ARRASTRE LENTO

Sarita Montiel

¿Será cierto que? Hoy los sonidos del toreo se escuchan como sonido ronco y tardío, y el brillo del clarín suena como sordina apagada

Anoche, caminando por la calle Hornedo, se me dio la oportunidad de saludar a don Ambrosio, simpático “personaje” al que tanto aprecio pese a su cómica obesidad pues tan pronto cabe en una lavadora como, escurriendo sus carnes, se filtra entre rendijas de ventanas. Juguetón como siempre, me saludó con tanta emotividad que sus palabras en tono de escándalo bien se pudieron haber escuchado kilómetros a la redonda. Don Ambrosio, viejo conocido que, rumbo a dejar en el depósito sus instrumentos de trabajo –entre las calles de Hornedo y López Mateos- “aficionado a la antigua”, el cual según su propio decir “presume” haberme visto torear en la plaza San Marcos hace tiempo -José Manuel Montes “El Ratón”, Mauricio Lavat y José Caro una “corrida” de la Punta que no se toreó en la plaza México-, me puso en evidencia. Don “Bocho”, orgullosamente barrendero de oficio –el que tiene por cierto en lujoso brillo el atrio de “los templos de su devoción” -El Encino y Guadalupe- fanático de Arturo Macías, me sorprendió con su curiosidad. Escoba al hombro, y mofándose de los aficionados modernos, pues duda de que sean conocedores de los perfiles románticos del toreo, me preguntó si sabía quién fue María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Isidora Abad Fernández toda vez que la susodicha se hizo famosísima dentro del medio taurino. Riendo, y con pasitos cantinflesco, caminó hacia su contenedor no sin antes ponerme en evidencia pues, asombrado mi rostro, delataba desconocimiento total de su interrogatorio burlón. Cantando confirmó don “Bocho” mi ignorancia; “Pisa morena, pisa con garbo.”

Lo cierto es que a don “Bocho” se le metió la idea de que la Fiesta moderna ha perdido sabores; ha perdido el sabor del barrio, el tufo de la cantinas, el sabor de los rastros y carnicerías en donde se platicaba de toros, el sabor que cual estela dejaban los maletillas andrajosos, el sabor del chavalillo hambriento que, suplicante, pedía oportunidades para torear, y mendrugos para comer, sabor de los sueños de aquellos que, chorreando sudores en las caminatas, llegaban a la ganadería con la esperanza de que le dieran “las tres”, y lucirse en tal manera que “la hija del ganadero pusiera sus ojos sobre él”, sabores que, sustituidos por los artificiales, ciertamente ya no existen.

María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Isidora Abad Fernández
“Sarita Montiel”

Por eso me cae bien Ambrosio, sobre todo cuando abre el baúl de su corazón para extraer los sabores románticos que, comprobado lo tengo, ha perdido el toreo. Insiste don “Bocho” en afirmar que el colorido de la Fiesta ha cambiado de matices y que han cambiado los olores de frescura e intensidad que le eran propios, tan es así que, con acento de añoranza reclama, no se explica cómo es que el olor a claveles, a puro y cerveza se hayan fugado de las plazas de toros. “Le di la razón”.

-“Es más, dice don Ambrosio, ya ni canciones ni poesías se le dedican como descubrimientos nuevos a los toreros que hace años en los pueblos y rancherías abarrotaban gente en corrales, murallas, balcones y miradores. Es más, lo acentuó con el callado dolor de la nostalgia, ya la gente ni voltea a ver a los toreros cuando van por la calle porque, todo parecerán, menos toreros”. “Le di la razón”.

Cuando dijo canciones recobré la calma, y caminando de regreso a casa, repetí lo que balbuceante canturreaba don Ambrosio: “Pisa morena, pisa con garbo, que un relicario me voy a hacer con el trocito de mi capote que haya pisado tan lindo pie”. Recordé que la susodicha y mentada María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Isidora Abad Fernández es “SARITA MONTIEL”.

Afirmándolo, don Ambrosio recriminó que en los tiempos modernos ya no existan ni trovadores vagos ni poetas inspirados que, insuflados por los aires de la Fiesta de toros, compongan maravillas en honor de los toreros. ¡Aquello ya se acabó! Ya no hay actores, ni intérpretes, ni poetas que se hayan hecho famosos declamándoles ni cantándoles a los toreros.

De regreso a casa me pregunté por qué los caminos del toreo, bloqueando puentes de inspiración, han erradicado de su contención aquella riqueza artística de la poesía y el canto en honor a los toreros, Si, aquello ¡ya se acabó!

Author: José Caro