ARRASTRE LENTO… LA HISTORIA DE AGUASCALIENTES, Y SU ADHERENCIA AL TOREO NO ES UN CUENTO

Hoy, en su cumpleaños oficial, Aguascalientes me cuenta un cuento, maravillosa narración que, teniendo un principio, no acaba de ser contado. Los narradores de dichos cuentos, según los pude escuchar el pasado domingo en la plaza Monumental de Aguascalientes son Arturo Saldívar y Leo Valadez.

Con prosa clara, sencilla, simple y generosa, regularmente dirigida a los niños, escuché la voz que me contó el primer cuento de mi vida. Luego, al paso del tiempo, escuché muchas voces más que me contaron otros muchos cuentos.

De tanto escuchar voces y atender tantos cuentos, supe diferenciar los timbres vocales, pero sobre todo el espíritu que los animaba. Así caí en la cuenta de que para escuchar la voz tan “torera” de mi tierra Aguascalientes hay que tener sensibilidad. A partir de entonces entiendo también que no es fácil comprenderla si no se anda de vena. Aguascalientes cuando habla –específicamente de toros- se distingue por su acento bohemio, y cuando canta por “torerías” lo hace entre sentidos compases de tono romántico. Quienes saben del pasado de mi tierra afirman que la perfumada coquetería de este rincón geográfico emana de los dulces y apacibles aromas de la primavera rociada por los ricos manantiales que fueron el regalo elegido por la naturaleza para la villa de las “aguas calientes”.

Resulta sorprendente y maravilloso que a pesar de tener mi ciudad 444 años de vida, no haya perdido el brío sonoro de sus raíces folclóricas, ni la encantadora timidez provinciana que es el fresco orgullo de nuestras tradiciones.

En fin, en Aguascalientes de cada escena se hace un cuento toda vez que en cada episodio de su historia hay una sentida evocación, un cuadro solemne, o una llana fotografía que en las vías del tiempo hace las veces de estación de abasto de recuerdos, y en ellos se detiene, a manera de descanso, el fluir de la memoria. Son pues los recuerdos quienes hablan y cantan los primores de nuestra historia taurina.

Pero como también hay palabras huecas que resultan cantos desagradables, historias oscuras, evocaciones dolorosas, cuadros ridículos, o fotografías mal reveladas, resulta conveniente desentenderse de ellas para no mirar en un espejo roto nuestro mundo destrozado en fragmentos que nunca más se unirán.

Cuentos, cuentos. Cuánto repudio ahora aquella expresión que afirma que el toreo es un cuento, entendido este así no por el estilo o sentido narrativo, sino por el componente de mentira que le otorgan los que realmente son creadores del cuento y tango del toreo. ¿Quiénes son los narradores de este cuento? Pues los vividores, los explotadores, los mercachifles, los falsos promotores, los profanos exhibicionistas que se aprovechan del sagrado aparador de la fiesta para lucir no solo su narcicismo si no su falta de honestidad y gracia. La voz de estos oportunistas resulta despreciable, y su cuento vil e indignante.

Hacedores del cuento y la mentira son los farsantes que se disfrazan de toreros para tener algo que contar en barrios, esquinas, bares y mercados con alardes de presunción, narradores de cuentos falos son los periodistas y comunicadores que manipulan a los aficionados indefensos; lo son los ganaderos que ceban y olvidan los principio; los narradores de cuentos falsos son tantos que, uf, no acabaría de contarlos. Será por eso que aborrezco los señalamientos que, como cuento apócrifo, destroza la grandeza del arte del toreo, sobre todo cuando los auténticos toreros son parte de la cultura viva de mi ciudad.

Hay cuentos que no me gustan. Sobre todo, aquellos que juegan narrando falsedades, como aquella que cuenta que los toreros juegan con la muerte. Pregunte usted a un torero de verdad torero si es cierto que juegan con la muerte. Ni la muerte ni el toreo son cuentos que se puedan narran con acentos, prosas y rimas falsas.

Una cosa es crear arte muy próximo a la posibilidad de encontrarse con la muerte en el ruedo, y otra regodearse con ella en son festivo. Así las cosa, y volviendo al tema de los cuentos, me gusta saber que, narrado por los grandes cuentistas, en verdad narradores de grandes cuentos verdaderos, me dejan en claro que los verdaderos narradores de los mejores cuentos son los grandes ídolo, las grandes personalidades, las notables celebridades que promueven al toreo dándole sentido a la voz cantante de los personajes y protagonista de las magníficas narraciones contadas que se meten sin oposición alguna a la imaginación, conciencia y alma de las sociedades populares que aman los cuentos.

¿Ya no hay buenos cuentistas -grandes ídolos, personalidades carismáticas y dioses humanos- en el toreo mexicano? Desde luego que los hay, pero carecen de popularidad por su afán de contar cuentos como si fueran historias para niños que no saben leer ni escuchar.

Me encantaba la manera como terminaban los primeros cuentos que escuché: la voz narradora decía que, por el amor, los personajes se reencontraron y fueron felices para siempre. Por ello es que me acuso deseoso de volver a escuchar el final del cuento viejo en el cuento moderno. Cuánto me gustaría oír las voces que cuenten la felicidad que pueda ser compartida para siempre a través de los cuentos verdaderos.

Por eso es que me gustó el cuento que narraron el domingo pasado los tres toreros en el ruedo de la plaza de toros Monumental de Aguascalientes. Por eso creo que Arturo Saldívar y Leo Valadez será grandes narradores de grandes de cuentos, cuentos para niños, jóvenes y adultos que desean escuchar… “y fueron felices para siempre”. Así como el cuento que me cuenta que Verónica y José serán felices para siempre.

Author: José Caro