EL INFRAMUNDO DE LA MANSEDUMBRE

Jueves 12 de diciembre del 2019

Séptimo festejo de la temporada de la Plaza México

Corrida guadalupana

Toros: Siete de Begoña (al sexto lo devolvieron por manso después de ponerle banderillas negras). Todo fueron débiles, sosos, mansos y feos. El segundo fue aplaudido absurdamente y el sexto fue abroncado de continuo hasta que lo echaron al corral.

Toreros: Sergio Flores, al que abrió plaza lo mató de tres pinchazos y más de media estocada tendida: pitos antes del aviso y posterior silencio. Al cuarto le pinchó arriba y luego le atizó una gran estocada que tumbó sin puntilla: oreja muy protestada.

Andrés Roca Rey, al segundo lo pasaportó de entera trasera: silencio. Al quinto le propinó un bajonazo involuntario a medio lomo debido a que el toro iba a rodar a la hora del embroque: silencio.

Luis David Adame, al tercero lo despachó de pinchazo y media de efectos: silencio. Al sexto le despenó de dos pinchazos y un golpe de corta: silencio.

Ni la mitad de su aforo

Entrada: alrededor de diecinueve mil espectadores.

La expectación era grande, pues los tres toreros anunciados jalan gente y la empresa había anunciado con bombo y platillo el regreso al coso capitalino de los toros de Begoña después de veintitantos años de ausencia. Pero a medida que se desarrollaba la dichosa corrida guadalupana, la gente estaba cada vez más furiosa pues el ganado superó en mansedumbre y falta de trapío a los de Reyes Huerta y Xajay, dos hierros que ya habían pegado sonoros petardos recientemente.

El primero fue un manso de libro que no repitió jamás ni se dignó pasar completo una sola vez. Tengo que asentar que el cuadrúpedo habría sido bautizado con el cursilísmo y poco taurino nombre de “Prodigioso Amor”. Esa práctica tan chabacana y tan de moda de elegir nombres almibarados para los toros de lidia es realmente vomitiva. Sergio Flores lo intento todo pero sólo logró sacar en claro dos derechazos de excelente factura.

Con el quinto, que se llamó “Amor Inspirador”, el coleta tlaxcalteca logró los momentos más lucidos del nefando festejo. Ese bovino feo y agalgado tuvo la virtud de tratar de sobreponerse a sus congénitas debilidad y mansedumbre. Sergio se arrimó mucho en el último tercio y compuso una faena muy interesante a base de doblones, cambiados por la espalda, molinetes, pases de pecho y manoletinas. La gente echó de menos el toreo fundamental y le pitó una oreja que en otros tiempos hubiera sido indiscutible con todo y el pinchazo.

Roca Rey sigue sin obtener un triunfo realmente importante en la gran plaza. El torero peruano se enfrentó en primer lugar a un bicho que le permitió lucir en las verónicas de recibo, un ajustado quite por chicuelinas modernas y dos muletazos por la espalda en los medios.

Ahí estaba Andrés aguantando horrores y emocionando a la gente cuando después de dos naturales poderosos el pupilo del acaudalado señor Bailleres se rajó para siempre. ¿Habrá tenido algo que ver que el cornúpeta se llamara “Amor Guadalupano”? ¡Vaya usted a saber!

El quinto resultó ser todo lo que no le conviene a un torero valiente y poderoso, es decir, un manso débil, reservón y de nula nobleza. “Amoroso Santuario” no tuvo un pase y el torero limeño abrevió. A ver si un día, en la Plaza México, Roca Rey sortea un toro relativamente bravo.

Con el tercero (“Milagro de Amor”), Luis David insistió tratando de justificarse, labor harto complicada ante un cornúpeta manso, soso, destartalado, débil y feo.

La bronca gorda aconteció en el sexto. El de Begoña (la dizque añorada ganadería) estaba bien armado pero huía hasta de su propia sombra. “Río de Amor” no se dejó picar, punto, por lo que la gente se amotinó y obligó al juez a que condenara al morito a banderillas negras.

Pues bien, entre pitos e insultos continuados al ganadero y la empresa (que son prácticamente la misma persona), va un peón y le clava un palo negro al toro. Viene el segundo subalterno y coge un par de banderillas normales y blancas. El público se percata del fraude y la bronca arrecia. Sin inmutarse, el banderillero clava un rehilete de mala manera. El juez multa al pícaro peón y el ruedo es un herradero.

Así las cosas, viene el tercer par de negras. El subalterno deja una tercera jara, sale pitando a tomar el olivo y el toro le imita, saltando al callejón y sembrando el pánico.

El señor juez decide -de manera antirreglamentaria- devolver al toro a los corrales y ahí ardió Troya. Llovieron almohadillas y los folclóricos epítetos a las progenitoras del ganadero, del juez y de los señores Bailleres y Sordo se podían oír a varias leguas de distancia.

El cónclave había tenido ya suficiente y comenzó a escapar presuroso del embudo de Insurgentes, así que nadie le prestó atención a sexto bis (“Amoroso”). Luis David quitó por zapopinas, entre las cuales hubo una verdaderamente lucida, y luego hizo lo que buenamente pudo ante un ejemplar anovillado y totalmente descastado.

No crea usted, querido lector, que la tempestad había amainado No, la bronca siguió y muy en serio. Un iracundo aficionado de Sol se metió más fuerte (cosa casi imposible) con Alberto Bailleres y de pronto surgieron media docena de gorilas que saltaron desde el callejón a las gradas con la consigna de sacar de la plaza al incómodo espectador.

El público, demócrata y libertario al fin y al cabo, vociferó hasta que la policía desistió y dejaron en paz al indignado y sufrido parroquiano. Eso fue lo más memorable de la lidia del último de Begoña.

Al salir de la capital del toreo en América, un muy buen amigo y mejor aficionado me dijo: “Fíjate que hoy en la mañana tuve que ir de emergencia al dentista. Creo que fue el mejor momento de mi día”.

El fiscal no hará más preguntas…

alrededor de diecinueve mil espectadores.

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Author: Gastón Ramírez Cuevas