OREJAS REVISIONISTAS

Domingo 10 de noviembre del 2019

Segunda corrida de la temporada de la Plaza de toros México

Toros: Seis de Bernaldo de Quirós, mansos, débiles y sosos, algunos muy corniausentes. El tercero fue pitado en el arrastre y, de manera incomprensible, el cuarto y el quinto fueron aplaudidos.

Toreros: Morante de la Puebla, a su primero le pegó un pinchazo y un bajonazo: división. Al cuarto le mató de estupenda entera: oreja.

Joselito Adame, al segundo de la tarde le asestó un bajonazo en la suerte de recibir: oreja. Al quinto le propinó un sablazo que asomó por el costillar seguido de una entera: silencio.

Ernesto Javier “Calita”, al tercero le pasaportó de un pinchazo, una estocada trasera y un descabello: silencio tras aviso. El sexto se le fue vivo después de una estocada casi entera desprendida y traserilla, y un lamentable espectáculo con la corta: fuertes pitos.

Entrada: Unos trece mil espectadores.

El revisionismo es, dentro de los ámbitos académico, artístico y político, una tendencia a someter a una revisión metódica doctrinas, interpretaciones o prácticas establecidas con el propósito de actualizarlas y a veces de negarlas.

Dicho de manera más llana, el revisionismo no respeta los moldes y costumbres antiguos. Pues bien, hoy día el dichoso revisionismo está presente en la plaza siempre que se anuncian las figuras nacionales o extranjeras, y obligatoriamente no vemos a un toro bravo ni por error.

De ese modo, si en el pasado los toros tenían la obligación de transmitir peligro y emoción para que los coletas pudieran lucir su oficio y su valor, hoy día los toreros exigen lo más descastado que haya en las dehesas; fenómeno que ocurre aquí y en China. Vamos por partes.

El que abrió plaza fue un bovino gordo, manso y moribundo. Morante tuvo sus clásicos momentitos luminosos con el capote y la muleta, y pare usted de contar. A la hora de la verdad, el sevillano no quiso pasar fatigas y se tiró olímpicamente al pulmón en el segundo intento. Algunos villamelones, esos parroquianos que confunden a las várices con la avaricia, le aplaudieron entre los pitos de otro sector de la plaza.

El primero del lote de Joselito Adame se movió un poco más que el bicho anterior y fue especialmente noble. El segundo espada se gustó en los mandiles iniciales y en el quite por ajustadas gaoneras, siendo ovacionado.

Con el trapo rojo, Joselito toreó bien, largo y templado por naturales y derechazos. Remató el trasteo con luquecinas, y pese al involuntario bajonazo recibiendo, una buena cantidad de pañuelos pidieron y consiguieron una oreja para el torero de Aguascalientes.

El Calita tuvo al santo de espaldas toda la tarde. El tercero fue quizá el peor de todo el encierro, algo realmente difícil de lograr. El rumiante era la antítesis de un toro de lidia y en consecuencia tuvo la movilidad de un armario medieval y la acometividad de un pacifista hindú. Ernesto Javier Tapia le echó voluntad y hambre al asunto, pero lo que no puede ser, etc.

En el segundo de su lote, Morante se dedicó a hacer milagros sin toro. El de Bernaldo de Quirós daba la impresión de que se desplomaría irremediablemente al salir de alguna verónica o chicuelina espléndida debido a su absoluta debilidad de remos, pero llegó a la muleta con ciertas ganas de embestir siempre y

cuando no rodase por la arena.

Ahí el ídolo sevillano de la afición mexicana basó su intermitente trasteo en naturales, derechazos y pases de pecho. El empaque y la majestuosidad de Morante hicieron que durante unos instantes nos olvidáramos de que el toro brillaba por su ausencia. El consentido diestro andaluz se tiró a matar como mandan los cánones y el toro rodó sin puntilla. La oreja me pareció el premio justo, aunque algunos indocumentados pidieron con fuerza el segundo trofeo.

En el quinto, que fue quizá el menos débil de la corrida, Joselito no encontró la manera de ajustarse y lucir, optando por torear a la gente de Sol. Como se le fue la mano al primer envite y la toledana asomó por el costillar, los pañuelos blancos se quedaron -afortunadamente- en los bolsillos del respetable.

El que cerró plaza fue mansísimo y sólo quería que lo dejaran en paz, razón por la cual huía presuroso cada vez que Calita se le acercaba. El joven matador de Naucalpan perdió los papeles y oyó los tres avisos por su lamentable manejo del verduguillo.

Al terminar la función recordé una anécdota de Lorenzo Garza que me fue relatada por don José Laris

Iturbide, un aficionado sin parigual, un señor. Resulta que en alguna plaza importante de provincia, cuando Lorenzo el Magnífico toreaba con poca fortuna y menos ganas a su primer enemigo, un etílico aficionado le gritaba de continuo: “¡Bandido, ladrón, sinvergüenza!”. En su segundo, el Ave de las Tempestades puso a la plaza boca arriba. Entonces, el cada vez más sediento espectador lloraba de emoción y vociferaba sin cesar: “¡Qué grande eres, bandido, qué grande eres!”.

Al buen entendedor…

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Author: Gastón Ramírez Cuevas