¿HASTA QUÉ GRADO ES “NORMAL” ADMIRARSE CON LA SORPRENDENTE GRANDEZA DE LAS INSIGNIFICANCIAS?

Vaya conjugación de circunstancias. Resulta que, al desbarajustarse la mecánica de mi desgastada corporeidad, lo cual me advierte que algo anda mal en sus funciones, sabiendo una vieja amiga que mi salud estaba por los suelos, como milagrosa aparición la tarde de ayer sábado se hizo presente ante mis ojos. Diciéndose preocupada, y alarmada con los falsos avisos de mi supuesta gravedad, gastó sus ahorros para venirse en un vehículo de alquiler desde su rancho –el cual está escondido en Teocaltiche, Jalisco, para hacerme entrega de dos “insignificancias”. Un abultado manojo de ajos para que, según su consejo, me tome un diente diario en ayunas, y, vaya sorpresa, una veladora perfumada así de chiquitina.

¿Quién es ella –mi amiga-, y porqué la conocí?

Hace un titipuchal de años su mamá prestó sus servicios como trabajadora doméstica en la casa de mi familia, o sea las entrañables y siempre queridas señoritas Ruíz de Chávez, titulares junto con mi madre del colegio Sor Juana Inés de la Cruz. Pudiera decirse que mi amiga y yo crecimos juntos. Ella por su lado, y yo por el mío, hicimos nuestras vidas. Ayer reímos cuando recordamos las reprochables, aunque no pecaminosas, travesuras infantiles que nos hicieron merecer severas amonestaciones. ¡Híjole, qué tiempos aquellos!

¡Pa qué tanto brinco estando el piso parejito! Mejor me limito a contar lo que, como ejercicio de reflexión, produjo en mi ser la “insignificancia” de la veladora así de chiquitina que me obsequió mi amiga. Como consecuencia, cosa natural, el hecho –el obsequio que me hizo mi amiga de rancho- lo traduje en los términos taurinamente más comprensible para entenderlos. Por ello habré de referirme a las “insignificancias” que existen, “agigantándose” por su trascendencia simbólica, en el mundo de los toros.

¿O acaso no parecen ser simples elementos insignificantes los ornamentos, los símbolos y los accesorios temporales que conviviendo en la íntima y sagrada –aunque profana- liturgia taurina, objetos que finalmente le dan un marco subyugante a la coreografía que se anexa al ritual del toreo?

Me queda claro que mí certeza no es adivinanza romántica. Lo sé cómo lo saben… los toreros, los ganaderos, los empresarios, los buenos aficionados, y lo “sabe el hombre”. ¡Saben que “el fuego” no es decorativo ni ornamental!

Saben que “el fuego”, encendido instantes previos al ritual y la ceremonia con piadosa solemnidad -¿piadosa fantasía?- “depura los resabios de la superstición para asumir facultades misteriosas”. Saben que “el fuego”, hecho cuerpo en una insignificante “veladora”, es el medio que, convertido en instancia de súplica y ruego -¿suposición o ilusión?- conduce a la concreción de las esperanzas y los deseos, y saben que –la veladora y “el fuego”- se convierte en guardianes y protectores.

Los toreros y los buenos aficionados saben que “el fuego”, combustible natural de la pasión, es un componente natural –que nada tiene de mágica fechoría- de la Fiesta de toros, y saben que, finalmente, en el conjunto litúrgico del toreo “la veladora y su modesto ardor tiene un luminoso significado y simbolismo”.

Y su modesto ardor

Pareciera como si la flamita de la pequeña veladora, cumpliendo con su pía misión de intercesora, con su fluctuante y bailarina presencia asumiera los fantásticos poderes de los ángeles custodios toda vez que su “fuego”, prendido con ardiente devoción, fuera capaz de incendiar el corazón de las imágenes y los espíritus de aquellos en cuyo honor en los altares se enciende. Y pareciera que ese diminuto incendio espiritual con el que se alba la honra del intercesor, materializado en la flama de la veladora, pudiera estar facultado para obrar milagros.

Los toreros y los buenos aficionados saben que la veladora es un religioso instrumento de invocación y reverencia, de confianza y fe. La veladora y su “fuego” representan la manifestación material más contundente de la devoción torera; la veladora y su “flamita” representan en pequeños rasgos la potestad del custodio invocada por la fe y la esperanza. De ahí que nunca falta en los altares de los toreros antes de oficiar con alegre solemnidad: de ahí que nunca falta en los altares de los buenos aficionados que, convencidos de la misericordiosa caridad del invocado, saben que la mecha y la flama no son vulgares instrumentos ornamentales y utilería barata.

ME QUÉDE CON LA VELADORA, CUAL ELLA MISMA PRENDIÓ, Y FUE UNA LAGRMITA EN SUS OJOS LO QUE ME HIZO VER EL TAMAÑOTAN GRANDE DEL MUNO DEL AFECTO HUMANO. ¡VAYA INSIGNIFICANCIAS! UNA LGRIMITA, Y UNA VELADOR ASÍ DE CHIQUITINA.

Author: José Caro