ARRASTRE LENTO

SI LO VEN ASOMBRADO Y EXTRAÑANDO EL ESCÁNDALO DE LA FERIA Y EL RUMOR DE LA PLAZA DE TOROS NO SE ASOMBREN PUES, HOMBRE COMO ES, EL BUEN MARQUITOS PUEDE EXPERIMENTAR “SANTA CURIOSIDAD”

¡CON PERMISO DE DIOS!

El santo, Marcos de nombre, a quien las piadosas urgencias y necesidades humanas le dedicaron un templo en el barrio que fue pilar de la Villa de la Asunción de las Aguas Calientes, y que se le festeja con animada celebración el 25 de abril, viviendo –en cuerpo de madera- su soledad con religioso estoicismo remitido al nicho que le confinaron, según la costumbre buscaría taparse sus oídos para que no perturbasen su meditación el bullicio y el ajetreo que los mortales arman –cada año- con ruidosa escandalera.

Insólito, su residencia cerrada, y él en soledad. Así he visto su morada; y a él en asombro.

Aunque normalmente lo veo sumiso en su cuerpo prestado de madera, y dándole la razón al santo abandonado, noto cierta inquietud en su solemne recogimiento: algo hay en su actitud que me hace sospechar que siente el impío impulso de curiosear fuera de su hábitat para comprender el por qué la algarabía enmudeció este año. La suya es desde luego una “Santa curiosidad” que nada tiene de pecaminosa.

Y es que, si fue como supongo, don Marcos nunca debió haber presenciado una feria –mucho menos un festejo taurino- pues las verbenas populares- y no se diga el bárbaro espectáculo de los toros, no existían como tales cuando el santo difundía las pías enseñanzas evangélicas.

Lo cierto es que a sus oídos de madera anualmente llegaban los fantásticos rumores desordenados de los feriantes que parecían desfallecer en el extasiado espasmo de incontenible alegría. Y se conmovía con las plegarias de los que habiendo perdido buena cantidad de dinero en efectivo –en la jugada y el casino- imploraban consuelo y remedio a sus desastres. Más curiosidad experimentaba cuando, dada la cercanía del circo taurino con el templo levantado para su adoración, los ecos reverberantes del oleé que en exaltada animación cantaban los coros reunidos en el coso que sin haberlo él autorizado lleva su nombre. También se sorprendería si se diera cuenta que, al margen de la placita San Marcos, ya hay otra “más grandota”, La Monumental.

Entiendo su interrogante asombro: ¡Santa curiosidad la suya!

Y lo imagino: al menos es lo que interpreto de sus inmóviles arranques. “Tentado” a no quedarse con las ganas y darse una asomadita fuera de su recinto, quiere saber qué ocurrió este año. Seguramente extraña el bochornoso espectáculo anual que, si hubiese visto su esplendor, se iba a ir de espaldas. Comprobaría que vivía en un error pues siempre creyó que Dante en su Divina Comedia lo explicaba todo.

Este año, y sin gente en los alrededores de su “sede”, se asombró al darse cuenta de que su recinto sagrado no registró los “entradones” que los devotos hacían para venerarle con ferviente religiosidad. “En comparación con la explosión callejera -se diría el santo- qué tenues se escuchan las voces musitando oraciones ante el altar”.

¡Santa curiosidad! Quiso ir a los toros. Pero como no han creado tapabocas para los santos de madera, se valió del recurso ardiente de la imaginación. O al menos así lo supongo: imagino que, luego, y habiéndose adentrado a la plaza de toros, quedaría deslumbrado ante tan faustuoso colorido y apasionada exaltación, y perpleja sería su condición admirando las pericias de los diestros que, en conjunción con una hermosa bestia, dan vida a un arte que nunca pensó que existiera, y aunque pudiera reprender en algo la cruel ¿matanza? de la hermosa bondad de Dios –el toro- no lanzaría propuestas para suspender el espectáculo; antes bien, de seguro quisiera experimentar algo extravagante “calzándose” en un vestido de reyes, en un vestido de luces, en un vestido para torear.

¡Santa curiosidad la suya! ¿Qué ocurrió este año que semejante borlote no hizo ruido -acto de presencia- este año?

¿Qué cara pondrían sus devotos admiradores al verlo caminar por el jardín y dirigirse rumboso y parlanchín en acelerado caminar a la plaza de toros San Marcos, y luego a la Monumental? ¿Cómo se vería don Marquitos con cubre boca de cartón?

¿Y qué tal si, animado con el espíritu de la feria, don Marquitos se encamine por el andador J. Pani, y asombrado con la lujuriosa luminosidad del casino, y opta por meterse un ratito y apostar las limosnas dejando al beaterio con los rosarios en las manos y las jaculatorias en sus almas? ¿Se atrevería a afirmar que efectivamente es “linda la pelea de gallos”?

Pobre don Marquitos. Volvería a su nicho habiendo comprobado que el puño de gritones –y borrachitos- son un verdadero peligro –amenaza y riego- para la paz física y espiritual de los habitantes de la ciudad que este año no lo visitaron turistas y paseantes con la efusividad de siempre.

Volvería a su nicho entre columnas de mármol. Por lo pronto, e ignorando las súplicas de los devotos que le adoran pero que no pudieron entrar a su residencia, no ha escuchado las plegarias que le suplican acabe con este desorden del coronavirus.

Pero su “santa curiosidad” no quedaría satisfecha pues hay tantas cosas, sobre todo de los egos que alimentan la Fiesta de toros, que no acabará de comprender pese a su celestial sabiduría.

¿Qué ha pasado este año…? Se pregunta el buen Marcos.

Author: José Caro