¿REVIVIRÁ LA AGRADABLE SORPRESA DE HACER NUEVO LO VIEJO EN EL TOREO?

Algo tienen esos encendidos momentos en los quisiera tener ante mis ojos la linterna de la razón. Me gustan esos instantes en los que envuelto en agudas afectaciones emocionales, sabias y exquisitas melodías de la tristeza, con cierta desesperación me mueven a buscar el auxilio del entendimiento para tratar las cosas construidas sobre el fragilísimo cimiento de lo que ya no existe. Algo tiene de encantadas las cosas que en sí envejecen, y que caen, y que sin poderlo evitar son devoradas y digeridas por el tiempo que, orgulloso de su vitalidad eterna, nos cobra, pero no vuelve a dar créditos.

Como lo hago cada vez que me siento herido por el efecto mágico de la nostalgia, fui la tarde de ayer a visitar a su “cueva”, un aseado pero rudimentario rinconcito con olor a melancolía, habitado por cientos de recuerdos, sueños y lágrimas, a un viejo – mi amigo el viejo- aficionado a los toros, veterano de mil batallas y el doble de tertulias, conocido mío dese que quedó sembrado en la memoria cuando era tierra fértil para sembrarse.

Al margen del afecto que da sentido a nuestra relación, el anciano sabe que cuando acudo a sus terrenos lo hago buscando calmar los dolientes lamentos de los arrebatos tristes de las plegarias no escuchadas. Le gusta a mi amigo que lo frecuente y visite: mucho le llena de orgullo que en ciertas ocasiones en su “cueva” hayan sido tiernas perlitas las que, deslizándose sobre la piel curtida por el tiempo, limpiaran mi rostro del polvo ennegrecido por el andar siempre buscando sin nunca encontrar. La comprensión de mi amigo el viejo, aspirante a subalterno cuando joven pudo con el tiempo armar sus habitaciones con diques de prudencia, y a los arrebatos juveniles los empaquetó en esas cápsulas que, tragándolas, mueven a la “conversión” taurina. Su persona, extraña en lo físico, pues nunca ha dejado de parecerse a los flacos toreros con tufo de reliquia y momia, con su presencia le da a lo viejo una ilustrísima actualidad espiritual.

Timbrando dulcemente en mis oídos la serena gracia de la palabra erudita y experta, cómplice de las emociones que regocijan el alma cuando sufre y llora, la que destierra el pesimismo, tanto en la tarde de ayer como en otras múltiples ocasiones, me hizo correr el velo de las sombras dejando ante mis ojos el luminoso panorama de la esperanza. Las voces del afable longevo, el que retrata en su ajado rostro el inexorable deterioro que obsequia el tiempo, han sido como pinceladas breves, pero sorpresivamente brillantes y reveladoras. Tal y como lo son la de “aquella moza” cuando despierta la esperanza y la ilusión.

Cuando entré a su salita estaba mi viejo amigo hurgando con esmerada laboriosidad en la multitud de libros, revistas, fotos, pinturas y carteles. Y tenía como siempre una mesa vacía de testigo. Se afanaba febrilmente en localizar, según lo dijo al percatarse de mi presencia, un recuero que le hablara al oído con las risas alegres que saben a dicha y a oración, y que llenas de entusiasmo le gritara al corazón. Con pesar se dio cuenta que cada día le resulta más difícil localizar sus búsquedas, y que los chillantes perfiles de las acumuladas “novedades” viejas se van emborronando toda vez que la voz de estas vivencias se escuchan en sordina.

Intenté platicar sobre lo que ocurre en estos momentos: -“Don Jesús, le interrumpí, viendo los deslumbrantes arrebatos de Luis David Adame por televisión, ¿le parece que existe alguna igualdad entre lo viejo y lo moderno?

Me miró con tierna y honda fijeza para luego replicar: -“José, ¿tú crees que conoces lo viejo crees, que puedes hablar delo antiguo?

Luego de un espacio silencioso se rehízo en la palabra para afirmar sin titubeos: -“Si algún día encuentras lo antiguo en el toreo sabrás que la antigüedad adquiere valor solamente cuando tiene INTERÉS NOVEDOSO”.

Desistiendo en el afán de encontrar lo que con empeño buscaba, categórico pero con delicadeza insistió, como dando no una larga cordobesa a la conversación: -“Los recuerdos muertos no significan nada. Hay que darles vida”.

Estoy seguro de que mi amigo, al que nunca le hicieron siquiera un examen para hacerse banderillero profesional, pero que toreó infinidad de tardes en festivales, pachangas, tentaderos y “salones de baile”, tocado por la natural decrepitud orgánica, ha sido un simbólico aficionado al toreo. No viviera en el anonimato si no hubiera callado en el momento decisivo para tomar la palabra. “El silencio es momia que nunca se deja”, y ríe cuando tal cosa pronuncia”.

Ya me había comentado que a él le daba cierta pena el infructuoso empeño de los aficionados que se afana por encontrar el recuerdo viejo para que, tocado por la suave brisa de la novedad, pueda perdurar por encima de todas las repeticiones del toreo.

Su opinión es tan sencilla como la claridad del día por encima de las nubes: -“En el toreo ya nada es nuevo, aseveró don Jesús, y si alguna novedad se presenta esa pudiera ser “la agradable sorpresa de hacer nuevo lo viejo”. El gesto sublime de los toreros viejos, y que llenó de asombro a sus contemporáneos, fue tan atrayente que en la actualidad, en el éxtasis de la modernidad, pudiera la comunidad taurina recibirle con los brazos abiertos”.

Por ello don Jesús, viejo él, y vieja nuestra amistad, afirmaba entendiendo que con la vulgaridad de la repetición los moldes desgastados se quieran tallar toscamente a los toreros modernos. Lo de ayer fue lo de ayer, y lo de hoy es de hoy, aunque sin paternidad vieja”.

-“Las piedras vivas de las nuevas idea, remató el romántico viejo, mi viejo amigo don Jesús, viejo vivaracho, simpático, filósofo y poético amigo, pueden construir una Fiesta de toros tan sonora y luminosa como aquella que antaño se echaba a rodar tras los pasos de la historia del toreo”. Con ese material, a pesar de que apunte a prolongar un concepto viejo, y con la actitud asumida por Luis David Adame, inicialmente podrán los toreros modernos reconstruir lo que de noble y digno tiene el toreo”.

Asías cosas, no puedo dejar pasar por alto la existencia de anónimos veteranos que, en su papel viviente de aficionados, tienen la orgullosa facultad de influir para forjar la nueva vida de la Fiesta de toros mexicana con el maravilloso cincel de “la palabra” profundamente enamorada de la poesía taurina que sólo se encuentra en la verdad.

Me despedía de la hospitalidad cálida de aquel rinconcito –“la cueva”- patética mansión de un ferviente adorador de los trances luminosos del toreo, como cualquier intruso que atisba para sorprender a la presa. Mientras él –don Jesús- buscaba y buscaba lo que no sabía qué era, en mi retiro rapté la dirección de los actos espirituales de quienes aman la poesía, el romance y la inspiración torera, y bien no como creadores, pero sí como agentes solidarios que, cuales promotores, encuentran la tranquilidad EN LA MISIÓN CUMPLIDA.

Author: José Caro