¿SERÁ POSIBLE CONSTRUIR ESQUEMAS DE DIÁLOGO AFIRMANDO QUE EL TORERO ES UN LOCO Y QUE EL TOREO ES UN EJERCICIO PARA ENAJENADOS?

Tal vez alguien por ahí afirme que el toreo es una actividad tan alucinante que pareciera estar muy por encima de la prudencia del hombre. Inclusive habrá quien afirme, enfático y categórico, que las condiciones que requiere un anhelante de conquistar la cima de la tauromaquia son de carácter sobrehumano. Las disparatadas versiones de los que sopesan y evalúan en el diván de los psiquiatras los síntomas exhibidos por quienes padecen la inclinación al toreo llegan a tal grado que, en su extremo polar, tan solo atinan a diagnosticar la existencia de una rara enfermedad llamada “locura”. Sí, para no pocos el torero es un personaje tildado de “loco” y extravagante, y el toreo una exótica manifestación de perturbados. Lo cierto es que tan estrafalario calificativo, siendo una versión del dominio y uso popular, es tan repetido que, pese a su abrumadora promulgación, es tan ligero e insustancial como para dejarlo volar en la indiferencia.

Reconozco que el toreo como profesión es algo difícil de comprender, y más difícil aún de abrazar, también entiendo que es una manifestación tan humana que trasladarla al plano de lo enajenante es una deslealtad a la misma condición del hombre. Y es que, quede claro para entendidos y profanos, el toreo es una actividad tan humana que, para realizarla con virtuosismo y entendimiento, se requiere del sustento de las virtudes que dan categoría superior a cualquier proyecto que se perfile hacia los confines del arte.

En función del relativo conocimiento que tengo del toreo y su contexto me atrevo a afirmar que quien no goce del privilegio de ser un heredero gratuito de la dádiva misteriosa del cielo y la gracia de los duendes, y no posea aptitud física, inteligencia, valor, sentimiento y sobre todo un elevado concepto del compromiso y la honradez, sencillamente no podrá aspirar a ingresar a la dichosa elite de los íconos del toreo,… pero de eso a que requiera de un cierto grado de locura -lo pongo en duda-.

Cierto es que, como factor inicial, el hombre torero necesita estar dotado de vocación, toda vez que es ésta la premisa necesaria para que cualquier ser humano cumpla con su proyecto de vida ciertamente ya predestinado. Pues sí, la vocación torera es algo así como el pasaporte para ingresar al universo en el que no puede traicionarse la inclinación a la búsqueda de una gloria que, cuando se acierta, eleva de categoría al hombre de manera tan suntuosa que sólo a través de ella el torero podrá encontrar en castillos de oro y mármol la cabal satisfacción en el ideal taurino.

Lo cierto es que, una vez que hube de entender que la vocación es un elemento del cual no se puede prescindir porque es fuente de la energía que, al mismo tiempo, alienta la luz del ideal, me entra la duda si hay una vocación de “locos”. Y porque lo comprendí, deduzco que la fuerza de la atracción de la vocación torera es tan irresistible que sin ella no se podrá salir airoso del trance en el que se espolea el ánimo con inusitada crueldad.

Lo afirmo porque las he escuchado: qué gozosa sonoridad legítima tienen las palabras de todo aquel que le profesa un amor juvenilmente sincero ya apasionado a la vocación y al ejercicio del toreo.

Y porque los conozco puedo decir que. Sólo el hombre de vocación tolerando a golpe de paciencia y abnegación, burlas mal entendidas, sobreponiéndose varonilmente a críticas hirientes y a juicios de singular liviandad y ligereza, he visto cómo es que en base a la vocación han rebasado los efectos negativos de la hostilidad y el desprecio al grado de tornarlas aquellos en un grado, éstos en otro, en simpatía, admiración y respeto.

Y viéndolos, asumo la reflexión saludable en la cual se pone de manifiesto que galopante viene la primera rendición del enemigo. Esto es, los aficionados, convencidos de la fuerza energética de la vocación, a los jóvenes toreros se los toma en cuenta al grado de saludarlos con la reverencia que se les concede a los guerreros que van acumulando trofeos en el campo de batalla.

De tal suerte que, lo confieso, me convence seductoramente la realidad del proyecto de los jóvenes que tarde a tarde están dando muestra irrefutable que la semilla de la vocación, que nada tiene de locura, sembrada tal vez en su niñez, empieza a germinar.

Con qué alegría retoman el sendero los toreros que, soportando el trance tormentoso de las cornadas, con ejemplar coraje transitan por el reseco camino de la angustia y el desconocimiento de un futuro próximo y lejano. En suma, me queda claro que la palabra “vocación torera” se deja oír como la voz que marca una estela olorosa al perfume de la profundidad y al aroma del misterio que late en el corazón humano, voz que se despliega en la fuente de la fe, y que se esparce en los regueros y manantiales de la sangre. Así las cosas, resulta obligado afirmar que el torero de vocación jamás podrá ser equiparado a un loco y enajenado. Aunque a muchos les gustaría confirmar que lo es.

Author: José Caro