ARRASTRE LENTO

NO, NO ME ENTIENDO -NI A MI VIDA- SIN LA LUZ DE LA ESTRELLA DEL TOREO”

¡PRIMERO LA SALUD!

Por asociación de acontecimientos me viene a la memoria aquel 26 de abril de 2009. Recuerdo que, si bien ya conocía los estragos de las sensaciones novedosas originadas en el seno del espectáculo del toreo, nunca había padecido la encendida conmoción del relampagueante y súbito vértigo de la frustración no anunciada, efecto que, por su hondura, bruscamente oprimió el alma de quienes esperábamos gozar embelesados en la contemplación deleitosa del iris fascínate de la Fiesta de toros.

Hablo de aquella tarde, tarde en la que el colapso fue la estrella. Colapso fue cuando el reloj del coso registraba las seis de la tarde, instantes en los que, valga la expresión, pareció exacerbarse el sentimiento de agonía. Y es que, después de la inesperada suspensión de toda actividad en público de toreros -y toros- en el regio coso de mi linda tierra, ya admirado como catedral y palacio, el murmullo silencioso fue el marco en el que se produjo el doloroso parto sin embarazo. “SE SUSPENDE LA CORRIDA DE HOY, Y LAS CONSECUENTES, LO MISMO QUE LA FERIA, POR LOS EFECTOS DE LA INFLUENZA”.

En aquel momento sentí rabia: temía que fuera cierto que en el toreo hay intrusos que no quieren quedarse fuera del escenario de la historia. Luego del asombro causado por el siniestro creado por los impredecibles brujos de la oscuridad, en la conciencia me quedó el registro que en la vida del toreo nace la envidia como la vengativa hermana que no tolera que existan estrellas más brillantes que ella.

Ayer fue la influenza; ahora fue el coronavirus. Obviamente, y previniendo estragos mayores, se optó por lo mejor, realidad que no deja de lastimar a quienes, viviendo de ella, soportan y entienden que la Fiesta momentáneamente quede en parálisis.

El cuadro aquel no lo olvido -26 de abril de 2009-. “Después de la sorpresiva notificación hecha a quienes estábamos prestos a admirar el ritual mágico y solemne del toreo, el lento y pausado caminar de quienes con el rostro compungido en medio del silencio regresaban a casa. Diría que la “inconciliabilidad” transformó nuestro reino de encanto en un pesado peregrinar de luto. Los aficionados, perplejos por impresión que les dejó tan inesperado aviso, miraban con azoro hacia la lejanía donde las lágrimas no atinaban a caer. La voz grave del altoparlante participó al espectador de una fugaz visión del paraíso taurino, y del duelo por su irremediable pérdida. En seguida vino la congoja y la desolación. Hoy, y a la distancia, pudiera parecer ridícula exageración, pero así fue; quien lo vivió no me dejará mentir.

Si comentara de mis propias experiencias pudiera decir que una vez digerido hasta donde me fue posible el trago amargo provocado por la abrupta suspensión, al fondo, borrosa y casi fuera de foco, vi reaparecer la figura de la “esperanza”, tan joven y primaveral que al principio me costó trabajo reconocerla.

Eso fue ayer, y hoy es, aunque parecida, otra cosa.

Visto los acontecimientos que ayer y hoy han causado tan notables estragos en los estados de ánimo –y economías- bajo el perfil de una perspectiva acomedida, resignada, entusiasta y optimista, es posible suponer que tan indeseable fenómeno -coronavirus- pueda ofrecer algún beneficio posterior: “Tal vez lo que se obtenga sea una gran lección de salud social”.

De momento queda claro que los aficionados no podemos sustraernos a nuestra realidad heredada traicionado nuestra vocación predeterminada por los hechizos de la fantasía y el misterio ignorando los registros culturales de la tradición. Como se dice “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”, como anticipada conclusión quedaría claro que nadie podría haber imaginado cuánto desconcierto, azoro frustración y contrariedad inundaría nuestros corazones sin el ensamble del solemne ritual ceremonioso y festivo del toreo. Si ello ocurriera –SIN TOROS EN NUESTRAS VIDAS, sentiríamos aproximarnos “a los bordes del vacío en el que sólo se escuchan los juncos susurrando en el viento”-.

Así caigo en la cuenta de que, luego de aquel domingo catastrófico -26 de abril 2009, y el sábado recién pasado -14 de marzo 2020- si llegara a faltarme en definitiva la Fiesta de toros no me quedaría sino preguntarme: ¿Qué experiencia sensible podrá llevarme a través de la hondura de la noche, con la respiración agitada, y el espíritu colocado ante el yugo y el asombro de la sublimidad, a la contemplación de las estrellas del toreo hace tiempo encendidas?

NO, NO ME ENTIENDO –NI A MI VIDA- SIN EL TOREO.

Author: José Caro