DADA LA SINGULARIDAD Y DIGNIDAD DE LOS SERVICIOS DE LOS CAPELLANES EN LAS PLAZAS DE TOROS SE DEMUESTRA QUE EL TOREO PIERDE ESENCIA SI SE “PARACTICA SIN DIOS NI RELIGIÓN”

Tomé un libro que, cubierto con el polvillo que maquilla a la indiferencia, y al abrirlo me encontré la foto que sin oponerme me llevó a la rueda del tiempo. Y puesto que me gustan las historias que en su vejez me cuenta –el tiempo- me di al deleite de retozar vagando en sus dominios. Y divagando recordé cuando el presbítero Guadalupe Díaz, por mucho tiempo director del colegio Portugal, fue capellán de las plazas de Aguascalientes.

Con el fallecido capellán loca José Guadalupe Díaz

¿Quién es ahora el capellán de sendos cosos?

¿Es acaso un “gran” ausente cuya “insignificancia” le hace imperceptible?

Pregunté a cualquier aficionado silo sabía y no me supo contestar. Platicando con ellos lo apuntan quienes, asistiendo a la plaza Monumental y a la San Marcos, asumiendo la actitud de los agudos observadores que se deleitan curioseando, y que gozan paseando la vista por todos los rincones de los cosos, se han percatado de la ausencia de un personaje que con su sola presencia eleva vigorosamente la moral de los profesionales del toreo. Personalmente no conozco a quien desempeña tan significativa misión en las plazas locales, realidad que es compartida con muchos otros que, como yo, igualmente no alcanzan a identificar a tan “discreto” elemento que, si bien por fortuna su asistencia es decorativa, en circunstancias súbitas y emergentes es un auxiliar de gran peso significante.

Lo cierto es que siendo una realidad inobjetable la intensa vida religiosa de la gran mayoría de los toreros, el “capellán”, incorporado ocultamente a la coreografía del evento –pues nunca ha sido la preferencia de los sacerdotes “dejarse ver”-, da testimonio de que el toreo es un ejercicio que “sin Dios” ni religión se opone a lógica existencial del ser humano. Curiosamente se contarán con los dedos de las manos, y seguramente sobrarán los diez, las plazas de toros que no tengan, próxima a la enfermería, una capilla en la que los actores devotamente, encomendándose al espíritu divino, rueguen la intervención protectora de la “milicia celestial”.

Porque le he vivido lo puedo contar: en no pocas ocasiones fui testigo del metafórico andar extraviado –antes de lanzarse al ruedo- de los toreros que, transitando trémulos y desorientados en imprecisa ruta, al salirle al paso el “capellán”, con su faro de luz y alegría espiritual, y guiándolos con la brújula del consuelo y el mapa de la palabra, los encamina hacia la vereda segura: su Dios.

Claro que en el inexplorado mundo existencialmente espiritual de los toreros juega un papel importante el “capellán”, toda vez que por la grata dimensión, pero sobre todo del significado de su sagrada misión su presencia les inyecta tan notable consuelo que a quienes se van a jugar la vida su bendición les sabe a liberación y redención.

Y fue en ese trance sabroso –el de recordar- que me vinieron a la mente las palabras del presbítero Jorge Hope cuando, en la sobremesa familiar, me comentó la ocasión en la que el matador Fabián Ruíz, camino a la plaza Monumental, le pidió su simbólica protección rogándole de diera su bendición. No atino a dar con las palabras con las que narró aquel “insignificante” suceso que me permitió intuir tan piadosa súplica. Y porque alguna vez lo viví en carne propia “recordé el estremecimiento que sacude el alma de los toreros cuando besan las manos de los sacerdotes que tiempo después habrían de tocar el cuerpo del Señor en la hostia”. Esperanza convertida en realidad: esperanza y aliento de la convertida en sello de seguridad, esperanza convertida en aval de garantía. Pues sí, en realidad no creo que haya quien se oponga la presencia de los capellanes de las plazas de toros. Bienvenidos sean. 

¿Quién y cómo se llama el capellán de los toreros en Aguascalientes? Me gustaría saberlo y conocerlo. “Cotorrear con él seguramente podrá ser un acto que en algo puede contener chispitas de piadosa iniciación religiosa. Y que lo conozcan los toreros, y que lo conózcanlos aficionados… ¿no le paree?

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Author: José Caro