2 ARRASTRE LENTO 2

LAS MODAS, LAS EXTRAVAGANCIAS Y LAS MENTIRAS NO SON EXTRAÑAS EN EL TOREO

Me hubiera gustado conocer –y alternar- con los originales creadores que, como los grandes charlistas del toreo, tuvieron como sus fieles amigos a la sed del vino para el alma y a la embriaguez incorpórea del espíritu.

Me agrada escuchar en la sabrosura de la charla, en la que agudos tabernarios con la sabiduría del bohemio repiten la expresión del poeta –Ommar Kayyám- que convalida la creencia convertida en sugestión: “El vino pone de acuerdo a los amigos y a los rivales”. ¡Nuestro tesoro; el vino: nuestro palacio; la taberna!

Fue un viejo aficionado, uno de esos que tienen al bar por altar y a sus paredes como seminario -rezan en el bar nuestro de cada día- el que argumentó el gran beneficio de prestarle atención a lo que nos cuenta el tiempo, y no precisamente entre secretos. Son “ricas” historias que nos hablan de la vida pasada del toreo. La historia nos cuenta que en la Fiesta de toros hay “modas” que, cual tormenta anticipada, a lo lejos deja ver el rayo y el trueno. Lo cierto es que a pesar del escandaloso arribo –de las “modas”- su intensidad lumínica no ha reformado la estructura ni la constitución misma del toreo, ni el estruendo sonoro la altera.

Eso sí, y aunque algunas raíces del espectáculo siguen intactas –muy pocas en su estructura “modal y costumbrista”-, la explosión de las “modas” ha tenido un cierto sabor a cosa nueva, y no pocas a extravagancia. Empero hay algunas “modas” cuya invasión, siendo ofensivas a la costumbre y tradición, parecen profanar la antigua pureza de sus raíces. Y han sido los aficionados escrupulosos quienes, manifestándose renuentes a los cambios “modales”, fijaron las bases estructurales ante las cuales las innovaciones adquieren perfiles escandalosos.

Ciertamente que ha habido corrientes de aficionados que -jardineros- “podaron” la enredadera del espectáculo; otros que -mecánicos- lo “repararon”; sin faltar aquellos que -carpinteros- lo “arreglaron”: pero como la “moda” y las tormentas son pasajeras, pronto emigraron a otros mares dejando al toreo como puerto seguro.

La figura estética del torero por su esbeltez resulta inmodificable, no así por su indumentaria. Ayer era tolerable desde el punto de vista estético el que los diestros afamados, como fue el caso de Ponciano Díaz, entraran en acción en los ruedos luciendo “mostacho o bigotes”. Hoy hacerlo parecería “ridiculez”.

Hasta en el orden práctico se han realizado variados ajustes saludables dada la nueva conformación de las circunstancias. Un ejemplo, las orejas como premio: una oreja lo fue ayer, y hoy lo es, un galardón excepcional por su valor simbólico. En un principio era un premio material para el triunfador toda vez que, siendo los sueldos exiguos, al poseedor de la oreja por costumbre el público le lanzaba monedas al redondel para premiar sus proezas. Así se estableció la costumbre –dedicatoria- de premiar al torero con lo carne del toro: la oreja era el vale o comprobante para reclamar el premio. Tal costumbre despareció luego de que los diestros empezaron a cobrar a los empresarios por sus actuaciones de acuerdo con la popularidad e interés que despertaban.

Queda claro que han cambiado usos, costumbres y detalles. Ha cambiado el vestido de los toreros y los accesorios ornamentales; han cambiado las maneras de transportar a los toros; las maneras de picarlo; el uso del peto en el caballo; la cruceta que desplazó a la arandela de la puya.

¡Cambios peligrosos! ¿Cómo cuáles? La tolerancia y promoción de la lidia del toro bravo, pero no tan bravo; la puya de mentiras, la que no hace sangre; las banderillas sin rejones, las que se adhieren como pegol al plástico; la muerte simulada del toro en el ruedo, muerte de mentiras; los cuernos chatos –rasurados- para humanizar el espectáculo.

Lo cierto es que los charlistas que sobreviven ruegan en su palacio, en su bar nuestro de cada día, que las innovaciones y cambios costumbristas no modifiquen las raíces del toreo y prevalezcan en ellas su íntima crudeza, magia y misterio.

21 DE JULIO DE 2019

LA SENSIBLIDAD Y DISCIPLINA DEL AFICIONADO VIEJO LE HA PERMITIDO TOLERAR Y ADMIRAR CON GUSTO A LA FIESTA MODERNA

Preparándonos para ir a Jesús María y presenciar la corrida de feria, platicando en un deleitoso desayuno con un amigo y aficionado me quedó claro que hay “aficionados viejos” que a pesar de cualquier contrariedad -conceptual y emocional- siguen adheridos a la Fiesta. ¡Sí, pocos, pero han logrado sobrevivir!

Quienes no lograron la sobrevivencia fueron los “viejos taurinos” que, habiendo padecido la cruel venganza del tiempo, un tiempo que, despiadado, les evaporó en absoluta sumisión el incienso interior que un día aromatizó el espacio íntimo de su capillita personal, hoy se sienten extraños en las iglesias sin púlpitos ni sermones. Ya no hay, para ellos, amonestaciones orales que regañen a quienes prefieren alcanzar la gloria con la dulzura del buen estilo de los astados y reniegan del sacrificio de lidiar al toro tocado por la fuerza demoníaca de la bravura en su estado primitivo y salvaje. Les extraña que, contrariando el espíritu del toreo, a los diestros modernos les acuse la tendencia a satisfacer de forma inmediata sus deseos “estéticos –el toreo bonito y con riesgo disminuido- sin importarles darles gusto y satisfacción a los tradicionalistas que tenían en la bravura del toro la máxima prueba de “santidad”.

No pudieron sobrevivir tampoco quienes, pese a su disposición para permanecer en el conjunto de aficionados activos, fueron impedidos de sentir el frescor de la naciente alborada, y de ver la lujosa luminosidad del nuevo amanecer del toreo moderno. A éstos les parce que a los aires religiosos del toreo actual les falta el grave tono monástico en el que con penitentes oraciones se purgaban las pecaminosas inclinaciones a una vida licenciosa. A éstos les parece que el toreo moderno, espectacular y con brillo estético, carece de fondo religioso por trivial, ligero e insustancial.

Cierto es que muchos de esos aficionados de “la vieja guardia” viven aterrados con las modificaciones desastrosas del cambio y del progreso –ya no hay quites; ya no se pican a los toros en tres viajes; ni recargan los toros con la intensidad de un salvajismo remoto y distante- un progreso que le ha dado otra faceta a la Fiesta de toros. Y es que a tales aficionados no les cabe en la mente la idea de que el progreso, siendo sinónimo de transformación, deba sepultar tradiciones y exaltar mitologías extrañas y novedosas.

El aficionado que no logró sobrevivir fue aquel que se sintió incapaz de conmoverse ante un espectáculo que no hace mucho todavía fascinaba hasta hacerle perder la razón apasionadamente ante el deslumbramiento de los alardes de hombría y reciedumbre. Hablan de tiempos de degeneración.

Pedirles a estos aficionados explicaciones de su comportamiento sería tanto como preguntar a las flores por qué de pronto se animan y se alegran infundiendo mágica energía a los prados y jardines, y de pronto se deshojan y marchitan.

El que no ha logrado sobrevivir es el aficionado que no pudo impedir que el tiempo despoblara de sus dioses el cielo en el cual vivía. No logró sobrevivir el aficionado que no soportó que la modernidad evaporara las influencias ambientales que traían consigo la tradición, costumbres a las cuales el tiempo inmisericorde les ha –camuflado- modificado sutilmente el acento y el tono.

Ellos –los aficionados no sobrevivientes- al romper los lazos de unión con la “sagrada tradición”, fundamento de su propia religión táurica, hicieron de la Fiesta un caserón deshabitado, quedándoles tan sólo los fantasmas de la melancolía y la nostalgia. Dejaron de ser aficionados aquellos a quienes la Fiesta dejó una marcada e irrepetible impresión, más que una clara idea transmisible a otras generaciones.

Empero las “loas y alabanzas” son ahora para los auténticos bohemios y aficionados modernos que, aún siendo viejos, tuvieron la capacidad de adecuarse a las circunstancias cambiantes que en el cambio no dejaron de tener conexión con el rigor místico y creativo de la autenticidad torera, esa que pone en primera personal al orgullo, a la dignidad, al sentido ético profesional de la honradez y el compromiso moral.

A ellos, a quienes soportaron y toleraron los bruscos embates y transformaciones del progreso la vida les concedió el premio de preservarles su sensibilidad –sensibilidad dentro de una disciplina- y capacidad para sentir la Fiesta de cualquier tiempo. Y son éstos los que la privilegian apuntalándola sobre estructuras que preservan como tradición fundamental a la SERIEDAD Y EL RESPETO TOREROS.

Por eso al aficionado viejo de Aguascalientes se le distingue por encima del resto. Y es que a todas luces resulta notorio el aficionado viejo que, muy a su pesar, sabe que el mundo gira y cambia, y que el toreo en su permanente giro ha sufrió inevitables modificaciones que, si bien pueden dar la apariencia de mentira, siguen siendo verdaderas y perfiles de autenticidad. Su regla es obvia: El aficionado de cualquier tiempo y época espera “que por la puerta de los sustos –la de toriles- salga-en corrida de toros- el toro con edad y trapío”. ASÍ DE SENCILLO.

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Author: José Caro