ARRASTRE LENTO

¿DÓNDE QUEDÓ EL VELO NEGRO DE LAS DAMAS…? ¿Y DÓNDE EL RIGUROSO LUTO DE LOS VARONES EN “SEMANA SANTA”?

En estos días, en los que el ciclo religioso acentúa y subraya la solemne gravedad de la Pasión, me vienen a la mente aquellos episodios que se grabaron en mí ser para perpetuarse sin posibilidad de olvido.

Recuerdo que los oscuros colores de la “semana santa”, el morado y el negro, me inquietaban “de niño me asustaban pues eran colores que cubrían “al muerto” pues ambientaban el doliente puente a la “redención de las almas en fuego” que percibían la señal divina del arrepentimiento. También recuerdo que el orgullo y la fatuidad con todo y su ensoberbecido aliento le hacían caravana a la humildad. No olvido que, prohibiéndosele cualquier manifestación de pecaminosa vanidad, al placer se le arrinconaba en vergonzante sigilo, y que la mortificación sustituía a los gratos instantes que hacían más difíciles los caminos del bien, y recuerdo que los errático sentimientos gratos se trataban en ruinoso combate con la impositiva austeridad del devoto martirio.

Reaparecen en mí imágenes impactantes, y de nuevo están en la mente aquellas impresiones primeras, me conmocionaba la sobria desnudez de los templos que, sin colorido, escondían sus habituales adornos relucientes, y me asombraba el opaco sonar de las matracas de madera que remplazaban el festín de la juerga sonora del campanario… Recuerdo que me dejaba marchito el ánimo el suplicio del “vía crucis”, un breve peregrinar en el interior del templo que, recorriéndolo de la mano de mi madre, con punzante ímpetu histriónico lo vivía para elevar al cielo los tormentos y ultrajes padecidos por el Rey delos Judíos…

Fin de la Semana Santa

Los colores de las telas que recubrían las imágenes y los retablos de los templos al paso del tiempo no cambian de matiz: tonalidades dolientes que en las vestiduras de los devotos creyentes vibraban en silencio, con velo negro las damas, los varones de riguroso luto. Ciertamente me inquietaban con atormentada curiosidad… Fuera del templo todo era acorde con el recogimiento acordado para que la mortificación corporal ahuyentara la frivolidad de los placeres mundanos, y en oración los espíritus se elevaran. Las funciones de cine se suspendían, en la estaciones radiofónicas se guardaban los mambos y el chachachá para otra ocasión, enmudecían las voces de los tríos y los boleros, y resonaba la música sacra dando pie a las manifestaciones penitentes que eran visibles pues, diríase que con exquisito cuidado, el perfil de la pasión purificadora dominaba cualquier escenario.

Pero también recuerdo el reventón en el que reaparecía la gloria cantada en medio de estruendosa animación. La desbordada alegría sabatina era señal de que el ciclo del misterio cristiano se había consumado, y ocasionalmente, cuando coincidía en la fecha, el DOMINGO HABÍA “TOROS” en la plaza San marcos. Lo cual, lo recuerdo, era el principio de mi vida.

Costumbres casi en el olvido.

Lo festejé sin saberlo. Luego entendí el paralelismo de la “semana mayor” con el misterio del toreo toda vez que tan celebrada manifestación pública –el espectáculo del toreo- es pasión, dolor, y recogimiento, y es alegría en la gloria. En el misterio del toreo también la perfidia mundana acusa sin sustento; en él también los sentimientos rivalizan con la prudencia y la equidad; en el toreo también hay crucifixión y muerte; también en el toreo hay venganza y resentimientos, envidias y malsanos sentimentalismos; también en el toreo hay procesión, tormento, silencio; y también en el toreo hay campanas que doblan a duelo.

Pero también en el toreo hay alegrías y dichas que glorifican la resurrección de los héroes vestidos de ricas sedas y metales. Será por eso que, herida mi sensibilidad de niño, hoy todavía sin pudor ni vergüenza me declaro admirador de la cruz, de la pasión y de la gloria del toreo; por eso canto a grito abierto la gloria del triunfo, y por eso aborrezco a los Poncios Pilatos del toreo, y por esos admiro a cuanta Marías Magdalenas enjugan las lágrimas del dolor del que carga la cruz del toreo.

Lo cierto es que hoy me creo como puliendo los badajos de las campanas para que, limpias de cualquier sarro, repíquenlas vivas y las glorias del triunfo, el gran triunfo de la resurrección del misterio profano del toreo, tal y como sucede en AGUASCALIENTES. VIEJA COMUNIDAD QUE, COMO POCAS, SE APENA Y ENTRISTECE RELIGOSAMENTE CON EL PESAR DE LOS TOREROS, PERO QUE SE REGOCIJA CON EL TRIUNFO DE LA RENOVACIÓN CONSTANTE DEL TOREO.

Author: José Caro