DIVAGACIÓN SIN PRETENCIÓN PONTIFICANTE EN TORNO A UNA TACITA DE CAFÉ

Un sorbito al café que es negro y no café.

Esperaba; sentado estaba en una banca pública a un costado del ahora solitario teatro Morelos esperando a un viejo amigo que me prestaría un par de libros que había prometido facilitarme. No llegaba, en tanto yo esperaba. En una de esas tiendas modernas que han acaparado el consumo desplazando a las tradicionales tienditas provincianas compré un café, y con la obligada paciencia del que no sabe esperar, yo esperaba.

Me apremiaba la duda; temía que, con el argumento crítico de no poder estar en un mismo sitio público por mucho tiempo, algún supervisor de “salubridad” reprobara la prologada permanencia de mi ser en un mismo lugar. Largo fue el período de espera, tanto que, un par de servidores públicos –“policías bicicleteros” les dice mi nieto- con asombrosa benignidad y con un amigable tono débil e inofensivo, me preguntaron si me sentía bien pues seguramente mi aperezada apariencia, y temerosos de que los inclementes rayos del sol me pudieran haber dañado, le hizo creer que estaba suplicante en fatigosa clemencia.

Sorprendido con tanta amabilidad de los policías “investigadores”, y aclarado el asunto, seguí en espera de mi amigo. Dilató buen rato, el suficiente como para agradecerle su dilación. Me brindó la oportunidad de reconoceré el poder innato y persuasivo de la reflexión que abre paso a la luz en el entendimiento.

Mirando la exedra, viendo de reojo el costado de catedral, y virtualmente recostado sobre el muro oriente del teatro Morelos, esperaba jugueteando con los pensamientos. Pensaba en los libros que habría de prestarme mi amigo, pero sobre todo en el gusto de mis amores: ¡los toros!

Volví a pensar en lo pensado, y volví a pensar -hasta convertirlo en creencia- en lo que con pésimo gusto y estilo he intentado expresar en múltiples parrafadas. Y es que he creído que el mundo del toreo es un universo en el que se entrecruzan las más diversas técnicas, actitudes y expresiones que arman la base de un arte donde la originalidad es la que ennoblece la categoría del espectáculo. Queda claro que en el seno del toreo cohabitan la liturgia, el rito y la solemnidad, dando pie a la creación de una lujosa ceremonia en la que alternan, a veces disparatadamente, el drama y la alegría, la tragedia la hilaridad, el dolor y el éxtasis, la pasión y la serena bonanza de la magia y el encanto.

He creído que el mundo del toreo es un universo que, a falta de definiciones precisas, se intenta explicar aduciendo que es misterioso, mágico, impredecible, tormentoso y adictivo. Y he creído que en el mundo del toreo figuran con carácter predominante valores que suponen la existencia de un idealismo sustancialmente categórico no apto para cualquiera.

Ya ni me acoraba de él, pero le di otro sorbito al líquido negro que debiese ser café…

He creído que en el mundo del toreo se le rinde culto a la fogosidad del arrebato, a los tumultuosos desvaríos del alma poética, al escrúpulo de los espíritus cuya fuerza fecundadora habla de una inteligencia superior, a la elegante figura señera del clasicismo, al valor del dibujo y al predominio de lo lineal y escultórico. “Al fin es un arte con rasgos de una complejidad en apariencia indefinible”.

He creído que en la multiplicidad de los componentes del universo del toreo radica el encanto súbito del sentimiento y de la hondura. Y he creído que en el mundo del toreo el ritmo, el tiempo, y la forma constituyen, junto a la entrega, la honradez, y la ambición, las más puras esencias de lo sublime, entendido este “como el patrimonio verdadero de la originalidad romántica”.

Me había echado a la bolsa uno de esos envoltoritos de crema que se adhieran al líquido café, y le agregué una al café, y ahora el líquido café era de otro color… El café ya no era negro, ni tampoco café.

Esperaba, y en la espera tomé conciencia de mis creencias. He creído que el mundo del toreo exige renovación no sólo de procedimientos y formas, sino de cuadros, de actores, y personajes. De ahí que, en la espera de novilleros, y luego matadores de toros, me queda claro que el toreo no se agota con el tiempo y que, con el brío de los que vienen para renovar, la originalidad será su credencial vitalicia.

Finalmente, en la sesión de espera pude entender que el toreo es un mágico universo conservado en un almacén de imágenes y de signos puestos al servicio de la creatividad y la originalidad.

A pesar de todo me supo rico el líquido llamado café, aunque no creo que sea de mi preferencia. Y lo pude comprobar pues, luego de la prolongada espera se apareció mi amigo con dos libros en una de sus manos, en la otra sendas botellas que contenían el claro y transparente tequila que de manera tan deleitosa sabe persuadir, seducir, y convencer. ¡Salud!

Author: José Caro