LA REVOLUCIÓN Y MI AMGIO QUE NADA SABE DE TOROS

Armando Berumen Ruiz de Chávez “José Caro”

Le vi con su sonrisa que por más que quiera hacerla amable finalmente denota inconformidad. Y como de costumbre, luego del fingimiento se prodigan los reproches.

“Pero si lo tuyo son los toros, cómo es que escribes de revoluciones: ¿qué sabes de ellas? Obviamente se refería a los comentarios que escribí ayer.

Puesto que le conozco, y antes que enredarme en un improductivo diálogo, le di por su lado y le dejé hablar. Es lo que le gusta. Hablar y ser tomado en cuenta Y ni tardo ni perezoso me soltó solemne proclama.

-“Tú no sabes, me dijo en tono de sermón, que la mentada revolución mexicana es tan sólo una construcción anidada en la sagrada liturgia del ritual civil que marca los tiempos y

las pautas de su propia consagración. Hoy es un movimiento alabado, pero aquella revuelta fue una rebelión que pretendía hacer justicia por su propia mano y realizada con el fin de darle legitimidad a los vencedores del nuevo régimen que, en oposición a la tiranía e ineptitud para crecer del porfiriato, le han dado un carácter populista y simbólico a la cruenta matazón que, finalmente, dejó al país como estaba: todo amolado, ah, pero eso sí, dispuesto para funcionar al servicio de la naciente tiranía partidista.

-“Si no te estuviera viendo diría que estás leyendo un libro, le dije al amigo que goza de lo lindo amonestándome con su monserga. De nada sirvió, el buen hombre virtualmente cambio de página y continuó con su discurso: “No creo que entiendas José, puesto que

sobrevives enredado con los toros, y no tienes mente para más, que la mentada revolución mexicana tiene aires de intento fallido, de falsedad consumada, de progreso no alcanzado, de equilibrio no prosperado. Y tiene el tufo acedo del desgaste atroz que, si bien dejó una relativa paz social, los niveles de bienestar y crecimiento económico no alcanzaron una proyección generalizada: el rico siguió siendo rico, y el pobre siguió con la punta de la lengua en la miseria. Suena patético, pero antes y después de la revolución el pueblo siguió siendo el tarugo del cuento.

-“José, lamento decirlo, pero estas muy lejos de comprender la realidad tanto social como taurina. No sé cómo escribes si nada sabes. (Pácatelas)

Y sin yo poderlo evitar, mi amigo siguió con su perorata:  -“Entiende José que las revoluciones se originan en la “desesperación”, en el sentimiento de impotencia que  causa vivir en ruinas, siempre anhelando la manera de acceder al paraíso en el que se solaza el poderoso. Y esa agitación es válida tanto que para la corporeidad de una nación, como para la individualidad del ser humano.

Mi voz fingió carraspear. Y mi amigo me miró haciendo una pausa a su vehemente decir. Él extasiado estaba en las nubes, y no le parecía que le interrumpiera. Pero finalmente nos miramos a los ojos: mi amigo con azoro, y yo en discreta rebeldía. Ya era necesario su enmudecer. Y lo que parecía no entender mi represor amigo, finalmente lo atrapó.

Y pensé: ¿Por qué mi amigo no entenderá que los taurinos mexicanos sienten que viven en la “desesperación” siempre anhelante un torero connacional verdaderamente

revolucionario? ¿Por qué mi amigo no entenderá que en el mundo de las arenas, los ruedos, la sangre, los toros y la gloria también tienen sentido las revoluciones? ¿Por qué mi amigo no comprenderá que ante esa perspectiva el toreo mexicano, ya constituido en tradición y cultura, al menos como espectáculo público no ha dado visos de lograr el crecimiento prometido pese a los intentos “revolucionarios” asumidos por los líderes de la explotación mercante? ¿Por qué no entenderá mi amigo que para muchos aficionados la fiesta de toros mexicana es un estado en ruinas, que reclama la presencia de la valiente intervención de titanes que fulminen a los falsos héroes y redentores?

Seguí mirando a mi amigo. Lo miraba satisfecho, pues había cumplido con su deseo de callarme y demostrarme que él si puede hablar de revoluciones y yo no. Luego de un prologado tanteo con sus ideas, no me dio oportunidad al despedirme ni de decirle que yo no le temo a la revolución taurina pese que a que la palabra sugiere el desmoronamiento del orden estableció. Y no logró entender mi amigo que somos muchos los taurinos que deseamos una verdadera revolución en el mundo del toreo mexicano.

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Author: José Caro