QUE NO DEJE LA AFICIÓN MEXICANA DE RESPETAR LA DIGNIDAD DEL TORO DE LIDIA

Recuerdo que fue de niño, bella etapa existencial en el que la curiosidad manda, y en la que obediente y sumiso el ser humano acata órdenes sin reparo alguno. Ahora recuerdo de aquella época que…

Recuerdo que una de las impresiones de mayor densidad, siendo súbitas, sorpresivas y arrebatadoras, ante las que se haya conmovido mi espíritu, fueron las vividas tanto en la “primera” contemplación de toro de lidia, como en la excitación que ocurrió mirando los festejos en los que se lidiaban reses bravas, sensaciones que se solidificaron en la admiración de las primeras corridas de toros a las que asistí. Ahora recuerdo que…

Recuerdo que del “toro” me asombró, mirándolo en los corrales de la plaza de toros San Marcos, su poder magnético, su corpulencia, su amenazante arrogancia seductora, su mirada inexpresiva, y su elegante silencio. Y recuerdo que, cuando la vi, me paralizó “inmovilizándome queriendo huir”, esa cabeza en la que lucían en armónico balanceo dos astros repletos de una intensidad mítica y legendaria, dos pitones que brillaban con incendiaria presencia luego de haberse pulido en el adormecido aire campirano de la dehesa.

Os aseguro –amable lector-, que en mi infancia fui sorprendido con el impacto emocional del espectáculo originado en las corridas de toros, y lo fui al grado de reaccionar con “inexplicable” docilidad bestial como un cautivo sin facultades para oponerme en sentido contrario. Lo singular del caso es que ahora, después de mil batallas, no puedo sino reconocer que el toreo, consumado en los festejos públicos conocidos como corridas de toros, son la envoltura de un misterio todavía más “inexplicable” pues el permanente embrujo subyugante me ha impedido darles definición.

Pero fue el torero –lo recuerdo bien- el que, con sus proezas y hazañas, me hizo vivir los estragos de las sensaciones novedosas originadas en el seno del espectáculo taurino. Nunca antes había padecido alteración alguna delante de un cuadro cualquiera; la relampagueante y encendida conmoción que me produjo la escenificación del toreo, acaso por su hondura, bruscamente oprimió mi alma sin evitar que gozara embelesado en la contemplación deleitosa del iris fascínate del toreo. ¿Qué es el toreo sino una repetición de los múltiples y variados hechizos de fantasía?

Han pasado los años, y embrujado aún, quedo convencido que la conjunción del astado –toro- y el diestro –torero- dan por resultado el “misterio glorioso del toreo”, y al toreo solamente es posible admirarlo sobre el drama, la dicha y el misterio. El toreo, siendo una expresión, rigurosa disciplina que para su ejercicio requiere de método y sincronía emocional, es apasionante y complejo, y en él no hay garantía de nada. De ahí que los aficionados que suelen razonar con intensiones analíticas, convencidos de la necesidad de respetar la “dignidad del toro”, aplaudan la búsqueda de los mecanismos que la preserven para que, en su conservación pública, sea posible la presencia del arte, insólita amalgama que involucra emoción, estética, plástica, valor, inteligencia, mística y hasta mercantilismo, condición que, sabido lo es, le da al toreo una impresionante “estatura consagratoria”.

Empero, una rara sensación e inquietud me incita a plantearlo, estoy convencido que los cuerpos del toro y el torero no son todo en el crucigrama del misterio: el toro sin su componente esencia de la bravura no es nada pues hasta su hechizo se convierte en pueril broma de mal gusto morfológico; y no se diga la del torero si este carece de valor y la esencia espiritual que a otros mueve a arriesgar su epidermis con tal de congraciarse con la dicha de elevarse hasta el infinito del azul celeste.

De ahí que la promoción tenga sentido: HAY QUE PRESERVAR LA “BRAVURA” –MILAGRO GENÉTICO Y DON DE LA NATURALEZA- COMO ELEMENTO INDISPENSABLE PARA LA CONSUMACIÓN DEL TOREO, no importa cuánto cueste –económicamente hablado- pues debe quedar claro que sin el peligro inminente e inmanente de la bravura el toreo será simplemente un espectacular ballet que se burla en los límites de las parodias insulsas y grotescas de quienes lo miran con ojos de asombro.

Avatar

Author: José Caro