2 ARRASTRE LENTO 2

¿POR QUÉ A LOS VIEJOS YA NO LES “GUSTAN” LAS TARDES DE TOROS MODERNAS?

¿Por qué se originan los “gustos” en el ser humano? Lo ignoro. El cómo, tampoco lo sé.

Lo cierto es que el “gusto” por el toreo se plantó en mí como el árbol lo fue en el bosque. Ahí floreció como el rosal en el jardín, y en él ha resistido el ataque de los devastadores de los encantos naturales que, plantados más abajo que las minas de diamantes, y regados con la sangre de los depredadores, tienen la vitalidad y fortaleza para elevarse hasta la dimensión celeste de la luna y las estrellas.

¿Por qué se marchita el “gusto”? Lo ignoro. Aunque lo intuyo. Sin que nadie me hubiera explicado su condición, intuyo que la naturaleza del toreo está dotada de una coraza tan resistente que ha soportado inerme –sin medios de protección- el ataque de poderosísimos vendavales, y ha resistido sin marchitarse la sequía de los desiertos.

He querido –sin lograrlo – proponerme entender la naturaleza del toreo. Tan sólo he llegado a comprender que los embates turbulentos que le han amenazado no son deformaciones enfermizas de su constitución. Lo que en realidad ha sucedió es que, asombrado y lleno de vida, <el toreo ha visto> (me agrada la metáfora pues en realidad he llegado a creer que el toreo como ser vivo que es, tiene ojos para ver, oídos para escuchar, y sensibilidad para sentir) con tristeza que quien en realidad padece graves dolencias es la comunidad que, llena de enfermedades, en sus espasmódicas arritmias quiere sacudirse de lo que tanto “gusta” al ser humano: “El encuentro con el toro para crear con violenta pero deleitosa armonía y puntual sincronización “bellas” expresiones “artísticas” del alma”. Cabría apuntar lo que grandes filósofos y pensadores han dicho de la belleza y el arte: “La belleza no es tan importante para el arte, lo relevante es el significado de la obra”.

Por hoy debo cortar esta insulsa parrafada y ponerle el punto final a ella. Tengo que resguardarme pues -otra vez- escucho el amenazador bramido de los cañones que quieren destrozar el árbol del toreo. De nuevo las miserias sociales, las que se devoran unas a otras con golosa fruición, se aproximan blandiendo espadas con filo tan calamitoso que, ignorantes de la suplicante petición que desdeña la razón –“no dañes a nadie que, inclusive siendo tu enemigo, es parte de tu especie”- pueden convertirse en la avanzada apocalíptica de la destrucción total de los bosques, y la resequedad de los mares”.

Prefiero observar desde arriba la victoria del toreo, manifestación que, habiendo llegado a la cima de la montaña, reinará en la tierra que, volviéndose de vieja, VERÁ SALIR AL SOL, RENOVÁNDOSE LOS DÍAS, CADA TARDE DE TOROS”.

ARRASTRE LENTO

CUANDO SE HAN REPETIDO LAS ESCENAS EN LAS QUE SE PARALIZA LA GRAN FIESTA DE LAS ALABANZAS DE LA PASIÓN HA SIDO EL FUEGO NUEVO EL SALVADOR

Lo afirmo sin abrigar temores de represalias ni reproches de las amonestaciones, pero siento que, reconociendo el brillante episodio por el que atraviesa la Fiesta de toros en México, me queda la sensación de insatisfacción.

Algo falta…

El “ambiente helado” que se palapa en México, sobre todo cuando no están presente figuras extranjeras, “ambiente” producto de la sobreexplotación de los diestros que llaman la atención –“Joselito”, Octavio García “El Payo”, Arturo Saldívar, Sergio Flores, Diego Silveti, Arturo Macías, Juan Pablo Sánchez, Fermín Rivera, Fabián Barba, Luis David, de sobra conocidos, más los etcéteras que les acompañan-, exclama suplicante la inclusión de novedades llamativas que den calor y renovada vida al espectáculo. El desgaste natural de las luminarias activas sugiere renovación, nueva chispa, fuego nuevo…

Lo cierto es que desde sus orígenes al espectáculo le han nutrido leños que, en ardiente furia, a la media noche le concede el esplendente tributo del sol del mediodía. Así han sido y son los toreros con personalidad incendiaria. ¡Personalidad carismática por naturaleza!

Lo cual quiere decir, según intuyo, que al medio actual le hace falta personajes “mexicanos” que, con tales características, inyecten apasionado fuego al medio que, por repetido, parece apagarse y adormecer. Si no llegan, se multiplicarán los bostezos.

Y es que, con razón antaño se decía, el fuego en el toreo tiene un destino celestial: y era la ideología del calor -emociones al rojo vivo- la que, por arcaica, con la fascinación el poema cantado entre cenizas asociaba al fuego a la hechicería, a la magia, al poder religioso, y si me atrevo a escribirlo, diría que su tendencia era simular el odio satánico en el ardor de su ira.

Y se decía que un torero “ardiendo” –al que le ardía el corazón- lo estaba porque tenía comunicación con Dios. Y que quienes tenían la posesión del fuego –el que ardía en los ruedos- gozaban de los maravillosos dones de las llamas que, regocijadas en su ardor,

flameaban con el orgullo de quien puede caminar sobre el fuego mismo. Así era la personalidad de los toreros que hace décadas incendiaban los cosos.

¿Tiene algo de pecaminoso –no tanto como para arder en el infierno- desear que con aires de renovación surjan toreros capaces de incendiar el medio actual? ¿Tiene algo de irreverente para el cielo desear que surjan toreros que lleven el fuego “ardiente” en su corazón, fuego y no chispitas, fuego y no simulacro de rabia con color de incendio?

Cierto es que, lo escribo a título personal, me conmovería ver la dantesca tea ardiente que ha sido el símbolo pasional de la Fiesta de toros. Y no me arrepiento de aplaudir a los soles que iluminan ahora los escenarios mexicanos, pero me abraza la sensación de que “ALGO FALTA”.

¡FALTA EL FUEGO! ¡LA CANDELA ARDIENTE!… ¡Y LA PASIÓN INEXTIGUIBLE!

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Autor: José Caro