DUELE QUE LOS AFICIONADOS AL TORO USEN LAS PALABRAS CON DENIGRANTE Y OPROBIOSA FALTA DE DIGNIDAD HUMANA

“Dicho sea de paso”, pero que desagradable recurso es el método habitual de quienes en las redes sociales se divierten expulsando vociferantes palabras que, avergonzadas, hubieran querido no figurar en el diccionario. Ojalá y no me parezca a ellos.

Los ojos de él, y seguramente los míos también, la tarde-noche de ayer jueves, en la calle Venustiano Carranza- al encontrarse de frente unos a otros sin poderlo evitar delataron complaciente sorpresa y gozosa incredulidad. La última vez que nos habíamos saludo personalmente fue a mediados de la primera década del presente siglo.

La intensidad emocional del instante nos obligó a despreciar el solemne protocolo de cortesía, y lo que fue una impresión vacilante y confusa, en seguida, y luego de un fuerte abrazo, confirmó la solidez de nuestra amistad. La historia es larga: por tal motivo es conveniente abreviar. Lo cierto es que, a eso de la nueve de la noche, un grupo de aficionados nos encontrábamos departiendo en amena y alegre tertulia, convivio que serviría para estrechar fraternalmente a los contertulios de todos los días; para sorpresa mía y de mi flamante invitado aquello se convirtió sin quererlo en tormentosa pesadilla.

¡Vaya temple y control del paisano invitado!

Con inmutable serenidad soportó la metralla, y con pasmosa entereza y tolerancia dejaba que el amargo rumor de la voz que, fastidiosa, con patética alegría y sonoro entusiasmo denigraba a ciertos toreros calificándolos de “payasos”. Palabras a las que la inflexión y el sentido expresivo las hacían sonar como suenan las que acusan tan grave falta de dignidad humana que por sí mismas son despreciables; aquellas eran palabras injuriosas, palabras contenedoras de los bajunos vocablos de la ruindad.

¡Su apariencia era cierta!

Adentro de él todo estaba en orden en tanto en el aire sonaban hirientes conceptos que a cualquier otro hubiera hecho explotar de rabia y malestar. Mi amigo recién llegado a la tierra que le forjó sueños y le armó ilusiones, Aguascalientes, “modesto aficionado” que en sus mocedades actuó eventualmente en la cuadrilla de toreros cómicos –charlots o  chirotes- española <El Bombero Torero>, renunció a dejarse llevar por la ira, y con ejemplar estoicismo “puso la otra mejilla”.

Menuda vergüenza sintió el poco delicado parlante cuando, puesto de píe “el apaga fuegos y modesto aficionado” para despedirse, y sin dibujar nada que reflejase aires retadores, tomó la palabra, y con ejemplar y admirable afabilidad pronunció conceptos que, seguro estoy, conmovieron al ofensor al grado de moverle hacia la sincera contrición.

–“Caballero, dijo el gentil y “modesto aficionado” que tiene tiempo viviendo en Chicago, y que en su juventud se dejó seducir por las ambiciones de gloria aspirando a ser torero de prestigio, y dirigiéndose al locuaz que vociferaba, permítame comentarle que, puesto que de joven fui torero cómico, y sé de lo que se trata, lo cual hice con mucho orgullo y afición, sus opiniones me hacen creer que, o confunde usted los términos, o desconoce de lo que está hablando. No creo que sea sano que un aficionado como vos se burle de los matadores de toros llamándoles “payasos” y menos que a éstos –a los “payasos”- les crea ser incapaces de tener “dignidad”, y ser burlados por la categoría.

Debo agregar que cuando la concurrencia aplaudió la valentía de mi amigo, el “modesto aficionado”, el rostro del “ignorante” parlanchín y aficionado con “guasa” y leche aceda se tornó caleidoscópica faz de mil colores.

Serenados los ánimos, y ya con claridad en el oriente, a la velocidad del rayo me llegaron a la mente múltiples ideas que bien podrían equipararse a las enriquecedoras reflexiones

nocturnas que suelen llenar de luz los pantanos y las sombras.

Y recordé, recordé lo que mi amigo el “modesto aficionado y ex -pintoresco torero cómico” –“payaso”- me enseñó hace muchos años.

-“José, toma en cuenta que en el toreo, siendo una actividad que impulsan las alas de la inteligencia, el espíritu, la imaginación y la sensibilidad, convertida en una manifestación ritual y solemne a la que enmarca el exigente rigor de la seriedad, también caben, aunque en sitio aparte, el humor y la risa. Y no es la “burla burlona” quien los patrocina”.

Y recuerdo que me decía: “Al humor noble, a la risa envuelta en frescura y libertad, y a la luz celeste de la alegría, en el ruedo las eleva el gesto de un hombre que con humildad ama la belleza y adora la bondad; es el gesto de quien, disfrazando su verdadera identidad, y transformándose en forma llamativa, da vida al “charlot”, típico personaje insignia del sano y buen humor torero”.

José Caro

Y agregaba: “La distensión del rigor de todo festejo serio que ocurre en las charlotadas, permitiéndole al espectador familiarizarse con las suertes más habituales, nos da a  entender que el “payaso”, poseedor de cierta fuerza de espíritu, recurriendo a la pirueta artificiosa y a la hilarante gesticulación ¡TAMBIÉN TOREA!

“Y es éste “payaso”. -no el bufón de la máscara fría y la sonrisa postiza, sí el de rostro que calca la ingenuidad de niño; no el que marcha, sí el que baila- ¡TORERO AL FIN! el que con su vestuario poco habitual, y maquillada su cara, realiza trucos, malabares y rutinas inteligentemente habilidosas, el que crea las situaciones absurdas y comprometidas a voluntad para causar que emerja la hilarante explosión sonora del público en las plazas de toros ¡TAMBIÉN TOREA!

Lo cierto es que con ellos, con los charlots y “payasos”, se gesta la oportunidad de visualizar el ridículo toda vez que en las rutinas truculentas que realizan, aparentemente contradictorias a los cánones, permiten que el espectador pueda reírse de “la tragedia

simulada”.

“ASÍ DE NOBLE Y GENEROSO ES EL TOREO”. Ello nos hace entender que el toreo cómico en el fondo es un deseo de desalojar del medio, “haciendo reír”, los asfixiantes aires de solemnidad y tragedia en que vive envuelto el toreo serio. Y queda claro que con el toreo cómico se abren grandes posibilidades para que se oculten las soporíferas ventiscas del cansancio, del miedo, y hasta de la tristeza, presencias asiduas en la rutina acostumbrada en la celebración de los festejos “normales”.

Así las cosas, no queda sino aplaudir a quienes con sus malabares toreros son capaces de invocar la risa, y la carcajada fácil. No queda entonces sino entender la bondad del toreo que, generoso, nos permite asimilar que la risa en la plaza, “que no la burla ni el ridículo, es salud, que es bálsamo y brisa placentera. Bienvenida sea entonces la risa.

Y puesto que en cierto sentido el toreo cómico como expresión cultivada también es una realidad que se acerca a la dimensión del arte teatral, al aficionado no le queda sino agradecer su existencia.

Y que bueno que existan “grandes caballeros” –como mi amigo el “modesto aficionado y también “torero cómico”- que estimulan al aficionado a concederle respeto y “dignidad” hasta el más humilde de los toreros en cualquiera de sus formas.

Se habló por tanto de payasos. Fue cuando, a manera de remate, y puesto que mi rostro parece máscara que muda de colores pareciendo maquillaje cuando estoy lejos de ella, o también de manera notable cuando estoy cerca de ella, me pregunté si no estaba dando vida a un payaso queriendo que doña Verónica “Castaberu” se fijara en él. Las locuras que hacen los payasos; las locuras que hacen los que se dejan llevar por los jaloneos del afecto, y que actúan en nombre del cariño. ¿Le pareceré a la seño Vero un payaso?

Author: José Caro