EL CAPOTE DE PASEO.

SÍ, ASÍ lo considero, el capote de paseo bien puede semejar a la armadura que permite al corazón quedarse en su lugar, que no se salga de su toráxico sitio el capital y esencial músculo escarlata cuando se hace el paseíllo.

CAPOTES DE paseo los hay elegantísimos, finos y caros, de variados colores, de refinadas y selectas sedas con imágenes religiosas pintadas, bordadas, con emblemas significativos y figuras de diferentes aspectos, va de gustos a gustos, y de la economía de quien lo monta sobre su hombro izquierdo, pero el más bonito, el de valor incontable no va más allá de la descolorida tela que alguna vez fué roja, la muleta improvisada como elegante capote de paseo, el mismo que era portado por los humildes y sobre el cual aleteaban sus ilusiones, los sueños de los hoy desaparecidos maletillas, el capote de paseo –elegante o no- cubre el corazón, y parte del vientre, entre cuerpo y tela retumban los fuertes latidos de las entrañas y más abajo sirve para que las mariposas que revolotean en las barrigas no salgan, que se queden ahí mientras el miedo de la responsabilidad se calma al salir el primero del festejo. Y palabra que no es temor, es pavor… La cornada puede llegar, el fracaso jamás, nunca de los nuncas. El fracaso es para aquellos “que no tienen miedo”. Parte de la grandeza en los ruedos es vencerlo, sobreponerse y enseñar carácter, es lo principal… Nos Vemos.  

Pedro Julio Jiménez Villaseñor

Autor: Pedro Julio Jiménez Villaseñor

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