3 ARRASTRE LENTO 3

TEXTO SÓLO PARA “LOCOS”. MÁS ALLÁ DE LA SUPERFICIE.

Valiéndose de la cadencia del verso y del compás de la rima, con plumas de ángeles son los poetas -que algo tienen de locos- quienes escriben -y describen- la locura mágica del amor y el toreo.

Puesto que no ayer no hubo función de toros que me atrapara, concentrarme en ella, un tiempecito me doy para escribir disparatadamente sobre mi “locura”.

Me caen bien algunos poetas, sobre todo los que algo tienen de “locos”. Un poco “locos” ellos, y un mucho yo, podemos hablar en el mismo idioma y con el mismo lenguaje. Pena me da que a mí se me haya facultado tan sólo para expresarme en tosca prosa. Las armonías no fueron para mí. Cuando tal cosa comprendí perpetuamente “loco” me volví. Cómo no iba a perturbarme, principio de “locura”, si mis amores eran poesía, y yo no supe leer. Claro que estoy “loco”, dicho sea, con el debido respeto a quienes en verdad se han vuelto “locos” de amor. El último amor que tuve, desesperada ella por no poder meterme en la orquesta de la cordura, insistía en que mis instrumentos estaban desafinados: cuando me dijo adiós dulcemente y con refinado vocabulario -pues siempre ella ha sido una dama con esencia de princesa- “me echó en cara ser débil brisa cuando ella quería un impetuoso vendaval”.

Más “loco” me volví.

Lo reconozco. Que estoy mal, “re-quete” mal, de la cabeza, es tan obvio que mi delirio es –afán de orate- “volverme más y más “loco” –deleitoso placer conjugado con la imperiosa necesidad de asimilar el sentido de la palabra para expresarme- dándome baños con la luz que se desprende de las palabras convertidas en flamantes estrellas con la puntual precisión del lenguaje, idioma del corazón, lenguaje del sentimiento, idioma de la inspiración. Más “loco” me volví cuando ellas –las palabras- formando, cuales tabiques, el misterioso tejido de las paredes de las habitaciones de los orates, no me dieron posada. Y en la calle, solitario, me vi.

Que estoy mal, “re-quete” mal, de la cabeza, es tan obvio que, como muestra indubitable, me apasiona el toreo, y me transforma el ambiente de la Fiesta de toros, ¿Habrá mayor desquiciamiento?

Pero también hay personas de “buena voluntad”, siendo éstas las que, en oposición a la certeza pública, afirman categóricamente que, en tanto no me lleven al loquero atado en una camisa de fuerza, mi “locura” es una ficción construida por quienes no tienen el privilegio de volverse “locos” con el abecedario de la Fiesta, y el silabario del toreo.

Empero, y de ser cierta mi afección supuesta, expreso gustoso que “me gusta mi “locura”. Tan perturbado estoy que, “escritura me quiero volver”. Tan “loco” estoy, que las sílabas del toreo –sílabas de estrellas- en alegre y musical rima componen versos que simulan ser las peinetas –elaboradas de concha nácar- que alzan las mantillas de la luna.

¿Quién, si no coincide con mi perturbada condición, podrá “deletrearme”?

Lo cierto es que, lo escribo con letras de molde, el “toreo mexicano” se sigue escribiendo en un lenguaje “de locos”, razón por la cual lo entiendo tan bien. Así las cosas, me parece inconcebible que existan “cuerdos” que pretendan quitarle la “locura” al toreo y a la Fiesta.

¿Cómo quieren los “cuerdos” –materialistas que no pueden ver más allá de lo físico- y de hecho lo van logrando de la mano del tiempo y las circunstancias modernas quitarle la “locura” a los toreros y al toreo mexicano”?

Le quitarán la maravillosa “locura” al toreo mexicano –a mí, lo dudo- si los “cuerdos –mercantilistas y comerciantes sin gracia ni salero espiritual- continúan con su desequilibrado propósito y empeño de eliminar de su escritura el “romanticismo tradicional” –savia de misterio; sábana de pasión- que le dio cuerpo y vida a su poesía. Le quitarán la maravillosa “locura” al toreo mexicano si los “cuerdos” se aferran a la idea de que las estrellas ya no iluminen con su prosa poética la dura noche de la fantasía, y salpique con su rocío de luz la densa oscuridad de la ilusión.

Así las cosas, y siendo mi mundo la escritura -y lectura-, y el lenguaje –silabario que compone palabras, frases y oraciones- mi universo, ¿quién podrá entenderme si, solitario como vivo encerrado entre las cuatro paredes del abecedario, no hay servicio gratuito de correspondencia directa?

Por eso lo que digo –escribo-, entiéndalo el amable lector, está dirigido a quienes, como yo, nos cubrimos con el manto de la “locura”.

Mas no por ello omitiré escribir –decir- que mis cálculos hipotéticos han sentenciado un destino. Ocurrirá el final del toreo mexicano si le extraen el romanticismo y le amputan su extremidad poética. Palabras que, coincidentes, están bastante de acuerdo con lo que estiman literatos y escritores ampliamente experimentados en tales menesteres, los “aficionados viejos” a los cuales la edad les quitó la locura.

Remato mi disparatada redacción valiéndome de la expresión favorita de los aficionados viejos. “Por ahí, escondido en sombras de misterio, te espera el amor que no te quitará lo “loco” pero, haciéndote feliz, te volverá más y más “loco”. ¡Inercia emocional del toreo!

Cierto, hay un mundo… “MÁS ALLA DE LA SUPERFICIE”.

5 DE JUNIO DE 2019

(Hoy miércoles 5 de junio del 2019, cuando son las cinco de la mañana, y antes de ir a la institución que me va a conceder una credencial de “mantenido” por ser viejo –aunque joven en el amor- ocurrióseme escribir esta parrafada. Gracias Paco Piña por obsequiarme unos cuantos licorcitos.

AL RESPECTO DE LA “SABROSURA” QUE GENERAN LAS OPINIONES Y COMENTARIOS EN EL MEDIO DE LOS TOROS

AUNQUE A VECES CONCLUYA LA TERTULIA CON LAS ESTRUENDOSAS Y POCO FINGIDAS “MENTADAS DE MADRE”

No acabo de digerir el berrinche que me provocó el enfrentamiento oral con el tal “alemán” -me cae digo yo que hay perros pastores “alemanes” con más gracia que el bicho ese-, y de nuevo ya he estado involucrado en las “sabrosas” discusiones que, cuando son amenas por lo menos, construyen y no destruyen. No entiendo, y con terquedad me encuentro en ellas.

Lo cierto es que me queda claro que en el medio las opiniones van y vienen, y que en su recorrido hacia la nada algunas logran adherencia, y otras el rechazo; algunas enamoran con las caricias de la piel tersa, y otras causan tal repulsión con su pestilente vómito visceral que nadie puede tolerarlas sin mareos ni desmayos.

Por ello acato la sugerencia de mi comadre Toña, vieja loba que sabe los secretos para llegar con bien al entendimiento del próximo. -“Sea precavido compadre, me insiste la otrora ex beldad, y cuando hable o escriba cuide sus opiniones pues recuerde que en el enmarañado laberinto de las relaciones en las tertulias cuando aquellas no son correctamente asimiladas se tornan puñales, y los enemigos se multiplican como el prurito en la selva corroída por mosquitos devoradores”.

Todo comenzó cuando el comenté el intenso agrado que experimento viendo el toro que se lidia en Madrid. -“Comadre -enfaticé airoso- personalmente creo que me beneficia la emoción que me despierta el estímulo visual del astado que por lucir más cuerpo que el mexicano logra que me paralice para contemplarlo, ¿qué tiene de malo reconocerlo y hacerlo público?, ¿qué riesgo asumo si dato que “me enamoran” esos impecables astados que “guapamente” logran armonizar sus volúmenes con la dimensión de los pitones?, ¿y qué problema puede generar el hecho de que comente –públicamente- que en lo personal experimento cierta fascinación con la solemne seriedad de las caras de los toros que, estando yo delante de ellos, ya con capote, o ya con muleta, provocaría el absurdo bailoteo de mis ridículos desconciertos”.

Me dejó hablar.

Cuando callé el silencio se interrumpió con tres palabras que estrellaron el cántaro…-“Allá usted compadre”. Pero en seguido vino el canto más alegre… -“Pensar, compadre, me dijo la Toña, que esos “torotes” que te enamoran un día fueron tan hermosos como lo son los seres recién nacidos,….

“Para tus blandas orejas

El rumor de la llanura,

Una música de pájaros

y un mugido de ternura…”

“Y mañana

Un agudo de clarín,

Que te libra del chiquero

para invitarte a morir…”

“Increíble que así sea comadre, fue mi breve fraseo. Pronto recordé que tan delicados y refinados conceptos pertenecen al deleitoso poemario del célebre Manuel Benítez Carrasco, singular poeta que le ha cantado al toro con el primor de las notas de los niños que por su esencia se perpetúan en la memoria.

“Así es compadre, pronunció la simpática Toña poniendo en mi mano una vaporosa tacita de café, y su piquete al lado…

Y seguimos hablando y hablando.

-“Sea discreto compadre, y precavido también pues recuerde que “en la boca del discreto lo público es secreto”. Mejor a nadie le cuente sus intimidades. Y resérvese sus opiniones, compadre querido. Le falta temple para entender y soportar los bruscos rebuznes de los asnos que creen que piensan… Usted ya no está para desplantes compadre. No sea enojón, cuide su salud”. Y por la salud alzamos la copita de tequila alabando al coro: “Salud”.

Y continuó la tal Toña, rechoncho cuerpo <qué buenos bigotes tenía la ingrata, “hace cuarenta años”> que es el estuche de un modo simpático y un carácter sensacional.

–“Cuando usted se enoja se le amorata el alma, su ego se le chamusca, y se duele en su espíritu. Pero allá usted compadre, lo único que me queda por decirle es que me encanta -al pronunciar tal cosa “puso ojos de corazón”- cuando se encabrita y lanza su mirada de látigo, mirada que dibuja el fantasma del ardor, mirada oscura como el alma del verdugo, pero FINALMENTE TAN VICTORIOSAS COMO EL SENTIMIENTO AMOROSO DEL RECIÉN NACIDO. ¡Por eso le “quero” viejo chulo!

Antes de pasar lista a los poros de nuestra piel curiosa me preguntó: -“Compadre, ¿entiende usted lo que debe entender? Mi respuesta fue lacónica. Le agradecí que nos hayamos convencido de que el placer en ocasiones es de nuestra íntima y sagrada propiedad.

6 DE JUNIO DE 2019

Antier, cual chiquillo buscón del calorcillo que conforta el alma y complace al cuerpo, y buscando abrigo, no pude evitar reclamarle al tiempo las toscas y variables inclemencias que azotaron la ciudad que, renegando y emberrinchada, vio con asombro cómo aquellas endurecían la piel de los charcos callejeros. La lluvia y el viento no fueron muy amigables la tarde noche del martes. Y como niño experimenté frío y ansiedad.

Lo cierto es que ante tal situación sentí sobresaliente interés por pensar en los niños, acaso porque, de regreso a casa entrada la noche, pude juguetear con ”Fito” -Facundito, hijo de don Facundo- mozalbete que acusando cierta precocidad pelaba sus ojos cuando su papá, pensando en las consecuencias fonéticas, me reclamó cuando alguna vez le llamé Facundillo, infante de cinco años que con estridente alegría, colmando de travesuras, y lleno de sonrisas y abrazos, me invitó a reflexionar en el hecho de que la vida personal queda marcada, pese a los ajustes posteriores, por la influencia de las experiencias vividas en la niñez temprana. En medio de mi regocijo me resultó imposible no “emocionarme” viendo al hermano del Fito, recién nacido que queriendo atrapar la vida con la red de sus ojillos, se saludaba a sí mismo dándole su manita a los dedos de los pies. Ante tal escenario, y sintiendo las delicias del calor humano, “mandé al diablo al frío”, aunque de nada me sirvió pues en las calles llovía con tal intensidad que, por permanecer en el resguardo, no pude sino robarle una pizca del sueño a Don “Facun” y señora.

Ya podrá imaginar –el lector- el intenso gozo que me producen los momentos de complicidad “emocional” con los niños, máxime si son de mi familia. Y por asociación de ideas inmediatamente relacioné al “Fito” retozón con inocencia, con frescura, con candor, con asombro y sobresalto, No he podido evitar que siempre me haya causado admiración la infancia, esa mágica y fantasmagórica etapa evolutiva del ser humano, muy en especial en la que el aprendizaje configura al futuro ser que obedecerá a su destino por el legado de las “emociones primeras”.

Y sin quererlo, mucho menos proponérmelo, recordé mi infancia, ciclo que, cual mariposa en vuelo, se puso polvos para volar en gloriosa coquetería, y dejando polen enriquecido en la imaginación, se fue dejándome tan sólo suspiros.

A velocidad del vértigo recordé que de infante al toreo lo intuí, y luego lo descubrí. Lo descubrí como una “emoción básica” que, al hendirse luego en mi ser me marcó con tanta hondura y plenitud que soy su fiel cautivo, y sigo su rumbo con obediencia ciega. Tal parece que no me fue posible encontrar otro sendero para mi satisfacción que no fuera el señalado por “la ruta del toreo”.

Con frío y lluvia, caminado rumbo a casa en busca de la cama que en el fragor de mis sueños no tiene ni pies ni cabeza, agradecí la oportunidad que tuve para “emocionarme”, cálido estado de ánimo que puso en mi conciencia el hecho de que “El Arte de Cúchares” –el toreo- nada es sin las “emociones”. Entiendo que el fenómeno taurino como espectáculo público se captura y atrapa por el fenómeno físico de la “emoción”.

Así las cosas, me quedó claro que al niño se le interpreta y entiende por la intensidad de sus “emociones”, lo mismo que al toreo. Y “emocionado” recordé aquellos momentos en los que, -experiencia primeriza- de niño sentí las acogedoras y excitantes caricias del toreo. En esos momentos, tendría yo escaso seis o siete años, el sol y la luminosidad de la magia taurina llenaron de vida la retina de mis ojos, y me lanzaron como jabalina al reino de la noble ilusión y la misteriosa fantasía.

Luego, ya en casa, al recostarme y querer bajar los párpados para fantasear y dormitar en la niebla del sueño, me vino a la mente la lección que aprendí cuando fui estudiante de Psicología: “Mal están los niños que han aprendido patológicamente a reprimir sus sentimientos y emociones”… MAL ESTÁ EL TOREO MODERNO CUANDO SE PRETENDE INHIBIRLE LA “EMOCIÓN” DEL RIESGO,…

Creo que lo último que advertí antes de que es eclipsara mi conciencia fue que me gusta la frescura con la que los niños se “emocionan”, sobre todo cuando sienten miedo o alegría, que se vuelven expresiones faciales que no se pueden ocultar. Por ello es que río con sus sonrisas.

Acurrucándome recordé que el niño no sabe reprimir su reacción ante el frío. Y recordé el penoso y vergonzante hecho de que existan por ahí niños que llegan a convertirse en paralizadas momias de piel cristalina, por el frío; también recordé que, suponiéndolo, “AL TOREO LO PUEDE CONVERTIR EN MOMIA LA FALTA DE CALOR, DE PASIÓN, DE SENSACIONES QUE, CONJUNTO DE BELLEZA Y PELIGRO, “EMOCIONAN” A TAL GRADO QUE, CUANDO GRANDES, QUEDA DEMOSTRADO QUE SU ATRACCIÓN POR EL TOREO EXISTIÓ EN EL HOMBRE DESDE QUE FUE INFANTE.

Y acurrucado desperté viendo con los ojos cerrado –soñé que soñaba- a los niños sonreír ante la sorprendente belleza del toreo, y soñé que soñaba que se acababa el frío. Y soñando que soñaba volvía a buscar el calorcito de mi almohada.

Author: José Caro