“EL TAURINO MEXICANO MODERNO, IMITANDO A LOS “GUADALUPANOS”, CREÉ SANTIFICARSE PERPETUANDO EN LA MEMORIA LO QUE EN LA REALIDAD VA QUE VUELA A SER UN ALBOROTADO RECUERDO, LASTIMERO ABORTO DE SU HISTÓRICA GRANDEZA”

Hoy, 8 de diciembre, me despertó, a eso de las seis del mañana, el tañer de la campana mayor del templo de Guadalupe. Reconciliar el sueño me fue imposible: preferí sentarme ante el teclado y agilizar los dedos para dar cuerpo físico a mis pensamientos. Y así ocurrió.

Negarlo sería absurdo. El fenómeno “guadalupano” revive y late; en tanto el fenómeno del toreo se asfixia sumergido en el océano del desprecio social, y muriendo poco a poco, cree revivir.

Negarlo sería absurdo. Es una realidad que el colorido, la animación, y el bullicio que origina el “fervor” -profunda veneración- “guadalupano” en la comunidad aguascalentense es “asombroso”. Me atrevería a pensar que “la excepción”, lugar del suelo nacional en el que no ocurra lo mismo, y en él no se activen y enciendan las ardorosas muestras de adoración, distanciado de la “identidad” culturalmente religiosa y popular, sería igualmente “asombroso”.

Negarlo sería absurdo. Fue una realidad que cuando abrí los ojos para ver el mundo que me circundaba, existía una “profunda veneración” al toreo, mágico sentimiento de respeto y admiración inspirado por su deslumbrante dignidad. Sentimiento que fomentaba la “apasionada entrega” esterilizando la apatía popular: México adoraba a “su emperatriz”, y veneraba a los toreros. Y aunque parezca extrema la afirmación, y el hecho en sí mismo, quienes renunciaban a rendirse ante el encanto de la Fiesta se distanciaban de la identidad del mexicano que, como yo recién nacido, vivió en la época en la que la “Virgencita de Guadalupe” y el “toreo”, respetadas las proporciones simbólicas, fueron el pilar que constituía nuestra imagen popular.

Negarlo sería absurdo. Cuando fui infante, y gocé con el esplendor de la inocencia que, intoxicándola, amenazaba el pérfido aliento de la “endiablada” curiosidad, y ante cierta oposición familiar, sin darme cuenta exacta de mi proceder, me sentí refugiado en el encendido encanto de la Fiesta de toros. Fue cuando, sin sospechar que en los brazos de ella envejecería, disfrutando al máximo di los primeros pasos en el terreno de la fantasía y el romance torero. Fue cuando mis primeros sueños, a los que quise elevarme sin paradas que lo interrumpieran, dejaron de ser terrenales para tornase asunto de la imaginación.

Negarlo sería absurdo. Teniendo ante mis ojos el continuo peregrinar de devotos que exhiben y manifiestan su devoción “Guadalupana”, y danzando “los danzantes” al rítmico percutir de los tambores con dejo y semblante aborigen, mi memoria, viejo instrumento que activa y reelabora las experiencias del pasado, me reveló que la festividad “guadalupana” y la Fiesta de toros fueron realidades indisociables que estimularon la fantasía y la imaginación de mi ser infantil.

Negarlo sería absurdo. Para bien o para mal, nunca he podido distanciar en mi memoria, apartando un fenómeno de otro, los recuerdos de la celebración más emblemática del alma mexicana -tanto del pueblo “pobre”, como también de la élite del “rico”- y los recuerdos de la Fiesta de toros cuando por primera vez se grabaron en la pupila de mis ojos.

Negarlo sería absurdo. Pero me entristece que en el seno de la sociedad moderna –mexicana- el fenómeno “guadalupano” se perfila para ser históricamente imprescindible, la Fiesta de toros, obediente a los designios culturales que la ubican como una salvaje concesión de la barbarie, tienda a desaparecer.

Negarlo sería absurdo. Pero en tanto los taurinos siguen asombrados por lo que ven sus ojos, ojos vendados por la imposición de criterios que humanizan a los animales, y desatendiéndola guerra que se avecina a paso lento se resigna a que la Fiesta se acariciada por los pétalos de la memoria y se convierta en simple recuerdo.

Negarlo sería absurdo. Repican las campanas de los templos en ciudades y rancherías convocando a la adoración de la “Reina de México”, pero a las campanas del toreo en México parece que le extrajeron el badajo y enmudecen a pesar de su gran tamaño.

Avatar

Author: José Caro