¿POR QUÉ GUSTAN LOS NIÑOS DE JUGAR AL TORO?

El sábado pasado, viendo torear a Miguel Rivera “Riverita”, volvió a llenarse mi cabeza con imágenes de rostros sonrientes, COMO EL DE LOS NIÑOS CUNDO SON FELICES. ¡Cuánta alegría expresaba el rostro de “Riverita”! Era la de un niño que retoza pleno de satisfacción.

Lo curioso del caso fue que, ayer por la tarde, me incomodó la postura de un mi amigo toda vez que, alegre y dicharachera como lo es, en el esplendor de su florido vocabulario, luego de presentarme a un “su cuate”, me encomendó que le explicara al sujeto –un tipo mal encarado que, iracundo y mortificado, quería le diera satisfacción al hecho, para él inexplicable Y MENOS JUSTIFICABLE- de que la orgullosa sociedad de Aguascalientes se ufane de que los niños no solamente jueguen al toro, sino que hasta van a las plazas -tal y como ocurrió el sábado pasado en el Cortijo Sabinos”- para “incendiar su alma con el odio que le tienen los humanos a los animales que, como a los toros bravos, haciéndolos sufrir, no tienen otra opción instintiva que seguir la ruta de la inmoral bestialidad humana”.

Tomé al tipo por el brazo-codo y lo conduje a la barra del restaurant bar donde convivíamos. Por fortuna, cerveza y tequila de por medio, “empinando el codo” pronto estábamos platicando de futbol, de política, de gobernadores ratas, y de políticos chafas, de todo menos de lo que él quería, y así pasó la tarde, hasta que se fue él a su quién sabe a dónde, y yo a mi casa. En camino no me quedó más que recordar lo que quería primero mi amigo el viejo, y luego su cuate. ¿De qué palabras me valdría para justificar la presencia de los niños en las plazas de toros, y de la inclinación de los adultos de estimular y provocar que los infantes “aprendan a jugar al toro”?

Caminé y caminé, y divagué y divagué. Y de paso creo que pensé.

Cuando tomo en cuanta en el pensamiento a los niños –vamos, que un día lo fui- inevitablemente me remito a las travesuras y los “juegos” que componían su mundo. Y pienso en esos niños que, ilusos, querían secar el mar sacando el agua con una concha; y pienso en esos niños que aspirando a conmoverla le tiraban piedras al charco en el que se reflejaba la luna. Y pienso en sus barquitos de papel, y en sus fallidos intentos de hacerlos flotar sobre el agua que reposaba en los charcos de las calles, o que se deslizaba cual río en las avenidas citadinas, y pienso en sus canicas, en sus avioncitos, en sus muñecas y cocinas si eran niñas, en sus mentiras, en sus fantasías, y en sus “temores”. Y pienso en las llamadas telefónicas que hacían a los fantasmas que, amedrentándolos con rostro difuso y fugado, les obligaba a cobijarse hasta la cabeza cuando los ratones –mariposas- negros inquietos aleteaban en su habitación. Y pienso en sus oraciones, y en su mirada vivaracha que, sorprendida, creía ver a Dios cuando desde el cielo imaginado se desprendían plumas de ángeles azules.

¡ERAN SUS JUEGOS!

Lástima que en la actualidad los juegos –y videos- electrónicos hayan causado reumas –artritis mental- a la imaginación infantil. Ese es el mundo moderno que prefiere el cuate de mi amigo el viejo.

Aquellos eran sus juegos, en los que atravesaban el mundo con temores, pero con la alegre certeza –intuición emocional- de que obtendrían la respuesta afectiva que buscaban. Y a ella correspondían con una sonrisa. Eran juegos serios, juegos que, siendo agotadores, antes que vaciarles el recipiente de su capital emocional, llenaban de energía a los niños.

He visto a muchos niños en las plazas de toros decididamente concentrados en lo que ven sus sorprendidos ojos, y los he visto conmovidos gritar y aplaudir, Y los he visto atentísimos mirar el correr y atacar de la bestia que pujante y resoplando ataca a capotes y toreros, a caballos empetados, y a banderilleros ágiles y circenses. Y los he visto guardar silencio cuando el héroe –el torero- es atrapado por manos nerviosas para llevarlo a la enfermería. Y los he visto que sus ojos en fuga no atinan a resolver qué es lo que sucede cuando la algarabía resuena en el aire llenando al coso de tumultuosa pronunciación festiva.

Y lo he visto jugar al toro. Finalmente, no he podido resolver si los niños que actualmente juegan “al toro” ¿en realidad están jugando o, dejándose sorprender por tan singular evento, son atrapados por los temores y angustias que los conmueven, tal y como lo hace el relámpago en medio de la lluvia, o el trueno en medio de la tormenta?

Me queda claro que, aunque el toreo es una realidad que como espectáculo deslumbra y atrae la mirada -y despierta su imaginación– de los niños, no puede ser considerado como un “juego”, como tampoco lo es la pirotecnia en el juego de los castillos, como tampoco lo es la velocidad en el juego de las carreras motores, como tampoco lo es la altura en el juego de la aviación.

¿Qué es para un niño el juego de los toros?

NO SUPE DECIRLO. PERO SI SUPE RECONOCER CÓMO GOCÉ VIENDO EL SÁBADO PASADO EL ROSTRO BRILLANTÍSMO DE MIGUEL RIVERA “RIVERITA”, CUAL PÁRVULO INOCENTE, DELEITARSE CON EL MARAVILLOSO PLACER DE SU VIDA ¡T O R E A R!

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Author: José Caro