ANTONIO ORDOÑEZ Y SU RINCON

Hace ahora dos años, en Lima —maravilloso rincón de América—, Antonio Ordóñez decidió retirarse de los toros. Arrinconó los trastos y se vino a España para refugiarse en su rincón: «Valcargado», maravillosa finca situada en el término de Medina-Sidonia, en la provincia de Cádiz, en uno de los cuatro rincones —recuerde el juego de las cuatro esquinitas— de nuestra piel de toro.

Desde esa fecha, desde que Antonio Ordóñez decidió por voluntad propia arrinconarse de la Fiesta, los toros han perdido el más fiel exponente del arte de torear con una edad prematura. Porque los grandes genios de la tauromaquia, los colosos, se fueron —y volvieron a tornar algunos— por imperativos de edad o de impotencia física. No recuerdo uno de la talla de Antonio Ordóñez que a los treinta y dos años haya mandado al cuerno definitivamente los cuernos. Me parece hasta imposible. Desde su ausencia los aficionados estamos ayunos de arte. Nos falta algo o nos falta todo, porque Antonio Ordóñez, torero de época, es la más fiel representación de la estética taurina y de la verdad de un arte depurado y exquisito.

Pedro Romero, Costillares, Lagartijo, Frascuelo, Bombita, Machaquito, Guerrita, Joselito, Belmonte y Manolete se fueron, unos vencidos por el tiempo y otros por los toros. Antonio Ordóñez está en esa línea de toreros. Y lo más grave es que permanece a edad, temprana ausente de los toros y presente en el ánimo de los aficionados.

Durante mi peregrinar por las plazas de España el fantasma de Antonio Ordóñez vaga a manera de grato recuerdo por todos los cosos taurinos. De cuando en vez, cuando un torero de los de moda luce sus excelencias toreras, se suele oír el nombre de Ordóñez. Pero no suena bien; es como una herejía taurina. Cuando los más depurados artistas con el capote lancean a la verónica, alguien, sus más fieles admiradores, hacen la comparación con el rondeño. Pero, no; nadie ha llegado a esa suavidad, a esa majestuosidad del verdadero lance torero. Cuando, muleta en mano, se pasan una y otra vez el toro por la cintura, vuelve el recuerdo y la comparación. Pero ninguno, por muy artista que sea, ha logrado ese temple prodigioso, esa precisión matemática, esa grandeza artística que, como hombre superdotado por la Naturaleza, tiene Antonio Ordóñez.

La responsabilidad del ex matador de toros para con el arte de torear es enorme. Fabulosa. Antonio Ordóñez es el custodio del arte taurino químicamente puro. Guarda en su rincón de «Valcargado» la solera más preciada de una manifestación artística privilegiada. Los aficionados, ayunos desde hace dos años del sabor de ese manjar prodigioso, pedimos a manera de súplica —la exigencia no nos es permitida— su regreso a la Fiesta. El castigo a que nos ha sometido con su ausencia ha sido bastante duro. ¡Dos años sin ver torear! Y no digo sin verle torear, porque los momentos que atravesamos son bastante elocuentes. No es que se toree peor que nunca; es que, salvo dos o tres excepciones -y hasta me excedo en la cuenta-, no se torea. Porque lo que vemos por esas plazas en esas ferias y con esos toros dice muy poco en favor del auténtico toreo.

Antonio Ordóñez dijo a mi compañero y, sin embargo, amigo Santiago Córdoba que el día 25 de este mes terminaría de deshojar la margarita de sus dudas. Una margarita que tiene en vilo a la auténtica afición española.

Desde aquí pido que deje su rincón de «Valcargado», que tome sus trastos, sus vestidos toreros y que dé a la Fiesta la verdad de su arte, que es también el arte verdadero. Que vuelva de nuevo a ser el matador de toros que fue en su tiempo, aunque para ello también tenga que sacar la espada de su rincón o, mejor diría, no volver a meterla en él.

Carlos BARRENA/Octubre 1964/El Ruedo.

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Autor: Redacción