ARRASTRE LENTO

SEMANA SANTA Y LAS PROCESIONES DEL SILENCIO

Hace años.

Hace años me resultaba extraña la actitud de los adultos. No entendía el porqué de la metamorfosis de sus rostros que, a lo largo de muchos días sonreían, pero que de pronto las caras risueñas se atiesaban mostrando punzante dolor. Eran “jueves, y viernes santo”.

Eran días que, precedidos con la purga de los ejercicios espirituales, se dedicaban al encuentro personal, el silencio hablaba. La reflexión hacía que el hombre se viera en sus adentros, y confundido por el mal sabor del remordimiento, le tocaba la puerta al arrepentimiento. Clamaba paz en su corazón, y urgido por la necesidad expulsa al rencor y al resentimiento,

por fin entendía que el amor era el camino verdadero.

Hace años.

Conchita Cintón.

Hace horas, no muchas, acaso una docena, sucedió el milagro: volvía creer en el “amor”. En el “amor” que doña Conchita Cintrón, “La Diosa Rubia del Toreo”, le tuvo al toreo, a la Fiesta de toros, y a los valores significantes en los que se alza como fenómeno de “revelación”. ¿Cómo dudar de la estrecha relación que existe éntrela religión y los toreros?, espiritual relación simbólica sensiblemente interpretada con un mismo sentido.

Obra de la rejoneadora.

Y es que hace horas, antes de conciliar el sueño que cada noche se muestra renuente a darle placidez a mi reposo en la cama, y sin ser la intención, hojeando su extraordinario libro ¿Por Qué Vuelven los Toreros?, di con el breve capítulo que me conmocionó como si nunca lo hubiera leído. ¡Cuánta hondura en sus palabras…! ¡Cuánta piedad en su lamento…! ¡Cuánto dolor en su corazón…! ¡Cuánta belleza en su expresión…! ¡Cuánto “amor” y delicadeza en su decir…! Rosario sin cuentas, es su libro… Oración y plegaria es su pensamiento. Humildad en el alma… ¡Cuánta sinceridad en su sencillez…!

“La callada oración, los altares sin ornato, el mundo cristiano recordando la gran “pasión”. Las cofradías que arrastran las sandalias rasgando la tierra con la aspereza de los pecados, y en penitente romería desfilan escondiendo en capuchas su avergonzado rostro. “Procesión del silencio”. “Procesión religiosa”. “Procesión de toreros”. Como un paseíllo solitario, meditabundo. Y es que los toreros, religiosos por antonomasia, también sienten la necesidad de purgar. Y se refugian en las maravillas del silencio.

LA PROCESIÓN

“De la torre de la iglesia caía periódicamente el golpe, lloroso, de una campanada. Era día de “procesión” en mi barrio. Abrí las ventanas del lado de la calle. Quería verla pasar, el barullo me anunciaría la hora. Y resumí mis quehaceres. De pronto oí los acordes, marciales, de la banda. Corrí hacia la ventana: la imagen de Cristo crucificado “ya había pasado,”, estaba en lo alto de la calzada seguido por el paso de la Virgen… El viejo sacerdote, bajo el palio y rodeado de hermanos de la cofradía, llevaba la hostia acompañada por miles de fieles. Y vi cómo todos se alejaban. Apenas me tocó ver, de frente, a la banda. Y es que la “procesión” había pasado en silencio, la banda era el fin. Y pensé en la cantidad de veces que en mi vida he dejado de pasar al Señor sin darme cuenta. No he despertado sino para los acordes, mundanos, de las banas. Y al mirar el mar morado que rodeaba la imagen venerada, sentí pena… SENTÍ PENA DE VER A DIOS DE ESPLADAS.

Author: José Caro