SALDIVAR, LA BRAVURA Y LOS ACEROS

Gastón Ramírez Cuevas

Domingo 17 de noviembre del 2019

Tercera corrida de la temporada de la Plaza de toros México Toros: seis de La Estancia, correctamente presentados y de juego desigual. Al segundo le dieron arrastre lento por bravo y noble. El quinto fue ovacionado cuando se lo llevaban las mulillas.

Toreros: Miguel Ángel Perera, al primero de la tarde le pegó dos pinchazos y un bajonazo artero: generoso silencio. Al cuarto lo despachó mediante un pinchazo, una estocada baja y trasera y un certero golpe de corta: leves pitos.

Arturo Saldívar, al segundo lo pasaportó de entera defectuosa y demasiados golpes de descabello: al tercio tras aviso. Al quinto lo pinchó en una ocasión y luego le pegó un feo bajonazo: al tercio tras aviso.

Gerardo Adame, al tercero le mató de entera algo caída: silencio. Al que cerró plaza le pinchó hasta en seis ocasiones para luego finiquitarlo de un bajonazo infame: pitos tras aviso.

Entrada: quizá cuatro mil quinientos espectadores.

Incidencias: Al terminar el paseíllo se le tributó un minuto de aplausos al matador Amado Ramírez “El Loco”, fallecido recientemente.

Perera debe haber sufrido una de las más aciagas decepciones de su existencia al aparecer por la puerta de cuadrillas y percatarse de que la plaza más grande del mundo estaba casi vacía. ¡Sic transit gloria mundi! Suponemos que nadie le explicó al coleta pacense que mucha gente se había ido de puente y otros estaban viendo como México perdía ante Brasil en vaya usted a saber cuál de las diez mil justas deportivas históricas e irrepetibles que se llevan a cabo cada semana.

Para colmo, a Perera no le acompañó la diosa Fortuna en el sorteo. Su primero, un toro con trapío, algo que no habíamos visto en toda la temporada, se agotó después de un primer tercio en el que puso literalmente de cabeza al picador y a su jamelgo. Miguel Ángel no se metió en honduras y después de algunos intentos con la muleta (y después de que algún entendido le animó gritando: “¡Venga, Talavante!”), cortó por lo sano recurriendo a una estocada que por poco cae en el chaleco.

Por razones que todavía se nos escapan, el espada de Badajoz brindó su segundo enemigo al público, pese a que el de La Estancia no quería pelea sino escapar de la catedral del toreo en América. Lo más memorable de la lidia a ese cuarto fueron un par de chicuelinas ajustadas y un buen quite por tafalleras.

Arturo Saldívar estuvo a punto de alzarse con un triunfo memorable. Desgraciadamente, y pese a sus mejores intenciones, la espada le jugó muchas malas pasadas.

El segundo de la función fue un toro extremadamente interesante, pues tuvo trapío, fuerza, bravura y nobleza, algo inusitado en estos tiempos. Con el capote, el torero de Aguascalientes lució en una media revolera y un recorte de cartel. El quite por chiquilinas modernas, suaves y ceñidas, nos reconcilió con esta suerte tan manida.

El cornúpeta llegó a la muleta arrancándose con enjundia y embistiendo con poder y clase. Saldívar estuvo enorme. Inició el trasteo con muletazos cambiados por la espalda en el centro del anillo rematados por un largo pase de pecho. Luego vinieron momentos de gran emoción, con Saldivar aguantando horrores y corriendo la mano con temple y hondura, especialmente en las tandas por el pitón derecho.

Al iniciar una dosantina, el astado se echó al torero a los lomos. Afortunadamente la cosa no pasó de un buen susto. Arturo no se amilanó y volvió a la carga entregándose en el toreo al natural y rematando la faena con unas joselillinas en las que se aplicó ungüento de toro.

A la hora de la verdad, Saldívar se volcó sobre el morrillo y parecía que había matado al toro espectacularmente. No fue así, pues la espada cayó un poco desprendida y con travesía. La decena de descabellos hizo que todo quedara en una salida al tercio.

El quinto fue otro milagro porque después de un primer tercio anodino, en el que parecía que el toro carecía de fondo y nobleza, el de La Estancia se vino arriba y acabó embistiendo con una clase prodigiosa. Saldívar volvió a lucir enormidades con la sarga, cargando la suerte de manera superior y ligando los muletazos en un palmo.

Hubo cambios de mano por delante, vitolinas, pases de la firma y de pecho con la zocata, y espléndidas series de naturales. El cónclave rezaba para que esta vez la toledana cayera en buen sitio al primer envite, pero ¡hay veces que nada el pato y hay veces que ni agua bebe! El pinchazo en lo alto y el bajonazo precedieron a otra calurosa ovación en el tercio para el hidrocálido.

Es menester apuntar que sin el poder, el dominio y la honradez de Saldívar, el toro se hubiera ido sin pena ni gloria al destazadero.

Gerardo Adame tuvo una actuación desigual y hasta contradictoria. El tercero fue complicado y además rodaba por la arena en cuanto podía. El sobrino nieto de Efrén Adame “El Cordomex”, lució intermitentemente a base de entrega y temple, mas ahí no había manera de lograr algo importante.

En el sexto, un toro bonito, playero y manso, pero que se dejaba meter mano, el primo de Joselito Adame anduvo desorientado y fuera de cacho. Digamos que el ruido fue mucho más abundante que las nueces y que Gerardo prefirió hacer el toreo efectista frente a la gente de sol para a continuación formar un mitin con la espada.

Los pocos aficionados que aún sobreviven en esta caótica ciudad salieron de la plaza felices de haber comprobado que todavía quedan por ahí bureles bravos y toreros pundonorosos. En lo personal, me da gusto haber constatado que cuando hay emoción en el ruedo debido a que un hombre vestido de luces se está jugando la vida frente a un toro encastado, la incredulidad cotidiana se suspende inmediatamente.

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Author: Gastón Ramírez Cuevas