2 ARRASTRE LENTO 2

(1)

EN LA IMAGINACIÓN REAPARECE DON JOSÉ ALAMEDA LUEGO DEL “RESCATE” DE FERMÍN RIVERA Y JOSÉ MAURICIO DE LA ESENCIA PSICOLÓGICA DEL TOREO: “LA PASIÓN”

¿Por qué tomar en cuenta a don José Alameda? Lo trae a mi mente el alarde de dos toreros que pusieron sobre la Fiesta de toros en México un puente entre dos extremos para salvaguardarla: del extremo de la comodidad tendieron cuerdas y maderas para conectar con el extremo ardiente que la incendia. Y sobre él –puente- reapareció victoriosa la “pasión”. Magnífico rescate.

No logro evitar recordar esa frase lapidaria de don José: “El toreo no es graciosa huida sino APASIONADA entrega”. “Pasión de enamorado”, pronunció un día don Juan Belmonte.

Estoy próximo a la certidumbre sin apunto que por momentos el toreo en México sufrió la errática guía del perfil artístico, bellamente delineado por los matices estéticos y rítmicos, aunque ayuno de movilidad emocional “ardiente”. ¿Qué se veía entre bostezos en los ruedos mexicanos? Presunción, cansancio, fatiga, negligencia, artificialidad. La superestructura “pasional” del toreo parecía derrumbarse ante la complacencia de los comodinos.

Afortunadamente la constitución primitiva del espectáculo logra balbucear, y aunque con debilidad se escucha su voz que clama la conciliación de los dos extremos del toreo como fenómeno público: “La belleza con la pasión”. Por eso me llena de animación darme cuenta de que todavía subsisten constructores mexicanos –toreros- con el talento suficiente y las herramientas –cojones, hambre, enjundia, descaro, voluntad, goloso empeño- para tender puentes sobre el abismo. Y hacen resurgir lo esencial del arte mismo. LA PASIÓN.

Pero bueno eso ya pasó, y ahora quedará como ejemplo permanente <la actitud de Rivera y Mauricio> para que la repetición no sea un disco vació sino un ejercicio de verdadera creación. Pero no por ello dejé de tomar en cuenta a don José Alameda toda vez que.

Hurgando con glotona voracidad en las librerías en las que me es permisible dar satisfacción al añoso y orgiástico –virtual- placer de remover libros para curiosearlos con bestial apetencia –las librerías en las que toleran mi maniático fisgonear se encuentran en las calles de Matamoros –centro- y Nieto- me encontré maltratada y en abandono una de las grandes maravillas de la literatura taurina mexicana –“pétalos de rosa entre muladares de basura”- titulada “La Pantorrilla de Florinda y el Origen Bélico del Toreo”. No podía creer que tuviera entre mis manos “tan ajada belleza”. ¡Aplaudí mi suerte!

Y regocijado volví a atrapar entre las redes de mi imaginación al notable escritor y excelentísimo crítico llamado José Alameda –Carlos Fernández en realidad-. Nada más fácil para mí, puesto que lo conocí y traté, que evocarlo.

Mucho tiempo fue protagonista del mejor nivel, -el más glamuroso posible para un genio como él- y durante mucho más tiempo se habló de su obra tanto o más que de su persona, tan lo fue que es sin duda un ilustrísimo e importante punto de referencia histórica. No será nada fácil borrar ni modificar su legado doctrinal y literario. “EL TOREO NO ES GRACIOSA HUIDA, SINO UNA APASIONADA ENTREGA”. El genio hasta en la brevedad se manifiesta.

Me queda claro que, aunque es una realidad que el pensamiento “taurino” se ha empobrecido junto a las manifestaciones artísticas colaterales en torno suyo –como son la pintura, la poesía, el baile y la música-, y que se nota que existe una fragilización acusada por la pérdida y devaluación de las personalidades consideradas como AUTORIDAD –GRADACIÓN MAYOR EN UNA JERARQUÍA COMÚN EN VALORES- a pesar de haber fallecido hace ya décadas, Alameda fue –y lo será a perpetuidad- una real eminencia para el mundo del toreo.

El conocimiento de lo estrictamente taurino –de lo cual hizo portentosa gala-, y su notable erudición de especial notoriedad, no fueron motivos para distanciar de la estima popular a Fernández Valdemoro, hombre culto como el que más, y académico por convicción que, una vez convertido en celebridad por la versatilidad de sus dotes histriónicas, empujó al toreo a la dimensión de las grandes academias –cimas “cumbre” de la cultura en lo particular-. Lo conocían en el atrio de la catedral, en el “rincón de una cantina”, en el lodo del muladar, y en el etéreo espacio de los duendes. Fue admirado tanto por presidentes de la república, como por los más humildes de los barrenderos.

Si bien español de nacimiento, supo y quiso ganarse afectivamente la adopción mexicana. Ya español-mexicano, o mexicano-español, supo hablar con tal certeza de la “PASION” taurina –su pasión- que se ganó a pulso el reconocimiento y respeto de grandes artistas, de encumbrados políticos, de connotados intelectuales, y del pueblo en general. Y por méritos propios fue incrustado en el selecto nicho donde se resguarda la memoria de los personajes que alcanzan la gloria de la veneración.

Sus notabilidades le vienen como consecuente producto del ejercicio que realizó en vida como periodista y crítico taurino. En su narrativa, tan rica y espontánea en matices –consumado maestro- tan deliciosa como exquisitamente poética, supo decir (él decía que por intuición) y desnudar cuanta virtud encontró en el medio. Sin trampas ni requiebros literarios, esos que enmascaran las triviales especulaciones, y sin exageraciones tendenciosas pugnó por contrarrestar la latente enfermedad de la modernidad: LA CONSTANTE PÉRDIDA DEL SENTIDO REAL DE LOS VALORES TAURINOS”.

Se opacó Carlos Fernández, pero se agigantó por su notable brillo José Alameda.

Tuvo un claro propósito identificable en su abultada obra literaria. La de sistematizar la represalia. “LA VERDADERA CRÍTICA, afirmó alguna vez don José, ES LA QUE CONTRIBUYE A POTENCIAR LA VISIÓN DEL ESPECTADOR, LA QUE ENRIQUECE Y NO DESTRUYE”.

¿Cómo fue él en el terreno diarista? Ejerció con profundo conocimiento de causa la crítica tolerante y benévola, ocultando, pero no ignorando ni desconsiderando errores. Y también tuvo odios: odiaba la crítica de “malas tripas”, aquella que para él se hacía sin decoro, y que sin gramática ridiculizaba, hería, insultaba, o desacreditaba la hombría y virilidad profesional de los toreros.

También supo exponer su tesis con énfasis señalando que “en la vida como en el toreo existen hechos y circunstancias que deben denunciarse”, y desde su admirable tribuna literaria acusó, señalándolos simplemente, para interrumpir su coercitivo desenvolvimiento, desviaciones y descomposiciones. Con su estilo limpio, brillante y elocuente, de súbitas imágenes sobrecargadas de los aromas y fragancias más toreas, tuvo el don de ejercer una crítica “DIDÁCTICA Y PONTIFICANTE.

Buscó en su vasta producción “EVITAR LA CRTICA QUE VOCIFERA Y OFENDE LASTIMANDO LA “DIGNIDAD AJENA” POR DESCONOCER LA PROPIA”. Y para él no hubo honestidad sin respeto, Y aunque lo hizo con discreción y en silencio, se opuso “a los terroristas de la crítica, aquellos que, parapetados en la impunidad del burladero periodístico, ejercen acobardados el banal ejercicio de chupatintas”.

Dijo alguna vez, al respecto de quienes recorren el atajo oscuro que los lleva al trampolín de la notoriedad: “En la actualidad, la supuesta crítica que ejercen esos advenedizos, fosilizada, sin jugo vital, se encarniza y acartona en la repetición de un lenguaje irrespetuoso, ofensivo y despreciable”.

Y cuando hablaba de la labor de los toreros, en relación con la crítica, señaló con el mejor de los tinos: “¿Para qué? Para que unos chupatintas puedan comerse a diario el mendrugo amargo de la indignidad, capaces, en su osadía y en su desnudez moral, de insultar a quienes continúan, con riesgo de sus vidas, la formidable hazaña popular –y españolísima – de tres siglos del toreo”.

Sugerencia al siempre amable lector: Si puede no deje par mañana la lectura de Alameda pues, amén de ser una necesidad cultural para el taurino, enriquece de tal manera que sus teorías adquieren tal vigencia que parecieran haber sido escritas apenas ayer.

El autor.

(2)  ARRASTRE LENTO

ELOGIOSO RECONOCIMIENTO A LA IMPROVISACIÓN -VERDADERA OBRA DE ARTE E INSPIRACIÓN- DE JOSÉ MAURICIO Y DETERMINACIÓN DE FERMÍN RIVERA.

(Valga acotar entre paréntesis, mas no como objeto secundario, la despedida de los ruedos como profesional del maestro de pasamanería y plata: don Felipe Kingston)

Esplendida conjunción: riesgo y belleza; determinación y armonía; enjundia ensangrentada y plasticidad fogosa. Es más, hasta pudiera decirse que Mauricio con su actitud en el ruedo de la plaza México el día de ayer “rescató” eso que tanta falta le hace al espectáculo: PASIÓN. “El toreo no es graciosa huida sino “apasionada” entrega” José Alameda.

Lo cierto es que viendo a José en el ruedo teníamos ante la vista la explosión de una “pasión encendida”, fuego que los toreros deberían conservar siempre flameante. Mirándole, el espectador, concentrado en el incendio que ardía en el albero, no tenía manera de observar las nubes rojas de sangre que ya cubrían, llenándolo, el cielo negro azul –tarde noche- del gigantesco coso.

¿Se habla de “rescate”? Desde luego: lo que ocurrió ayer no fue una adormecida continuación de un fingimiento; ayer Mauricio, poniéndolo en el centro metafórico del toreo, “rescató” el ardor intenso y desnudo del fuego de la Fiesta, y junto a Fermín Rivera, nos permitieron –a los que vimos con deleitosa calentura emocional su encendida entrega- estremecernos ante la presencia de la magnífica explosión de fuerza y vitalidad. Sus lances y muletazos no eran chispas, no eran antorchas, eran cometas trazando luces gloriosas matizadas con el carmesí del verdadero espíritu del héroe que elige arder a pesar de su consumación en su propio incendio.

En fin, ya tendrán tiempo los aficionados para agradecerles a Fermín Rivera y José Mauricio esa ardiente disposición que, lo reitero, “rescata” el fuego sofocado y adormecido de la Fiesta.

Cosa curiosa: se habla ya de un raro fenómeno de apreciación, el cual trae consigo un hecho insólito: la “unanimidad en las opiniones”. ¡Qué bien han estado ambos toreros!

Pero como suele ocurrirme, para dormir me metí bajo las sábanas llevando en la mente motivos de reflexión. Y fue en ese ejercicio en el que, cavilando, me pregunté: ¿Qué hay

detrás de la aspiración de ciertos aficionados que experimentan la “orgullosa afectación” de querer sentirse como los dioses a los cuales sus opiniones los hacen menos hombres? ¿Y por qué a algunos toreros los aficionados los “deifican” y a otros los “satanizan”?

Me ocurrió ayer por la noche lo que en otras tantas ocasiones. Calmados los ánimos, luego del ajetreo, escuché la irrupción de las sonoras voces de los diversos “climas de opinión” que parecieran no ser de humanos. Todas ellas –opiniones- se “expresaban en el molde de las extensas declaraciones de la naturaleza de la verdad”. La opinión de cada aficionado <su verdad> para él es la que cuenta, en tanto que la ajena no deja de ser una fantasía semántica con perfiles de “gran engaño”. Y apunto colapsar mi tranquilidad previa a la cita con el sueño, me resonó en el oído la voz –ardorosa e insatisfecha- de quien puso en duda la visible su consumación de grandeza que había incendiado al coso capitalino.

Perdón por escribir en primera persona, pero debo confesar que me gusta escuchar las opiniones que, siendo producto de una imaginación templada, y negando cualquier sentido de hostilidad a la opinión ajena, pactan alianzas serenas con la realidad. No me gustan, en cambio, las opiniones –productos de pensamiento- extraídas del congelador que por frío destruyen la finura de la fantasía, ni tampoco me agradan las de los “aficionados de fuego” que dispuestos a incendiar el curso natural de la manifestación del toreo, ardiendo en el perfumado pebetero de la incomprensión, hacen imposible el mutuo convivio en comunidad solidaria.

No, no me gustan, ni merecen simpatía- las opiniones respetables desde cualquier punto de vista que con sus modos de interpretar la realidad contenedora de la riqueza sustantiva de la tauromaquia despilfarran la riqueza psíquica y espiritual del toreo.

Por ello no me acomodo en el mismo asiento de quienes se espantan ante toda aparición insólita de la improvisación, y se horrorizan ante la vista de las novedades: no logro entender a quienes, poniendo como ejemplo la deslumbrante faena –lidia de excepción y profunda importancia- de José Mauricio, luminoso trasteo que a algunos espectadores los pintó de “furiosos” colores por su entusiasmo y animación, en tanto que a otros los tiñó con el matiz de la apresurada y contagiosa infelicidad torera pues insisten en creer que el toreo es primero para los artistas y luego para los guerreros.

Vuelvo a lo mismo –y de nuevo ruego indulgencia por escribir en primera persona-; aprendí a respetar a los aficionados que, con derecho propio, dan lucimiento espectacular a sus enconadas pasiones, y aprendí a respetar a los aficionados que desprovistos de decencia, suavidad y moderación, benignidad y bondad hacia los toreros, no pueden ocultar su incapacidad para “festejar”, “reconocer” y “aplaudir” lo que de “hermoso”, “decoroso”, “venerable” y “digno” –emoción mística- tiene el ejercicio del toreo.

Cierto es que una constitución tan áspera como la de quienes no logran aprender a respetar las diferencias de criterio –opinión- invita a descalificarlos pues por su cercanía con la traición a la tolerancia básica invita a marginarse de ellos, aunque finamente compartamos el mismo espacio en los tendidos de las plazas de toros.

¿Por qué poner en duda lo “grande” que han estado –tomando en cuenta las condiciones de sus respectivos astados-, Fermín Rivera y José Mauricio?

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Author: José Caro