RECUERDOS BELLAMENTE ADORMECIDOS SON LOS QUE SE TIENEN DE LOS TIEMPOS PRETÉRITOS Y DE LOS GRANDES TOREROS DEL AYER

Ocurrió lo que tiene que, como obligación ordenada por el “sino”, tiene que ocurrir. Y ayer no fue la excepción. Lamentando que las entradas –asistencia de espectadores- en la plaza México acusen desinterés masivo, el recuerdo de los años pretéritos puso en la pantalla de la memoria las “escandalosas” entradas que se registraban en el coso que fue construido precisamente para dar albergue a multitudes. ¿A quién habría de ocurrírsele construir semejante cono invertido si no era con la finalidad ser el recipiente de las corrientes y ríos humanos que tenían al toreo -como espectáculo público- entre sus diversiones predilectas? No la erigieron, y tan alto costo y con tantas pretensiones, para dar espectáculos sin gente. Eso está claro. ¿Qué ha pasado?

Pues fue ayer cuando, en la tertulia habitual, un aficionado se empeñó en hablar y hablar del pasado ofendiendo al presente. –“Lo de hoy, tal sujeto lo pronunciaba con la vehemencia de quien cree tener la verdad, vale un cacahuate”. Sus palabras, ofendiendo la realidad actual, colmaron a quienes escuchaba al grado de que alguno de los oyentes prefirió darle vuelta a la mesa.

Personalmente me gustó el tópico, tanto como para dedicarle un poco de tiempo en su atención. Y como de costumbre, aunque un poco tarde, pero por la mañana de hoy martes fue el pretexto para teclear mi punto de vista al respecto del ayer y hoy; del pasado y presente.

Y así fue. Con gustoso ánimo estire mis dedos para desplazarlos sobre el teclado que, con voz muda y sorda, pidiéndome clemencia, me pide que lo deje en paz. Obviamente no le hice caso, y aquí estoy, aferrado sobre las letras de la siempre servicial computadora.

Ayer y hoy; pasado y presente.

“No a las tumbas, pero sí a los recuerdos”; sí a las evocaciones, y en general, sí al conjunto histórico que, al resguardo de las enciclopedias –bibliotecas-, nos dejan ver y admirar la grandeza del pasado.

Reiterar lo ya pronunciado –escrito- es sana costumbre. Y ahora lo hago: Repito que “el folclorismo cultural, en su pretensión de institucionalizar las más enraizadas costumbres y prácticas populares, le concede a las vivencias del ayer un perfil de perpetuidad que niega en sí misma la renovación y el cambio.

A los toreros de antaño, verdaderos personajes populares, se les festejaba y si se les rendían honores. Las multitudinarias entradas en las plazas era el comprobante. Hoy los profesionales del toreo mexicanos, siendo todavía objetos de admiración simbólica, tienen el turno de sustituir a las protagonistas sombras del pasado, “héroes” a los que se les recuerda e invoca, aunque contemplándoles en lejanía.

Me pegunto si la tonalidad “asombrada” con el presente evita que a los toreros modernos -mexicanos- se les mire como se mira a las nuevas luces que aporta el tiempo. Así las cosas, no me parece ridículo que existan aficionados que en lugar de deleitarse con los acontecimientos -y sus creadores- vuelvan su mirada a los grandes personajes que en su tiempo fueron objeto de admiración.

¿Valdrá la pena metafóricamente resucitar muertos en el toreo? Si así fuese con ello no pretendo crear una fenomenología que resucite difuntos, pero levantarlos de sus tumbas para redescubrir su grandeza y señorío debe ser un ejercicio, amé de excitante, simplemente enriquecedor pues “ENSEÑA E ILUSTRA” aún estando sobre ellos las losas que, tercas y aferradas en no dejarles erguirse, tienen al frente nombres y fechas para timbrarles y rescatarles.

“Recuerdos bellamente adormecidos” montados en la grupa de la Historia. Por eso me gusta ¿perder el tiempo? leyendo y releyendo lo que ocurrió ayer, antier y muchos ayeres antes del último antes. Leyendo la Historia me ha sido posible entender que algunos toreros nacieron para ser gigantes y otros enanos, entender que en la vida algunos árboles nacieron para santos y otros para carbón.

El autor

Y me río de mí mismo pues, siendo tan notablemente ignorante de la grandeza que está oculta -en espera de manos salvadoras- en la Historia del toreo, alcanzo a visualizar que en el futuro –dada la cerrazón de mi intelecto- “ni para leña o carbón de herradero habrá de servir el saldo de mi esqueleto cuando éste retoce -¿o repose?- en el armario de la eternidad”.

Y todo por no estudiar. Y todo por ser tan pachorrudo en la adquisición de cultura taurina, y todo por ser tan desidioso en retomar los textos que, abundantes, tienen –contienen- las referencias precisas de la grandeza de aquellos que hoy son recuerdo,

Memoria y respeto, enseñanza gratuita que está al alcance de quien quiera estirar la mano, abrir los ojos, despejar la mente y asimilar los dones secretos de la Historia del toreo mexicano.

¡SÍ A LA LECTURA! SÍ AL INTERCAMBIO DE IDEAS, SÍ AL INTERCAMBIO DE OPINIONES, SÍ A MIRAR EL PRESENTE CON OJOS DE ASOMBRO Y NOVEDAD, AUNQUE SE RECUERDE AL PASADO.

Ayer sentí pena por mi amigo el aficionado repelón pues creo que no fue entendido el fondo de su intensión. Él quería hablar de la magnificencia del ayer y, si bien no deplora el tiempo actual, por lo menso quería establecer una notable diferencia de tiempos, en los gustos y preferencias de los públicos, en la asistencia de las multitudes a las plazas.

Obvio, no le aplaudo que cierre los ojos ante las grandes maravillas que en la actualidad siguen ocurriendo en las plazas de toros en México. ¿Quién tiene la razón: el pasado o el presente?

Author: José Caro