CUANDO MIGUEL ESPINOSA HABLÓ CON LA ELOCUENCIA QUE CONTENÍA LA EXQUISITA ESENCIA DE LA BELLEZA EN MOVIMIENTO

Figura del toreo

A dos años de su partida, “hay un hueco vacío”. Y lo habrá perpetuamente toda vez que Miguel es irrepetible. ¿Qué se extraña? Las cualidades -y calidades de Miguel- que le llevaron a la cúspide del toreo como manifestación y expresión artística. Hay un hueco, ¿quién lo llenará? ¡Falta el hombre, falta Miguel! Falta.

“Había un chaval del que se escribía.” No puede decirse que la historia haya comenzado cuando biológicamente vino al mundo, el 9 de septiembre de 1958, un niño que en su pubertad llamó la atención por sus alegres travesuras delante de becerras –y vacas-y que de adolescente por su notable precocidad y finísimas hechuras conmocionó al mundo de los toros. Todos cuando nacemos traemos tal intensidad de información genética que bien puede argumentarse que en el preciso instante de alumbramiento ya somos “viejos”.

Y Miguel, que así le llamaron al chiquillo aquel, no fue la excepción: en él parecen haberse conjuntado todas las virtudes que, amalgamadas en su persona, han hecho “histórico y legendario”, perpetuándolo, el sagrado mote de los “Armilla”. En él, en Miguel, están conjuntadas todas las notables virtudes que dieron realce al mote que, heredado de su fabulosa estirpe, ha dado lustre y realce a su familia, y llenado de orgullo a la ciudad, la que por cierto congrega una de las sociedades taurinas “más bien educadas”, taurinamente hablando, de todo el país. “Había un chaval del que se escribía…” Oriundo de Aguascalientes, antes que dedicarse a cualquier otro pasatiempo, Miguelito jugó al toro, y en sus primeros cites se intuía ya la “fortaleza de su vocación”.

El joven, luego de tomar la decisión de ser torero, deja los estudios académicos para ingresar a la selecta “grey” de profesionales, y pronto llama la atención. Después de una meteórica etapa de novillero, con su cara de niño irrumpe en los escenarios mostrando una pericia –antecedente de su madurez- sorprendente, y con tan sólo tres actuaciones en la capital (D.F.) del país se encumbra como figura, honrosísima distinción que conservará hasta el último día que se viste de torero, rol que le acompañará hasta el último día de su vida. Sus credenciales de artista privilegiado” eliminaron los pasaportes, y al amparo de los más conspicuos embajadores, traspasó frontera con la dura consistencia del argumento de su calidad y arte. El universo del toreo quedó plasmado con la facilidad del dilecto heredero del insigne Fermín Espinosa.

Miguel, “El Gordo”, le llamaba su señor padre

Y pronto tuvo a sus pies miles de admiradores que fueron cayendo rendidos ante la elevada teoría interpretativa del menor de la gran estirpe torera. ¡Había un chaval del que se escribía! A su paso se hablaba de la aparición de un brillantísimo portento del toreo mexicano, y a sus escasos 21 años es la figura de moda. La prensa pronto se acostumbraría a escribir su nombre con “mayúsculas”. Y fue un torero tan notable que, puesta su esencia a la disposición de literatos e historiadores, que como ningún otro en tiempos modernos, rescató del diccionario palabras extraviadas: ¡Asombrosa verticalidad! ¡Sorprendente naturalidad! ¿Cuándo se escribirá de otro chaval del que se rumorea que “nació del vientre del arte, y que fueron los duendes los que le untaron el primer aceite de la hondura y el sentimiento”. No hablar, hoy me faltan palabras, y se multiplican las sensaciones. Falta el hombre, falta Miguel. ¿Quién, si no tiene posesión de ellos repartirá los bienes que heredó del de “Chichimeco”? Falta el hombre, falta Miguel. ¿En qué estrella tan lejana reposas Miguel? ¿Por qué al brillo de tu cintilar la distancia lo enturbia, y no destinas ya a un heredero de tu portentosa expresión torera? ¿Dónde está Miguel? Falta le hombre, falta Miguel.

Doña Verónica, hoy por tratarse de un gigante al que habría que referirme, hoy en apariencia te hice a un lado, lo cual es mentira pues siendo tú finísima mujer, sabrás que hay esencias que atraen como el sol a la oscuridad. Y Miguel, aun en su ausencia, en la imaginación sigue acaparando la atención de quienes gozamos con las delicias de su interpretación torera en los ruedos. Pero por ahora –en estos momentos- me quiero dejar deslumbrar por el brillo del recuerdo de Miguel. No los olvido, ni a ti Verónica, ni a usted don Miguel Espinosa.

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Author: José Caro