2 ARRASTRE LENTO 2

CARAS Y ROSTROS QUE NO QUIERO VER, NO, NO LOS QUIERO VER.

NO QUIERO VER A ESOS QUE SE DELEITAN QUITÁNDOLE LAS HOJITAS DE ORO A LOS RETABLOS DE LOS ALTARES –SUEÑOS- SAGRADOS DE LOS TOREROS DE AGUASCALIENTES.

NO QUIERO VER ESOS ROSTROS ENVENENADOS, ESOS SEMBLANTES, CON TUFO AMARGO.

¿QUÉ OBJECIÓN LE PONEN AL TRIUNFO DE LUIS DAVID ADAME AYER EN PAMPLONA?

¡Otra vez! De nuevo el desconcierto altera mi ánimo. Lo lamentable –pesada incomodidad emocional- es que, en consecuencia, mi razonamiento poco tiene de caballeroso. Me “alteró” la actitud de un grupo de aficionados -pocos para ser muchos, y muchos para ser dos- que irónicamente se deleitan promoviendo como fracaso el batallador esfuerzo de los toreros de Aguascalientes que, batallando como verdaderos guerreros, y a pesar de cortar orejas como Luis David, no han logrado redondear la “conquista” de sus sueños e ilusiones en España. Su cara burlesca me puso de mal humor pues sus palabras las sentí impactar en mí ser con tanta violencia como si fueran pedradas y apaleamientos. Vaya guasa la suya; los toreros de Aguascalientes les parecieron poca cosa.

Dicho –escrito- lo anterior como necesaria aclaración, paso a despojarme de resentimientos para intentar explicar y justificar mi manera de pensar y sentir.

Lo sabe usted, y lo sé yo: sabemos que los toreros, arquitectos de su morada, construyen sus castillos y palacios, mansiones equipadas con alfombras de fantasía y candiles de ilusión, pero sobre todo con el resbaladizo hierro de la incertidumbre.

Me gustan tales edificios. ¿Cómo no iban a gustarme si yo construí el mío? Prefiero seguir escribiendo. A pesar de ello tan pulcras son las construcciones de los toreros que no hay polvos que enturbien el paisaje de sus pisos y espejos, y tan claros son sus espacios que ni por sus ventanales logran asomarse nubes, las que se creen con derecho a entrar, con color de sombra. En ellos –castillos, palacios y mansiones- todo es brillo, mágica alborada del encanto que precede “símbolo y semejanza” a “la dicha eterna” –destino del hombre-.

Los suyos son edificios que en nada se parecen a aquellos que, carcomidos sus pilares por los vientos atormentados, funestos y destructores de la amarga desilusión, desastrosamente colapsados se derrumban ante la negativa de la “dicha” que huye por los

maléficos senderos de la incertidumbre sembrando angustiosos motivos que yacen en la opacidad del atardecer, vieja heredad de los espíritus malignos que encuentran su “desdichada dicha” en frustrar el esplendor de toda ilusión y fantasía.

¿Desdichada dicha la de esos dos aficionados que parecen muchos siendo tan pocos que se empeñan en malograr la reputación del destino de los toreros de AGUASCALIENTES? Vaya guasa. ¡Les parecen tan poca cosa!

Llega el momento en el que los toreros viven en su palacio, en su castillo, en su mansión encantada. Y adentro se dan órdenes de cerrar las puertas, ¡nadie entra!, ¡nadie sale! Todo lo necesario está en el interior de manera que no es necesario “salir de casa”.

Y es que, dentro de ese castillo, de ese palacio, de esa morada, he visto sin remordimientos la cara sonrosada de los chavalitos glotones que con su sonrisa amplia en los labios, ojillos vivos en su cara, y gestos burlones en su rostro, “devorar” caramelos, tal y como los toreros Luis David y su hermano “Joselito” -¿y quién como ser humano no hace lo mismo?- devoran y consumen con glotonería sus sueños atragantándose de fantasías y anhelos.

Es cuando los toreros se parecen a los niños. Son rostros aniñados de figuras simpáticas, caras de cuerpos livianos, semblantes de espíritus que sienten repugnancia por las nieblas, las sombras y las desdichas.

Me volvió a exasperar la postura de “esos dos que parecen muchos”. ¡Vaya guasa, parecerles poca cósalos toreos de Aguascalientes!

Vi de frente a “esos dos”. Sus semblantes tiesos, acartonados, promotores de gesticulaciones retorcidas, caras de figuras lejanas, rostros lunares que tienen a la amargura como indispensable color del maquillaje con que se pintan la frialdad de su insatisfacción.

¡No! ¡A esos seres –espíritus desligados de todo idealismo- no quiero verlos! Y menos escuchar o leer sus distorsionadas exclamaciones en las redes.

¡No! Que no quiero ver a esos cuerpos inescrupulosos, amargos semblantes que, dependientes de espíritus despreciables que con burlas y dejos trastornados, contenedores de insanas vulgaridades, se mofan del espíritu conquistador de los modernos quijotes ¡TOREROS! que muestran sus sueños e ilusiones como blasones –escudos- de la nobleza de la “locura” que es capaz de transformas las circunstancias.

NI MODO, ESCUACHAR A ESOS VIVALES QUE NUNCA LE HAN SALIDO A UN TORO, Y LOS QUE LES HAN SALIDO CUANDO LO HICIERON FUERON CELEBRADOS COMO SE FESTEJA A UN PAYASO, DE NUEVO ME HA HECHO “ENCABRITAR”. ¿QUÉ PUEDO HACER PARA IMPEDIRLO?

16 DE JULIO DE 2019

“ME CAEN BIEN”

Valga agradecerle a mi memoria lo que no ha olvidado. No ha olvidado lo que hace años una compañera de estudios (UNAM-1972) me señaló cuando le hice ver que el proyecto de mi vida seguía siendo el convertirme en torero -de alternativa- que mereciera un digno reconocimiento. Ella, mi compañera, siendo testigo de mi desesperación porque no podía convencer a la empresa de la plaza México para que me dieran otra oportunidad, pues me había presentado en dicho coso hacía dos temporadas, para calmar mi desesperación y ansiedad, sugerente me hacía señalamientos: “No confundas los instrumentos; usa los que son propios: un doctor para la cirugía no usa machetes, ni un carnicero para destazar las reses usa bisturí”.

¿Cuál instrumento debo usar Verónica? –se reía la cuando le comentaba que tenía el nombre del lance más torero.

“El más recomendable por eficiente y productivo, me decía: “LOS SUEÑOS”. Los sueños te abren puertas sin llave”, y te hacen volar sin motores que te impulsen”.

Por ello, ahora que recuerdo aquellas conversaciones con doña Verónica, y de cara a los deseos inconclusos de los toreros mexicanos que a pesar de sus intentos no logran posicionarse como verdaderas figuras, me deleito rememorando las palabras que como motivación e inspiración me repetía la ahora reputada psicóloga industrial, doña Verónica.

Así las cosas, no puedo sino repetir que “me caen bien los “sueños”. ¿Será porque “soñar no cuesta”?

Y me caen bien los toreros que saben “soñar”. Me cae bien lo que “sueñan” los toreros.

Lo cierto es que lo que “sueñan” los toreros, al ser concebidos tales “sueños” estando la mente “despierta”, por su condición de viveza, animación y entusiasmo con el que fueron creados, también son “sueños” “despiertos”. Sabido es que los toreros tienen fama de ser gente viva, audaz, “despierta”. En consecuencia “vivos” y “despiertos” son sus “sueños”. “Sueñan” en dar vida a la fantasía abstracta de sus “sueños”. Sueñan “del vuelo más bajo ascender al alto tono del reconocimiento y la gloria”. Tales fueron mis seños algún día.

Y no se crea que los “sueños” “despiertos” de los toreros son pensamientos pasajeros ni nociones vanas: son la parte viva de su esperanza, son la parte sensible de su ilusión, son los elementos que nacen en la búsqueda de lo más grande y exacto son la visión del estado más alto al que puede volar la imaginación de los toreros: “la gloria, la fama, “el éxtasis emocional”.

Por eso me caen bien ciertos toreros, sobre todo aquellos que irrespetuosos con la discreción de la intimida de las cosas, hacen públicos sus “sueños”. Me caen bien porque son toreros capaces de armonizar su realidad con su fantasía; me caen bien los toreros capaces de hacer que la fantasía vague sin freno, me caen bien los toreros capaces de reconocer que su vagar no tiene fin; SON LOS TOREROS QUE SABEN SOÑAR. ¡Esos sí me caen superbién!

Me caen bien los toreros que saben que los “sueños” no tiene la volatilidad del humo, me caen bien los toreros que saben que los “sueños” aproximan lo remoto, y saben que al lado oscuro de los acontecimientos diarios le acompaña siempre la luz de la esperanza. Por eso me caen bien los toreros que creen en la extrema contundencia de los sueños. A éstos los convierten en instrumentos y no en objetivos.

La efectividad de los sueños, según mi ex compañera Verónica, ocurrirá solamente sino se confunde los instrumentos: “No quieras hacer cirugías con machetes, ni sacarle una muela a un hipopótamo con bisturí”.

En fin, me caen bien los toreros que sin fabular con ocio ven a los “hechos de sus “sueños” con la más nítida y alta claridad. Me caen bien los toreros que, vencedores al final de la jornada, despiertan aún enceguecidos con la luz de su apoteosis demostrándole al mundo que los rodea que las suyas no eran fantasías impracticables.

Me caen bien los toreros, sobre todo aquellos que “saben ordenar sabiamente” la subordinación de la esperanza: saben que primero son los “sueños”, y luego la práctica; saben que primero es saber a dónde se quiere ir, y luego el caminar.

Y ME CAEN MAL, QUE TAMBIÉN TENGO DERECHO A SENTIR EXTRAÑEZA POR LOS QUE NO VAN POR LA VEREDA DE LA RAZÓN, LOS QUE -“GENTE DE “MALA LECHE”- LES NIEGAN TODA POSIBILIDAD DE ÉXITO A LOS TOREROS QUE SABEN “SOÑAR”.

Cuando los escucho hablar -a los de mala leche”- pues a cualquier rincón llega la fetidez de su aliento, me vienen a la mente los demonios que sin otra ocupación en sus dominios -los infiernos- vanamente discuten al respecto de las posibilidades de quienes, SIENDO TOREROS, TIENEN A LA ESPERANZA COMO REINA DE SUS SUEÑOS, Y MUSA DE LA ILUSIÓN Y LA FANTASÍA.

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Author: José Caro