¿POR QUÉ DE LA LITERATURA MODERNA –TÓPICO TAURINO- DEJARON DE ESCURRIR LAS EXTRAORDINARIAS FIGURAS QUE, SIENDO ORNAMENTALES, ¿HABLABAN DE LAS ESENCIAS?

“La cuerda rosada por el dedo no explica el milagro infinito de los sonidos”… Adriano

Luego de buscar con afanoso interés “literatura” taurina que gusté al gusto, aquella que está reñida con la vulgaridad y la bajeza de la utilidad informativa, y dándome cuenta con desencanto la poca difusión que a ella se le da a través de los medios tradicionales -crónicas y libros- con dejo de sorpresa reconocí que las nuevas generaciones de aficionados se están desprendiendo de su propia naturaleza. Con asombro advertí que el neo aficionado prefiere ignorar que el toreo y la Fiesta mucho tienen del alma del mexicano. Ello me condicionó para volver los ojos a la memoria, circuito que me permitió darme cuenta de que, al resguardo de la literatura, hay una íntima riqueza en las manifestaciones colaterales a la Fiesta de toros.

Lo cierto es que hoy no voy a recurrir a la multiplicación de palabra para dar a conocer los motivos de mi volandera reflexión. Seré breve.

Me gusta el fraseo “fantasioso” escondido en la literatura, aunque rechazo aquel que, ausente de la chispa de la imaginación, difunden aquellos que han iniciado una carrera sin fin por darse a ver en las redes, redes en las que cualquier redactor es “don”, y el verdadero “don” es puro “caón”.

Lo cierto es que hace años era frecuente leer en las crónicas –bellamente redactadas- sentencias enriquecedoras.

-“Chicuelo” realizó una faena que mereció un millón de alabanzas”.

-“El Guerra”, celoso vigilante de sus dominios, no pude darse lujos generosos ni compartir su sombrilla con intrusos que, pretendiendo asumir un notorio papel de celebridad, quieren ocupar su sitio”.

-“Frascuelo”, apetente goloso de la gloria, con su notable soberbia fue el encargado de elevar la temperatura en el termómetro de la función.”

-“Freg”, feroz como felino, con su entrega apasionada hizo de la tarde una experiencia no solo afortunada, sino terriblemente enloquecedora”.

Seguí leyendo, pues el antañón fraseo fue motivo de mis destartaladas reflexiones:

-“Montes”, retocando su elegante oficio con pinceladas artísticas, a la plaza la convirtió en exaltado manicomio”.

-“Gaona”, no menos elegante, ni menos soberbio en el ruedo, con la magia de su hechizo alcanzó el triunfo, conquista de la ilusión, que no regatea beneficios ni compensaciones, y al vuelo de la imaginación alcanzó la gloria…”

-“Tarde jubilosas fue aquella, tarde de regocijo, tarde en la que, sombrada la concurrencia, no pudo limitar las proporciones de la admiración pues la entrega pública fue total”.

Con eso me quedo. Me quedé pensando: ¿por qué los articulistas modernos -¿en México los hay?- ya no tienen en su poder la gala de la belleza literaria e imaginativa en la descripción de acontecimientos relevantes en el toreo contemporáneo? Y vaya que “acontecimientos los hay. Seguí leyendo, y pensando, y extrañando la “belleza literaria” que no aparece entre la proliferación vacía de la literatura –taurina- moderna mexicana.

Seguí leyendo, y con desencanto rumiando mi coraje por la poca colaboración de los medios de difusión para defender la Fiesta de toros que tiene tanto del ser mexicano. Con desencanto me doy cuenta de que la literatura taurina moderna, la que informa, ilustra y se recrea en la expresión reveladora y poética es cosa del pasado. Con tristeza asombrada caí en la cuenta de que a la literatura taurina mexicana le falta el toque poético que se extrae del alma del mexicano.

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Author: José Caro