JOSÉ MAURICIO ALINEA LOS PLANETAS: VUELTA Y DOS OREJAS

Domingo 15 de diciembre del 2019

Octava corrida de la temporada de la Plaza de Toros México

Toros: Seis de Barralva, bien presentados en conjunto y de juego asaz diverso. Algunos pitos absurdos al primero, justa rechifla al segundo, exagerada ovación al tercero, y aplausos en el arrastre al cuarto y al quinto.

Toreros: David Fandila “El Fandi”, al que abrió plaza le mató de tres pinchazos y cinco golpes de corta: fuertes pitos tras aviso. Al cuarto le despachó de casi media efectiva: silencio.

Fermín Rivera: al segundo le pasaportó de estocada desprendida un poco caída y trasera: al tercio. Al quinto le atizó una entera algo trasera y caída: oreja.

José Mauricio, al tercero le pegó dos pinchazos, una entera y tres golpes de verduguillo: vuelta tras dos avisos. La estocada a toma y daca que le propinó al sexto, con la consiguiente paliza, le hizo pasear dos merecidas orejas.

Incidencias: El banderillero Felipe Kingston se despidió de los ruedos tras 45 años de profesional, tras la lidia del quinto toro.

Entrada: cerca de seis mil personas.

Dicen por ahí que Dios aprieta pero no ahorca. Dicen también que no hay mal que cien años dure. Por lo tanto, después de tres petardos ganaderos, después de tres pifostios de buen calibre, la ley de las probabilidades estaba hoy del lado del aficionado.

Hoy vimos un encierro por demás interesante y bien armado, y a dos toreros mexicanos cuyo pundonor le devolvió la esperanza hasta al más pesimista de los parroquianos que no se pierden un solo festejo en la gran plaza, y que son, a lo mucho, unos cinco mil. Vamos, como mandan los cánones, toro a toro.

El primero de Barralva fue un toro muy guapo, bravo y noble. Desgraciadamente, cayó en manos del Fandi. Como es su costumbre, el coleta granadino lució en los dos primeros tercios y luego tomó el trapo rojo. Hubo chicuelinas antiguas, una serpentina, tres buenos pares de banderillas y ni un solo muletazo digno.

El toro fue fijo, alegre, fuerte y noble hasta que El Fandi le hizo aprender. A base de aliviarse, agarrarse de las costillas y quitarse con celeridad, el veterano diestro español hizo que la gente se pusiera del lado de un animal que ya hubieran querido todos los toreros de las tres tardes anteriores. Los gritos de: “¡Toro, toro!” le sirvieron al Fandi de música de acompañamiento hasta que se quitó de enfrente (con no pocos trabajos) al malhadado ejemplar de Barralva.

El segundo de la tarde fue un toro muy débil pero que tenía ganas de embestir. Fermín Rivera porfió en todo momento, pero el cornúpeta rodaba por la arena con mucho empeño. El torero potosino logró pegarle algunos medios derechazos muy templados y pare usted de contar.

Salió el tercero, un animal que no andaba sobrado de fuerza, al contrario, pero que tuvo gran calidad y casta. José Mauricio, uno de los consentidos del aficionado capitalino, siempre transmite y siempre demuestra unas ganas enormes de justificarse y quedar bien.

Toda su labor en ese tercero tuvo clase y parsimonia. Hubo dos medias verónicas de cartel y un quite por chicuelinas que hubieran sido aplaudidas por el mismo Manuel Jiménez Moreno, pues fueron templadísimas.

Con la muleta, José Mauricio se cruzó, se entregó y se gustó. La faena fue en los medios y los trincherazos y las tandas de derechazos gloriosos pusieron al público al rojo vivo. Cuando un torero tiene voluntad, clase a raudales y está peleado con la monotonía, suceden cosas formidables. A nadie le importó que el tercer espada no anduviera fino con los aceros y la vuelta al ruedo fue muy aplaudida por todo el cónclave.

El segundo del lote de Fandila tuvo una salida impetuosa y cuando se le acabó la plaza brincó las tablas y por poco llega a las primeras filas de barrera. El de Barralva fue un toro de excelente lámina que apenas rebasaba los 500 kilos y que resultó bravo en la muleta.

El Fandi lució con los rehiletes y luego anduvo zaragatero, birlongo, adornista y desconfiado con la sarga. Los compañeros de tendido que antes le habían gritado a José Mauricio cosas tan originales y eclesiásticas como: “¡Dios y audacia!”, ahora le dirigieron al Fandi sonoros epítetos estilo: “¡Pelmazo, matalote!”. Francamente, no sé si este hombre vaya a tener ganas de volver al embudo de Insurgentes.

Fermín Rivera pudo lucir bastante en el quinto, un castaño claro, calcetero y veleto que tuvo trapío y bravura pero que duró poco en el último tercio. Fermín se dobló con él, se ciñó al derechazo y demostró una vez más que, a diferencia de casi todo el escalafón, no sabe torear con la pata buena escondida.

El nieto de don Fermín Rivera Malabehar compuso una faena corta y clásica, con grandes naturales, que remató con soberbias manoletinas. A la hora buena, el sobrino de Curro Cumbre se tiró sobre el morrillo con mucha verdad. El toro hizo hilo y persiguió a Fermín antes de enterarse que lo habían matado con gallardía. La oreja fue pedida con fuerza y concedida.

El que cerró plaza fue otro veleto, calcetero y castaño claro, sólo que con un poco menos de trapío que el quinto. En cuanto a estilo, este bovino tuvo guasa y careció de nobleza, llegando a veces a poner en serios aprietos al torero. Pero José Mauricio no iba a permitir que las complicaciones de un toro respondón le amilanaran.

Desde el quite por chicuelinas antiguas y la suntuosa media larga cordobesa, el público supo que ahí iba a ocurrir algo importante. Los suaves doblones rodilla en tierra con los que José Mauricio Morett inició la faena de muleta fueron asombrosos. Luego vino una lección de cómo lidiar con quietud, sello y luminosidad. En un derechazo muy ajustado, el toro se echó a los lomos al torero, quien no tardó en volver a la cara del morito para echarle más poder, reposo y elegancia al asunto.

Las tandas de derechazos, las dosantinas, un par de naturales, los muletazos de pitón a pitón y un personalísimo desplante a tiempo, hicieron que la gente le gritara incansablemente: “¡Torero, torero!”. José Mauricio se perfiló sin aliviarse y se volcó sobre el morrillo a matar o morir. El de Barralva le tiró un tornillazo a la hora del embroque y luego le vapuleó, obligando al valiente a irse casi noqueado a la enfermería. Digamos que ahí bien pudo haber ocurrido una tragedia. Cuando el carismático espada volvió a salir al ruedo ya le habían concedido las dos orejas mejor cortadas de ésta y otras temporadas, y la gente le ovacionaba con júbilo.

De haber sabido que la fortuna iba a sonreírle tanto en este octavo festejo de la temporada grande, san Aficionado mártir hubiera soportado con más entereza los tres petardos terroríficos de las tardes anteriores.

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Author: Gastón Ramírez Cuevas