CARTA A DON SIMÓN… 1ª PARTE

EN TONO de lamento… ¡¡¡Ay, señor don Simón!!!…

ME AQUEJAN añoranza y dolencia de aquellos lejanos años en que todos los pendones eran de tono color de rosa, un rosa ilusión, un rosa casi infantil, un rosa lleno de sueños, un rosa de esperanza al grado de ver el verde, blanco y rojo de nuestro lábaro patrio con el matiz de esas flores con tan elegante aroma. ¡Bendita -e ilusa- juventud! 

HOY, LLENO de años nos damos cuenta de que los castillos de arena se desmoronan con la mayor facilidad y que el aroma de la mentada flor pronto se desvanece. ¡¡¡Ay, señor don Simón!!!…

RECUERDO ESAS tardes novilleriles en El Toreo de Cuatro Caminos -otras en la Monumental México- con Carlos Moreno “El Campeche”, a un paisano de don Benito Juárez -Emilio Sosa-el mismo que prohibiera las corridas de toros a nivel nacional, en la actualidad esa ordenanza sigue firme en su estado natal, Oaxaca, a Raúl García, a “Chano” Ramos, a Gabriel España, a Oscar Realme, a Jesús Delgadillo “El Estudiante”, a Joel Téllez “El Silverio”, a Mauro Liceaga, a Guillermo Sandoval, a Martín Bolaños a quien apodaban “El Niño”,  a Raúl Contreras “Finito”, a Emilio y Rafael Rodríguez Vela, hijos del mejor puntillero del mundo, don Emilio, a Javier Maceira, a Jorge Montaño “El Ojitos”, Abel Flores “El Papelero”, Álvaro Cámara, Gabino Aguilar, Antonio Duarte “El Nayarit”, “Lupillo” Rivera, Fernando de los Reyes “El Callao” al renunciar a su primera alternativa, Víctor Pastor, Sergio Zermeño, Javier Duran “El Vale”, Fernando Velasco, Emilio Rivera “El Tejocote”, Luciano Contreras hijo, Jesús Silva “El Potosino” entre otros. Pero los nombres y recuerdos siguen…

Joel Téllez “El Silverio”
“Chano” Ramos.
Antonio Duarte “El Nayarit”.
Gabino Aguilar.
Gabriel España.

AQUEL MÉXICO, el que no volverá, el de finales de los años cincuenta -e inicio de la siguiente década- del pasado siglo, el mismo que con total seguridad se reiría de nosotros y nuestros sueños de infantil grandeza -cuando creíamos que la luna era de queso- y que bien la podíamos mordisquear puesto que por harta falta nos hacía ilusionarnos con tener algo en la barriga siempre vacía. Aquel hotelucho -de “menos cinco estrellas”- llamado “Roma”, residencia -o palacete- de moradores como don Jesús Muñoz, el “alumbrado” “Ciego”, el de “Mí luz”, del potosino Marco Tulio Jiménez, tío de Mario Zulaica, del bonachón “Charro” Hurtado y tantos más que el recinto parecía una sucursal de Babel, féminas incluidas que no por su “chamba” eran irrespetuosas, estas nocturnales damas salían tarde a sus respectivas “oficinas” y de día dormían. Puedo jurar que jamás -de ambas partes- se faltó respeto alguno entre esa jungla. Palabra que era una sana sociedad, inclusive, se me pasaba comentar, “El Charro” vivía con su familia, abiertamente ahí quedaron cuando él hubo de viajar con un pequeño grupo de toreros al lejano oriente, iba en el espectáculo floreando la reata, la misma que pintó de chillantes colores fosforescentes para llamar la atención cuando hacia su presentación ya sin luz solar, lucía mucho con los reflectores y posteriormente se colaba a bares que lo contrataban como “mexican curious”, desde luego que los demás toreaban el ganado bravo llevado exprofeso, si mal no lo recuerdo por delante de “la cuadrilla” formada por Fernando Elizondo iban Américo Garza “Romerita”, José Lavín e Ignacio Hernández, todos ganaron los buenos pesos que tanta falta hacían.

LA COMIDA escaseaba señor don Simón, pero los milagros existen.

CIERTO MEDIODÍA retornaban de sus diarios entrenamientos dos de los habitantes del hotel, desde luego que con su lio sobre el hombro -con capote y muleta dentro- en plena banqueta se les apareció “un santo” preguntándoles si eran novilleros, desde luego que le contestaron positivamente. Les interrogó sobre su economía y les hacía saber que él era mesero en una de esas cervecerías donde dan bastas botanas desde el momento que se van instalando los clientes, era hidalguense y desde joven muy taurino, por lo mismo les ofreció ayuda, esta fue de la siguiente manera…

CONTINUARA.  

Author: Pedro Julio Jiménez Villaseñor

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