendatario de la hacienda intitulada S. Mateo Huiscolotepec, alias Piedras Negras, y sus Ranchos anexos nombrados, Ahuatepec, Atenco y Gómez, cuyos fundos unidos y ubicados en el Partido de Tlaxco linda por el Oriente, con La Laguna y hacienda de Tenejaque y Teometitla; por el Sur, con la Hacienda San José de Piedras Negras y pueblo Santiago Tetla, San Bartolo y San Francisco Atezcatzinco; por el Norte, con toda la ranchería de Toluquilla y con la Hacienda de Tecomalucan; y por el Poniente, con las haciendas de Zotoluca, Zocaque y Ecatepec; advirtiéndose que entre los terrenos de Atenco y Piedras Negras hay un espacio perteneciente a los de San Bartolo.

En la misma audiencia, se dio fe de que la propiedad no tenía gravámenes ni adeudos fiscales, y se presentaron los recibos de renta pagados por Mariano González. Dado que su renta anual era de $4 500, el valor de la operación, capitalizando esta renta al 6%, se fijó en $75 000, de los cuales $58 334 eran por el valor de las tierras y por las instalaciones, y el resto por sus contenidos. Mariano se declaró en posesión de ambos y aceptó la adjudicación por el referido precio, comprometiéndose a no reclamarlo nunca y a pagar un interés del 6% anual sobre el saldo insoluto de su valor, pudiendo hacer pagos en cualquier momento, siempre y cuando estos no fueran menores a $1 000. La propia hacienda quedó como garantía y se hizo anotación de la imposibilidad de su venta o hipoteca por parte de don Mariano hasta no cubrir el total.

Cuando los Miranda adquirieron la propiedad, la tierra fue valuada en $57 600, prácticamente el mismo valor; sin embargo, el resto de los bienes muebles e inmuebles se valuaron en otros $70 000, comparados con los $16 666 que pagó Mariano González por el resto de lo adquirido. Esto me hace pensar que la renta fijada originalmente en 1835 era muy baja, derivado de que las instalaciones ya no estaban en buen estado y de que la producción de la hacienda había disminuido de manera significativa, seguramente por la desaparición del negocio de la posada y porque José Ventura de Miranda no era únicamente dueño de Piedras Negras, sino de muchas propiedades más, por lo que no dedicaba todo su tiempo ni su capital exclusivamente a esta hacienda. Sabemos que al menos poseía Zotoluca, de gran valor a la muerte de su padre, así como propiedades en Apan. Además, tuvo una participación activa en la política y el movimiento independentista. Empero, al fallecer no estaba cubriendo los pagos pendientes por la adquisición de la hacienda, lo cual indica que la solidez financiera que tenía al momento de la compra ya no era la misma y que su mujer simplemente decidió perder la propiedad en favor del Colegio Clerical de Puebla.

A esta Piedras Negras un poco disminuida llegó Mariano González. Es importante mencionar también que, además de sus cuatro hijos, desde un principio llegaron con él sus hermanas Ma. Dolores y Ma. de la Luz, así como su hermano José, todos menores que él. Otra de sus hermanas, Ma. Antonia, ya había contraído nupcias con José Guadalupe Muñoz de Cote, hermano de su esposa. Sin entrar en los detalles de fechas y pagos, fue hasta el 22 de noviembre de 1862 cuando el escribano público de Huamantla otorgó formalmente la cancelación oficial de su obligación ante el Gobierno de la República después de haber enterado los pagos correspondientes al Colegio Clerical de Puebla, la Casa de Mujeres Recogidas y la parroquia de San Ángel. La escritura definitiva se entregó hasta el 7 de noviembre de 1889, ocho años después de la muerte de Mariano, quien había fallecido el 20 de noviembre de 1881.

En La Voz de México del 21 de noviembre de 1881 se publicó la siguiente esquela:

Hacienda de Piedras Negras, noviembre 21 de 1881

A las doce del día de ayer, murió en Puebla el Sr. D. Mariano González, dueño de esta hacienda; hoy será trasladado a la parroquia del pueblo de Santiago Tetla, donde serán las exequias, y de esa iglesia se lleva a dar sepultura al templo de esta hacienda.

Murió con toda la resignación en medio de todos los auxilios de la religión que profesó desde niño, pues siempre fue un verdadero católico, apostólico romano, en cuyas sanas doctrinas dejó bien educada a su numerosa familia, habiendo gastado su vida en hacer cuantos beneficios pudo con la humanidad, por lo que fue muy querido y respetado de todas las clases de la sociedad y de cuantas personas lo conocieron.

Hoy descansa en paz.

Mariano González estuvo al frente de Piedras Negras cuarenta y seis años. Bajo su mando, en lo económico, la hacienda alcanzó un nombre muy importante en la región, y en el aspecto familiar: «esta casa era un hogar donde se conservaba la elegancia de la timidez provinciana en el trato, la sencillez de sus atuendos y la modestia cotidiana». En esos años, la producción y los terrenos de los González crecieron ininterrumpidamente en cuanto a la producción agropecuaria y también en la extensión, dado que adquirieron varias propiedades más.

En términos generales, las tierras en las haciendas se dividían en tres tipos: las de explotación directa, que eran las mejores, pues estaban bien ubicadas y en ocasiones podían ser irrigadas; las de explotación indirecta, que eran tierras más pobres o sin infraestructura; y por último, aquellas que se conservaban como reserva. Por otra parte, la producción era para autoconsumo y para surtir al mercado, de tal forma que, dependiendo de los precios de sus productos, activaban el uso intensivo de una y otra calidad de tierra. Para finales del siglo XVIII, derivado del cambio del perfil de los dueños, cada vez más, era el propio hacendado quien explotaba la finca; este es el caso de Mariano González Fernández, porque estaba al frente de la explotación y habitaba la propiedad.

En el caso de Piedras Negras podemos inferir del avalúo de compra de los Miranda que el 40% de la tierra era de «pastal, montura y pedregosa», y el 60% de «todas calidades, suprema, media e ínfima», por lo que el crecimiento, en términos de agricultura, se reducía en posibilidad a menos del 50% de la finca, así que, del total de empleados de la finca, la mayoría estaba dedicada a labores pecuarias, que incluían ovejas, cerdos, ganado caballar y vacuno, sin dejar de existir, sobre todo, las tradicionales cosechas de maíz y cebada.

La ubicación de la hacienda le permitía hacer ajustes de manera muy ágil entre autoconsumo y venta, por lo que la rentabilidad no dependía exclusivamente de un producto ni de los movimientos de los precios del mercado.

El pulque, ya se producía, pero aún no tenía el peso económico que llegó a tener para la hacienda en los siguientes años, ni el que tuvo en el tiempo anterior a Miranda. Al comprar la hacienda, los Miranda habían recibido de los betlemitas poco más de cincuenta mil plantas, pero al recibirla Mariano González ya solo había cinco mil. No obstante, don Mariano y sus hijos se encargarían de volver a hacer crecer la capacidad de producción pulquera de manera muy importante.

Para 1865, todavía el pulque era transportado por arrieros en cueros o botas a lomo de mula, por lo que la capacidad de movilización era reducida. Sin embargo, al inaugurarse el ferrocarril en el año de 1866, el mercado cambió de manera radical. Y la sociedad también. La llegada de este medio de transporte fue un parteaguas económico, social político y militar. La posibilidad de cubrir grandes distancias en un tiempo jamás imaginado marcaría para siempre el desarrollo del país.

 A finales de 1857, Antonio Escandón viajó a los Estados Unidos y contrató al ingeniero Andren Talcott, para que se encargara del levantamiento topográfico de la ruta que debía seguir el Ferrocarril Mexicano, de Veracruz a la Ciudad de México. Una vez más surgió la discusión sobre si el trazo debería ser por Jalapa o por Orizaba. Más o menos, como había pasado años antes con la ruta de las diligencias, el peso de los negocios de los Escandón se convirtió en el fiel de la balanza. Ellos eran dueños de la fábrica textil de Cocolapan, cerca de Orizaba, lo que sin duda influyó para que decidieran que la vía pasaría por este último punto. Sin embargo, la ruta que se escogió fue totalmente diferente. En la ciudad de Puebla hubo oposición por parte de prominentes hombres de negocios y de los abogados más destacados. Uno de ellos argumentó que a la ciudad de Puebla «no

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reportaría más beneficios el paso del tren, que el ruido molesto del silbato y el humo de la locomotora». Entonces, se decidió que la vía de Veracruz a México pasaría por Apizaco, y que quedaría como proyecto un ramal de Apizaco a Puebla. Ante la negativa de los poblanos, Antonio Escandón definió la ruta de México a Veracruz en secciones: México-Otumba, Otumba-Apizaco, Apizaco-Boca del Monte, Boca del Monte-Paso del Macho y Paso del Macho-Veracruz. Tampoco los Escandón quedarían fuera del negocio en esta ruta. El suegro de Antonio, Eustaquio Barrón, era dueño de la hacienda de San Diego Apatlahuaya, sobre cuyos terrenos primero se levantó un campamento para albergar a los constructores de la vía y después se fundó la ciudad de Apizaco.

En octubre de 1866 se inició el tránsito sobre estas vías, hecho que cambió radicalmente las posibilidades de negocio de todas las haciendas de la zona. Este fue el inicio del crecimiento exponencial de las haciendas de esta zona, a cuyos dueños se les denominaría años después «la aristocracia pulquera», de la cual formarían parte los González.

En un principio no todo fue favorable para los hacendados. Aunque las posibilidades que ofrecía el Ferrocarril Mexicano eran muy importantes en términos de comercio, el precio del flete, que era controlado por una sola compañía, no siempre les era cómodo respecto a los precios del mercado. Por otra parte, estas mismas nuevas posibilidades generaron que se sembraran más plantas de maguey, pero en pocos años esto provocó una sobreproducción que tuvo efectos negativos sobre el precio del pulque.

No sería sino hasta el periodo entre 1869 y 1873 –cuando se construyó el Ferrocarril Interoceánico– que se inauguró la Estación Pavón dentro de los terrenos de la hacienda. El establecimiento de esta nueva vía generaría también competencia en el transporte, lo que permitió la estabilización de los precios de los fletes, y el inicio de los años de oro de la industria pulquera. Este Ferrocarril y sus ramales son los que verdaderamente beneficiaron el negocio del pulque para los González.

Don Mariano se vio claramente beneficiado, pero el fruto lo recogerían sus hijos, quienes no solo conservarían completos los terrenos de Piedras Negras en una sola unidad de producción, sino que de forma individual agregarían propiedades de gran tamaño durante los siguientes veintidós años posteriores al fallecimiento de su padre.

En general, las haciendas en Tlaxcala combinaron la producción de cereales con la cría de ganado y la producción de pulque, muchas veces creando complejos socios económicos. En el caso de Piedras Negras, a diferencia de algunas haciendas vecinas, su funcionamiento no estuvo a cargo de mayordomos o arrendatarios, sino del propio hacendado y sus hijos, quienes tenían contacto con los indígenas y trabajadores.

Del análisis de los libros de raya de la hacienda podemos deducir que para los trabajadores de Piedras Negras la hacienda significaba una vivienda y un modo de vida. En condiciones que les permitían solo márgenes pequeños o nulos entre su ingreso y su gasto, la hacienda era además una fuente de crédito que incluso les posibilitaba retrasarse en sus obligaciones económicas, sin perder su actividad laboral ni incurrir en delito. Los créditos registrados fueron principalmente para fiestas y celebraciones –bautizos, comuniones, matrimonios y defunciones. Durante la vida de Mariano González existió el endeudamiento por estas razones, más nunca fue excesivo, ni razón de arraigo o ancla para la estancia libre como trabajador de la hacienda.

Mariano González tuvo el tino de comprar la hacienda, de restablecer la explotación del pulque desde antes de la llegada del ferrocarril, de dejar en marcha una unidad productiva muy rentable y de acrecentar las propiedades para poder heredar a una descendencia tan numerosa no pequeñas unidades, sino extensiones que les aseguraran la posibilidad de continuar generando un patrimonio. Además, su gran legado fue el crecimiento de las instalaciones, que casi duplicaron su tamaño; construyó un tanto o más de casa habitación, corrales y trojes que las que se tenían originalmente. Del detalle del avalúo levantado por los Miranda en 1793 al adquirir la hacienda, sabemos que la casa contaba con una sala, una recámara y tres cuartos contiguos que miraban al sur, es decir, hacia la iglesia, o sea la parte frontal del casco. Existía también la recámara superior dividida en dos habitaciones, que en ese momento fue valuada como nueva. En las paredes del patio central de la hacienda existe una leyenda esculpida en la que se alcanza a leer: «terminado en mayo de 1779». Estaba el corredor, que daba a la escalera, techado, y de ese lado, un pasaje amplio que llevaba a la quesera, el tinacal, la cocina y sus cuartos contiguos. Sobre el corredor había una sala, y a espaldas de esta, un cuarto obrador de telares, y tres trojes. Pasando un patio, había una recamara con temazcal y una despensa de dos pisos. Además, de ese mismo lado había un cerco de paredes que servía de corral para ganado mayor, otro que hacía las veces de cebadero y otro más. Cuando fue adquirida por los Miranda, su valor fue de $64 420, tan solo cuarenta años antes de que la comprara don Mariano, quien pagó $75 000 por toda la propiedad, más sus contenidos, cosechas y animales. No fue mala compra.

Hoy en día, todo esto está en pie, sin embargo, es claro que lo que faltan son las alas norte y oriente del casco, que tuvieron que ser obra de don Mariano. Además, hay que sumar las construcciones independientes, frente a la calpanería, erigidas también por él, y acrecentadas por sus hijos en los siguientes años. En alguna de ellas consta la fecha de su construcción con la leyenda: «Esta es la última obra que mandó construir Don Mariano González Fernández», cuarenta y seis años al frente de lo que con trabajo adquirió y acrecentó.

6. LA HERENCIA

Un mayorazgo era una institución del antiguo derecho castellano que permitía mantener un conjunto de bienes vinculados entre sí, de manera que nunca pudiera romperse esta unión. Pasaban así al heredero –normalmente el mayor de los hijos–, de forma que el grueso del patrimonio de una familia no se dispersaba, sino que solo podía aumentar. Esta institución dejó de existir en México a partir de la Independencia, pero no intuitivamente para los González. Muchas propiedades de tamaño similar se fueron perdiendo en el tiempo, a causa de divisiones hereditarias. Piedras Negras se mantuvo unida por vínculos de familia y acuerdos económicos entre los herederos para su mayor beneficio personal y colectivo. La propiedad original de Piedras Negras se desmembró hasta 1904 y siguió en manos de los herederos  a partir de ese momento, ya de forma individual.

Una propiedad fraccionada genera menos riqueza que una indivisa, ya sea por las propias economías de escala que se generan, como por la variedad de posibilidades de producción. Y ante este dilema se enfrentaban los González al morir don Mariano, en 1881. A este último le sobrevivieron su esposa y nueve hijos. De su herencia, legó la mitad a ella y la otra parte a sus hijos, en partes iguales. Bernardo, el cuarto de sus hijos, segundo de los varones, albacea de la testamentaria, quedó de acuerdo con su madre y sus hermanos como único dueño de la propiedad. Llegó a un arreglo con sus hermanos mediante el cual les amortizaría anualmente a partir del cuarto año –1887– el valor de su parte, otorgándoles además una rentabilidad anual del 5.5% sobre el saldo insoluto. El valor total de la herencia era de $175 100. En pocas palabras, al paso del tiempo todos irían recibiendo el valor de su herencia en la medida en la que hubiera beneficios en la explotación de Piedras Negras.

Ahora bien, ¿cuánto valía Piedras Negras al precio del mercado en ese momento? Uno de los efectos concretos del paso del ferrocarril fue el incremento en el precio de las propiedades. De acuerdo con lo escrito por Ricardo Rendón Garcini en su libro, Dos haciendas pulqueras en Tlaxcala, 1857-1884 (Universidad Iberoamericana, 1990), en el que relata la historia de las haciendas de Mazaquiahuac y el Rosario, muy cerca de Piedras Negras, hagamos la siguiente inferencia: de 1800 a 1862 estas dos haciendas solo habían incrementado su valor en un 7%, y de 1862 a 1886 lo hicieron en un 25%. Si en el año de 1800 los Miranda pagaron por la propiedad $124 000 –y tomo esta transacción como referencia, porque el avalúo de la de don Mariano claramente deriva de una casualidad política y legal–, el valor de Piedras Negras, a su muerte, lo podríamos calcular en alrededor de $166 000, importe muy cercano al asignado por los hermanos González a su haber hereditario, que incluía también San Antonio Zoapila, propiedad que valdría cerca de $25 000, por lo que el valor que le asignaron a Piedras Negras fue de aproximadamente $150 100.

El compromiso anual de Bernardo González para con su familia era de entregarles $11 600 anuales, en promedio, durante los primeros diez años, siendo mayor el monto en los primeros años.

Bernardo había nacido en 1835; fue educado en Puebla, en el Seminario Palafoxiano. Al terminar su instrucción elemental, continuó con estudios superiores de filosofía. Era un hombre desprendido de todo lo material, reconocido entre sus hermanos por la honradez con que siempre procedía. De carácter apacible y cariñoso, siempre estuvo dispuesto a escuchar las necesidades tanto de rancheros vecinos que acudían a él como de los trabajadores de la hacienda. Este perfil que reunía –en educación y en principios, sobre todo, honestidad– debe de haber sido lo que hizo que sus hermanos decidieran dejar en sus manos el total de la propiedad.

Manuel González, no obstante ser el mayor de los hombres, no recibió esta responsabilidad; sin embargo, fue quien acrecentó en mucho la riqueza territorial de los González para sus propios herederos. Emilio Corona lo describe como un hombre serio, modesto en su trato, de carácter reservado. Abstemio en absoluto de tabaco y alcohol, siempre iba bien afeitado e invariablemente bien vestido. Como todos los González, hombre de a caballo, fue además estupendo talabartero, oficio que ejercía en las habitaciones superiores del casco, donde además de su recámara, en el cuarto contiguo estaba su taller con herramientas y pieles con las que confeccionaba cabezadas, reatas, guantes, etcétera. Viliulfo, su nieto, se refería a él como Manuel el Grande, por su edad –falleció a los 90 años–, y seguramente también por su carácter. Manuel recibió el rancho el Infiernillo por parte de la herencia de su esposa, Trinidad, que además era su prima hermana, y él adquirió la hacienda de San José de Piedras Negras el 24 de marzo de 1892 en una operación por demás interesante. Los dueños de San José eran el señor Amado de Haro Ovando, tío bisabuelo de Manuel de Haro Caso, y la señora Carolina García Teruel, quien la había heredado de su padre, Manuel. Ambos decidieron vender la propiedad a Manuel González; constaba aproximadamente de 1 400 hectáreas, y el precio establecido se fijó en $20 000 por toda la finca y sus contenidos, a excepción de la semilla. Ante notario, Manuel González hizo el pago en efectivo, sin embargo, en el mismo acto hipotecó la propiedad a favor de la señora Carolina, por los mismos $20 000, cantidad que se comprometió a pagar en los siguientes diez años, con cuatro de gracia, es decir, durante los primeros cuatro no pagaría nada, pero a partir de 1896 efectuaría un pago de $2 000 ese año, y $3 000 durante los seis años siguientes. Con habilidad compró la propiedad, la cual prácticamente se pagaba sola con su propia producción. Los señores De Haro también eran dueños de otra propiedad cercana, La Concepción Zacanzontetla, que sufriría la misma suerte que San José de Piedras Negras a principios del siglo XX, ya que ambas fueron afectadas casi en su totalidad a favor del pueblo de San Cosme Xalostoc.

La venta de Piedras Negras a Bernardo González se llevó a cabo el 14 de abril de 1883, pero la posesión legal la obtuvo hasta el 23 de mayo de 1891, dado que, como ya vimos, hasta 1889 el gobierno entregó la documentación definitiva de la propiedad a los herederos de Mariano González. La copia de la escritura de posesión judicial a Bernardo González es un documento muy valioso, además de interesante, como para dejar volar la imaginación, por difícil que esto pueda parecer, tratándose de un documento legal, pues describe un recorrido por todas y cada una de las mojoneras que marcaban el límite de la propiedad. Poco a poco, nos lleva a recorrer los linderos partiendo del punto donde hacía esquina con la hacienda de Zocac, esto es, donde hoy se encuentra Mena. De ahí inicia el recorrido hacia la parte posterior del cerro de Zotoluca, que formaba parte de Santiago Zotoluca, en ese momento propiedad de las herederas del general Julio Moreno, las señoritas Elena y María Iturbide Moreno, de quienes era concesionario hereditario Egren Moreno, y que sería adquirida posteriormente por Bernardo González el 13 de marzo de 1897. Caminando por ese llano el terreno se recorrió hacia el fondo, donde hoy están los potreros que adquirió Raúl González, a Zotoluca; bordeando por detrás del casco se llega por la parte posterior de San Gregorio al cerro conocido como Peñas Coloradas, para ahora revisar los linderos con el rancho el Potrero, seguir por los de la ranchería de Toluquilla para llegar a Capula. De aquí se cruzaba el llano para iniciar la división con La Laguna, por la zona del cerro de la Gasca y el de San Pedro, hasta llegar a los límites con Tenexac. Después con la de Teometitla, para llegar a Santa María Texcalac y Santiago Tetla, y pasando por los cerros del Tepetomayo y Tlacotepec, iniciar con los linderos del pueblo de San Bartolomé Matlalohcan y después con los de San Francisco Atezcatzinco, para llegar finalmente a la hacienda de Ecatepec, tomar rumbo a la loma de Tenopala y regresar a la primera mojonera. Cincuenta y seis mojoneras descritas con mucho más detalle que el que aquí compartimos era el recorrido efectuado en seis jornadas, en el mes de diciembre de 1890, bajo el cielo azul de Tlaxcala y el sol del invierno a plomo.

El rancho de Atenco, que no estaba comprendido en estos linderos, fue afectado a favor de San Bartolo a principios del siglo XX; hoy es una zona habitada, toda vez que sus 400 hectáreas prácticamente son parte de la zona conurbada de Apizaco.

Desde 1881, Bernardo fue la cabeza de la negociación. Desde entonces hasta su muerte, en 1901, los González duplicaron sus extensiones territoriales adquiriendo con los beneficios de sus negocios las haciendas de Zocac, Zotoluca, La Laguna, el Infiernillo, entre otras, quedando algunos de estos ranchos en explotación individual por parte de cada hermano; y Piedras Negras, junto con Zotoluca, San Antonio Zoapila y la Noria, como el negocio de toda la familia. No consta si Bernardo liquidó o no los pagos anuales acordados al fallecer su padre, pero en cualquiera de los casos, Piedras Negras era muy productiva. A él le tocaron los primeros años dorados del pulque y el ferrocarril en pleno. En ese tiempo, el consumo per cápita de pulque en la capital era de 333 litros por persona al año, cuando la población de la ciudad era tan solo de cuatrocientos mil habitantes. En la Ciudad de México había ochocientas pulquerías y todavía no aparecía en escena el monopolio pulquero de los Torres Adalid, la denominada Compañía Expendedora de Pulques, que a partir de 1909 controló el mercado casi por completo. De 1890 a 1901, el valor de la producción nacional de pulque se duplicó, con el consecuente beneficio para los hacendados. Los González eran en su mayoría productores, aunque algunos de ellos también participaron en la venta de mayoreo y en la explotación de pulquerías en la Ciudad de México. Para estos años, la ganadería de reses bravas ya estaba colocada entre las más prestigiadas del país, pero faltaban por venir sus mejores días. Bernardo González estuvo al frente de su propiedad durante los primeros años de estabilidad de nuestro país y en los que las haciendas vivieron sus años de crecimiento y alta rentabilidad. Los González vivían ahí y poco salían de sus tierras. Además de las propias, sus parientes, los Muñoz de Cote, administraban las propiedades de la familia Sanz, Mazaquiahuac y el Rosario, además de Mimiahuapam. Los González Pavón eran dueños de Tepeyahualco y tenían relaciones comerciales de varios tipos con los Bernal, de San Lorenzo Soltepec. Su influencia territorial entre propiedades y negocios abarcaba en esos años más del 10% del territorio tlaxcalteca. Desde Ramón González de Silva hasta Bernardo González había pasado ya más de un siglo con el resultado espléndido de una familia de labradores que ya estaba encumbrada en la cúspide económica del estado de Tlaxcala.

Bernardo falleció intestado en octubre de 1901; con su muerte, la propiedad finalmente se dividiría entre los hermanos en forma definitiva. Estos años coinciden con el inicio y la consolidación del periodo de la historia conocido como el Porfiriato.

El general Porfirio Díaz Mori intentó en dos ocasiones, entre 1867 y 1876, ser presidente de la República, pero en ambas fue derrotado en las urnas. Quiso imponerse también por la vía de las armas, bajo la bandera de la no reelección, pero también fracasó. Al morir Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada –opositor a Díaz– encabezó la presidencia de México. El presidente Lerdo debía terminar el periodo inconcluso de Juárez y convocar a elecciones. Habiendo hecho esto, se postuló para su reelección. Díaz promulgó el Plan de Tuxtepec y al fin derrotó a Lerdo de Tejada, quien dejó el país. Así, el 21 de noviembre de 1876, Díaz hizo su entrada triunfal a la Ciudad de México. Gobernó por cuatro años, dejó la presidencia en manos de Manuel González, su gran amigo, y al final regresó a la presidencia en 1884, para quedarse en la silla hasta 1910. Durante este largo tiempo logró lo que al país le había faltado desde la Independencia: gobierno y estabilidad. Pactó con la Iglesia, a la que había enfrentado Juárez, reorganizó el Ejército evitando la creación de nuevos cacicazgos e inició una intensa campaña de pacificación. Reinsertó a México en el entorno internacional, reactivó la banca, abrió el país a la inversión extranjera, inició una política ferroviaria que comunicaría eficientemente al país, y por primera vez definió con claridad los límites del territorio nacional; reformó la educación y llevó el tendido telegráfico por todo el país. Sin embargo, como lo escribió Justo Sierra: «En la República Mexicana no hay instituciones, hay un hombre; de su vida depende paz, trabajo productivo y crédito». Nos había tocado el buen dictador, pero como también escribió Enrique Krauze: «Optó por la reelección indefinida, por la monarquía con ropajes republicanos. Este sacrificio de la libertad, este acto de soberbia, sería, a la postre, su verdadero error. La historia lo cobraría con sangre, con buena sangre, la sangre de miles y miles de mexicanos».

En suma, Díaz gobernó, dio forma y crecimiento a México e impuso la paz en el país durante veintiséis años ininterrumpidos que cobrarían factura a partir de 1910 en una lucha fraterna de cuyo resultado, a fin de cuentas, como lo menciona Manuel Guerra de Luna en La primera revolución del siglo XX: «Los regímenes posrevolucionarios no tuvieron la capacidad para instrumentar una salida inteligente al problema de la pobreza. Sus líderes, directores y políticos, en vez de promover las oportunidades básicas de un país en vías de crecimiento, cayeron en el cáncer más funesto que ha detentado nuestra raza desde tiempos inmemoriales: la corrupción».

En 1883 se publicó la Ley de Tierras y Enajenación de Terrenos Baldíos, que tenía como objetivo delimitar las propiedades para poder crear un plan de desarrollo poblacional en todo el país. Diez años más tarde, el resultado fueron los grandes latifundios, sobre todo, en el norte del país.

El 5 de marzo de 1904 se presentaron en Tlaxco ante el licenciado Domingo M. Paredes, juez de primera instancia del distrito de Morelos, Tlaxcala, los herederos de Bernardo González, que había fallecido el 29 de octubre de 1901 sin haber dejado su disposición testamentaria, para iniciar el juicio de sucesión intestada: José María, quien era el albacea, Carlos, Manuel, Ignacia, Guadalupe y María de la Luz González Muñoz, hermanos de Bernardo, y los hijos herederos de Felipe, hermano ya fallecido, que eran: Mariano, Daniel, Herminia y Asunción González Pedraza, y los nietos de la también difunta Micaela, Enrique y Gonzalo Sánchez. Es de llamar la atención que los hijos de Bernardo, Filiberto y Delfina –esta última después se casaría con Viliulfo González, sobrino nieto de Bernardo–, no participaran en la distribución de los bienes.

José María González propuso a los señores Mariano Muñoz y Gerónimo Merchán González como peritos valuadores, y estos aceptaron desempeñar fielmente su encargo; en tal virtud, formaron el inventario y avalúo en una sola pieza, que fue presentada al juzgado con los siguientes datos: hacienda San Mateo Huiscolotepec (a) Piedras Negras, con su casco, magueyal, monte, pastos y tierras de labor, comprendiéndose solo la raíz y excluyendo sus llenos: $120 000. El 33% de esta propiedad correspondió a Manuel González, quien además de su haber hereditario proporcional que equivalía a $23 275, ya había liquidado su parte a los herederos de su hermano Felipe por la cantidad de $20 311, tenía créditos a su favor por parte de la hacienda por $24 841 y tenía derecho a $3 750 adicionales de su octava parte de un fondo proporcional separado para gastos, así como $4 916 de un pasivo común de la hacienda para con los hermanos, por lo que quedó pagado por un total de $77 096, cantidad con la que todos los demás estuvieron de acuerdo. Además, eran parte de la herencia las haciendas de Zotoluca, San Antonio Zoapila y la Concepción la Noria. Zotoluca fue valuada en $60 000, y, junto con las otras dos terceras partes de Piedras Negras, fue asignada en partes iguales a Carlos, Ignacia y José María. En realidad, la parte de Piedras Negras correspondió a los hombres y Zotoluca a Ignacia, casada con Blas Carvajal. La parte correspondiente a María de la Luz, Guadalupe y Micaela fue cubierta con la adjudicación de las haciendas de San Antonio Zoapila y la Noria, valuadas en conjunto en $93 000.

Tras la muerte de Mariano se decidió mantener la unidad de una sola propiedad, que era Piedras Negras, y en el transcurso se fueron adquiriendo más: en conjunto, las tres que formaban parte de la herencia y otras para explotación individual. Todos vivían en estas propiedades. Al paso del tiempo, a cada heredero se le fueron asignando ranchos para trabajarlos, pero cuando Bernardo hubo muerto se tomó la decisión de darle a cada quien lo suyo. Ya todos eran hombres mayores, incluso viejos para aquellos tiempos, pues se puede ver que los González Muñoz fueron muy longevos, y ya estaba ahí la siguiente generación. Se dieron varios matrimonios entre primos, pero esta no fue la razón de la integración de lotes hereditarios. Cada heredero recibió su justa parte y dichas uniones no fueron con este objeto.

La división definitiva de Piedras Negras se llevó a cabo el 16 de julio de 1907, cuando, ante el notario Patricio Carrasco de la ciudad de Puebla, comparecieron Manuel González, de 74 años de edad, y su esposa, Trinidad, de 57; José María, que contaba entonces con 65 años, y su esposa, Josefa Hernández, de 46; Carlos González, de 61 años, y su esposa, Juana González, de 30; y Lubín González, de 33, con su esposa, Eudoxia, de 40, siete años mayor que él, todos con domicilio en la hacienda de Piedras Negras en el estado de Tlaxcala. Los tres hermanos declararon que cada uno había adquirido la propiedad de la tercera parte de la finca en la testamentaria de su hermano Bernardo y que hasta esa fecha su dominio había permanecido indiviso, de suerte que los tres eran copropietarios de la finca y sus llenos desde el 15 de marzo de 1904. Hicieron saber que el dominio del fundo legalmente no se había dividido; de hecho, el señor Carlos González Muñoz había tenido a su exclusivo cargo y había administrado con independencia de los otros dos una fracción de la finca, equivalente a su tercera parte en lo que se había constituido el rancho de Coaxamalucan; que los otros dos hermanos habían administrado las otras dos terceras partes, en cuyo terreno se asentaba la casa de Piedras Negras; que ambos señores habían decidido vender el dominio que les correspondía al señor Lubín González –hijo de Manuel– y a su esposa, Eudoxia, hija de José María.

El otro hijo de Manuel era Romárico, quien ya contaba con la hacienda de La Laguna, de la cual primero Manuel fue arrendatario y después dueño, junto con su esposa, Ignacia, además de otras propiedades, entre ellas Zotoluca.

Para llevar a cabo esta transacción, Carlos no hizo uso de su derecho al tanto, y el comprador a su vez convino en respetar la separación para así formar dos fincas: Coaxamalucan y Piedras Negras. De la tal manera formalizaron el contrato de compraventa y el de separación de cosa común entre los hermanos y el sobrino. El precio de venta fue de $80 000 por lo raíz, y de $50 000 por lo mueble, correspondiendo la mitad a cada vendedor. Esto daría un valor total de $196 000 por la hacienda, que corresponde a la misma valuación del inmueble a la muerte de Bernardo. Quedó asentado que ambos recibieron tal suma por parte del comprador, al contado y a su entera satisfacción.

Los linderos que se señalan para Coaxamalucan fueron: al norte, las haciendas de Piedras Negras y de La Laguna; al oriente, parte de esta, además de la hacienda de Tenexac y la de Teometitla; al sur de esta última, la hacienda de San José de Piedras Negras, que era propiedad de Manuel, el pueblo de Texcalac y el de Santiago Tetla; y al poniente, Piedras Negras. A partir de ese momento, ambas fincas se llevarían en forma independiente. De acuerdo al plano que se conserva en el archivo de Piedras Negras, Lubín adquirió 5 791 hectáreas, equivalentes a 135 caballerías, de las cuales: 2 024 eran de labor; 2 652, de pastal con encino; 1 029, del Monte del Malpaís; 44 eran ocupadas por los ferrocarriles, y 40 por edificios, barrancas y caminos.

Lubín era un hombre con estudios superiores. Cursó Ingeniería en Puebla, sin llegar a recibir su título. Estuvo muy involucrado en la política estatal, llegando incluso a ser mencionado para ser gobernador del estado. Participó activamente en la Compañía Realizadora de Pulques, S.A., sociedad que pretendió ser la opción para los empresarios pulqueros ante el monopolio de los Torres Adalid, en la Ciudad de México. Continuó con gran éxito la crianza de toros bravos que había iniciado su tío y suegro José María. Como veremos en el capítulo dedicado a la ganadería, introdujo sistemas de crianza apegados estrictamente al control genético, sobre todo, de las vacas españolas que recibió en la compra de Tepeyahualco. Con Eudoxia tuvo tres hijos, una niña que murió pequeña, otra que falleció ya joven, y su hijo José María, que a sus 16 años, el 9 de mayo de 1918, fue abatido a balazos en el centro del patio de la hacienda por unos forajidos asaltantes cobijados por los gritos revolucionarios. Al morir Eudoxia, quien inicio la construcción de la iglesia grande que jamás se concluyó, Lubín casó con Josefina Paz y Puente, con ella procreó una hija que falleció al siguiente año. Lubín murió en 1928, tras de lo cual, su viuda fue a radicar ese mismo año a Nueva York, donde falleció tiempo después.

La ganadería fue el aspecto de importancia en la administración de Lubín. La explotación agrícola de Piedras Negras ya estaba establecida y el pulque seguía siendo la mayor fuente de ingresos. Sin embargo, en aquel tiempo, los toros se pagaban muy bien. Una corrida valía al menos el doble que el sueldo de las figuras de aquel tiempo. Por ello, la extraña decisión de José María de iniciar la crianza de toros bravos la vendría a capitalizar Lubín, y después Viliulfo. Estuvo al frente de Piedras Negras veinticuatro años, y al morir heredó su riqueza a los hijos de su hermano Romárico, quien había fallecido también en 1918 a consecuencia de una cornada que le dio una becerra de tienta cerca de un ojo. Este suceso lo relató su hija Beatriz después de la muerte de su hermano Viliulfo en un artículo publicado en El Redondel, titulado: «A las Campanas de Piedras Negras», del cual transcribo esta breve cita:

… en septiembre de 1918 hubo una tienta en Apizaco. Papá Maco estaba ansioso de torear, de lucirse, después de no haberlo hecho en algún tiempo, impedido por los disturbios de la Revolución. Recibió a una becerra con un cambio de rodillas, la cual le propinó un puntazo arriba de un ojo, casi en el lagrimal. Parece cualquier cosa. Unas curaciones y quedará bien… ¿Sí? Veinte días después se presentó la meningitis, irremediable ya.

Lubín heredaba, ahora sí, un testamento: la mitad de sus bienes eran para sus sobrinos, Viliulfo, Beatriz y Cristina, y la otra parte para su segunda esposa. Ella vendió lo recibido a Viliulfo, quien después de repartirles ganado a sus hermanas quedó como único propietario de Piedras Negras, La Laguna, San José de Piedras Negras, el Infiernillo, y sus ranchos anexos.

Quiero compartirles un poco más del escrito de Beatriz González Carvajal, por lo magnífico y completo de su contenido:

Yo estaba muy niña, por eso considero que Viliulfo fue para mí, mitad padre mitad hermano. Seis años después [de muerto Romárico] se nos iba también mi tío Lubín. Así nos va quitando Dios, a pedazos, nuestros más caros afectos. Viliulfo llevaba ya la divisa tabaco y rojo, y desde entonces pasó también a sus manos la rojinegra. No creo decirlo cegada por el cariño: cualquiera reconoce que supo llevarlas a la mayor altura posible. Yo lo consideré siempre como el hombre de campo por excelencia. Lo mismo enseñaba al mocito que por primera vez habría un surco, que dirigía el apartadero de diez o quince corridas.

Para sus trabajadores, fue un compañero, un amigo que oía sus cuitas, los aconsejaba y amparaba. Hombre de campo de férrea musculatura, que en fuerza de andar entre toros parece que algo de su consistencia le contagiaron; de sanos pulmones purificados por las brisas del sabinal, piel tostada por el viento y sol de todas las estaciones. Audaz, tenaz, alegre y sentimental para tocar y cantar. Sabía acariciar el piano y emocionar a quien lo escuchara. Su sentimiento se inspiraba sin duda en esos atardeceres piedrenegrinos, en esos crepúsculos con la silueta de la iglesia donde aprendimos a rezar «Dulce Madre…». Noches de luna tan clara a cuya luz se pueden escribir poemas de amor. Cielo que lava una tempestad o limpia un furioso ventarrón, para que luzcan más vivas las constelaciones.

Así era el amo Viliulfo. «Tío Vili», para todos los González. Un hombre con una afición sin límites. Tenía que hacer un gran esfuerzo para desempeñar sus actividades, dado que su vista estaba muy afectada. En el campo dirigía todas las faenas, siempre acompañado de Isaac Morales, quien por lo mismo era el encargado de todas las anotaciones. Más adelante hablaremos de él.

Viliulfo González había quedado como único heredero, tanto de Piedras Negras como de La Laguna. Hombre joven, había nacido en 1894. Su padre falleció en el año de 1918, cuando él tenía 24 años; y en 1928, su tío Lubín le heredó Piedras Negras, como ya explicamos. Casó en el año de 1918 con su tía Delfina González, hija de su tío abuelo Bernardo y criada en Coaxamalucan; con ella tuvo varios hijos –todos ellos ganaderos al paso del tiempo– de los cuales sobrevivieron seis: Magdalena, Marta, Romárico, Javier, quien moriría a los 23 años de edad en una accidente de coche en la Ciudad de México, Susana y Raúl. Ganadero, torero, jinete consumado, pianista y buen cantante, era el patriarca de la familia, acompañado muy de cerca por su tío Aurelio Carvajal, ganadero de Zotoluca. Entre distintas propiedades, en ese momento Viliulfo manejaba una extensión superior a las 10 000 hectáreas de las más de 20 000 que llegaron a tener sus ancestros en conjunto. Sin embargo, su lucha por defender este patrimonio, al igual que el de sus predecesores, fue continua. Una de las primeras propiedades que primero se vio afectada fue San José de Piedras Negras, durante los años posteriores a la Revolución. En 1930 todavía le exigían tierras de esta propiedad que él ya había cedido. En 1934, viendo venir el problema cada vez más complicado, fraccionó parte de los ranchos como una medida preventiva. Su estrategia rendiría buenos frutos.

A continuación presento un resumen del documento oficial donde se detalla esta acción, que apareció en el Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Tlaxcala (tomo XXVI número 17, 23 de abril de 1941) como una resolución presidencial relativa al expediente de dotación de ejidos, promovida por los vecinos del poblado denominado la Ciénega Tepeyahualco, municipio de San Agustín Tlaxco, de esta entidad: El 21 de julio de 1935, los vecinos solicitaron por escrito dotación de tierras, por carecer de ellas, para satisfacer sus necesidades económicas. El asunto fue turnado a la Comisión Agraria Mixta, que determinó vía la Junta Censal que, de un total de doscientos cincuenta y dos habitantes del poblado, noventa y uno tenían derecho a parcela ejidal. Se determinó que las fincas que deberían contribuir a formar el ejido eran: rancho de la Palma, propiedad del señor Arnulfo Sánchez, con una superficie de 493 hectáreas, poseyendo el propietario otro predio colindante llamado el Infiernillo, con superficie de 1 110 hectáreas; hacienda de La Laguna, con superficie aproximada de 2 400 hectáreas; y hacienda Tenexac, perteneciente a los señores Bretón y Trillanes, con superficie de 2 000 hectáreas. Dentro del radio de siete kilómetros del poblado de que se trata, también se mencionaban las siguientes propiedades de Viliulfo: la Sierpe y Cañada del Toro, con superficie de 988 hectáreas, y las haciendas de Piedras Negras y Coaxamalucan.

La hacienda Piedras Negras fue fraccionada según escrituras inscritas en el Registro Público de la Propiedad con fecha 28 de diciembre de 1934 de la siguiente forma:

RANCHO          SUPERFICIE   PROPIETARIO

Zacatepenco      154   Magdalena González

El Pozo     69     Ignacia González

San Gregorio    199   Javier González

Los Pitzolcales  199   Isaac Morales

Xometla   199   Ma. Soledad Aguilar

Capula     190   Miguel Iglesias

El Rincón 197   Beatriz Millán

Piedras Negras 2 600         Viliulfo González

         3 807        

La hacienda de La Laguna fue fraccionada según escrituras inscritas en la institución mencionada, con la misma fecha que la de Piedras Negras, de la siguiente forma:

RANCHO          SUPERFICIE   PROPIETARIO

Xalmonto 195   Marta González

Sta. Cruz Tlalchichil         199   Raúl González

Topizac    228   Romárico González

Atlixtaca  199   Filemón Guevara

La Soledad        153   José M. Filemón Guevara

Los Charcos      196   Gabriel Aguilar

La Laguna        1 250         Viliulfo González

         2 420        

Coaxamalucan, por otra parte, constaba de 1 441 hectáreas. Otro tanto le había sido sustraído anteriormente.

Con fecha 1 de noviembre de 1937, el señor Viliulfo González solicitó la expedición de un decreto-concesión de inafectabilidad ganadera por el término de veinticinco años para los terrenos de los predios de Piedras Negras, La Laguna, la Sierpe y Cañada del Toro, con fundamento en el artículo 52 bis del Código Agrario vigente en ese entonces. Tales declaraciones de inafectabilidad se señalaron procedentes de acuerdo a las leyes y reglamentos aplicables, por estar comprobados la existencia de ganado, su número, especies y razas, la calidad de los terrenos de agostadero, aguajes y abrevaderos y la rama a la que se dedicaban preferentemente las citadas negociaciones ganaderas:

El Sr. Viliulfo González posee 1 298 cabezas de ganado bovino, 2 270 de ganado lanar, 414 cabezas de ganado caprino y 148 cabezas de ganado equino, que computadas de acuerdo a la ley equivalen a 1 982 cabezas de ganado mayor, que tomando en consideración el índice de aridez determinado por la Secretaría de Agricultura y Fomento, teóricamente se necesitarían 13 874 hectáreas de agostadero para su mantenimiento.

Que como resultado de las cesiones de terrenos hechas por los señores Miguel Iglesias, Beatriz Millán y Soledad Aguilar, según escritos de fecha 27 de septiembre de 1938 dirigidos al Departamento Agrario, se han afectado para constituir el ejido definitivo del poblado de Capula 450 hectáreas de dichos propietarios, además de 600 hectáreas de tierras cerriles con 30% laborables, propiedad directa del señor Viliulfo González en el mismo fraccionamiento de Piedras Negras.

Que con fecha 27 de septiembre de 1938 se han dirigido los señores Gabriel Aguilar, José Máximo Filemón Guevara y Romárico González haciendo referencia al expediente de inafectabilidad ganadera solicitada por el señor Viliulfo González manifestando que han tenido un arreglo privado para que él obtenga la inafectabilidad que pretende, en cuya virtud están conformes en hacer la cesión de sus propiedades en favor de los ejidatarios del poblado la Ciénega Tepeyahualco.

Gabriel Aguilar cedió la totalidad de los Charcos; Filemón Guevara, 94 hectáreas de Atlixtaca; José Máximo Filemón Guevara, 90 de la Soledad; y Romárico González, 20 de Topizac. Todos estos terrenos eran de labor. Por su parte, el Departamento Agrario consideró enteramente válidos los fraccionamientos que modificaban los predios de Piedras Negras y La Laguna. También, que sí procedían las solicitudes de inafectabilidad ganadera de que se habla, y que estas debían resolverse con sujeción a las disposiciones del artículo 52 bis del Código Agrario vigente en ese tiempo. Asimismo, de acuerdo al citado ordenamiento y en vista de los datos expuestos con anterioridad, se declaró procedente la inafectabilidad de los terrenos que comprendían las fracciones de Piedras Negras y La Laguna.

Es procedente la declaratoria de inafectabilidad ganadera por veinticinco años promovida por el señor Viliulfo González, y tomando en cuenta las cesiones hechas para formar los ejidos de la Ciénega y Capula, se declaran inafectables las siguientes propiedades.

De Piedras Negras:

RANCHO          SUPERFICIE   PROPIETARIO

Zacatepango     154   Ma. Magdalena González

El Pozo     69     Ignacia González

San Gregorio    199   Javier González

Los Pitzolcales  199   Isaac Morales

Xometla   49     Soledad Aguilar

Capula     40     Piedras Negras

El Rincón 47     Piedras Negras

         757  

Del fraccionamiento de La Laguna se declaran inafectables:

RANCHO          SUPERFICIE   PROPIETARIO

Xalmonto 195   Marta González

Sta. Cruz Tlalchichil         199   Raúl González

Topizac    208   Romárico González

La Soledad        63     José M. Filemón Guevara

Atlixtaca  105   Filemón Guevara

         770  

De las propiedades que le quedaron al Sr. Viliulfo González en los fraccionamientos de las haciendas de Piedras Negras y La Laguna, se declaran inafectables los siguientes potreros:

POTRERO        SUPERFICIE   POTRERO        SUPERFICIE

Mal País   701   San Gregorio    394

El Lindero         58     Llano Grande   37

Enmedio  97     Llano Chico      30

El Presidio         54     Los Españoles  15

El Coyote 30     San Pedro 146

La Plaza   6       Las Ardillas      24

La Vega    28     La Cañada        70

Llano de la Venta      32     Temextla Alto  105

La Capilla         21     Temextla Bajo 91

El Derribadero 37     Los Encinos      86

El Hospital        40     Bordo Blanco   85

Cañada Grande         74     El Cerro   45

La Troje   60     Tlaxcantitla      46

Los Traseros     77     La Sierpe y El Toro  988

La Presa   39     Eriazos en ambas fincas    538

La Chicalotera 70     Caminos y barrancas        59

El Potrerito       38     Derecho de vía 3

Los Pitzolcales  41     Cascos      36

Después de difíciles negociaciones con las autoridades agrarias, esto fue lo que logró Viliulfo González, quien a los cuatro meses fallecería en un accidente a caballo, que relataremos más adelante.

En resumen, y dado que de las tablas anteriores es complicado dividir las dos propiedades, Piedras Negras tenía antes de estas afectaciones 3 807 hectáreas, de las que tuvo que ceder 1 050, entre pequeñas propiedades y tierras de la hacienda, para quedar con un total de 2 757 hectáreas, mismas que estarían en poder de los herederos de Viliulfo hasta 1973, descontando posteriormente las 988 hectáreas de la Sierpe y el Toro, que se cedieron en los años sesenta.

Las cerca de 9 400 hectáreas adquiridas por don Mariano se fueron fraccionando poco a poco. Primero, por las herencias recibidas por Guadalupe y Micaela –después serían afectadas para dotar a los ejidos San Bartolomé Matlalohcan y parte del de Tetla–, y diversas negociaciones con el gobierno y los campesinos, dejaron de pertenecer a la hacienda aproximadamente 2 500 hectáreas, al separarse la parte de Ahuatepec y Atenco. Después, por la división de Coaxamalucan, dejarían de ser parte de la unidad 3 100 hectáreas, quedando así las 3 807 hectáreas, cuya afectación ha quedado explicada en los cuadros anteriores.

Solo porque nos parece de justicia ante la sinrazón, transcribimos de forma textual uno de los puntos del documento antes citado:

Siendo de utilidad pública la conservación y propagación de los bosques y arbolados en todo el Territorio Nacional, debe apercibirse a la comunidad beneficiada con esta dotación que queda obligada a conservar, restaurar y propagar los bosques y arbolados que contenga la superficie que se dota.

Quien pueda visitar esas tierras o lo haya hecho recientemente, se formará su propio juicio ante tan irrisoria redacción.

En estas afectaciones se perdió el 23% de la superficie, y así, los hermanos González González –Magdalena, Marta, Romárico, Susana y Raúl– serían los dueños en estos últimos treinta y un años de lo que había quedado de la propiedad heredada por su padre.

A partir de 1915 se había iniciado el proceso de reparto de tierras con la Ley Agraria del 6 de enero de ese año, emitida por Carranza en Veracruz, la cual ordenó la restitución de tierras arrebatas a raíz de la legislación de junio de 1856 y estipuló la dotación para aquellos pueblos que carecieran de ella. Pero fue hasta la promulgación de la Constitución de 1917, con cuyo artículo 27, que se garantizaba la propiedad y se establecían los derechos de propiedad comunal y ejidal. Sin embargo, lo que parecía una buena intención no vino acompañada de inversión pública ni de un marco jurídico que les diera capacidad productiva a los ejidatarios. Se les dio el bien, pero nunca los medios. El ejido se vio limitado de origen y destinado al fracaso, no por las personas en sí, sino por una planeación deficiente y demagógica. El minifundismo y la pobreza de este sector fueron sus características generales. Casi el 50% de las parcelas ejidales eran menores de cinco hectáreas y casi la tercera parte de la población del país vivía en el medio rural, con una muy pobre aportación a la producción nacional. En los años posteriores a 1941 hubo una contradicción casi permanente entre la política y el desarrollo agrarios. La bandera del reparto seguía ondeando y nunca se generaron acciones reales para apoyar y desarrollar el campo. Durante todo ese tiempo se culpó al ejidatario de tal fracaso. Los políticos nunca se vieron al espejo, solo administraron el mito revolucionario bajo la premisa de que la esperanza dura más que el agradecimiento.

El decreto-concesión de inafectabilidad ganadera obtenido por Viliulfo González le dio veinticinco años de paz a Piedras Negras y a sus hijos. Él poco la disfrutó. A su muerte, con apenas 47 años de edad, su hijo mayor, Romárico –conocido cariñosamente después como el Amo Maco–, quedó al frente del negocio agrícola y ganadero. Tan solo tenía 21 años, por lo que fue Isaac Morales quien en realidad apoyó y llevó gran responsabilidad en el manejo de las fincas por muchos años. La respuesta unánime de quienes conocieron a don Isaac es contundente: un hombre honrado. Hoy, todos los González lo honran, después de haber dedicado su vida a administrar el patrimonio de los jóvenes hijos de Viliulfo. Don Isaac estaba con la familia desde tiempos de don Lubín. Fue albacea del testamento de Viliulfo y durante más de cuarenta años administró Piedras Negras. En los documentos que obtuve en el Archivo General Agrario encontré una comunicación, de la cual transcribo este párrafo:

Puebla, 5 de diciembre de 1917

Presidente de la Comisión Local Agraria

Haciendo referencia al atento oficio de usted, fechado el mes pasado, el portador de la presente, señor Isaac Morales, va en mi representación para que se digne usted permitirle vea el expediente relativo a las pretensiones que el pueblo de Texcalac tiene sobre las haciendas de San Mateo y San José Piedras Negras…

Por estas líneas, es patente la confianza ciega que existía en este hombre.

Al cumplir 18 años Raúl, en 1951, su madre Delfina decidió separar la administración de las fincas, dejando al frente de Piedras Negras a Raúl, bajo la supervisión de don Isaac, y de La Laguna, a Romárico. Todos los hermanos tenían derecho a los ingresos por las ganaderías y por el pulque, que seguía siendo al menos el 20% de las entradas de la finca. Cada mes se entregaba lo correspondiente a los cinco hermanos por los beneficios del pulque y de las ventas de corridas, novilladas, vacas de desecho y por venta de sementales que se fueran generando, descontando los gastos respectivos. La hacienda era casi autosuficiente, y solo ocasionalmente se compraba alfalfa y maíz para completar las necesidades del ganado. Otro gasto recurrente que se tenía, además de las rayas, era el derivado de medicinas y honorarios de doctores para los trabajadores y sus familias, así como del mantenimiento de la escuela y sus maestros.

Dentro del casco de la hacienda había varias «casas» independientes. Una de ellas era la que habitaba la familia Aguilar, donde nació el gran torero Jorge el Ranchero Aguilar; estaba la del Patio de las Ranitas, que era la casa de doña Delfina; otra, al lado derecho del patio, que habitaría Raúl al contraer matrimonio con María Laura Villa, las habitaciones superiores y las que se encuentran junto al despacho en el ala poniente de la hacienda. El tinacal funcionaba al cien por ciento, así como los corrales destinados a machos, vacas de leche y borregos.

La actividad en torno a los caballos –maldición y gusto– era también parte central del hacer diario. Caballos de vaqueros con su remuda, los de los amos y las yeguas de recría existían todavía para estos años en los que dio inicio la administración de la hacienda en manos del menor de los González. Raúl fue un gran jinete y buen torero. Tuvo la osadía de presentarse en México con novillos de La Laguna en la temporada de novilladas de 1951 con un resultado desastroso. Varias veces nos reímos con él de este evento. De azul cielo y oro salió vestido para ver regresar al corral a sus dos novillos. Nunca ha sido igual el campo que la plaza, y a él le bastó una tarde para comprobarlo. En el campo, al igual que sus ancestros, alternó con todos los toreros de su época, que acudían invitados a las tientas. El Ranchero, Juan Silveti, Manuel Capetillo, entre otros, fueron muy asiduos a los tentaderos en la casa de Raúl. Al paso del tiempo, Gonzalo Iturbe, a la postre matador de toros e hijo de Magdalena, su hermana mayor, haría sus pininos en la torería y estuvo presente prácticamente en todas las tientas mientras vivió ahí.

Era un gran conversador y un hombre con la sonrisa en la mano.

Todos los martes durante los últimos seis años de su vida lo acompañamos a comer a la mesa que él fundó con Paco Madrazo y sus sobrinos Gonzalo y Jorge. Al paso del tiempo se fueron agregando varios amigos más; hoy en día nos seguimos juntado y muy seguido levantamos una copa para brindar por su recuerdo.

La gran admiración y respeto que en un principio tuve por él, rápidamente se convirtió en una amistad que me dio grandes satisfacciones y me dejó un imborrable recuerdo. Ya casi al final de su vida lo acompañé junto con doña María Laura, su esposa, a ver a un médico amigo. Con mucha crudeza, este doctor le explicó la gravedad de su estado de salud y las posibles opciones que había en ese momento. Al salir subimos los tres a su coche y al arrancar me dijo: «Ahora que me ponga bueno te voy a dar un regalo», a lo que yo respondí: «Mejor de una vez, don Raúl», con la consiguiente carcajada suya y de su mujer. No voy a olvidar nunca la llamada de Gonzalo Iturbe la mañana del 4 de junio de 1997: «Charlie, se murió mi tío Raúl».

Don Mariano estuvo al frente de Piedras Negras por cuarenta y siete años; Raúl, durante cuarenta y cinco, de 1952 a junio de 1997, año en que falleció. Ninguno otro de sus dueños estuvo al frente tanto tiempo de la hacienda, orgullo de los González. A él le tocó lidiar, igual que a su padre, con los problemas agrarios que se acrecentaron agresivamente a partir del año de 1971.

El entonces presidente Luis Echeverría recibió un reclamo de los campesinos del estado por parte de la Federación de Estudiantes de Tlaxcala y ordenó analizarlo a través del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización, cuyo dirigente era Augusto Gómez Villanueva. Aquí comenzó un perverso juego de doble cara, donde públicamente, e incluso con la intervención del Ejército, el Gobierno se apegó con rigor a la aplicación de la ley, pero por detrás, mediante distintos mecanismos, personajes y grupos, avivó y financió las invasiones de tierra mediante las cuales en 1973 no dejarían otra opción a los ganaderos y pequeños propietarios que venderle sus tierras al Gobierno.

En 1971 comenzó un proceso de medición de propiedades sin ningún otro sentido más que el de comprar tiempo para preparar la embestida final. Las brigadas agrarias se encargarían de ejecutar esta actividad acompañadas por los representantes de la Federación de Pequeños Propietarios. Todo estaba orquestado dentro de una gran operación política. En 1972 se organizó una marcha de campesinos, estudiantes y diversas agrupaciones para llevar su protesta a la capital del país. Públicamente, el Gobierno aparentó detenerla, pero parte del grupo logró llegar y fueron recibidos por el presidente. De aquí en adelante se desataron las invasiones por todo el estado. Entre abril de 1972 y julio de 1973 se invadieron cuarenta y dos propiedades. Los campesinos se sentían con todo el derecho de reclamar las tierras, pero el camino y la estrategia se decidieron en las esferas más altas del Gobierno. Recuerdo claramente las pláticas con Valentín Rivero, Manuel de Haro, Jorge (su hijo), Ramiro Alatorre, Javier Garfias, José Julián Llaguno, Luis Barroso, que vivieron día a día este proceso, tanto como a los directivos de la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia (ANCTL), como propietarios. Juntas en la Presidencia de la República, en el Departamento Agrario, o en «la agraria», como le decían ellos, que solo sirvieron para que al final vieran los ranchos, que por generaciones habían cuidado, invadidos o arrancados por pago. Las invasiones a Coaxamalucan orillaron a la ANCTL, presidida entonces por Valentín Rivero, a publicar un desplegado en el que expresaban lo siguiente:

Nos vemos urgidos a denunciar públicamente la actitud pasiva del señor doctor Luciano Huerta Sánchez, gobernador de Tlaxcala. Nuestras diversas gestiones que ante él hemos hecho han sido infructuosas, ya que no ha procedido a remediar esa situación ilegal. Consideramos que la actitud del señor gobernador de Tlaxcala no está de acuerdo con la función que le corresponde como máxima autoridad en el estado, de proteger los intereses de sus gobernados y de hacer respetar los principios de nuestra Constitución.

Esperamos que ante esta denuncia, el aludido señor gobernador intervenga en forma inmediata y decisiva a fin de que se remedie tal situación desalojando de inmediato a los invasores.

El 23 de junio de 1973, el Gobierno federal envió al Ejército a desalojar los predios.  Piedras Negras había sido invadida desde octubre de 1972. Parecería que los ganaderos habían ganado la partida, pero la situación era insostenible  y el ambiente no era propicio para pretender conservar las propiedades en el futuro. Si no fue ese año, sería otro en el que se enfrentarían al mismo problema, además del nulo valor comercial que tendrían las propiedades con esa gigantesca espada de Damocles sobre de ellas. Así, en junio de 1973, Raúl González, de acuerdo con sus hermanos, decidió vender Piedras Negras y sus ranchos al Gobierno federal, y conservarían únicamente las 31 hectáreas que rodean el casco. Esto coincidió con la muerte de su madre, Delfina, por lo que también la ganadería fue dividida en cinco partes con las cuales se formarían los hierros de Iturbe Hermanos con la parte de Magdalena; Tepeyahualco, con lo que correspondió a Marta; La Antigua, de Susana y Raúl conservó el nombre y el hierro de la casa madre. Por su parte, Romárico recibió el equivalente en becerras que vendió a Federico Luna, a quien años antes habían vendido La Laguna. Raúl adquirió de sus primos Carvajal parte de los potreros de Zotoluca, donde continuó en condiciones radicalmente diferentes criando los famosos toros de la corbata. De ahí arrancaría de nuevo a hacer ondear por todo lo alto la bandera de Piedras Negras con sus tradicionales colores rojo y negro. La fracción que adquirió era y es un terreno arbolado casi en su totalidad, donde es un gozo ver el ganado. Ahí mismo estaban la antigua plaza de tientas de Zotoluca y el embarcadero, ambos modernizados por él con magníficas instalaciones y corrales para el manejo del ganado.

De las más de 9 000 hectáreas de los betlemitas solo quedaron 31. Hoy en día, de todas las propiedades que formaron Piedras Negras y La Laguna en su última etapa, solo quedan en manos de los nietos de Viliulfo las 300 hectáreas de la ganadería de De Haro en terrenos de La Laguna: Llano Grande, Llano Chico, los Españoles y Xalmonto, que conserva a su nombre Antonio de Haro González.

Esta fue la evolución de la hacienda de Piedras Negras. La historia de tierras y de hombres productivos que permitieron mantener y acrecentar el legado de don Mariano. Canosos sabinos que aún adornan las antiguas tierras. Gente de piel curtida por el sol que dejó vida y memoria en estos campos. Mudas lápidas con la mayoría de los nombres aquí relatados, que con frías fechas de nacimiento y muerte nos conducen por la historia de Piedras Negras. Pero la vida y la historia siguen. Después de las invasiones, Raúl continuó con su pie de simiente, ahora unido a las vacas y sementales de La Laguna, que había recibido de su madre en 1966. Ya estaba retirado don Isaac, quien hasta 1965 llevó los libros y la administración de la propiedad. Durante un tiempo, su primo Oscar González fungió como administrador de la finca y la ganadería. Un hombre de una claridad admirable para entender y hablar de toros.

Raúl González falleció en 1997 y quedó al frente su hijo menor, Marco Antonio González Villa. El matrimonio de Raúl y Laura había procreado además a tres hijas: Alejandra, Adriana y Ana Rita, con quienes por mucho tiempo disfrutaron Piedras Negras. A partir de 1998, Marco Antonio emprendió una labor titánica: reconstruir el casco de la hacienda, ya que lo que estaba en condición operable era únicamente el despacho, la zona del comedor, la cocina y algunas habitaciones. La escalera que daba acceso al segundo piso ya se había tapiado y las «casas» interiores no eran habitables. Con cariño y paciencia, Marco inició la obra que hoy en día está casi terminada. Nunca la casa lució como en la actualidad.

Contrajo matrimonio con Geraldina Compeán, con          quien tiene tres hijos: Renata, Patricio y María. La primera de ellos, Renata, está más enfocada a la parte cultural y artística, tan apreciada por la juventud de hoy. Por otra parte, no tengo duda de que Patricio le va a poder al toro cuando los de hoy ya no estemos. Jinete de escuela, monta como el mejor, siguiendo la tradición de sus mayores. Participa con entusiasmo en las actividades de la ganadería y poco a poco se ha ido integrando con tíos y amigos ganaderos para irse adentrando en el conocimiento del toro bravo. El día de su primera comunión lo vi pegar sus primeros muletazos, vestido de charro como los viejos y con esa sonrisa tan González al terminar una muy buena mañana de plaza. En cuanto a María, con tan solo trece años, es toda viveza, simpatía y entusiasmo. Ella también estará siempre muy cerca de su origen y tradiciones. Asidua a las plazas de toros de la mano de su padre, no pierde momento para compartir con todos su gracia infantil. A Marco lo acompañan casi siempre Miguel Villanueva, matador de toros hecho en casa en tiempos de su padre, y Javier Iturbe González, su primo hermano, ganadero y profundo conocedor del encaste Piedras Negras, con el cual está formada su propia ganadería por herencia. Con ellos comparte experiencias y conocimiento, y de vez en cuando, algún cruzado de pulque junto con quienes tenemos el gusto de atravesar el portón de Piedras Negras después de la tienta. Los Ramírez de Arellano, el matador Raúl Ponce de León, Antonio de Haro, José Ángel López Lima, entre otros, son amenos contertulios de las comidas en Piedras, donde después de servido el café suena la campana para avisar el primer cruzado de compromiso, simpática ceremonia tradicional en las ganaderías de Tlaxcala, que consiste en que, jícara en mano, de acuerdo con el contenido de las mismas, se cruza un brazo con otro en símbolo de amistad y cariño para, después de consumir el fresco pulque de un solo trago, darse un fraternal abrazo. Risas, buenos y sagaces comentarios, pero sobre todo la camaradería del gran anfitrión que es el amo Marco Antonio. Me río cada que recuerdo la cara de un matador de toros español y su cuadrilla cuando presenciaron tan singular evento. Marco ha mantenido las tradiciones y ha respetado los cánones al pie de la letra. Conserva e invierte constantemente en el mantenimiento de los potreros que heredó de su padre, aunque a él ya solo le llegó el casco de la otrora gran propiedad. Con su padre le tocó vivir el final de esta y el principio de una nueva forma de llevar la ganadería. La reducción de 1 900 a tan solo 300 hectáreas. Sigue sembrando maíz y cebada y recientemente regresó al cultivo del maguey. Tiene un interesante proyecto para revivir la ruina de La Venta betlemita, todavía erguida y sobria.

Después de tanto leer e investigar, creo que mi pregunta encontró respuesta. Con la elegante sencillez del campo, han pasado por aquí seis generaciones de González, dejando cada uno su propia huella, y defendiendo su propiedad y tradiciones a capa y espada. ¿Cómo era esto? Era grande y productivo. Tranquilo y divertido. Creativo y apasionado. Duro y dulce, como el maguey que lo habita. Con la felicidad y la amargura de la vida y la muerte entrelazadas en un segundo. Un tiro, un caballo, el triste sonar de las campanas. Un toro, una becerra, una faena de campo con la sonrisa del trabajo bien hecho. Una copa y una mesa, al llamado de las campanas a una boda. Un grito a medio campo con el sol a la espalda para terminar la jornada. Sangre, sol, vida y muerte.

Con gran respeto y gusto paso y seguiré pasando por este territorio que tanta historia esconde y tanta lección dicta. Así fue esto, grandeza y cariño a la tierra.

En este recuento hemos hecho un recorrido por la historia de la propiedad desde Jerónimo de Cervantes hasta Marco Antonio González Villa. Vayamos ahora a la ganadería. De José María a Marco Antonio, los seis amos de Piedras Negras.

II. LA GANADERÍA

1. LOS PRIMEROS AÑOS

A escasos mil metros del portón de la hacienda de Piedras Negras, pasando por un lado de las ruinas de La Venta, en un arbolado paraje decidió José María González Muñoz edificar la plaza de tientas, donde durante más de un siglo se probaría la bravura de vacas y becerros de la ganadería. Nos situamos a principios de la década de 1870, años en los que José María, de la mano de José María González Pavón, decidió emprender una extraña aventura: la cría de toros bravos.

Francisco Coello, en su libro Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Fundación Ingeniero Alejo Peralta y Díaz Ceballos, 1999), escribe:

El 28 de noviembre de 1867 fue expedida en la Ciudad de México la Ley de Dotación de Fondos Municipales, cuyo artículo 87 suprimió la fiesta de toros en la ciudad. Duración efectiva: veinte años. En sus considerandos explica:

No se considerarán entre las diversiones públicas permitidas las corridas de toros; y por lo mismo, no se podrá dar licencia para ellas, ni por los ayuntamientos ni por el gobernador del Distrito Federal, en ningún lugar del mismo.

La última corrida se celebró en la plaza el Paseo Nuevo, el 8 de diciembre de 1867. Aparentemente había también consideración de un adeudo fiscal de la empresa del coso con el gobierno de la ciudad, lo cual facilitó el cierre del lugar que además, en ese tiempo era el único en funcionamiento en el territorio capitalino.

Ponciano Díaz era el torero mexicano de ese momento. Había aprendido el oficio de Bernardo Gaviño, considerado el creador del «toreo a la mexicana». La tauromaquia nacional era distinta a la española. La organización de los festejos, su orden, las suertes en la lidia, las estocadas, eran diferentes a lo que se hacía en España, por lo que era muy baja la exigencia en términos de bravura y regularidad para el ganado que se presentaba en las plazas. La casta derivada de la agresividad nativa que los incipientes criadores iban encontrando, seleccionando y guardando en busca del toro bravo coexistía con el genio emanado del manso que tiraba derrotes para defenderse. Más, este que la primera. Los criadores mexicanos –había muy pocos dedicados en forma seria a la cría de ganado de lidia– solo contaban con su intuición para ir desarrollando de sus hatos criollos un animal que pudiera prestarse a la práctica de la tauromaquia de aquel momento. No eran raros los escándalos mayúsculos provocados por la mansedumbre natural del ganado que se lidiaba. Los propios reglamentos de la época sancionaban explícitamente lanzar objetos e insultos a los lidiadores, que tenían que divertir al público con lo que había. La lidia a la española se combinaba con suertes charras y ardides de valor que llevaban a cabo los toreros.

Formalmente y con prestigio estaban las ganaderías de los señores Barbabosa. Por lo común, los toros para los festejos más importantes provenían de Atenco, Santín y San Diego de los Padres, pero además se lidiaba gran cantidad de animales originarios de infinidad de haciendas diseminadas por todo el país, no particularmente dedicadas a la crianza del toro de lidia. En aquel tiempo también había un exacerbado regionalismo por parte de los toreros. Existían cuadrillas completas que viajaban de pueblo en pueblo presentando el espectáculo de las corridas de toros, sin dejar pasar ni invitar a toreros de otras zonas.

La prohibición en la Ciudad de México dio vida a dos plazas que quedaban relativamente cerca: la de Tlalnepantla, que comenzó a dar festejos en el año de 1874, y la del Huisachal, que hizo lo propio de 1881 a 1885, año este último en que desapareció, cuando el público la destrozó, dado el pésimo juego del encierro lidiado ese día. A esas plazas se transportaba el público de la capital en verdaderas caravanas y se organizaban romerías con todo tipo de espectáculos adicionales. Los elegantes iban a caballo; unos cuantos, muy pocos, en coche; ninguno a pie, y los más en tren. Los convoyes se componían de dos coches de segunda y en el centro, uno de primera, jalados todos por sus respectivos troncos de mulas.

La supresión del veto terminó con el dictamen de la Segunda Comisión de Gobernación del Congreso de la República, publicado después de amplias discusiones el día 17 de diciembre de 1886, donde se estableció un impuesto del 15% a los empresarios, cuyo producto se destinaría exclusivamente a cubrir parte de los gastos que originaba la obra del desagüe del Valle de México.

En 1887 se presentó en nuestro país Luis de Mazzantini, a quien se le debe la «españolización» de la fiesta y quizá su universalidad. Dos años antes ya se había presentado en el Huisachal el sevillano José Machío, pero quien dejó honda huella en el desarrollo del toreo en México fue Mazzantini.

En un principio, por el año de 1870, José María tuvo que haber sido muy aficionado para tomar la decisión –sin buscarlo ni saberlo– que cambiaría la vida de Piedras Negras. Un espectáculo regional, prohibido en la capital, con un mercado reducido o simplemente local, no era en realidad un panorama económicamente atractivo, pero algo tuvo que haber visto que decidió entrar de lleno en esta nueva andanza: la crianza del toro bravo.

No hay datos concretos de las primeras vacas que llegaron a San Mateo Huiscolotepec, pero seguramente serían animales de su propiedad, que mostraban alguna intención de embestir. En un artículo publicado en El Universal Taurino, de fecha 2 de mayo de 1923, junto con una entrevista a Lubín González, apareció el siguiente relato:

La antigüedad de esta ganadería data de los años 1871 o 1872, en que su propietario, Mariano González Fernández, abuelo de don Lubín, comenzó a darse cuenta de que entre una partida de reses que tenía en los montes había varias que embestían. Buen aficionado, como era Don Mariano, dio orden de que se fueran apartando los toros que dieran muestra de mayor bravura, siendo esta la primera elección que se hizo. Pronto circuló la noticia en los pueblos cercanos de que en Piedras Negras había toros bravos y así fue que al llegar las ferias de los pueblos vecinos se acercaran varias personas al señor González, pidiendo que les prestara algunos toros para efectuar sus capeas. A la muerte de don Mariano quedó en propiedad de la hacienda don José María González Muñoz, quien deseando consolidar la obra iniciada por su señor padre, tomó el mayor empeño en que la selección de reses bravas fuera cada vez más escrupulosa. Su primer paso fue tentar todos sus toros y vacas, apartando las que realmente merecían el título de bravas. Más tarde, adquirió sementales de la ganadería San Cristóbal la Trampa, de los cuales se decía que tenían cruza española.

A partir de esos años empezó un muy complicado trabajo de cruza y selección, que intentaba dar forma a la ganadería, previo a la llegada de la sangre española. Ya con ganado en la finca dedicado a la lidia, José María adquirió más ganado «bravo» de su amigo Manuel Sánchez de la Vega, vecino de Tepeaca, estado de Puebla, de donde trasladaron vacas y toros a sus dehesas con el hierro de San Cristóbal la Trampa. La operación se liquidó vía trueque: dos cabezas de manso por una de bravo. En 1888, el 15 de enero, un toro de esta ganadería de nombre Campero acabó con la vida del banderillero español Juan Romero Saleri, razón por la cual su dueño decidió ofrecer la totalidad de la ganadería a sus amigos González, quienes la compraron para engrosar las filas de Piedras Negras y de Tepeyahualco.

Saleri fue un banderillero muy apreciado en México. De figura esbelta, alegre, decidor, se vislumbraba en él a un torero de porvenir brillante y lleno de gloria. El percance fue en la vieja plaza de la ciudad de Puebla. Así lo relató la Gaceta Taurina:

Suena la hora; al frente marchan Cuatro Dedos y Zocato; detrás va a la izquierda, Juan Romero «Saleri». La corrida comienza con alegría, «Saleri» entusiasma al público toreando y banderilleando. Sale el cuarto toro. Berrendo en negro, cariavacado, chico y de pocos pies. «Saleri», que se había hecho notable en el salto la garrocha, busca al torete, que muy aplomado se encontraba a la derecha del toril. Lo cita por segunda vez con coraje, arranca saltando por encima de la res, que se quedó parada, y levantó el testuz, sobre el cual cayó el pobre banderillero, al que zarandeó un breve momento y lo tiró al suelo. Intentó levantarse «Saleri» y volvió a caer en tierra, sin fuerza ya, cuando los peones, acudiendo en su ayuda, notaron que ahí mismo se moría. La corrida se suspendió por espontáneo y generoso impulso del público.

Únicamente con esto, sin sangre brava, hubiera sido muy difícil que Piedras Negras se consolidara. Es de admirarse la intuición que tuvieron todos los ganaderos mexicanos al poder encontrar en el campo lo que fue la base de la bravura, que después reforzarían con sangre española. Hay que recordar que el ganado bovino que llegó en tiempos de la conquista tenía como objetivos la producción de carne y leche, la carga y la fuerza motora que se necesitaban en Nueva España, donde no existía esta raza. Su aclimatación en todo el territorio nacional fue inmediata y hubo un crecimiento desmedido en el centro del territorio del país, que incluso obligó a realizar grandes arreadas hacia el despoblado norte, sobre todo por el daño que los animales estaban causando a la agricultura. Así, muchos animales se reprodujeron sin el cuidado del hombre, y algunos, muy pocos, mostraban cierta agresividad al sentirse acorralados. En España, en el siglo XVI tampoco había ganaderías dedicadas a la cría de toros de lidia, sin embargo, allá se inició la búsqueda y conservación de la bravura casi doscientos años antes que en nuestro país. De ese modo, dos siglos después, los criadores mexicanos iniciaron el rastreo dentro de sus fincas, de aquellos animales que pudieran desarrollar la casta necesaria para el espectáculo taurino. La sangre del toro de lidia español que llegó a finales del siglo XIX permitió el inicio de la consolidación del complicado camino hacia la bravura.

El domingo 8 de enero de 1888, en corrida de beneficio, Luis Mazzantini se encerró con tres toros de Saltillo y tres de Benjumea. Respetao, Pardito y Sevillano fueron los de Saltillo que saltaron al ruedo en primero, tercero y quinto lugar, respectivamente. También fueron los primeros animales de esta ganadería en cruzar el Atlántico para ser lidiados en nuestro país. El sobrero de esta corrida de la ganadería de Benjumea, Cotorrito de nombre, berrendo en negro de pinta, lo adquirió José María González, y fue el primer semental español que padreó en Piedras Negras. Solo duró dos años con las vacas, pues murió de forma accidental. A partir de esos años, las tientas fueron llevadas a cabo con máxima escrupulosidad, haciendo picar sus becerras y becerros por picadores de oficio, que tenían fama de apretar el palo, desechando todos aquellos animales que no hicieran una pelea satisfactoria.

Los González no estaban conformes con los resultados de su ganado, por lo que en 1887 adquirieron para Tepeyahualco un toro de Anastasio Martín, y en 1888 para Piedras Negras, el mencionado toro de Benjumea, que había quedado en la plaza Colón después de la temporada de ese año y que les vendió Mazzantini. En 1889 agregaron tres toros procedentes de Saltillo, Veragua y Pérez de la Concha. En 1895 llegó a padrear a Tepeyahualco un toro de Miura de nombre Gallito, que fue prestado por un tiempo a Piedras Negras.

Como podemos ver, a excepción de los toros de Saltillo y Miura, lo demás estaba encastado en Vázquez, lo que contribuyó a tener un crisol de sangres que daba como resultado toros multicolores y de comportamiento irregular. Sin embargo, algo estaban haciendo bien –lo veremos al llegar a las crónicas de los toros en la plaza–, y comenzaban a cimentar el prestigio de Piedras Negras.

Como sabemos, la crianza formal del toro bravo inició en España a finales del siglo XVII. Sabemos que  hay festejos registrados desde dos siglos antes, pero es principalmente con la formación de las casas de Vistahermosa y Vázquez cuando de alguna manera se comenzó a ordenar el origen y procedencia de los animales en las ganaderías. Ya entrado el siglo XVIII comenzó la selección de características emanadas del comportamiento natural del toro, tratando de ir fijando aquellas que se acoplaran al espectáculo en la plaza y que fueran dando prestigio a los propios ganaderos. Pasarían muchos años para que comenzaran a llevarse registros, como se hace el día de hoy, y quizá es en México donde más historia existe a este respecto. En Piedras Negras están los libros de la ganadería que inician con el registro de las vacas de origen criollo, que existían desde antes de la llegada de las primeras vacas españolas de procedencia Saltillo, así como de los sementales de origen español que se utilizaron para cruzar este pie de cría inicial. Esto fue desde 1884. Tales registros permitieron el orden genético que se llevaría posteriormente, y es un lujo que pocas ganaderías en el mundo pueden presumir. La genética junto con la selección son los dos pilares sobre los cuales se sostienen las ganaderías.

Johann Mendel nació en Austria en 1822. Sacerdote agustino, en 1865 publicó los Ensayos sobre los híbridos vegetales, obra maestra de experimentación y de lógica que sienta las bases de la genética. Las tres Leyes de Mendel –de la dominancia, de la segregación de caracteres y de la segregación independiente en los gametos de un híbrido– son el primer paso decisivo para el estudio de la herencia que dan un rigor matemático a problemas hasta entonces misteriosos y confusos. Su obra no fue suficientemente valorada hasta 1900, cuando fue redescubierta por el botánico Correus. Falleció en 1884, dieciocho años después de haber sido nombrado superior del convento, labor que le impidió continuar con sus investigaciones.

Aunque la investigación de Mendel fue sobre plantas, la lógica de la segregación de caracteres en la herencia se aplica perfectamente al reino animal, y es la que ayudaría sin duda al desarrollo de la ganadería en el mundo. Años antes, en 1874, Joseph Glidden patentó el alambre de púas, elemento clave para la crianza del toro bravo, ya que facilita la delimitación de potreros para separar con seguridad las distintas puntas de vacas que forman la ganadería. Antiguamente a un hato de vacas se les asignaban varios sementales para asegurar la cubrición, por lo que, si existía algún control, este era solo sobre la madre del animal.

Crear, hacer algo de la nada, producir, cuidar, alimentar animales y a su prole, seleccionarlos y someterlos a un conjunto de cuidados para acabar su formación y conferirles un punto más perfecto, es una suma de definiciones del hacer de un ganadero. Este era el reto de los González al iniciar la ganadería brava en Piedras Negras. Construir desde cero. Ellos, agricultores y ganaderos por varias generaciones, se enfrentaban a una nueva problemática antes no vivida: analizar el comportamiento del ganado y definir su propio concepto. Tal era el punto de partida y destino de estos nuevos criadores. Una definición que pudiera ser estable al paso del tiempo y que les permitiera navegar los desconocidos mares de la bravura.

Claramente, el baremo emanaba de las plazas de toros y del momento que vivía la fiesta. De 1887 en adelante, esta comenzó a cambiar de forma radical, toda vez que comenzaron a importarse los primeros encierros de toros españoles, para que el público nacional viera por primera vez el comportamiento de un toro bravo en una plaza. Ya no era el toro para la mojiganga o el espectáculo variado. Era un toro que ya se había buscado con el fin específico de ser lidiado en un espectáculo público, regido por el orden y las tradiciones, por lo que tuvieron que hacer un ajuste mental muy importante, dejando atrás la crianza del ganado en sí misma, para acompañarla ahora con la selección, el manejo genético y el trapío.

Dueños de una gran finca, tenían resuelto el primer problema: la influencia que el medio ambiente ejerce en la evolución física del animal. Su propiedad proporcionaba condiciones inmejorables para el mejor desarrollo de los animales. Llanos, lomeríos arbolados, buenos pastos y agua suficiente, además de la producción de pastura y grano que proporcionaba la propia hacienda, garantizaban la buena crianza del ganado. La cuestión genética la intuyeron a partir del cambio de la fiesta, y es por esto que comenzaron a incorporar los sementales españoles. Sin embargo, lo que parece rápido de escribir es muy largo de lograr.

En 1888, en el campo de Piedras Negras había alrededor de ciento cincuenta vacas de vientre, dedicadas a la crianza de toros bravos, todas ellas de origen criollo y sin gota de sangre española. Con la entrada de sementales españoles de diferentes ganaderías, esta sangre se iría eliminando muy lentamente. El ejercicio simple que siempre se hace al incorporar sementales de una sangre diferente a la del hato propio es que el primer año, las crías llevan 50% de la sangre nueva y 50% de la original; al siguiente año, tienen 75% de la sangre nueva, y así sucesivamente, hasta que en la sexta generación, la pureza de la sangre es del 99%. Esto sería solo cierto si cada año la totalidad de las vacas del empadre fueran incrementando su porcentaje de sangre en esas proporciones, lo cual es cosa imposible. Si iniciamos con ciento cincuenta vacas en los potreros, todas empadradas con toros de sangre pura, y cada año incorporamos a la ganadería quince vacas aprobadas en tienta, esto es, el total de la nacencia de hembras, menos las mermas, antes y después del herradero, y menos las desechadas por selección, el proceso de absorción de la sangre es mucho más lento, como se ejemplifica en el siguiente cuadro:                              

PORCENTAJE DE SANGRE ESPAÑOLA

Año  Total de

vacas         0.00%       50.00%     75.00%     87.50%     93.75%     96.88%         98.44%     Promedio

1888 150   150                                                           

1889 150   150                                                           

1890 150   150                                                          

1891 150   135   15                                                    5.00%

1892 150   120   30                                                    10.00%

1893 150   105   45                                                    15.00%

1894 150   90     58     2                                             20.33%

1895 150   75     70     5                                             25.83%

1896 150   60     81     9                                             31.50%

1897 150   53     81     15     1                                    35.08%

1898 150   37     89     22     2                                    41.83%

1899 150   0       95     30     3                                    48.42%

1900 150   0       100   38     5       1                          55.88%

1901 150   0       94     47     7       2                          60.17%

1902 150   0       80     57     10     3                          62.88%

1903 150   0       64     67     14     4       1                 66.15%

1904 150   0       47     77     19     5       2                 69.67%

1905 150   0       31     85     25     6       3                 73.10%

1906 150   0       14     91     32     8       4       1       77.07%

1907 150   0       0       93     40     10     5       2       80.63%

1908 150   0       0       81     48     12     6       3       81.84%

%     150                      54.00%     32.00%     8.00%       4.00%       2.00%      

En Piedras Negras este fue relativamente el proceso de incorporación de sangre española al hato. Lo que se puede observar es la lentitud del avance. Fue hasta después de diez años que dejaron de existir vacas ciento por ciento criollas en los empadres, y casi veinte años para que ya no las hubiera al cincuenta por ciento. Sin embargo, la presencia de la sangre criolla después de veinte años es casi del 20% en promedio. Esto hacía que, aunque el proceso de absorción se viniera dando a la velocidad que la naturaleza lo permite, la existencia tan alta de «sangre de la tierra» provocara el comportamiento a veces tan irregular de los toros en la plaza. Por lo tanto, la tienta era primordial, pero todavía era necesario trabajar con la sangre, buscar un elemento estabilizador.

Hay un dicho ganadero muy mexicano que dice: «Las ganaderías las hacen las vacas». Más certero no puede ser. Si hoy en día alguien quiere cambiar su encaste, es preferible y más rápido matar el hato que se tiene y comprar vacas nuevas. Si solo se hace con sementales del encaste deseado o nuevo, el proceso es muy largo, y los resultados muy irregulares por mucho tiempo. Además, la genética no es aritmética ni funciona como receta de cocina. Son combinaciones de genes muy complicadas de entender, y más de manejar, en un ganado donde lo que se juzga y se busca es el comportamiento de un día de su vida, durante veinte minutos. De ahí se deriva la importancia de buscar definir la ganadería en su sangre y en su comportamiento desde las vacas. El semental individualmente deja más crías al año, pero la clave es la estabilidad de la sangre en las hembras.

En aquellos tiempos, la fiesta giraba alrededor de la suerte de varas. Recordemos que en España fue hasta 1928 cuando apareció el peto para defender a los caballos. A finales del siglo XIX y principios del XX, a los toros se les daban muchos pequeños puyazos comparados con los de hoy. Aunque la vara no tenía tope y en ocasiones lastimaba en demasía a los toros, estos normalmente tenían que acudir al cite del picador al menos ocho o diez veces, permitiendo a los diestros el lucimiento con el capote en los quites. Con tanta sangre de la tierra aun corriendo por sus venas, en muchas ocasiones se acobardaban. Por lo tanto, era necesario avanzar de forma más rápida. La bravura de las reses se medía básicamente en el primer tercio. Se analizaba la dureza de la casta y el celo con el que los toros arrancaban de largo a los caballos, y era muy importante la cuenta de los tumbos y los caballos muertos. El tercio de banderillas era de gran lucimiento y la muleta servía solo como ayuda para la suerte suprema que muchos maestros de ese tiempo ejecutaban a ley.

La ganadería de Saltillo gozaba de gran prestigio entre los toreros españoles que venían a México. Toros pequeños, de gran bravura y movilidad, degollados de papada, fueron los consentidos de las figuras en la época de Guerrita.

Como habíamos comentado, ya habían padreado algunos toros de esta sangre tanto en Tepeyahualco como en Piedras Negras, seguramente con buenos resultados, ya que a finales del siglo XIX, en 1895, decidieron enviar al mayoral de la primera –Juan Pérez– a adquirir del marqués de Saltillo cuatro sementales. Del libro de Emilio Corona, en el que se detalla toda la descendencia de Mariano González, resumo estas letras:

Sevillano que parecía un roble, vestía traje corto y botas. De tez morena, cejijunto, daba la impresión de ser poco comunicativo y un tanto seco y reservado y a toda hora portaba sombrero negro cordobés, y sus arreos para sus faenas eran de estilo español: montura, bridas y garrocha, en vez de reata.

Viajó a España, pero, al disentir en el precio con el marqués, adquirió para Piedras Negras tres toros de sangre Murube: Ochavito, Calabrés y Remolino, que ligaron estupendamente. Animado por el buen resultado, en 1905 José María agregó seis más de la misma sangre: Polluelo, Condeso, Aceituno, Cabezón, Cucharero y Arrecio, de los cuales solo tres le dieron los resultados esperados. Padreó además otro de nombre Niño, único del cual se conservan la cabeza y una fotografía. La incorporación de los toros de origen Murube en los últimos años, antes de la llegada de Saltillo, comenzó a rendir muy buenos frutos, incluso anunciándose este origen en los carteles. Pero no le dio tiempo de consolidarse debido a la llegada de lo de Saltillo, que a partir de 1908 hasta nuestros días sería la sangre fundamental de esta casa. Antonio Fuentes, figura indiscutible e íntimo amigo de Lubín, insistió y tuvo mucho que ver, junto con Bonarillo, en reafirmar la decisión de encastar Piedras Negras con lo del marqués y en la adquisición del pie de cría. Como comentamos líneas arriba, el primer intento fue fallido, pero el objetivo era definitivo.

Hay un hecho muy curioso que quiero compartir: en el año de 1904 se importó un encierro de seis toros de la ganadería del marqués de Saltillo para ser lidiado, en ese momento ya propiedad de su viuda, la señora Francisca Xaviera Osborne y Bohl. Quien hizo la compra en España y acompañó al ganado en la travesía por barco fue el espectacular y querido banderillero español Manuel Blanco Blanquito. Los toros eran para la corrida de su beneficio, costumbre muy en boga en aquellos tiempos. A este hombre se le ocurrió un negocio muy rentable que consistía en ofrecer los toros como sementales a las ganaderías de Tepeyahualco y Piedras Negras. La corrida se había pagado a precios de toro para muerte en plaza, valor sustancialmente menor que el de un toro adquirido para reproducción, por lo cual el negocio pudo haber sido muy rentable. La marquesa de Saltillo fue avisada de que había habido un accidente en el transporte de los toros rumbo a la Ciudad de México y que estos habían caído a un barranco de más de cuarenta metros de profundidad, y habían muerto todos en el acto. Ella desconfió y entonces contrató al licenciado Manuel Sánchez Gavito para que en su nombre y representación hiciera las investigaciones pertinentes. Esto fue en enero de 1905. La verdad siempre aparece, solo es cuestión de tiempo. Para el 17 de agosto de ese año, las pesquisas rindieron frutos y un toro fue encontrado en Piedras Negras y dos más en Tepeyahualco. Los tres toros fueron decomisados y resguardados en la hacienda de la Quintanilla, vecina de San José Tepeyahualco, en espera del laudo judicial. Blanquito ya había salido con prisas huyendo rumbo a España, por lo que el abogado mexicano planteó un juicio de extradición ante las autoridades de Sevilla para que fuera juzgado en México. En la demanda se incluía, además, a la señora Josefina Merchán de González Pavón, viuda de José María, y al señor Eduardo Austran, comprador de los toros. El juicio se llevó a cabo en los juzgados de Tlaxco, en donde, por un lado, la marquesa reclamaba el regreso de los toros y sus crías a España y, por otro, los ganaderos defendían la propiedad, al haber invertido una suma muy importante en su adquisición. El caso fue atraído por la Suprema Corte de Justicia, en octubre de 1905, y el fallo fue a favor de la marquesa.

Finalmente, el 25 de febrero de 1906 fue anunciada la lidia de los famosos toros en la Plaza México, entonces administrada por José del Rivero, eterno director artístico de las muchas empresas que hubo en la Ciudad de México, principalmente las que dirigieron el Toreo. Los toros tenían ya casi seis años, y se anunciaba en el cartel a Antonio Fuentes y Antonio Montes. La empresa accedió a pagar $15 000 por la corrida, cantidad varias veces mayor al promedio en esos tiempos. En entrevistas a la prensa, el empresario declaró que era su intención borrar el mal sabor de boca que había dejado este enredo y limpiar en lo posible el prestigio de los empresarios de México. Se lidiaron sin mayor éxito.

Lo que está claro es que estaban buscando simiente de Saltillo casi por cualquier medio. José María González Pavón había fallecido en agosto de 1904 y, por lo que se puede deducir de esta historia es que para 1905, Tepeyahualco todavía era propiedad de su viuda y sus hijos, quienes seguramente después de este incidente venderían su afamada ganadería a Manuel Fernández del Castillo y Mier, socio de José del Rivero y de otras personas que iniciarían en breve la construcción de la plaza de toros el Toreo.

La presentación como ganaderos de Tepeyahualco de Fernández del Castillo y Alberto Parrés fue el día 29 de octubre de 1905 en un mano a mano entre Antonio Montes y Joaquín Hernández Parrao. Habían comprado toda la ganadería y la habían transportado a San Bartolomé del Monte. El Correo Español así lo publicó el 28 de octubre de 1905:

Los señores se han hecho ganaderos únicamente por afición, y no obstante la bravura que siempre han tenido los toros de Tepeyahualco van a procurar afinar aún más la raza, haciendo buenos cruzamientos y, al efecto, ya llegaron procedentes de España doce becerras y cinco becerros de la ganadería del señor Marqués de Saltillo.

Pero ahora veamos cómo y de dónde llegan las vacas de Saltillo a Piedras Negras.

Continuara…

II. LA GANADERÍA

1. LOS PRIMEROS AÑOS

A escasos mil metros del portón de la hacienda de Piedras Negras, pasando por un lado de las ruinas de La Venta, en un arbolado paraje decidió José María González Muñoz edificar la plaza de tientas, donde durante más de un siglo se probaría la bravura de vacas y becerros de la ganadería. Nos situamos a principios de la década de 1870, años en los que José María, de la mano de José María González Pavón, decidió emprender una extraña aventura: la cría de toros bravos.

Francisco Coello, en su libro Novísima grandeza de la tauromaquia mexicana (Fundación Ingeniero Alejo Peralta y Díaz Ceballos, 1999), escribe:

El 28 de noviembre de 1867 fue expedida en la Ciudad de México la Ley de Dotación de Fondos Municipales, cuyo artículo 87 suprimió la fiesta de toros en la ciudad. Duración efectiva: veinte años. En sus considerandos explica:

No se considerarán entre las diversiones públicas permitidas las corridas de toros; y por lo mismo, no se podrá dar licencia para ellas, ni por los ayuntamientos ni por el gobernador del Distrito Federal, en ningún lugar del mismo.

La última corrida se celebró en la plaza el Paseo Nuevo, el 8 de diciembre de 1867. Aparentemente había también consideración de un adeudo fiscal de la empresa del coso con el gobierno de la ciudad, lo cual facilitó el cierre del lugar que además, en ese tiempo era el único en funcionamiento en el territorio capitalino.

Ponciano Díaz era el torero mexicano de ese momento. Había aprendido el oficio de Bernardo Gaviño, considerado el creador del «toreo a la mexicana». La tauromaquia nacional era distinta a la española. La organización de los festejos, su orden, las suertes en la lidia, las estocadas, eran diferentes a lo que se hacía en España, por lo que era muy baja la exigencia en términos de bravura y regularidad para el ganado que se presentaba en las plazas. La casta derivada de la agresividad nativa que los incipientes criadores iban encontrando, seleccionando y guardando en busca del toro bravo coexistía con el genio emanado del manso que tiraba derrotes para defenderse. Más, este que la primera. Los criadores mexicanos –había muy pocos dedicados en forma seria a la cría de ganado de lidia– solo contaban con su intuición para ir desarrollando de sus hatos criollos un animal que pudiera prestarse a la práctica de la tauromaquia de aquel momento. No eran raros los escándalos mayúsculos provocados por la mansedumbre natural del ganado que se lidiaba. Los propios reglamentos de la época sancionaban explícitamente lanzar objetos e insultos a los lidiadores, que tenían que divertir al público con lo que había. La lidia a la española se combinaba con suertes charras y ardides de valor que llevaban a cabo los toreros.

Formalmente y con prestigio estaban las ganaderías de los señores Barbabosa. Por lo común, los toros para los festejos más importantes provenían de Atenco, Santín y San Diego de los Padres, pero además se lidiaba gran cantidad de animales originarios de infinidad de haciendas diseminadas por todo el país, no particularmente dedicadas a la crianza del toro de lidia. En aquel tiempo también había un exacerbado regionalismo por parte de los toreros. Existían cuadrillas completas que viajaban de pueblo en pueblo presentando el espectáculo de las corridas de toros, sin dejar pasar ni invitar a toreros de otras zonas.

La prohibición en la Ciudad de México dio vida a dos plazas que quedaban relativamente cerca: la de Tlalnepantla, que comenzó a dar festejos en el año de 1874, y la del Huisachal, que hizo lo propio de 1881 a 1885, año este último en que desapareció, cuando el público la destrozó, dado el pésimo juego del encierro lidiado ese día. A esas plazas se transportaba el público de la capital en verdaderas caravanas y se organizaban romerías con todo tipo de espectáculos adicionales. Los elegantes iban a caballo; unos cuantos, muy pocos, en coche; ninguno a pie, y los más en tren. Los convoyes se componían de dos coches de segunda y en el centro, uno de primera, jalados todos por sus respectivos troncos de mulas.

La supresión del veto terminó con el dictamen de la Segunda Comisión de Gobernación del Congreso de la República, publicado después de amplias discusiones el día 17 de diciembre de 1886, donde se estableció un impuesto del 15% a los empresarios, cuyo producto se destinaría exclusivamente a cubrir parte de los gastos que originaba la obra del desagüe del Valle de México.

En 1887 se presentó en nuestro país Luis de Mazzantini, a quien se le debe la «españolización» de la fiesta y quizá su universalidad. Dos años antes ya se había presentado en el Huisachal el sevillano José Machío, pero quien dejó honda huella en el desarrollo del toreo en México fue Mazzantini.

En un principio, por el año de 1870, José María tuvo que haber sido muy aficionado para tomar la decisión –sin buscarlo ni saberlo– que cambiaría la vida de Piedras Negras. Un espectáculo regional, prohibido en la capital, con un mercado reducido o simplemente local, no era en realidad un panorama económicamente atractivo, pero algo tuvo que haber visto que decidió entrar de lleno en esta nueva andanza: la crianza del toro bravo.

No hay datos concretos de las primeras vacas que llegaron a San Mateo Huiscolotepec, pero seguramente serían animales de su propiedad, que mostraban alguna intención de embestir. En un artículo publicado en El Universal Taurino, de fecha 2 de mayo de 1923, junto con una entrevista a Lubín González, apareció el siguiente relato:

La antigüedad de esta ganadería data de los años 1871 o 1872, en que su propietario, Mariano González Fernández, abuelo de don Lubín, comenzó a darse cuenta de que entre una partida de reses que tenía en los montes había varias que embestían. Buen aficionado, como era Don Mariano, dio orden de que se fueran apartando los toros que dieran muestra de mayor bravura, siendo esta la primera elección que se hizo. Pronto circuló la noticia en los pueblos cercanos de que en Piedras Negras había toros bravos y así fue que al llegar las ferias de los pueblos vecinos se acercaran varias personas al señor González, pidiendo que les prestara algunos toros para efectuar sus capeas. A la muerte de don Mariano quedó en propiedad de la hacienda don José María González Muñoz, quien deseando consolidar la obra iniciada por su señor padre, tomó el mayor empeño en que la selección de reses bravas fuera cada vez más escrupulosa. Su primer paso fue tentar todos sus toros y vacas, apartando las que realmente merecían el título de bravas. Más tarde, adquirió sementales de la ganadería San Cristóbal la Trampa, de los cuales se decía que tenían cruza española.

A partir de esos años empezó un muy complicado trabajo de cruza y selección, que intentaba dar forma a la ganadería, previo a la llegada de la sangre española. Ya con ganado en la finca dedicado a la lidia, José María adquirió más ganado «bravo» de su amigo Manuel Sánchez de la Vega, vecino de Tepeaca, estado de Puebla, de donde trasladaron vacas y toros a sus dehesas con el hierro de San Cristóbal la Trampa. La operación se liquidó vía trueque: dos cabezas de manso por una de bravo. En 1888, el 15 de enero, un toro de esta ganadería de nombre Campero acabó con la vida del banderillero español Juan Romero Saleri, razón por la cual su dueño decidió ofrecer la totalidad de la ganadería a sus amigos González, quienes la compraron para engrosar las filas de Piedras Negras y de Tepeyahualco.

Saleri fue un banderillero muy apreciado en México. De figura esbelta, alegre, decidor, se vislumbraba en él a un torero de porvenir brillante y lleno de gloria. El percance fue en la vieja plaza de la ciudad de Puebla. Así lo relató la Gaceta Taurina:

Suena la hora; al frente marchan Cuatro Dedos y Zocato; detrás va a la izquierda, Juan Romero «Saleri». La corrida comienza con alegría, «Saleri» entusiasma al público toreando y banderilleando. Sale el cuarto toro. Berrendo en negro, cariavacado, chico y de pocos pies. «Saleri», que se había hecho notable en el salto la garrocha, busca al torete, que muy aplomado se encontraba a la derecha del toril. Lo cita por segunda vez con coraje, arranca saltando por encima de la res, que se quedó parada, y levantó el testuz, sobre el cual cayó el pobre banderillero, al que zarandeó un breve momento y lo tiró al suelo. Intentó levantarse «Saleri» y volvió a caer en tierra, sin fuerza ya, cuando los peones, acudiendo en su ayuda, notaron que ahí mismo se moría. La corrida se suspendió por espontáneo y generoso impulso del público.

Únicamente con esto, sin sangre brava, hubiera sido muy difícil que Piedras Negras se consolidara. Es de admirarse la intuición que tuvieron todos los ganaderos mexicanos al poder encontrar en el campo lo que fue la base de la bravura, que después reforzarían con sangre española. Hay que recordar que el ganado bovino que llegó en tiempos de la conquista tenía como objetivos la producción de carne y leche, la carga y la fuerza motora que se necesitaban en Nueva España, donde no existía esta raza. Su aclimatación en todo el territorio nacional fue inmediata y hubo un crecimiento desmedido en el centro del territorio del país, que incluso obligó a realizar grandes arreadas hacia el despoblado norte, sobre todo por el daño que los animales estaban causando a la agricultura. Así, muchos animales se reprodujeron sin el cuidado del hombre, y algunos, muy pocos, mostraban cierta agresividad al sentirse acorralados. En España, en el siglo XVI tampoco había ganaderías dedicadas a la cría de toros de lidia, sin embargo, allá se inició la búsqueda y conservación de la bravura casi doscientos años antes que en nuestro país. De ese modo, dos siglos después, los criadores mexicanos iniciaron el rastreo dentro de sus fincas, de aquellos animales que pudieran desarrollar la casta necesaria para el espectáculo taurino. La sangre del toro de lidia español que llegó a finales del siglo XIX permitió el inicio de la consolidación del complicado camino hacia la bravura.

El domingo 8 de enero de 1888, en corrida de beneficio, Luis Mazzantini se encerró con tres toros de Saltillo y tres de Benjumea. Respetao, Pardito y Sevillano fueron los de Saltillo que saltaron al ruedo en primero, tercero y quinto lugar, respectivamente. También fueron los primeros animales de esta ganadería en cruzar el Atlántico para ser lidiados en nuestro país. El sobrero de esta corrida de la ganadería de Benjumea, Cotorrito de nombre, berrendo en negro de pinta, lo adquirió José María González, y fue el primer semental español que padreó en Piedras Negras. Solo duró dos años con las vacas, pues murió de forma accidental. A partir de esos años, las tientas fueron llevadas a cabo con máxima escrupulosidad, haciendo picar sus becerras y becerros por picadores de oficio, que tenían fama de apretar el palo, desechando todos aquellos animales que no hicieran una pelea satisfactoria.

Los González no estaban conformes con los resultados de su ganado, por lo que en 1887 adquirieron para Tepeyahualco un toro de Anastasio Martín, y en 1888 para Piedras Negras, el mencionado toro de Benjumea, que había quedado en la plaza Colón después de la temporada de ese año y que les vendió Mazzantini. En 1889 agregaron tres toros procedentes de Saltillo, Veragua y Pérez de la Concha. En 1895 llegó a padrear a Tepeyahualco un toro de Miura de nombre Gallito, que fue prestado por un tiempo a Piedras Negras.

Como podemos ver, a excepción de los toros de Saltillo y Miura, lo demás estaba encastado en Vázquez, lo que contribuyó a tener un crisol de sangres que daba como resultado toros multicolores y de comportamiento irregular. Sin embargo, algo estaban haciendo bien –lo veremos al llegar a las crónicas de los toros en la plaza–, y comenzaban a cimentar el prestigio de Piedras Negras.

Como sabemos, la crianza formal del toro bravo inició en España a finales del siglo XVII. Sabemos que  hay festejos registrados desde dos siglos antes, pero es principalmente con la formación de las casas de Vistahermosa y Vázquez cuando de alguna manera se comenzó a ordenar el origen y procedencia de los animales en las ganaderías. Ya entrado el siglo XVIII comenzó la selección de características emanadas del comportamiento natural del toro, tratando de ir fijando aquellas que se acoplaran al espectáculo en la plaza y que fueran dando prestigio a los propios ganaderos. Pasarían muchos años para que comenzaran a llevarse registros, como se hace el día de hoy, y quizá es en México donde más historia existe a este respecto. En Piedras Negras están los libros de la ganadería que inician con el registro de las vacas de origen criollo, que existían desde antes de la llegada de las primeras vacas españolas de procedencia Saltillo, así como de los sementales de origen español que se utilizaron para cruzar este pie de cría inicial. Esto fue desde 1884. Tales registros permitieron el orden genético que se llevaría posteriormente, y es un lujo que pocas ganaderías en el mundo pueden presumir. La genética junto con la selección son los dos pilares sobre los cuales se sostienen las ganaderías.

Johann Mendel nació en Austria en 1822. Sacerdote agustino, en 1865 publicó los Ensayos sobre los híbridos vegetales, obra maestra de experimentación y de lógica que sienta las bases de la genética. Las tres Leyes de Mendel –de la dominancia, de la segregación de caracteres y de la segregación independiente en los gametos de un híbrido– son el primer paso decisivo para el estudio de la herencia que dan un rigor matemático a problemas hasta entonces misteriosos y confusos. Su obra no fue suficientemente valorada hasta 1900, cuando fue redescubierta por el botánico Correus. Falleció en 1884, dieciocho años después de haber sido nombrado superior del convento, labor que le impidió continuar con sus investigaciones.

Aunque la investigación de Mendel fue sobre plantas, la lógica de la segregación de caracteres en la herencia se aplica perfectamente al reino animal, y es la que ayudaría sin duda al desarrollo de la ganadería en el mundo. Años antes, en 1874, Joseph Glidden patentó el alambre de púas, elemento clave para la crianza del toro bravo, ya que facilita la delimitación de potreros para separar con seguridad las distintas puntas de vacas que forman la ganadería. Antiguamente a un hato de vacas se les asignaban varios sementales para asegurar la cubrición, por lo que, si existía algún control, este era solo sobre la madre del animal.

Crear, hacer algo de la nada, producir, cuidar, alimentar animales y a su prole, seleccionarlos y someterlos a un conjunto de cuidados para acabar su formación y conferirles un punto más perfecto, es una suma de definiciones del hacer de un ganadero. Este era el reto de los González al iniciar la ganadería brava en Piedras Negras. Construir desde cero. Ellos, agricultores y ganaderos por varias generaciones, se enfrentaban a una nueva problemática antes no vivida: analizar el comportamiento del ganado y definir su propio concepto. Tal era el punto de partida y destino de estos nuevos criadores. Una definición que pudiera ser estable al paso del tiempo y que les permitiera navegar los desconocidos mares de la bravura.

Claramente, el baremo emanaba de las plazas de toros y del momento que vivía la fiesta. De 1887 en adelante, esta comenzó a cambiar de forma radical, toda vez que comenzaron a importarse los primeros encierros de toros españoles, para que el público nacional viera por primera vez el comportamiento de un toro bravo en una plaza. Ya no era el toro para la mojiganga o el espectáculo variado. Era un toro que ya se había buscado con el fin específico de ser lidiado en un espectáculo público, regido por el orden y las tradiciones, por lo que tuvieron que hacer un ajuste mental muy importante, dejando atrás la crianza del ganado en sí misma, para acompañarla ahora con la selección, el manejo genético y el trapío.

Dueños de una gran finca, tenían resuelto el primer problema: la influencia que el medio ambiente ejerce en la evolución física del animal. Su propiedad proporcionaba condiciones inmejorables para el mejor desarrollo de los animales. Llanos, lomeríos arbolados, buenos pastos y agua suficiente, además de la producción de pastura y grano que proporcionaba la propia hacienda, garantizaban la buena crianza del ganado. La cuestión genética la intuyeron a partir del cambio de la fiesta, y es por esto que comenzaron a incorporar los sementales españoles. Sin embargo, lo que parece rápido de escribir es muy largo de lograr.

En 1888, en el campo de Piedras Negras había alrededor de ciento cincuenta vacas de vientre, dedicadas a la crianza de toros bravos, todas ellas de origen criollo y sin gota de sangre española. Con la entrada de sementales españoles de diferentes ganaderías, esta sangre se iría eliminando muy lentamente. El ejercicio simple que siempre se hace al incorporar sementales de una sangre diferente a la del hato propio es que el primer año, las crías llevan 50% de la sangre nueva y 50% de la original; al siguiente año, tienen 75% de la sangre nueva, y así sucesivamente, hasta que en la sexta generación, la pureza de la sangre es del 99%. Esto sería solo cierto si cada año la totalidad de las vacas del empadre fueran incrementando su porcentaje de sangre en esas proporciones, lo cual es cosa imposible. Si iniciamos con ciento cincuenta vacas en los potreros, todas empadradas con toros de sangre pura, y cada año incorporamos a la ganadería quince vacas aprobadas en tienta, esto es, el total de la nacencia de hembras, menos las mermas, antes y después del herradero, y menos las desechadas por selección, el proceso de absorción de la sangre es mucho más lento, como se ejemplifica en el siguiente cuadro:                              

PORCENTAJE DE SANGRE ESPAÑOLA

Año  Total de

vacas         0.00%       50.00%     75.00%     87.50%     93.75%     96.88%         98.44%     Promedio

1888 150   150                                                           

1889 150   150                                                           

1890 150   150                                                          

1891 150   135   15                                                    5.00%

1892 150   120   30                                                    10.00%

1893 150   105   45                                                    15.00%

1894 150   90     58     2                                             20.33%

1895 150   75     70     5                                             25.83%

1896 150   60     81     9                                             31.50%

1897 150   53     81     15     1                                    35.08%

1898 150   37     89     22     2                                    41.83%

1899 150   0       95     30     3                                    48.42%

1900 150   0       100   38     5       1                          55.88%

1901 150   0       94     47     7       2                          60.17%

1902 150   0       80     57     10     3                          62.88%

1903 150   0       64     67     14     4       1                 66.15%

1904 150   0       47     77     19     5       2                 69.67%

1905 150   0       31     85     25     6       3                 73.10%

1906 150   0       14     91     32     8       4       1       77.07%

1907 150   0       0       93     40     10     5       2       80.63%

1908 150   0       0       81     48     12     6       3       81.84%

%     150                      54.00%     32.00%     8.00%       4.00%       2.00%      

En Piedras Negras este fue relativamente el proceso de incorporación de sangre española al hato. Lo que se puede observar es la lentitud del avance. Fue hasta después de diez años que dejaron de existir vacas ciento por ciento criollas en los empadres, y casi veinte años para que ya no las hubiera al cincuenta por ciento. Sin embargo, la presencia de la sangre criolla después de veinte años es casi del 20% en promedio. Esto hacía que, aunque el proceso de absorción se viniera dando a la velocidad que la naturaleza lo permite, la existencia tan alta de «sangre de la tierra» provocara el comportamiento a veces tan irregular de los toros en la plaza. Por lo tanto, la tienta era primordial, pero todavía era necesario trabajar con la sangre, buscar un elemento estabilizador.

Hay un dicho ganadero muy mexicano que dice: «Las ganaderías las hacen las vacas». Más certero no puede ser. Si hoy en día alguien quiere cambiar su encaste, es preferible y más rápido matar el hato que se tiene y comprar vacas nuevas. Si solo se hace con sementales del encaste deseado o nuevo, el proceso es muy largo, y los resultados muy irregulares por mucho tiempo. Además, la genética no es aritmética ni funciona como receta de cocina. Son combinaciones de genes muy complicadas de entender, y más de manejar, en un ganado donde lo que se juzga y se busca es el comportamiento de un día de su vida, durante veinte minutos. De ahí se deriva la importancia de buscar definir la ganadería en su sangre y en su comportamiento desde las vacas. El semental individualmente deja más crías al año, pero la clave es la estabilidad de la sangre en las hembras.

En aquellos tiempos, la fiesta giraba alrededor de la suerte de varas. Recordemos que en España fue hasta 1928 cuando apareció el peto para defender a los caballos. A finales del siglo XIX y principios del XX, a los toros se les daban muchos pequeños puyazos comparados con los de hoy. Aunque la vara no tenía tope y en ocasiones lastimaba en demasía a los toros, estos normalmente tenían que acudir al cite del picador al menos ocho o diez veces, permitiendo a los diestros el lucimiento con el capote en los quites. Con tanta sangre de la tierra aun corriendo por sus venas, en muchas ocasiones se acobardaban. Por lo tanto, era necesario avanzar de forma más rápida. La bravura de las reses se medía básicamente en el primer tercio. Se analizaba la dureza de la casta y el celo con el que los toros arrancaban de largo a los caballos, y era muy importante la cuenta de los tumbos y los caballos muertos. El tercio de banderillas era de gran lucimiento y la muleta servía solo como ayuda para la suerte suprema que muchos maestros de ese tiempo ejecutaban a ley.

La ganadería de Saltillo gozaba de gran prestigio entre los toreros españoles que venían a México. Toros pequeños, de gran bravura y movilidad, degollados de papada, fueron los consentidos de las figuras en la época de Guerrita.

Como habíamos comentado, ya habían padreado algunos toros de esta sangre tanto en Tepeyahualco como en Piedras Negras, seguramente con buenos resultados, ya que a finales del siglo XIX, en 1895, decidieron enviar al mayoral de la primera –Juan Pérez– a adquirir del marqués de Saltillo cuatro sementales. Del libro de Emilio Corona, en el que se detalla toda la descendencia de Mariano González, resumo estas letras:

Sevillano que parecía un roble, vestía traje corto y botas. De tez morena, cejijunto, daba la impresión de ser poco comunicativo y un tanto seco y reservado y a toda hora portaba sombrero negro cordobés, y sus arreos para sus faenas eran de estilo español: montura, bridas y garrocha, en vez de reata.

Viajó a España, pero, al disentir en el precio con el marqués, adquirió para Piedras Negras tres toros de sangre Murube: Ochavito, Calabrés y Remolino, que ligaron estupendamente. Animado por el buen resultado, en 1905 José María agregó seis más de la misma sangre: Polluelo, Condeso, Aceituno, Cabezón, Cucharero y Arrecio, de los cuales solo tres le dieron los resultados esperados. Padreó además otro de nombre Niño, único del cual se conservan la cabeza y una fotografía. La incorporación de los toros de origen Murube en los últimos años, antes de la llegada de Saltillo, comenzó a rendir muy buenos frutos, incluso anunciándose este origen en los carteles. Pero no le dio tiempo de consolidarse debido a la llegada de lo de Saltillo, que a partir de 1908 hasta nuestros días sería la sangre fundamental de esta casa. Antonio Fuentes, figura indiscutible e íntimo amigo de Lubín, insistió y tuvo mucho que ver, junto con Bonarillo, en reafirmar la decisión de encastar Piedras Negras con lo del marqués y en la adquisición del pie de cría. Como comentamos líneas arriba, el primer intento fue fallido, pero el objetivo era definitivo.

Hay un hecho muy curioso que quiero compartir: en el año de 1904 se importó un encierro de seis toros de la ganadería del marqués de Saltillo para ser lidiado, en ese momento ya propiedad de su viuda, la señora Francisca Xaviera Osborne y Bohl. Quien hizo la compra en España y acompañó al ganado en la travesía por barco fue el espectacular y querido banderillero español Manuel Blanco Blanquito. Los toros eran para la corrida de su beneficio, costumbre muy en boga en aquellos tiempos. A este hombre se le ocurrió un negocio muy rentable que consistía en ofrecer los toros como sementales a las ganaderías de Tepeyahualco y Piedras Negras. La corrida se había pagado a precios de toro para muerte en plaza, valor sustancialmente menor que el de un toro adquirido para reproducción, por lo cual el negocio pudo haber sido muy rentable. La marquesa de Saltillo fue avisada de que había habido un accidente en el transporte de los toros rumbo a la Ciudad de México y que estos habían caído a un barranco de más de cuarenta metros de profundidad, y habían muerto todos en el acto. Ella desconfió y entonces contrató al licenciado Manuel Sánchez Gavito para que en su nombre y representación hiciera las investigaciones pertinentes. Esto fue en enero de 1905. La verdad siempre aparece, solo es cuestión de tiempo. Para el 17 de agosto de ese año, las pesquisas rindieron frutos y un toro fue encontrado en Piedras Negras y dos más en Tepeyahualco. Los tres toros fueron decomisados y resguardados en la hacienda de la Quintanilla, vecina de San José Tepeyahualco, en espera del laudo judicial. Blanquito ya había salido con prisas huyendo rumbo a España, por lo que el abogado mexicano planteó un juicio de extradición ante las autoridades de Sevilla para que fuera juzgado en México. En la demanda se incluía, además, a la señora Josefina Merchán de González Pavón, viuda de José María, y al señor Eduardo Austran, comprador de los toros. El juicio se llevó a cabo en los juzgados de Tlaxco, en donde, por un lado, la marquesa reclamaba el regreso de los toros y sus crías a España y, por otro, los ganaderos defendían la propiedad, al haber invertido una suma muy importante en su adquisición. El caso fue atraído por la Suprema Corte de Justicia, en octubre de 1905, y el fallo fue a favor de la marquesa.

Finalmente, el 25 de febrero de 1906 fue anunciada la lidia de los famosos toros en la Plaza México, entonces administrada por José del Rivero, eterno director artístico de las muchas empresas que hubo en la Ciudad de México, principalmente las que dirigieron el Toreo. Los toros tenían ya casi seis años, y se anunciaba en el cartel a Antonio Fuentes y Antonio Montes. La empresa accedió a pagar $15 000 por la corrida, cantidad varias veces mayor al promedio en esos tiempos. En entrevistas a la prensa, el empresario declaró que era su intención borrar el mal sabor de boca que había dejado este enredo y limpiar en lo posible el prestigio de los empresarios de México. Se lidiaron sin mayor éxito.

Lo que está claro es que estaban buscando simiente de Saltillo casi por cualquier medio. José María González Pavón había fallecido en agosto de 1904 y, por lo que se puede deducir de esta historia es que para 1905, Tepeyahualco todavía era propiedad de su viuda y sus hijos, quienes seguramente después de este incidente venderían su afamada ganadería a Manuel Fernández del Castillo y Mier, socio de José del Rivero y de otras personas que iniciarían en breve la construcción de la plaza de toros el Toreo.

La presentación como ganaderos de Tepeyahualco de Fernández del Castillo y Alberto Parrés fue el día 29 de octubre de 1905 en un mano a mano entre Antonio Montes y Joaquín Hernández Parrao. Habían comprado toda la ganadería y la habían transportado a San Bartolomé del Monte. El Correo Español así lo publicó el 28 de octubre de 1905:

Los señores se han hecho ganaderos únicamente por afición, y no obstante la bravura que siempre han tenido los toros de Tepeyahualco van a procurar afinar aún más la raza, haciendo buenos cruzamientos y, al efecto, ya llegaron procedentes de España doce becerras y cinco becerros de la ganadería del señor Marqués de Saltillo.

Pero ahora veamos cómo y de dónde llegan las vacas de Saltillo a Piedras Negras.

2. MANUEL FERNÁNDEZ DEL CASTILLO Y MIER

Manuel Fernández del Castillo y Mier fue un fue un personaje muy peculiar. Nació en el seno de una familia socialmente prestigiada y vivió en un entorno económico resultante de la gran fortuna que tenía su madre, María Teresa Mier y Celis, hija de Gregorio Mier y Terán, que en 1818, cuando cumplió 22 años, emigró de Palencia, España, a México sin bienes ni fortuna y fue recibido aquí por su tío Antonio Alonso Terán, que lo haría socio, apoderado y heredero. Durante treinta y nueve años –de 1830 hasta su muerte, en 1869– fue una de las figuras más importantes de la economía del país. Básicamente, se hizo de haciendas y tierras como resultado de sus operaciones. Fue también fuente de financiamiento para el Gobierno de México. Antonio, su hijo, vivió más bien disfrutando la fortuna heredada, y en 1884 fundó el Banco Nacional de México al fusionar el Banco Nacional Mexicano con el Banco Mercantil. Antonio fue el primer presidente del consejo de lo que hoy es Banamex. Fue diplomático en Francia, donde falleció en 1899. Por sus contribuciones para la construcción del altar de la Basílica de Guadalupe, el Papa lo nombró duque de Mier. Junto con su esposa, fue el creador de la Fundación Mier y Pesado, que subsiste hasta nuestros días.

Manuel Fernández del Castillo nació con esa riqueza. Fue un joven educado en su casa por maestros contratados ex profeso. La fortuna de su madre le dio la posibilidad de emprender distintas aventuras de negocios, casi ninguna de ellas exitosa. Fue presidente municipal de Calpulalpan, y de sus obras aún luce la fuente de la plaza principal del pueblo, además de la plaza de toros, aún en pie. Contrajo matrimonio con su prima hermana Amalia, el 27 de abril de 1895, con quien procrearía tres hijos. A principios del siglo, su esposa e hijos se trasladaron a vivir a París, donde él los alcanzó en 1910. Tenían una casa en la plaza de L’Etoille, junto al río Sena, al otro lado de la torre Eiffel. En aquel tiempo, derivado de la lucha revolucionaria, había una gran colonia mexicana en la Ciudad Luz. Su padre, había sido embajador de México en Francia a principios de la década de 1890. Manuel se había quedado en nuestro país al frente de sus negocios que, como ya dijimos, no siempre fueron productivos. Era muy aficionado a los toros, por lo que en 1905 adquirió la ya afamada ganadería de Tepeyahualco y trasladó el ganado a su hacienda San Bartolomé del Monte, una de las principales productoras de pulque en la zona de Calpulalpan. Contaba con 12 500 hectáreas, de las cuales 5 000 eran tierras de labor, donde se cultivaba maíz, cebada y trigo, además de maguey. El resto de la propiedad era monte que se utilizaba para la cría de ganado vacuno, caballar y lanar. Tenía también distintos tipos de madera muy apreciadas en la Ciudad de México. Dentro de la propiedad había cinco kilómetros de vía de ferrocarril con una locomotora a la que llamaban la «Chiva». El 5 de septiembre de 1906, un año antes de la inauguración del Toreo, vendió San Bartolomé del Monte a Ignacio Torres Adalid. La venta comprendió todo lo que tenía la hacienda y sus ranchos, a excepción de la ganadería brava. El precio de la transacción fue de $1 010 000, de los cuales $600 000 correspondieron al valor de las propiedades, y el resto al ganado y sus contenidos. Además, poseía otra hacienda en el Estado de México, llamada San Gregorio, muy cerca de Ixtlahuaca. Era bueno para la vida nocturna, y en esa hacienda llegó a vivir con una española, actriz de teatro, arte de la cual era patrono y gran aficionado. No solo financió y apoyo artistas. Él también tenía lo suyo. Para festejar su cumpleaños de 1896, pocos días antes de que muriera su padre, dio una fiesta en su residencia de San Ángel a la cual asistió lo más granado de la sociedad capitalina; ahí se presentó la obra El milagro de la Virgen, en donde él representó al personaje de Mateo. Dice la crónica social que contaba con «una hermosa y bien timbrada voz de tenor de fuerza, poseyendo magníficas notas agudas».

Como comentamos, el 29 de octubre de 1905, Fernández del Castillo lidió su primera corrida como ganadero. Para esas fechas ya habían llegado a Tepeyahualco doce becerras y cinco toros sementales procedentes de la ganadería del marqués de Saltillo. En ese mismo año, su socio Alberto Parrés, rico español, hacendado en México, había viajado a España con el objetivo de adquirir ese pie de simiente de la citada ganadería. Supongo que habría una buena relación, resultante del pago de los toros robados por la empresa taurina de la cual eran socios con José del Rivero. En un principio, la marquesa había encargado resolver el problema a Parrés. Las vacas llegaron a fin de ese año a San Bartolomé del Monte; ahí estarían muy poco tiempo, ya que esta finca fue vendida en 1906. Parrés acordó con la marquesa comprarle doce vacas y cinco toros por un precio de 60 000 pesetas; las vacas serían escogidas en tienta después de que la marquesa separara para sí las veinte que más le gustaran.

En junio de 1906, en notas de prensa se detalla una tienta en San Bartolomé:

Se tentaron tres toros españoles de la ganadería de Saltillo y dos de Ibarra, resultando de los primeros uno superior y dos buenos. De los de Ibarra, uno superior y el otro buenísimo. Con nota de bravura y por sus buenas condiciones de lidia, fueron apartadas veintisiete becerras y veinte vacas, así como un toro que se destinó a padrear. Las faenas se llevaron a cabo al igual que como se llevan a efecto en las ganaderías de Andalucía.

Estuvieron a cargo el matador español José Centeno, actuando como picador de Castañero. A la tienta asistieron muchas personalidades de la sociedad de la época transportadas en tren alquilado ex profeso; se sirvió comida del mejor restaurante de la Ciudad de México. Solo tres años sería ganadero, sin embargo, la huella que dejó fue la importación de tan preciado lote de vacas. Tristemente, en enero de 1907, Matajaca, animal de su propiedad, daría una mortal cornada a Antonio Montes, gran ídolo de la afición capitalina.

Ya era socio de la empresa el Toreo. El 21 de septiembre de 1906 se publicó un anuncio en donde se informaba sobre la construcción en terrenos de la colonia Condesa de lo que en ese momento sería la plaza más grande del mundo: el Toreo, con una capacidad de veinte mil personas sentadas. En España, la más grande era la de Murcia, cuyo aforo era para diecisiete mil quinientos asistentes. Madrid podía albergar a trece mil, y la plaza México de aquel tiempo a ocho mil quinientos. La publicación era una moderna «oferta pública» de bonos. Se ofrecían al público en general bonos de $1 000 y de $500 de una empresa con un capital de $500 000 Los primeros darían al tenedor el derecho de un boleto preferencial con entrada gratuita a todos los eventos que se llevaran a cabo en la plaza por los siguientes treinta años. Los segundos, un boleto en sombra con las mismas condiciones. Adicionalmente, se ofrecía un dividendo anual equivalente al 70% de las utilidades del año. Los socios fundadores de la empresa ya habían aportado $270 000. El proyecto era muy ambicioso y al final le daría grandes disgustos a Fernández del Castillo. La estructura de la plaza era de acero, y las filas y pasillos se recubrirían de lámina y cemento. Se dio inicio a la construcción, pero en mayo de 1907, cuando se contrató la compra de la estructura metálica, ya casi no había fondos. La empresa decidió hipotecar el inmueble a los señores Mariano y Manuel Yáñez, amigos de él de Calpulalpan, por un importe de $60 000 y se inició una demanda por parte de Oscar y Tomas Braniff, vendedores de la estructura importada de Bélgica. Al parecer, existía una cláusula por la cual no se podía hipotecar el inmueble hasta que estuviera totalmente pagada la estructura, cosa que no había sucedido. Con astucia, los abogados de Braniff buscaron la vía penal, enviando a Fernández del Castillo a la cárcel, quien se amparó ante la Suprema Corte de Justicia, obteniendo así su libertad a los pocos días. Hasta junio de 1908 se pudo cancelar la hipoteca, y el proceso continuaría hasta la liquidación del adeudo más los daños y perjuicios causados a los Braniff. Ya en libertad, Fernández del Castillo concedió una entrevista en donde aclaró que su intención era la de resolver el problema y que no pensaba dejar la Ciudad de México. En 1910 se fue a París, de donde regresó con su familia en 1913. Cansado y ya sin dinero, pasó los siguientes años en la capital y terminó sus días como velador de las grutas de Cacahuamilpa. Murió solo en un hotel de la Ciudad de México en 1936. Su amigo Parrés, compañero de esta aventura ganadera había fallecido en octubre de 1909 en su hacienda Santa Bárbara, en Chalco.

Así fue el triste final de un bohemio, empresario, banquero y ganadero que dio a la Ciudad de México y a la fiesta de los toros su primera gran catedral. En un momento, cuando estaba al frente de la sociedad propietaria de la plaza, invitó a su primo Francisco a participar como gerente, pero solo duraría el pariente un mes, y al renunciar solo le dijo: «En este negocio, el único decente es el toro». El Toreo se inauguraría el 22 de septiembre de 1907.

3. SALTILLO EN PIEDRAS NEGRAS

En 1908 fue cuando aparecieron los González. Acudieron a la cárcel de Belén y compraron la ganadería de Tepeyahualco, ahora con el pie de simiente de Saltillo incluido. Carlos, dueño de Coaxamalucan, Aurelio Carvajal de Zotoluca, y los hermanos Lubín, propietario de Piedras Negras, y Romárico González, de La Laguna, adquirieron ganado, hierro y divisa, cabiendo la suposición nuestra de que pagaron parte de los $60 000, que era el valor de la deuda derivada de la hipoteca firmada con los señores Yáñez. El hierro correspondió a Zotoluca; la divisa a La Laguna, y las vacas españolas a Piedras Negras, tal y como está registrado en los libros de la ganadería. Las vacas hermanas de las de Piedras dejaron solo dos años los potreros de Tlaxcala, pero ahora regresaban con real compañía del Estado de México. Dos toros, diez vacas españolas, curiosamente herradas con el viejo hierro de Lesaca, así como sus crías, llegaron a Piedras Negras en 1908. En los corrales de la ordeña fueron divididas. La simiente española permaneció en Piedras Negras, y los participantes en la sociedad tenían derecho a ir por sementales todos los años. Las descendientes de los toros de origen Murube fueron llevadas a Coaxamalucan, mientras el resto se dividió por mitad entre La Laguna y Zotoluca. Con algunas de estas se fundó Ajuluapan, propiedad de Antonio Zamora, amigo muy cercano de la familia, quien también participó en la operación. ¿Por qué se quedó el ganado español en Piedras Negras? Ya fuera porque Lubín aportó más dinero o por respeto a la importancia y tradición para la casa madre, pero en cualquiera de los dos casos, así llegó este pie de simiente a la propiedad de los González. Como hemos visto, Piedras Negras y Tepeyahualco fueron ganaderías hermanas desde su fundación, por lo que agregar el resto de las vacas a las que ya existían en su casa no causaría ningún problema adicional. Tepeyahualco era ya una ganadería muy prestigiada, aceptada por el público y los toreros, y sería base fundamental para los éxitos casi inmediatos de La Laguna y Zotoluca, las cuales se anunciarían en los carteles hasta noviembre de 1913 como «antes Tepeyahualco».

El ganado se encontraba en una de las fincas de Fernández del Castillo, en el Estado de México, la hacienda de la Concepción –en la cual posteriormente Lubín González llegó a tener vacas y sementales de Piedras Negras–, y de ahí regresarían a Tlaxcala a finales de 1908, ya en posesión de ellas los González. De 1870 a 1908 habían transcurrido treinta y ocho años de crianza de ganado bravo por parte de los González. Ninguno de los dos José María recorrerían este nuevo camino de la ganadería, pues el de Tepeyahualco ya había fallecido, y el de Piedras Negras, todavía vivía, pero estaba casi retirado en una casa que había mandado construir en Zacatepec desde 1904, cuando vendió la finca a su sobrino Lubín, que a partir de ese año fue el nuevo propietario de todo lo que comprendía Piedras Negras, incluida la ganadería brava.

José María, el fundador, arrancó y estuvo al frente de la ganadería en los difíciles años del inicio. Durante treinta y cuatro años dirigió y creó la primera parte del desarrollo de la empresa por él conceptuada, colocando a la ganadería en un sitio de privilegio casi desde su fundación. Cuando se derogó el decreto de la prohibición de las corridas de toros en la Ciudad de México, Piedras Negras se presentó en la capital el 8 de noviembre del año de 1896, en la plaza de toros de Bucareli, alternando Juan Jiménez Ripoll el Ecijano, Joaquín Navarro Quinito y Diego Rodríguez Silverio Chico. Años después, la autoridad tomaría esta fecha como la de antigüedad de la ganadería, siendo solo anteriores las de los señores Barbabosa. A partir de ese momento, en todos los carteles en los que se anunciaban toros de Piedras Negras, estarían las figuras del toreo nacionales y españolas de cada época. A base de cruzar con distintas sangres, don José María logró un toro que fue adquiriendo poco a poco mejores condiciones de lidia para darle prestigio e importancia a la ganadería. Fijó criterios de selección en tienta y de orden en los libros que permitirían avanzar mucho más rápido en el futuro que lo que le tocó a él. Ahora a Lubín, el estratega, le tocaría dar dirección y concierto al manejo de la sangre de Saltillo, cambio fundamental para el futuro de Piedras Negras. Ya el ganado tlaxcalteca tenía encima al menos ocho generaciones de bravo en su sangre. Lo murubeño mandaba ya en tipo y comportamiento, aunque no dejaban de salir por ahí berrendos y colorados, ciertamente ajenos a este encaste y que recordaban en mucho la sangre Vazqueña que corría por sus venas. Sin embargo, faltaba la base para la gran culminación de la obra.

Casi significaba recomenzar desde cero, pero no sobre ganado criollo. Los González iniciaron veinte años antes el cruzamiento básicamente con sangre Murube y ahora comenzaba el cruzamiento por absorción hacia la sangre de Saltillo. Para 1908 el hato piedrenegrino con Lubín en el timón ya tenía dos décadas de trabajo de selección y crianza. Como vimos, después de treinta y cuatro años, la ganadería tenía en promedio 82% de sangre española en el hato de vacas y funcionaba ya con gran regularidad en las plazas. Ahora, con lo de Saltillo iniciaba un concepto diferente. Había que conservar en pureza la descendencia de las vacas españolas y diseñar el cruzamiento con el resto de las vacas pensando en el futuro.

¿Qué era Saltillo? De un artículo con el que contribuí en la revista Campo Bravo, transcribo una pequeña parte:

Establecidos en la ciudad de Dos Hermanas, los hermanos Rivas seleccionaron un tipo de toro que ofreciera caracteres de trapío y bravura que al paso del tiempo y después de una severa selección culminó en una de las ganaderías más famosas de aquellos tiempos. En nombre de Gregorio Domínguez Rivas, primer ganadero de bravo conocido en esta familia, se lidian toros en la plaza de Sevilla en 1733. Años después son Alonso y Tomás Rivas quienes quedan al frente de la ganadería, y cerca del año de 1770 adquiere de ellos la vacada Don Pedro Luis Ulloa, primer conde de Vistahermosa. Fallece en el año de 1776, mismo en el que se presentó con sus toros en Sevilla. Hereda su hijo Benito Ulloa y Halcón de Cala, quien engrandece la vacada al frente de la cual está durante 25 años, presentándose en Madrid en 1790. Al morir en el año de 1800, hereda su hermano Pedro Luis, quien fallece en 1821, siendo en el año de 1823 cuando los herederos deciden vender en cinco lotes la famosa vacada.

Hasta aquí, en forma muy breve, el origen ganadero de los condes de Vistahermosa. De los cuatro troncos fundacionales, Jijona, Cabrera, Vázquez y Vistahermosa, es este último el que al paso del tiempo floreció y mejor se adaptó a la evolución del toreo. Como sabemos, la ganadería de los condes se vendió básicamente en cinco partes: Freire, Giráldez, Melgarejo, Barbero de Utrera y Salvador Varea, y es de estas dos últimas de donde se derivan prácticamente todos los encastes «condesos» actuales. La parte que adquirió el Barbero de Utrera fue comprada en 1834 por Arias de Saavedra, quien en 1863 enajenó la vacada a doña Dolores Monge viuda de Murube, quien previamente había fundado su ganadería con un lote de vacas adquirido a Manuel Suárez, procedente este  de la familia Lesaca. Suárez tuvo el ganado de 1828 a 1863, año en que vende a Dolores Monge. Murube es el tronco principal de la ganadería española actual, ya que al paso de los años se forman la mayoría de las casas que actualmente son las punteras en España, vía Ibarra y Parladé y la propia Murube vía los Urquijo. En 1827, José Picavea de Lesaca adquiere las reses de Salvador Varea, a Ignacio Martín,  tratantes de ganado quienes las tuvieron en sus manos dos años el primero y tres el segundo sin lidiar nunca a su nombre. Uno de los primeros lotes que los descendientes de José Picavea venden es el antes mencionado de Suárez, que treinta y cinco años después fue parte del origen de la ganadería de Murube. De aquí que Saltillo es la casa que podemos considerar totalmente pura dentro del tronco Vistahermosa, al haber conservado la sangre original sin cruzarla siquiera con la de sus antiguos hermanos. 

En el año de 1854, don Antonio Rueda Quintanilla, marqués de Saltillo, adquirió la ganadería de Lesaca, formada por ochocientas cincuenta cabezas. La ganadería era ya de primera categoría en los ruedos españoles, y favorita de las figuras de aquellos años. Lagartijo, Frascuelo y Guerrita eran asiduos matadores de corridas de este encaste, que en esa época era de los más importantes dentro de los andaluces. Saltillo competía con casas como Miura, Aleas, Vicente Martínez, Murube y Veragua, entre otras. La década de 1870 fue quizá la de mayor resplandor para la ganadería. Lidiaba como las mejores, y normalmente resultaba entre las triunfadoras de las temporadas.

Mientras vivió el marqués, la vacada gozó de gran prestigio, el cual fue disminuyendo al paso del tiempo debido a que la ganadería entro en un periodo de muchos altibajos, sin embargo no dejaban de aparecer con frecuencia los toros nobles, bravos y de buen trapío. Todavía lidiando algunas corridas en plazas de importancia y con carteles de primera, durante los años en que doña Francisca Osborne, y después su hijo, Rafael Rueda, séptimo marqués de Saltillo, estuvieron al frente de la ganadería, esta ya no tuvo la regularidad de los años sesenta y setenta del siglo XIX.

El toro de Saltillo ha sido siempre de poca alzada, degollado, fino y proporcionado, no muy aparatoso de cuerna, con predominancia de los delanteros y de algunos veletos. El pelo típico es el negro y el cárdeno, con la existencia de algunos colorados. De este pelo, con el hierro de Saltillo se lidiaron varios ejemplares en las plazas de la capital mexicana. Son toros de embestida temperamental, llena de bravura, que desde sus inicios. Debido a su movilidad derivada de lo armonioso de sus hechuras, permitió faenas llenas de emoción y transmisión al tendido.

Una discusión reiterada es la existencia del pelo colorado en esta ganadería. En España, hoy no lo hay en las casas pertenecientes a este encaste; sin embargo, de acuerdo a la investigación de Pierre Dupuy publicada en su libro, La ganadería Saltillo (Ed. Toros, 2007), de quinientos doce toros lidiados por los Lesaca y los Rueda entre 1844 y 1918, doscientos noventa y nueve fueron negros; ciento treinta y ocho, cárdenos; cincuenta y tres, colorados o castaños; y veintidós, de diversas mezclas de pelo. Esto quiere decir que el 10% del total fue de pelo colorado. La pinta, por lo tanto, existía.

Antes de continuar, quisiera hacer dos reflexiones respecto a los ganaderos de Saltillo y un reconocimiento que me parece obligado, a los nuestros.

La primera reflexión es sobre el tipo del ganado. Me pregunto: ¿por qué lo que adquirió  la familia Lesaca, que llegó a los marqueses de Saltillo y después a México, es tan distinto del resto de Vistahermosa? Solo tres pintas dominantes, negros, cárdenos y colorados, estos en menor proporción, y hoy en día, de este encaste, solo en México. Un tipo diferente, bajos, degollados; un comportamiento más nervioso; con una forma de desplazarse distinta, más armoniosa que lo del Barbero de Utrera, que llega a nuestros días vía Murube y Parladé, y es la sangre dominante en España. Los estudios genéticos presentados en los congresos mundiales ganaderos alejan claramente lo descendiente de Lesaca del resto de la estirpe de Vistahermosa. ¿Era acaso este el lote base, el hato columna del encaste Vistahermosa? ¿Habrán estado separados desde un principio en manos del conde? ¿En el momento de vender la ganadería en cinco lotes, lo habrán hecho por tipo? ¿Qué pasó antes? ¿Qué se hizo de 1823 en adelante en cada rama? ¿Es la selección la respuesta? Aquí quedan estas preguntas para los futuros investigadores.

Segunda reflexión: La información que disponemos de la ganadería del marqués de Saltillo se restringe a tres datos: uno, el resultado del juego de sus toros en la plaza, acreditado a través de las crónicas de las corridas y libros de historia taurina; dos, la frecuencia con la que el hierro se presentaba en las principales plazas y ferias; tres, los carteles que señalan quién las mataba. Del análisis de estos tres elementos podemos inferir el nivel y el prestigio que tuvo la ganadería en sus diferentes etapas.

De acuerdo a cronistas y escritores de la época, para cuando vino a México el pie de simiente de Saltillo, esto es entre 1905 y 1912, principalmente para San Diego de los Padres, Piedras Negras y San Mateo, lo del marqués no estaba ya en su mejor momento. Había venido a menos desde el fallecimiento del primero de los Rueda. Ellos fueron dueños del ganado de 1853 a 1918. Con éxito rotundo, los primeros cuarenta. El año de 1890 es el que varios investigadores marcan como el inicio de la decadencia. Por otra parte, nadie tiene genealogías de lo que se importó. Casi nada sabemos sobre la forma de cómo el marqués de Saltillo definió los empadres, seleccionó y mantuvo el ganado adquirido a la familia Lesaca. Juan Pedro Domecq, en su libro Del toreo a la bravura (Alianza Ed., 2010), en el apartado de «Árboles genealógicos y libros de ganadería», afirma que fue a partir de 1915, en la ganadería de Tamarón, donde por primera vez se llevaron libros de ganadería que permiten conocer con seguridad el padre de cada animal, ya que antes se ponían varios toros sementales en un cerrado con un grupo de vacas, y solo se conocía con certeza la madre.

De lo importado de Saltillo están las notas de las vacas y los toros, sus nombres, que de alguna forma establecían su origen, la forma como se adquirió, los precios que se pagaron y, en algunos casos, comentarios y/o evaluación de la calidad de la familia. Con esta información tan general y escasa no podemos tener un juicio concluyente, veraz, objetivo, con bases sólidas, sobre la habilidad ganadera de los Rueda en cuanto a: el manejo genético, al establecimiento de métodos de selección y de crianza, así como tampoco de un concepto de ganadería. Sin embargo, sí lo tenemos de los criadores mexicanos, quienes importaron un pie de simiente de una ganadería que en ese momento obtenía regulares resultados en la plaza y además sin información genealógica. Es muy importante esto, no se importa el santo grial de la sangre brava española, como se ha dicho durante muchos años.

José María, Lubín y Viliulfo González, con ganado criollo encastado, primero con toros de distintas sangres principalmente de Murube durante veinte años, y el resultante de esta cruza ahora acompañado de las vacas y sementales de Saltillo, desarrollaron bajo su propio concepto el Encaste Piedras Negras, con un estricto control de todo el hato. Diseñaron un sistema de apareamiento, crianza y selección que sostiene con firmeza su propósito.

Antonio y Julián crearon el Encaste Llaguno, cimentado en el ganado criollo que seleccionaron cruzado con el pie de simiente de los Rueda, importado de España, encaste que es sin duda el más relevante en México, y en sus libros está el registro de todos y cada uno de los animales desde la fundación de la ganadería.

Bien decía Paco Madrazo que lo que había en la mayor parte del campo mexicano eran vacas y toros de San Mateo, la creación de los Llaguno, no de Saltillo. De la misma forma, son vacas y toros del Encaste Piedras Negras los que sostienen desde un principio la ganadería en Tlaxcala. Y aquí continúan.

Estos dos encastes independientes, propios, nacionales, son la conclusión de cada una de estas dos familias ganaderas, de la intuición que tuvieron al comenzar con el ganado criollo y llegar al toro de lidia mexicano. Un toro único, con dos ramas emanadas del mismo origen que hoy caminan con distintos conceptos por sendas separadas.

Entonces, lo que debemos reconocer en voz alta y con un orgullo muy nuestro es el éxito brutal que con tan pocas vacas y sementales los ganaderos mexicanos han tenido en los últimos ciento diez años. Porque se dice fácil, pero no fueron más de cuarenta vacas, adquiridas al tan venerado marqués, con las que se inició en México el pie de simiente español, solera de la ganadería mexicana. Y que hayan de verdad aportado sangre tan solo fueron diez y ocho, en dos ganaderías. Porque de las importadas por los Llaguno, llevadas de manera impecable, solo ocho dejaron sangre que llegó al día de hoy, y de las de San Diego de los Padres, no queda nada. De las de Piedras Negras, hoy existen las diez familias.

A estos criadores, creadores del toro nacional, es a quienes hay que aplaudir a raudales. Parte fundamental y materia prima base es Saltillo, sin duda, pero el guiso final, con señero sabor mexicano es de ellos. No tanta alabanza, reverencia y adoración a la sangre de Saltillo y a un marqués, el último, un poco divagado, que más se divertía que cuidar la ganadería. México es el lugar donde esta sangre única, que llegó al país con las alas rotas, encontró refugio, cuidados, cariño y destino.

Por otra parte, también valdría la pena reflexionar por qué vino este encaste y no otro. La amistad de Fuentes con Lubín González y la de Antonio Llaguno con los hermanos Bombita están claras, pero ¿traer simiente de una ganadería en decadencia con base en recomendaciones de dos toreros que estaban por retirarse, sería realmente la mejor opción? Hasta 1905, Saltillo había lidiado en México no más de treinta toros, por lo que formarse un juicio de la ganadería con tan pocos ejemplares observados me parece difícil de entender. Sabemos que el primer marqués y su esposa no vendían; Fernández Salcedo lo relata claramente en sus libros; además, también por lo narrado por este gran escritor, conocemos lo desbalagado que fue Rafael Rueda Osborne. ¿Habría un interés económico ofrecido por el marqués a los toreros para llevar a cabo la transacción? No lo sabremos nunca, sin embargo, reitero, el resultado continúa vivo en nuestro país en casas ganaderas tan buenas e importantes como las mejores del mundo.

Pues estos bajitos cárdenos se adaptaron de manera espectacular al campo tlaxcalteca y a la sangre brava que ya existía en Piedras Negras. Llegaron a San Mateo Huiscolotepec diez vacas y cuatro toros con el hierro de Saltillo, que son los siguientes:

NÚMERO         NOMBRE         PINTA      NOTA       CRÍAS      HEMBRAS QUE DEJARON CRÍAS  HIJOS SEMENTALES     CASTA     AÑO DE BAJA

423   GARBOSA        Cárdena clara  B.B.B.        8       4       4       1       1915

523   CAMPANERA Car. Osc. Brag.          B.B.S.        8       3       1       2       1916

544   CONDUCTORA        Neg. Ent. Brag. B.B.B.       8       3       3       3       1915

548   CANTARERA  Chorreada en verdugo      B.B.B.       7       3       2       4         1918

554   CARRIONA      Neg. Ent. Brag. B.B.B.        9       3       1       5       1918

564   RECOBERA     Chorreada en verdugo      B.B.B.       8       1       4       6         1917

556   ANDALUZA     Cárdena clara  B.B.B.        7       4       1       7       1920

583   FANTASÍA       Cárdena clara  B.B.B.        6       2       3       8       1916

586   MURCIANA     Cárdena   B.B.B.        7       2       1       9       1917

587   TRIANERA      Cárdena clara Caribella   B.B.B.       7       3       1       10         1915

Los toros fueron: Tinajito, n.o 58, negro entrepelado, del cual solo dejaron hembras en la ganadería. Tabaquero, n.º 61, negro lucero, que es el toro base de la ganadería. Lucerito, que no dejó descendencia. Por último, de España, en vientre de la vaca n.º 548 de Saltillo, venía el toro herrado al nacer con el mismo número de su madre, de nombre Cantarero, cárdeno claro de pinta y de la 544, Conductora otro macho que no padreó en Piedras Negras.  De un Barrileto, Saltillo, negro meano, lidiado en la inauguración de El Toreo en 1907, venían crías herradas por Fernández del Castillo. Por otra parte, de 1911 a 1914 padreó en la ganadería de La Laguna otro Barrileto, n.º 151, negro bragado, de origen Cigarrito, procedente también del marqués. El Cantarero y el segundo Barrileto fueron robados en 1914, año de los peores disturbios revolucionarios para Piedras Negras. Ese año, la mayoría de los González prácticamente tuvo que irse de la hacienda a vivir a Puebla, México y Apizaco. Volvían de manera intermitente a inspeccionar la propiedad, donde además del robo de ambos toros, les mataron una buena cantidad de animales; en los libros se registra la baja de 97 vacas de distintas camadas,  además de que hubo una gran destrucción de cercas, instalaciones y repetidas amenazas de invasión y muerte. Este fue el pie de cría español con el que inició Lubín González.

La adaptación al medioambiente del ganado de Saltillo fue inmediata. La altitud de la finca, el frío clima, el lomerío y los llanos de buenos y abundantes pastos recibieron con gratitud el pie de simiente español. Al paso del tiempo, el tipo original del ganado andaluz nunca varió, por la influencia del medio, llegando hasta nuestros días un ganado perfectamente entipado. En nuestro país, hoy en día, lo más parecido en hechuras al encaste Saltillo-Santa Coloma español está en las ganaderías de Encaste Piedras Negras. Si acaso han perdido volumen por la aclimatación y el paso del tiempo, cosa que hoy en día también hemos visto en las importaciones de distintos encastes españoles hechas por los ganaderos mexicanos en la década de los noventa.

¿Qué hacer con esto? Lubín tenía estudios de ingeniería, por lo que en sus años de preparación académica no debió ser ajeno a otras disciplinas. Si contrató especialistas en genética, o él la estudió, fue con base en esta ciencia que inició el planteamiento Saltillo en Piedras Negras. En los archivos de la ganadería existen diagramas hechos ex profeso que lo sustentan. Se decidió por llevar un cruzamiento abierto sin cerrar la sangre. A base de estudiar los árboles genealógicos de las primeras camadas derivadas de la nueva sangre, es evidente que trató de evitar la consanguinidad hacia el Tabaquero, único toro del cual padrearon sementales hijos de las vacas españolas. Al no seguir ninguno de los otros cuatro toros de Saltillo que padrearon por línea paterna, su única base era ese toro. En un principio, el no consanguinar era imposible, ya que la mayoría de las crías de las vacas españolas también eran hijas de dicho ejemplar, por lo que la apertura estaba planteada para tres o cuatro generaciones futuras. Lo que buscaron evitar fueron los cruzamientos cerrados de padres con hijas, o de hijos con su madre, con lo que abrieron así la sangre de manera rápida.

Por otra parte, agruparon de dos maneras las vacas de sangre española: las de simiente y las puras (anotadas en los libros con el sufijo «ps»). Ambas tenían que provenir ciento por ciento de las vacas de Saltillo, sin embargo, las de simiente eran las de nota superior y las únicas susceptibles de ser madres de sementales. Estas tenían continuidad respecto de los nombres de la familia original, mientras que las puras, que eran las españolas de menor nota, eran bautizadas de manera distinta para separarlas por completo de la «realeza». Las vacas de simiente, por otra parte, vivían hasta su muerte natural, en tanto que las puras iban al rastro al cumplir los 12 años, al igual que el resto de las vacas de la ganadería.

El mantener la pureza de la sangre española por parte de los ganaderos mexicanos fue lo que permitió crear familias de origen «español», desarrolladas por ellos, que dieron forma primero a cada ganadería fundacional, y de ahí en adelante a sus hermanas y descendientes. Pureza que, como buena solera, se utilizó como madre de vino añejo, para fortalecer el nuevo. Sin este trabajo de los González y de los Llaguno no habría ganadería en México. Para la ganadería nacional, esos primeros años son muy importantes, ya que fue en ese tiempo cuando se definió la forma de manejar la sangre, bajo la concepción ganadera de cada quien. Y durante muchos años se cuidó, se ordenó, se decidió y se definió únicamente en las casas madres. Todavía no había sucursales. San Mateo casi no vendió en vida de don Antonio, y Piedras Negras solo compartió con las ganaderías hermanas hasta la muerte de don Viliulfo.

La creación de estas líneas sanguíneas es el cimiento más importante de nuestra ganadería. No la sangre de Saltillo en sí misma. Porque el toro nacional existe gracias a la sabia combinación de todos los ingredientes disponibles. No solo del hato puro. Esta mezcla es la base de ambos encastes.

Pasados los años, algunos ganaderos dieron a este concepto de pureza un valor comercial. El concepto de pureza zootécnico se dejó a un lado, para pasar a hablar del animal puro como una raza superior de mayor precio, simplemente por su origen. En muchos casos se hizo sobre principios de caballerosidad y buena fe. En otros, no.

A cada una de las diez vacas con el hierro de Lesaca se les asignó, además de su número de herradero, una anotación del 1 al 10, que señalaba su número de «casta», de tal forma que en los libros fuera sencillo conocer el origen, tan solo viendo la casta a la que correspondieran. Así, a cada ejemplar puro, después de su número y nombre, se le anotaba la casta de su madre y después la de su padre. Esto simplificaba la organización de los empadres y el conocimiento de la rama de cada animal puro, sin importar su nombre. A los animales criollos, es decir aquellos que no eran ciento por ciento Saltillo, solo se les anotaba el número de la casta paterna para poderlas asignar correctamente con el semental que más conviniera a la hora del empadre. Así, entre las vacas puras había castas 3-4, 5-7, etcétera, y castas 5 o 3, sin segundo apellido, entre las vacas criollas.

Cada año se hacían varias listas. En la primera se anotaban las vacas vivas ordenadas por camadas. En esta venían ordenado por año de nacimiento, el número de la vaca, su nombre, nota, pinta y porcentaje de sangre Saltillo. Al final de la lista se anotaban las vacas de simiente, ordenadas de la misma manera. La segunda era la lista de empadre, donde se definía el potrero en el que se alojaría a cada semental y a las vacas que le correspondieran de acuerdo a su sangre; se anotaba número, nombre y casta para cada una de ellas. Cada año había seis empadres con aproximadamente veinticinco vacas, cada uno, más las de simiente, que por lo regular estaban repartidas en dos o tres de los empadres, dependiendo de los toros que estuvieran padreando. Esto llevaba a tener un hato estable de alrededor de ciento sesenta vacas. Por lo común, las de simiente no eran más de quince. Los empadres se definían cada año, es decir, las vacas se juntaban en el mes de mayo y eran divididas por potrero de acuerdo a los sementales disponibles ese año. Así se buscaba, mediante la afinidad de las sangres, mejores resultados. Habitualmente, los lotes se definían agrupando las vacas por casta paterna, que como ya explicamos todas las vacas tenían esta anotación. Ya enlotadas así, se llevaban al potrero correspondiente con un semental de casta distinta para evitar cerrar la sangre.

Las listas de herradero también se hacían cada año. Separados en machos y hembras, se anotaba el número a fuego, que correspondía a cada una y  su pinta. Se les bautizaba con el nombre de la madre y se anotaba al final el número de registro del padre. Este número de registro correspondía al folio del libro en el que se registraba el árbol genealógico de cada semental, de tal forma que si a un toro semental herrado, por poner un ejemplo, con el número tres no se le conocía en los libros como el tres, sino con el número de registro que le había tocado, al buscarlo en los libros solo había que ir al folio correspondiente. Para las vacas españolas se llevaba un registro independiente, con la reseña completa de toda su descendencia. Las hembras, al ser aprobadas en la tienta, pasaban a la lista de empadre del año siguiente con un nombre distinto al de su bautizo en el herradero, que era afín al nombre de su madre, pero no el mismo, para evitar nombres repetidos entre las vacas vivas. En ocasiones era el nombre de la abuela el que se usaba, si esta ya estaba muerta. Por otra parte, los toros aprobados para sementales, daban «la vuelta» entre las ganaderías hermanas, de tal forma que hubo toros que solo padrearon uno o dos años en Piedras Negras, y el resto de su vida productiva en las demás ganaderías de la familia. De 1908 a 1972 hay ciento seis sementales registrados con el hierro de la casa, lo cual permitió la apertura de la sangre, que fue lo que se planteó desde un principio.

Esta era la casa matriz, pues aunque a partir de 1928 cada casa hermana adquirió al menos tres vacas de origen Saltillo, todos los años acudían por sementales a Piedras Negras para completar, junto con los suyos, los propios empadres de cada ganadería. Lo curioso de la genética y de la selección es que cada casa tenía su propia personalidad perfectamente definida, aun y cuando hubiera muchos sementales en común.

Así se fueron haciendo los empadres, de tal forma que para 1930, veintidós años después, la ganadería contaba con ciento cincuenta y seis vacas de vientre, de las cuales cincuenta y cinco eran ciento por ciento Saltillo. Como decíamos arriba, el proceso era muy lento. Para 1943, ya el 50% de la ganadería sería puro, proporción que se mantiene hasta nuestros días, estando ya encastada únicamente en Saltillo, ya que este fue el único origen que se utilizó en los sementales. En cuanto a la parte «criolla», en la actualidad, su porcentajes de sangre es del 99.99%.

Ahora ya con la sangre dispuesta para seguir produciendo sus propios sementales y alimentando a las casas hermanas, había que seleccionar. ¿Qué se iba a buscar? Ese era el dilema y el punto de partida. Los años de Lubín fueron los de caballos sin peto con la fiesta todavía del siglo XIX. Con la llegada de la tauromaquia de Joselito y Belmonte, la técnica evolucionó, el toreo comenzó a cambiar y, con este, la crianza y selección del toro bravo. De la faena con los pies en movimiento se pasó a torear con los talones clavados en la arena dirigiendo la embestida del toro con los brazos. Se comenzaron a ligar los muletazos y a torear en redondo. Esto todavía de manera incipiente, pero al paso del tiempo, se requeriría un cambio en el toro. Hasta antes de esa revolución provocada por esos monstruos del toreo, el caballo seguía siendo la base.

Así se fijó la personalidad de la ganadería y el concepto ganadero de Lubín González. El toro bravo, fiero, capaz de cumplir con las exigencias de la plaza de toros dentro de los cánones de principios del siglo XX, dentro de los cuales el toreo de muleta no era el centro de la faena ni la exigencia del público.

Desde tiempos de Lubín, la selección fue muy estricta. Cuando llegaron las diez vacas españolas a Piedras Negras, llegaron, además, seis hembras engendradas en España y dos becerras de este origen nacidas de empadres, mientras la propiedad era de Fernández del Castillo. Este hato se cuidó y se creció muy poco, derivado de esta selección donde solo se aprobaba lo superior. En lugar de mantener vivo todo lo de procedencia española, desde un principio se decidió matar aquello que no cumpliera con el concepto establecido. Es por eso que tan solo cincuenta y cinco vacas de origen español en 1930 puede parecer un número muy bajo, cuando en 1908 recibieron diez y ocho hembras origen Saltillo.

A partir de esos años, se estabilizó mucho más el comportamiento y las pintas. Ya pocos colorados y berrendos saltaban a las plazas, y el tipo y la bravura Saltillo era dominante. Con posterioridad, en las tientas de hembras, las nietas de las vacas españolas ligaron estupendamente, dando cada vez mejores resultados, aumentando de forma considerable su número dentro del total de las vacas de la ganadería. Con Lubín, los primeros dos toros fundamentales, Tabaquero y Fantasío, hijo del primero con la vaca Fantasía, cumplieron su función de «raceadores». A esta vaca le padrearon dos hijos, pero solo destacó el segundo, herrado con el número 7, nacido en 1913, cuya foto aún cuelga en las paredes de Piedras Negras. Estos dos toros, fueron los únicos que padrearon con las vacas españolas ya en Piedras Negras.

Fantasío dejó trece hijos sementales, de los cuales, dos, Saleroso, número 1 del año de 1917, cárdeno de pinta de la casta 1, y Jarocho, número 2 del año de 1918, chorreado de capa, de la casta 5, son los dos toros importantes con los que Lubín González cerró su trabajo al frente de Piedras Negras, y con los que también abrió dos líneas de sangre en la ganadería. Este segundo toro fue el semental más importante de origen Saltillo en La Laguna. Prácticamente, cualquier animal puro de esa casa llega a este ejemplar, y hoy, a casi cien años, estamos viendo salir de nuevo el pelo colorado en las ganaderías que conservaron el encaste. Los misterios de la genética, porque además no podemos dejar de mencionar la clara animadversión que tenía Viliulfo González contra esta pinta, que recordaba a los viejos toros de casta Vazqueña que habían padreado cuarenta años antes y que estaban tratando de dejar atrás. Cuentan las historias que en su vida tan solo dejó una vaca con este tipo de pelo, y que en una tienta durante las fiestas de San Mateo fue de tal calidad, que decía: «Esta, aunque fuera morada, no la mato».

El día de San Mateo, patrono de la hacienda, es de fiesta grande. Esta celebración se festejaba cada año, y siempre participaban los amos González. Así lo relató Armando de María y Campos, en El Eco Taurino, el 29 de septiembre de 1932:

Repiques, cohetes, el sol que apenas está ascendiendo en su viaje diario, y ya afuera de la hacienda, una multitud que bulle con la característica actividad de las fiestas típicas. La iglesuca, sonora, sonora porque los badajos de sus viejas campanas no descansan, está adornada con banderolas de papel. En el atrio, los típicos danzantes profano-religiosos danzan, danzan, danzan. Afuera, multitud de «puestos» de inútiles chucherías emboban a la población ranchera. Regresamos del campo a comer, Viliulfo no prueba bocado porque va a matar un toro con más de quinientos kilos. A las cuatro, no menos de dos mil personas se encuentran en los alrededores de la placita; se grita y se goza esta espléndida tarde azul y verde. Saltaron a la arena nueve reses, el imponente toro que toreó Viliulfo y cuatro bravas vaquillas limpias, que se lidiaron únicamente porque su pelo castaño las tiene sentenciadas a desaparecer de los registros…

Decíamos que de los dos toros que acabamos de describir fue de donde salieron dos líneas de sangre que poco a poco se separaron para que no existiera entra ambas ninguna consanguinidad. De cada una de estas, al paso del tiempo irían naciendo sementales que hicieron época fijando caracteres que dieron profundidad, duración y personalidad al Encaste Piedras Negras.

Viliulfo, el gran capitán, por herencia de su padre era ya ganadero de La Laguna, y desde 1913 cosechaba triunfos al por mayor. Desde un principio, La Laguna fue muy apetecida por los toreros. Se había formado en 1908 con las vacas y los toros que con ellas venían de Tepeyahualco que le habían tocado a don Romárico, su padre. Aunque aparentemente podríamos decir que era lo «mismo» que Piedras Negras, el toro lagunero en la plaza fue siempre más noble que sus hermanos de Piedras Negras, características diferentes que Viliulfo buscó conjuntar, pero manteniendo siempre la personalidad de cada casa. Cuando llevó los dos hierros en su mano, compartió prácticamente todos los sementales de ambas ganaderías entre una y otra casa. La sangre pesa, pero la selección más. Aun padreando lo mismo, la base Tepeyahualco y su forma de buscar un toro más pastueño en La Laguna le dio este toque franco de nobleza que no con frecuencia aparecía en Piedras Negras. Hoy en día todavía hay líneas de vacas que lo marcan claramente, cien años después.

De Jarocho descendió el Partidario. Este toro, negro bragado de pinta, bien puesto de pitones –he tenido la oportunidad de verlo en las películas que conservan los González–, junto con Fontanero, cárdeno, superior de nota, son los dos hijos de Jarocho, de más importancia para la ganadería en los años de Viliulfo. El Partidario dejó muchas hembras clave tanto en Piedras Negras como en La Laguna y padreó hasta los 15 años, cosa muy rara en esta casa, y casi toda su vida activa en la casa madre. Dejó nueve machos sementales. El hijo notable de él es el Tinajito, cárdeno, nacido en el año de 1940. De él se desprende una larga lista de descendientes de gran valor, especialmente Colmenero, ejemplar número 2, del año de 1949, padre de cuatro toros de los años cincuenta, que fueron a su vez jefes de raza: Macetero, que fue vendido años después a la ganadería del Ing. Mariano Ramírez, quien había comprado la totalidad de las vacas de Zotoluca; Barrico, Guión y un segundo Macetero, clave para la ganadería de La Laguna. El Colmenero era hijo de la Recobera, vaca herrada a fuego con el hierro de Rancho Seco. Esta hembra número 15, nacida en el año de 1934, cárdena clara, coletera de nota 9, fue regalada por su hermana Beatriz González y su esposo, Carlos Hernández, a Viliulfo poco antes de su fallecimiento. Existía algún distanciamiento en la familia, pero manteniendo el cariño que tenía por su hermano, decidió enviarle la vaca con un moño rojinegro a su ganadería, dejando atrás los malos ratos. La vaca era hija del toro Aceituno y de la vaca Aldeana ambos de la simiente de Rancho Seco, descendiente esta de la número 12 del año de 1924, “Recobera” también de nombre, hija del “Saleroso” con la “Recobera” de 1915 de nota superior, que había adquirido Rancho Seco en 1928, junto con otras dos de estirpe Saltillo, de la misma forma en que se vendieron al menos tres vacas de este origen a cada una de las ganaderías hermanas. La línea de la casta 6 se había perdido en Piedras Negras, por lo que esta vaca no fue cualquier regalo, sino algo escogido con toda buena intención. La Recobera, de Rancho Seco, tuvo siete crías, todos machos, cuatro de ellos sementales de gran valor para la casa y murió en el año de 1951 a los 17 años de edad.

Cuando el Macetero fue vendido a Mariano Ramírez, a quien tan buenos frutos rindió al paso de los años, para continuar esta estirpe entró en su lugar el Presumido, ejemplar número 79 del año 1957, que murió de viejo en la ganadería de Coaxamalucan, después de haber dejado líneas de sangre que se siguen hasta el día de hoy.

De la descendencia del segundo Macetero, también nacido en el año de 1940, vinieron tres toros muy importantes en línea directa de padre, hijo y nieto, que son: Recobero, Jalapeño y, en 1957, el famoso Chocolatero, toro base en La Laguna y fundador de la ganadería de De Haro, el cual, en sus dos primeros años como semental, a pesar de tener el hierro de La Laguna, los pasó en Piedras Negras.

Hasta 1972, Piedras Negras solo padreó toros con su hierro y con el de La Laguna, ambas propiedad de Viliulfo, primero, y de sus hijos después, las cuales con Raúl y Romárico al frente de cada casa a partir de 1952, siempre compartieron los sementales importantes de cada hierro. Aun y cuando las demás ganaderías hermanas también tenían líneas de sangre puras, ellos nunca padrearon un toro que no fuera propio. A los demás siempre se les compartió la sangre, pero la casa matriz solo padreó lo suyo. El último semental que aprobó Viliulfo fue Peregrino, número 61, negro, bragado de pinta, nieto del Partidario. Romárico, joven inquieto y de gran sensibilidad ganadera, al tener las riendas de la rojo y negro, tomó una decisión que claramente indica cómo venían siendo los resultados en las tientas y en la plaza, de tal forma que en el año de 1942, en el primer empadre que él definió a la muerte de su padre, lleva a los potreros de La Laguna y empadra con toros de este hierro once de las diez y ocho vacas de simiente que había en Piedras Negras en ese momento. Aunque en el fondo, la raíz Saltillo era la misma, él sabía que el resultado en la plaza favorecía al comportamiento que se obtenía en La Laguna, por lo que debió de haber intentado encontrar nuevos sementales para Piedras Negras de esta manera. Así lo hizo por tres años consecutivos. De ahí en adelante padrearon muchos toros con el hierro de La Laguna en Piedras Negras.

Las vacas de simiente y las puras se identificaron siempre a detalle. Como ya vimos, fueron diez familias con las que se trabajó bajo un esquema de «categorías» con la misma sangre. Dentro de las de simiente, hay familias con mucha más importancia en el manejo de la sangre y en la fijación de características. Así, las Fontaneras de la casta dos, las Cigarreras, Conductoras, Copilotas de las casta tres, las Alfareras, Cantareras de la casta cuatro, las Carrionas y Recoveras de las cinco y seis, las Luceritas y Vanidosas de la casta siete y las Fantasías convertidas en Financieras, al paso del tiempo de la casta ocho, son las principales proveedoras de líneas de sementales.

De la descendencia de las vacas españolas hasta nuestros días sería muy largo escribir cuáles fueron las más importantes y por qué. Solo quiero dejar aquí constancia que, a excepción de las castas uno, nueve y diez, que poco dejaron, las otras siete crecieron a la par entre ellas, teniendo al paso del tiempo distinta relevancia y presencia. Para 1972, cuando se dividió la ganadería entre los hijos de Viliulfo, había descendencia de las diez familias de Saltillo. El oro siempre se cuidó y conservó. Ni en los años difíciles de la Revolución, y luego de las invasiones, los ganaderos dejaron de visitar sus potreros y de llevar a cabo personalmente todas las faenas de la ganadería, cuidando con estricto orden, empadres, tientas y herraderos.

4. LAS FAENAS DE CAMPO

El herradero se hace a principios de año. En la ganadería no se deja al toro todo el año con las vacas. Los toros normalmente entran al empadre en el mes de junio y se retiran a finales de noviembre, por lo que las crías de una camada, al momento de destetar y herrar, actividades que se hacen al mismo tiempo, tendrán entre seis y nueve meses de vida. De esta forma se protege a las madres para que puedan afrontar el fin de la época de estiaje sin el recental al pie.

Los becerros se herraban en un corralón dentro de las instalaciones cercanas al casco. Resguardadas por vaqueros y bueyes, ahí entraban todas las vacas con su cría. Con gran habilidad, los de a caballo separaban cría por cría de sus madres. Al quedar el becerro solo, se le tiraba un lazo a la cabeza para que, ya asegurado, fuera derribado por algún valiente a pie, barbeando al animalito para tirarlo al piso y ahí asegurar patas y manos con reatas y proceder a marcar con fuego, del lado del ganadero, el número que lo identificaría toda su vida y el hierro de la casa; también se les hacía el curioso «corte de la corbata», señal única de Piedras Negras, que consistía en que sobre la badana de la res se hacía un tajo hacia abajo, quedando un pedazo de piel colgando. Esta señal se comenzó a hacer en el año de 1905 para distinguirlos de sus hermanos de Coaxamalucan, que durante un tiempo lidiaron en las plazas bajo el nombre de Piedras Negras, dada la copropiedad que existía entre los hermanos. En el video de la corrida de alternativa de Luis Freg en el año de 1910, claramente se ven los toros en los corrales y en la plaza con este distintivo. No obstante que al poco tiempo esta ganadería ya se anunció con su propio nombre, la señal quedó para la posteridad y se sigue haciendo. Los becerros y becerras de simiente se herraban con números bajos, los primeros del herradero correspondiente. A las hembras se les marcaba a número corrido, y a los machos con el primer número de la decena par o non, de acuerdo al año de nacimiento. Al final de la faena, los becerros se quedaban en un corralón donde pasarían un par de meses al cuidado y ojo del mayoral, para después ser enviados al potrero que les correspondiese hasta que llegaba el momento de las faenas de tienta de hembras y machos. El herradero siempre ha sido una fiesta en esta casa. Participan las familias de los vaqueros, las de los ganaderos, y es la puerta de entrada a los niños, que después llevarán el destino de la ganadería.

La tienta de hembras se llevaba a cabo en la plaza construida por José María. La placita tenía un amplio palco para los invitados, además de un carril para poder ejecutar las suertes charras, práctica efectuada por todos los González. En ese carril falleció Viliulfo González. Dejemos en letra de Paco Madrazo, de su libro, El color de la divisa (Font, 1986), el relato de este triste suceso:

El 21 de agosto de 1941, el día amaneció espléndido en Piedras Negras. Había llovido bien durante el año y los potreros de la finca lucían preciosos, llenos de verde en donde los toros de piel lustrosa esperaban su almuerzo.

Montando su yegua retinta, el amo Viliulfo dio una vuelta por la finca viendo su camada de saca. Luego fue al cerrado en donde estaban las eralas que se tentarían el próximo invierno. El hombre sintió ganas de organizar un coleadero en el campo y para mediodía, él y sus vaqueros tenían un buen atajo de toretes en una punta del potrero.

Cuando le tocó su turno, don Viliulfo le pidió a Filemón Guevara que le apartara uno de los más grandes. El estupendo vaquero, que aún está en la casa, entró con su caballo tordillo y cortó, de la piara, un hosco golondrino que al sentirse solo salió corriendo en favor de la querencia. La collera se disparó tras él, y en la loca carrera, a campo abierto, el amo lo alcanzó y agarró pelo. El torete quebró a su izquierda chocando brutalmente con los encuentros de la yegua.

Bestia y jinete salieron disparados, cayendo en tierra a varios metros de distancia. Don Viliulfo quedó tirado con la cara al cielo. Filemón Guevara desmontó despavorido y contempló el cuerpo inerte de su amo. Volteó su recia cara en dirección de sus compañeros que venían ya al galope, no pudo más, y gritó: ¡El amo Viliulfo se ha matado… el amo Viliulfo se ha matado!

El llanto quebró y ahogó sus palabras que el viento helado esparció por la comarca. Al atardecer, a la hora del Alabado, las campanas de la iglesia de Piedras Negras tocaron a muerto.

El accidente no fue a campo abierto, sino en el carril de la plaza de tientas, pero la prosa con tanto sabor, que tanto me recuerda a mi gran y querido amigo, no tiene desperdicio.

El día de la tienta, el carril cumplía una función adicional. Tlaxcala, además de tierra de toros, lo ha sido siempre de toreros. A las tientas invariablemente llegaba una buena cantidad de muchachos con la ilusión de ver sus sueños hacerse realidad. Estos maletillas, al no tener turno, esperaban con paciencia la oportunidad de torear alguna de las becerras al final de la faena. Sin embargo, primero tenían que pasar una prueba: el carril. Al terminar la faena formal de la becerra, esta no era retirada a una corraleta, como comúnmente se hace, sino que se le daba salida hacia el carril charro, donde los muchachos hacían otra faena completa. Por ahí pasaron todos los aspirantes, que al ir mostrando mejoría podrían aspirar a torear en la plaza. Los toreros viejos de confianza en la casa controlaban a quienes estaban ahí, jóvenes ilusionados por ser toreros.

La plaza no tenía burladeros, sino troneras para ponerse a resguardo en caso necesario. La razón de esto fue la afición a la charrería de los González. Los burladeros estorbaban para la ejecución de varias de las suertes, que requieren que los animales puedan recorrer la circunferencia del ruedo sin distracciones.

La base para la selección durante mucho tiempo fue principalmente la bravura en el caballo y la exigencia vibrante que el animal presentara al torero en la muleta. En este laboratorio, el buscar esa carga de seriedad en el comportamiento pretendía cumplir con su concepto de bravura sobre cualquier otra característica, lo cual definió para siempre el juego de los toros en la plaza. Los toros aprobados para sementales y las vacas en la tienta tenían que cumplir sin clemencia alguna con la pelea en el caballo. Si no cubrían al ciento por ciento la exigencia del ganadero, no eran aprobados. El comportamiento noble con la muleta no era una cualidad suficiente para sobrevivir. La codicia y la emotividad, la casta sostenida, que a veces resultaban en peligro, eran y son condiciones esenciales en la selección en esta casa.

Más adelante abundaremos en este tema y sus consecuencias. Desde que se inició la ganadería, las notas fueron en la escala de regular a superior, y solo hasta después de la muerte de Viliulfo fue que se cambiaron a una notación numérica. Los sementales y las vacas de simiente siempre fueron solo los de notas más altas, y nunca se dejó en el hato un animal de nota menor como simiente, sin importar su procedencia. La familia no garantizaba la vida del animal. De los libros de la ganadería transcribo algunas notas de tienta, para que nos demos una idea de cómo se apreciaba el comportamiento de los animales en esta faena:

Toro número 5, de nombre Fantasío nacido en 1930. Hijo de Jalapeño y Fantasía de 1915. Tentado por acoso. Retentado en la plaza, 15 puyazos en la plaza y siete a campo abierto, formándole la plaza la gente de a pie. Superior. Banderilleado en el campo, superior. Vuelto a la plaza, dos puyazos más. Notabilísimo ejemplar de toro de lidia. Destinado a Semental.

Vaca 462, de nombre Carrisana del año 1928, hija de Fontanero y Carriona de 1921. Tentada en abril de 1931, superior de salida, 12 puyazos, excelente estilo, noble, pastueña, bien de fuerza.

Toro 9 Carrionero de 1930. Tentado por acoso, 6 puyazos superior. Retentado en la plaza. Primer cuarto superior, segundo cuarto, catorce puyazos, bueno, último superior. Noble, estilo, alegre y muy resistente de patas. En resumen al de a pie superior y al de a caballo bueno.

Toro 12 Carrión  de 1931. Retentado en el campo en 1933, dándole lida completa. Primer cuarto superior, segundo muy bueno, veinte puyazos, tercero y cuarto superior. De estilo el más estupendo, notable toro que se destina para semental.

 Para toda la descendencia de las vacas de origen español, está en los libros descrito el comportamiento de cada animal con mucho detalle, pero también queda el recuerdo de quienes vivieron íntimamente la ganadería. Carlos Hernández González me lo ha contado muchas veces y lo escribió bien y largo en su libro. Pero sobre todo, lo comprendió. Esa insistencia de guardar la bravura, que no es nuestra, que no es nata en el animal, es la clave de su subsistencia y de la raza misma. Manteniendo la bravura, se puede crear lo que se quiera; sin ella, solo es dejar pasar el tiempo y el toro. De la bravura hay matices, sin esta, desaparece todo. Hoy en día, muchos toreros apetecen ir a las tientas de esta casa. Varios se han hecho ahí, toreando ganado con exigencia. Sintiendo, templando y mandando la embestida del bravo que acomete y presenta manifiestamente un problema por solucionar: convertir la bravura en arte. Decía algún joven matador, amigo de la casa, que la mirada de las becerras en la tienta parecía de humano. Que sabían lo que hacían como si ellas lo decidieran. Esas cualidades eran muy apreciadas para incrementar sus conocimientos de lidia, riqueza que al tiempo les permitiría cosechar éxitos ante el público. Por desgracia, de todos ellos, pocos levantan la mano a la hora de pedir las corridas en la plaza.

Todos los González toreaban y participaban directamente en las faenas de tienta. El padre de Viliulfo, Romárico, de acuerdo con los periodistas de la época, pudo haber sido un torero importante. Manuel, hijo de este, tomó la alternativa de manos de Rodolfo Gaona, en el puerto de Tampico, con mucho éxito; todos los demás, primos, cuñados, hijos, participaban derribando, picando y toreando en las faenas de campo. A pesar del serio problema de visión que padecía Viliulfo, quienes lo vieron en el campo me contaron que toreaba y banderilleaba como el mejor, aun con esta condición. En las películas familiares se puede apreciar esta afirmación. Él y su primo Felipe, el famoso Gallo Viejo, ganadero durante setenta años de la ganadería de Coaxamalucan, alternaban en quites y banderillas con los profesionales que iban a la casa. Y fueron todas las figuras de la época. Ellos pulsaron en su capote y su muleta las embestidas y la bravura de los animales que criaban. Tuvieron el cuidado de tentar prácticamente todos los sementales que padrearon, la mayoría por acoso y derribo, y después con la muleta. Los libros de la ganadería, que no la tienta, los llevó con orden y cuidado el hombre letrado, de toda la confianza de los amos, Isaac Morales, desde los tiempos de Lubín. La tienta fue siempre dirigida y llevada a cabo por ellos mismos. Solo porque me parece curioso y siento que describe un poco lo que eran aquellos tiempos, transcribo la nota que aparece en la tarjeta de la vaca Pantera: “se vendió por vieja y al llevarla a Apizaco al matadero, se cortó de los bueyes en Texcalac y mato a una viejita madre de Luis Morales y a un viejito apellidado Quintero. Hubo que pagar multa, curaciones y entierros”. Gajes del oficio.

En el campo, el tiempo dura más. Todo es despacio y al buen caminar. Durante muchos años, las tientas de todas las ganaderías hermanas eran en la plaza de Piedras Negras. Así, muy de mañana, muchos días del año, llegaban las vacas propias y las de los demás, arreadas por bueyes y vaqueros. Se disfrutaba la faena. Se hablaba de toros. De la temporada. Se recorrían los potreros y se seleccionaban y apartaban las corridas, la mayoría para la capital. Piedras Negras es la ganadería que más toros y novillos ha lidiado en la Ciudad de México. Y en los primeros años, más. Esto fue resultado del manejo interno. Muchos ganaderos lo intentaron, algunos duraron unos años, pero la presencia constante y duradera en las principales plazas del país fue resultado del cuidado, la crianza y la selección de los amos de Piedras Negras. Y sobre todo, de respetar su concepto.

Transcribiré la voz El Eco Taurino, del 6 de febrero de 1936, de quien estuvo ahí, sobre cómo era una tienta en tiempos de Viliulfo:

Envueltos por un manto de sol pleno que al extenderse por el campo parecía bruñirlo de oro, llegamos a Piedras Negras. Antes de la finca vimos caminar hasta la plaza de toros del lugar una piara de bueyes con cencerros al cuello, conduciendo seis becerras negras y cárdenas. La plaza de toros, en medio del monte lleno de aromas, cubierta de sol. Tras la barrera, Aurelio Carvajal, señor de Zotoluca, Gabriel Aguilar, Filemón Guevara, Gerónimo Merchán, Danielito Muñoz, don Isaac Morales, Gonzalo Iturbe, arrendatario de Zocac, y otros. En el ruedo, Viliulfo González, Carlos Hernández y el novillero Gabino Aguilar. Don Isaac Morales, el administrador de Piedras Negras, con el libro de registro en las manos, dentro de un burladero. ¡Escóndanse todos!… Los actuantes entran en las troneras y sale la primera becerra. Después de cinco puyazos la vaquilla escurre sangre que enrojece la piel y forma charquitos en la arena. En el décimo tercer puyazo, Viliulfo cambia el tercio y le coloca Gabino Aguilar tres pares de banderillas. Este novillero agarra la muleta y torea por alto, al natural, de pecho y costado con aguante, valiente y temple torero. Después es lazada para curarla. La segunda vaca, después de tomar catorce puyazos es desechada por retroceder dos pasos. La tercera con encornadura de toro, hija de la vaca «Guapetona» y el semental «Partidario», desde la primera arrancada mostró una codicia poco común. Embistió al capote con alegría, suavidad y bravura, y mientras más avanzaba la lidia, más bravura, alegría, codicia, nobleza. Quince puyazos y a lazarla para su curación. ¡Vaya canela y solera de bravura! La cuarta vaca fue castigada con quince puyazos y fue magnífica, pero no como la anterior. La quinta fue desechada y la sexta aprobada con catorce puyazos.

La reseña tiene comunes denominadores: la selección, con base en su comportamiento al caballo y lo poco que se tomaba en cuenta la faena de muleta. Escasos o muy pocos eran los muletazos que se les daban a las vacas para calificarlas y dejarlas como madres en la ganadería. Regresemos al relato:

El 16 de enero se tentaron seis preciosos becerros españoles, sangre pura del Marqués de Saltillo, dedicados –los que aguantasen la terrible prueba– para sementales de la ganadería tlaxcalteca… El primero, «Cubero», tomó 16 puyazos, siendo toreado de capa, banderilleado y pasado de muleta por Viliulfo González, Carlos Hernández y Gabino Aguilar. Fue dedicado a padrear en Piedras Negras. El segundo, negro listón conocido como «Carrión», tentado por los mismos mencionados, recibió 17 puyazos y padreará en La Laguna. El tercero, cárdeno, «Afectuoso», rebosó una bravura plena de alegría. Embistió deliciosamente, tomó quince puyazos en un solo terreno, arrancándose de largo, con la muleta fue a donde quisieron llevarlo sin mostrar el menor resabio. Este gran novillo fue destinado a Zotoluca.

Y así continúa la descripción de esos días de campo.

El cambio de reglamentación que obliga el uso del peto como defensa de los caballos en la plaza es un punto de rompimiento clave para el devenir de la fiesta y la crianza y selección del toro bravo. Ya no era tan solo una cantidad interminable de puyazos con infinidad de caballos muertos en el ruedo, normalmente más que toros. Ahora el toro recibiría a ley un castigo más fuerte y prolongado, lo cual obligaría a sus criadores a evolucionar hacia estas nuevas exigencias. En el portal de La Fiesta Nacional encontré esta nota que detalla el origen de este cambio:

Fue a finales de los años 20, en plena dictadura del general Primo de Rivera, cuando se implantó la protección o petos a los caballos. La chispa que colmó el vaso ocurrió en una corrida de toros celebrada en Aranjuez a principios de temporada de 1928, a la que asistió el presidente del Gobierno Primo de Rivera acompañado de una distinguida dama extranjera, ligada familiarmente a un ministro francés. Ocupaban un asiento preferente de barrera y ocurrió que unos de los toros, tras romanear y campanear a sus anchas a uno de aquellos escuálidos caballos, salpicó con sus tripas y con parte de lo que estas contenían a todos los espectadores que se hallaban presenciando el espectáculo en la zona donde se encontraba la ilustre pareja. El dictador tuvo que pasar un mal rato tan grande, que tras el espectáculo dio la orden tajante a su Ministro de la Gobernación de que adoptara las medidas oportunas para acabar para siempre con tan salvaje y vomitivo espectáculo. Y de ahí vino directamente la imposición del peto en los caballos que practicaran la suerte de varas. Oficialmente se implantó en el año 1928, estando como ministro de la Gobernación el general Martínez Anido, que dispuso en «La Gaceta de Madrid», que a partir del día 8 de abril de ese año se prescribía el uso obligatorio de los petos protectores para los caballos de picar en las plazas consideradas de primera categoría, entre ellas la de Tetuán de las Victorias en Madrid, una plaza en la que anteriormente y durante un año se habían llevado a cabo las pruebas del peto. Esta disposición fue después ratificada por Real Orden de 13 de junio, que ya extendía su obligatoriedad a todas las plazas de España.

El uso del peto se reglamentó en México a partir de 1930. El comportamiento en el caballo era y siguió siendo de suma importancia en Piedras Negras, sin embargo, comenzaba el cambio, al hilo de la evolución del toreo, al dársele ahora peso y validez al comportamiento en la muleta y tener que buscar la fuerza y la energía para acometer ahora con más bravura ante las nuevas exigencias.

Romárico y Raúl González González continuaron la obra de su padre. A partir de 1941 y hasta 1952, Romárico quedó al frente de la casa, siendo propietarios además su madre, Delfina, y sus hermanos. Carlos Hernández escribió:

El Amo Maco es el mejor ganadero que haya conocido, el más dedicado, tanto al campo como a los libros. Su práctica para elegir sementales consistía en sacrificar un gran número de toros… Para él, la elección definitiva de un semental no solo consistía en la selección en los libros ni en una tienta exigente en pos de la bravura; se tenía que apreciar la calidad, no solo en la primera camada de hembras, sino de los machos lidiados como novillos, si estos resultados no eran excelentes, se quitaba el candidato a semental y continuaba la prueba con otros, cuantos fueran necesario.

Con él se comenzaron a distinguir tres cualidades en las tientas y en las notas: la bravura, el estilo y la fuerza. La debilidad era un problema que tenían las ganaderías de los González, defecto que desde las tientas se empezó a tratar de resolver. A partir del Amo Maco, el sistema de tienta cambio, dejando a la becerra en el tercio para irla abriendo conforme a sus condiciones y poder apreciar con más detenimiento la calidad de la embestida. Se dejaron atrás los catorce puyazos para, haciéndoles la sangre necesaria, apreciar otras cualidades, sin perdonar jamás defectos que traicionaran la concepción original. Esto le pagó con creces a Romárico, que mandó a las plazas toros de ambas casas que peleaban ya las figuras para faenas bajo los cánones del toreo moderno. Sin embargo, Piedras Negras tenía su personalidad y su leyenda. En el herradero de 1940, decidieron marcar unos becerros de La Laguna con el hierro de Piedras Negras para ver si esto cambiaba la percepción de los toreros. No surtió efecto, pues el nombre pesaba mucho en el ánimo de los matadores de toros. Por otra parte, el modo de hacer las cosas por parte de Lubín durante veinticinco años fue constante y sin cambio, y no se iba a poder modificar de un plumazo. Lubín no toreaba; Romárico grande y sus hijos, sí. ¿Habrá tenido que ver esto en la diferencia de comportamiento entre las dos ganaderías hermanas? ¿Habrán apreciado más los «lagunas» el comportamiento en la muleta? ¿Lo reflejarían en sus notas? No lo sé, pero puede ser una explicación.

Cada camada constaba de cerca de cincuenta hembras. Solo se aprobaba el mismo número de vacas que se desviejaban –alrededor de quince–, por lo que la selección era muy estricta. Piedras Negras casi no vendió simiente a ninguna ganadería que no fuera de la familia, por lo que se fueron al rastro vacas que en otros lados hubieran podido ser base fundacional, sin embargo, ellos no tenían intención de ser una ganadería madre, sino simplemente de mejorar la suya. Lo que se compartía eran sementales, por lo que sin duda se dejó ir sangre muy buena.

La tienta de machos se hacía a campo abierto en el potrero denominado el Derribadero, situado a un par de kilómetros al oriente del casco. Días antes de la tienta, ahí llevaban la camada completa de becerros, que iban soltando uno a uno el día de la faena para que amparador y derribador, en coordinada collera, templaran su galope y con certero golpe en la palomilla lo hicieran rodar en la zona donde se encontraba el picador, con su caballo protegido con un pequeño peto que le permitía amplia movilidad para colocarse para el puyazo. Después del primer encuentro, toreando a la grupa, lo colocaban de nuevo hasta que se hubiera cumplido el objetivo de evaluar su bravura. Algunos becerros, los destinados a ser sementales, también se toreaban a pie, con los invitados haciendo ruedo. Viliulfo, Romárico y Raúl participaron siempre en estas faenas. Esta práctica fue introducida en el año de 1926, por consejo del matador de toros español José García Algabeño II. Se tentaba toda la camada y a los de simiente; además, se hacía una faena completa para ser aprobados como sementales, o muertos por estoque ahí mismo.

Del Eco Taurino, de octubre de 1925, entresaco las siguientes líneas de una editorial firmada por Majito:

Caminaban por Madrid «el Algabeño» y Emilio Torres «Bombita». Un viejo aficionado, al ver la cara de tristeza de José García, le cuestiona:

–¿Algún robo?, ¿alguna deuda?

–No ¡peor, peor que eso –responde–. Mi hijo Pepe se ha vuelto loco. La locura peor, la de los toros. Haber amasado una fortuna pa’él. Haberle dado instrusión  en los mejores colegios. Tenerle los mejores cortijos. Poner en él la ilusión de un padre que le ha querido salvar de la única vergüenza del mundo, que es la de ser torero. Y de repente, cuando nadie lo espera, se me escapa, acepta un contrato en Barcelona, y esta tarde, si Dios no lo remedia, va a presentarse en público… ¡Antes lo mato!

Pues no lo mató. Y este evento de 1922 fue el inicio de la carrera del matador de toros que llegaría a Piedras Negras a dejar su huella con la faena de acoso y derribo. En noviembre de 1925 debutaría en la capital mexicana con toros de esta casa. Al perderse los terrenos de la hacienda, esta faena se dejó de hacer, y hoy Marco Antonio torea en su plaza los toros que destina para sementales.

En México, la tienta de machos todavía se lleva a cabo en varias ganaderías, en las plazas de tienta, por colleras a pie. Tentar los machos aporta un dato más que puede ser o no relevante: al final, la tienta máxima de un semental es su descendencia y la capacidad de ligar y transmitir lo que genéticamente tiene dentro, de acuerdo al concepto de cada ganadero. El tipo, la familia, su tienta, su descendencia y su lidia en plaza, si acaso se diera, son las cinco tientas de un macho, según el concepto de Oscar González, quien durante varios años acompañó a Raúl González en la conducción de la ganadería, análisis que hoy se sigue respetando.

Raúl no abandonó la definición de bravura de sus ancestros, sin embargo, buscó también, al igual que su hermano Romárico, que el toro rompiera a más en las plazas. Hizo los esfuerzos genéticos necesarios para encontrar un grado más de toreabilidad en la plaza. Varios años hizo empadres con un toro y muy pocas vacas, solo con la intención de buscar una combinación de sangre específica con el cuidado adicional que una pequeña punta permite. Hoy en día, Marco Antonio, su hijo, lo hace con frecuencia y además en cuanto al comportamiento, mantiene el concepto y tienta con toda severidad. En pocos lados he visto la exigencia de Marco. La bravura sigue ondeando bandera en esta casa y la fuerza es una condición necesaria para aprobar las vacas y los sementales.

A Raúl le tocó luchar todavía contra el problema de la debilidad que al paso del tiempo fue logrando erradicar. Durante años he escuchado una frase que considero un mito: la consanguinidad de Piedras Negras. Como mencioné líneas arriba, el planteamiento fue abrir la sangre. Y se logró. Lo que menos había en esta casa eran sementales consanguíneos, ya que se buscaba evitar esto.

Las caídas del toro durante la lidia tienen varias explicaciones y desde el punto de vista de los investigadores del tema, ninguna es concluyente; el hábitat, la alimentación, la sanidad, los genes como portadores del problema, el estado de las vacas madres y la consanguinidad, son algunas de las razones que lo explican, pero no así, en este caso, la consanguinidad, que en esta casa es muy baja. Las herramientas tecnológicas actuales permiten hacer los cálculos de manera rápida, y los datos históricos de los libros de Piedras Negras, ahora ordenados en un sistema, es lo que arrojan.

El problema se erradicó eliminado las vacas que lo mostraban en la tienta, así como los sementales que la trasmitían, dejando solo aquellos animales con la fuerza necesaria para cumplir su lidia completa, además de poner todos los cuidados necesarios en la sanidad, crianza y alimentación del ganado.

La consanguinidad resulta del apareamiento de animales que tienen uno o más antepasados en común. Cuanto más cercano sea el parentesco, más alta será la consanguinidad de las crías. Este sistema de cruzamiento como vía para la búsqueda de reproductores superiores ha sido muy exitoso en la ganadería mundial, y lo que se busca a través de cruzamientos en línea, o sea entre hermanos o inbreedings de padres a hijas, o de hijos a madres, es fijar, por medio de la repetición de genes, las características deseables en la ganadería. La tienta y la observación fenotípica de los productos ayudan a eliminar lo que a ojos vistas no se desea mantener, sin embargo, las combinaciones de genes en un animal son casi imposibles de controlar, por lo que, aun y cuando las condiciones no deseadas se eliminen del hato, estas permanecen aunque sea en forma recesiva y pueden reaparecer en cualquier momento. En un principio, en Piedras Negras la consanguinidad de los sementales era del 12.5%, ya que la descendencia de Fantasío con las vacas puras españolas fue con sus hermanas, y tuvieron como ancestro común a Tabaquero. Para las siguientes generaciones fueron evitando cerrar estos toros, de tal forma que, para la década de los años sesenta, los siguientes reproductores relevantes fueron bajando su índice de consanguinidad a niveles de 6% en promedio. El Chocolatero es la única excepción, pues con 19.35% de consanguinidad, dio una progenie excepcional. Quizá la crítica debiera de ser en el sentido de no haber utilizado más esta técnica de cruzamiento, más que en decir con tanta facilidad que la consanguinidad había dañado esta sangre. En ganaderías tan cortas como esta, la endogamia y la variabilidad genética son aspectos que hay que observar muy de cerca para prevenir la pérdida de líneas de sangre.

Los toros de este encaste son muy nerviosos en el campo, por lo que embarcar las corridas de toros es una faena de alto riesgo y muy vistosa. En tiempos de Lubín se apartaban las corridas a principios de octubre. Normalmente, la camada pastaba en el potrero de la Troje, muy cerca de La Laguna. Ahí había que ir separando las corridas buscando igualarlas en pelo, tipo y alzada. Amos y vaqueros a caballo ejecutaban con sigilo la faena. Los cárdenos de origen Saltillo eran los primeros en ser separados para ser alojados en el potrero contiguo, llamado quizá por esto, Los Españoles. Los demás eran separados de acuerdo con las instrucciones del ganadero y eran hospedados en los potreros que están rumbo al casco. En aquel tiempo, el embarcadero estaba junto a la vieja plaza de tientas.

Hoy en día, en Piedras Negras hay dos embarcaderos cercanos a los cerrados donde pastan las corridas. El primero es uno de campo, el embarcadero viejo de Zotoluca, y el segundo es una instalación contigua a la actual plaza de tientas. A esos potreros llegan los vaqueros de la casa y las casas vecinas, con paradas de bueyes para ir a caballo embarcando toro por toro. Es un terreno ondulado en el que hay que arropar al toro para conducirlo al embarcadero más cercano. Así, uno a uno van subiendo al camión, en una faena que ya poco se ve. Hombres de a caballo templando bueyes y toros que con toda calma los llevan rumbo a su destino.

Desde un inicio, en Piedras Negras, cada año se han embarcado cerca de cincuenta machos para las plazas. Hasta los años ochenta, principalmente para la Ciudad de México, sin embargo, la ganadería también triunfó en todo el país y en Sudamérica. En el siguiente capítulo hablaremos de ello. Se lidian pocas novilladas. Un encaste tan exigente dificulta mucho a novilleros sin experiencia resolver el planteamiento que la bravura supone. Recientemente, los triunfos en plazas como Guadalajara, Tlaxcala y Texcoco han sido con toros que han conjuntado en su comportamiento la casta, acometividad y la nobleza necesarias en el toro bravo actual.

El toro de Piedras Negras es un animal de preciosas hechuras, extraordinariamente armonioso. Bajos en su mayoría, recogidos de cuerna, predominando los bien puestos y algunos delanteros con poca pala. Poco se ve el toro cornalón o el veleto, y nunca el cornipaso. Degollados de papada, con ojos vivaces, predomina el cárdeno en todos sus matices, sin dejar de existir el negro. Porque la fuerza genética existe, hoy están saliendo en animales puros de este encaste con pelos colorados en distintas proporciones. Regresó la pinta que Viliulfo con tanto afán intentó quitar. « ¡Ha de tener de Piedras!», decía Raúl cada vez que un toro cárdeno de otra casa daba bravo juego en la plaza, con el consabido disgusto de nuestros amigos ganaderos, que decían: « ¡Si nunca hemos tenido de eso!». Pues no, de «eso», fuera de la familia y de algunas ganaderías cercanas, prácticamente todas tlaxcaltecas, fueron dos casas importantes las que tuvieron: San Antonio de Triana, propiedad de don Manuel Ibargüengoytia Llaguno, quien se llevó el toro número 78 de nombre Dantesco, hijo de Macetero, número 114, con el hierro de La Laguna, que se había vendido en 1958 al Ing. Mariano Ramírez, junto con el toro Barrico, número 87, con el hierro de Piedras Negras. Dantesco, según sé por comentarios de quienes conocen esa brava casa ganadera, no le ligó a don Manuel, sin embargo, aguantando las fuertes críticas de sus paisanos y familiares, dejó en la ganadería cerca de sesenta vacas nacidas entre los años 1962 y 1967, que empadró con toros de su casa en los potreros zacatecanos. Algo les habrá visto, que aun y no siendo vacas superiores, tuvo la paciencia de esperar los resultados de esta sangre a través de las hijas de este semental. Al paso del tiempo, la sangre de Dantesco dejó un importante legado en San Antonio de Triana. Prácticamente, todos los machos nacidos en esos años se lidiaron en novilladas, sin haber dejado ninguno con las vacas. La otra casa fue La Punta, que en el año de 1967, cuando Paco Madrazo Solórzano, entrañable amigo de Raúl, en esa época ya al frente de la casa de su padre, decidió mezclar su tequila jalisciense con el pulque tlaxcalteca y adquirió dos novillos: el número 50, Tinajito, cárdeno oscuro, bragado, coletero con el hierro de Piedras Negras, y el 17, Seda Fina, cárdeno, con el hierro de La Laguna, combinación explosiva que según don Paco no le resultó y tuvo que retirar los toros del empadre. Además, habría que sumar los toros indultados en Colombia y algunos más que se vendieron a ganaderos del Cono Sur y a otras ganaderías mexicanas de menor importancia, que al paso del tiempo no siguieron esta línea. Piedras Negras fue una ganadería de los González para los González. Algunos, con el tiempo prefirieron buscar sangre en otros lados. No son más de ciento diez vacas y cuarenta sementales vendidos a veinticinco ganaderías distintas a las hermanas y las hijas de Piedras Negras en toda su historia.

Piedras Negras se dividió en el año de 1972. Dentro de las ganaderías de la familia hay dos grupos en los que esta casa es principal aporte de sangre: las ganaderías hermanas, que fueron fundadas a principios de siglo XX: La Laguna, Zotoluca, Coaxamalucan, Rancho Seco y Zacatepec, a las cuales fueron vacas puras Saltillo y muchos sementales; y las ganaderías hijas, producto de la división de la ganadería que se hizo a la muerte de doña Delfina, y como resultado de la pérdida de los terrenos de la hacienda.

Así, en esta división nacieron: Tepeyahualco, nombre que restableció, con todo y su antigüedad, Manuel de Haro con las vacas y sementales que heredó Marta, su esposa; Iturbe Hermanos, herencia de Magdalena; la Antigua, herencia de Susana, y  Piedras Negras, cuyo hierro y divisa quedaron en manos de Raúl. Romárico recibió becerras de dos camadas que vendió a los entonces nuevos dueños de La Laguna. El hierro que por herencia de su quinta parte correspondió a Romárico, fue adquirido por don Jorge Martínez Gómez del Campo cuando funda su ganadería “Los Martínez”.

En 1982, Susana vendió el rancho que había comprado junto con las vacas que aún conservaba en Querétaro a su sobrino Jorge de Haro, quien las acompañó con dos camadas y varios toros de la casa de su madre. Al paso del tiempo, Jorge encastó su ganadería en las sangres de San Mateo y Garfias. Tepeyahualco está en manos de Ignacio de Haro –su hermano Manuel recién falleció–, ubicada también en ese estado y los Iturbe mantienen dos hierros: Gonzalo Iturbe, propiedad de él mismo, y Magdalena González, que dirige Javier Iturbe, ambas situadas en el municipio de Amealco, Querétaro. Y ahí continúa la historia bajo los mismos cánones. De la sangre de La Laguna, junto con la de Piedras Negras, está la ganadería de De Haro, propiedad de Antonio y Vicente, la cual ya hemos mencionado, y la de Xalmonto, que es de Pablo, su hermano, con este mismo encaste, ubicada en los Altos de Jalisco. Magdalena Iturbe, con su esposo, el matador de toros Gabino Aguilar, actualmente también son criadores de toros de lidia.

Se mantienen las líneas de sangre y hoy en día se están volviendo a compartir sementales y vacas, práctica que se había dejado de hacer por algún tiempo, con resultados muy positivos.

Marco Antonio, los hermanos De Haro y los hermanos Iturbe, nietos de Viliulfo, conservan en sus casas esta sangre única. Ocho ganaderías con sangre González-Piedras Negras. En sus manos, el Encaste Piedras Negras sigue vivo. En la actualidad, Marco Antonio empadra cerca de ciento cincuenta vacas cada año, herrando un poco más de cien animales por camada. En los últimos diecisiete años que lleva al frente de la casa ha hecho un cambio fundamental en el manejo de su sangre: ha buscado, conservado y empadrado sementales consanguíneos con las vacas, ahora sí, cerrando la sangre, estrategia que en realidad en esta ganadería hay que entenderla como un refresco, ya que al padrear toros consanguíneos, después de muchos años de no hacerlo, estos no refrescan diluyendo la sangre original, sino que lo hacen regresando sobre sí misma, haciendo presentes con más importancia genética las cualidades de los reproductores seleccionados y las de sus ancestros. Abriéndose así, en forma autosuficiente. Un hato seleccionado sobre un concepto y con un mismo método por tantos años, difícilmente acepta o liga con animales seleccionados de otra manera y menos de otro encaste. Esta sangre domina. Y de forma sencilla se refresca sola. Es la ventaja y quizá la única opción de las ganaderías que son en sí mismas un encaste. Por otra parte, Marco Antonio conserva e incrementa cada año un banco de semen congelado que le permite regresar a sementales específicos cuando así es necesario.  Este planteamiento y su desarrollo han dado gran resultado. Con el toro en la plaza –además de la exigencia ya innata en esta sangre que existe a base de buscarla y no perderla–, con mucha frecuencia está logrando una duración y calidad en la embestida excepcionales. Para algunos sorprendentes. Lo mismo con las vacas. Y no busco una fuente para respaldar esto, puesto que me ha tocado vivirlo con él. En una corrida tras otra, en una y muchas tientas, cada vez más califican con alta bravura muchos animales con esta condición. De la bravura siempre habrá resultados; de su ausencia, el olvido del origen de esta fiesta. Se sigue manteniendo el orden genético, del cual, alguien valientemente dijo que en esta casa no existió. Valor entendido como el abuso de la ignorancia conceptual y el desconocimiento de la ganadería que durante más años ha mantenido su misma sangre, dueños y tradiciones en este país, y junto con Miura, en el mundo.

De Marco muchos dudaron; no solo de que pudiera con la ganadería, sino simplemente de que continuara con ella. Pues aquí está la rojo y negro en manos del sexto amo, triunfando fuerte como antaño, esperando que crezcan los recién nacidos cárdenos para ondear sobre sobre sus lomos en las plazas cuatro años después. De corbata y traje gris, ante la mirada desconcertada de quienes han dado por muerto este encaste y su concepto desde hace muchos años.

José María, Lubín, Viliulfo, Romárico, Raúl y Marco Antonio González: los seis amos de Piedras Negras.

Ahora, ¡vamos a los toros!, ¡a la plaza!, a recorrer la historia del toreo en México en la sangre de los toros de Piedras Negras.

III. LA PLAZA

1. EL INICIO

Como ya comentamos, Piedras Negras nació en el entorno adverso de la prohibición de las corridas de toros en la Ciudad de México, por lo que sus primeras corridas se dieron en el ámbito regional, principalmente en Texcoco, en la ciudad de Puebla y en los poblados cercanos a la finca. En distintas publicaciones encontramos los carteles con los que Piedras Negras se presentó en los cosos del Huisachal y Tlalnepantla, refugios alternos de la afición capitalina, y los primeros de los que se tiene registro. Las corridas fueron estoqueadas por las dos figuras alrededor de quienes giraba la fiesta de los toros en ese momento: Bernardo Gaviño y Ponciano Díaz. Los siguientes tres carteles son ejemplo de ello; el primero corresponde a El Diario del Hogar; el segundo a Francisco Coello (inédito), y el tercero a El Arte de la Lidia (año 1, n. º 8, 18 de enero de 1885):

PLAZA DE TOROS DEL HUISACHAL, ESTADO DE MEXICO

15 de febrero de 1882

Ponciano Díaz, con 4 toros de Piedras Negras

PLAZA DEL HUISACHAL, ESTADO DE MÉXICO

5 de marzo de 1882

Bernardo Gaviño y su cuadrilla con 5 toros de Piedras Negras

Última corrida de la temporada. Sobresalientes toros de la afamada hacienda de Piedras Negras. Cuadrilla de Bernardo Gaviño. Dos toros de cola –graciosa mojiganga–

El casamiento de los indios de Tehuantepec –un toro de fuego– toro embolado

PLAZA DE TOROS DE TEXCOCO, ESTADO DE MÉXICO

1885

Se preparan en estas ciudades grandes espectáculos con motivo de la feria que anualmente se celebra. Habrá corridas de toros y se lidiará la afamada ganadería de la hacienda de Piedras Negras. Cuadrilla lidiadora escogida por el primer espada Bernardo Gaviño. ¡Grandes novedades! ¡Corrida monstruo! Las corridas se celebrarán los días 25 y 29 de enero; también el 1º de febrero

Bernardo Gaviño había nacido en Puerto Real, Cádiz, el 20 de agosto de 1813 y llegó a México en 1835. ¡Las corridas mencionadas arriba son casi cincuenta años después! Se dice que en ese tiempo mató en nuestro país más de mil corridas, actuando sobre todo en el centro de la República. Primero habría que poner en contexto estos números y el tipo de espectáculo que se presentaba. Prácticamente en esos años no había ferrocarriles, por lo tanto, quizá en sus últimas corridas se pudo haber transportado con comodidad, pero solo por esto el número de corridas es en sí toda una hazaña. José Francisco Coello relató que, sin alejarse de sus raíces «asimiló y aprendió el carácter del toreo practicado por los espadas nacionales, como los hermanos Ávila o Andrés Chávez, que mezclaban sus tauromaquias con quehaceres campiranos y una serie de divertimentos, parte complementaria del espectáculo que encontró a su paso el gaditano».

Gaviño incorporó la «mexicanidad» a su hacer español, o él se incorporó a esta, creando un espectáculo puramente nacional. En Los ases del toreo (Lux, 1920), Uno al Sesgo menciona que Gaviño

Suple con su propia inventiva sus deficiencias técnicas. Sobre la base de su formación española creó un toreo en gran parte personal, ejecutando los lances a su manera, modificándolos a su capricho, atento a sacar el mayor partido de sus condiciones físicas y con toros muy diferentes a los de hoy.

Monopolizaba la fiesta sin dejar pasar prácticamente a ningún otro coleta español, lo cual, de acuerdo a los críticos de la época, originaba una tediosa monotonía y detenía su evolución. Mando puro en plazas y despachos. México lo hizo suyo y fue él quien dio la primera forma a la fiesta en nuestro país. El espectáculo presentado al público en ese tiempo era muy variado; salto sobre los toros, banderillas colocadas de muy diversas maneras, toros embolados, matar sentado en una silla, fuegos artificiales, en fin… muchos aditamentos para la diversión de la gente. No siempre se corrían seis toros y, como sabemos, estos no eran de casta. El espectáculo taurino se centraba en el tercio de varas, en un muy lucido tercio de banderillas, que es quizá lo único que ha permanecido en el toreo, y la muerte del toro a espada como un mero fin de faena.

En el momento de la prohibición, Ponciano Díaz surgió como un rostro fresco y totalmente nacional. Trató de mantener la hegemonía de su maestro Gaviño, pero ya empezaban a llegar espadas españoles, no siempre bien aceptados por la afición, pero comenzaban a tener importancia. Ponciano intentó mantener pura la identidad nacional, sin embargo, la fiesta ya estaba tomando otro camino. Las suertes charras que él acostumbraba intercalar en los espectáculos desaparecerían en poco tiempo. Recibió la alternativa en España en 1889 y regresó a México a pasar sus últimos años sin la gloria de la que había gozado. Los días 15 de febrero y 5 de abril de 1895, ya en su ocaso, enfrentaría dos corridas de Piedras Negras en la plaza del Huisachal.

La llegada de Mazzantini en 1887 ocasionó el gran cambio en México, no solo en las plazas, también en las ganaderías. Se pasaba de admirar la valentía y la habilidad del torero, a entender los principios fundamentales del toreo, todos ellos plasmados en diversas tauromaquias dictadas por los grandes en España, de nula o poca aplicación en nuestra fiesta hasta ese momento. El vasco aconsejó a los González que compraran sementales españoles, y les vendió para Piedras Negras el primer semental de casta. También fue el primero que importó corridas completas de España y enseñó al público mexicano lo que era una corrida de toros, sin el complemento de divertimento acostumbrado aquí.

Mazzantini nació en el año de 1856 en Elgoibar, Guipúzcoa (País Vasco, España). Hijo de padre italiano, residió algunos años en ese país, de donde regresó a España en 1870. Fue telegrafista y trabajó en la estación de ferrocarril de Santa Olaya; quiso también ser cantante de ópera y en el año de 1880 finalmente se presentó como novillero en Madrid. Recibió la alternativa de manos de Salvador Sánchez Frascuelo en la plaza de Sevilla el 13 de abril de 1884, confirmándola de manos de Rafael Molina Lagartijo, en Madrid, el 29 de mayo del mismo año con el toro Morito, de la ganadería de Murube. En 1886, el empresario de la plaza de toros San Rafael de la Ciudad de México, don Ramón López, lo contrató, a pesar de tener firmada una exclusiva con los empresarios de Puebla, donde ya había debutado, y se presentó en la capital el 16 de marzo de 1887; en esta, su primera tarde, brindó un toro a Ponciano Díaz, de quien junto con sus partidarios recibiría siempre un trato muy duro. La tarde fue de gran bronca, al no tener la empresa la corrida cubierta, teniendo que ir a completarla al rastro de la ciudad. El resultado incluye la huida de Mazzantini hacia la estación de tren, escoltado por la policía y seguido por los partidarios de Ponciano, quienes lo apedreaban, y por el mismo Díaz, de quien se dice que, reata en mano, intentaba lazarlo. Desde ese año hasta 1890, y de 1894 a 1905 haría temporada en México prácticamente todos los años, acompañado de su cuadrilla, siendo además el principal intermediario para la importación de corridas españolas para las plazas de la capital, que, como veremos más adelante, llegaron a ser cinco, en las que, al mismo tiempo se dio una gran cantidad de festejos en todas ellas. Retirado de los toros, fue concejal monárquico y diputado provincial en Madrid, así como gobernador civil en Guadalajara y Ávila. Hombre elegante en la plaza y en la calle, activo todavía como matador de toros, llegó a ejercer su antigua profesión de cantante de ópera actuando con gran éxito en tres funciones en el año de 1888 en los teatros Principal y Nacional de la Ciudad de México. La pugna que había entre poncianistas y mazzantinistas le impidió torear más corridas en nuestro país, donde actuó por última vez en 1905, año en el que se despidió definitivamente de los toros, lidiando en Madrid una corrida del Duque de Veragua la tarde del 16 de septiembre.

Al igual que la historia de México, la del toreo corre por las venas de Piedras Negras, o esta es su sangre, la cual lleva y conserva la información más íntima del desarrollo de los toros en México.

El ganado criollo para la fiesta inicial encuadrada en las corridas «a la mexicana», el toro cruzado de vaca criolla y toro español en la transición de un hacer a otro, y el toro puro, en la consolidación hacia la modernidad de la fiesta y de la ganadería –propia como nacional–, existen claramente identificados en Piedras Negras. Ningún ganadero de entre quienes trascendieron en estas tres épocas, o que se haya unido en las últimas dos, se podía quedar fuera. Crecer el prestigio ganadero sin sangre española y sin acoplar la ganadería al nuevo espectáculo quedaba fuera de toda posibilidad.

La corrida que tradicionalmente se ha mencionado como la primera de Piedras Negras en la Ciudad de México, cuando Porfirio Díaz recién levantó la prohibición de Juárez, es la que se celebró en la plaza de toros San Rafael el día 30 de octubre de 1887, en donde alternaron Diego Prieto Cuatro Dedos y Carlos Borrero Zocato; matando tres de Piedras Negras y tres de Arribas Hermanos, ganadería española; en la cual, Zocato resultó herido en la entrepierna al parar al toro.

En 1890 hubo otra prohibición en la Ciudad de México provocada por el escándalo en la corrida del 2 de noviembre, en donde, con toros de Guanamé, el desastre fue mayúsculo. El primer toro fue devuelto al corral y tuvieron que salir seis sustitutos, pues cada uno era igual de manso que el anterior. Al saltar el segundo a la plaza, después de siete, y también ser devuelto, la empresa decidió volver a soltar los toros que acababan de regresar por mansos, cosa de la que los aficionados se percataron y comenzaron a lanzar todo tipo de objetos al ruedo y a destruir la plaza.

Este receso terminó en 1894 y la ganadería regresó a la capital, a la plaza de Bucareli, el 17 de febrero de 1895; alternaron Ecijano, que se despedía, y José Palomar Caro. Se lidiaron tres toros de Piedras Negras y tres de Tepeyahualco, combinación que se haría usual hasta la desaparición de la segunda casa, en la primera década del siglo XX. Estaba «requetres piedras», dice la canción, refiriéndose a la calidad superior de los Piedras sobre los Tepeyahualcos, la mayoría de las veces que alternaron estas ganaderías hermanas. La prensa de ese tiempo era lapidaria; aquí un ejemplo tomado de El Nacional, del 20 de febrero de 1895, en donde Pata Larga escribió:

La despedida del «Ecijano», dos espadas sin conciencia. ¡Ni hace falta el que se va, ni sobra el que viene!, no se sabe la causa verdadera por la que se va el Ecijano; pero sea la que sea, no nos incumbe a nosotros averiguarla: lo positivo es que ya se marcha y que cambia el estoque por el olivo. ¡Vaya con Dios¡ ¡Que el cielo le dé larga vida y que no vuelva!

Otra publicación en El Monitor Republicano, del 19 de febrero de 1895, así lo expresó:

Los toros de Piedras Negras, de la cual se lidiaron cuatro, cumplieron y no dejaron mal puesto el nombre de la ganadería. Los de Tepeyahualco que se corrieron fueron muy buenos, sobre todo el primero que se lidió, que era bravo, duro, seco y de poder; pero que fue despiadadamente alanceado por los picadores. El Ecijano nunca mostró deseos de agradar ni se distinguió por su valentía ante la fiera. A su primer toro lo hirió varias veces y entraba en cualquier momento de cabeza al callejón. Los otros dos toros a los que le tocaba dar muerte fueron devueltos al corral porque el espada no pudo consumar la suerte. En su segundo de la tarde fue desarmado por un buey con el que intentaban retirar al toro que se le iba vivo, con el delirio de los aficionados ante la valentía del buey. José Palomar «Caro» confirmó esta su segunda vez en que se presentaba ante el público, la opinión que no tiene más que valor, pero que carece por completo de arte. Los dos toros que mató los estoqueó a traición y al torear con el capote y la muleta movía mucho los pies además de que abusó de los recortes. Como incidente se menciona que el primer toro se metió dentro del burladero que mandó instalar la empresa y ante las protestas del público, este fue retirado a la muerte de este toro.

Recortar en exceso a los toros en aquellos años se consideraba una mala práctica, que solo era aplaudida si el ejemplar lo exigía por su clara dificultad. Incluso estaba prohibida por el reglamento. Era más apreciado dejar venir a los toros de largo para esquivarlos con rapidez mostrando el engaño. Los matadores se lucían con el capote, en tanto que los banderilleros y picadores no solo eran anunciados en los carteles como un atractivo importante, sino que en las crónicas se describía a detalle su hacer.

Ese mismo año, a los pocos días, el 24 de marzo, de nuevo se lidiaron en la plaza de Tacubaya tres de Tepeyahualco y tres de Piedras, en una corrida a beneficio de los damnificados de Temamatla, con gran éxito; destacó la presencia de los de Tepeyahualco, «claramente de cruza española». Esta calificación en el tipo de los toros comenzó a aparecer en esos años cuando los González lidiaron los primeros productos de los toros españoles. Ya veremos en las siguientes crónicas lo variopinta que era Piedras Negras en esos años, cuando la sangre Vazqueña dejaba sus primeros resultados.

El 21 de junio de 1887 se había publicado el primer proyecto de reglamento para las corridas de toros. Describía las obligaciones de los distintos participantes en el espectáculo. Se obligaba a inspecciones previas a la plaza para verificar su solidez para garantizar la seguridad del público y de los lidiadores. Se solicitaba a la empresa definir el aforo del coso, para impedir la sobreventa de entradas. Los regidores del ayuntamiento fueron designados presidentes de la corrida y debían ir acompañados de un suplente y de un asesor experto en el tema. El programa de la corrida debía publicarse al menos veinticuatro horas antes de celebrarse, con cambios, con el aviso respectivo, solo en casos de que existiera causa justificada. Transcribo el artículo 12 casi completo porque me parece singular:

… además de los toros anunciados, la empresa deberá de contar con dos toros de reserva. Cuando ninguno de los toros o solamente uno o dos den juego, inclusive los de reserva, el empresario devolverá el importe de las entradas a los espectadores.

Se exigía al dueño del ganado –el término ‘ganadero’ todavía no se usaba– que asegurara por escrito que los toros no habían sido previamente lidiados y estos tenían que tener entre 4 y 7 años cumplidos. El artículo 19 decía a la letra: «Se prohíbe maltratar de palabra a los diestros, así como arrojarles frutas, cáscaras, jarros, tiestos o algún otro objeto». El redondel debía tener al menos cuatro puertas; como vimos en la crónica, el uso de burladeros no era común. Las puyas, las banderillas y los estoques debían ser exhibidos al público antes de la corrida y debía de haberlos en cantidades suficientes. La cuadra de caballos debería ser de al menos cuatro caballos por cada toro lidiado. Para no ser devuelto al corral, el toro tenía que tomar al menos tres varas; si este salía boyante, buscando pelea, el picador tenía prohibido correr detrás de él evitando el encuentro. Los banderilleros contaban con tres minutos para colocar cada par de banderillas, y los matadores con quince para la parte final de la faena. También estaban descritas las labores de mozos, dependientes y carpinteros. Se obligaba la presencia de al menos un médico cirujano y sus ayudantes.

La lista de implementos médicos detallada en el reglamento solo me hace reflexionar en el enorme riesgo que corrían los toreros en aquella época. Un botiquín casero hoy tiene mejores elementos para atender un accidente que lo que tenían los doctores en ese tiempo.

Este era el planteamiento de la autoridad para el orden de las corridas de toros en ese tiempo. Ya se nota un cambio radical de lo que había sido la fiesta hasta antes de las prohibiciones.

La corrida con la que adquirió antigüedad Piedras Negras en la Ciudad de México fue el 8 de noviembre de 1896. En el El Mundo del sábado 7 de noviembre de ese año se anunciaba:

Mañana serán sacrificados en la plaza de toros de Bucareli, por los espadas Ecijano, Quinito y Silverio Chico, 5 toros de Piedras Negras y un toro negro zaino de la ganadería española de Ibarra, que responde al nombre de «Cabrito». Parece que ya hizo testamento legando sus cuernos a sus parientes atribulados.

Formalmente no se anunció «en busca de cartel», ya que la reglamentación para este efecto no se dio sino hasta la publicación del reglamento de 1898, que sustituiría al ya comentado. El empresario de esa corrida fue el mismo Juan Jiménez el Ecijano, quien haría la torearía y regresaría a la capital después del sonado fracaso del año anterior. En la corrida hubo lluvia y granizo, pero una muy buena entrada. Meses antes, en febrero de ese año, había matado una corrida de Piedras Negras en Puebla con un resultado muy desafortunado. El primer toro de la tarde derribó al picador García; el caballo cayó sobre él destrozándole el pecho con la silla, y al parecer, por lo escrito en la crónica, fue de consecuencias fatales. Al Ecijano, su primer toro lo obligó a saltar la barrera, con tan mala suerte que el animal, al hacer por él, rompió las tablas hiriéndolo gravemente.

El 21 de febrero de 1897 se presentaron en la plaza de Bucareli, Antonio Escobar el Boto, y José Palomar Caro. La corrida fue muy bien presentada, pero solo lució el segundo toro. Entre los seis lidiados recibieron veinticuatro puyazos, causaron diez tumbos y mataron cinco caballos.

En 1899, todavía Piedras Negras lidiaría su última corrida: ocho toros, en la plaza de Bucareli, misma que fue derruida ese año y que había sido construida por Ponciano Díaz en el año de 1888. Hasta esos años, José María González seguía al frente de la ganadería, y ya se estaba lidiando lo cruzado con lo español. Como vimos, Mazzantini ya había sentado las bases de una nueva tauromaquia, pero todavía las figuras del toreo españolas no venían a México.

La ganadería rompe el siglo en la recién construida Plaza México en la inauguración de la temporada de 1900. El 9 de octubre, El Popular reseñó el evento del día 7:

Bajo la dirección de Fernando Gutiérrez «el Niño», y con lleno en sol y numerosísima concurrencia en sombra, se presentaron Diego Prieto «Cuatro Dedos» y Antonio Arana «Jarana», con sus respectivas cuadrillas. La plaza presentaba un aspecto deslumbrador, pues el público que asistió en esta corrida era selecto, como si se tratase de una de esas corridas, en las que figuran notables diestros… Los toros de Piedras Negras un tantico mal criados o descuidados, cumplieron en todos los tercios y hubo uno que recibiera hasta ocho puyazos, cosa rara en estos tiempos. En la lidia sobresalió el lidiado en quinto lugar, llegando noble y boyante a la muerte. En carnes y de hermosa lámina, se ganó la palma el sexto que fue un animal precioso. Lástima de la infinidad de trapazos con los que fue acosado.

Los toros fueron tres negros, dos chorreados en verdugo y un berrendo en negro. El primer toro de la tarde recibió seis puyazos, le colocaron tres pares de banderillas y Diego Prieto, de rojo y oro, después de brindar al tendido de sombra, saludó al bicho con un buen cambio, dos naturales y uno de pecho, para terminar de una estocada baja con la vida del animal. Como el matador entró bien, en corto y por derecho, recibió una ovación de parte del público. Esa era una faena completa. Las corridas duraban escasos noventa minutos en la mayoría de los casos.

La sequía de tantos años, producto de la prohibición de Juárez, se llevaba ahora al extremo contrario y en muy poco tiempo se construyeron cinco plazas de toros en la ciudad, con festejos en todas ellas. En los cosos de San Rafael, Paseo, Coliseo, Colón y Bucareli, de enero de 1888 a enero de 1889, en que las cinco plazas estuvieron funcionando, se dieron ciento cincuenta y un festejos taurinos, lo que equivale a casi tres corridas por semana, con todo tipo de resultados y con no pocos desmanes en el tendido. El ritmo no se sostuvo, pero se daban muchos festejos en cualquier fecha y de cualquier forma. No había ganado suficiente en el país que garantizara el éxito del espectáculo. La ganadería nacional como tal estaba aún en formación. Al paso del tiempo, esto obligó a las autoridades a reformar el reglamento, introduciendo el concepto de ganaderías de cartel en el año de 1898, el primero publicado después de la segunda prohibición en la ciudad, que duró de 1890 a 1894. Las primeras ganaderías con este reconocimiento fueron: Atenco, San Diego de los Padres, Santín, Cazadero, Parangueo, Guanamé, Cieneguilla, Venadero, Comalco, Guantimpé, Tepeyahualco y Piedras Negras. El reglamento obligaba que si estas ganaderías lidiaban juntas, este orden debía ser respetado, para que la más antigua abriera y cerrara plaza, además de tener que llevar cada una igual número de toros de reserva que toros por lidiar de su propia ganadería. Para que una ganadería fuera incluida en esta lista, antes de poder lidiar una corrida era necesario que presentara cuando menos seis novilladas en la capital. Hoy en día, solo queda Piedras Negras, con su sangre y dueños originales. Los hierros de los señores Barbabosa, que son los primeros tres de esa lista, existen en otras manos y con otra sangre, a excepción del de Santín. Las demás ganaderías ahí mencionadas desaparecieron al poco tiempo, sin dejar ninguna huella en el ámbito nacional.

Este es otro de los grandes logros de los González: el haber sido capaces de crecer con la fiesta y criar un toro para tres épocas distintas del toreo. Consiguieron la evolución del toro que se apreciaba por su acometividad a los caballos, al toro que con fijeza y entrega desarrollara su bravura en una lidia más exigente para el animal. En la plaza triunfaron desde 1884, manteniendo siempre un concepto de bravura centrado en la exigencia que el toro debe mostrar en su lidia. Piedras Negras no regalaba la tarde, y los toreros lo sabían; sin embargo, todas las figuras de esos tiempos se anunciaron con ellos. Para Gaona, esta casa y San Diego de los Padres fueron sus preferidas en el país, sobre todo en los últimos años de su vida activa, en los cuales ya poco toreó en España y ejerció aquí su mando.

Además, como habíamos comentado, nunca faltaron a la cita. Piedras Negras lidió más toros que cualquiera otra ganadería en el siglo XX –incluidos los últimos treinta años– en las distintas plazas de la Ciudad de México, durante los cuales ya poco lo hizo.

2. EL PRINCIPIO DEL SIGLO XX

Entrando el siglo XX, comenzaron a venir con constancia los espadas españoles a torear, pero también a hacer empresa. La afición de la República tenía por primera vez la oportunidad de ver las corridas de toros bajo los cánones de la tauromaquia española. Así fueron llegando Antonio Fuentes, Joaquín Hernández Parrao, José García el Algabeño, Antonio Reverte, Rafael Gómez el Gallo, Rafael González Machaquito, Antonio Montes, Manuel González Chicuelo padre, Vicente Pastor, Enrique Torres Bombita, entre muchos otros, que con toda su cuadrilla llegaron a hacer todo el invierno en la capital y en las plazas de provincia. Los arropaba el ala de la Colonia española, y la capital no paraba en atenciones y festejos para todos ellos. En muchos casos fijaban residencia en elegantes casonas o en los mejores hoteles de la ciudad, atendiendo desde ahí los negocios taurinos. Ya para esos años, los empresarios y directores artísticos de las plazas de la capital acudían a España a comprar corridas de toros, las cuales normalmente venían acompañadas por alguno de estos toreros, que buscaban garantizar su éxito en la plaza al traer lotes de las ganaderías más prestigiadas de su país. Llegaron toros de Ibarra, Saltillo, Veragua, Pablo Romero y Miura, entre otras, que causaban siempre gran expectación. Algunos hacían campo en Piedras Negras esperando ser lidiados, pero la mayoría se transportaba por tren directo a la capital, donde se desembarcaban, o en la plaza, o en distintos ranchos cercanos a la Ciudad de México, donde dependiendo de la época, los principales fueron el de Margeli y Casillas, en la zona de Iztapalapa y en la Hacienda de los Morales. La fiesta en España aún no cambiaba, sin embargo, para el público nacional, en términos taurinos se estaba viviendo una revolución, con una condición particular: sin toreros mexicanos.

El 26 de enero de 1902 se anunciaron seis toros de Piedras Negras para Antonio Fuentes y Joaquín Hernández Parrao, que a la postre serían ocho, ya que hubo dos de regalo. En el Diario del Hogar del 28 de enero se publicó la siguiente reseña:

Inusitado entusiasmo despertó el beneficio de Antonio Fuentes… su corrida de gracia difícilmente se olvidará. Hizo derroche de valor y destreza. En banderillas estuvo a gran altura. Colocó seis pares al quiebro y seis al cuarteo, habiendo un solo toro al que colocó cuatro pares al quiebro. En su trabajo con la muleta ya no hay más qué pedir: todos saben lo que vale la mano izquierda de Fuentes. En quites espléndidos, consumando dos verdaderamente de mérito. Con el acero, despachó a sus cuatro bichos de cuatro volapiés, un pinchazo y un descabello a la primera. Toda la tarde fue de aplausos para el diestro, recibió valiosos regalos y fue al fin sacado en hombros por sus admiradores hasta su carretela. Piedras Negras ha colocado ya muy alta su divisa. Sus toros han dado juego muy bueno todas las veces que se han lidiado, y en lo sucesivo su solo anuncio llenará los tendidos, pues ya se ha formado el público juicio exacto de esa ganadería.

Esta corrida fue la que siguió a la del 6 de enero de ese mismo año, donde, junto con tres de Veragua, se habían presentado Mazzantini, Rafael Molina Lagartijillo y Fuentes, en el primer cartel de tronío de Piedras Negras en la capital y el inicio de su larga cadena de triunfos. En El Popular del 7 de enero de 1902, se dijo que esa tarde, «los de Piedras Negras, cruza de Murube, dieron un juego magnífico, dejando bien puesto el nombre de la ganadería». Eran los primeros toros que se lidiaban de la cruza con los sementales comprados en 1895 y comenzaba a dar buenos resultados. Esa ocasión, el toro lidiado en quinto lugar «era un soberbio ejemplar, por lo bien criado. Ensabanado, capirote y perfectamente armado que sembró el terror entre los piqueros a causa de su poder». Era evidente que no descendía de lo Murube, sino de lo anterior, que todavía seguía presente en la sangre de los toros tlaxcaltecas.

La prensa taurina jugaba un papel didáctico esencial en la adaptación del público capitalino a las nuevas formas. En las crónicas se describía y criticaba con mucho detalle el orden de la lidia y el respeto al reglamento vigente. La actuación del presidente de la corrida –hoy juez de plaza– fue puntualmente calificada cada tarde, así como la colocación en la plaza y el orden de los participantes en la lidia. Se contaban por número los puyazos, los caballos muertos y los pares de banderillas. Poco a poco, los primeros periodistas fueron apreciando las diferentes formas artísticas de cada lidiador, describiéndola en detalle, por lo que el público empezó a formar su criterio y también a tener favoritismo por sus nuevos ídolos. Entre la prensa, los propios toreros también se fueron creando partidarios reales o dirigidos para defender sus intereses. El momento de los ganaderos con la prensa vendría después, cuando se presentó la lucha por la supremacía entre las ganaderías del país.

En los años de 1901 y 1902, Piedras Negras mandó cincuenta y tres toros a las plazas de la capital. Sus corridas ya se esperaban con expectación y cierta garantía de triunfo. Del Diario del Hogar, del 5 de diciembre de 1902, es el siguiente fragmento:

Ahora presenta un cartel la Plaza México para la quinta corrida, de gran atractivo, que seguramente llenará con el «Algabeño», «Chicuelo», la presentación de «Gallito», quien es una legítima esperanza y ganado de Piedras Negras; es decir, los toros que mejor cartel tuvieron en la temporada del año pasado.

El activo empresario Ramón López, de la Plaza de Toros México, nos presentará el próximo domingo a Rafael Gómez «el Gallito», hijo del célebre «Gallo», torero de fama que floreció en el siglo pasado, y que fue el inventor de la suerte al cambio de rodillas, en la que el hijo ha aventajado al padre. El «Gallito», tanto en banderillas como en el capote y la muleta, está considerado como el mejor torero y de más lucimiento en toda España, y eso que no cuenta más de diez y nueve años de edad, pues nació en Madrid en el año de 1883.

Relata el artículo de La Patria, Diario de México, del 5 de diciembre de 1902, que la contratación se había dado en Sevilla el día de la alternativa que recibió Rafael, durante la feria de San Miguel, de manos de Emilio Torres Bombita, estando de testigo su hermano Enrique. Fue tal el éxito y las maneras del novel coleta, que Ramón López decidió firmarlo y traerlo a México: «el domingo próximo lo veremos en el coso de la Piedad, donde se lidiarán seis magníficos toros de Piedras Negras, cruza española de Murube, ganadería considerada como la mejor del país».

Pepe Andalucía así lo expresaba en El Correo Español, el 8 de diciembre de 1902:

Plaza México, Quinta de la Temporada. Corrida Superior

Bien señor de Piedras Negras;

si sigue usted de este modo,

dando toros de respeto,

dando bichos codiciosos,

como los ayer lidiados,

de los ganaderos todos

va usted a ser el que más corte

el bacalao en los cosos

En pocas letras, este fue el resultado de la corrida. Los tres espadas triunfaron; Gallito se llevó un fuerte golpe en la cara que le impidió matar a su segundo toro, de lo cual el cronista escribió: « ¿Y del torero bonito, qué dice el público entero?, que Rafael Gómez, “Gallito”, es un colosal torero».

De este pedestal ya no se bajaría a Piedras Negras. Con mejores o peores encierros como todas las ganaderías, estaría a la vanguardia en el ámbito nacional en esta naciente fiesta. Además de triunfos, con esta casa, la bravura repartió muchas cornadas. Ese año, el 9 de noviembre, Parrao recibió una herida muy fuerte en la ingle derecha al entrar a matar por segunda vez a su enemigo en una corrida que había sido muy mal lidiada y que recibió treinta y tres puyazos.

Rafael González Machaquito obtuvo un gran triunfo el 20 de diciembre de 1903 alternando con Chicuelo padre. Esa temporada, el 15 de noviembre, había matado una corrida mal presentada de esta casa que causó una gran bronca. Sin embargo, en este mano a mano, ambos toreros obtuvieron un buen triunfo, de lo cual dio cuenta El Correo Español, el 21 de diciembre de 1903:

La corrida de ayer fue espléndida. Siete toros, siete estocadas y casi todas magníficas, no se puede pedir más para que todo fuera completo; el ganado también bueno. El cartel de Piedras Negras sigue en alza. En el primero, el beneficiado «Machaquito», que vestía de lila y oro, coge los trastos y el delirio ¡empleó pases naturales, un redondo, y uno sobre todo, de pecho que valía un Perú! Estocada recogiendo sombreros y tabacos.

Al día siguiente, El Tiempo publicó lo siguiente:

«Chicuelo» por su parte, se llevó el éxito artístico: de tres toros que mató se llevó dos orejas y oyó las más ruidosas y merecidas ovaciones. En sus lances de capa estuvo inmejorable y en las banderillas produjo un positivo delirio de entusiasmo. Con la muleta se portó como un maestro. Fue el héroe de la corrida.

Y así, año con año, en cada temporada se lidiaban entre treinta y cincuenta toros de la divisa roja y negra. Un resumen de la temporada lo podemos encontrar en El Popular, del 23 de abril de 1906, reseña que nos da una buena idea de lo que ya era Piedras Negras en ese momento:

Estadística Taurina, temporada de 1905 a 1906. Durante la temporada formal se dieron en la Plaza de la Piedad, propiedad del empresario señor Ramón López, 24 corridas, lidiándose 153 toros, los cuales mataron 227 caballos. En las corridas de la temporada jugaron toros de las ganaderías mexicanas y españolas siguientes: de San Diego de los Padres, Murube, Marqués de Saltillo y del Duque de Veragua en una corrida; de Atenco y San Nicolás Peralta en dos; de Santín y Atlanga en tres; de Tepeyahualco en cinco, y de Piedras Negras en siete corridas.

La temporada de 1907 estuvo marcada por la muerte de Antonio Montes, el 17 de enero de ese año, como resultado de la cornada recibida el domingo 13 de enero al entrar a matar al segundo de la tarde, Matajaca, número 42, cárdeno oscuro, bien puesto, de la ganadería de Tepeyahualco. Ese día, en la plaza México alternaban Antonio Fuentes, Antonio Montes y Ricardo Torres Bombita, con tres de Saltillo y tres de Tepeyahualco, el mismo cartel de su alternativa, que había recibido en Sevilla el 2 de abril de 1899. La corrida se había lidiado con lleno absoluto a la vez de generar gran expectación. Antonio, de azul turquesa y oro, haría esa tarde su último paseíllo.

Montes fue el primer ídolo de la afición capitalina. Desde el año de 1903 no había faltado a ninguna temporada, y era admirado por su quietud y valor. Fue un torero que por su propio esfuerzo logró hacerse de inmenso cartel en estas tierras. El 12 de enero de 1926, casi veinte años después, El Eco Taurino publicó una editorial que recoge muy bien lo que fue este espada para la fiesta en México:

Montes vino al país como torero modesto. No obstante que como novillero, su nombre sonó en España, al cambiar de categoría fue relegándose al olvido, pero vino a México y el público lo enfrentó con «Machaco». Este cobraba trece mil pesetas por corrida, soldada máxima hasta entonces en nuestro medio taurino. Rafael González era joven, simpático, valiente y además formaba con «Bombita» la pareja de moda en España. Montes, con todos sus defectos era más torero que «Machaquito» y venció en toda la línea ayudado también por su modestia y por la simpatía calurosa del público de sol. En los siguientes años vino acompañado de Antonio Fuentes y de «Bombita». Entonces sucedió algo curioso. El público se dividió en dos bandos, «montistas» y «bombistas», dejando al maestro Fuentes en terreno aparte. Por aquel entonces se acaloraron los ánimos y creció la afición. Puede decirse propiamente que entonces nació la «porra». Ocasión hubo en que el público de sol arremetió contra el de sombra, primero con frutas diversas, y luego con botellas y otros objetos de peligro. Montes fue uno de los paladines de la afición y mucho del auge que hoy alcanzan entre nosotros las corridas de toros se debe al «Sacristán», aquel hombre de cara inexpresiva y fría que todas las tardes salía a partirse el pecho con los toros.

La fatídica tarde fue como sigue, según lo relató El Correo Español, el 14 de enero de 1907:

La mejor de la temporada, lástima que nos viniera a amargar la fiesta la cogida grave sufrida por Montes en su primer toro. El pobre diestro salió ayer con muchas ganas de torear y puede decirse por exceso de valentía le ocurrió el serio percance que todos lamentamos, ¡pobre Montes!

Antonio recibió dos cornadas, una durante la lidia en el muslo derecho, además de una fuerte golpiza en el vientre y el tórax, y la segunda, mortal, en la región glútea izquierda, penetrando la cavidad pélvica y contusionando el peritoneo y los intestinos. La cornada causó una grave hemorragia y fue atendido en la enfermería de la plaza por el Dr. Carlos Cuesta Baquero y su equipo de médicos. Al terminar las curaciones, fue trasladado al hotel Edison, donde habitaba, para ahí iniciar una recuperación que ya no se daría. La herida, según el parte médico, era muy grave y ponía en peligro la vida. La calle de Dolores tuvo que ser cerrada al tránsito debido a la gran cantidad de público y personalidades que acudían a enterarse de la salud del diestro.

Fuentes, Bombita y Calderón, su peón de confianza quien después lo sería de Juan Belmonte, junto con su apoderado, José García, no se separaron de él. Sin embargo, ya no mejoraría. A la una y media de la mañana del día 17 de enero, el cura de la Santa Veracruz, José Santos, le impuso los santos óleos ante la gravedad de su estado. Ese día por la tarde dictaría su testamento dejando todo su estado a su madre, Emilia Vico, después de cubrir los sueldos de su cuadrilla devengados esa temporada en México, y tres mil pesos, un alfiler de corbata y su anillo a su pareja sentimental, una americana de nombre Grace. Nombró como albacea a Blanquito, a quien le encargó un beso muy cariñoso para su madre, quien años antes le había pedido que no viniera nunca a estas tierras. Fuentes, Bombita, Calderón y los doctores Cuesta, Villafuerte y Castillo atestiguaron su última voluntad. Ese día, a las siete treinta de la noche dejó de existir.

Montes mató ocho corridas de Piedras Negras entre 1904 y 1906, siendo la de más éxito la del día 14 de enero de 1906, en la cual bordaría uno de los toros más bravos de la temporada, lidiado en quinto lugar, acompañado de nuevo por Fuentes y Bombita. Ese día, Enrique recibiría una gravísima cornada por el toro que cerraba plaza.

La última corrida con toros de la casa tlaxcalteca que mataría Antonio había sido el domingo anterior al de la fatal cornada, el 30 de diciembre de 1906. El Tiempo reseñó esta nota el 1 de enero de 1907:

Montes como siempre que tiene o presume tener competidor (alternaba mano a mano con «Parrao») apretó duro e hizo gala de su valentía y serenidad luciéndose con la capa y haciendo faenas que fueron coreadas por bravos aplausos de la entusiasmada multitud. Ya se sabe que cuando Montes quiere es difícil que se anuble su trabajo.

Entre 1896 y 1907, Piedras Negras recorrió el camino a la cima. Hasta ese último año, la casa tlaxcalteca había lidiado cerca de cincuenta corridas de toros en la Ciudad de México y sus plazas alternas, siempre con carteles de primera categoría, logrando el distintivo de ser la mejor ganadería del país. Ahora vendrían los años de la plaza que más triunfos le dieron y donde Lubín y Viliulfo coronaron el prestigio de la divisa rojo y negro. El 22 de septiembre de 1907 se inauguró la plaza de toros el Toreo, que durante cuarenta años sería el principal coso de la ciudad. Por algún tiempo se darían corridas en otras plazas, pero ya la número uno del país sería la recién terminada por Fernández del Castillo.

La primera corrida que lidió Piedras Negras en el coso de la Condesa fue el día 20 de octubre de 1907, con la participación de Miguel Báez Litri, el Valenciano y Corchaíto. El Popular del 21 de octubre mencionó: «El ganado es lo de menos que ha de ocuparme. Fue mal presentado, feo y sin denotar en lo más mínimo el sello de la vacada de Piedras Negras. Fue en general blando y huido». Fue un mal debut en la plaza de sus grandes triunfos.

En esos años surgió el primer matador de toros mexicano del siglo XX: Vicente Segura. De él se decía que había que aplaudirle la afición desmedida que tenía para el difícil arte. Hombre nacido en el seno de una familia muy rica, quedó huérfano muy joven; tomó la alternativa el 27 de enero de 1907 en la Ciudad de México, de manos de Antonio Fuentes, junto a Bombita, con toros de San Nicolás Peralta. En La Iberia apareció esta publicación, el 29 de enero:

Es de figura arrogante y viste con gusto y soltura el traje clásico. Es valiente y muy reposado. Le tocaron lo mejores toros y se portó con guapeza. Claro que le falta muchísimo; pero para matar tiene lo principal, se perfila bien y se tira recto. Si persiste en dedicarse a la espinosa carrera, con la práctica vendrá lo demás.

Vicente Segura construyó la plaza de toros de Pachuca; fue general revolucionario, lo cual lo alejó diez años de los cosos taurinos, a donde regresó en 1921. Toreó de luces por primera vez en Orizaba, alternando con Romárico González, el querido Maco. De El Eco Taurino transcribo este fragmento de una serie titulada: «Mi vida taurina y revolucionaria. Vicente Segura, 1931»:

Con Romárico inauguré la plaza de Tulancingo, ambos matando toros de Piedras Negras. «Maco» tenía una extraordinaria facilidad para «quebrar» o «cambiar» y por una ironía, esta fue la causa de su muerte durante la tienta de una de sus becerras. Cómo recuerdo ahora aquellas alegres novilladas que los dos toreamos en Querétaro en los años de 1905 y 1906. Vistiendo el traje de luces, pero siempre como «sportman», como entonces se decía, fui a torear la mayoría de las veces con Romárico González, a Celaya, a Querétaro, a Fresnillo, a Zacatecas, procurando siempre matar toros grandes, pues era precisamente en lo que hallaba mayor satisfacción.

Confirmó su alternativa en Madrid en junio de 1907 e hizo tres temporadas seguidas en España, siendo así el primer mexicano en presentarse con éxito del otro lado del océano en el siglo XX. Con Vicente Segura, acompañado en los carteles por Manuel Mejías Bienvenida, que en la temporada de 1908 se presentó en México, ese año Piedras Negras obtuvo dos tardes de triunfo, que anteceden a la primera en el Toreo, el 24 de octubre de 1909 en la cuarta corrida de la temporada. Las primeras tres corridas de ese año habían causado gran disgusto en la afición y duras críticas al empresario Alfonso E. Bravo, tal como lo manifestó La Patria, el 25 de octubre:

La tarde de ayer fue para la pundonorosa empresa del Toreo un desquite de los fracasos anteriores y un mentis a los cronistas de ciertos diarios que están acostumbrados a prodigar alabanzas o a atacar sin ton ni son, no porque el espectáculo salga bueno o malo, sino según les conviene.

Estaban anunciados Castor Ibarra Cocherito de Bilbao, y José Claro Pepete. Fue una tarde redonda en donde se lidiaron los seis toros de compromiso, que se anunció habían sido pagados a «500 pesos», cifra muy alta para aquel tiempo, y tres más de regalo, dos por parte de la empresa, y el tercero por el ganadero. En El Tiempo del 27 de octubre se dijo: «¡Aún no se han acabado los toros de lidia! Esta exclamación la oímos el domingo un sinnúmero de veces, y a decir verdad que no deja de ser cierta». Los nueve toros bien presentados fueron superiores, por lo cual, don Lubín González salió al ruedo a recibir una muy merecida ovación, ya que los toros fueron soberbios, con mucho poder, de preciosa lámina y con la edad reglamentaria. Este fue el primer gran triunfo de Lubín en el Toreo de la Condesa. Nueve toros negros y un triunfo inobjetable de los dos espadas. El 7 de noviembre, Lubín asegundó con otra gran corrida de toros, con la que por primera vez triunfó Manuel Rodríguez Manolete padre, en la capital, alternando con Cocherito de Bilbao. Una vez más, El Tiempo lo reseñó, el 9 de noviembre de 1909:

Desde hace varias temporadas la ganadería de Piedras Negras viene ganándose la supremacía entre las ganaderías del país, pues si alguna le aventaja en presentación, ninguna le ha ganado en sangre y buenas condiciones, que es lo más importante para que las corridas dejen satisfechos a los aficionados.

Y en La Patria, el 29 de ese mismo mes y año, apareció esto: «Decididamente para que el espectáculo taurino resulte en México, es necesario lidiar toros españoles o de Piedras Negras, pues son los únicos que dan juego y con los que pueden lucirse los toreros». Así inició la crónica del noveno festejo de la temporada en la cual Piedras Negras conquistó definitivamente el recién nacido coso, haciendo ondear para siempre sus pendones rojo y negro en el mástil más alto de la plaza más importante de América. Lagartijo Chico y Rodolfo Gaona – en febrero de ese año, Gaona ya había triunfado fuerte con la rojinegra– fueron fuertemente aplaudidos, sobre todo Gaona con el sexto, que fue el mejor toro de la temporada. Esta fue la tercera corrida que mató Rodolfo de una de las casas con las que más triunfos obtendría. Este cierre de año con tanto éxito vendría precedido de un sonoro fracaso por la pésima presentación de la corrida del 3 de enero de 1909, a finales de la temporada anterior. El resultado de la combinación, ganadería de prestigio con figuras del toreo, fue el que casi siempre se da cuando juntamos estos dos ingredientes: toros chicos, aficionados defraudados. Sin embargo, ya desde ese tiempo había quien no lo dejaba pasar inédito, en este caso, El País, al día siguiente, el 4 de enero:

Becerros indecentes – El público asume una actitud enérgica – Ineptitud manifiesta del veterinario e inspector de diversiones – ¿No será posible reprimir estos abusos en lo sucesivo?

Si no hay toros en las condiciones que marca el Reglamento, por algún tiempo suprímase el espectáculo y de esta manera saldremos ganando los pacientes aficionados que estamos ya hartos de soportar camelos de gran magnitud. Los señores González Muñoz en otras ocasiones han merecido en mi concepto el calificativo de concienzudos criadores de reses bravas… pero lo acaecido la tarde de autos echa por tierra todos los merecimientos a que en otro tiempo se hicieron acreedores los dueños de una de nuestras mejores vacadas. Dejen los propietarios de Piedras Negras de vender toros chicos, y a la vuelta de un par de años y así que suelten toros con toda la barba aplaudiremos su conducta, pues sabemos que las reses que pastan en sus dehesas son de las que poseen más sangre y por lo mismo son de las que por lo general dan una pelea brava durante su lidia.

Alternaban el Gallo y Bienvenida. La misma crónica también los recrimina fuertemente, y detalla la hostil actitud del público hacia ellos:

Estos diestros que ocupan alto sitial en la torería modernista y que cobran un enorme dineral no exponen ni una lentejuela, concretándose las más veces a torear chotos, favor que el aficionado no toma en serio, como lo hizo el público de esta tarde que se hartó de burlarse de todo lo que ellos hicieron en el ruedo.

El sábado 9 de enero, ambos matadores publicaron una carta dirigida al director general del diario El Imparcial para expresar que las manifestaciones del público habían sido injustas y provocadas por fábulas y consejas propaladas por «malquerientes nuestros»:

… no es cierto, como se cuenta, que en nuestros contratos con la empresa se señale clase, condición, edad y tamaño de los toros que hemos de lidiar; ni es tampoco cierto que exijamos toros pequeños y con pocos pitones, y mucho menos es cierto que hayamos rechazado o rechacemos toros de alzada y de respeto. Los toros que envió el ganadero que por cierto no fueron más chicos que algunos lidiados en la décima corrida, fueron enviados atendiendo a sus buenas notas de bravura no desmentidas al ser lidiados, teniendo tal vez en cuenta que, por la escasez de sangre en las reses mexicanas, es frecuente que sean mansos los toros grandes.

Ese año también está marcado por una nota muy triste, cuando al ser desembarcada una corrida de esta casa el día 18 de julio, el toro número 81, negro zaino, le propinó una mortal cornada al famosos torilero Miguel Bello, aquel que años antes había amaestrado, y por este hecho indultado a Bonito, de la ganadería de Arribas. El toro lo partió y en su lecho de muerte le pidió a Frascuelillo, que no se separó de él, que le dijera a su hijo que no fuera torero. A los pocos días falleció este que fue un popular personaje.

En esta última temporada de 1909-1910, Piedras Negras lidió treinta y ocho toros en cinco corridas; dejó ya abierta la puerta de los triunfos y borró las sonoras broncas de la temporada anterior.

Rodolfo Gaona fue el primer torero universal no nacido en España. Era originario de León, Guanajuato, y nació el 22 de enero de 1888. Recibió sus primeras lecciones de tauromaquia de Saturnino Frutos Ojitos, otrora banderillero de Frascuelo, radicado en México desde hacía algunos años que, en el año de 1904 buscó en la ciudad de León jóvenes que tuvieran interés en torear. Así, en el billar Montecarlo, propiedad de Timoteo Carpio, vio a este joven altivo, callado, que al paso del tiempo sería máxima figura del toreo en el mundo. Con él y un par de decenas más de muchachos, el 1 de marzo de 1905 formó la primera escuela de tauromaquia. Ahí, Gaona aprendió desde cero la técnica del toreo con los cánones de los viejos maestros españoles a través de la guía y enseñanzas de Ojitos, que en sus primeros cuatro años de actividad lo acompañaría hasta llevarlo a la alternativa en España, donde la afición, la crítica y el medio taurino constituían verdaderos diques para cualquier torero no español. Este aprendizaje fue clave en la vida taurina del Califa de León, del Indio Grande. Su formación no fue apegada a la norma anterior de aprender en los rastros, de participar en mojigangas, para después ser banderillero, y finalmente matador de toros. El nació como torero de escuela, acompañado, además, de condiciones innatas que lo distinguirían toda su vida, con su elegante hacer y andar en los ruedos y una personalidad que le permitió vencer los retos dentro y fuera de la plaza.

La presentación de la cuadrilla juvenil fue en la ciudad de León el día 1 de octubre de 1905 en la que Rodolfo Gaona y Prócoro Rodríguez, acompañados de sobresalientes y de cuadrillas completas, integradas por jóvenes compañeros de la escuela, se enfrentarían a cuatro becerros de la hacienda de Jalpa.

Para 1907, Rodolfo ya era un popular y consumado becerrista al que se le exigía como novillero formal. Se había presentado en México con sus compañeros en la corrida de la Covadonga de septiembre de 1907. Contaba con 19 años y tanto al público como a la crítica les parecía un exceso aquello de «cuadrilla juvenil», por lo que en varias ocasiones fue tratado con mucha exigencia. Así lo explicaba El Popular, el 5 de diciembre:

Las cuadrillas juveniles y los toros despuntados. En nuestra crónica pasada asentamos que el matador mexicano Rodolfo Gaona se decida de una vez a no torear los toros despuntados. Tiene 26 años [esto es equivocado, ya que contaba con 19], torea muy bien, maneja aún mejor la muleta, coloca muy buenos pares de banderillas, lo ejecuta todo a la perfección; pero con toros despuntados, desaparecido todo peligro, sin ilusión para el público, pues se figura estarlo viendo en un salón fuera de cacho y sin las peripecias y emociones propias de la lidia. ¿Será posible que Rodolfo Gaona, el mejor de todos los juveniles, sea el único que tenga jinda? Basta ya de «jonjana», compadre; si hay «garlochi», hay que torear, como los hombrecitos, y si no los hay, nos dedicamos a otra cosa.

La tarde del 8 de diciembre en que alternaban Diego Rodas Moreno de Alcalá y el Valenciano con toros de Piedras Negras hubo de todo, incluida una cornada en el muslo izquierdo al Valenciano. Gaona, vestido de rosa y oro con medias blancas, enfrentó dos novillos de Cieneguilla que fueron mansos y en los que no pudo lucir más que en un par de banderillas cortas.

Con la corrida de Piedras Negras del 9 de febrero de 1908 en la que alternaban Minuto y Vicente Segura, se despediría esta gran figura futura del público de México matando tres toros de Piedras Negras, en condiciones por demás interesantes, como lo contó La Iberia, al día siguiente:

Vicente Segura, aparte de su faena como torero, tuvo el último domingo rasgos muy buenos. Consiguió de «Minuto» permiso para que Gaona no se retirase del ruedo durante la lidia de los cuatro primeros toros, y pagó de su peculio un toro extraordinario, para que el muchacho matador, discípulo de «Ojitos», se luciese más… A Rodolfo le tocaron los mejores toros y claro está que supo aprovecharlos derrochando garbo y valentía. Vimos al chico leonés, ceñido, elegante y valiente. Gaona es un torero completo de grandes facultades.

Gaona estaba anunciado con dos «toros puntales de edad reglamentaria» que mataría al fin del festejo. La empresa del Toreo le ofreció tomar la alternativa en el propio coso en condiciones inmejorables: cobraría $8 000 escogiendo él toros y alternantes, condiciones que ningún torero español tenía. Ojitos y él decidieron apostar en grande y se marcharon a España para doctorarse allá. Conocían lo difícil de la aventura que estaban corriendo y sabían del duro trato que les esperaba. De los toreros mexicanos solo dos habían actuado en España con éxito y en condiciones especiales: Ponciano Díaz, al que presentaban como un exótico, y Vicente Segura, que tenía el capital suficiente para costearse sus actuaciones. Gaona iba por todo, acompañado de su maestro y mentor. Sin saberlo, fue a abrir las puertas del mundo del toreo.

Al llegar a España, prácticamente tuvo que presentar un examen de suficiencia ante diversos diestros y la prensa española en una pequeña plaza en Puerta de Hierro, cercana a Madrid, donde dio lidia completa a dos toros de Bañuelos. De esa tarde saltó inmediatamente a la alternativa, que tomaría en la plaza de Tetuán de las Victorias, el 31 de mayo de 1908, tres meses después de haber matado tan solo tres novillos en la capital mexicana. Manuel Lara Jerezano, quien en 1912 fallecería por cornada de un toro de Nopalapan en el puerto de Veracruz, sería su padrino, cediéndole el toro Rabanero, berrendo en negro, de la ganadería de Bertolez, propiedad de don Basilio Peñalver. El 5 de julio de ese mismo año confirmaría en Madrid, de manos de Juan Sal Saleri, estando como testigo Tomás Alarcón Mazzantini, lidiándose toros de Juan González Nadín.

Y aquí empezaría la formación de la leyenda del Indio Grande, quien compitió y triunfó muchas tardes frente a los dos reformadores del toreo: Joselito y Belmonte. Hace años leí una frase que atribuían al político tamaulipeco Marte R. Gómez: «México tiene tres celebridades fuera de discusión, Pancho Villa, Rodolfo Gaona y la Virgen de Guadalupe». El indiscutible Rodolfo fue el primer torero en ir de la mano con Piedras Negras en una larga cadena de triunfos. Debido a la lucha revolucionaria y a la prohibición de Carranza, toreó en España de 1914 a 1921, año en que regresó a México. Antes de partir tuvo muchas tardes muy importantes con toros de Lubín González, de quien fue gran amigo. A Lubín lo apodaban cariñosamente el Gachupín, entre otras cosas porque estaba muy enterado de la fiesta y la vida en España. Con él, Rodolfo pasó varias temporadas en el casco de Piedras Negras discutiendo y analizando las corridas en España y el entorno que el de León encontraría al torear allá. Aún después de muerto Lubín, Gaona siguió yendo a los tentaderos tlaxcaltecas donde satisfacía el ansia de torear. Retirado, jamás volvió a partir plaza vestido de luces, pero en el llano del Derribadero siguió dejando huella de su arte y estilo inigualables. En las viejas películas es difícil reconocer a los personajes, sin embargo él no pasa inadvertido; vestido de corto en un tono marrón, con su sombrero de ala ancha, es imposible equivocar el nombre que le pertenece a esa figura. Es la de ese al que Joselito tanto admiró en la plaza.

Las tardes del 17 de enero y del 7 de febrero de 1909 fueron de triunfos inobjetables tanto para el torero como para el ganadero. El 18 de enero de ese año, El Correo Español mencionó: «La entrada fue fenomenal, como pocas veces se ha visto en esta plaza; al hacer el paseo las cuadrillas, la ovación a Gaona, fue colosal». En la segunda, alternaban Gallito, Segura y Gaona. La misma fuente reseñó el 8 de febrero:

Ha sido ayer una de las mejores corridas de la temporada. La corrida le agradó mucho a la afición y ya quisiéramos muchas tardes como la de ayer. En el tercer toro, negro listón, buen mozo y con bastantes pitones, Gaona da dos verónicas soberbias y cuatro de frente por detrás, alborotando al público. Gaona trastea con muchísimo lucimiento siendo sus mejores pases uno ayudado por bajo y dos de pecho superiores y tirándose muy bien, coloca media estocada superior siendo muy justamente ovacionado. En su segundo recibe una ovación colosal. Para los tres matadores hubo grandes ovaciones durante toda la corrida. Los toros, a excepción del quinto y el noveno, dieron todos los demás un gran juego.

El corte de orejas no era todavía una costumbre como en la actualidad, y los toreros, en premio, recibían gran cantidad de obsequios por parte del público, desde tabaco hasta joyas.

Para esa década de 1910, Piedras Negras todavía no lidiaba animales con la nueva sangre de Saltillo. En un principio, todos los machos españoles se tentaron en casa y/o se desecharon o se usaron como sementales. Faltarían todavía más de diez años para que aparecieran en los ruedos los tradicionales cárdenos tlaxcaltecas. Algunos toros de este origen se tentaron a caballo, se padrearon y después lidiaron en distintas plazas. En el año de 1918, los toros de esta casa que mató Joselito en Perú –nunca pisó México– eran de sangre Saltillo, así como algunos toros de la corrida que mandaron a Tampico para la alternativa de Manuel González, sobrino de Lubín.

Pocos hijos Saltillo del Tabaquero llegaron a las plazas. Faltaban por llegar los del Fantasío, que inclusive llegó a ser famoso en las crónicas de la época, al anunciarse los toros en los carteles como hijos de este número 7.

El 23 de octubre de 1910 tomó la alternativa el valentísimo Luis Freg, de manos de José Moreno Lagartijillo Chico, con toros de Piedras Negras. Al día siguiente, La Patria publicó la reseña:

… el público acudió en gran número a la plaza del Toreo, se trataba nada menos de doctorar a un joven mexicano, valiente, con muchos riñones y sobre todo con mucha voluntad y con grandes deseos de agradar.

No le faltaba visión a quien eso escribió. Luis Freg, Don Valor, el Rey del Acero, el valentísimo torero que recibió cerca de sesenta cornadas en sus veinticinco años como matador de toros, que triunfó de forma intermitente en ambos lados del Atlántico debido a esta cantidad impresionante de percances.

Piedras Negras continuaba a la cabeza. Esa temporada de 1910-1911 lidió cuarenta y seis toros en la capital, con sonoros triunfos, y ahora, ya México contaba con una figura del toreo muy de esta casa: Rodolfo Gaona.

Por otra parte, Antonio Fuentes, de quien Gaona heredó muchas formas y conceptos, torearía la última corrida de esta casa el 15 de enero de 1911, después de haber triunfado desde 1902 en esta ciudad, donde llegó a ser un gran ídolo. La tarde fue redonda, tal como lo describió El Correo Español en la edición del siguiente día:

La tarde de ayer de Fuentes ha sido sencillamente colosal. De lo que se ve muy pocas veces. ¡¡Vaya un Fuentes!! En el primero de la tarde va Fuentes, coge los trastos y se hace en la plaza un silencio. ¿Qué iremos a ver? Nos preguntamos todos, y desde los primeros pases sobreviene el entusiasmo y más tarde la locura, y por último, ¡el delirio! Fuentes en la arena hecho un Fenómeno y nosotros desgañitándonos a gritar. ¡Qué faena, señores, qué faena, inenarrable. Ya no se puede, ni tener más inteligencia ni demostrar más elegancia!

Antonio había decido retirarse de los toros en el año de 1908, pero una cornada primero y un accidente de automóvil después se lo impidieron. Ya fuera de forma, en 1911 Fuentes dejó de torear; aquel de quien algún día dijo El Guerra: «Después de mí, naide, y después de naide, Fuentes».

Durante las temporadas de 1911 a 1914, Piedras Negras volvió a lidiar más toros que ninguna otra ganadería. El 28 de enero de 1912, Rodolfo Gaona se encerró con tres de San Diego de los Padres y tres de Piedras Negras, lidiados estos en segundo, tercero y cuarto lugar, haciendo el leonés con este último una gran faena:

Gaona lo espera en el tercio con las rodillas en tierra, para darle un cambio que resulta admirable […] varias verónicas, varias de frente, por detrás y una larga. La muchedumbre aplaude de un modo ensordecedor. Los picadores reciben formidables tumbos no sin antes haber mojado la pica en la sangre del burel cuatro veces. Con la espada agarra un volapié que es premiado con una ovación delirante.

La tarde, de gran expectación, pues la encerrona se rumoreaba y se esperaba desde noviembre, fue también de gran éxito para el espada y los ganaderos. Eran, sin duda, las tres joyas de la fiesta en México: nuestra gran figura del toreo y las dos casas que peleaban el sitio de privilegio.

Juan Belmonte, nacido en Sevilla el 14 de abril de 1892, pasó sus primeros años en el taurino barrio de Triana, donde su padre se ganaba la vida negociando quincalla. Se formó como torero a la antigua, acompañándose de otros jóvenes con la misma afición en correrías nocturnas por los cerrados de las ganaderías contiguas a Sevilla y en las capeas de los pueblos aledaños. Físicamente de mermada condición, asombraba a sus compañeros por el valor que mostraba con tan pocos conocimientos técnicos. Quizá ninguno de ellos vislumbró que estaban frente al torero que iba a parar el toreo. El que se iba a quedar quieto para con los brazos citar, templar y mandar al toro; el que con sus formas distintas nunca antes vistas inspiró en Joselito la tauromaquia que regiría el toreo hasta nuestros días. Porque Juan no fue ni el primero, y por supuesto tampoco el último, en torear en redondo. Sin embargo, él fue quien puso ahí la sustancia para que José la volviera norma.

Después de una exitosa carrera como novillero, al final de la cual diría El Guerra: «El que aún no lo haya visto que se dé prisa», tomó la alternativa en Madrid el 16 de octubre de 1913 de manos de Rafael González Machaquito, que esa tarde se despedía de los ruedos, completando la tercia Rafael Gómez el Gallo, con toros de Olea. Recién que hubo tomado la alternativa viajó a México para presentarse en el Toreo el 9 de noviembre de ese año en un mano a mano con Vicente Pastor, con toros de San Diego de los Padres. En La Patria, del 10 de noviembre, se dijo:

¡Belmonte, con solo este nombre el público acudió en masa al despacho de la empresa en demanda de boletos! ¡Y cómo no, el fenómeno, el famosísimo trianero debuta! El público impaciente grita y espera el momento de ver salir a la cuadrilla. ¿Podremos admirar las famosas medias verónicas de Belmonte? ¿Pases admirables y de molinete?…

Expectación al máximo por un torero que no tenía ni un mes de haber tomado la alternativa. De azul y oro triunfó con su primer toro dejando una gran expectación para la corrida del siguiente domingo, con toros de Piedras Negras, en la que daría la alternativa a Samuel Solís, antiguo compañero de Gaona en la cuadrilla juvenil de Ojitos.

Veamos lo publicado en El Correo Español, el día 17 de noviembre:

Antes de comenzar esta crónica voy a recomendar a los lectores que tengan el vicio de fumar cigarros puros, que hagan de ellos buena provisión, pues tengo mis sospechas [de] que tal mercancía va a subir de precio… Si Belmonte sigue haciendo lo que hizo ayer, los productores no van a dar abasto a tanta elegante tagarnina como van a echar al ruedo los belmontistas, o sea, los habitantes de México, que ambas cosas son sinónimas.

Con una corrida había nacido el «belmontismo» en la ciudad. Inmediatamente se convirtió en el contrapeso de Gaona. Esta sería la tercera corrida de Belmonte como matador de toros en su vida y la primera de seis de Piedras Negras que mataría en su temporada de presentación en México. Continuemos con la crónica:

El primero de la tarde, el de la alternativa de Solís, era un berrendo en castaño por cuyas venas corría la sangre de Veragua con que inició Piedras Negras. Quite de Belmonte de dos verónicas y una media levantando una gran ovación. En el segundo, su primero, siete verónicas, un farol y dos recortes, despampanante todo ello. La quinta de las verónicas de esta serie es sencillamente brutal; no se puede pedir más elegancia, ni más arte, ni más valor, ni más quietud en el compás. Belmonte mueve los brazos como nadie los ha movido, y despide con tal naturalidad que parece que el diestro está en un salón ensayando suertes. La ovación es despiporrante… En una de las varas hace un quite «belmontesco», recortando rodilla en tierra y quedándose tan fresco en la misma cuna. El delirio de las masas… Don Juan se arrima al toro y larga cuatro pases naturales, pero tan naturales, que yo no he visto nunca tanta naturalidad. Belmonte no hace más que correr la mano, con elegancia suprema, y girar nuevamente sobre los talones con los pies juntos. Y para poner digno remate a esta sarta inconmensurable, propina el más emocionante pase de pecho que se ha dado en la plaza del Toreo. Después de tres pinchazos y un descabello da la vuelta al ruedo «con el público de pie, gritando a rabiar». El quinto toro es negro de color y uno de los animales más preciosos que se han criado en las dehesas mexicanas. Y ahora, señores, yo quisiera describiros la faena que en este noble y bravo animal hizo el fenómeno de Triana. Pero no puedo… todo fue tan rápido, tan emocionante, tan colosal. La faena fue inaugurada con un pase de pecho, ayudado, brutal; más tarde dio el fenómeno dos de molinete dentro de la cuna, y al sufrir la acometida de la res, que se revolvió rápida y enfurecida, el trianero largó en los mismos hocicos del animal, dos muletazos secos y enérgicos, y se quedó a un palmo del testuz, erguido y arrogante. En los tendidos reina un entusiasmo delirante. Se perfila y entrando al volapié y vaciando bien, mete todo el acero en lo más alto del morrillo. Dobla el toro y la ovación es tal que el niño tiene que dar dos vueltas al anillo. Por unanimidad se le concede la oreja al matador.

Con dos tardes, Belmonte ya estaba en el corazón de la afición de la capital.

A los quince días, el 30 de noviembre de 1913, hizo su debut en el Toreo la ganadería que sería la principal rival de Piedras Negras en los ruedos de la capital: La Laguna. Gaona, Belmonte y Pastor enfrentaron una brava corrida de la casa de Romárico. Cuando los González compraron Tepeyahualco a Fernández del Castillo en 1908, lo herrado por él que se vendió a las plazas en los siguientes años lo siguieron lidiando con el antiguo nombre, y fue hasta 1913 cuando los cinqueños tlaxcaltecas lucieron hierro y divisa propios. Y de aquí en adelante, teniendo la misma sangre que la casa grande, se convirtió, en manos de Romárico y después de Viliulfo, en un incómodo competidor. Por los extraños misterios de la genética y la selección, La Laguna tiene un grado de nobleza mayor que Piedras Negras, y los toreros lo perciben de inmediato. No podían dejar de matar las ganaderías de primera, pero con la incorporación a la baraja ganadera de La Laguna y Zotoluca nació esta fraternal competencia. La lucha ya no solo era con las ganaderías del Estado de México, ahora también lo era con los de casa, además de que en 1912 ya había debutado la que a la postre sería la gran oponente: San Mateo.

Cambiaba el toreo y, a la par, la ganadería. La prohibición del presidente Carranza estuvo vigente en todo el país del 7 de octubre de 1916 al 16 mayo de 1920, lo cual impide que conozcamos por medio de las crónicas el avance de las ganaderías, ya que la cobertura de prensa en los estados, donde de forma clandestina se dieron algunas corridas, no es suficientemente explícita. En su artículo segundo, el decreto decía: «Se prohíben así mismo en toda la república las corridas de toros hasta que se restablezca el orden constitucional en los diversos Estados que la forman». El artículo primero se refería al Distrito Federal. Además, en los años 1913-14, la guerra revolucionaria afectó de manera importante la producción de todas las ganaderías, e hizo que disminuyera la venta de ganado para corridas de toros. Este descanso obligado permitió que el mar se retirara hacia adentro, para regresar con olas de bravura jamás vistas. Fueron casi seis años en los que los ganaderos nacionales, ahora ya todos con pie de simiente puramente español incorporado a su sangre original, dieron la vuelta por completo al comportamiento del toro nacional. Se empezó a gestar el «toro mexicano», ese que nació de la mezcla única y constante de sangre Saltillo, cuidada y seleccionada por los propios ganaderos, a los hatos de San Diego de los Padres, Piedras Negras y San Mateo, que llevaban sangre de la tierra y, en diferentes proporciones, simiente de distintas ganaderías españolas. La Punta, que es otra historia, llegaría años después.

El 13 de diciembre de 1913 Belmonte realiza otra gran faena a un Piedras Negras: «Belmonte muletea con un valor muy grande. A dos dedos de los pitones. Unos naturales muy buenos sobresalen en la faena. Pincha, descabellando a la primera. Ovación, oreja y vuelta al ruedo». Esta faena la detalló Roque Solares Tacubac en El País, del día 14, y describió cómo Juan ligó «ocho naturales en redondo». Ya venía el cambio, pero por desgracia, José Gómez Gallito, Joselito el Gallo, jamás pisaría nuestro país y fue solo a través de las crónicas que el público y la prensa pudieron entender cómo se fue dando esta evolución.

Otra aportación de Belmonte a la Ciudad de México fueron los burladeros. El 1 de febrero de 1914, por primera vez se colocaron seis burladeros en el ruedo del Toreo, ya que las mermadas facultades de Belmonte le impedían saltar las tablas. Y ahí se quedaron para siempre, a pesar de las quejas de la afición. Alternaba con Gaona y Pastor, con toros de esta casa.

El último torero nacional en nacer antes de la prohibición con toros de esta casa fue Juan Silveti el Tigre de Guanajuato. De novillero lo anunciaban con el apodo de Belmonte. Con ese mote, el día de su presentación novilleril en el Toreo, El País recogió los siguientes comentarios, el 4 de mayo de 1914:

Si logra quitarse ciertos defectos que tiene, sobre todo matando, no cabe duda [de] que va a traer de cabeza a muchos toreros de primera. Voluntad le sobra, valentía la tiene, entrega no se diga, además es un torero que no sale a la plaza a robar el sueldo, sino a desquitarlo.

Pues al paso del tiempo se quitó los defectos y el apodo, que en nada le ayudaba. Valentísimo torero, tomó la alternativa de manos de Luis Freg, con toros de Piedras Negras, un 15 de enero de 1916, en la Ciudad de México, y la refrendaría en Barcelona el 18 de junio de ese mismo año. Como no había corridas de toros, se vio afectado inmediatamente, razón por la cual se marchó a España. Sin embargo, tras el levantamiento del veto tuvo un papel muy importante.

El 4 de diciembre de 1918, el Diario de los Debates de la Cámara de Diputados publicó el siguiente acuerdo:

Después de que la Secretaría leyó el artículo 195 Reglamentario y de que la Presidencia exhortó a los ciudadanos diputados y al público de las galerías a que guardaran compostura y leyó las listas de los oradores inscriptos, se abrió el debate del dictamen que presenta la mayoría de las Comisiones unidas 2.a de Gobernación y 2.a de Puntos Constitucionales que termina con las proposiciones siguientes:

Primera: No es de tomarse en consideración la iniciativa presentada por varios ciudadanos diputados a la pasada Legislatura, que para que sea derogado el decreto expedido por el ciudadano Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, encargado del Poder Ejecutivo de la Unión, que prohíbe la fiesta de toros en el Distrito y Territorios Federales.

Segunda: No es de concederse al C. Juan Silveti, matador de toros, el permiso que solicita para celebrar dos corridas de toros de beneficencia, en la plaza «el Toreo» de esta capital, por existir prohibición legal absoluta acerca de esta clase de espectáculos.

Aquí empezó la lucha ininterrumpida de Juan Silveti por encabezar un movimiento ciudadano en favor del levantamiento de la prohibición existente. La primera votación fue de noventa diputados en contra, y ochenta a favor.

La prohibición de las corridas de toros era algo siempre latente entre los legisladores. Cuando se estaba redactando la Constitución de 1917, se intentó suprimir el espectáculo desde la Carta Magna, propuesta que no prosperó porque noventa y ocho diputados votaron en contra de esta iniciativa, contra cincuenta y cuatro que la apoyaban. Aquí se hubiera acabado todo.

El diputado Trinidad O. Velázquez, junto con varios miembros de la XXVII Legislatura, el día 25 de noviembre de 1918 había presentado un proyecto de decreto para que se derogara el expedido por el presidente. Tenía como base los ingresos a la Federación y a los municipios que generaban los impuestos derivados del espectáculo:

Es, desgraciadamente, a todas luces, vista la penuria por que atraviesa el Erario Nacional. Las corridas estaban antiguamente gravadas con el quince por ciento sobre las entradas brutas; posteriormente este impuesto se elevó al veinte por ciento; pero ahora, en nuestro actual régimen constitucionalista, creador del Municipio Libre, grava doblemente este espectáculo con el veinte por ciento sobre la entrada bruta por impuesto municipal, es decir, para el Ayuntamiento Libre de la Ciudad de México, y el sesenta por ciento federal para el Gobierno General; de manera que financieramente hablando, al derogarse el decreto de la Primera Jefatura, los ingresos sobre el particular tienen positivo interés, pues las empresas que exploten este negocio deberán pagar en total un treinta y dos por ciento sobre sus entradas brutas, resultado, conforme al cálculo de lo que producía anteriormente por impuesto este espectáculo, que el Ayuntamiento percibirá alrededor de doscientos mil pesos al año y la Tesorería de la Nación sobre ciento veinte mil pesos, también al año, o sea un total que darán por impuestos las corridas de toros de trescientos veinte mil pesos anuales, o sea mil pesos diarios, que ningún espectáculo produce este contingente al Erario, y como este cálculo está basado en los precios de los boletos de entrada en épocas anteriores, es de suponerse que en la actualidad ascenderá a mucho más, dado el que todas las diversiones en lo general han alcanzado un precio mucho más elevado;

Es notorio, y en este sentido se está atacando actualmente al Ayuntamiento de la capital, el que esta Corporación no pueda proveer a su subsistencia económica; consiguientemente, ha estado necesitando la ayuda pecuniaria del Gobierno General, y es por esto por lo que dicho Ayuntamiento se ha visto en la imprescindible y dolorosa necesidad de abandonar el ramo de instrucción pública, por no poder pagar cumplidamente los sueldos de los profesores del ramo;

La pompa con que se verifica este espectáculo demanda fuertes gastos para la empresa y para los espectadores, y por esto vemos que se ocupan vehículos y todos los medios de transporte, se establecen vendimias y, en general, especulan por este medio un número crecido de familias a quienes indiscutiblemente hay que proteger desechando la mala impresión que causa la muerte de unos cuantos toros y caballos. Por lo que toca a los accidentes causados con este motivo, es inferior el porcentaje a los que ocasionan los deportes aceptados en toda Europa, como son carreras de automóviles, de caballos, foot-ball y el pugilato. Es de tenerse en muy alta consideración la disminución de criminalidad en los días feriados en que se celebran las corridas de toros, pues las estadísticas nos demuestran de una manera elocuente que tanto las comisarías como los hospitales de sangre reciben para su conocimiento y en su seno menor número de corrigendos y lesionados.

Por lo que respecta a la solicitud que el C. Juan Silveti, matador de toros, eleva a esta honorable Asamblea pidiendo permiso para verificar exclusivamente dos corridas de toros con el nobilísimo objeto de dedicarlos a la Beneficencia Pública, ahora que esta grande institución demanda el auxilio de todos los buenos mexicanos, el que subscribe no ha vacilado en poner a la consideración de esta honorable Asamblea el siguiente proyecto de decreto:

Artículo único.- Se deroga el decreto expedido por el ciudadano Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Encargado del Poder Ejecutivo de la Unión, fechado el 11 de octubre de 1916, que prohibió la fiesta de toros en el Distrito y Territorios Federales.

Así empezó la lucha de varios diputados y de un grupo dirigido por Silveti para lograr que volvieran a celebrarse corridas de toros en todo el país. En varias ocasiones llegó armado el torero a la Cámara y fue desalojado junto con el resto del público que lo acompañaba. Para poder volver a entrar se registró como periodista de una influyente publicación. En fin, hizo una gran cantidad de actividades para lograr su objetivo.

Sería muy largo seguir citando discursos completos de un proceso que duró casi dos años y que en realidad prosperó a la muerte del presidente Carranza, pero quiero compartir la siguiente participación del diputado Fernández Martínez:

El C. Fernández Martínez: Ruego atentamente al orador que acaba de hacer uso de la palabra y que ha asentado aquí que las corridas de toros no son fiesta nacional y en cambio el jaripeo sí, me diga si Cuauhtémoc o algunos de su época colearon coyotes montados en un perro. (Aplausos y risas.)

Por fin, en la sesión del día 2 de diciembre de 1919, con una votación de noventa y cuatro a favor y treinta y siete en contra, se permitieron las corridas de toros en el país. El argumento final fue la independencia que constitucionalmente tenían los municipios para decidir respecto a la autorización de espectáculos, incluyendo al Distrito Federal. Son varias discusiones muy amplias con argumentos culturales, morales, religiosos y políticos a favor y en contra que debiéramos de recoger hoy.

Estos años de prohibición impidieron a Joselito torear en México. José fue a Perú. De allá comisionaron a una persona para que hiciera la compra de varias corridas mexicanas. En plena primera Guerra Mundial era muy riesgoso importar corridas de España. Así, adquirieron seis encierros: tres de San Mateo, y uno de cada una de las casas de Tlaxcala: Piedras Negras, La Laguna y Zotoluca, lo mejor que había en el campo. El Universal Taurino lo precisó el 25 de marzo de 1924:

La primera piara embarcada fue la de San Mateo, estando los toros en condiciones desfavorables para hacer el viaje porque eran pequeños y mal encornados. En la segunda remesa embarcaron los de las ganaderías tlaxcaltecas, que tenían excelente presentación y magníficas carnes para resistir la larga travesía. Llegadas a Lima, ambas camadas estuvieron alojadas para que se repusieran del viaje en las dehesas de un feudo nombrado «Matute». En la sexta corrida de Abono se anuncian «Seis Toros Mexicanos» sin especificar la ganadería, para Martín Vázquez y Joselito. Los que inauguraban la odisea eran los de San Mateo. El primero corniapretado y bizco, joven de apariencia, fue toreado lucidamente por Martín Vázquez. El segundo, también defectuoso, fue devuelto al corral por chico. Con el sustituto, Joselito se limitó a cumplir, aunque el toro fue bravo. El tercero también se fue al corral. El público ya estaba muy molesto, por lo que a la salida del cuarto, la corrida tuvo que ser suspendida porque estalló francamente la tremolina. Hiciéronse unánimes los gritos de protesta, formando unísonos un alarido gigantesco.

Al día siguiente por la mañana se lidiaron toros de las cuatro ganaderías a puerta cerrada ante la prensa. De ellos, uno de San Mateo, bravísimo, fue elegido para semental de la ganadería de don Augusto Leguía, presidente de Perú en turno. Uno de La Laguna y uno de Piedras Negras también fueron separados como reproductores. Con estos toros –continúa El Universal Taurino–, Joselito dio una excelsa mañana taurina:

Fue sesión inolvidable porque el de Gelves toreó con igual afán y maestría que si hubiera estado con millares de personas, y tuvo la gentileza de explicar el porqué de cada una de las suertes que practicaba y decir cuáles transformaciones y qué modificaciones iban ofreciendo los toros al ser lidiados.

Fray Negrón terminó la crónica diciendo que los demás toros por allá habían quedado para ser lidiados en futuras temporadas: «Buena prole han dejado los tres toros sementales mexicanos y esa descendencia reivindicará el lustre de sus antepasados».

Ese fue el contacto del gran revolucionario con el ganado de nuestro país. Se abrieron entonces de nuevo las plazas de la ciudad en el año de 1920. El 16 de mayo de ese año, día de la muerte de Joselito en Talavera de la Reina, Silveti y Corcito matarían en el Toreo una corrida de San Mateo.

Ya se habían dado dos corridas en noviembre de 1919 y una en enero de 1920 en el Toreo, pero con problemas administrativos, por no estar todavía publicado oficialmente el decreto. Hasta esa fecha, en las plazas de la Ciudad de México y en las cercanas, Piedras Negras había lidiado cerca de seiscientos cincuenta toros en veinte temporadas efectivas desde 1884. En treinta y seis años, ninguna otra alcanzó este número, en promedio: cinco corridas por temporada. Se dice fácil, pero había que cumplir con éxito la mayoría de las tardes para seguir volviendo.

El primer gran triunfo de Lubín, resultado de su trabajo con la sangre de Saltillo adquirida en 1908, fue el 23 de enero de 1921. Se anunciaron los «8 Cárdenos de Piedras Negras». Alternaban esa tarde, Rodolfo Gaona, Domingo González Dominguín, Ignacio Sánchez Mejías y Ernesto Pastor. Para ese año, ya todos los animales del hierro andaluz habían muerto, dejando una inmejorable descendencia. José María González había fallecido en 1914 y ya no gozaría esta gran tarde. Piedras Negras seguía defendiendo el bastión de la ganadería número uno en el país. Este encierro fue el primero que se lidió, en el que todos los toros tenían sangre de Saltillo. De los ocho toros, siete fueron bravísimos, aquí su orden de salida y resultado:

NÚMERO         NOMBRE         PINTA      PREMIO

75     Español    Cárdeno oscuro        

8       Mueganero        Cárdeno  

27     Zorrillo     Cárdeno oscuro         Orejas y rabo

58     Calendario        Cárdeno  

94     Corteño    Cárdeno   Orejas y rabo

71     Ciervo       Cárdeno  

40     Barrileto   Cárdeno claro  Orejas y rabo

93     Pambacero        Cárdeno claro  Orejas y rabo

Al día siguiente, Excélsior publicó una nota de elogio a aquella tarde:

Reseñar para qué, dicho está todo en la mejor corrida de la temporada. Solo creemos de justicia dar una felicitación muy merecida a don Lubín González. Sus toros han sido lo mejor de la temporada. Bravos, nobles y de hermosa presentación, que se arrancaron de largo sobre los del castoreño y que jamás volvieron la cara, no obstante que se les picó con puyas españolas. Una tarde memorable, en la que Lubín González tocó el timbre de la gloria, en la que pese a su modestia, el público en pleno pidió que saliera al ruedo para dedicarle una estruendosa ovación.

Lubín triunfaba muy fuerte con los Saltillos criados por él, así como José María lo vivió con la llegada de la sangre Murube. Pero lo de Lubín era el despegue definitivo de la ganadería con la sangre de origen español que dominaría el campo mexicano de aquí en adelante. El campo nacional se regaría con gran fecundidad y éxito desde Tlaxcala, a través de las casas de los González con gran lustre, y también desde Zacatecas, con los Llaguno, que ya lidiaban toros con esta sangre. Sin adjetivos. Al paso del tiempo, el Encaste Llaguno sería sin duda el más extendido en la ganadería mexicana.

A los pocos días, el 6 de febrero, alternaron Rodolfo y Ricardo Anlló Nacional, con toros de Lubín. En el Excélsior del 24 de octubre de 1921, Don Verdades mencionaba que en el tercero de la tarde:

… lleva la muleta a la izquierda y realiza una gran proeza, una gran proeza, una proeza que largo tiempo no veíamos: da un pase natural, templando y mandando divinamente, gira sobre los talones y sin despegar la roja franela de la cara del animal, da otro natural y sigue con otro en la misma forma. Rodolfo dio el verdadero pase en redondo, que el animal debe haber escuchado los latidos del corazón del gran torero.

Se refería a este toreo en redondo, que en largo tiempo no se veía, y cuya sublimación estaba por venir. Cuatro naturales en redondo, un pinchazo y las orejas y el rabo.

El 5 de noviembre de 1922 se anunció un mano a mano entre Gaona y Silveti. Los toros, de Piedras Negras. La corrida estaba muy bien presentada: Silveti cortó orejas en el segundo y el cuarto, mientras que Gaona realizó una faena colosal al tercero, Pavito, número 31, negro lucero. Así lo plasmó Verduguillo, de El Universal Taurino, al día siguiente:

Gaona derrocha arte y valor por toneladas. Le vemos tres pases cambiándose de mano la muleta, dos molinetes en la misma cara, un natural, un muletazo rodilla en tierra y tres forzados de pecho colosales.

El primero, Cubeto de nombre, se le había ido vivo a Gaona.

Con Gaona y Silveti, dando la cara todas las tardes, comenzaba a forjarse un serio nacionalismo. «Señores: ¡Que no estamos emplumados!», se titula una editorial firmada por Carlos Quirós Monosabio, el crítico más influyente en ese momento, en respuesta a unas declaraciones de Sánchez Mejías al regresar a España en 1922, después de haber tenido éxito en contra de todo. Ignacio triunfó, pero nunca fue querido en México. Gaona se encargó de fustigarlo en la prensa tarde tras tarde. Con toros de esta casa, en esa temporada obtuvo grandes triunfos, tal y como lo había hecho el año anterior, cuando cortó dos rabos la tarde de los famosos cárdenos. Dos más cortaría la tarde del 18 de diciembre de 1921 a Vanidoso y a Grullo, el 5 de febrero de 1922. La siguiente es una editorial publicada en el mismo medio, que remata el artículo del crítico de la semana anterior:

Nosotros desearíamos que los toreros españoles que nos llegan, trayendo el prejuicio que es muy fácil deslumbrarnos, se dieran cuenta de su equivocación desde la primera corrida que torean. Que no pretendan pues, nuestros visitantes peninsulares «darnos camelo». Que no crean pues el decir de Sánchez Mejías, sino el de «Monosabio»: Señores: ¡Que no estamos emplumados!

Todavía no llegaba Chicuelo, pero ya el público y la crítica estaban cambiando. Después de la prohibición se comenzaron a dar orejas en forma continua como premio a la faena y a la estocada del matador. El mismo crítico Carlos Quirós hizo un análisis profundo de cuándo y por qué se deben dar estos trofeos, así como su valor:

¿Queréis un ejemplo de cómo debe darse una oreja? Está muy reciente la que se le dio a Lalanda por la muerte del sexto toro de Atenco. Con la oreja deben premiarse aquellas dos maravillosas series de pases naturales, ligados hasta constituir el toreo en redondo. Y sobre todo premiemos con oreja las faenas que demuestren inequívoca maestría y valor portentoso, y mientras más dificultades se presenten al lidiador, tanto mayor que sea el galardón que reciba.

El comportamiento de los toros comenzaba a cambiar y cada vez más saltaban a la arena cornúpetas que permitían faenas con este nuevo hacer. Gaona lidió una histórica faena a Bordador, de Piedras Negras, el 5 de febrero de 1922; cortó el rabo, mismo premio que obtendría esa tarde Sánchez Mejías, sin embargo hay una reflexión interesante de Monosabio, del 1 de enero de 1923.

Salta al ruedo «Bordador», bravo y nobilísimo, que lleva pitones en la cabeza, pero que no parece saber hacer uso de ellos, y entonces, cuando el diestro Gaona lo torea primorosamente, con toda la gentileza de que es capaz, derrochando habilidad, confianza, dominio, gracia, no falta quién exclame desdeñosamente: «Torear bichos de tan inocente candidez, que carecen de malicia y de poder, no tiene mérito alguno». ¿Qué prefieren, toros bravos, aun cuando de escaso respeto, o bichos grandulones y con abundantes defensas que no permitan floreos ni clasicismos?

Que el torero sepa chupar los caramelos que le depare su buena suerte, pero que también sepa roer los huesos que lo toquen. Y que no confunda la clase, porque entonces no solo demostrará que de toros entiende poco, sino que en el pecado llevará la penitencia.

Este es el encabezado de la crónica de la corrida del 31 de diciembre de 1922:

Ayer fue Domingo de Resurrección. Rodolfo Gaona toreó de capa y de muleta tan estupendamente y banderilleó tan maravillosamente, que ha reconquistado su airoso puesto de artista máximo de la torería. El torero de León ganó una oreja, perfectamente bien ganada, con «Huasteco». Marcial Lalanda fue ayer un torero exquisito y con gran dosis de agallas. La bandera de Piedras Negras ondeó muy alto.

Una semana antes, ambos se habían enfrentado en un encierro de San Diego de los Padres, con fenomenal bronca como resultado.

El 28 de enero de 1923 se anunciaron una vez más los «Cárdenos de Piedras Negras». Se buscaba lograr el éxito de dos años atrás. El empresario Carreño quería repetir la misma fórmula de éxito que él se había apropiado con la corrida de 1921, repetida en 1922, para la que hizo todo un bombo de su «ojo clínico» en materia de toros. Ahora presentaba por tercera vez un cartel redondo para la corrida, a beneficio de la Casa de Salud del Periodista. El mejor que se podía presentar en ese momento. Verduguillo escribió una crónica para El Universal Taurino, el 29 de enero de 1923.

Luego de que Béjar ha dado el toque de reglamento, desfila la comparsería al frente de la cual marchan Rodolfo Gaona, de tabaco y oro; Juan Silveti, de rosa y negro; Manuel García «Maera», de azul y oro; y Marcial Lalanda, también de azul con adornos en el mismo metal. El ganado de Piedras Negras fue duro para los de a caballo, pero mucho más duro para los de a pie. Fue una corrida nerviosa y de mucho poder, que de haber sido otros diestros los encargados de lidiarla, no pocos disgustos se habrían llevado. Muy bravos, segundo, tercero y cuarto. «Maera» cortó dos orejas, Silveti una que nadie le concedió, Lalanda se llevó el hueso, y Gaona provocó aburrimiento y pitos.

En otra crónica, el resultado en cuanto a trofeos fue así: el rabo del tercero, de nombre Nevero, a Maera, y el rabo del séptimo, de nombre Pajarito, a él mismo.

El cuarto toro de esa tarde, Conductor, fue el último hijo de la vaca Conductora –número 544 de Saltillo–, que había nacido en 1915 y que estuvo como semental durante tres veranos en las dehesas tlaxcaltecas.

Al embarcar esta corrida en Piedras Negras, don Isaac Morales se encontraba encajonando, cuando repentinamente se le arrancó un buey, dándole una terrible cornada en la parte exterior del muslo derecho. Se le hizo la primera curación en la ganadería y fue transportado en tren a la Ciudad de México, donde fue atendido en el Sanatorio Moderno. Estaría ahí por quince días, sin embargo, las secuelas del percance le durarían toda la vida.

Para finalizar la temporada de 1923-24, el 18 de noviembre recibieron el honor de la vuelta al ruedo Pirinolo, al que le cortó el rabo Mariano Montes, y Colchón, al que también le cortó el rabo Diego Mazquiarán Fortuna.

El 17 de febrero de 1924, Varetazo firmó este encabezado: « ¿Qué es una faena cumbre? La de Rodolfo, con “Revenido”, en el beneficio de “Nacional II”. ¿Cuál es el mérito? ¿Cuáles sus defectos? ¡Yo soy el único amo!».

Revenido, número 34, cárdeno oscuro, vuelto de cuerna, no lució demasiado durante el primer tercio. Tomó las tres varas de rigor con codicia, pero no tomó muy bien el engaño. Rodolfo lanceó sin mayor éxito y no lució en las banderillas. Comenzó la faena de rodillas, dando un pase por alto que levantó al público. Aquí la reseña de El Universal Taurino, el 19 de febrero de 1924:

Ahora va erguido, sereno, elegante, al toro; con pasmosa suavidad, con temple indescriptible, lo pasa ante sí, y sale majestuosamente paso a paso. Y el toro lo mira ir y se queda inmóvil, recreándose también con aquellos andares de felino aristocrático. Mientras el toro, pasmado, se embriaga de elegancia, el «Califa» va a las tablas. Se encara con «Nacional II» y ruge como un tigre golpeándose el pecho: «¡¡Yo, yo!! ¡¡Yo soy el único, el número uno!! «Nacional» desde el estribo parece asentir. Sería ridículo no rendirse ante la evidencia. Otro muletazo, luego un natural con la derecha y un molinete estupendo. Los pies del torero están juntos y quietos. No hay más que brazos. ¡Qué maravilla! La ovación es de lo más grande que he oído en mi vida. Los músicos ya no tocan, porque los pobres, en el paroxismo del entusiasmo, están aplaudiendo.

Un pinchazo muy aplaudido y un volapié perfecto coronaron la faena por la cual el Indio recibió dos orejas y rabo. Esa tarde, el toro anterior, Veguero, número 56, negro bragado, así como Tinajero, lidiado en segundo lugar, también merecieron el honor de la vuelta al ruedo.

El 7 de diciembre de 1924 se presentó en México quien cambiaría para siempre la fiesta en México: Manuel Jiménez Chicuelo. Mano a mano con Victoriano Roger Valencia II, estoquearon un encierro de Piedras Negras, del cual destacó el sexto, Hortelano, número 45, berrendo en castaño capirote, al que Valencia le cortaría, después de una valiente y emocionante faena, las orejas y el rabo, mereciendo el toro la vuelta al ruedo. Chicuelo no mostró sus credenciales debutando con Aguacate, número 28 de esta casa. Faltaría poco para que este torero recibiera de Gaona las llaves de la puerta del toreo en México, y con ellas la cerrara por fuera, dejando atrás una gran historia, con un hacer distinto, para caminar hacia el inalcanzable horizonte del futuro del toreo en el mundo. La revolución iniciada por Juan y José, solo en esbozos vista en México, sería presentada con un lujo magistral por este sevillano, cuyo mayor triunfo fue el cambio. Con él, en México, se transformó el hacer de los toreros, el entendimiento y la expresión del sentimiento del público, que pasó del grito de guerra bravío, a la entrega absoluta ante la nueva expresión artística, pero sobre todo, inició el cambio en el toro. La crónica, el público y los ganaderos se dieron cuenta de inmediato. No fue un parteaguas visto en retrospectiva, fue un río que cambió de cauce, con todos ellos a bordo de la barca de la tauromaquia mexicana.

El domingo 21 de diciembre mató la corrida de la divisa bolchevique, curioso apelativo que le dio Verduguillo a los colores de Piedras Negras, mano a mano con Gaona, corrida que para el de León trajo su último gran triunfo con toros de esta casa. Desde el 17 de febrero de 1909, fecha en que mató la primera corrida de esta casa, el Califa nunca dejó de pedir los toros de Lubín. Triunfó con ellos en la capital y en los estados, y en los compromisos clave siempre contó con ellos. Esa tarde cortó las orejas y el rabo de Jorobado, número 8, negro bragado, bien puesto de pitones: «Otro par al sesgo por las afueras, que no sabemos qué aplaudir: si el arte o la guapeza del artistazo». Escribiría Alameda años después: «… te da los palos José, las banderillas tu suerte; él lo sabe, yo lo sé, no por competir, por verte».

No cesa aún la ovación. Comienza con un pase de pecho con la derecha estatuario, majestuoso; sigue un natural con la misma diestra, luego tres naturales auténticos, superiorísimos, girando el diestro hasta consumar lo que se llama el toreo en redondo. Y de ahí en adelante, el leonés suelta el repertorio de los días grandes.

Pareciera que quería firmar sus últimas páginas uniendo las dos formas: la que él se llevaba y la que nacía. El 12 de abril de 1925 se despediría de los ruedos matando dos toros de Atenco, dos de San Diego de los Padres y dos de Piedras Negras.

Estaba por comenzar una revolución taurina en México. Y al igual que la anterior, sin un general mexicano. Silveti daba la cara y el cuerpo todas las tardes. El Torero de la Regadera podía y pudo con todos. Jamás rehuyó una pelea en el ruedo ni fuera de él. Era un torero hombre. Basaba su dominio sobre los toros en un valor indomable, en un toreo sin florituras. Pero no tenía en sus manos la onza del cambio. Faltaba por llegar el más grande de los toreros de México: Fermín Espinosa Armillita Chico. En el tiempo de la retirada de Gaona, empezaba su carrera como becerrista, y a los pocos años sería novillero non. Llegaría al toreo y a su cima bajo los cánones recién establecidos por Chicuelo.

Manuel Jiménez tomó la alternativa de manos de Juan Belmonte en su natal Sevilla el día 28 de septiembre de 1919, misma que le confirmaría Rafael Gómez el Gallo, el 18 de junio del siguiente año. Artístico, elegante y pinturero, poseedor de una gran técnica, fue sin embargo, un torero de muchos altibajos.

Con Lapicero, de San Mateo, en febrero de 1925 puso de cabeza a la plaza. Tres tandas de naturales en redondo, «como no habíamos visto torear nunca». Faltaba Dentista. Octubre de 1925, domingo 25. La corriente del río tomaría otro cauce. Ojo, de El Eco Taurino, escribió lo siguiente nota el 27 de octubre de 1925: «no contamos los pases, pero hubo momentos en que el diestro giraba lentamente, mientras el toro, embebido en la mágica muletilla, describía círculos y más círculos alrededor de la agigantada figura del coloso sevillano».

Había sido una tarde aciaga para San Mateo, dos al corral y este quinto duramente protestado, gracias que no recibió el mismo castigo. En Madrid, el 24 de mayo de 1928 haría lo mismo el sevillano con el toro Corchaíto, de Graciliano Pérez Tabernero. Dos faenas de época y de épocas. O más bien, atemporales, eternas, reflejadas en el toreo de hoy.

No era torero de todas las tardes ni de todos los toros. Cuando los toros no le tomaban el trapo a gusto, o no se arrancaban desde el terreno apropiado para dar y ligar naturales, quedaba convertido en un torero fino y vistoso, pero sin gran relieve y a veces ineficaz. Una editorial de El Eco Taurino dice:

Ha recibido en esta temporada una consagración definitiva. Dicen que en España todos lo consideran un gran torero, pero si así no fuera, seríamos los mexicanos los que una vez más descubriéramos el diamante precioso, elevando a la categoría de ídolo a un torero grande, a quien ya se mima y consiente con particular cariño… y nuestra opinión vale: ¡En México sabemos ver toros!».

El 15 de noviembre de ese año triunfó rotundamente con Testafuerte, de la rojo y negro. Así lo escribió Ojo, de El Eco Taurino, el 17 de noviembre de 1925:

Cárdeno claro con bragas, ojalao y bien puesto de pitones. Suave como la seda de principio a fin. ¡Qué manera de tomar el capote! Y luego la muleta. Bueno, un toro como para armar el escándalo. Con el capote no está a la altura pero… Comienza su estupenda labor con el pase de la firma al que sigue uno de costado que se aplaude. Cambia de mano la muleta y torea al natural mejor de lo que jamás ha toreado. Así como suena. Fueron tres pases monumentales, y de ellos, el primero un asombro por lo ceñido. Sigue toreando entre el entusiasmo del concurso. Un pinchazo en buen sitio… y finalmente una entera por todo lo alto. Orejas y rabo.

Remató la crónica Alfonso de Icaza diciendo: «La faena de muleta fue un portento por lo valiente y por lo torera. Digna hermana de la de “Dentista”, pero hecha ante un toro». El astado recibió la vuelta al ruedo.

Piedras Negras seguía triunfando y cada vez más saltaban a la plaza toros para las nuevas formas. El 6 de diciembre de 1925, Sánchez Mejías dejó ir inédito a Hortelano, negro zaino, que fue bravo, noble y boyante, un toro «dócil, obediente, de seda». Vuelta al ruedo para el burel.

Mezcalero, el toro número 84 de Piedras Negras lidiado en tercer lugar el primer domingo de noviembre de 1926, merece ante la posteridad el prestigio de Revenido, aquel memorable toro con el cual «Gaona encorajinado y babeando de rabia, realizó memorable faena… Con «Mezcalero» se hizo el prodigio de despertar el instinto dormido del torero, del torero de raza y de sangre que sacó de sí mismo toda la esencia torera de la inspiración culminante y, con desesperación, con rabia, con un apetito cordial de dar de sí todo lo posible, hizo la faena de prodigio». Esto lo escribió Xavier Ozamendi, de El Eco Taurino, el 9 de noviembre de 1926.

Chicuelo había sido acicateado por Valencia II, como Nacional lo hizo con Gaona. Lo obligó a reivindicar su prestigio, ese que lo llevó a torear en la temporada anterior dieciséis tardes consecutivas en la plaza del Toreo, marca que está ahí para la posteridad. Mezcalero, como Revenido en su momento, hizo rugir al monstruo.

Esa tarde, Chicuelo, valeroso torero, dio una cátedra en distintos tonos y en varias tauromaquias, la suya y la anterior. Tirando del toro, dando naturales en redondo, molinetes, pases por alto, pero sobre todo con una enjundia que parecía alguien que buscaba un hueco en la fiesta. Al final de la faena no hubo trofeos, tan solo porque él no quiso. Se quedó sentado en el estribo observando la locura en el tendido. Y quizá el futuro del toreo en México al que él gallardamente le había definido el rumbo para siempre.

Con Chicuelo y Mezcalero cerramos esta tercera época de Piedras Negras en la capital. En estos veintiocho años estuvieron al frente de la ganadería nacional, pero ya con otros retos de crianza y selección y con otros competidores: San Mateo, que ya no se bajaría del ring y la recién debutada la Punta, además con San Diego los Padres, todavía pisando fuerte. Grandes tardes con todas las figuras, desde Fuentes hasta Chicuelo. Cornadas muchas, fracasos varios. Un cuarto de siglo triunfal de cabeza a rabo. Una época que resumo en una frase de Lubín González: «Yo crío toros para toreros que sepan torear. Para enfrentar un toro bravo y codicioso como el mío, hay que ser torero».

3. EL MÉXICO INDEPENDIENTE

Lubín fue el primero de los González que fijó residencia en México. En una elegante casona ubicada en la colonia San Rafael, en Serapio Rendón 99, atendía los asuntos taurinos durante la temporada. Fumador empedernido, vicio que lo llevaría a la tumba, venía con frecuencia a la capital siendo un hombre respetado y querido. Decía el que se había fumado más de quinientos mil cigarrillos: «Menuda publicidad le hubiera hecho yo a las tabacaleras». Junto con los señores Barbabosa defendió ante los empresarios los intereses de los ganaderos mexicanos y llevó y aplicó en Piedras Negras todo el nuevo conocimiento que adquirió de los toreros españoles que invitó a la ganadería. Fue el gran estratega de este hierro. Con él se cerró este ciclo de consolidación de la casa tlaxcalteca en las plazas, en las que a partir del año 1921, los toros de Piedras Negras, ahora fortalecidos con la solera de Saltillo, empezaron a cambiar para permitir la ejecución de las suertes bajo los nuevos cánones. Inició la evolución del toro, que se apreciaba que viniera de largo, boyante, que consentía el toreo anterior, el del parón, rematado por alto y sin compás entre pase y pase, al toro que con incipientes características de nobleza permitiría el toreo ligado. Comenzaba la aparición de la expresión de la bravura integral del toro, que al tiempo desplazaría de su comportamiento la fiereza que brotaba de una bravura que se buscaba, y poco a poco se encontraba, y la cobardía violenta emanada del criollo.

La crítica tardó en entender este ajuste. Cuando el toro no arrancaba de largo, como era la costumbre, se usaba el calificativo de burriciego. Se atribuía a la vista un cambio en la acometida que nada tenía que ver con eso. Por otra parte, cuando hubo que empezar a ir por el toro, a dejarle la muleta en la cara para tirar de él, los propios toreros los calificaban como toros de «paja», sin fondo, sin emotividad. Este epíteto se extendía a todas las ganaderías mexicanas.

Lo cercano de la sangre de la tierra en su genealogía todavía tenía un peso grande en su comportamiento. Por eso no dejaban de tentar ningún macho, y aún así, los toros fogueados y los que eran regresados al corral seguían abundando en todas las casas. Aun y cuando todavía el caballo no era el que paraba al toro, la propia selección y manejo genético estaba dando el resultado.

Lubín dejó el material genético suficiente en Piedras Negras para poder terminar esta evolución, misma que a los pocos años culminaría en un toro para el toreo moderno, ese que Chicuelo había dejado el día que, sentado en el estribo, admirado, veía al público gritar de emoción.

La época de oro del toreo en México siempre la hemos ligado con el surgimiento de la primera gran generación de toreros nacionales. Sin embargo, esta no se hubiera dado si ese oro no hubiera sido sacado también de las minas ganaderas. Lubín se lo dejó a Viliulfo a boca de túnel. Y el amo Viliulfo no lo desperdiciaría. Vivía en Piedras Negras, no obstante que  el casco de La Laguna –finca de su abuelo y de su padre– estaba en funcionamiento. Desde 1908 dirigía con su padre la ganadería hermana con gran éxito. Ahora llevaría hasta el año de 1941 ambas casas en la misma mano. Como Lubín encontró en el camino a Gaona, Viliulfo encontraría en el suyo a la gran figura mexicana, Fermín Espinosa Armillita Chico, el joven genio que haría la «revolución taurina mexicana». Gaona, figura mundial indiscutible, toreó con maestría de la forma como lo hacían los genios de su época, pero no creó ni gestó un cambio en México. Fermín sí. Fermín se paró y paró al toro. Y lo que Chicuelo dejó como muestra, él lo culminó como tauromaquia, misma que su generación absorbió con distintas y personalísimas formas de expresión.

Fermín Espinosa nació el 3 de mayo de 1911 en Saltillo Coahuila, en el seno de una familia de toreros. Ahí, con su padre y hermanos, recibió la educación taurina que con el tiempo lo llevaría a la cima del toreo. Debutó como becerrista en la capital, en el Toreo, el 3 de agosto de 1924. Con el tiempo, el público lo comenzó a nombrar el Niño Sabio, por la innata claridad que tenía para resolver el reto que cada novillo le presentaba. José Carlos Arévalo, en su libro, El secreto de Armillita, lo dice magistralmente:

El don de aquel niño torero ocultaba eso que los aficionados llamamos «técnica de torear», pues Armillita la tenía en tal grado que parecía olvidarla, cuando precisamente era todo lo contrario. De tan asumida, le brotaba como de manera inconsciente. Tan pasmosa virtud tuvo para «Armillita», a lo largo de toda su vida, un alto precio: la superficial consideración que su toreo era frío.

Se presentó como novillero en el Toreo el 18 de julio de 1926, alternando con Tato y Julián Pastor, con novillos de San Mateo. El Eco Taurino del 15 de septiembre de 1926 dijo: «”Armillita” sabe más de lo que le han enseñado. Demostró en sus dos toretes lo que nadie ignora: que en él hay un torero de cabeza». En la corrida de la Covadonga, en septiembre de ese año, ganó la Oreja de Plata, que estaba en disputa; la nota también es del Eco Taurino: «Paso a paso, el joven Fermín se va haciendo, ¿lo digo?, el «Joselito» de México. Si no, al tiempo».

Armillita Chico llegó al toreo en momentos en que la crítica empezaba a exigir toros con trapío y poder, cuando todavía, con los caballos sin peto, se acusaba a los picadores de romanear en exceso a los toros dejándolos agotados para el último tercio. En el Universal Taurino, el 17 de agosto de 1926 apareció la siguiente nota:

La esencia de la fiesta, cuando estuvo en su pleno esplendor, fue el peligro real y efectivo, superado por el valor, efectivo y real de los lidiadores… iniciada la decadencia. Ha venido a ocupar los primeros puestos en la preferencia de la neo-afición una serie de lances vistosos, pero desprovistos de efectivo riesgo, un cúmulo de pinturerías equívocas, cuya realización exige bichos de poco peso y escaso respeto. El público se va fastidiando de la farsa empalagosa que se le ofrece, en lugar de su espectáculo favorito. Hay que volver al toro grande, poderoso y con pitones.

El 29 de agosto de 1926, el joven de Saltillo obtuvo su primer gran triunfo con toros todavía de Lubín. En la novillada, a beneficio del Montepío de Toreros de México, cortó el rabo a su primero de esa tarde. Fue un novillo fuerte, con dos pitones imponentes, ante el cual culminó una faena de dominio que convenció a todos. El arte y la sabiduría de Fermín se presentaban en México con una ganadería que le deparaba grandes triunfos. Fue el primer rabo que un novillero cortaba en México.

Tomó la alternativa el 23 de octubre de 1927 de manos de Antonio Posada, con Pepe Ortiz en el cartel, estoqueando toros de San Diego de los Padres. Vestido de azul cobalto y oro, brindó su segundo toro a Rodolfo Gaona, como pidiendo y recibiendo la estafeta del toreo nacional. De ahí en adelante emprendería el vuelo a todo el mundo taurino, triunfando a carta cabal en México y en España, de donde lo desterrarían en 1936. En su primer año de alternativa mató cincuenta y nueve corridas, las primeras doce en nuestro país, de las cuales diez serían en la capital. En España toreó cuarenta y cinco tardes, faltando solo Sevilla en su calendario. El 30 de octubre de 1927 mataría su primera corrida de Piedras Negras: «Los toros de Piedras Negras que se lidiaron la tarde del domingo 30 tuvieron bravura, tuvieron nobleza, y tuvieron también la fuerza y el nervio que debe caracterizar siempre al toro de lidia. Bien por don Lubín González». El comentario se publicó en El Eco Taurino, el 1 de noviembre de 1927. Esa tarde se presentaría en México el valenciano Enrique Torres, quien llegó a ser muy querido y admirado por la afición capitalina. El primero de la tarde, número 46, negro bragado, de nombre Rex, fue un toro muy bravo que tocó en suerte a Fuentes Bejarano, y que cuando fue arrastrado hizo estallar la ovación clamorosa en honor de don Lubín González, quien «sabe criar toros bravos».

El análisis y comportamiento de sus toros lo tenían muy claro los González. Lo que pasaba en las plazas no era producto de la casualidad ni del desorden. Era la expresión de un concepto ganadero nunca traicionado en aras de la comercialización.

«En defensa del toro» es la cabeza de un artículo publicado en Toros y Deportes el 2 de enero de 1928. Es una entrevista a los principales ganaderos mexicanos, entre ellos Lubín y Viliulfo González. Dijo Lubín:

—La lidia, como usted sabe, ha evolucionado mucho; hoy se hacen muchas cosas que antes no se hacían, y aunque actualmente son los toros más bravos que antes, se les exige muchísimo más. Desde que sale el toro comienzan los toreros a hacerle cosas que tienden a agotarlo; los matadores no se preocupan porque conserven su poder y bravura, y cuando llegan al tercio final, se dedican a torearlos por la cara, diciendo al público que no pasa. Si el público no aplaudiera esta tipo de faenas, muy distinta sería la cosa, entonces los matadores no tendrían más remedio que meter en cintura a los peones y obligarlos a llevar una lidia ordenada, lo que daría como resultado que el toro llegara al último tercio más entero.

—¿Qué está haciendo para mejorar su ganadería?

—Selección minuciosa, que es el único procedimiento por el cual se logra mejorar la casta. Algunos aficionados hablan de refrescar la sangre: ¿con que? ¿Voy a traer de España un semental cualquiera que me descomponga la ganadería? Yo tengo en Piedras Negras una punta de vacas de la pura simiente de Saltillo; esta es la familia de donde salen los sementales. Ustedes han visto las tientas en la hacienda, se les pega fuerte, a muchos se les dan hasta veintisiete puyazos, como a aquel «Carrión» que ustedes vieron. A las vacas también se les castiga sin piedad. ¿Ustedes han oído decir que Saltillo esté haciendo alguna cruza? No, señor, conserva su sangre pura, pues tan pura como Saltillo, la conservo yo en Piedras Negras; por eso no pienso hacer ninguna cruza ni meter sangre que, aunque aparentemente igual, resulte distinta y se descomponga todo.

A la pregunta de por qué los toros que tienen magníficas notas de tienta no cumplen en el ruedo a su satisfacción, Viliulfo expresó los siguientes conceptos:

Este es un asunto delicado, pero hay que decirlo con claridad. La lidia en la mayoría de los casos no se lleva como debe ser. Los herraderos, los capotazos sin ton ni son, los recortes y doblones, los lanzazos a donde cae la puya, la entrega y romaneo de los caballos, las salidas en falso de los banderilleros son las que acaban con ellos. El mejor toro sale al ruedo y como los peones se propongan acabar con él, lo acaban, no les quepa la menor duda. La lidia debe ser fija, los capotazos que sean necesarios deben darse en orden, siguiendo un plan determinado. Yo les aseguro que vacas de La Laguna que han hecho magnífica pelea en la tienta, donde yo dirijo todos los movimientos y cuido que la faena se lleve en orden, las suelto en la plaza del Toreo y no pelearían ni la mitad de lo bien que pelearon allá. Recientemente tentamos un becerro a campo abierto. Me dejó satisfecho, pero no conforme todavía con esa prueba, lo encerramos en la plaza para hacerle una lidia formal. Recibió doce puyazos arrancándose, se le hicieron doce quites. Fuentes Bejarano le hizo una gran faena de muleta; lo dejamos que se repusiera un poco y después le hice yo otra faena larga, de castigo. El becerro fue noble y bravo hasta el último momento; no aprendió; nada, no hizo absolutamente nada feo; embistió con suavidad, con temple de principio a fin. Fuentes Bejarano, entusiasmado, me dijo: «Este animal en cualquier ganadería de España no valdría menos de treinta mil pesetas. Este becerro se le echará a las vacas el año entrante y estoy segurísimo de que me dará magníficos toros.

Las declaraciones  están llenas de actualidad, casi cien años después.

Rex, Avispo, Zagalito, Yucateco, otro Avispo, Perdigón, Carabinero y Trepador, en la temporada de 1927, corroboraron que Piedras Negras aún conservaba el envidiable puesto conquistado tres décadas antes. Fue la última temporada de Lubín al frente de la casa madre tlaxcalteca.

Lubín González falleció el 2 de agosto de 1928, víctima de un enfisema pulmonar, a los 54 años de edad. Del artículo publicado en Toros y Deportes extraje las siguientes líneas:

Su muerte fue sentidísima por la afición, pero en especial por todas las personas que cultivaron una amistad estrecha con el desaparecido, cuya norma, durante su vida, fue la bondad y estar siempre dispuesto a socorrer al necesitado. Caballeroso y amable, dejó recuerdos imborrables como ganadero y aficionado. Al adquirir Piedras Negras se hizo el firme propósito de hacer de aquella vacada la mejor de México, siguió firme en su idea al ver que se cristalizaban sus intenciones, su alegría no tuvo límite. Don Lubín ha legado a México una ganadería de abolengo.

Fueron veinticuatro años de trabajo y triunfos y de una incansable labor de selección y crianza que tuvo la satisfacción de gozar. Lidió setecientos treinta machos en corrida de toros en la Ciudad de México, cifra que, como ganadero de Piedras Negras, ningún González superaría.

En 1913, en El País del día 3 de febrero, se publicó la siguiente nota:

El empresario de la plaza de toros de Madrid, accediendo a los deseos expresados por varios aficionados, ha adquirido dos corridas de toros mejicanos, de Piedras Negras y Tepeyahualco para lidiarlas en esa plaza la temporada próxima.

Esto no sucedió, pero Piedras Negras lidiaría en España en el año de 1929.

El 28 de junio de ese año se publicó en el diario ABC de Madrid:

San Sebastián. 27, dos tarde. Han llegado a Santander, a bordo del vapor «La France», los toros mejicanos de Piedras Negras que se lidiarán el 21 de julio. Han sido transportados al campo donde permanecerán hasta el día de la corrida. La fiesta ha despertado expectación.

Se anunciaba la corrida hispanoamericana con cuatro toros de Piedras Negras y cuatro de Clairac para Marcial Lalanda Cagancho, Manuel Bienvenida y Heriberto García. Serían lidiados en la vieja plaza del Chofre, hoy desaparecida. Se embarcaron en la ganadería cinco toros, los cuales se vendieron en quinientos dólares, cada uno. El empresario Eduardo Pagés comisionó a Eduardo Margeli para que llevara a cabo todas las actividades necesarias para el embarque, para lo cual le giró tres mil quinientos dólares para cubrir, entre otros gastos, los cajones, permisos aduanales, pastura para el viaje, certificados veterinarios y fotografías. El costo total de la operación ascendió a tres mil cien dólares. Esta información la obtuve de un documento firmado por Eduardo Margeli, que me compartió Jorge de Haro: «Pagos y cobros hechos por cuenta y orden del señor Eduardo Pagés para la compra y embarque de cinco toros de Piedras Negras, 17 de junio 1929. Eduardo Margeli».

La corrida tuvo lugar en la fecha prevista. Los cuatro toros dieron cuatrocientos cincuenta kilos en promedio, resultando bien presentada; sin embargo, el resultado no fue el esperado. Heriberto García fue quien tuvo la mejor tarde; en ambos toros pidieron para él la oreja.

El diario ABC dio la crónica detallada de cada toro:

Se lidiaron cuatro toros mejicanos de Piedras Negras que, en general, resultaron sosos y después otros cuatro de Clairac, bravos y muy finos.

Primero: Marcial da unos lances y Manolo «Bienvenida» se luce en quites. Toma el bicho, tres varas sin consecuencias y Marcial coloca un par de poder a poder y otro de frente. Coge la muleta y solo y valiente inicia la faena, con algunos pases buenos de cabeza a rabo, deshaciéndose de su enemigo de un pinchazo bien señalado y media, buena.

Segundo: «Cagancho» da tres verónicas, embarullado y Heriberto hace un quite oportuno. «Cagancho» hace una faena valiente, en la que destacan dos pases de pecho, un afarolado y un estatuario; deja un pinchazo y media desprendidilla oyendo palmas.

Tercero: Heriberto veroniquea ceñido, cuatro varas sin consecuencias. Heriberto inicia la faena con pases de tirón y coloca una atravesada con salida del estoque, sufriendo desarme. Un pinchazo hondo que mata.

Cuarto: Manolito «Bienvenida» da tres verónicas superiores, y en quites se adorna con un farol, una revolera y la suerte del delantal. Coge los palos y deja un gran par al cambio, otro de frente y otro de dentro a fuera escuchando palmas. Toma la muleta y en los medios con la izquierda da tres pases naturales, otros cambiando la muleta por la espalda, de molinete, de cabeza a rabo, cambiando de mano y de pecho y el público de pie entusiasmado le ovaciona. Con el estoque despacha con una delanterilla después de algunos pinchazos. Ovación, petición de oreja y vuelta al ruedo.

Los toros mexicanos fueron los primeros cuatro de esa tarde.

Javier González Fischer publicó en su blog La Aldea de Tauro, estas líneas del crítico Juanito Sincero, del diario El País Vasco, de San Sebastián:

No teníamos esperanza de que los toros de Piedras Negras, traídos de Méjico para la corrida de anteayer, fuesen buenos. No creemos en los toros de Méjico, como apenas hemos podido creer en los toreros mejicanos, salvo un caso. Además, ¿traer toros de Méjico a la tierra de los toros bravos, a la tierra de donde se los llevan a Méjico? El público no tuvo tragaderas como para tolerar –¡este buen público donostiarra que jamás protesta a los toros!– que de los cuatro bichos, tres resultaran blandos, y sobre todo mansos. Y a los tres los silbó furiosamente al ser arrastrados.

Las otras crónicas que encontré coinciden en lo mismo. Qué más hubieran querido Lubín, ya fallecido, y Viliulfo, que una tarde triunfal que no se dio. Del quinto toro, no hay información de cuándo se lidió. Es probable que haya sido estoqueado por el novillero norteamericano Sidney Franklin esa misma tarde como noveno del festejo. Hay una confusión de que se dieron dos corridas, una en Santander y otra en San Sebastián, pero solo se llevó a cabo esta segunda. Los toros llegaron a Santander y en los libros de la ganadería están anotados como vendidos para esa ciudad; sin embargo, fue en el Chofre donde se lidiaron.

Heriberto García, en su época de novillero, había triunfado con mucha fuerza con varias novilladas de esta casa. Junto con él ya venían Alberto Balderas, Jesús Solórzano y Carmelo Pérez. El 1 de julio de 1928, al moreliano le tocó en suerte el sexto novillo de la tarde en que alternaba con Heriberto y José el Negro Muñoz:

El sexto fue el tipo de toro que necesitan los buenos toreros para armar el escándalo. ¡Qué gran toro! ¡Qué enorme toro!, suave, manejable, dócil, acudiendo a todas partes con el temperamento necesario para tomar el engaño con codicia, pero dejando reponer al torero; pasando derecho sin derrotar, metiendo la cabeza en el engaño… un toro ideal. Hay expectación cuando Solórzano sale con la muleta. El toro pasa divinamente. Cuatro pases naturales con la derecha, perfectamente ligados, templando, mandando, haciendo al toro que describiera un círculo en derredor del torero.

Este era el último gran novillo de Lubín, que fallecería a los pocos días.

La aventura europea no pagó y la guerra ganadera en México estaba en su punto más alto.

San Mateo, en manos de Antonio y Julián Llaguno, de entrada, llegó a ocupar un puesto de primacía. Desde 1912 con Gaona. Y de ese sitio ya tampoco se bajaría nunca. Sin embargo, a los jóvenes Llaguno no les iba a ser fácil. San Diego de los Padres, Piedras Negras y La Punta no los dejarían pasar con visado gratuito. El toreo cambió con San Mateo, que no tuvo que evolucionar, no tuvo que buscar un toro para el nuevo toreo, nació con él y se acopló de inmediato. Sus toros fueron demandados por todas las figuras del toreo y con ellos se llevaron a cabo faenas históricas. Lidiaba prácticamente las camadas completas en las plazas de la capital con éxitos mayúsculos. Se les criticaba la poca presencia de algunas tardes y con su aparición se partió el mundo taurino nacional. Toreros, empresarios, periodistas tomaron partido. Comenzaba la época de oro del toreo en México con una lucha sin cuartel entre dos bandos.

La Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia se fundó en la Ciudad de México el 16 de octubre de 1930 como la Unión Nacional de Criadores de Toros de Lidia. En un inicio, su principal objetivo fue reunirse para prevenir y defender problemas agrarios y aumentar su presencia en la fiesta en México, ya que por esa época aún se importaba gran cantidad de ganado español para las corridas de toros. Sus fundadores fueron: Manuel Barbabosa, de Atenco; Juan de Dios Barbabosa, de San Diego de los Padres; Francisco y José C. Madrazo, ganaderos de la Punta y Matancillas; Viliulfo González, de Piedras Negras y La Laguna; Aurelio Carvajal, por Zotoluca, y Edmundo y Jorge Guerrero, por Xajay. Además, Jorge y Eduardo Jiménez del Moral, dueños de Quiriceo, y Antonio Gómez Gordoa, de Malpaso. Al poco tiempo se unieron Carlos Hernández, de Rancho Seco, y Felipe González, de Coaxamalucan.

Para 1931, la Unión contaba con quince socios, y de muchas formas, haría frente a los Llaguno y sus allegados en las plazas y fuera de ellas. La primera acción de la Unión fue firmar con los empresarios un acuerdo por medio del cual se impedía que ganaderías no afiliadas lidiaran donde lo hacían los socios de la recién formada agrupación. Por ejemplo, en la nota de El Eco Taurino del 28 de agosto de 1930 se advierte lo anterior: «Puede darse como cierto que durante la temporada próxima no se correrán toros de San Mateo y Zacatepec, lo que seguramente causará no poco disgusto a los aficionados». Como vimos, la sociedad formada por iniciativa de Viliulfo González y José C. Madrazo se formalizaría en octubre de ese año. La novillada de la Oreja de Plata de ese año estaba programada con novillos de San Mateo el domingo 28 de septiembre, sin embargo, en un cambio poco usual, se adquirió una corrida de Piedras Negras, graciosamente cedida por su propietario.

Los hermanos Llaguno no participaron en la Unión, y no lo harían nunca.

El 3 de noviembre de 1929 tomó la alternativa Carmelo Pérez, de manos de Cagancho, con toros de esta casa, con Heriberto García en el cartel. El toro de la ceremonia fue Granado, número 40, berrendo en negro. Al sexto de esa tarde, Madrileño, número 60, castaño claro, le cortó una oreja después de una faena de valor temerario. Jesús Solórzano haría lo mismo el 15 de diciembre de 1929, de manos de Félix Rodríguez, con Heriberto García de testigo. Fue una gran tarde de Rodríguez, ante Conde y Cafetero, de Piedras Negras, según lo relató El Eco Taurino, el 17 de diciembre:

… no estuvo mal en su primero, lo que hizo con su segundo no solo borró cuanto esta tarde se hizo en el ruedo, sino que opacó cuanto se lleva hecho en la temporada. Sale «Cafetero» número 27, cárdeno oscuro, morcillo, bragado. Heriberto muy torero y Solórzano hace el gran quite de la tarde embarrándose materialmente el toro a la cintura. Toma Félix la muleta y ante nuestros ojos atónitos, no incrédulos, va desenvolviendo la película lenta de un inacabable pase natural, que liga con otro, con otro y con otro, hasta sumar seis que remata con uno de pecho, prodigio de sencillez y de emoción. Y sigue la faena, con el toro bravísimo que se ha encontrado a un torero… y sigue por naturales. Como un creador que arrojara sobre el tapiz azul del cielo puñados de luceros, así Félix Rodríguez sigue toreando al natural. ¡De once pases naturales se compuso la segunda parte de esta faena, una de las más grandes y desde luego la más clásica que se ha hecho en la plaza del Toreo. Una estocada atacando de fe, y las dos orejas, el rabo y dos vueltas al ruedo. Ya es matador de toros Chucho Solórzano y en breve será uno de los mejores toreros que ha producido y hecho México. Cubano fue el toro de la alternativa en el que recogió sonoras ovaciones dando la vuelta al ruedo.

Así, entre 1927 y 1931 tomarían la alternativa quienes iniciaron la época dorada, la generación de la independencia taurina de México que se dio por un cúmulo de razones. Armillita en 1927, Heriberto García en 1928, Carmelo y Solórzano en 1929, Alberto Balderas en 1930 y Carnicerito en 1931, fueron los primeros seis integrantes de la gran baraja que se estaba formando. Garza y el Soldado la tomarían en 1934-35; Silverio en 1938, mismo año para David Liceaga, y el Calesero en 1939. Carlos Arruza lo haría en 1940, cerrándose así la docena mágica que dio guerra sin cuartel a los toreros españoles aquí y allá. Juan Silveti y Pepe Ortiz siguieron activos con conceptos propios y distintos a lo que se hizo de 1930 en adelante. Pepe Ortiz, el orfebre tapatío, figura, sin duda alguna, de quien José Carlos Arévalo en su obra citada escribe:

Buscaba en la indomeñable agresividad del toro un resquicio de compás, la apertura de nuevos caminos a la embestida, la conjunción de la quietud y el movimiento, la quietud para provocar la embestida y el movimiento para prolongarla, lo que dio origen a la creación de utópicas suertes. Al principio le interesó más el toreo que el toro: la creación de nuevas suertes y su interpretación más depurada. Lo insólito de este singular diestro es que tenía un enorme valor. Un torero de hierro hijo de su tiempo.

Él vio nacer a esta pléyade de estrellas nacionales, compitió con ellos y formó parte fundamental de esta época, hasta su retirada en 1943, en el apogeo de lo que Armillita Chico inició y todos los demás firmaron con sangre propia. El Eco Taurino del 9 de diciembre de 1930 así los elogió:

¡Toreros mexicanos! ¡Toreros de esta tierra bendita de la raza de bronce y la sangre bravía! Toreros que habéis demostrado aquí y allá, con triunfos legítimos, que México es la cuna del arte y del valor; la afición mexicana exclama con el corazón lleno de orgullo y alegría: «¡¡Arriba los nuestros!!».

En las revistas y periódicos también hay un cambio en los reportajes gráficos. Normalmente las fotografías que se publicaban eran de los diestros ejecutando lances con el capote, banderilleando o en el momento de la estocada. Eran raras las fotos con la muleta. Aquí también hubo un giro importante. A partir de esos años fueron más y más las fotos de naturales con ambas manos donde el toro está rematando el muletazo después de un recorrido muy largo. Ya había cambiado también la comunicación y el entendimiento de las faenas.

Para la temporada de 1931, Antonio Llaguno, respaldado por Daniel Muñoz, dueño de Zacatepec, el 10 de febrero de 1931 declaró en una entrevista para El Eco Taurino que:

Los toros de las ganaderías no asociadas costarán la mitad de lo que cuestan los de la Asociación. Hemos acordado ofrecer los nuestros toros en la cantidad de cuatrocientos pesos, la mitad, poco más o menos de lo que cuestan los de la Asociación. Si la empresa acepta la proposición vendrán ocho corridas de los señores Llaguno [Julián debutaba como Torrecilla] y la de Daniel Muñoz. Con las ocho corridas y con otras tantas de reses españolas, podría celebrarse tranquilamente la temporada en México.

Emilio Huerta Corujo y Benjamín Padilla, en ese momento empresarios del Toreo, visitaron los ranchos de Tlaxcala; llegaron a un acuerdo con la Unión, representada por Viliulfo González, en el cual se comprometían a adquirir una corrida de cada una de las ganaderías de Tlaxcala, del Estado de México y de las de los señores Madrazo, quedando en libertad de repetir la que ellos desearan. También podrían lidiar una corrida de San Mateo y una de Zacatepec. Finalmente, San Mateo lidiaría tres corridas, y Zacatepec dos. Pero la guerra estaba abierta. Por otra parte, Antonio ya había puesto la bandera rosa y blanca en el campo tlaxcalteca; Daniel Muñoz le había comprado cuatro sementales, triunfo de orgullo que dolió, y mucho, en la tierra de los González.

La guerra se seguía paso a paso en la prensa, donde cada grupo tenía sus medios de comunicación. En El Taurino, semanario dirigido por Verduguillo, se publicó una editorial titulada «Los efectos del monopolio». Revista afín a los Llaguno, hizo un análisis muy fuerte contra Viliulfo González:

Fuimos los primeros en señalar el grave peligro que entrañaba para la fiesta de toros en México la formación de la llamada «Sociedad de Criadores de Reses Bravas», sobre las bases que desde un principio se le dieron, que no son otras que las de un verdadero monopolio. Ha pretendido convertirse en el árbitro de los destinos de la fiesta, llevando sus pretensiones hasta prohibir que lidien en nuestra plaza toros que procedan de las dehesas cuyos propietarios no han querido doblar la cerviz ante el dictador de asuntos pitonudos. ¿Qué beneficios ha traído al público? ¿Qué han sacado de ella sus propios miembros? Viliulfo González ha sido el único beneficiado, utilizando la fuerza que le dan los demás ganaderos, ha logrado que este año se lidien mayor número de corridas laguneras que las de todas las ganaderías juntas. ¿Con qué derecho se impide al aficionado ver lidiar toros como los de San Mateo y Zacatepec? La empresa debe meditar muy seriamente los perjuicios que resentirá la afición.

José C. Madrazo, presidente de la Unión declaró que existían cordiales relaciones con la empresa del Toreo y que había acuerdos alcanzados para firmar el contrato de condiciones generales para la siguiente temporada. Sin mencionar un veto para nadie, el empresario habló de la libertad que tenían para contratar las corridas de San Mateo y Zacatepec. Sin embargo, lo rico de la entrevista –publicada en El Eco Taurino el 11 de agosto de 1932– es que la Unión quería extender su control en todos los niveles comerciales.

Al fundarse nuestra Unión, se principiaron las gestiones para ser admitidos como miembros de la Unión de Criadores de España: todo indica que lograremos nuestro propósito. Las ventajas serían para los ganaderos españoles, tener la seguridad de que sus reses serán lidiadas y muertas en el ruedo, sin que pudieran quedarse rezagadas con fines ulteriores, la posibilidad de vender sementales y tal vez, más corridas de toros. Para nosotros, la de adquirir simiente sin restricciones, ya que cada ganadero podrá comprar de la vacada que más le agrade.

Esto, claro, solo era para los socios, con la supervisión de la Unión. Esta pelea sería sin cuartel y desembocaría en el pacto de San Martín Texmelucan ocho años después.

El 24 de agosto de 1931 se aprobó el nuevo reglamento taurino, que sustituía al de 1924. El principal cambio se refería a las alternativas: únicamente serían respetadas las de la Plaza de Madrid. Así que de aquí en adelante comenzarían las confirmaciones de alternativa en la capital. Los columnistas de la época siempre pelearon que las alternativas nacionales fueran válidas en España, disposición que no se había podido instaurar, y esta fue la medida en respuesta al desdén de los profesionales españoles por nuestra fiesta.

La tarde del 24 de enero de 1932 lidiaron Cagancho, Vicente Barrera y Armillita Chico, seis toros de esta casa. La reseña de El Eco Taurino, dos días después, fue elocuente:

… lo fueron de verdad, por su peso, por su edad, por su resistencia, y toros bravos por su bravura –valga la redundancia– y nobleza. Una gran corrida que deja al final de la temporada la divisa rojo y negro a la estimable altura que le corresponde. Fermín tuvo una tarde completa, redonda, absoluta. Sobrio, con la sobriedad que da la maestría, toreando lo justo –ni más ni menos– Fermín Espinosa demostró una vez más que es un torero completo, maestro en los tres tercios de la lidia.

Esta corrida fue la primera de Piedras Negras que mató Fermín después del «boicot de celos» que le fue aplicado por el Califa de León. En la temporada de 1929-30, Rodolfo Gaona se volvió empresario. Lo sería solo por dos temporadas. La primera contratación que se complicó fue la de Pepe Ortiz, con quien finalmente llegaría a un acuerdo de matar cuatro corridas a «su dinero». Con Fermín no hubo negociación y al parecer, tampoco intención de lograrla, por lo que mientras Gaona dirigió la empresa en el Toreo, el de Saltillo emigró a España. De marzo de 1929 a noviembre de 1931 solo toreó en la Península Ibérica. Gaona, ni retirado, quería la más mínima sombra a su alrededor.

Alberto Balderas se había presentado en México en la temporada de 1930 después de haber tomado la alternativa en Morón de la Frontera, Sevilla, en España. Había tenido una muy exitosa campaña de novillero tanto aquí como allá, donde en mayo del año de su alternativa cortó un rabo a un novillo en la plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla. Ya habiendo tomado la alternativa entró de lleno a la pelea por los primeros puestos de la torería nacional; llegó a ser un ídolo importante y se ganó el mote de El Torero de México. El día de su presentación, 5 de noviembre de 1930, en el Toreo, el Duque de Veragua escribió en El Eco Taurino:

Con admiraciones y mayúsculas escribimos el nombre de este torero, en quien creímos y en quien confiamos, no ahora, que ha demostrado hasta a los más ciegos que lleva en sí el oro de ley de una figura del toreo, sino cuando hace año y pico se presentó; desde entonces lo dijimos. En Balderas no sólo hay un torero, hay un gran torero.

22 de enero de 1933. Fermín Espinosa Armillita Chico y Alberto Balderas, mano a mano con seis toros de Piedras Negras. Balderas fue cornado por su primero, Carrocero, al que cortó una oreja. La crónica para El Eco Taurino del Duque de Veragua describe la tarde de Fermín:

Tengo para mí que entre «Armillita Chico» y el ganadero don Viliulfo había un pacto de honor que se liquidó con la corrida del 22 de enero. No sé por qué me imagino que Fermín Espinosa fue a donde don Viliulfo González y le dijo: Deseo que en la primera oportunidad me envíe usted una colección de toros con distintos estilos de embestir. Deseo un toro extraordinariamente bravo, otro singularmente dócil, uno con templado arranque en la embestida, otro que se defienda y tire cornadas, y que no falte el aplomado al que hay que enseñar a embestir, para que yo pueda demostrar que lo mismo a uno que a otro, y al pinto de la paloma, le hago lo que me da la gana. Pero oye Fermín –nos suponemos que contestó el ganadero–, eso no es tan fácil como tú crees. Pues usted ve lo que hace, ¡yo quiero demostrar que se puede torear a todos los toros, con tal [de] que embistan un poco! Y don Viliulfo mandó una preciosa corrida de la que fueron tres toros bravísimos y tres con los tres estilos distintos que Fermín deseaba para lucir su escuela larga y eficaz que le permite triunfar con cualquier clase de toros. Y así fue como Fermín Espinosa toreó mano a mano con «Armillita Chico» y cortó orejas y salió en hombros. Con el primero, «Pestiño», esta cumbre, y al sexto de la tarde «Algarrobo» número 36, le cortó las orejas y el rabo, saliendo a hombros de la plaza. ¡«Armillita Chico», vencedor de sí mismo!

El siguiente domingo lidiaría de nuevo Piedras Negras. La nota nuevamente es de El Eco Taurino, del 29 de enero de 1933:

Solera de ganado bravo, con sangre, genio y temperamento, ganado para toreros que de verdad lo sean. Los toros, arrancaban, embestían siempre dándole a la reunión ese sacudimiento emocionante que es el nervio de esta fiesta de peligro, de gracia y de color.

De 1933 a 1942, Fermín Espinosa mataría diez y ocho de los veintidós encierros que Piedras Negras mandó a la plaza de la Condesa en esos años. Una ganadería para un torero como él.

Para Alberto Balderas, su primer gran triunfo con esta casa vendría el 26 de noviembre de 1933, cuando cortó el rabo al sexto de la tarde, Greñudo de nombre, alternando de nuevo mano a mano con Fermín.

Buscando estas crónicas, he de decir que los triunfos grandes de Viliulfo estaban siendo con La Laguna, temporada tras temporada. Por otra parte, Torrecilla, propiedad de Julián Llaguno, cuando Antonio se quedó como único propietario de San Mateo, también comenzaba a triunfar muy fuerte y muy seguido. Ironías de la fiesta; ambas casas, hermanas directas de las fundacionales, al poco tiempo gozarían de mayor cartel entre la torería nacional y extranjera que sus mayores, siendo mucho más solicitadas y dando más tardes triunfales a sus dueños domingo tras domingo.

En el periodo 1934-1935, Piedras Negras llegó a mil toros lidiados en la capital y plazas vecinas durante las prohibiciones. En treinta y cuatro temporadas llegó a este número. El toro milenario fue Barquero, número 42, negro de pinta, al que el maestro de Saltillo cortó las orejas y el rabo el año anterior al de su cumbre definitiva en España. En mil toros no ha faltado una figura, ni temporada sin triunfo, para la casa tlaxcalteca. Ciento cincuenta y dos reses lidiadas en la época de José María, el fundador, setecientos treinta lucieron la divisa roja y negra con Lubín, el estratega al frente, y hasta ese momento, ciento dieciocho lidiados bajo el cuidado de Viliulfo, el gran capitán. De la mano de las figuras, en primerísima fila seguiría la casa en la época de oro del toreo en un México, ahora, a punto de ser independiente.

El 3 de marzo de 1935, por primera vez se presentó con toros de Piedras Negras Lorenzo Garza, alternando con Armillita Chico. Mano a mano del torero de don Antonio, con el torero de don Viliulfo. Garza había tomado la alternativa de manos de Juan Belmonte el 5 de septiembre de 1934 en la plaza de toros de Aranjuez. Destinado a ser quien más pelea plantara a Fermín, con una expresión muy distinta en su toreo, prácticamente alcanzó de inmediato la categoría de figura y tomó el bastón de mando en la fiesta nacional. Lorenzo el Magnífico, El Ave de las Tempestades, venía de España precedido de gran fama. Y faltaba el rabo por Guitarrero en Madrid. Pero tenía que enfrentar a Fermín, el gran triunfador de México y España. Tal disputa duraría para siempre en las plazas. De esa tarde el 7 de marzo la narró El Eco Taurino:

Garza obtuvo otra tarde triunfal. Ovaciones, orejas, rabos, salida en hombros. No detallemos… pero hablemos de él como síntoma de la fiesta. Belmonte fue el genio creador y revolucionario de la tauromaquia moderna. Al cabo de veinte años, Lorenzo Garza significa el punto culminante de avance de aquella revolución taurina… Belmonte trajo al toreo moderno el secreto del temple, clave y norma del bien torear. Para «templar», que precede a «mandar» en el toro, es necesario «parar». Lorenzo Garza ha dado al «parar» un ritmo y una gracia nuevos, un bello motivo artístico, porque al cortar el arranque brutal del toro, el mexicano lleva engendrado, iniciado, «hecho» el lance o el muletazo armonioso, rítmico, lento, templado, supremamente artístico.

Lorenzo cortó el rabo a Regio, número 5, negro de pinta, mientras que Fermín cortó las orejas al que abrió plaza, Negro de nombre y pinta, ante el cual

Salió a triunfar y triunfó. Una faena igualmente grande con el capote, con las banderillas, la muleta y con el acero. «Armillita», torero largo, torero ancho. ¡Torero! La corrida fue muy bien presentada con dos bravos de magnífico estilo: Señores, hay que descubrirse ante este ganadero que en cuantas corridas envía, vienen, por partes iguales la nobleza, la bravura y la excelente presentación.

Comenzaba esta rivalidad y faltaban por llegar el Soldado y Silverio Pérez.

«La tercera de la temporada, $94 500 de entrada. Armillita y Garza realizaron el estupendo milagro y dieron, además, excelente tarde de toros. Muy buenos toros de Piedras Negras» es el encabezado de la crónica de la corrida del 1 de diciembre de 1935, en un nuevo mano a mano entre el de Monterrey y el de Saltillo. En El Eco Taurino del 5 de diciembre la reseña fue así:

¡Se acabó el papel! ¿Cuándo antes de ahora dos lidiadores mexicanos habían realizado tan portentoso milagro? Ni en los tiempos más enconados de Segura y Gaona, que era una lucha de clases. Ni en los tiempos de Gaona y Mejías, que era un México y España. Nunca antes de ahora. No morirá la fiesta taurina en México, en tanto alienten Armillita y Garza. ¡El papel se agotó! Lo agotaron Armillita y Garza, los toreros mexicanos que más cobran, los toreros mexicanos más baratos. Una buena corrida de Piedras Negras.

Creo yo que el Duque de Veragua, quien escribe esas líneas aún no medía los años por venir: «Armillita es el primer torero de su época, si su época se alarga, lo será todo el tiempo que le dé la gana». Y se alargó y lo fue. En todo el mundo. La crónica termina diciendo:

Arte, valor y coraje, otra cualidad de Garza. Sale a no dejarse ganar la pelea. Con su segundo empezó toreando, muy bien, como el mejor. Como se iba ajustando más en cada pase, ya al tercer muletazo el toro no tenía por dónde pasar. Y pasó gracias a la muleta maravillosa de Garza, en el cuarto, en el quinto y en el sexto. Milagroso.

En menos de un mes, el 2 de enero de 1936, otra tarde de gran triunfo para la rojinegra. Ahora con Ortiz, Cagancho, y Garza. La reseña es de El Eco Taurino:

«Cagancho» y Ortiz torearon en forma inenarrable. Ortiz y Garza salieron en hombros. Se lidió el toro de Piedras Negras más bravo que ha salido de las dehesas Tlaxcaltecas. Imposible dar una impresión de lo que con el quinto toro, de nombre «Moñudo», hizo el mejor torero de la época: «Cagancho», o lo que cuajó con el sexto, de nombre «Argentino», el torero más valiente, más espectacular y más artista que ha parido la fiesta taurina. Y luego la gracia sencilla y fina que Pepe Ortiz derramó durante toda la corrida. Y todavía más, la bravura inolvidable de «Argentino», el más noble, el de mejor temple que ha lidiado Viliulfo de quince años a la fecha. Toro de alegre codicia, de pegajosa nobleza, de bravura sin par, capaz, él solo, de cubrir de gloria, de hacer historia de una ganadería. Gracias, Viliulfo.

Para cerrar la temporada de 1936, Viliulfo mandó una corrida cuyo cartel componían Cagancho y Solórzano, que nuevamente narró El Eco Taurino el 2 de abril:

… la corrida más enérgica de la temporada. Una corrida como las que se lidiaban todavía hace quince años, pero quince años el público ha cambiado de ideas respecto al toro y ahora lo quieren muy fácil, muy noble, muy suave, muy inofensivo. Y de ese estilo no salió ninguno. En cambio, qué peleadores en el primer tercio, tanto que los picadores salieron a tumbo por encuentro. Y esto ¡no podían tolerarlo los de a pie! Porque ahora, apenas un toro derriba, el espanto cunde entre los subalternos, y sin ton ni son, como los del domingo, de los de la segunda fila más y más capotazos por aquí, capotazos por allá, y los de Piedras Negras, más y más bravos y peleadores. Rindieron a una docena de peones, voltearon veintitantos caballos, aporrearon a todos los picadores y murieron ¡pidiendo pelea!, ¡derrochando bravura seca y retadora!

Esa bravura nunca se les fue de las manos a los González.

Se fue la tropa taurina mexicana al finalizar la temporada, encabezados por Fermín Espinosa. Y vendría el vergonzoso veto impuesto por los toreros españoles, denominado por Belmonte «el boicot del miedo», y encabezado por Lalanda, Fortuna, Fuentes Bejarano y Ortega. Cosas de la vida, Fermín, que se asiló en España porque Gaona lo vetó en México, ahora regresaría a nuestro país, porque las figuras del momento lo vetarían en España. El problema inició en el mes de abril. La prensa española lo cubrió ampliamente. Aquí transcribo parte de las notas publicadas en El Eco Taurino de la Ciudad de México:

Madrid, abril 18. Los toreros extranjeros que actúen en España tendrán que obtener permisos de trabajo semejantes a los que solicitan los demás extranjeros empleados aquí. El Ministro de Trabajo hizo la declaración después de recibir una comisión de toreros españoles encabezados por «Fortuna», comisión que fue a protestar contra la competencia que hacen los extranjeros. Dijo el ministro que el trato dado a los matadores españoles en los países extranjeros serviría para dictaminar sobre los permisos solicitados por toreros de esos países. La limitación afectará especialmente a los mexicanos, ya que en cada temporada se presentan más de veinte de ellos en cosos españoles.

Madrid, abril 23. En la corrida de beneficencia celebrada aquí, el torero mexicano «Armillita», que estaba contratado, fue sustituido por «Curro Caro». El público protestó contra la sustitución. Los toreros españoles se negaron a alternar con «Armillita», no obstante que el mexicano tiene carta de trabajo y ha formado una cuadrilla con una mayoría de españoles. «Armillita» se mostró profundamente disgustado y anunció que regresará a México en caso de que se le siga tratando como ahora. De esta manera, tendría que renunciar a 78 corridas que ha contratado.

Madrid, abril 23. El embajador mexicano, señor Manuel Pérez Treviño, protestó formalmente contra el acto de los toreros españoles en la corrida de hoy. El embajador tiene hoy una cita con el Ministro de la Gobernación.

Madrid, abril 24. El Ministro de la Gobernación, Amós Salvador, expidió hoy un decreto en virtud del cual se prohíbe a los diestros extranjeros tomar parte en las corridas de toros, a menos que obtengan un permiso de su ministerio para hacerlo durante la actual temporada.

Madrid, abril 25. Los miembros de la embajada mexicana continuaron hoy sus gestiones a fin de celebrar un arreglo.

Por su parte, Eduardo Margeli, gerente de la plaza del Toreo publicó una carta en la que aclaraba: «Este asunto de los toreros mexicanos en España es completamente ajeno a la empresa del Toreo».

Madrid abril 26. Ni un solo torero mexicano actuó en las plazas españolas el día de hoy.

Madrid abril 27. Se constituye la Unión de Aficionados Pro-toreros Mexicanos.

El crítico del prestigiado diario ABC de Madrid dijo:

No entiendo mucho de estos problemas de trabajo, cada vez más arbitrarios y amparadores de la mediocridad. Porque una cosa es el abuso de los innominados, que deben de quedarse en sus países a hacer la experiencia y otra la prohibición de los consagrados.

Continúa la prensa española:

Madrid, mayo 17. «Armillita» declara después de la entrevista que con los toreros españoles celebraron los mexicanos: «No deseo otra cosa sino que esto se arregle cordialmente, como corresponde a hermanos de raza. Por mi parte, estoy dispuesto a acatar las leyes, siempre y cuando estas sean justas».

Madrid, mayo 24. Fermín envía un telegrama: «Hoy toreaba Madrid. Suspendiéronme tercera vez. Urge Gobierno tome medidas. Embajador lleva asunto encauzado. Creo difícil arreglo. Huelga planteada. Abrazos. Fermín».

Finalmente, el 31 de mayo de 1936 se emitió el decreto en el cual la cláusula más importante, la II inciso c), decía: «El tanto por ciento de actuaciones de los toreros extranjeros no será superior al porcentaje de corridas que los españoles hayan toreado en el país respectivo en el año precedente».

Pues así, gestionando con los políticos, los encabezados por Lalanda lloraron en los despachos, lo que no pudieron defender en la plaza. Veto absoluto. Hay muchos análisis respecto al fondo del asunto. En conclusión, fue la impotencia, capote y muleta en mano, ante una presencia de buenos toreros, que interesaban a las empresas y sobre todo al público. Hay corridas con solo tres mexicanos en los carteles, y fue una exageración por parte de los toreros españoles el reclamo respecto al número de corridas que toreaban los mexicanos. Por desgracia vendría la Guerra Civil Española, que hubiera dado un resultado similar para los mexicanos, pero muy distinto para los españoles, que ahora en reciprocidad no podrían torear en nuestro país. Para junio de 1936 regresaron a México matadores, novilleros y subalternos, encabezados por Fermín. Veinticuatro en total, que llegaron a continuar con más fuerza la época de oro en México, y la independencia taurina nacional.

Con Benjamín Padilla al frente de la empresa, la temporada de 1936-37 se anunció con Armillita, Balderas, Solórzano, Garza y Luis Castro el Soldado, como únicos toreros contratados. Sobre ellos recaería ese año la responsabilidad de demostrar que la independencia era posible, que podían sostener la temporada sin españoles. Garza actuó en once tardes, y Fermín en nueve.

Cinco orejas y un rabo cortó Fermín a Greñudo, toro de vuelta al ruedo, a Tilapo tercero, y a Castellano, quinto de la tarde, en el mano a mano que toreó con el Soldado, el otro gran torero de don Antonio, en la temporada de la Independencia, con toros de Piedras Negras, el 27 de diciembre de 1936. Aquí, la reseña de Verduguillo para El Universal, al día siguiente:

El Maestro de Saltillo cortó otras cinco orejas y un rabo. Luis Castro mantuvo al público de pie durante sus escalofriantes faenas. Brava corrida de Piedras Negras. Lleno sin precedente. No cabía un alfiler. No decayó el entusiasmo un solo momento. Tardes grandiosas seguiremos teniendo. Están los ganaderos dispuestos a enviar a nuestra plaza lo mejor de sus dehesas; están los toreros que echan lumbre. Tendremos una gran temporada. «Armillita» es la aplanadora, el tanque, el ciclón que arrasa y tritura lo que a su paso encuentra. Las tardes tibias aquellas en que imperaba la ley del menor esfuerzo pasaron a la historia, y conservándose Fermín en esa tesitura ¿quién habrá que piense en ganarle la pelea? Once orejas, cuatro rabos y una pata, todo esto en dos corridas. A ver quién lo alcanza. «Greñudo» llegó al último tercio embistiendo con alegría, suave, dócil y con una nobleza que no le cabía en el cuerpo. Y Fermín aprovechó esas magníficas condiciones para dibujar, para esculpir una faena artística, vistosa, de perfiles deslumbrantes.

El Soldado se presentaba esa tarde en la Ciudad de México.

Dos semanas antes, Balderas, mano a mano con Garza, había cortado el rabo a Caparota, de esta casa. La reseña es de Verduguillo para El Universal, el 14 de diciembre de 1936:

Es un finísimo animal, cárdeno bragado, lucero. Dobla sobre los infantes de una forma deliciosa. Nos frotamos las manos de entusiasmo. Toros que embisten con esta gracia, invitan a cortarles algo y a hacer las grandes faenas. Larga Alberto cinco imponentísimas verónicas, cargando la suerte, bajando la mano… en lentitud, en aguante, en finura, en clase, nada puede encontrarse que lo aventaje. Pide banderillas. ¡Música, sombreros, flores! Alberto liga tres naturales derechistas, ceñidísimos. Entre una lluvia de sombreros, pincha y acaba con media enormemente colocada. El toro abatido por el rayo azota en la arena estrepitosamente. Los seis cárdenos de Piedras Negras dieron una bravísima pelea, fueron todos nobles y fáciles y si los matadores no lucieron lo debido, culpa de ellos fue. Merece el propietario de Piedras Negras un aplauso muy efusivo por esta ejemplar corrida, modelo de bravura y de nobleza.

Fermín había demostrado en el mano a mano que seguía siendo el número uno, sin embargo, claramente vio que la guerra aquí venía en serio. Con todos. El 14 de febrero de 1937, con una corrida de Piedras Negras, cortó otro rabo a Algabeño, cuarto de la tarde; sin embargo, la muestra de cómo vendrían los siguientes años en México la dio Balderas, quien mató al quinto de la tarde, Malagueño, número 56, cárdeno de pinta, para el cual el público exigió el indulto. Alberto no se quería dejar ganar la pelea. Él había estado vetado los años anteriores por la empresa manejada por Margeli y Dominguín, y un rabo valía más en su lucha con Fermín que un indulto. Se tiró a matar, con malos resultados, y el toro mereció la vuelta al ruedo.

Fermín y Balderas alternarían juntos por última vez con toros de esta casa el 22 de enero de 1939. Manuel Horta escribió para Excélsior el 23 de diciembre de 1939:

Se presentó Balderas cortando rabos y orejas. «Armillita» realizó ayer una enorme faena con el tercer bicho de la tarde. El «Torero de México» viene matando superiormente, cortó seis orejas y tres rabos, saliendo en hombros de sus partidarios. Bravísimos toros de Piedras Negras. Una corrida brava y con trapío vimos ayer. Piedras Negras envió seis buenos mozos, todos hicieron pelea brava, alegre, con temperamento, se arrancaron de largo a los picadores y fueron aplaudidos por su lámina impecable. La sangre del Marqués de Saltillo que impera en las dehesas de Tlaxcala surgió ayer con toda su potencia, y la suavidad, temple y estilo de algunos de los bichos dieron margen a los diestros de sacar el repertorio de los grandes días.

En Historia de la plaza el Toreo: 1907-1968 (Imprenta Monterrey, 1970), Guillermo E. Padilla escribió:

Balderas tuvo aquella tarde su máxima consagración en el ruedo capitalino, al cortar apoteósicamente las orejas y el rabo de sus tres toros en medio de un entusiasmo y una emoción indescriptibles. Toreó clásicamente con el capote, sentó cátedra de gran rehiletero, cuajó tres faenones de escándalo y dio la gran sorpresa revelándose como un gran matador de toros en tres impecables volapiés. Los nombres de aquellos tres bureles inmortalizados por «el Torero de México» fueron «Gallareto», «Lucerito» y «Marinero». Al final del festejo salió Alberto en hombros de una multitud delirante.

Sería la penúltima actuación de Balderas con toros de esta casa. Balderas lidió en la Ciudad de México nueve corridas de Piedras Negras, con triunfos muy fuertes en seis de ellas. A seis toros les cortó el rabo, más el de petición de indulto, que también le permitió salir en hombros de la plaza. Fue un torero valiente, artista y completo, con mucha personalidad y fuerza dentro y fuera del ruedo. Nunca se dejó ganar la pelea y enfrentó toros de todas las ganaderías y dio la cara a figuras nacionales y extranjeras. Con Domingo Ortega, mantuvo una peculiar rivalidad, llevada a los medios escritos, con retos de ambos lados. Balderas retó a Ortega «como torero y como hombre», a lo que Domingo contestó que levanta y enfrenta con gusto el reto en la plaza, pero lo de ‘como hombre’ no lo estimaba conveniente, ya que él venía contratado «exclusivamente» para matar toros.

Casi para terminar esa temporada, el 19 de febrero de 1939 se presentó un mano a mano entre el maestro de Saltillo y el Soldado. En el segundo de la tarde, después de un lucido primer tercio, Luis Castro recibió una muy grave cornada de Joyero, por lo cual Fermín así se quedó con los ocho toros. Esta era la sexta versión del famoso cartel de los «Ocho Cárdenos de Piedras Negras» que se había presentado por última ocasión en 1929.

Excélsior publicó la nota el 20 de febrero 1939:

Un primoroso lote mandó D. Viliulfo. Si en una corrida salen dos toros bravos, nobles, claros, se arma el alboroto, pero ayer se cubrió de gloria la ganadería tlaxcalteca de Piedras Negras. ¡Ocho cárdenos bravísimos, alegres y claros! Desde «Rapiñero», que salió comiéndose los capotes y embistiendo los burladeros, hasta «Limoncito», que se fue al destazadero sin orejas, todos fueron ejemplares de maravilla. Claro, bravísimo y noble fue «Joyero». Nos deslumbró Luis Castro con la mejor tanda de verónicas de la temporada, con las manos bajas y la figura majestuosa, parando, templando y mandando clásicamente. Esas verónicas y ese remate merecen una placa de mármol en la catedral del toreo. Después de la cornada prácticamente Fermín se encerró con ocho toros. Torero mandón, lidiador, consumado maestro de maestros, cortó rabos (3) y orejas, escuchó toda la tarde aplausos y dianas y llegó a la suntuosa residencia en hombros del gentío.

Cortó los rabos a Capa Rota; Jumao recibió la vuelta al ruedo, que acompañó Viliulfo, y Limoncito, que cerró plaza. La temporada de 1939-40 se empezó a cocinar en los despachos en octubre de 1939 con muchas dificultades. Primero, la Empresa Taurina Mexicana, arrendataria del coso, fue demandada por la anterior, que había sido liberada de la quiebra por la restitución del contrato de arrendamiento. Sin embargo, logró ganar en los juzgados la posesión y se abocó a la contratación de los matadores. La primera reacción ante las «increíbles exigencias de los toreros» fue anunciar que abandonaba el negocio de los toros. El gerente Benjamín Padilla denunció las sumas fabulosas que no se podían pagar. Por su parte, los ganaderos de la Unión le exigieron que les firmara un mínimo de dieciocho corridas de sus agremiados, a lo que la empresa respondió negativamente, acordando que solo daría doce, y cuatro serían de los señores Llaguno. Seguía la guerra. Pero ahora sería pública y con más encono. Garza pidió seis corridas por una cantidad de $25 000, por cada una. «Armillita», siete de $23 000, más $5 000 en las tardes que toreara mano a mano con Garza, además de que él definiría los carteles en los que participara. Balderas solicitó cuatro, a $13 500 cada una, y el Soldado, dos por $45 000. Las figuras apretaban en la plaza y en los despachos. Para fin de mes, la empresa aplazó el aviso de su decisión en cuanto a continuar o no adelante. Sin embargo, el domingo 5 de noviembre de 1939, El Redondel publicó esta nota:

Trascendental pacto entre tres matadores y ganaderos. Sensacional pacto firmaron «Armillita», Balderas y Solórzano con los ganaderos. Se comprometen a no torear y a no dar toros. ¿Con qué elementos cuenta la empresa de Torres Caballero? El negocio taurino se embrolla más cada día por culpa de quienes no saben manejarlo, ignorándose cuando se inaugure la temporada; en virtud de que el año pasado tuvo notorias preferencias por ciertos diestros y determinados ganaderos, misma política que, según todos los indicios pensaba seguir durante la temporada en puerta. Pero no alteremos el orden cronológico de las cosas. Desde el lunes último corrieron los rumores de que Jesús Torres Caballero había entrado en combinación con el diestro Lorenzo Garza y con los ganaderos, señores Llaguno, para formar entre todos la empresa de 1939-1940, afirmándose que el espada regiomontano llevaría un tanto por ciento de las entradas de sus actuaciones. Después se dijo que Garza cobraría 18 000 pesos y que ni él ni los Llaguno participarían en la empresa. Así las cosas, Fermín telegrafió a Alberto Balderas y a Jesús Solórzano, que se encontraban en León, para que vinieran a México, habiendo celebrado una junta los tres más el representante de Silverio Pérez, junta en la que acordaron no contratarse con la empresa de Torres Caballero, en virtud de que este obró el año pasado en favor de ciertos elementos, perjudicando a los otros, como lo prueba que a «Armillita» le aceptó la rescisión del contrato; de que a Balderas le quedó a deber una corrida y de que a Solórzano lo dejó fuera de la temporada sin razón alguna para ello. Pero estos tres diestros no pararon ahí. Reunidos la mañana del viernes 3 con los principales miembros de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, firmaron el pacto de que hemos venido hablando y en el cual los ganaderos se comprometen a no vender ni un solo toro ni novillo a la empresa tantas veces citada, la que también a varios de ellos les causó perjuicios, puesto que lidiaba sus toros en carteles flojos en tanto que para los de la casa siempre había «manos a manos» sensacionales.

Este es el acuerdo que conocemos como el Pacto de San Martín Texmelucan. En esta población, los ganaderos de la Unión se reunieron para tomar el acuerdo. El mando del toreo estaba en juego entre matadores y entre ganaderos.

La temporada se dio partida. Primero, la empresa de Torres Caballero, apoyada por los hermanos Llaguno que lidiaron setenta y tres toros entre los dos, más quince de Garza y Carlos Cuevas. Las presiones en los medios y en los tendidos fueron fuertes. Broncas, reales o dirigidas, se dieron por la presentación de los toros, y las pasiones por los toreros dentro y fuera del ruedo se desbordaron. El 10 de diciembre dio comienzo la primera parte con la empresa y a partir del 24 de marzo se dieron seis corridas con los miembros del pacto, con Jorge Jiménez del Moral al frente. En esa primera tarde, Fermín, Solórzano y Viliulfo triunfaron rotundamente. La reseña siguiente es de El Universal, del 25 de marzo de 1940:

El maestro Fermín corta la oreja al quinto toro. Chucho Solórzano fue orejeado por su gran faena al segundo. El ganadero de Piedras Negras fue aclamado por la afición. El público salió muy complacido. ¡Domingo de Resurrección!, como en Madrid se ha inaugurado hoy aquí en una fecha que se consideraba muy mala. La plaza se ha visto a reventar como pocas tardes. Viliulfo, ganadero conocedor, consciente de su responsabilidad, envió una corrida, fuerte, gorda, fina, bien armada y sobre todo con muy buen estilo en lo general. Nobleza, bravura derrocharon casi todos los piedrenegrinos, mucha alegría en el primer tercio y luego el asentamiento natural en los toros que pelean duramente con el caballo, que se dejan pegar duramente por los caballeros, que derriban, que romanean, que desbaratan los petos a cornadas. El lote más encastado para Solórzano, el más suave le correspondió a Fermín. Casi todos los toros de don Viliulfo fueron recibidos con aplausos, y tres de ellos despedidos con palmas, además de haberse tributado el honor máximo a «el Breva». Enhorabuena señor González.

La guerra taurina continuaba y apareció en escena Alfonso Gaona, el famoso Dr. Gaona, quien llevaría los destinos de la fiesta en la Ciudad de México durante más de cincuenta años. Fue un hombre con gran capacidad de negociación y experto en limar asperezas. Recuerdo la anécdota que contaba don Valentín Rivero respecto de una deuda por una corrida que tuvo Gaona con don Chucho Cabrera. Este último, muy molesto, tomaba una copa con varios amigos ganaderos en el bar del Hotel Ritz, en la calle de Madero, ubicado frente a la óptica de Gaona. Don Jesús, armado, cruzó la calle para exigir el pago de sus toros y un rato después regresó al Ritz. Valentín amigablemente le preguntó: «¿Cobraste, Jesús?», a lo que respondió apesadumbrado: «No, le presté un dinero».

Con esa habilidad negociadora de Gaona arrancó la temporada 1940-41, asociado con Anarcarsis Peralta, acaudalado industrial muy aficionado a los toros. En la primera corrida, Carlos Arruza recibió la alternativa de manos de Armillita con el toro Oncito de esta casa, del cual cortó una oreja, y recibió una cornada al entrar a matar.

Las cornadas son parte de la vida de esta casa. La bravura da éxitos y también el doloroso trance de ver a un torero en la arena. Desde un principio fueron muchos los que cayeron heridos por las astas de los toros de la corbata, pero la cornada que más marcó la vida de Piedras Negras fue la de Balderas, que le causó la muerte. Un matador que triunfó fuerte con toros de la casa y que en un accidente un ejemplar que no era de él, Cobijero, lo dejó sin vida en el ruedo de la plaza de la Condesa.

La historia de la fiesta está llena de cornadas. Es parte esencial de la misma. Montes, Joselito, Sánchez Mejías, Balderas, Manolete, Paquirri, el Yiyo, Montoliu, entre otros muchos, dejaron su vida en el ruedo como una muestra eterna del peligro que ahí existe. Seguro azar del toreo (Salamanca Ed., 1984), título de uno de los libros de Alameda, tiene palabras contrastantes que son opuestas en sí. No hay nada seguro en el azar más que el azar mismo. El juego de la vida y la muerte. La fortuna da vueltas, y viene en los pitones de los toros. Riesgo y peligro no son sinónimos; riesgo es la posibilidad de que se produzca un contratiempo o una desgracia, de que alguien o algo sufran perjuicio o daño; peligro es el riesgo extremo, la contingencia inminente de que suceda, que existe en los toros cuando la bravura está presente. Y como hemos leído en las crónicas, con Piedras Negras existió siempre.

Perdonarán mis lectores que por esta vez, la reseña no se vista de colores fuertes ni de oros brillantes. Con los ojos húmedos y el pensamiento ensombrecido escribo deshilvanadamente. Contraste de luz y tinieblas es la fiesta. Ayer mismo, a los pocos minutos que el pundonoroso diestro cortaba una oreja y saludaba desde los medios apretando entre sus manos dos manojos de flores rojas, caía herido de muerte, destrozado como un pelele de seda y plata. Aquellos claveles reventones fueron como un símbolo. Alberto Balderas ofrecía al público que tanto lo quería y ovacionaba la sangre de su propio corazón.

Así inicia la crónica de Manuel Horta en el periódico Excélsior del lunes 30 de diciembre de 1940.

La tauromaquia moderna ha perdido una de sus figuras más honradas y viriles. De ahí su arraigo en los públicos. Jamás perdió el sitio, porque jamás defraudó a sus admiradores. Daba en el ruedo cuanto tenía y tanto que hasta la propia vida sacrificó en plenitud. Duerma en paz el diestro valeroso, el amigo franco y noble.

Esta es la crónica de la última faena de Balderas.

El encierro de Piedras Negras sacó bravura, fuerza y alegría. Fue un lote de respeto y trapío, especialmente «Rayao», corrido en segundo lugar. Balderas, «el Torero de México», alivia un tumbo con apretadas gaoneras que remata con artística y alegre rebolera. El entusiasmo se enciende y la multitud no se cansa de aplaudir. Alberto ejecuta la mariposa de su predilección para rematar rodilla en tierra y con un desplante dando la espalda al enemigo; por dos veces clava las banderillas al cambio y termina el adorno del morrillo, igualando un superior cuarteo. Principia su faena con majestuosos ayudados por alto que se corean. Liga valientes derechazos, llevándose al burel entre los vuelos de la franela, templando a ley. Alberto continúa su labor cada vez más cerca y tranquilo, se adorna con un molinete excepcional y en cuanto el bicho junta las manos, Balderas se va tras del acero y agarra un estoconazo hasta el pomo que pulveriza al bravo y alegre «Rayao». Se desencadena la ovación de la tarde, corta la oreja, da la vuelta al anillo recibiendo flores y devolviendo sombreros y sale a los medios con un ramo de claveles en cada mano. ¡Y la muerte espiaba arteramente al triunfador!

El tercero de la tarde, Cobijero de nombre, número 53, al que el cronista llama Cortijero a ocho columnas, fue un toro negro, grande, apretado de pitones. Correspondía a Carnicerito. Tomó las varas de reglamento, una muy buena de Conejo Chico.

Ya habían clavado los zarcillos Mariano Rivera y Félix Romero cuando Alberto Balderas, haciendo gala siempre de compañerismo, se dio a componer al toro para llevarlo a jurisdicción del matador. Fue la tragedia tan inesperada, tan a traición, que muchos espectadores se fijaban en todas partes menos en lo que sucedía sobre la arena. Alberto tendió el percal, el toro probó y colándose por el lado izquierdo prendió a Balderas. Dos, tres veces lo zarandeó en forma espantable, pero sin soltarlo. Entre las astas apretadas, el cuerpo del hombre sufría destrozos internos de muerte. Todavía pudo Balderas dar unos pasos hasta la barrera, donde la servidumbre lo llevó en hombros hasta la enfermería. Prácticamente Balderas llegó sin vida. Alberto llegó a la mesa de operación moribundo. La hemorragia era espantosa y el pulso estaba casi perdido. Se le dio respiración artificial y se le inyectaron sustancias para vigorizar el corazón. Todo inútil hasta la transfusión de sangre, como recurso desesperado. La vida se escapaba del pecho, y la ciencia era impotente para derrotar al destino.

Las últimas palabras de Alberto Balderas, momentos antes de morir, fueron dirigidas a su hermano Francisco: «Me siento muy mal». Jerónimo Merchán, gran amigo de Balderas, nos proporcionó algunos informes acerca de los últimos momentos del matador.

En cuanto ocurrió la cogida, corrí a la enfermería. No me permitieron entrar, pero me quedé escuchando tras de la puerta, porque comprendí que el percance era grave. Se está muriendo, escuché que decía un médico. Y en seguida comprendí, porque conocí íntimamente a Balderas, que era mi deber llevarle un sacerdote. Corrí a la Coronación y el vicario de este templo me hizo el favor de acompañarme. No obstante que no se permitía la entrada a nadie a la enfermería, en cuanto el señor Sordo Noriega, que acompañaba al amigo en sus últimos momentos, se enteró de la presencia del sacerdote, ordenó que se le franqueara la entrada. Alberto no podía hablar, pero a señas se confesó; el sacerdote cumplió su ministerio, absolvió al moribundo y le administró los santos oleos.

La cornada fue perfectamente certera, ya que de acuerdo al parte médico no fue grande:

Herida por cuerno de toro, de cinco centímetros de extensión, en el noveno espacio intercostal del hemitórax derecho, en la intersección con la línea axilar anterior, fracturando el octavo, noveno y décimo cartílagos costales. Penetró en la cavidad abdominal desgarrando el hígado. Intensa hemorragia con cuadro de muerte aparente. Segunda herida, por cuerno de toro, en el hueco axilar derecho, de tres centímetros de extensión por cuatro de profundidad. Inmediatamente que entró a la enfermería se le aplicó inyección intracardiaca de adrenalina, vendaje compresivo de extremidades, inyecciones cardiotónicas subcutáneas con canfoesparteína y transfusión de 300 cc. Trasladado a su lecho, entró en agonía rápida y murió a las 17 horas 43 minutos. Dr. Xavier Ibarra, Dr. Rojo de la Vega.

Una ambulancia recogió el cuerpo y lo trasladó al domicilio de la familia, en Copenhague 23, donde varios toreros, aficionados y familiares hicieron guardia junto al féretro. Así murió Balderas, de quien Gaona alguna vez dijo: «Balderas es un torero de mucha clase y el día que agarre el sitio será el amo». La cobertura del desgraciado suceso fue muy amplia en los medios impresos, de donde rescato como fin de este relato una de frase de Alberto: «Yo era un torero muy fino, y decidí cambiar las formas. Ya lo ves, antes era yo muy fino, pero apenas vivía. Ahora dicen que estoy loco, que soy un suicida, pero tengo automóvil y muy buenos pesos en el banco». Sin embargo, murió sin fortuna. Todos sus bienes eran su casa y su automóvil.

Por fin se atemperaron los ánimos, que no la rivalidad, entre los dos grupos en la fiesta, y toreros y ganaderos lograron llevar la fiesta en México a su punto más alto en la historia. Toreros de Antonio con toros de Viliulfo y viceversa dieron grandiosas tardes en el coso de la Condesa.

Sin embargo, ya solo dos corridas más de la rojinegra vería Viliulfo en la Ciudad de México. La última, curiosamente formada por un lote de seis colorados en distintas variantes. La pinta que tanto se había esmerado en quitar sería la única en su última corrida al frente de la casa de José María y Lubín. La nota es de Verduguillo para El Universal:

30 de marzo de 1941. El Maestro obtuvo un gran triunfo con el toro «Rondero». La corrida de Piedras Negras muy bien presentada. Tres toros sacaron muy buen estilo. Ocho toros, entre ellos los seis llamados «colorados» para Conchita Cintrón, «Armillita» y Solórzano. Conchita y el maestro, que salió muy bien vestido de verde obscuro y oro, fueron muy ovacionados en el paseo. También hubo palmas para Solórzano, que sacó un trajecito de color indefinido, pobre de presentación y rico en manchas. Caprichos de los toreros, vestirse mal de vez en cuando.

Doscientos cincuenta y cinco toros embarcó Viliulfo a la Ciudad de México. El último fue el 111, castaño aldinegro, Mandarín de nombre, estoqueado por Jesús Solórzano. Curiosamente Piedras Negras solo lidiaría dos toros más de esa pinta en los siguientes cincuenta años en las plazas de la capital. Pareciera que Viliulfo se la llevó con él. Esa fue la última tarde de este gran criador de toros bravos, carismático líder ganadero, impresionante negociador y quizá lo más admirable: rival de sí mismo. Triunfó con ambas casas y supo llevar un equilibrio comercial de manera envidiable. Su casa original fue La Laguna y durante veinte años, junto con su padre, la manejó de forma distinta de la que Lubín manejaba Piedras Negras, logrando una personalidad y una calidad muy apetecidas por los toreros. Él y su hijo Romárico –Raúl era muy pequeño– buscaron de todas las formas posibles acercar el comportamiento de los piedrenegrinos al de los laguneros, sin embargo, Lubín la había dejado perfectamente bien encastada. La Laguna también, en el canon del bravo, tenía una calidad fuera de serie y durante los trece años que llevó ambas casas fue sin duda la principal rival de Piedras Negras. A Romárico, su hijo, le tocaría cosechar innumerables tardes triunfales en los cosos de la capital durante veinticinco años en que estuvo al frente antes de su venta, en 1966. Romárico, el Amo Maco, fue el ganadero González que, llevando ambas casas juntas, más éxito logró en las plazas. Con la rojinegra y la tabaco y rojo dio gran cantidad de vueltas al ruedo y vio arrastrar con lentitud, o recorrer el anillo, a muchos de sus toros.

Con escasos 21 años quedaría al frente de las dos casas de los González. Era el primero en línea recta en recibir Piedras Negras. José María la vendió a su sobrino Lubín, quien la heredó a su sobrino Viliulfo, y ahora Maco la recibiría de su padre.

Así relató Ernesto Carrasco Zanini, de El Universal, el deceso, el 22 de agosto de 1941:

D. Viliulfo González, dueño de las ganaderías de Piedras Negras y La Laguna, murió ayer accidentalmente en un coleadero. Con frecuencia se reunía en Piedras Negras un grupo de amigos del finado Don Viliulfo, con objeto de dedicarse a la charrería, ya sea dibujando manganas, tirando piales, coleando reses, etcétera, en cuyas faenas tenía gran habilidad el extinto ganadero, quien también conocía y practicaba todas las suertes del toreo. Ayer por la mañana se efectuaba una de esas frecuentes fiestas charras en el lienzo para colear de la hacienda de Piedras Negras, en donde estaban reunidos y muy bien montados, Viliulfo, en su primorosa yegua que él llamaba «Golondrina», retinta golondrina, y sus amigos, los señores Rubén Carvajal, ganadero de Zotoluca, Filemón Guevara, Gonzalo Iturbe, Lauro Sánchez y Miguel Zamora, y además, los caporales de la hacienda. Poco después de las once horas soltaron un toro para que don Viliulfo lo coleara y cuando la briosa yegua llegó encarrerada para pasar la res, esta se le «vareó» haciendo que tropezara «Golondrina» y cayera dando una voltereta con todo y jinete, quien quedó debajo del animal; este se levantó rápidamente, dada su clase, dejando a don Viliulfo tirado y privado de sentido. Inmediatamente bajaron de sus caballos los señores Don Rubén Carvajal y Filemón Guevara, quienes al acercarse al caído advirtieron que sangraba abundantemente por boca, nariz y oídos; sin pérdida de tiempo lo levantaron y lo subieron a un automóvil que los llevó a la población de Apizaco, en donde los esperaba el doctor Ramírez Flores, que fue avisado por teléfono. El citado facultativo procedió a inyectar al herido con aceite alcanforado para reanimarlo, pero todo fue inútil, don Viliulfo dejó de existir durante las primeras atenciones médicas que le fueron impartidas. En aquellos angustiosos momentos se encontraban ahí la esposa del finado señor González, Doña Delfina González de González, y sus hijas Marta y Magdalena, y los señores a que hemos hecho referencia y que tomaban parte en el «jaripeo». Se acordó regresar con el cadáver de don Viliulfo a Piedras Negras, lugar de su residencia. En la sala de la casa, se instaló una capilla ardiente donde está siendo velado el cadáver. La infausta noticia le fue comunicada por la vía telefónica a los hijos e hija del extinto señor González; Romárico, Javier, Raúl y Susana, quienes a bordo de un auto salieron de esta capital violentamente para la citada finca. Los funerales se realizarán en el panteón de la hacienda, donde reposan los ascendientes de los señores González, hoy a las cuatro de la tarde.

4. EL FIN DE LA ÉPOCA DE ORO. RUMBO AL TOREO MODERNO

Ahora comienzan los años del Amo Maco, el triunfador. La estrategia y el mando ya lo habían desarrollado los González. A Maco le tocaba cosechar lo sembrado así como mantener y mejorar ambas casas. Había en el campo cuatro camadas de machos por lidiar, herradas por su padre, y una todavía por nacer, de sus propios empadres. A partir de la nacencia de 1942 hasta la de 1953, él fue el responsable de Piedras Negras. El primer triunfo de Romárico fue la tarde del 22 de febrero en que Silverio Pérez cortó el rabo a Pescador, número 68, primer toro de esta casa que mataba el Faraón de Texcoco. Recurro de nuevo a la prosa sin par de mi amigo José Carlos Arévalo:

En aquellos años grandes del maestro (Fermín), le apasionaba lo que el novillero Silverio Pérez traía entre manos. Una utopía. La de su hermano, el malogrado Carmelo. Más que el parón, el toreo parado, sostenido, reunido y ligado. Y una inspiración de origen belmontino, trasvasada por el arte de retumbantes sonidos negros, que así era el arte de los gitanos abelmontados. Y ligando las suertes en redondo o de pitón a pitón. Y llorando con un quejido hondo, el del sentir que aparentemente desconoce la técnica de torear o sufre porque la olvida y porque el toro mata.

El gran «Compadre», azteca y español, decía Lara, el torero con la expresión absoluta del sentimiento de la fiesta en México. Porque siempre hemos sido distintos, y con Silverio esta diferencia se hacía más clara. El olé cantado tan nuestro, los saltos del público en el tendido el volar de los sombreros al ruedo, el vibrar de la plaza, parecen interminables en los trasteos que podemos admirar en las películas. Su forma de torear tanto en el toreo al natural, recostando la cabeza sobre su hombro en pases interminables, como en el toreo cambiado, cuando metiendo la barbilla en el pecho emergía cual volcán el trincherazo más sonoro de la torería nacional, provocaron el grito: “¡Asilveriarse o morir¡”.

 Manuel Horta, en el Excélsior, del 23 de febrero escribe:

«Armillita» se hizo aplaudir durante toda la corrida de ayer. Tuvo una tarde redonda el diestro de Texcoco, consagrado ya como un muletero emotivo y de clase. Decir cárdenos de Piedras Negras y acordarse de tardes triunfales para la vacada de Tlaxcala es la misma cosa. Parece que los de esa pinta se han encargado de mantener con orgullo los fueros de la divisa que tanto cuidó Viliulfo González. Ayer sin ir muy lejos hemos visto casta, alegría y estilo. «Andaluz», que correspondió a Pepe Ortiz, toro de bandera, fue ovacionado largamente en el arrastre. Fue uno de esos ejemplares que rara vez salen de los chiqueros. Bravos y claros fueron «Hortelano» y «Sandío». La corrida de ayer debe de tener satisfecho al joven ganadero Romárico González, encargado de velar por los prestigios de la dehesa. El tercero, «Pescador», cárdeno, de respeto, bien armado, sacó un lado derecho peligroso. Con un toro de temperamento y fuerza, Silverio Pérez cuajó en un palmo de terreno una faena memorable. Aprovechando a maravilla el lado toreable, se ajustó en forma tan honrada, templó tan soberanamente, expuso con tan diáfano valor que no pecamos de hipérbole al asegurar que ha sido la faena cumbre de la temporada. Faena de hondura y de mando. De temple y valor innegables. Dramatismo, saber, sello propio. Con media delantera fulminó al bovino y cortó la oreja y el rabo y dio tres vueltas al redondel.

En la temporada de novilladas del siguiente año sería indultado por Luis Procuna el novillo de nombre Arriero. El 9 de febrero de 1943, la tarde en que alternaba con Felipe González, Tacho Campos y Conchita Cintrón, novillada a beneficio de la Unión de Matadores, la relató Excélsior:

Los toros que envió ayer Piedras Negras han vuelto por los fueros del enemigo poderoso, encastado, y de trapío que sirve mucho más a los toreros para hacerse de una personalidad, que los becerros y utreros que restan emoción a las corridas. Los sucesores de Viliulfo González han alcanzado ayer un triunfo sonado. Hacía muchos años que el público en masa no indultaba un toro de bandera. Y ese honor fue para «Arriero», ideal en bravura, en estilo, en alegría, en nobleza, que aprovechó Luis Procuna para afianzarse en un sitio que iba perdiendo a ojos vistas. ¡Qué emocionante ese paréntesis cuando veinte mil espectadores hicieron flamear los pañuelos para pedir la salvación de ese cárdeno finísimo! El amo tlaxcalteca, aficionado ejemplar, hubiera llorado de alegría, y su hijo Romárico, al dar la vuelta al redondel, debió pensar sin duda en el hombre fuerte y sincero que le arrebató la muerte en un accidente trágico. El resto del lote merecía un capítulo largo, si tuviéramos espacio para escribirlo. «Canalejo» y «Cigüeño» fueron dignos hermanos de «Arriero», cuyo nombre ha recogido ya la historia de la tauromaquia en la plaza más máxima de América».

Arriero había nacido en abril de 1938, por lo que para la fecha de su lidia rebasaba ya los cinco años. Era hijo del semental Barrileto, nieto de Jarocho, que mencionamos en el capítulo anterior. La madre era de origen Saltillo, sin embargo, no de la «simiente», por lo que al toro, aunque padreó tanto en Piedras Negras como en La Laguna, no se le siguió un solo hijo como semental.

La última gran tarde en la plaza donde más triunfó esta casa fue la del 11 de febrero de 1945, después de haber lidiado cerca de mil toros, y que en breve sería derribada. La casa de Piedras Negras.

Después de seis años, el conflicto con los toreros españoles se arregló, en mucho por la intervención de Antonio Algara, empresario y ganadero que tenía la firme intención de traer a Manolete a México.

Pepe Luis Vázquez, Rafael Ortega y Luis Procuna alternaban esa tarde. Procuna había triunfado el año anterior al cortarle el rabo a Meloncito en una faena llena de color y valentía, y ese año volvía a tratar de refrendar su triunfo con la rojinegra. Pepe Luis no había triunfado todavía en la capital mexicana. La crónica del Tío Carlos, del 12 de febrero en El Universal dice:

Piedras Negras envió la mejor corrida de la temporada. El sevillano Pepe Luis cortó su primera oreja en «el Toreo» haciendo un faenón por naturales. Luis Procuna cortó oreja y rabo al sexto por un trasteo superior. «Gallito» bien en su primero, y fatal en su segundo, oyendo avisos. Una corrida pareja y brava de los González.

[…]

Sobre el ruedo, azotado por la borrasca, se volcaron impetuosamente dos faenas. Era un aire frenético de febrero empeñado en llevarse entre un torbellino la tarde de toros; pero el arte –en una de sus raras paradojas– había decretado que este segundo domingo del mes loco sería su fecha de asombros. Y no hubo viento capaz de impedir que las dos muletillas rojas avanzaran, como ondeantes banderas de gloria de cara al temporal… De rasgos clásicos la una, de líricos arranques la otra, las dos faenas tuvieron en común los mismos fervores de hazaña. Porque Pepe Luis Vázquez y Luis Procuna pusieron en sus toros la vida de por medio. ¡Solo diez muletazos! Lo digo con positivo asombro: solo diez muletazos bastaron a Pepe Luis Vázquez para cuajar lo más esencialmente torero que llevamos visto en la temporada. No lo más pinturero, ni lo más bonito, ni lo más dramático: no. Lo más esencial, entiéndase bien. Solo diez muletazos. Pero es que en esa decena de pases se fundieron toda la recia y eterna verdad del toreo con la izquierda y toda la íntima esencia alquitarada de la sevillanía; todo el valor impetuoso de un torero en trance de vida o de muerte, y toda la diamantina finura inmortal de lo castizo. Labrado de gracia impalpable sobre la dura cantera fundamental de los pases naturales. Le dieron la oreja. Con esta faena inolvidable de «Anillito», de Piedras Negras, ha venido a confirmar lo que hemos sostenido, que es un gran torero. Procuna es el heredero de Silverio Pérez. Dentro de la línea torera del texcocano que junta los pies y quiebra la cintura para alargar el pase y lograr la máxima cercanía de los cuerpos, se encuentra Luis. Un torero en el que se rompe la clásica pureza para descomponerse en el barroco de la angustia –Silverio– o en el barroco de la gracia –Procuna–; un torero deslumbrante como retablo de templo colonial; caprichoso y lleno de fulgores como un «castillo» de feria provinciana. Así fueron los pases por alto, las innovaciones del lasernista que Procuna ha traído, las manoletinas, los giros, los afarolados. Y junto a ese derroche de multicolor cohetería, los derechazos terribles jugando a la muerte y los pases de la firma, graciosamente imperiosos. Tal la faena de Luis Procuna a «Peregrino» de Piedras Negras. Oreja y rabo, siendo paseado en hombros por las calles. ¡Vaya una corrida que nos ha llegado de Tlaxcala!, sí, del calumniado Tlaxcala. Y precisamente de la más añeja de sus ganaderías. La corrida más pareja en presentación y bravura de esta temporada ha sido la que ayer envió la decano Piedras Negras al Toreo. Y en esta tarde, la linajuda ganadería ha vuelto totalmente por largos prestigios. Los seis toros fueron bravos. Con cierto sentido el primero, nobilísimo aunque débil el segundo, bravo el tercero, y extraordinarios cuarto y sexto, sin olvidar el quinto. Duramente y con codicia, pelearon en varas y llegaron al tercio final muy propicios. Cuando la multitud fue al palco del ganadero y levantó en hombros al joven heredero de don Viliulfo González, se izaba sobre el coso, para una nueva época la bandera triunfal de los toros de Piedras Negras.

Mejor dicho, imposible lo escrito por Carlos Septién García.

La última corrida de esta casa en el Toreo fue el 24 de marzo de 1946, alternando David Liceaga, Carlos Vera Cañitas, Juan Estrada y Angelete. Fueron siete toros cárdenos y un negro el octavo de la tarde, número 95, Zafreño de nombre, con el que se cerró el exitosísimo andar de la divisa roja y negra en la catedral del toreo en América. Se acababa una época política y social en el país. La jamás terminada plaza de Fernández del Castillo cerraba sus puertas, y junto con ello todo el ambiente que la rodeaba. Los paseos por las avenidas Durango y Álvaro Obregón, las tertulias con Pepe el Catalán, la visita a la Casa de la Bandida que estaba a dos cuadras, quedaban ya en el baúl de los recuerdos. Vendría ahora la modernidad. Los militares dejaban el poder y México iniciaba su gran etapa de desarrollo económico. Y el toreo también daría un giro. Había sido mucha la alegría, la explosión y la expresión de los últimos veinte años con Fermín y Garza al frente. Vendrían los años de la monumental Plaza de Toros México, de los cuales el primero fue iluminado por Manolete y por los últimos jalones de nuestra docena mágica. Poco a poco, estos astros, glorias del toreo nacional, irían disminuyendo su luminosidad y llegarían otros muy buenos toreros. Pero estos años de la Independencia, los de la época de oro del toreo en México, serían irrepetibles.

Neguib Simón inauguró la plaza México el 5 de febrero de 1946, con Luis Castro el Soldado, Manuel Rodríguez Manolete y Luis Procuna en el cartel, para matar una corrida de San Mateo. Piedras Negras debutó hasta la siguiente temporada, el día 15 de diciembre de 1946, alternando Armillita, Manolete y Alfonso Ramírez el Calesero. La empresa había anunciado un lote de Zacatepec, pero dificultades de última hora obligaron a Tono Algara a marchar precipitadamente a las dehesas de Romárico González.

Los de Piedras Negras pelearon con los de aúpa; fue un encierro disparejo en presentación, tamaño y bravura. Sobresalió el primero por su bravura y nobleza, y el quinto también por su bravura, aunque desarrolló casta. Era la tarde de Nacarillo y Fermín. La faena con la cual le daría las gracias el maestro de Saltillo a la casa de los González. Con esta gran tarde cerraría una increíble cadena de triunfos de una sociedad que fue muy fructífera y que dejó en el recuerdo del público y las páginas de la historia memorias y letras inscritas para siempre en el muro de la bravura mexicana. No de la torería ni de la fiesta. De la bravura que esta casa le entregó a Fermín y que él transformó en letra y ley, forma y fondo. Sobre ella cimentó el nacimiento del toreo mexicano como hoy lo conocemos. Forjador, base y columna del toreo, Fermín Espinosa Armillita Chico.

Nacarillo, número 37, cárdeno oscuro, un poco bizco del pitón izquierdo, fue un toro soso, y hasta muy soso, en los dos primeros tercios; tardo en la acometida, aplomado, llegó al tercio final punteando y gazapeando; y en este último sufrió notable transformación, a tal grado que después embistió, suave, noble y francamente. El Tío Carlos, escribió la siguiente reseña para El Universal, el 16 de diciembre de 1946:

Estamos ante la faena perfecta. Y no nos atrevemos a tocarla. Sería un desacato rozar siquiera el contorno venerable de sus mármoles. Sería una mancha el querer reducir a yerta medida la armonía de su arquitectura serena y triunfal. Y sería un atentado el querer desmontar el ensamble prodigioso de sus partes para someterlas a un estudio prosaico y vulgar. Mejor veámosla así, tal como la vimos desde el graderío sobrecogido de belleza, de clamor y de respeto. Mirémosla en toda su deslumbrante simetría; faena de arco y columna. Arco de pase natural, columna clásica. Arco que apenas muere, hace –de su misma muerte– brotar otro más gallardo y airoso, más limpio y audaz. Columna cubierta de oro, refulgente de espadas que lanza y soporta a la vez la gracia y el peso de su clásica arquería. Y mirémosla con toda la fuerza de su genuino valer. Veámosla hecha de los más puros y firmes elementos que la tauromaquia ha creado en siglos de lucha, de dolor y de triunfo contra los toros bravos; admirémosla como expresión sólida, cabal, perfecta, de la más rancia y la más limpia doctrina torera; esa que formaran y probaran en mil tardes de sol y de hachazos, los Romeros, los Paquiros y los Guerras; esa que sellaran con su sangre los Tatos y los Esparteros; esa que mantuvo en luchas de decenios a los Frascuelos y los Lagartijos. Esa que –en fin– hace hoy de Fermín Espinosa, como entonces de aquellos definidores de la tauromaquia, el torero en el que se depositan la mayor ciencia y la más ilustre escuela. Y gustémosla también, en su profunda y exquisita suavidad. Saboreémosla en esa delicadeza, en ese tacto, en esa gentileza con que arropó al endeble torillo de Piedras Negras que –nacido para seis naturales y una estocada– tomó dócilmente, transformando como una obra de cera calentada a fuego, el milagro eslabonado de esos 21 naturales inmortales. Gocemos de ese temple magistral y cuidadoso, exigente y esmerado con el que el torero fue «educando» al toro, mostrándole el camino del pase natural, enseñándole a embestir y a tomar con afán encendido la roja muleta, a repetir sobre ella el empuje, a graduar su marcha y su arrojo. Saciémonos en el aroma y en el sabor de este negro racimo soleado que es el fruto de un mejor Fermín Espinosa en la cumbre de su madurez. Y no toquemos la faena perfecta. Dejémosla allí. Y rompamos el asombro enmudecido para gritar a su autor con toda la pasión de aficionados sacudidos hasta la médula: «Torero, Torero, Torero». Torero, sí. Torero inmortal este Fermín Espinosa, de Saltillo, con el que México se incrusta triunfalmente en la historia del toreo universal.

Y sería el último, junto con Carlos Arruza, quien tendría años de grandes triunfos y se insertaría al lado “Manolete” y Domingo Ortega, en la cúspide del toreo español en la década de los cuarenta, con sitio y condiciones de figura del toreo. Como lo fue también en México. Con el tiempo, Juan Silveti, José Huerta, Manolo Martínez, Curro Rivera y Eloy Cavazos tendrían temporadas y triunfos importantes, pero sin constancia ni duración. Jamás se lograron incrustar en la fiesta española. El México independiente creó una fiesta puramente nacional, atractiva y rentable. Las ganaderías se multiplicaron y el mercado sudamericano sería nuestro durante muchos años. Pero la universalización se detuvo y nos quedamos en casa, recibiendo a las figuras españolas, plantándoles cara y peleando las palmas tarde a tarde. Pero allá ya no. México fue para los mexicanos y algunos españoles. Y con esto, el toro cambió. Se buscó el toro del arte, el toro fácil, de docilidad extrema, que llevó la ruta de la bravura por otro lado.

Piedras Negras siguió lidiando hasta 1970 en la México, pero ya no con la frecuencia ni en la cantidad con que lo hizo en el Toreo. De la inauguración en 1946, a 1995 que lidió hasta hoy su última corrida, mandó tan solo ciento noventa y un toros; pero de 1971 a 1981, así como de 1984 a 1994, no envió ninguno. De 1971 a 1995 tan solo lidió cinco encierros. El desdén de los empresarios por el toro encastado lo pagó Piedras Negras, en manos de Raúl, como también lo pagaron San Mateo y La Punta. Él se mantuvo firme en su concepto y lidió con éxito en provincia y en el extranjero, como lo veremos más adelante. Pero el cambio en los gustos de los toreros hizo que el público no pudiera volver a apreciar el espectáculo del toro bravo, que expresa su bravura con el peligro manifiesto que da la casta, con las dificultades que esto implica. Pero regresemos al final de la década de los años cuarenta a revivir las últimas grandes tardes de la casa madre en la Ciudad de México. Veinte años más de triunfos.

Los integrantes de la docena mágica se fueron retirando poco a poco y surgió un nuevo grupo que constituiría el puente de la época de oro a la modernidad. Antonio Velázquez, Luis Procuna, primero, y posteriormente Rafael Rodríguez, Manuel Capetillo, Juan Silveti y Jorge Aguilar el Ranchero, para terminar con Joselito Huerta, sería la generación de toreros que enfrentarían los toros de la rojinegra en sus tardes de triunfo en la monumental México.

El 28 de febrero de 1947, Antonio Velázquez arrancó un rabo a un Piedras Negras en una faena todo valor. De nuevo, apelamos a la pluma del Tío Carlos, en El Universal, del siguiente día de la corrida:

De las fuentes oscuras de la raza; de allá donde lo mágico palpita sorprendentemente bajo la sombra espesa de la selva y donde la mirada silenciosa del nativo es luz trenzada en tiniebla, arranca el destino misterioso de nuestros grandes toreros trágicos. ¡Qué bien se vio ayer esta estampa del arte mestizo de torear en la prieta figura de Antonio Velázquez! ¡Qué fatalismo de indio en sacrificio y qué ágil dominio de occidental en triunfo! ¡Qué humilde entrega del propio corazón y qué gallarda burla de la asechanza de la bestia! ¡Qué tiniebla en la entrega racial de cada cite y qué luz en la victoria de cada remate!… Selva y planicie; magia y ciencia; caverna y luz; natura y cultura. Y en la espuma del dramaturgo hervor de esta lucha, una figura que viene a situar su desgarbo, su borrasca y su corazón entre los grandes trágicos de nuestra tauromaquia: Antonio Velázquez «Corazón de León».

Amapolo se llamó el cuarto, número 62, de 426 kilos, cárdeno oscuro, vuelto de pitones. Orejas y rabo; cuatro vueltas al ruedo. Y la plaza era un grito inacabable de emoción, de alivio, de retribución a quien había sabido entregarse en cada muletazo. No transcribo la crónica puntual porque con lo escrito por Carlos Septién queda claro lo que sucedió en el ruedo. Un rabo cortado en la lucha por figurar y ser el número uno, sin importar la condición de un toro que vino a menos y vendió cara su vida. Sin embargo, la emoción de la faena ahí quedó en una tarde donde los dos mejores toros, segundo y sexto –sobre todo este, que correspondió a Procuna– fueron alegres, nobles y suaves para los de a pie.

Velázquez cortaría otro rabo a un Piedras Negras el 6 de febrero de 1949, fecha en la que alternó con Armillita, y última tarde del maestro con esta casa en la capital; y Jesús Córdoba, quien se llevó una durísima cornada. El Tío Carlos dejó plasmados los hechos:

Antonio Velázquez, torero toda la tarde, triunfó con sus dos enemigos cuajando un faenón al quinto. A ese toro le hizo una faena muy grande; tanto que con ella borró el cuento de que el toreo actual sólo es posible en terreno corto y anulando el primer tiempo de los pases. El torero citó de largo, adelantó la muleta, como hace mucho no se ve adelantarla a los toreros formados dentro de lo tradicional, lo cual quiere decir que marcó notablemente el primer tiempo del muletazo; empapó al animal en el trapo, lo hizo pasar templadamente en el segundo tiempo y lo despidió magistralmente en el tercero y último tiempo que el toro tuvo empuje suficiente para seguir el trazo de la muleta… Y esto repitió Velázquez una y otra vez, siempre con el mismo aguante de que hace gala cuando torea en corto y erigiendo en el tercio una soberana naturalidad y un espléndido saber hacer con fluidez y soltura. La oreja y el rabo, y todo lo que ustedes quieran, que con ello o sin ello, aquí está Antonio Velázquez, el mejor torero de hoy.

El toro fue Bandido, número 32, de 460 kilos, cárdeno oscuro. Astado muy bravo, muy noble, acabó sus días acusando suprema suavidad, no obstante que al salir de los toriles saltó al callejón y se astilló ambos pitones.

El 15 de marzo de 1954, es otra gran tarde para la ganadería tlaxcalteca, En El Universal, Josene escribe la siguiente crónica.

Rodríguez y Aparicio triunfaron con orejas, rabos y en hombros. El torerazo de Aguascalientes llegó a la cumbre de su carrera, con una tarde redonda en la que cortó oreja en un toro y todos los apéndices –otorgados por primera vez en esta temporada– en el otro, después de hacerle una gran faena con derroche de valor y de maestría. Aparicio dio estupendos naturales y armó un escándalo con ellos, aunque también con sus desplantes ante el toro y ante el público. «El Ranchero» toreó bien a un noble Zotoluca de regalo, pero durante toda la tarde anduvo totalmente falto de ánimo. Fue bravo en general el encierro de Piedras Negras; el primer toro se escapó al ruedo cinco minutos antes de la corrida, con la consiguiente expectación y sobresalto entre los pobladores del callejón. ¡Bravo, así se triunfa, Rodríguez! La base de los éxitos de Rafael, a lo largo de toda su historia taurina, ha sido su férrea voluntad, su indómito afán de vencer, su inquebrantable energía; algo tan seguro y tan firme como un camino llano, absolutamente recto; como una línea horizontal trazada a nivel; al nivel de la gigantesca decisión de un espíritu que quiere, tensamente, llegar a la meta… ¡Queda hoy cerrado, concluido, perfecto, el triángulo de la voluntad, el valor y la maestría de Rafael Rodríguez¡ ¡Quedó hoy plenamente trazada su figura de inmenso torero!

Queden ahí estas líneas de quien fue un inmenso torero, un torero macho, triunfador, que le pudo a todos y con todo. Los toros fueron Morcillero, el de Rafael, y Ratero, el de Aparicio, y fue la primera tarde triunfal de Raúl González al frente de su casa, en una tarde que su gran amigo Jorge Aguilar dijo no.

El 27 de enero de 1956 salieron en hombros César Girón y Joselito Huerta. Escribió Manuel Horta en el Excélsior el día siguiente:

El poblano cortó rabo y orejas oyendo ovaciones. Bronca, pitos y un apéndice para el diestro venezolano. Un lleno hasta el reloj, una competencia caballerosa en el ruedo, la consagración de una figura nuestra, la revancha de César que había tenido una actuación infortunada. En resumen: todas las emociones de la más bella de nuestras fiestas. Joselito Huerta, arrollador, con desbordada afición, ya tiene un sitio envidiable. Meteórica ha sido su carrera. Desde los surcos de Tetela de Ocampo saltó a la plaza de la Maestranza, donde ganó el doctorado. Piedras Negras mandó un lote fino de trapío, con los riñones bien cubiertos, bravísimo y fuerte. Todos acudieron fieramente al castigo, prodigaron porrazos a los del castoreño y llegaron a la muerte desarrollando genio. Magníficos por su estilo y claridad fueron «Talismán», para el que se pidió con insistencia la vuelta al redondel, y «Comodino», obsequiado por César Girón, nombre que enriquecerá la historia de esa prestigiada cantera de Tlaxcala. Ovacionados en el arrastre fueron «Luminoso» y «Pirrimplín». El sitio que ha conquistado César Girón en la fiesta tiene gran responsabilidad. La gente se metió duro con él. El panorama se ensombreció con «Pirrimplín», quinto de la tarde. Le llovieron almohadillas, lo increparon con gesto aterrador los inconformes. La bronca tomó caracteres inquietantes hasta que el diestro regaló un séptimo bovino de la misma ganadería. Lanceó a pies juntos, seguido de verónicas perfectas, cargando la suerte, abriendo el compás, dejando que los pitones rozaran su ropa tabaco y oro. Ya con el público en el bolsillo, brindó al músico poeta naturales largos, clásicos, sentidos y pases de vuelta entera que dibujaron círculos rojos sobre el ocre de la arena. Dos pinchazos y una estocada con travesía y media en buen lugar, cortando una oreja, recibiendo una ovación inolvidable y saliendo en hombros al lado de Joselito Huerta, revelación de 1956. Pero la consagración vino con el sexto, «Talismán», de 462 kilos, enlutado de pelaje, muy bravo, alegre y noble. ¡Cuánta emoción puso en su quite por verónicas, fundiéndose al enemigo codicioso! Brindó a toda la plaza, ligando un trasteo para las antologías. Clásico, profundo, de increíble maestría. Ayudados por abajo andándole al burel en forma indescriptible. Largos derechazos y naturales de cadencia insospechada. Molinetes entre los puñales, rematando tandas con la zurda. Siempre mandando sobre el bovino, pisando sombreros y entre sonoras ovaciones. ¡Torero! ¡Torero! Un natural de vuelta entera y otro, y uno más, provocaron la locura de la multitud.

Estocada, las orejas y el rabo.

En abril de 1956, Juan Silveti cortó dos orejas a Guerrista en una faena de mucha calidad, con la fineza que siempre tuvo. Toreo de la casa, del carril y gran amigo de Romárico. Amistad recordada y apreciada a la fecha, cuando al preguntarle por él, vi claramente cómo se le iluminaban los ojos la mañana que a puerta cerrada vimos por primera vez a Diego, su nieto, vestido de luces, matar un novillo de Jorge de Haro en la plaza de Juriquilla.

Ahora toca el turno a la tarde de Litri y Capetillo. El 4 de febrero de 1957, Manuel Horta, escribió para Excélsior:

Grandes faenas de Litri y Capetillo premiadas con apéndices. Ayer por fin, hemos visto a Miguel Báez «Litri» en todas sus dimensiones. Como un chaval lloró ante cuarenta mil espectadores, mostrando la oreja que había cortado por una faena del más puro arte y transparente clasicismo. «Dancero» se llamó el segundo bicho de la divisa tlaxcalteca rojinegra, pesaba 436 kilos y era cárdeno de pinta. El de Huelva brindó a todo el público, clavó los pies en la arena y sin enmendarse un milímetro, se pasó al de Piedras Negras en escultóricos ayudados por alto. Citó de largo, de tercio a tercio, se le arrancó «Dancero» y lo aguantó a ley para correr la mano en cuatro naturales. Otra vez citó de lejos, tornó a ligar portentosos pases con la zurda y barrió el lomo del enemigo en interminable forzado. Entonces se encendió la locura en el graderío. Entre olés y gritos se engolosinó el hombre, ligando derechazos perfectos y manoletinas viendo al tendido… y cuando completó la magistral arquitectura que a mi juicio ha sido la mejor de lo que va de la temporada, se volcó sobre el morrillo, caló al astado. Volvió a herir dejando una estocada hasta la gamuza, una oreja. Había triunfado en México, pero en forma rotunda y arrolladora. Los despojos del alegre bicho fueron aplaudidos en el arrastre lento. La perita en dulce salió en cuarto lugar. «Recluta» pesó 452 kilos en la báscula. Cortó, Manuel, dos orejas, dio vueltas al ruedo y sacó al ganadero. El entusiasmo tricolor pedía una corona de tabachines para el de Guadalajara.

Con el sexto, Guardacostas, Jorge Aguilar logró una faena muy emotiva, con largos, profundos y dramáticos derechazos, enroscándose al burel entre las piernas… naturales torerísimos, fue despedido entre fuertes aplausos. El Ranchero, el torero de Piedras Negras, casa en la que nació a la vida y la tauromaquia, nunca tuvo suerte con la rojinegra en México. Trasteos emotivos los tuvo por su propia forma de torear, llena del sentimiento que tanto gusta aquí, sin embargo, triunfó con toros de otras casas, La Laguna entre ellas. Torero de todas las casas de su tierra, derribador consumado, amigo y querido por todos, no fue su casa madre la que le daría los triunfos en la capital. Murió tentando en Coaxamalucan, en su casa, con su sangre, con su gente. Hoy su leyenda vive y crece todos los días, con cada vaca y cada toro que se lidia de esa tierra brava.

Con Capetillo mandaría Raúl una muy buena corrida en febrero de 1959; esta faena cumbre la brindó a sus detractores; el primero de la tarde fue Sonajero, un toro de estilo espléndido, de muy clara embestida y gran alegría, que acudió de lejos y tomó el engaño con admirable nobleza. Lo pinchó el de Guadalajara en una de sus muchas grandes tardes en la México.

El 5 de abril de ese mismo 1959, un cartel que se había presentado treinta y dos años antes el 31 de noviembre de 1937 en el Toreo: Lorenzo Garza y Luis Castro el Soldado, mano a mano con toros de Piedras Negras. Los toreros de don Antonio, ahora en su ocaso, con los toros de don Viliulfo, ya con Raúl. ¿Qué les habrá hecho matar esa corrida? ¿Por qué no una de los Llaguno, de los descendientes de Julián, que estaban en la cima de la ganadería nacional, de Torrecilla, la número uno en ese momento? ¿De José Julián, de Valparaíso? No lo sabemos. A Cupletero, cuarto de la tarde, Luis le cortó una oreja, y al quinto, Pajarito, Lorenzo le hizo una muy buena faena, aunque pasando después a la enfermería con un puntazo. Ambos toros recibieron el arrastre lento. El Excélsior del día siguiente publicó que:

… además de bravos y enjundiosos en su pelea con los montados, con el celo peculiar de su casta, los pupilos de don Raúl González denotaron condiciones magníficas, sobresaliendo su estilo claro, sin problemas, que se acentuó en cuatro de los estupendos ejemplares que ayer salieron al ruedo de Insurgentes.

El celo peculiar de su casta, «el Sobresaliente», firmó la crónica. Celo tan importante para la fiesta y su validez. Faltaba muy poco para que fuera desplazado por la graciosa entrega y la apasionada huida de muchos de los toros de nuestro país. Disculpará usted, maestro Alameda, el uso inverso de su frase.

Al año siguiente, el 1 de mayo, se dio la corrida por el noventa aniversario de la fundación de la ganadería. Así la reseñó Excélsior:

Brillante faena de Joselito fue premiada con una oreja. Grandes trasteos de Dos Santos pasaron incomprendidos. «El Ranchero» Aguilar dio una vuelta al ruedo en su primero. Justamente ayer se celebraron los noventa años del nacimiento de tan ilustre vacada. Ayer, todos embistieron con fuerza. Por su calidad, nobleza y gran estilo fue ovacionado en el arrastre el cuarto «Campeador» y fue muy bueno el sexto «Campiño», con el que realizó alegre y plástica faena el poblano Huerta.

Las dos últimas tardes triunfales antes del exilio de Piedras Negras de la gran cazuela, tuvieron nueve años de distancia entre sí: el 5 de junio de 1960 y el 11 de abril de 1969. En la primera alternaron Procuna, Rodríguez y Huerta; Rafael cortó dos orejas al segundo de la tarde:

«Caminante», negro, con 440 kilos, al cual le sacó «derechazos primorosos y apretados que frenéticamente premió la multitud. Rafael dibujó naturales eternos en cámara lenta, haciendo el círculo, con un aguante y una pupila que encendieron el círculo del fuego de la admiración en el graderío. «Joselito», muy tranquilo, muy puesto y vertical da derechazos mandones, aguantando las fuertes embestidas del tlaxcalteca que se revuelve en un palmo de terreno. Entre música y olés sigue «Joselito» por naturales, adornos del mejor gusto. El rabo.

Procuna se llevó una fuerte cornada: «el Berrendito de San Juan» no es un albañil del toreo, ni un burócrata rutinario y puntual. Como Rafael Gómez, como «Cagancho», como «Curro Puya», no es un torero de receta, sino artista que no puede modelar la obra si no le viene la inspiración indispensable. Marchoso como un gitano, supersticioso como un «calé» puede cuando menos se piensa, volver al pedestal o salir de la plaza bajo una lluvia de almohadillas. Ayer se colgó de los pitones y, a los gritos de ¡torero!, ¡torero!, fue llevado a la enfermería con las carnes desgarradas por los pitones de «Plateado» de Piedras Negras.

Ambas reseñas son de Manuel Horta para Excélsior, el 6 de junio de 1960.

La última tarde de Piedras Negras en el Toreo –ahora, de Cuatro Caminos– fue el 6 de marzo de 1966, con tres toros de La Laguna; estando en el cartel : Juan Cañedo, a caballo y a pie, el Estudiante, José Fuentes, y Paco Pallarés. La ocasión fue de triunfo para estos dos. Fuentes cortó la oreja a Danzante, al que toreó con suavidad, cadencia y arte. La última oreja de Piedras Negras en su plaza.

La última gran tarde de Raúl en México es de la mano de Curro Rivera. El Excélsior, del 21 de abril de 1969 se detalla la tarde:

Orejas, rabo y estoque de oro para «Curro» Rivera. Mauro Liceaga se llevó dos apéndices, y «Armillita» otro. Los toros de Piedras Negras propiciaron el éxito. Aunque los dos primeros toros manifestaron debilidad de remos y acabaron con poco gas, en general, el encierro de Piedras Negras propició el éxito que alcanzó esta corrida y don Raúl González merece los parabienes de los aficionados. Presentó un lote fino, parejo, de buen peso y precioso. Seis ejemplares cárdenos, de la misma pinta de aquellos ocho memorables piedrenegrinos, de los que se sigue hablando después de más de nueve lustros. Todos los que vimos ayer fueron bravos, empujaron con codicia en varas y en su mayoría, resultaron nobles en el tercio final, destacando el tercero, «Abejorro», el encastado «Pescador», que ocupó el quinto lugar, y especialmente el sexto, bautizado como «Soy de Seda», extraordinario por su bravura, alegría y estilo, siendo premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. Con el cuarto de la tarde, «Alamar» de nombre, se anotó un nuevo triunfo Manolo Espinosa. Entendió a su enemigo y lo toreó con tacto, con notable acierto, para conservarlo y poder sacarle el mayor partido posible. Ligó los derechazos que fueron en creciente tono de brillantez y calidad. Hubo mando, limpieza y hondura en sus naturales que hicieron caer sombreros a la arena. Los repitió citando de frente. Pincha a un tiempo y una estocada hasta la gamuza, enmedio de una algarabía indescriptible. Con «Soy de Seda», el magnífico y noble sexto ejemplar de Piedras Negras, «Curro» Rivera se convirtió en el ganador del trofeo en disputa… Una faena de escándalo, con cites de largo, con adornos de los suyos, con muletazos prolongados, sentidos, saturados de juvenil alegría, de personalidad, de contagioso entusiasmo. Derechazos enroscándose al toro, el trincherazo, naturales a ritmo lento y prolongado, cambio por la espalda. Arte, pinturería y gracia. Dos orejas y rabo. Y el ganadero de Piedras Negras, don Raúl González, participó merecidamente del triunfo, dando la vuelta al ruedo.

El toro fue premiado por la casa Domecq como el mejor de la temporada. Con la tecnología actual es muy fácil acceder a videos de muchas faenas históricas. Yo vi a Soy de Seda. Faena exacta, sin un pase de más ni de menos, minutos muy intensos y el último gran triunfo de Raúl y la ganadería en la capital.

En enero de 1970 matarían en mano a mano Ángel Teruel y Curro la última de esta casa, antes del primer gran paréntesis.

5. EL EXILIO

Veamos primero un poco de números de la plaza México, gracias al análisis de Antonio Villanueva Lagar, publicado por Bibliófilos Taurinos de México en su Colección de Lecturas Taurinas, La trayectoria ganadera en la Plaza México (1946-1999). En ese periodo, Piedras Negras lidió ciento noventa y un toros, y fue la séptima ganadería que más bovinos envió al coso de Insurgentes. La Laguna ostenta el tercer lugar, con doscientos sesenta y tres toros lidiados, y Torrecilla el primero, con trescientos uno. Si reducimos el periodo de análisis haciendo un corte en el año de 1972, La Laguna es la que más lidió, seguida por Torrecilla, Tequisquiapan, Coaxamalucan, y Piedras Negras está en quinto lugar. En los años que lidió con constancia en la México, solo la superaron en orejas cortadas Torrecilla que es la número uno con 78 orejas y Tequisquiapan con 51. En cuanto a rabos es la tercera en la historia de la plaza con 8 rabos, renglón que encabeza de nuevo Torrecilla con 15 seguida de Pastejé, que lidió muy poco, con 9. En toros de vuelta al ruedo San Mateo es la líder de aquellos años con 6, seguida de Torrecilla con 5 y Piedras Negras con 4. En arrastres lentos, de nuevo en los años que lidió continuamente, es la número uno con 11, seguida de Torrecilla con 7 y San Mateo con 6. ¿Qué pasó en los siguientes años? Desde mi punto de vista, la fiesta pasó de una película a colores, con matices, emociones, calidez y variedad, a una filmación en blanco y negro. Semejante, llana, sin diferencias, que olvidó su pasado heroico y trágico, para convertirse en una igualdad pasmosa. Un blanco y negro, luminoso en muchas tardes, pero gris en muchas otras. Monótono. El toro que pidieron las figuras en la modernidad de la fiesta nos llevó a este extremo, y la independencia real, absoluta, que habíamos logrado, conquistada por toreros diferentes y toros de distinto comportamiento, tuvo como consecuencia la tiranía de la homogeneidad. Habían desaparecido las ganaderías de encaste Parladé-Murube. La Punta y Pastejé dejaron de existir ante la exigencia de bajar la casta y la edad de los toros. Paco Madrazo prefirió matarlos que traicionar su concepto. Piedras Negras y la propia San Mateo se quedaron solas en el mar de la bravura. Cada una con su forma, concepto y comportamiento. El mismo que habían tenido siempre y que las hizo distintas aun proviniendo de la misma sangre: Saltillo. En las plazas se distinguían sin duda una de la otra, e increíblemente también de sus hermanas, Torrecilla y La Laguna. La selección de cada casa era con notoriedad perceptible en el ruedo. Los toreros lo sabían y escogían sus preferidas. La similitud quitó la variedad y la emoción distinta que permitía triunfos al valor y la genialidad, al poder y al arte, dejando las posibilidades de éxito únicamente a quienes –ganaderías y toreros– cabían en la simetría de las faenas modernas. No había conciliación posible. Igualarse o morir. O buscar mantener por sobre el valor comercial y la sanidad financiera de las ganaderías un concepto vivo en ahora ya tres siglos: la bravura. Piedras Negras lo mantuvo y se aisló. San Mateo siguió siendo fuente de bravura para otras casas, sin embargo, su presencia en las plazas disminuyó.

La faena de Mariano Ramos a Timbalero de Piedras Negras el 21 de marzo de 1982 representa hoy una faena de culto; si hubiera sido todavía en la década de los cincuenta no tendría la relevancia histórica que tiene hoy. ¿Qué pasó esa tarde? Piedras Negras tenía más de diez años de no lidiar en México, a excepción de la tarde del 11 de enero de 1981, en la que Pepe Luis Vargas cortó una oreja al toro de su confirmación por una muy buena estocada, y Curro Rivera y Mariano Ramos desorejaron al tercero y al cuarto. Esa tarde, la de Timbalero –dice Francisco Lazo, cronista del diario Esto–: Mariano «unió de manera brillante el toreo de ayer y hoy. Una lidia a sangre y fuego. Un toreo temerario pero lleno de belleza y emoción». Eso fue lo que pasó. Timbalero logró llevar a la plaza no solo la belleza que sin duda había en el blanco y negro nacional, sino el color de la emoción que da el peligro, el peligro que emana de la bravura cuando esta no se va solo por el camino de la nobleza. Cuando se manifiestan la fiereza, la casta que además, debe tener la bravura como expresión máxima de las dos cualidades juntas. Nobleza y acometividad constante, con la latencia inequívoca de la tragedia, si el lidiador, el torero, el artista, no resuelve el misterio adecuadamente. Continúa Lazo:

«Timbalero» tenía mucho sentido y poder, que le daba su edad, lo que fue incrementando mientras avanzaba la faena. Bravo peleó en la caballería, queriéndose ir en el primer puyazo, pero volviendo pronto a pegarse al peto, a empujar a despecho de la herida. Arremetió con fuerza a los capotes y Mariano le ligó siete lances entre verónicas y mandiles, para rematar en el centro del anillo. Con la muleta desarrolló pronto sentido, mucho, ligado a la aspereza natural de su temperamento. Probaba y buscaba embistiendo, que no es lo mismo que pasando solamente.

La gente veía, después de muchos años y para algunos por primera vez, un toro con muchos defectos, pero embistiendo, atacando, acometiendo, no dejando en la estética del torero toda la responsabilidad de la creación de la obra. Esos toros del blanco y negro también tienen la capacidad de descubrir a quienes no tienen la solvencia para resolver el problema que plantea la monotonía.

Luego se quedaba por las espinillas y tiraba el derrote o se iba de plano sobre el torero, ignorando la muleta. Era un mal pájaro para lidiar y matar rápidamente además. Mariano le dio primeramente pases para medir el viaje. Le pasó luego en ayudados y al tercero tenía por el cuello los pitones de «Timbalero». Se dobló entonces, tres, cuatro veces en breve lidia para no quebrantarlo del todo y con tal maestría que corrigió uno de los peores defectos que no fue resuelto en la puya: el alzar la cabeza constantemente. De ahí pasó Mariano a ligar una serie de naturales con mucho temple y de tal ejecución que resultaron artísticos, solo que no se entregaba el toro y volvía a las andanzas, probón.

No he querido quitar una palabra a la crónica, porque de estas faenas, de los setenta para acá, hay muy pocas. Al público se le privó de este espectáculo y del que también dieron los toros de esta casa cuando salían con todas las cualidades propias de su selección y encaste, no solo con la cantidad completa de defectos que tuvo Timbalero.

Nuevos muletazos de castigo para volverle a sacar ayudados tersos, en series de dos o tres emocionantes por el peligro constante de la res que se revolvía y peleaba descompuesta. Y todo eso entre el tercio y los medios, allí donde «Timbalero» se sentía más a gusto y donde Mariano hacía alarde de valor dando mayor relieve a su faena. En el centro del ruedo entró a herir, dejando tres cuartos de acero en todo lo alto que hizo bambolear de inmediato al toro, que se aferraba a la vida y aún buscó al hombre vestido de luces para caer espectacularmente. López Anaya otorgó una oreja. La depositó Mariano en la arena.

Esta faena la recuerdo vívidamente, fue la primera en mi vida de aficionado en la que vi un hacer distinto. La bronca al juez no la comprendía. «Si no toreó bonito, si no toreó como siempre –pensaba yo y lo comentaba con Oscar Meade, con quien disfruté esa y muchas tardes–, ¡no entienden nada, ni el juez, ni el público! ¡La faena es histórica! –decía molesto mi gran amigo después de la corrida». Y así fue, mi querido Oscar, hoy se cantan las historias de Timbalero y Mariano, porque son las que más cerca quedan de esas tardes, donde la emoción, la técnica y el valor tenían la misma relevancia que la simetría exacta y monótona de la fiesta en blanco y negro.

En 1983, Raúl lidió una corrida más. Y no volvió sino hasta 1995 con dos corridas, las últimas que llevaría a la plaza grande.

David Silveti y Miguel Espinosa Armillita, decidieron matar una corrida de Piedras Negras en un gesto de honor a sus apellidos, a sus dinastías.

Los toros de Piedras Negras provocaron expectación, de eso no hay duda; no se comieron a nadie. Sin embargo, el interés en volver a ver esta famosa divisa tlaxcalteca, con colores rojo y negro y propiedad de Raúl González, queda [de] manifiesto en el casi lleno que registró el coso de Insurgentes. La memoria colectiva no olvida. El grueso del público nos dio la impresión, llevaba otra idea en la mente de que los bureles se iban a comer a los toreros. No fue así, reiteramos.

Así inicia la crónica de Guillermo Salas para El Universal, de la corrida del día 15 de enero de 1995. Oscar Higares, que completaba el cartel, cortó una oreja por una estocada y el público estuvo en extremo duro con los mexicanos. Recuerdo que la corrida caminó toda, con poca emoción, sin la dureza esperada y esto puso a la plaza en contra de David y Miguel, quienes pagaron el costo de la «igualidad» de tantos años. La gente quería guerra y emoción, y seguro estoy de que ellos dos la hubieran dado, pero esta tarde los piedras dijeron: «no hay».

Dos meses después se lidiaron los hermanos de camada de estos, solo que más hechos, más ofensivos y con otro comportamiento. Cosas de la vida o de los veedores. Humberto Flores, Eulalio López Zotoluco y Rafael Ortega, con Eduardo Funtanet, por delante, conformaron el último cartel de Piedras Negras en la México el 5 de marzo de 1995. Flores cortó la oreja de Flor de Nácar, lidiado en cuarto lugar, toro muy en tipo de la casa y el mejor de la tarde.

Con Arturo Gilio y Reportero, toro de regalo, se cerró el brillante historial de esta casa en la México. El de Torreón hizo una faena alegre, con muletazos estupendos, y cortó una oreja.

Este es el recorrido, de Nacarillo a Reportero. Ciento noventa y un toros lidiados en la gran plaza, a donde la rojinegra no va desde ese año, hace ya diecinueve.

Me he concentrado en las crónicas de la Ciudad de México, y me quedé con muchas cosas en el archivo. Sin embargo quisiera tan solo recordar la tarde de gran éxito en Colombia, la tarde que allá llamaron «la corrida del siglo». La crónica, que transcribo, casi íntegra, es de José Arturo Díaz Reyes:

Cañaveralejo, 1º de enero de 1972, sol, calor y lleno. Siete toros mexicanos de Piedras Negras; 7º regalo, en Saltillo, nobles y bravos todos; indultados 1º y 6º, «Postinero» y «Pluma Blanca», vuelta para 3º y 4º, los otros tres ovacionados. Pepe Cáceres, dos orejas y dos orejas simbólicas. Palomo Linares, oreja, palmas y dos orejas en el de regalo. Eloy Cavazos, oreja, con fuerte petición de otra, y dos orejas simbólicas.

Pepe Cáceres. No brindó. Al público se le había ido pasando el rencor, pero al parecer a él no. Sin preámbulos, en el tercio, de frente se cruzó con el toro, erguido, lo citó de una vez por naturales, nada de pases de tanteo, con la espada en la derecha, tras el cuerpo y la izquierda por delante balanceando el estaquillador en la punta de los dedos, estremeció el trapo y el animal se arrancó tras él a galope, y lo siguió, y lo siguió, y lo siguió codicioso, pero sin tocarlo. Solo girando sobre su pie derecho clavado a la arena como la punta de un compás, Pepe dio veintiún naturales bajos, cargados, lentos, largos, majestuosos, ligados en tres tandas de siete, sin enmendar el terreno y todas tres rematadas con el forzado de pecho pa’dentro. Después de la primera, casi todo el público olvidó los agravios, la bronca, el pasado y la sinrazón. La banda de músicos, alebrestada, suspendió el pasodoble y sopló, a todo pulmón, el «Bunde tolimense».

Sol general peló el cobre del nacionalismo y la plaza vibró, tras cada pase, con olés retumbantes. Pepe no levantó la mirada, no sonrió, solos el toro y él se trenzaron en una brega en la que uno no paraba de embestir y el otro no paraba de cargar las suertes de su largo repertorio. La faena siguió, «in crescendo», más allá del reglamento. El público comenzó a pedir indulto, la cosa continuaba, la petición se generalizó, discusiones en el palco presidencial; ¿perdón o aviso? Apremios en el callejón y en el tendido, pañuelos blancos, griterío. El indulto para «Postinero». Sí. Apoteosis. Las dos orejas simbólicas, la locura del público. Entre clamor y música, él, caminó ceremonioso, frente a la barrera se inclinó, recogió mi sombrero, y siguió con él en la mano, dando la vuelta despacito, en medio de aplausos, flores, prendas, y gritos de ¡torero! ¡torero! Sin alardes, sin concesiones, tan enfurruñado como sus recalcitrantes detractores que rumiaban amargura objetando el triunfo.

Con el cuarto, «Soy de seda», Pepe arrasó a sus malquerientes, crecido, toreó más y más, para sí, soberbio y jaleado mostrando la casta del animal. Repitió su apoteosis del primero y aunque no hubo indulto, con capa y muleta, esculpió una obra de arte, en esa piedra del clasicismo sobre la que había levantado el credo «cacerista». Remató con estocada perfecta, como pocas veces, que le valió las dos orejas y dos vueltas al ruedo. Pero ni así se contentó con sus malquerientes.

Eloy Cavazos, diminuto con su toreo barroco, alegre y tan mejicano, puso la plaza pata arriba, hizo sonar los corridos rancheros, en medio de furiosa petición de dos orejas recibió solo una, que tiró al suelo, y arrancó ruidosa vuelta al ruedo por el otro lado.

Eufórico, se superó a sí mismo con el quinto, «Pluma Banca», bravísimo, motivando su indulto para recibir trofeos simbólicos en medio del delirio, los sones de «Adelita» y el coro ¡Méjico! ¡Méjico!

Palomo Linares, capaz de cualquier cosa por no dejarse ganar, armó un escándalo con su toreo valiente, tremendista, de rodillas, de desplantes, pero con la espada malogró la faena del tercero. El ídolo de la grey palomista, que tantos feligreses apacienta en Cali, picado, vehemente al ver que en un cartel trinacional, España, representada por él, quedaba en minusvalía, se arrimó como un poseso y arriesgó todo en el sexto, para terminar, otra vez, tardando con el estoque y recibir solo una oreja. Con desesperación pide otra oportunidad y permiso para lidiar el sobrero que, fiero, parte plaza y remata contra el burladero arrancándose el pitón derecho por la cepa.

Frustración y rabia. Definitivamente no estaba de suerte Sebastián. En gesto de hombría hace toda la faena a milímetros del indemne pitón izquierdo, el trasteo es impecable, pero la estampa del toro, con la cara y el muñón del cuerno ensangrentados, impide que haya emoción diferente a la compasión por el animal. Mata en sitio, y recibe dos orejas del maltrecho.

De los siete cárdenos Piedras Negras que abrieron el año, tres fueron aplaudidos en el arrastre, dos dieron la vuelta al ruedo y dos se fueron indultados. Como en los viejos carteles: 7 toro bravos, 7.

Cavazos fue poco afecto a matar toros de la rojinegra. En toda su vida de torero tan solo mató veintisiete toros entre los más de dos mil que llegó a estoquear. Al lado de Manolo Martínez, quien en su carrera mató treinta y nueve ejemplares de esta casa, y de Curro Rivera, que únicamente mató doce, fueron factor principal del exilio de la casa de las principales plazas. Los tres baluartes de la época moderna del toreo en México.

6. LOS ÚLTIMOS AÑOS Y EL FUTURO

Hemos llegado al final del viaje a través de los carteles y las crónicas con corridas de esta casa que ha estado viva y en manos de los González al paso de tres siglos. En ellas hemos podido leer el desarrollo de la fiesta en México, de la cual Piedras Negras ha sido integrante fundamental. Hemos hablado de todas las figuras de cada época; encontramos descripciones maravillosas que claramente reflejan los distintos momentos del toreo, su ejecución y la valoración del toro.

La ausencia de Piedras Negras en las plazas de la capital en los últimos veinte años no la podemos obviar. Los toreros mexicanos de la época moderna marcaron con claridad gustos y preferencias, además de que la independencia taurina lograda en los años treinta, y sostenida hasta la retirada de Manolo Martínez, se fue perdiendo poco a poco, siendo los toreros españoles una necesidad imperiosa para llenar la plaza o al menos para generar una buena entrada. La figura española no viene ya a hacer temporada. Se contrata por una o dos corridas en la México y, excepcionalmente, algunos matadores de gran imán taquillero firman algunas tardes en cosos de importancia en el país. No existe una rivalidad cara a cara con ellos, pues no hemos tenido quien tenga la fuerza en los despachos, que emana de la taquilla, para tratar de imponer alguna condición en los enfrentamientos. Y los españoles ni tienen por qué, ni quieren buscar en el campo un toro con un comportamiento distinto que brinde otro tipo de espectáculo; y los mexicanos, a su sombra, se han ido acomodando. Hoy, Joselito Adame, Arturo Saldívar, Diego Silveti, Juan Pablo Sánchez, integrantes de nuestra nueva generación de toreros, están haciendo algún intento por lidiar corridas de ganaderías de encaste Parladé, que volvió a México a finales de los años noventa, como un contrapeso o como una gesta para diferenciarse de quienes hoy mandan en México. Pero tampoco ellos han volteado al encaste de Piedras Negras. ¿Tendría algún sentido? ¡Claro que sí! Las últimas dos corridas lidiadas por Raúl en 1995 demostraron en la taquilla que hay interés por ver este tipo de toros. Los triunfos logrados en provincia en los últimos años lo justifican. El nombre y la historia no se olvidan. El público los vería con gusto, y admiraría sin duda a nuestra primera línea, si los enfrentara en la gran plaza. Sin embargo, la leyenda entre los toreros sigue pesando y estos no la piden. Ya no existen vetos derivados de luchas entre ganaderos, eso se perdió hace muchos años con la multiplicación de las ganaderías, donde en muchos casos, el objetivo puramente arrogante es, para algunos ganaderos, lidiar en México con una figura española en el cartel, en búsqueda de obtener, como diría mi amigo Ramiro Alatorre Rivero, «una importancia muy mediocre».

En los años de Marco Antonio González ha habido tardes muy importantes en Guadalajara. De la del 16 de marzo de 1997, apunta el estricto crítico Francisco Baruqui lo siguiente:

Piedras Negras ha venido a Guadalajara con una corrida de toros; y entre estos toros, los de más peso, sobrepasando todos los 500 kilos, acusaron condiciones de excepción para brindar la posibilidad de triunfo. Encierro que cumplió en caballos, metiendo los riñones y empujando con enjundia al penco, cuando severamente castigados, hay que ver la sangre que se les hizo, llegaron al último tercio con nobleza, clase y recorrido y estilo de primera. Destaco por sobre todos los últimos cuatro, y por sobre de ellos ese extraordinario quinto, un toro de vacas que por su fijeza y bravura recibió los honores del arrastre lento. Mi enhorabuena al criador de la divisa rojo y negra que con una tradición histórica y en una plaza del fuste de la tapatía vuelve por sus fueros, y a reverdecer viejas glorias… ¡Hay figurillas que repudian los piedrenegrinos acostumbrados al becerrote afeitado! Pepe Murillo, Arturo Díaz «el Coyo» y Carlos Alberto Barbosa alternaron esa tarde, cuya crónica se titula: «Piedras Negras por sus fueros».

Baruqui lo anota exacto. Simplemente el toro de Piedras Negras no estaba en el camino de los toreros de ese momento.

Tres años después, con el indulto de Forjador, de manos de Rafael Ortega, el 5 de noviembre del año 2000, Piedras Negras volvió a triunfar en el coso construido por Leodegario Hernández. Faena de la que Baruqui escribió en El Informador:

El piedrenegrino tuvo nobleza, calidad, fijeza y buen estilo, estando muy por encima de su toreador, que no matador, pero sin entregarse a fondo en el caballo, llegando a la muleta por un solo lado, el derecho, cuando por el izquierdo no se empleaba, habría sido justo reconocimiento a sus condiciones un arrastre lento y hasta extremosamente la vuelta al ruedo, pero de eso a indultar…

Estos éxitos no tuvieron repercusión. En los años recientes, triunfos inobjetables en Tlaxcala con toros verdaderamente bravos adecuados a las faenas de hoy no han sido suficientes para que nuestra torería los pida. Hace unos días vi en Santa Ana Chiautempan el indulto de Joronguito, un toro bravo y noble que formaba parte de un lote que hubiera sido de triunfo en cualquier plaza del país, por su trapío, edad y comportamiento, como lo fue también el de hace dos años en San Francisco Ixtacamaxtitlán. Pero esas plazas no son la México.

Al paso de tres siglos, desde el año de 1882 en que encontré la primera corrida anunciada en el área de la capital, Piedras Negras mandó a las plazas de la Ciudad de México: mil cuatrocientos cincuenta y cuatro toros y seiscientos ochenta novillos; dos mil ciento treinta y cuatro machos, cantidad que, creo, ninguna otra casa alcanzará en la historia. De los toros lidiados tengo en mi archivo las fechas, los carteles y casi todas las crónicas. El dato de los novillos lo obtuve de la mejor investigación que existe respecto sobre la historia del toreo en México, que es la de don Heriberto Lanfranchi; maestro a quien se le debe un gran homenaje. Desde aquí mi agradecimiento y admiración.

Piedras Negras es una ganadería muy corta, muy seleccionada, como lo son las otras pocas que mantienen en pureza la sangre original: De Haro, Xalmonto, Tepeyahualco, Gonzalo Iturbe, Javier Iturbe y Tenexac. Y si revisamos los resultados de las últimas corridas de estas ganaderías, confirmaríamos que el encaste está vivo y a la altura de cualquiera otra. Sin embargo, la bravura complica todo. Transcribo parte de una conferencia de Antonio de Haro en el año 2013, en la ciudad de Puebla, donde quedan claros varios conceptos que se integran o complementan perfectamente con los expresados por Lubín y por su abuelo, Viliulfo, ochenta años atrás:

En la actualidad y por paradójico que parezca, el verdadero toro bravo se ha convertido en el principal enemigo de la fiesta brava, porque cuando este aparece en las plazas se acaba el actual negocio en el que se encuentra soterrada la tauromaquia nacional. La bravura es el único elemento que debe prevalecer intacto en la tauromaquia del país.

Por desgracia, en la fiesta taurina en México, esa característica de la bravura en el principal actor del toreo se ha reducido a su mínima expresión y ello tiene dos motivos y una simple justificación: el negocio y la comodidad, que llevan a desembocar en las ganancias económicas. Cuando sale el toro verdaderamente bravo se acaba todo, incluso el torero, porque algunos toros bravos han acabado por retirar a uno que otro torero. Mientras el toro es más bravo también el caballo es más grande, el peto es más gordo y la puya más larga y gruesa, las trampas de los picadores se pulen. El toro bravo es un mal para la fiesta, porque ojalá saliera el toro mansito que con un pellizco está listo para ser lidiado, pero eso no es la esencia de la fiesta, no hay emoción. A lo largo de los últimos años, los empresarios y la gente del toro han llevado a reducir al mínimo la bravura de los toros, con la finalidad de que les reditúe mayores dividendos, porque, cuando hay un astado bravo, los médicos trabajan más, se necesitan pagar más pólizas de seguros, necesitan asegurar la existencia de quirófanos, y eso es dinero. Pero también los profesionales, o mejor dicho los que viven de la fiesta brava, cuando el toro bravo aparece en las arenas, la pasan mal, ya que las cuadrillas (subalternos, picadores, monosabios) sufren más, y lidian peor; cuando están con novilleros o jóvenes que apenas empiezan, los peones transmiten pavor, la pasan mal. Entonces el toro bravo se convierte en un mal para la fiesta, hasta maldicen: ¡pinche bravura! Mientras más bravo es el toro hay menos orejas, hay menos triunfos, pero cuando los hay, son contundentes y de lanzallamas. La bravura desgasta. Por ello, la bravura es un mal para la fiesta, porque no hay negocio, hay más exigencia. Es preferible la bravura y la integridad de los astados por encima de lo comercial, aunque eso represente no vender, no vivir de esto y que nos cueste mucho dinero, pero esto es un gusto, una vocación.

Sin embargo, no todo está perdido y en ese túnel de la monotonía del toro que se le ha llegado a etiquetar como «manso menso», hay una luz, centrada en esa esencia llamada bravura.

No hemos perdido la batalla, porque si bien la bravura en el toro es un mal para la fiesta, este mal es necesario, porque es esencial para su subsistencia.

Lo más importante en una plaza es la transmisión y la emoción y eso lo da la bravura; cuando hay la sensación en el ruedo de que algo importante va a pasar, la gente queda impregnada y regresa, lo que no ocurre en otro espectáculo. Por eso hay que regresar a la esencia de la fiesta del toro que es la emoción, y esa sólo la da la bravura, aunque con ello acabemos con las carreras de algunos toreros o personajes que viven de esto.

Pocos se atreven a expresarlo así, además de respaldarlo con el comportamiento de sus toros en la plaza. El resultado de esta verdad son los largos años en que estas casas no han ido a la Ciudad de México. Parece que los vientos cambian y los triunfos reiterados en provincia están haciendo que los toreros y las empresas volteen hacia acá. Y también la necesidad de los jóvenes de obtener un triunfo resonante que valdría oro con toros de un encaste que mantiene su autenticidad original. Ya veremos…

Rematemos ahora la faena con el concepto de la bravura, que está presente en todas las crónicas que leímos, con distinta expresión en cada época. Ese concepto que aquí no se perdió y se sigue conservando. El del toro de Piedras Negras. Vamos a analizar la frase que hoy en día es bandera y ruta de Marco Antonio González: «¡La bravura por delante!».

IV. « ¡LA BRAVURA POR DELANTE!»

A lo largo de estas líneas hemos leído crónicas de un periodo de más de cien años, y en ellas podemos distinguir claramente el cambio en la apreciación de la bravura en la medida en que el toreo ha evolucionado. Piedras Negras participó como actor principal en este cambio vivo y continuado, descrito en las crónicas de las corridas en las que se lidiaron toros criados por los González en la capital de la República.

Comenzamos con la fiesta donde en la suerte de varas se le exigía al toro la acometividad suficiente para acudir al cite ocho o diez veces, en las cuales recibía infinidad de lanzazos, sin recargar en ninguno de ellos. Se apreciaba la boyantía del toro para ir una y otra vez a los montados, cuya mayor habilidad era la de ser buen jinete y saber apretar el brazo para defender la cabalgadura, no siempre con éxito. El tercio de varas tenía una duración desproporcionada respecto al total de la lidia. Imaginemos el tiempo que se tardaban en llevar al caballo al burel, sacarlo, hacerle un quite o dos en algunas ocasiones, volverlo a poner, y así hasta diez veces en ciertos casos. Pero siempre, al menos en tres. Con la cantidad de caballos que morían se requería ir a los patios a montarse en otro jamelgo y volver a salir. La mayor parte de la lidia del toro se concentraba en este tercio. A continuación venía el tercio de banderillas en el cual casi todos los toreros eran hábiles y artísticos exponentes y ante quienes el toro tenía que seguir acometiendo. La faena de muleta era exclusivamente un momento para parar el toro y poder volcarse sobre él. Del torero: destreza, valor e inteligencia; del toro: pujanza y fiereza eran las cualidades más apreciadas. En nuestro país, en el toro poco aparecían estas cualidades. Los criadores, todos, buscaron en sus hatos de ganado criollo aquellas reses que mostraran algún intento por atacar, pero al tiempo se dieron cuenta de que esto no iba a ser suficiente. Que la bravura, sin importar la época en la que nos situemos, no es una condición natural. El instinto de ataque o la capacidad de defensa de cualquier animal dura hasta que se ve avasallado por su contrincante y el resultado final, al que se llega muy pronto, es la huida.

Había que buscar y encontrar el elemento que evitara la fuga del animal de la pelea que se le planteaba para lograr mantener la emoción a lo largo del espectáculo. Y esto se hacía cada vez más necesario, en la medida en que, de acuerdo a la evolución de las distintas tauromaquias, se dejaban de usar los pies y burlar al toro, para ahora usar los brazos para parar y templar la embestida.

En su primera etapa, Piedras Negras incorporó toros españoles a la ganadería con el afán de buscar el poder y la constancia que da la casta. Y lo logró casi de inmediato en un entorno donde la mansedumbre abundaba. Sin embargo, lo importante de este paso para Piedras Negras fue fijar un concepto propio: el toro tenía que ser bravo para el caballo, parte central del espectáculo en la plaza. Y José María lo inició y lo logró en los primeros veinte años de cruza con ganado español. Como vimos, tomó mucho tiempo, pero consiguió fijar esta condición. La bravura en los toros de la divisa de los González fue reconocida de inmediato por la crítica, el público y los matadores, por lo que en esos años iniciales, esta ganadería fue sin duda la primera en el país.

La evolución en la ganadería nacional no se detuvo, y la influencia de los toreros españoles, al entrar el siglo veinte, fue fundamental. Guerrita, que no vino a México, impuso en su tierra condiciones a los ganaderos, mismas que en mayor o menor medida se empezaron a aplicar en México, respecto a trapío, encornadura, peso, edad y sobre todo, comportamiento. Pasamos de la etapa en que el toro determinaba las formas del toreo a la nueva, en la cual será el toreo el que obligue la selección del toro y su desarrollo futuro. La adaptación inmediata y el buen manejo de la sangre de Saltillo, tanto en Zacatecas como en Tlaxcala, permitió que la búsqueda de la bravura demandada por la propia fiesta, surgiera con relativa velocidad.

A mediados de los años veinte, que es cuando se dio la transformación de la lidia en nuestro país, los ganaderos mexicanos ya estaban listos para presentar el toro que el toreo necesitaba. Comenzaba la selección de ejemplares para faenas más largas, más duras para el propio toro, que en poco tiempo, con la aparición del peto, tendría que pelear de firme durante toda la lidia, ya no tan solo acometer a los cites en múltiples ocasiones y sin mayor entrega.

Pepe Alameda cita en su libro La Historia Verdadera de la Evolución del Toreo un texto del Dr. Gregorio Marañon: “A medida que se van formando y perfeccionando las ganaderías especiales de toros de lidia, el misterioso influjo de la especialización se infiltra en los fenómenos de la herencia, y los toros y las vacas, toreados en los tentaderos según un arte a través de generaciones, empiezan a engendrar cuadrúpedos astados, todavía peligrosos, pero con reflejos previstos y, por lo tanto colaboradores con el diestro. Este proceso de colaboración, ya no de pelea, culmina en la época actual…Es posible – es seguro – que la belleza de los lances sea ahora mayor que nunca. Pero que una corrida de toros es ahora profundamente distinta de lo que antes era, no se puede dudar. El toro sabe ya su papel y ello disminuye, no solo el peligro, sino el rapto, la posibilidad de inspiración del lidiador. Es un problema biológico, como el de las naranjas sin pepitas”

Piedras Negras mantuvo el concepto de la selección con una base primordial en el comportamiento en el caballo. Lubín se apegó al concepto planteado por José María, y aunque ya su hato tenía en cantidad suficiente la casta y calidad que desarrolló Saltillo, él no aflojó en cuanto al concepto de bravura. No le cambia al toro la forma de ejecutar su papel, y deja la naranja con semillas. En el capítulo de la ganadería hice una reflexión respecto a cómo Lubín no toreaba; quizá por eso no quiso cambiar en un ápice el concepto de la fuerza y la acometividad con el caballo, argumento que se sustenta con la clara diferencia que había con La Laguna, propiedad de su hermano Romárico, en donde tanto él como sus hijos Viliulfo y Manuel fueron muy buenos toreros. No encuentro una razón de peso para que dos ganaderías fundadas casi con la misma sangre pudieran tener aristas tan distintas en la expresión artística de los toros, que no sea la selección. Gonzalo Iturbe me hacía hincapié que también podría ser la influencia de los toros de Murube en Piedras Negras, como una infusión adicional de bravura, la cual se dio de forma diferente en Tepeyahualco, donde padrearon en ese tiempo toros de Saltillo e Ibarra. No he incluido crónicas de corridas de La Laguna, pero la diferencia es clara, y emana de la selección que se llevó a cabo en ambas casas, la cual se hizo desde un principio. Cuando Viliulfo quedó al frente de las dos, buscó y seleccionó el toro que pudiera romper con más nobleza en ambas casas. Con la emoción que da la casta. Con Piedras Negras también logró reses de bravura integral. Ahí están las descripciones de los cronistas de toros que permitieron faenas históricas, que no se hubieran dado si el principal protagonista no hubiera participado de acuerdo a los cánones vigentes en cada época. Su mano se notaría claramente en los siguientes años.

Buenos toreros, que además hayan sido ganaderos exitosos, hay muy pocos. José Miguel Arroyo Joselito, en su libro autobiográfico “Joselito El Verdadero” (Espasa, 2012), expresa varios conceptos muy interesantes sobre la bravura:

Mi experiencia al torear me ha servido para apreciar matices que se les suelen escapar a otros ganaderos, esos que solo sabe ver quien está delante de un animal. Aunque también tengo que decir que los toreros, por la propia tensión de la lidia, muchas veces no sabemos apreciar el conjunto de la esencia del toro. Por eso, como ya conozco lo que se siente en la línea de fuego, ahora no toreo ninguna becerra en mis tentaderos. Desde fuera calibro mejor los ingredientes que necesito para el coctel de bravura que quiero conseguir. Mi toro ideal debe tener fijeza, es decir, concentrarse en la pelea, en el hombre y el trapo que tiene delante. Tiene que entregarse en las embestidas, descolgar su cuello, empujar con los riñones y no parar de acometer. Y, sobre todo, debe tener un metro más de recorrido al salir de cada pase. Ese es el toro que a mí me gustaba torear y el que me gustaría conseguir como ganadero. Pero también busco que tenga un punto de fiereza, mayor agresividad de lo habitual. El toro enrazado, cuando obedece y embiste, ayuda a que con veinte muletazos el torero pueda formar un alboroto en la plaza. Para eso hay que estar muy seguro y muy firme, hacerle todas las cosas muy bien, pero en un espacio de tiempo muy ajustado.

Me parece que esta definición de José Miguel resume a la perfección el capítulo de las crónicas de Piedras Negras en la plaza. Podríamos haberla sacado del comportamiento de los piedrenegrinos, descrito por los periodistas. Con veinte muletazos al toro enrazado de esta casa, se lograron triunfos históricos. Y continúa el maestro diciendo:

En cambio, a ese otro toro que no molesta, como decimos los toreros, tienes que darle cincuenta pases y necesitas estar mucho más tiempo jugándotela con él para llegar a emocionar y cortarle una oreja como máximo, o dos, si eres un artista excelente. Me gusta el toro noble y colaborador, pero siempre que sea enrazado, porque esa condición evita la demoledora sensación en el espectador de que él mismo sería capaz de bajar al ruedo. El toro bravo de verdad aumenta la admiración por el torero que imprime ese carácter y esa emoción que nunca han de perderse en este espectáculo.

Todos estos son conceptos muy completos que se apreciaban desde tiempo atrás.

Para los años treinta, el toro tenía que ser observado en los tres tercios de la lidia y cumplir, yendo a más en todos ellos. De ahí en adelante, la base del concepto de Viliulfo y sus descendientes al frente de Piedras Negras era que el toro embistiera. Podemos rebuscarnos en conceptos filosóficos y literarios complejos, pero al final, el toro tiene que embestir, que no es sinónimo de pasar. El toro que anda, deambula, circula, no es el que embiste, el que con bravura acomete. El toro necesita otra aportación: la que da la casta. El curso de la fiesta continúa, y con él la transformación del toro.

A partir de los años cincuenta, retirados Armillita y Ortega, la fiesta dio un giro de ciento ochenta grados. Del interminable primer tercio, se pasó ahora a su casi extinción. Los reglamentos cambiaron y el tercio de varas comenzó su rumbo al mono puyazo actual. Los tumbos, hasta ese momento frecuentes, se dan ya muy poco; el toro, mejor criado, mejor preparado para la lucha tanto genética como físicamente, pierde poder. Aunque crece en su volumen, pierde la fuerza que le daba una casta más concentrada. Entonces, la selección cambió al toro orientado hacia el último tercio de la lidia y en la lidia misma se cuida para este: hacia el concepto de bravura al que se refiere José Miguel Arroyo. Por lo mismo, los quites dejaron de serlo, y se transformaron en artísticas ejecuciones de los lances de antaño, desapareciendo poco a poco la mayoría de ellos. De la infinidad creativa de los diestros y la importancia física con riesgo de un quite, el primer tercio se ancló en muy pocas suertes. El tercio de banderillas, única suerte sin cambio en toda la historia del toreo, pasó a ser ejecutado cada vez más por las cuadrillas, de forma normalmente ineficiente. Siguieron naciendo grandes toreros que banderilleaban, pero ya no lo hacían todos. Así, el primer tercio, largo y variado, con muchos puyazos, quites y lucimiento en banderillas, se redujo en tiempo y en riqueza taurina, por lo que ahora, de ser más de la mitad de la faena del toro, se volvió, si mucho, en una quinta parte.

El centro de la fiesta es ahora la faena de muleta, por lo que el toro suave es el que piden los toreros y buscan muchos ganaderos, con el riesgo de que el animal siempre esté a dos pasos de perder la bravura. A cinco minutos. Las casas ganaderas que cuentan con profundidad, con selección, con simiente cuidado y variado, pueden mantenerse cerca de este peligroso abismo sin caer en él; sin embargo, la multiplicación de las ganaderías hizo que muchas se fueran al barranco de la mansedumbre. A partir de los años ochenta, este es el toro que en nuestro país se cría cada vez más y más.

En su libro, La música callada del toreo (Turner, 1994), escribe José Bergamín:

Es indudable que si los toros no embistieran no habría toreo posible y que todo el arte de torear no hubiera existido. Sin embargo, ahora vemos salir al ruedo con tanta frecuencia, que casi diríamos que no vemos otros, toros que no embisten. En cambio, vemos en la mayoría de esos toros que no embisten, toros que pasan, es decir, que siguen fácilmente el engaño de la muleta o la capa con tanta docilidad como si estuvieran amaestrados. Nos parece entender que esa diferencia que decimos entre un toro y otro, uno que embiste, otro que pasa, que sigue el trapo con una embestida tan débil, tan suave, tan dócil, que ya no nos parece una embestida, es la que separa a un toro bravo de otro que no lo es

Esa es la bravura que se buscó en la evolución en Piedras Negras después de Lubín, la del toro que terminara la embestida por la fuerza de la propia casta, que acometiera con emoción y celo durante toda la lidia, cualidad que ya era necesaria para seguir triunfando. Y no es que en tiempos de Lubín no lo fuera, simplemente la lidia de los primeros veinticinco años del siglo se concentraba, como ya explicamos, en el primer tercio.

Gregorio Corrochano, en su libro, Teoría de las corridas de toros (Espasa, 1991), escribe:

¿Qué es un toro bravo? La bravura, cuyo origen y medida desconocemos, ha sido considerada como un carácter del instinto, con lo que se ha creído darle una definición. Si juzgamos por lo que vemos con el toro en el campo, tranquilo, en libertad, donde convive con el hombre y con el caballo, y por lo que ocurre en la plaza donde no tolera la presencia del hombre ni la del caballo, podemos sospechar que la bravura es un temor defensivo. Cuando el toro pisa el ruedo, busca una salida. Como no la encuentra, se para. El hombre lo reta tirándole un capote o avanzando hacia él con un caballo, y el toro acomete. ¿Por qué? No lo hace por comerse al hombre ni al caballo. Lo hace por defenderse del hombre, que lo hostiga, que lo hiere, y a quien le teme. La bravura es un instinto de defensa, de un grano parecido con el valor del torero. Ese acoplamiento de bravura y valor, al enfrentarse y temerse, hace posible la maravilla del toreo. La bravura no tiene medida si no es en la lidia, pero está condicionada al torero, que no siempre es buen lidiador.

De ambas redacciones vemos que el toro tiene que acometer, que embestir, pero también, tiene que ser bien lidiado para desplegar con todo rigor la bravura que ha buscado el criador. Un toro bravo no siempre corre con la suerte de encontrarse con un buen lidiador o con un torero dispuesto a no regresar a casa.

Juan Pedro Domecq define la bravura como «la capacidad del toro para luchar hasta su muerte –y aclara añadiendo–: Soy totalmente opuesto a que el equivalente de la bravura de los astados se termine en la suerte de varas». En su libro, que hemos citado, Del toreo a la bravura, remata diciendo: «Ya tenemos una nueva concepción de la bravura, la acometividad en todo el conjunto de suertes que conforman la lidia».

Esta bravura integral es lo que ha logrado la estabilidad de la fiesta en los últimos setenta años, pero llegar a ella es un proceso complejo, dada la cantidad de caracteres por seleccionar. Pero la pelea en el caballo, la acometividad, la fijeza y la entrega deben de estar siempre presentes.

Corrochano hizo una reflexión que años después Juan Pedro analizó y demostró: «Aun y cuando la tienta y la herencia son las bases para la evolución de las ganaderías, los resultados de estas son insuficientes». La mayoría de las veces, el producto conseguido no corresponde al buscado. No llega al cuarenta por ciento. Más de la mitad de las veces, los criadores se equivocan, sin embargo, el fondo de cada ganadería es lo que las saca a flote tarde tras tarde. La solera que está presente en las grandes casas y que fortifica siempre su sangre brava.

La bravura es un pez que fácilmente se escapa de la mano, por eso es muy riesgoso ponerle límite a la expresión de la casta en aras de la comodidad comercial y beneficio del torero. Piedras Negras no tomó el camino del toro en cuanto a que pareciera bravo y no lo fuera. Dentro del concepto original siguieron respetando la casta como elemento esencial, con un contenido de nobleza suficiente para hacer lucir la bravura. Y cuando esto se daba, los triunfos eran de gran peso; el toro acometiendo, empujando, atacando, con el son y la clase necesarios para las grandes tardes. Véanse las crónicas. Sin embargo, cuando, como resultado de la selección, la casta prevalece sobre la nobleza de forma desequilibrada, y por lo tanto lo deseado no se logra, resulta un toro con defectos antiguos, de difícil solución; cuando estos emanan, con la lidia adecuada ofrecen la posibilidad de un espectáculo que mantenga el peligro como base de la fiesta. Donde el valor y la técnica del torero, ante la falta de alguna cualidad que permita la gran faena, complementen para el público el espectáculo con una expresión artística diferente. Y esto, el toro que solo pasa, que no acomete, que no transmite, lo hace imposible, para comodidad del torero. La fiesta en blanco y negro. La muerte segura de sí misma.

Por eso, el manejo en Piedras Negras fue y es escrupuloso y complejo. Una ganadería pequeña, sin concesiones en las tientas, concentra mucho más lo que se busca, lo cual da grandes cualidades, pero también, los defectos correspondientes. La entrega de un toro bravo en esta casa es espectacular, la casta lo provoca, pero si el toro no se entrega del todo, la dificultad es alta y pone las faenas al rojo vivo. Así se busca y se acepta la bravura en esta casa. En una entrevista para la televisión después de una corrida en Madrid, decía Victorino Martín: «Prefiero que salgan demonios a que nos salga el toro bobo y tonto. La gente con corridas como esta [la corrida había salido muy encastada] va a respetar a los toreros mucho más. Me debo al público, que es mi cliente, y mi cliente ha salido contento».

Continuemos con Corrochano:

La bravura tiene una escala. Tan difícil es sujetar la bravura y tan variable, «que parezca bravo y no lo sea», porque el bravo es molesto y peligroso; «que sea pastueño, pero que no llegue a la mansedumbre que le ronda». Esa fórmula de equilibrio es inestable; la caída es segura. Esa distinción, muy de moda, del toro bueno para el torero o el toro bueno para el ganadero, es la más dislocada concepción de la bravura; es una forma nueva de aceptar la mansedumbre. Toro que no sea bueno para el ganadero, no es bravo, y no debe ser bueno para nadie, aunque parezca circunstancial y económicamente bueno para el torero. Esperemos que la moda pase como pasan todas las modas. Insistimos, el ganadero no es dueño de la bravura del toro.

En esa moda se quedó la fiesta del México moderno. Algunas ganaderías no quisieron ser parte de ella, de privilegiar al toro para la faena bonita, insulsa, sin peligro y finalmente sin valor trascendental. Sin el elemento de bravura integral presente en las plazas. «La bravura es el valor del toro. Un valor que se crece al castigo, se manifiesta con prontitud, sin la menor reserva, se enciende con celo al reto del cite, con casta, y se entrega con fijeza en la embestida, lo que se traduce en nobleza hasta el final de la suerte». Cumpliendo con este concepto de Arévalo, vimos varios toros de esta casa hace poco menos de un mes, en agosto de 2014. El problema está en que cumplieron con esta definición y todavía no llega el momento de que en México se valore o, en muchos casos, que siquiera exista. Porque, analizando la frase de José Carlos: «crecerse al castigo» presupone que el toro está ávido de recibirlo, que quiere pelear, no recibir un símil de puyazo para no acabar con él; «manifestarse con prontitud, sin la menor reserva» supone la presencia en el ruedo de un animal dispuesto a atacar, a embestir, no tan solo a pasar; «que se enciende con celo al reto del cite» se traduce en que el burel acepte el reto y lo tome con «valor y entrega en la embestida», que como suma de estas cualidades «se transformará en nobleza hasta el final de la suerte», esto no es el cornúpeta que solo cuenta con una particular nobleza de obedecer sin protestar, sin siquiera cuestionarse a dónde va. Sé, porque he platicado largo con José Carlos Arévalo, que su definición es universal, para cualquier toro. Él mantiene que «la bravura es noble y la mansedumbre es resabiada», destacando que «la casta es la agresividad ofensiva de la bravura, y el genio es la agresividad defensiva de la mansedumbre». Conclusión correcta, pero le faltó la interpretación inversa de la primera parte de su corolario, la falta de casta es la pastueña, desabrida, aburrida manifestación de la nobleza extrema, mansedumbre también en sí misma, porque no integra ninguna de las otras cualidades de su muy claro concepto. Quizá en España vea menos toros con esta condición, seguro muchos menos de los que vemos aquí. Por otra parte, la equivocada confusión de bravura por genio, que se puede dar entre los aficionados cuando este defecto aparece, curiosamente genera la emoción que el descaste inhibe. No es deseable ni plausible, y la emoción no la produce la bravura, pero es mejor para el toreo, para la fiesta y para el público.

Si graficáramos la bravura y sus componentes en un reloj, si la nobleza está a las tres y la casta a las nueve, la adición perfecta de ambas estaría a las doce: la bravura integral. Por el contrario la inexistencia de ambas nos da como resultado la mansedumbre, que estaría a las seis. El cuadrante entre las tres y las seis, en el cual abunda el toro nacional, es la tumba del espectáculo. Es el toro que va pero no acomete, que obedece y pasa pero no vuelve, que jamás se encela. Que carece de codicia. Que no es absolutamente manso porque es capaz de pasar muchas veces frente al torero, pero sin generar emoción, sin bravura. Que es aparentemente noble, pero también de esto carece. El pasar como viendo al infinito no es nobleza, no es hidalguía, no es la expresión del valor del toro. Es la corrupción más grande de la bravura.

El toro que no tiene entre sus cualidades casta y nobleza combinadas de muchas formas, como las busque cada criador, no puede ser bravo. En este reloj imaginario abarcaría toda la zona entre las nueve y las tres, en la parte superior del reloj. Con distintas combinaciones y expresiones en la plaza, pero bravo. El manso es aquel que carece de las dos. El que pasa sin nobleza, caminando, sin acometer una y cien veces sin codicia; aquel sobre el cual el torero se da cuenta y sabe que él tiene que hacer todo y que el peligro está casi ausente. El que al final, que llega de inmediato, recula, se refugia en las tablas; huye y se queda parado esperando la muerte. El que se acobarda.

Hace mucho tiempo el concepto de bravura en México se dividió. Por una parte las ganaderías con fondo genético y trabajo sostenido por años, que mantuvieron el toro con una bravura con un muy alto contenido de nobleza. Por otro lado aquellos que se adecuaron a peticiones e imposiciones de las figuras del momento. O simplemente sucumbieron ante su propia vanidad, sin importar que el toro estuviera vacío. Y finalmente, los menos, quienes siguieron su camino original. Asumiendo las consecuencias. Y persistieron en su apuesta por la incontrolable bravura encastada, que revienta en nobleza en su máxima expresión. Siguieron buscando lo pocas veces alcanzable: el toro bravo. Intentaron mantener encastada la nobleza nacional. Arriesgando también obtener la dureza de la casta, el genio no deseado. Avanzaron sin abusar de la sangre, sin lucrar con su comercialización. Continuaron sin concesiones en las tientas. Y siguieron pensando en sentir en las plazas la embestida de sus toros. Mantuvieron viva la ilusión de ver un toro romper a bravo, rematar en los burladeros, crecerse al castigo, culminar la faena con entrega y lucha. Apostaron por seguir teniendo un animal que atacara siempre. No voltearon la cara al riesgo que representa criar toros bravos, en todos los sentidos. Y hoy, aquí siguen. Listos a responder al reto de la bravura. Al final, el toro bravo premia a quien ha descubierto el misterio y se ha entregado a la solución. Pero mientras se valore el toro en el cual el tercio de varas prácticamente ha desaparecido y la emoción que da la casta es casi inexistente, donde el riesgo radica en el error por confianza de los toreros, no en la existencia de la casta, quienes busquen, encuentren y mantengan otro concepto, seguirán relegados hasta que se geste y culmine un cambio. Este deberá llegar de la mano de los toreros, porque el público siempre lo ha valorado. La tarde de diciembre de 2013 en la México, de la ganadería de De Haro lo demuestra. El milagro de la bravura conjuntó una tarde triunfal.

Casta, prontitud, celo, acometividad, fijeza, movilidad, codicia, son constantes en las definiciones que hemos transcrito aquí. La suma de estas: emoción. Si no están presentes, no hay bravura, no hay fiesta. Y estas cualidades las hay de sobra en Piedras Negras, y son base de su concepto.

En épocas de cambio, como hemos visto, el toro remata la evolución. Quizá estemos ante un momento histórico donde quienes han apostado y mantenido encapsulada la bravura tengan ahora la responsabilidad de empujar el cambio en la fiesta. De todas las casas, porque esta condición no es exclusiva de Piedras Negras ni de su encaste. Pero Piedras Negras debe buscar y tener un sitio especial. La historia se lo exige.

 Llegamos al final de este esfuerzo por conocer la memoria de un encaste que llenó de orgullo a sus amos en cada época. A cada quien le tocó aportar al futuro y disfrutar su momento: La fundación con José María, la estrategia con Lubín, el mando con Viliulfo, los triunfos con Romárico, la continuidad con Raúl y la garantía del porvenir con Marco Antonio, son resultados del manejo en sus hábiles manos durante 145 años y los que faltan por venir bajo el cuidado de Marco Antonio y de Patricio.

La tradición dicta las reglas, pero la ilusión, la vida. Se plantearon las normas, se respetaron las costumbres y se buscaron siempre nuevas rutas. Muchas horas dedique a encontrar en archivos, periódicos y recuerdos de conversaciones, la sustancia de una casa en la que está escrito el curso de nuestra historia. Tierra, gente, toros, plazas, historia. Triunfos y fracasos unidos en la rojo y negro. Y encontré pasajes y personajes muy ricos que nos permitieron navegar con los González, al paso de tres siglos, el mar de la bravura, en un barco con las velas llenas de la fuerza del viento, con los capitanes manteniendo el timón firme orientado siempre hacia el mismo puerto: el formar y mantener a la vanguardia una de las ganaderías bravas más importantes de nuestro país.

¡La Bravura por Delante¡ Marco Antonio: Estoy seguro que en Piedras Negras la custodia de esa riqueza esencia y forma de tu casa, seguirá siendo fuente de vida de la fiesta y base única del concepto del Encaste Piedras Negras. Las modas pasan, pero lo auténtico perdura.

Piedras Negras, sitio, vida y memoria.

V.- GRACIAS A USTEDES

La vida y los toros son dos fiestas, con expresiones, pasiones y entendimientos muy diversos, fondo de su riqueza. Son caminos que se cruzan gracias al gozo, la alegría, el honor, la entrega y la honradez con las que se disfrutan y se comparten con los demás. He tenido la suerte de conocer a muchos de los protagonistas de nuestra historia taurina y recibir de ellos un cúmulo de experiencias para mí invaluable, que atesoro en forma de recuerdos, documentos, apuntes y referencias, a las cuales recurro cada vez que necesito analizar, comentar o entender algún aspecto de la fiesta de los toros. Y de la vida.

«Ser ganadero de toros de lidia no es una diversión, no es un negocio; es una forma de vida», decía don José Luis Gómez; pues, don Pepe, tenía usted razón. Esa forma de vida han sabido transmitirla de diversas maneras todos los ganaderos, a quienes aquí agradezco. Y no solo a mí. La riqueza intelectual, personal y moral de todos ellos ha dejado honda huella en la fiesta nacional.

De la misma forma, quienes son aficionados, matadores de toros, o intelectuales dedicados a crear la memoria histórica de este viejo arte, me han compartido su sentimiento y sapiencia para poder profundizar, desde distintos ángulos, el entendimiento del toreo y sobre todo del toro.

A todos, Gracias.

A ustedes, los que ya se fueron, ganaderos todos, por su invaluable amistad y por haberme compartido desinteresadamente su conocimiento y conceptos:

José Luis Gómez López

Manuel de Haro Caso

Valentín Rivero Azcárraga

Jorge Martínez Gómez del Campo

Javier Garfias de los Santos

Luis Barroso Barona

Pablo Labastida Aguirre

Manuel de Haro González

Chafick Handam Amad

A los ganaderos González, herederos de esta historia:

Los de Coaxamalucan:

Felipe González Pérez +

Rafael González Pérez +

Manuel González García Moreno

Hugo García Méndez González

José María González Pérez

Juan Antonio González Pérez

Los de Rancho Seco:

Carlos Hernández González

Sergio Hernández González

Sergio Hernández Weber

Los de Zacatepec:

Mariano Muñoz Reynaud

Bernardo Muñoz Reynaud

Alejandro Muñoz Reynaud

Juan Pablo Muñoz Reynaud

Los de Piedras Negras y La Laguna:

Vicente De Haro González

Ignacio De Haro González

Pablo De Haro González

Javier Iturbe González

Gonzalo Iturbe Rosas

A los ganaderos, con quienes tantas mañanas de campo y tardes de buena plática he disfrutado, y con quienes muchos conceptos aquí escritos, he aprendido y discutido:

José Julián Llaguno Ibargüengoytia

Jorge Barbachano Ponce

Ramiro Alatorre Córdoba

Rodolfo Vázquez Padilla

José Marrón Cajiga

Alejandro Martínez Vertiz Riquelme

Jorge Martínez Lambarry

Ramiro Alatorre Rivero

Francisco Cordero Martínez Vertiz

Ignacio García Villaseñor

Sabino Yano Bretón

Salvador Gómez Martínez

A mis amigos con quienes he compartido conceptos, pasión y cariño por esta fiesta:

Adolfo Martínez Gómez del Campo+

Javier Creixell del Moral+

Oscar Meade Bustamante+

Manolo Vázquez Garcés+

José Laris Iturbide+

Carlos Abella Martín

Víctor José López Vito

Jesús Solórzano Pesado

Alejandro Martínez Vertiz Barbachano

Deogracias Yarza Chousal

Rafael Vallejo Díaz

Fernando Llaguno Gurza

José González Rondón

Pablo Carrillo Lavat

Y muy en especial, mi agradecimiento a:

Raúl González González, don Raúl, el cariño me queda para toda la vida.

Francisco Madrazo Solórzano, viejo, lo recuerdo siempre. Cada letra de esta ilusión viene acompañada de una bocanada de su ocote.

Jorge de Haro González, por tantos años de fraternal amistad. Gracias a ti, conocí y aprendí a entender y a querer este encaste.

Gonzalo Iturbe González, mi querido Goncha, por tantas nociones claras y sencillas que he recibido de ti en muchas tardes de plática y plazas de tienta. La herencia te quedó impregnada.

Antonio de Haro González, creo que oíste este libro más de cien veces. Gracias por los consejos y conceptos, y sobre todo por una amistad para toda la vida.

Marco Antonio González Villa, contigo me ha tocado vivir parte de esta historia. Gracias por permitirme entrar a tu casa por la puerta grande y gozarla como hasta hoy lo hemos hecho. ¡La bravura por delante!

Gracias a todos.

Carlos Castañeda Gómez del Campo

Agosto, 2014.

APÉNDICE 1

Descendientes  de:

Manuel Mariano Gil González de Silva

María Ignacia Fernández de la Horta

1.      Mariano González Fernández. Primer González en Piedras Negras. Casa con María Cresencia Muñoz de Cote y Quiroz y tienen doce hijos de apellidos González Muñoz. Llega a Piedras Negras al final de 1835. Sus hijos son:

1. María de la Luz.  Nace el 25 de junio de 1831 en Santa Clara de Ozumba. Fallece en Puebla a los 89 años. Sin casarse, tiene una hija, Micaela, que casa con Manuel Moreno. Le arrienda a su tío Bernardo la tienda de la hacienda de La Concepción «La Noria».

2. Manuel. Nace el 12 de diciembre de 1832 en Santa Clara de Ozumba. Fallece de 90 años. Casa con Trinidad González, su prima hermana,  hija de José Mariano González de Silva. Sus hijos son dos: Romárico, quien en Puebla cursa estudios superiores, torea de luces, recibe de su padre la hacienda de La Laguna, de la cual había sido arrendatario desde 1890. Fallece en 1918 a consecuencia de una herida cerca de un ojo causada por una becerra. Estuvo casado con su prima hermana Beatriz Carvajal González; sus hijos fueron Viliulfo, quien hereda de su padre y de su tío Lubín, La Laguna y Piedras Negras; Beatriz, que funda Rancho Seco en parte de los terrenos de Zotoluca; Cristina, que forma Zacatepec; y Manuel, matador de toros que muere muy joven por una mala operación. El segundo hijo es Lubín quien casa con su prima Eudoxia, hija de José María. Cursa la carrera de Ingeniería Civil. Adquiere Piedras Negras de su padre y de su tío José María, misma que legó a su sobrino Viliulfo y a sus hermanas. Manuel, por parte de su esposa, Trinidad, fue dueño del rancho El Infiernillo y adquirió San José de Piedras Negras, mismos que hereda años después Viliulfo.

3. Josefa+

4.      Bernardo. Nace el 18 de septiembre de 1835. Es el último de los hijos originario de Santa Clara de Ozumba. Muere de diabetes a los 66 años, en 1901. Sin casarse, con Teófila González, sin parentesco, tiene a Delfina González quien casaría con Viliulfo, sobrino de ella. Fue el albacea de la herencia de su padre y dueño de la propiedad por veinte años. En 1897 adquiere Zotoluca como parte del haber de la familia.

5. Felipe.  Nace en Piedras Negras el 26 de mayo de 1837. Fallece el 24 de noviembre de 1900. Casó con Dolores Pedraza con quien tuvo cinco hijos. Murió de diabetes. Explotaba en lo individual La Troje, la cual hereda a su sobrino Gonzalo Sánchez González, hijo de su hermana Micaela.

6. Guadalupe.  Nace en Piedras Negras en 1839 y muere en mayo de 1922, a los 83 años. Casa con Cirilo Sánchez de la Vega, viudo de su hermana Micaela con quien tiene tres hijos. Heredó Ahuatepec y sus ranchos, que eran la tercera parte de Piedras Negras, los cuales después pasarían a ser propiedad de su hija Lucrecia Sánchez González. En 1917, esta propiedad fue afectada casi en su totalidad.

7.      José María. Nació en Piedras Negras en 1842 y fallece el 4 de abril de 1915. Sin contraer matrimonio, tuvo dos hijas, Eudoxia y Trinidad. La primera casó con su sobrino Lubín y la segunda con su también sobrino Aurelio Carvajal González, hijo de Ignacia. Al morir su hermano Bernardo intestado, es nombrado albacea. Explotaba para el Tenopala. Fundador de la ganadería de Piedras Negras. Gran hombre de campo, charro completo.

8.      Miguel + El gigante. Murió cerca de los 18 años. Sufría retraso mental.

9.      Micaela. Nace en Piedras Negras en 1844. Fallece  en 1866 de tifo, dejando a dos hijos al cuidado de su hermana Guadalupe, quien casaría después con su viudo Cirilo Sánchez de la Vega. Sus hijos fueron Gonzalo, quien hereda La Troje y parte de La Noria, y Enrique, quien recibe parte de San Antonio Zoapila propiedad que seguiría en la familia hasta 1973.

10. Ignacio. Nace en Piedras Negras en 1845 y falleció de cinco años en 1850 a consecuencia de una caída.

11. Carlos.  Nace en Piedras Negras el 4 de abril de 1846. Fallece el 11 de noviembre de 1917 a los 71 años. Casó viudo con Juana González, con quien tuvo ocho hijos, de quienes desciende gran cantidad de ganaderos. Además tuvo a Ignacia, madre del Ranchero Aguilar. Individualmente explotaba el Rancho Gómez. Heredó Coaxamalucan la cual, después de ceder la mitad, lega en partes iguales a sus hijos e hijas.

12. Ignacia.  Nace en Piedras Negras cerca de 1847.  Casa en 1871 con Blas Carvajal. Tienen dos hijos y una hija: Aurelio, Leopoldo y Beatriz, que casó con su primo Romárico y son padres de Viliulfo, Cristina y Beatriz. Explotaba individualmente Zocac, rancho que escritura a nombre de su hijo Leopoldo, el hombre mayor. Recibe como herencia también Zotoluca; queda el 50% a nombre de su hijo  menor Aurelio y el otro 50% a nombre de su hija Beatriz, quien a su vez heredaría a su hija Beatriz González Carvajal para formar Rancho Seco. Aurelio casó en dos ocasiones, pero no hubo descendientes. Heredó Zotoluca a sus sobrinos nietos descendientes de su hermano. Adicionalmente, Tenopala la hereda también a sus sobrinos. Cristina por su parte recibe Zacatepec.

13. Rafael. Nace en Piedras Negras el 19 de mayo de 1853 y muere el 21 de noviembre de 1900, a los 47 años. Estudió la licenciatura en Derecho. Explota individualmente el rancho El Ocote.

2   María Antonia González Fernández. Nace en Santa Clara de Ozumba el 25 de octubre de 1808. Casa con José Guadalupe Muñoz de Cote y Quiroz, quien al lado de su padre fue administrador de las haciendas de El Rosario, Mazaquiahuac, Mimiahuapam, San José de las Delicias, San Andrés Buenavista, Tezoyo y, en el estado de Hidalgo, de San Juan Ixtilmaco, Malayerba, La Laguna, Marañón, Acopinalco y Chimalpa. 

3   María Dolores González Fernández. Nació en Santa Clara de Ozumba el 8 de Octubre de 1814. Casa con José María Galindo. Fallece de 46 años.

4       José Mariano González Fernández.  Nace en Santa Clara de Ozumba el 23 de julio de 1820. Casa con Rosa López. Fue dueño de las Haciendas de Tlalcoyotla, La Noria y parte de San Antonio Zoapila, que hereda a sus hijos: Trinidad, quien casaría con su primo Manuel; Rosendo, quien vendería su parte a su primo Bernardo, y Soledad. Los tres menores de edad al fallecer él, quedan al cuidado de su hermano Mariano. 

5       María de la Luz González Fernández. Nace en la hacienda de Santa Clara el 9 de febrero de 1822. Casa con Francisco Merchán en 1853, tienen dos hijas y un hijo. La mayor casa con José María González Pavón. Eran dueños de la Hacienda de San José Tepeyahualco, y por parte de los Merchán, de San Antonio Huexotitlan, hacienda vecina.

APÉNDICE 2

PROPIEDADES

Para mayor facilidad en la información se dividieron las propiedades según fueron adquiridas por la Orden de los Betlemitas. Las que compraron posteriormente los González se listan adicionalmente.

1.      San Mateo Huiscolotepec.

 80 caballerías de tierra equivalentes a 3 452 ha.

PROPIETARIOS      AÑO

Jerónimo de Cervantes     ca. 1580

Pedro Tenorio de la Banda y Catalina de Mota        

Luis García Becerra y María Fernández de Soria    

Luisa de Soria y Becerra ca. 1633

Fernando Niño de Córdoba     

Fernando Niño de Castro 1672

Sebastián de Estomba       1698

Orden de los Betlemitas    1701

Miguel y José Ventura de Miranda  1793

Mariano González Fernández (arrendamiento)         1835

Mariano González Fernández (compra)   1856

Herederos de Mariano González Fernández      1881

Lubín González González 1907

Viliulfo González Carvajal        1928

Dotación de ejidos    1938

Herederos de Viliulfo González Carvajal 1941

Dotación de ejidos    1963

Dotación de ejidos    1973

Raúl González González   1973

Marco Antonio González Villa 1997

2.      San Lucas Coaxamalucan.

72 caballerías de tierra equivalentes a 3 030 ha.

PROPIETARIOS      AÑO

Juan López Maldonado   

Martín Palacios        

Orden de los Betlemitas    1711

Miguel y José Ventura de Miranda  1793

Mariano González Fernández (arrendamiento)         1835

Mariano González Fernández (compra)   1856

Herederos de Mariano González Fernández      1881

Carlos González Muñoz   1907

Herederos de Carlos González Muñoz      1917

3.      Ahuatepec.

 50 caballerías de tierra equivalentes a 2 105 ha.

Bartolomé de Calva y Catalina Cortés de Soria        

María, Mariana y Teresa Cortés de Calva        

Juan Martín Osorno

Orden de los Betlemitas    1740

Miguel y José Ventura de Miranda  1793

Mariano González Fernández (arrendamiento)         1835

Mariano González Fernández (compra)   1856

Herederos de Mariano González Fernández      1881

Guadalupe y Micaela González Muñoz     1903

Dotación de ejidos    1917

4.      Asunción de Piedras Negras y San Nicolás.

12 caballerías de tierra equivalentes a 505 ha.

PROPIETARIOS      AÑO

Juan Escudero 

Pedro Martín Castellanos

Lorenzo García        

María Millán   

Francisco Pérez Muñiz y Osorio       

Juan Gómez de Yglesias  

Orden de los Betlemitas    1736

Miguel y José Ventura de Miranda  1793

Mariano González Fernández (arrendamiento)         1835

Mariano González Fernández (compra)   1856

Herederos de Mariano González Fernández      1881

5.      Atenco.

10 caballerías de tierra equivalentes a 420 ha. 

PROPIETARIOS      AÑO

Francisco Maldonado      

Diego López Arroñez y Ana de Bargas     

Hijas de Ana de Bargas   

José Vázquez Gastelu       

Esteban Vázquez Gastelu del Rey y Figueroa  

Miguel Martín Osorno     

Gerónimo Calderón Becerra    

Miguel Álvarez de Luna  

Luis Pliego y Peregrina    

Mariano Barrientos y Montoya        

Orden de los Betlemitas    1756

Miguel y José Ventura de Miranda  1793

Mariano González Fernández (arrendamiento)         1835

Mariano González Fernández (compra)   1856

Herederos de Mariano González Fernández      1881

Dotación de ejidos    1917

PROPIEDADES ADQUIRIDAS POSTERIORMENTE

LA CONCEPCIÓN LA NORIA        3 136 has.

LA LAGUNA   2 420 has.

EL INFIERNILLO   1 100 has.

SAN JOSÉ DE PIEDRAS NEGRAS 1 400 has.

LA TROJE       534 has.

SAN ANTONIO ZOAPILA       1 662 has.

ZOCAC    675has.

ZOTOLUCA    2 984 has.

LAS SIERPE Y CAÑADA DEL TORO    988 has.

ZACATEPEC   1 351 has.

Como anotación, Miguel Mariano González de Silva, quien estuvo casado con Ana María de la Calle, abuelo de Mariano González Fernández, primer propietario de Piedras Negras, fue dueño o arrendatario cerca del año de 1785 de las haciendas de San Andrés de Buenavista en Tlaxco y de Santiago Tetlepayan en Apan, las cuales entraron en litigio a su muerte ya que su viuda quiso disponer de ellas al contraer segundas nupcias, siendo demandada por sus hijos. La herencia estaba valuada en $180,000. (AGN, Tierras, contenedor 1239, vol. 2939, exp. 4, fojas 138-445). 

FUENTES CONSULTADAS

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HEMEROGRÁFICAS

Gaceta (Gazeta) de México, 23 de octubre de 1787.

Periódico Oficial del Estado de Tlaxcala, 23 de abril de 1941, tomo XXVI, n.o 17.

Periódicos (Ciudad de México, 1841 a 1918)

El Imparcial

Diario del Hogar

The Mexican Herald

El Correo Español (México 1936-1996)

Excélsior

El Universal (microfilms)

Revistas (1921-1936)

 El Universal Taurino

Toros y Deportes

El Eco Taurino

FONDOS

Archivo General de la Nación, Ramo «Tierras», vol. 1891, exp. 1, Ciudad de México.

Archivo General Agrario, «Documentos relativos al intestado de Bernardo González

Santa María Texcalac, Tlaxcala», 1907.

Comité de planeación para el desarrollo del Estado de Tlaxcala. Atlangatepec, Apizaco, Tetla, Tlaxco.

FUENTES ELECTRÓNICAS

Archivo General de Indias, «Patronato 62, R, 4», ficha en internet.

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«México independiente y las primeras diligencias», en Edumed.net Enciclopedia Virtual.

«Los límites del reparto agrario», Sedatu.gob.mx

«Reparto agrario después de la Independencia de México», Derecho Agrario, Agrarioune.blogspot.mx

Hemeroteca Nacional, HNDM, Hemeroteca Digital.

INDICE

PROLOGO                                                                                   3

INTRODUCCION                                                                                4

I.- SAN  MATEO HUISCOLOTEPEC

         1.- Tlaxcala a la llegada de los españoles                                         7

         2.- La Hacienda                                                                             12

         3.- El crecimiento en el siglo XVIII                                                                    17

         4.- Los Miranda                                                                                                       24

         5.- Piedras Negras y los González                                                         31

         6.- La Herencia                                                                            43

II.- LA GANADERIA

         1.- Los primeros años                                                                66

         2.- Manuel Fernández del Castillo y Mier                                       77

         3.- Saltillo en Piedras Negras                                                   81

         4.- Las faenas de campo                                                            98

III.- LA PLAZA

         1.- El inicio                                                                                   112

         2.- El principio del siglo XX                                                               122

         3.- El México Independiente                                                     155

         4.- El fin de la época de oro. Rumbo al toreo moderno                         187

         5.- El Exilio                                                                                  202

         6.- Los últimos años y el futuro                                               208

IV.- ¡LA BRAVURA POR DELANTE!                                                             213

V.- GRACIAS A USTEDES                                                                        225

      APENDICE 1. Descendientes de Mariano González de Silva                          229

      APENDICE 2. Propiedades                                                         233

      FUENTES CONSULTADAS                                                                235  

FIN…

Author: Redacción