“EL TORO ENAMORADO DE LA LUNA”

Ayer, luego de haber retozado con los alientos de los sueños y las fantasías que fueron alimento de mi ser cuando joven, y de haberle instrumentado lances y pases a una noble bestia que, cómplice de mis afanes, me rehízo soñar, antes de recostarme para dormir puede ver coqueteando entre ensombrecidas nubes a la luna que fue mi inspiración de niño. Y me di a la dulzona labor de dormitar soñando, y de soñar dormitando.

Noches, lunas… ¡sombras!

Hondo misterio que en un mismo tono cromático canta a las hadas de la fantasía, al campo, a la soledad “de los toreros en los ruedos”.

Todavía y muy a pesar de los naturales resabios de la veteranía, como incógnita no resuelta, ayer me disponía a reflexionar en esas mismas noches, en esa misma luna, en esas mismas sombras, en esos mismos ruedos. Y le daba vueltas y vueltas al asunto, hasta quedarme casi dormido.

Dormitando, despierto, y me vuelvo a topar con las sombras danzarinas: sombra del toro sobre la arena, sombra del torero sobre el albero. Y dale que dale: ¿Qué son las sombras? Cuando era niño en el colegio me decían que me pusiera ducho y aprovechara el tiempo porque el hombre simplemente es una sombra pasajera que vuela como nube obedeciendo la voz el viento. Ahora, que presumo mi vejez improductiva, deduzco que el hombre es una sombra, sí, una sombra excepcional, única e irrepetible, pero finalmente una sombra. ¿Qué son los grandes del toreo que nos han precedido? Sombras en fuga, trazos fantasmales que se refugian mal formados en la oscuridad de la memoria.

¿Qué es de los toreros de ayer? Sombras que –me gusta la figura literal- que saben enrollarse sobre sí mismas para ir a extenderse a otra parte dejando en suspenso a la luz que las echara al –suelo- ruedo de la ilusión óptica. Lo cierto es que no tengo manera de negar que, tal y como las naves y las nubes, junto con los pájaros de la ilusión, las sombras fueron creadas para viajar.

Sonó el timbre de mi casa. Abrí la puerta: era un mi amigo viejo que pretendía felicitarme por haber tenido el aliento para intentar volver a torear. Le dije que a estas alturas no es válido ser burlón. A pesar de todo charlamos por un buen rato.

Hablando del tema -torear y las sombras- le comenté a mi amigo, al que me preguntó que por qué, y para qué escribía, le sonsaqué su opinión sobre las sombras, sobre todo la de los toreros. ¿Qué son las sombras? Docto en la materia, sin argucias filosóficas, sin tretas metafóricas, y sin artimañas literarias con voz pausada, y luego de un lapso en silencio, y no sin recurrir a la postura serenísima de la suma autoridad sentenció: “Simplemente la oscuridad en movimiento”. Otra pausa. -“Es la carencia de luz originada por la interposición de un cuerpo opaco entre un punto y un foco de luz”. Más pausas. Silencio largo. -“Y la sombra, a pesar de lo que es lo que no es, pues no deja de ser una configuración sin esencia, es mucho más que una consideración mental”.

Con tibieza le sumé otra interrogante. ¿En el toreo hay sombras? -“Hay sombras fantasmagóricas que trascienden, me dijo, y hay otras que pesan como si tuvieran cuerpo material. Rumorando me dio a entender que, “admirándolos”, supo entender y valorar en su tiempo cuánto pesaban las sombras de Manolo Martínez, y la de don Eloy Cavazos, y la de “Curro” Rivera; que sus sombras, además de espantar, no dejaban pasar a nadie”. Seguramente no estaba convencido de su propia teoría pues culminó preguntándose a sí mismo con acento de insistencia: ¿Cuánto puede pesar una sombra que siendo lo que es, no es ni cuerpo ni materia?

-¿Cuánto pesa la sombra de los toreros importantes –españoles- en el ánimo de los mexicanos en los ruedos?- insistió mi amigo viejo: “Al no ser las sombras una sustancia objetiva y precisa, acotó con aires dictatoriales, y mucho menos en el toreo, es la mente de los toreros mexicanos la que las crea”.

De reojo, y para alcanzarle un cigarrillo a mi amigo, me volvía a encontrar con la letrilla “El toro enamorado de la luna”.

-“Qué bueno que hablamos de la sombra de los toreros, le dije, pues no quiero imaginarme si lo hiciéramos con aquella que va por los pasillos de un convento en ruinas, o la que dicen que deambula por las corroídas arterias de los panteones, esas deben espantar, tanto que dejan a la mente en desconcierto, a los cabellos electrizados y a los ojos abiertos desmesuradamente, y espantan, recalqué, porque la mente falla al no encontrar junto a la sombra el cuerpo macizo del monje errabundo, o del noctámbulo de panteón”.

-“Basta, espetó mi amigo, con ira juguetona y berrinchuda: “Los mexicanos no le temen a las sombras de los españoles, ni a la sombra del toro de allá, le tiene miedo a la sombra siniestra que enturbia y atormenta la mente de quienes viven en medio de la zozobra y la angustia toda vez que sienten que, cuando emigran a la Madre Patria, van a conquistar entre la penumbra de las dudas y los caprichos de la suerte”.

-¿Qué es entonces lo más temible de las sombras en el universo del toreo mexicano?, -concluí.

A ritmo del paso de tortuga volvió a pausar su voz mi amigo,

“Lo que representa la ausencia de ese algo maravilloso que conquista universos: “LA LUZ DE LA FE, DE LA ILUSIÓN, DE LA ESPERANZA”. Cuando no tiene esa luz estás entre sombras, y vivirás eternamente envuelto en su espantable oscuridad”. ¿Qué más puede espantar entonces a los toreros modernos? La negación legítima de la ilusión que se pinta en azul, tránsito del timbre oscuro al matizado color de lo real, de lo alegre y chillante de la ilusión azul.

“El toro enamorado de la luna”.

Nos despedimos; se fue mi amigo viejo, y volvía dormitar entre sueños, y a soñar entre la vigilia de quien se enamoró de la luna, y de alguien más, aunque nunca me ha hecho caso –Ja, ja, ja. Dormitando aún podía intentar reír. Ja, ja, ja, ja.

Confieso mi eterno enamoramiento con la luna, confieso el deleite que experimento viendo las noches oscuras, la luna llena, luminosa, altanera, coqueta, y las sombras que, de no existir, SENTIRÍA QUE ALGO LE FATA A LA ENSOÑACIÓN DE LAS NOCHES DE FANTASÍA TORERA.

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Autor: José Caro