FUNCIÓN AGRIDULCE

Sergio Martín del Campo Rodríguez

Como el entretejido “taurino” que maneja la fiesta en lo que aún llamamos país, actúa de espaldas a quien aún paga, echó al nimbo de la Monumental de Alberto Bailleres, que registró algo más de media entrada, un encierro terciado y, según calificación global, descastado.

Se trató de la Corrida de las Calaveras, la cual dejó un sabor agridulce para todos los asistentes, así actores como espectadores.

Para el caballista extranjero hubo uno de Fernando de la Mora, no faltaba más, el cual fue recibido con protestas generales en atención a su falta de trapío, y uno de Zacatepec, su segundo; este sí, un toro con cinco yerbas. Entre tanto, para los de a pie se liberaron cuatro de Arroyo Zarco. El primero se ganó el reconocimiento por fijeza, nobleza, buen estilo y recorrido, siendo sus restos aplaudidos cuando eran conducidos al desolladero. Bravo, recargó al ser requerido por el varilarguero de contra querencia y mejor suerte merecía durante su lidia. En contrapartida, el conglomerado silbó de lo lindo los despojos del tercero y del quinto.

Con una res de escaso significado físico y acrecentado modesto fondo, de flojo juego –con el que acreditó su procedencia-, Diego Ventura (palmas y al tercio), que se presentó al juicio de la afición aguascalentense, se divirtió y divirtió a la noble clientela. Sí, dio un apunte breve de su esencia de jinete y el sentido nuevo y centrado que tiene del manejo de las jacas, en este caso, las suyas, que en fenotipo y genotipo se evalúan de extraordinarias. Un par de rejonazos y un eficaz golpe con la espada de cruceta terminaron la primera intervención. El “Fernandito” no dio para más.

Eso fue, si un toro derecho y hecho su segundo. Para abrir, apenas irrumpió en el anillo apretó pretendiendo tragarse la arena toda, pero el équite europeo “se dobló con él” y con gigantesca facilidad le burló en un palmo las embestidas que parecieron centellas. Vino luego el acabose; variado, seguro, modulado y oficioso ofreció una actuación variada y novedosa. Rejones de castigo y banderillas por todo lo alto desgajaron los nutridos aplausos del respetable.

Luego su parte estelar: dos pares de banderillas a dos manos, quitando previamente la rienda a su caballería. Con la pura ayuda de las piernas, y quien sabe si la mente, condujo a su cuaco tordillo palomo hasta lograr los embroques casi perfectos. La diligencia iba para rabo, sin duda, pero un encontronazo de ambas bestias produjo que el burel se lesionara irremediablemente y el cachetero tuvo que intervenir antes de los previsto. De cualquier modo, algo desencantado el público, se paró de sus escaños para rendirle pleitesía a su sensacional hacer.

El primer ejemplar de la lidia ordinaria, castaño de capa, bonita lámina, y el aire fueron los protagonistas en la primera intervención del aguascalentense Luis David Adame (oreja protestada y división tras dos avisos), quien descentonizado y alejado del sitio correcto del toreo, se vio algo menor ante aquella fijeza, claridad y buenas embestidas del que luego se deshizo con una estocada recibiendo. Queden mencionados algunos destellos capoteros y otros tantos cuando usó la sarga.

Su segundo, rajado, nunca se entregó a la tela púrpura y siempre amagó con buscar el calor de las maderas; sin embargo, al joven coleta, a su favor, se le anotó empeño, aunque no alcanzó recompensa, pues logró bien poco ante aquel indeseable bicorne al que despachó al segundo viaje tras una estocada insuficiente a la que hubo de agregar varios descabellos.

Simplemente se pensaba que el sevillano Pablo Aguado (palmas y pitos luego de los tres avisos) cumpliría con su primera comparecencia ante los hidrocálidos. Tenía en escena rabiosas manifestaciones de Eolo y a un astipuntal, incierto y resabiado astado; pero le afloró la torería, aplicó paciencia, y con oficio, talento y mando grabó un quehacer no extenso, intenso si, de apuntes sustanciosos que reclamaban un mejor fin que el pinchazo y la media estocada tendida y delantera con que terminó su labor.

Entre un vendaval mezclado con protestas furibundas del cotarro que se sintió, con razón sobrada, defraudado, el extranjero se dejó de ociosidades e intentó la suerte suprema, no sin sufrir las de los judíos al empuñar ambos estoques.

Author: Sergio Martín del Campo Rodríguez