2 ARRASTRE LENTO 2

¿EL TORERO “FAMOSO” NECESARIAMENTE SERÁ EL MÁS FELIZ?

Como suele suceder, ante la ausencia de noticias “escándalo”, se habló de todo y de nada. Aunque me quedó la duda de saber si decir “nada” es decir que en México no hay torero en estos momentos que sea “escándalo” toda vez que los que hay y están en el aparador que todos miran, no son “escandalosamente” famosos, ni “escandalosamente” felices. Bueno, en realidad esto último es una mera suposición pues en realidad quién pudiera saberlo a ciencia cierta.

Lo cierto es que ayer, platicando con los charlistas taurinos que suelen reunirse en el “bar nuestro de cada día”, y conviviendo en medio de la alegre disposición del ambiente tabernario, se habló del desdichado papel que juegan el despotismo y la tiranía en los toreros que, estando en la cúspide, su pedantería no les hace descuento a su chocantería.

En el acalorado sube y baja del tono y musicalidad de la tertulia se expuso una pregunta que me sigue llamando la atención: ¿Habrá torero “estrella” que prefiera la modesta discreción al relumbrón y la estridencia de los halagos con los que se alaba a los “famosos”?

Así las cosas, las palabras en gloriosa toma y daca, sin nunca ponerse de acuerdo, en su revoloteo abonaron inquietud en mi mente obligándome a conservar el tufo de curiosidad. Y ha sido un motivo de reflexión: ¿La “fama” es benéfica o nociva para la felicidad de los toreros?

Me siento movido a comentar que el acostumbrado desorden hogareño en el que vivo, obligándome a remediarlo, me privó del gusto de explayarme ante el teclado para dar forma a las ideas. Y como luego me dediqué a ver corridas por la Internet televisión, con cierto aire de inconformidad me veo precisado a ser breve.

Y en la brevedad tan sólo alcancé a escribir que…

Que ha sido costumbre “ley tácita” en las relaciones sociales, primitivo método impuesto por la natural convivencia, que la “fama”, consecuencia de diversos factores “escandalosos”, algunos de ellos poco elogiosos, concede beneficios y en ocasiones perjuicios para la salud espiritual -¿FELICIDAD?- de los seres humanos. Me queda claro que a los toreros “famosos”, inspeccionados por el ojo público, y asediados hasta la sofocación por las veleidosas fauces nunca satisfechas del hombre-lobo, si bien le dan compensaciones colaterales –dinero, lujos, privilegios- a cambio les arrebatan ciertas libertades que dañan su privacidad, e “inquietan” su tranquilidad.

Teóricamente el torero “famoso”, siendo admirado, y alabado en abundancia, debiese experimentar sensaciones propias del paraíso. Apostaría que así llega a sentirse toda vez que, ávido de un nombre, y habiendo sido espectacular y llamativo su entusiasmo por alcanzar la “fama”, virtualmente vive en la gloria. Empero no me atrevería a negar que la embriagadora atmósfera de la “fama”, siendo deslumbrante, amén de conceder “soledad”, hace perder nociones y extraviar rumbos.

Porque he convivido con algunos de ellos, renombrados personajes que se convierten en celebridades –fantasmas de humo-, sé de sus lamentos: les duele perder el “encanto” de la tranquilidad que hereda la privacidad; les angustia su “soledad pública”; les enferma la inflexibilidad a la que les somete el rigor paralizante del “ojo ajeno” siempre atento al desenvolvimiento de su ser. No recuerdo el autor de la frase que siendo breve, tiene una dimensión extensa: “el renombre, la “fama”, el prestigio y la celebridad, no se compagina con el reposo”.

Lo cierto es que, tal y como me lo hacía entender “Yolanda” –que así le llamo a mi almohada preferida, a la otra le llamo “Claudia”, deleitoso cojín que reposado descaso además de acariciar el revoloteo de mis sueños me aconseja en sigiloso diálogo, la “fama” es terriblemente demandante pues exige actitudes comprometidas en el trayecto de su conquista. Y aunque, acosada y perseguida, la “fama” no se da gratuitamente, ni mucho menos de la noche a la mañana. “La “fama”, sobre todo la que emana del éxito, es la parte más alta de la escalera; es el resultado de pequeños pasos, de pequeñas conquistas”.

Y quien es “famoso” luego de conquistar el reino, desde luego que se merece la alabanza de la “fama”, el premio de la noble reputación que conceden el triunfo y el éxito. Y es que habiendo otra clase de “famas”, me limito a reconocer que los toreros “famosos”, entendido el adjetivo como merecimiento y consecuencia, LO SON POR SUS VIRTUDES, MÁS QUE POR SUS DEFECTOS Y CIRCUNSTANCIAS AJENAS A SU PROPÓSITO DE LLEGAR A LA GLORIA DEL TOREO.

Josè Caro

19 DE AGOSTO DE 2019

SINGULAR EPISODIO EN MI VIDA FUE EL TRÁNSITO INICIADO EN UN ESCENARIO –TEATRO DE SUBURBIO, ESCENARIO DE BARRIADA-, AL GRAN FORO PRINCIPAL DE LA PLAZA DE TOROS.

No los esperaba el sábado pasado. Pero como buen torero los recibí aguantando más quieto que un poste. Un grupito de amigos fue a visitarme a casa -Venustiano Carranza- llevando con ellos una buena cantidad de víveres –carnitas, cervezas y botellas de la más variadas marcas y contenidos-, pero los atrabancados dejaron por descuido las tortillas y el chorizo en donde se habían abastecido. Me ofrecí para ir comprar tortillas, y me dirigí a un expendio ubicado en la calle Arias Bernal. Caminado hacia allá, me di cuenta que la puerta trasera de la plaza de toros San Marcos estaba abierta. Fue cuando me asaltó el recuerdo, y me hirió la melancolía.

Y me deleité con el recuerdo. Y con gusto lo transcribo para no olvidarlo. ¡Qué tiempos aquellos señor don Simón!

De “chavo”, iluso infante que en la feria –de San Marcos- se asombraba con el rostro de la mujer araña, y se espantaba con las fauces del hombre lobo, me gustaba acudir al teatrillo donde esquilmaban a los incautos que no podían perder la oportunidad de conocer semejantes monstruos enjaulados entre rejas de papel de china. Tan modesto escenario estaba en la calle –hoy Monroy- que servía como desahogo a quienes, siendo consumados bebedores de cerveza, y apresurados por la puntualidad de los riñones, “perfumaban” con el desagrado de la pestilencia la zona haciéndola prácticamente intransitable.

Segú la confesión de mis padres y tías tal teatrillo era por su característica tan humildes un toscos escenario de “barriada”. Sus límites materiales eran obvios pues tenía por asiento al frente desvencijadas y ruinosas sillas, y al fondo tablones y cajas de madera. Un peso pagaba los adultos, y cuarenta centavos los niños. Yo, por ser acólito en el templo de San Marcos –antes bajo la tutela de la orden de los “Carmelitas”-, y habiéndome señalado el padre Díaz como el chiqueado de la sacristía, previa tolerancia del dueño que lucía una vejez tan robusta como lo era su apetencia por el dinero, pasaba gratis, de manera que mis entradas y salidas al foro eran tan frecuentes tal y como se activaban mis deseos.

Teatro de suburbio: actores de mediocridad rebajada al grado de la vulgaridad. La gente normal y pudiente, por lo menos para desprenderse de un peso, pasaba ante la carpa pueblerina de largo sin prestarle atención a los colores rojos e incendiarios de las lonas que cubrían la paupérrima sala con aspiraciones de coliseo. A su paso era obligado bloquear los oídos para que no se lastimaran con la estridencia del fonógrafo que entre voces de escándalo promovía e invitaba a conocer a seres humanos con tan notables deformaciones.

Pronto me desilusionó el truco de los actores. Inclusive llegué a sentir cierta repulsión pues me estremecía la sudorosa y fatigada regordeta que, agobiada por el desvelo de las noches sin dormir, ponía su cara llena de pelos para simular la presencia del arácnido con cuerpo humano.

Plaza San Marcos

Cansada mi curiosidad, y de regreso a casa –Venustiano Carranza- atiné a dar con “la gran vía”. La calle de Rivera –hoy Arias Bernal-. Portones rojos, inmensos por su colosal dimensión, se abrieron para dar paso a un camión que, entre el escándalo de coces y metales, llevaba los toros que en dos días habría de lidiarse en la primera corrida de feria.

Sin que nadie me lo prohibiera, -o impidiera por mi edad- pasé al pasillo en el que, por pequeñas ventanillas, se podía apreciar el nervioso y agitado movimiento que ocurría dentro de los corrales donde se desencajonarían los astados. ¡Quedé prendado!

Aquello era verdad.

Aquello era el patio trasero de un teatro de verdad.

AQUELLO ERA UN GRAN TEATRO, AQUELLO ERA EL ESCENARIO DE GRAN GALA, ESCENARIO DE GRAN LUJO: OLORES, IMÁGENES, COLORES, SONIDOS, RUIDOS, ALDABONES, RECHINAR DE PUERTAS, MUJIDOS QUE RETUMBABAN ANTE EL ASOMBRO DE MI CURIOSIDAD, CANTO FÚNEBRE QUE PRESAGIABA SANGRE Y DOLOR.

Con cuánto deleite permanecí cautivo de movimientos y acomodos.

LOS TOROS EN LOS CORRALES DE LA PLAZA “SAN MARCOS”.

AQUELLO SÍ FUE ESCENARIO DE PRIMERA, AUNQUE LA PLAZA POR SU AFORO ERA DE SEGUNDA.

ACECHABA LA NOCHE, Y LAS FAROLAS SE ENCENDÍAN.

HABÍA QUEDADO EN MI SER –ALMA SORPENDIDA- PARA SIEMPRE LA LUMINOSA GRANDEZA, AJENA A TODA MEDIOCRIDAD, DEL ESCENARIO COLOSAL DE LA PLAZA DE TOROS “SAN MARCOS”.

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Author: José Caro