ARRASTRE LENTO

Deleitosas divagaciones que no logran esconder –taurinamente hablando- el coraje y la rabieta que me ocasionan los traicioneros de la nobleza de sus orígenes mexicanos

Estaba a punto de darle un sorbo a lo que se consume en “el bar nuestro de cada día” -El Espontaneo- cuando una llamada por el celular cambió mis humores. Con aire de burla me reprochaba que defendiera a los toreros mexicanos si, según las palabras del susodicho interlocutor telefónico, no le interesan ni a su mamá. ¡Ya viste, en Zacatecas no fueron a verlos ni sus parientes, convéncete que los mexicanos no son suficientes para renovar el interés del espectáculo en México! Y luego me habló del espantoso escenario que se ve en la plaza México en las novilladas. Ni siquiera dos mil espectadores en las novilladas. Y tú que defiendes con tanta pasión a tus paisanos.

Calmé mi coraje sorbiendo con fruición lo que Paco Piña me había puesto sobre la mesa. Cambié la página, y seguí departiendo con los contertulios. Pero ya en casa me desquité escribiendo lo que no puedo decir con la fluidez que me permite hacerlo la escritura. Y me día a escribir. Por ello.

Ruego al amable lector –si es que alguien se toma la molestia de pasar su vista por el insulso letrado de la parrafada que estampo en la pantalla de la computadora- disculpe que hable en primera persona pero es que.

Pero es que me gusta decir lo que pienso –aún siendo rufianadas que presumen contener literalmente saberes extraños u ocurrencias disparatadas-, y escribir lo que siento, para lo cual, siendo a todas luces una aventura locuaz, me alienta la nobleza y generosidad del aficionado que pierde su tiempo leyendo y divagando sin el escrúpulo del remordimiento con un servidor.

Ofender no es mi intento, menos descubrir los defectos ajenos, pero hay cosas que me punzan el ánimo con tal intensidad que siento explotar si no las oreo para que, ventilándolas, se desparrame la dinamita que llevan dentro.

¡Mienten!… Los insensibles profanadores de la dignidad de los herederos de la sangre de Moctezuma. Si son sus raíces.

¡Mienten! Vulgares difamadores que sin lealtad a sus orígenes expelen hediondos alientos recargados de la fetidez propia de las sombras pestilentes de la servidumbre que goza con arreglar la mesa para que los comensales compartan y degusten el postre de la “amargura”. Con cuánta desfachatez niegan de sus orígenes.

¡Mienten! Aquellos que niegan el inmenso cariño que el “pueblo” de México le tiene a sus modestos y humildes toreros que, con la sencillez de niño, canta y presume su verdad.

¡MIENTES TÚ! Si eres de los que forman parte del batallón de la pérfida e ingrata soldadesca -aficionados en ruinas morales- que, listos para el combate, como arma ponzoñosa y letal aseveran que “agoniza la altivez de la torería mexicana” porque no logran triunfar apoteósicamente en España. ¡MIENTES! -y bien lo sabes- si eres de los que, vociferantes, proclaman que en las venas de los toreros mexicanos corre la sangre que alienta y nutre a la “cobardía”.

Me gustan los leones como seres que, contemplándolos en su serena majestuosidad, esconden la rabia de sus congéneres -“las leonas”- cuando alguien se atreve a molestar a sus cachorros a quienes con la generosidad de la naturaleza dio sangre y aliento. Y hasta da la vida por ellos sin importarle a ella –la leona- la despedacen –heroísmo consagrado- las garras de los buitres y las águilas.

Lo cierto es que no me cabe en la cabeza -testuz de piedra- que existan aficionados “mexicanos” que se den a la tarea de promover el desaire y desprecio de los toreros “aztecas” que, muy al margen de sus cualidades técnicas y artísticas -las cuales por cierto no sufren mengua alguna comparada con los mejores adjetivos laudatorios- son expresión viva de los seres –modelos y ejemplo- que luchan con la frente en alto y el corazón por delante porque las sombras se truequen en luz y claridad.

Alguna vez alguien me dio a entender que sólo son despreciables los hombres –toreros- que, siendo solados rasos, y apeteciendo el grado de gran coronel, finalmente, explicitados por su conducta, resultan ser alguien sin ansias y sin batallas en los ruedos.

Y COBARDE ES EL QUE, NEGANDO DE SUS ORÍGENES, BUSCA ASILO EN TERRITORIOS AJENOS SIN ANTES HABER LUCHADO POR LA INTEGRIDAD, CRECIMIENTO, MADURACIÓN, RENOVACIÓN DE SU PATRIA… Y DE SUS GUSTOS, COMO ES EL TOREO.

Habrá de perdonar el amable lector, pero es que hay corajes que no me son fáciles de digerir, por eso me he puesto mis chanclas viejas y ropa en desuso para intentar trotar rumiando mis desventuras emocionales. Y seguro estoy que, pensando en ELLA, la que está físicamente lejos de mí, pero tan cerca de mi corazón, lograré tranquilizarme.

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Author: José Caro