ARRASTRE LENTO

LUIS DAVID, te cuento que…

Dormitando en santa paz, envidioso el sueño de mi descanso, este emborró mi reposo con desgarradas imágenes de episodios tormentosos

(Lo confieso: al no tener manera de manifestarle personalmente mi admiración y respeto a Luis David Adame, y a tanto torero que ha sufrido los estragos de la violenta y cruel oposición a los sueños, por el gesto con el que, sin haber cortado orejas, convenció a quienes no creían que su dignidad y entereza le facultan para ser gran conquistador en los ruedos. Valga entonces la explicación para justificar la dedicación simbólica de esta parrafada.)

¡Y sin embargo…!

Ya de noche, dispuesto a dejarme acariciar por la dulzura de las sábanas, no me fue posible borronear de la página de mi memoria el trance que, pudiendo haber sido fatídico, obligó a Luis David –ayer en Madrid- a comportarse como un “hombre” -atributo moral y no físico- de verdad “hombre” en el ruedo.

Lo de costumbre: dilatándose el sueño, y buscando lo que no pude encontrar entre libros de toros, bruscamente se aparecían en mi mente las espeluznantes imágenes de toreros caídos en el cumplimiento de su “sueño”. Las de mayor impacto, por su antecedente inmediato, fueron las de Madrid, como las del paisano Luis David.

Dormitaba a ratos y dormía cuando podía. Renunciando a la satisfacción de la necesidad física de dormir, tomé entre manos la novela de El Quijote. Y seguramente dormité…

Caballeros andantes sin regatear

Así fue como, regocijándome de las apaleamientos, pedradas y burlas que padeció don Quijote, entre sueños se ligaron personajes y sucesos para poner en mi mente escenas y diálogos tan disparatados que, sintetizados por el trazo lógico del recuerdo, pongo en la pantalla de la computadora para compartir mi locura con aquellos valientes que se quieran adentrar en el túnel de los sueños y las fantasías…

Recuerdo mi sueño… ¿O dormitaba?

-“Don Alonso Quijano, le dije –ilusión y fantasía colmada de locura- creyendo ingenuamente que me podía escuchar, “la falta que le hacen al mundo “caballeros” de tú talla, “caballeros” andantes que sin regatear alistan sus brazos para conquistar sus ilusiones, “caballeros” que, como tú, sacuden el comodino reposo del hidalgo arrumbado para vestirse con la viejas armaduras de los “sueños”. ¡Cuánto te pareces a los toreros don Alonso…!

Y en el sueño le decía: -“Si fueras “santo” don Alonso, te juro que de rodillas piadosamente me postraría para adorarte. Y rogarte que me enseñaras las rutas –caminos abiertos, senderos de gloria- hacia el palenque en el que la actitud heroica como la tuya, esa a la que los cuerdos la tienen por “alucinadora” ignorando que ella es una consecuencia del ejercicio del espíritu que nada sabe de locuras, arrasa con las vulgaridades del materialismo que cree haber abatido al batallón de los anhelos, sueños e ilusiones.

-“Y digo Alonso que te pareces a los toreros -¿o los toreros se parecen a ti?- porque tanto ellos como tú han hecho tan múltiples maravillas que, aun por debajo de su locura, transformaron las circunstancias para defender con asombroso denuedo el sitio de sus ideales.

-”Recuerdo don Alonso, -le dije creyendo que me escuchaba- cuando yo –José Caro- vestido de torero, y actuando en el regio escenario tapatío –ruedo de la plaza El Progreso, de Guadalajara- a un compañero –“El Curro” Gama- (completó la tercia Jesús “Chuy” Ávila) un novillo le destrozó espectacularmente la femoral para convencerme que se necesita de muchísimo “amor” al ideal de los “caballeros” pues sin tal escudo –armadura de acero- sería imposible salir victorioso de las notables y peligrosas aventuras hazañosas, esas que no se pueden conquistar si no se lleva tras de sí el celo fervoroso de los santos y mártires que en extrema locura son ejemplo redivivo de los enemigos de la indolencia burguesa que se esconde ante las amenazas de las batallas y los conflictos.

-“Lo que me asombra -le dije en mi perturbado soliloquio a don Alonso- es que con tu vigoroso trazo de gran “caballero”, armado con los honores rústicos de la gravedad entronizada como emblema de orgullo y dignidad, noble y tiernamente te hayas hecho acompañar por “Sancho El Bueno”, tibio personaje que enloqueció cuando en tu lecho de muerte te curaban de tu locura,….

(ABRO UN PARÉNTESIS EN EL DÍALOGO CONMIGO PARA AFIRMAR QUE)… Lo afirmo puesto que mis ojos lo han visto: mis ojos han visto “enloquecer” de preocupación y angustia a las madres de los toreros -hermanas, tías, amigas, amantes- en trances fatídicos, mis ojos han visto “enloquecer” de tormentoso dolor a “aquella” que entre sirios jamás tuvo respuesta del cadáver próximo a la fosa sepulcral. (CIERRO EL PARÉNTESIS)

-“Don Alonso –afamado don Quijote- -seguí con la locura de mi extravagante dormitar-… tengo la impresión de haberte visto resucitar entre sueños… como a tanto y tan buen torero muerto en el cumplimiento de su trágico destino, para rematar –expresión torera- tu ideal y realizar tu ensueño,….

QUÉ LOCURA SON LOS SUEÑOS, Y QUÉ SUEÑOS TAN LOCOS SE GENERAN DORMITANDO.

-“Mi admiración y respeto a ti don Alonso, PERO MUY EN ESPECIAL A USTED LUIS DAVID ADAME.

Author: José Caro