¿LA FIESTA EN PAZ?

Desafíos taurinos ante un futuro incierto //Sudamérica, ¿reaccionará?

Me entero de que a nivel mundial apenas se rebasa el medio millón de muertos por Covid-19, cuando el planeta anda cerca de los 7 mil 800 millones de personas, la mayoría severamente afectadas por las radicales y desproporcionadas medidas que los gobiernos de todo el mundo han tomado para evitar daños mayores. ¿Qué daños? ¿Menos difuntos o más vivos perjudicados? Estas cifras demuestran que salió peor el remedio que la enfermedad, pues los trastornos provocados en el planeta rebasan por mucho la cifra de fallecidos e infectados, estos últimos unos diez millones hasta ahora.

En materia taurina el daño a causa de la pandemia no es sólo la suspensión de festejos en los ocho países –España, Francia, Portugal, Colombia, Ecuador, México, Perú y Venezuela–, sino el drástico recordatorio a la población mundial de que todos, absolutamente todos, nos vamos a morir: pobres, ricos, creyentes, descreídos, taurinos, antis, veganos, carnívoros, ancianos, niños, plantas y animales. Lo anterior, que pareciera una obviedad, no lo es tanto si consideramos que esta recordación pondrá en tela de juicio lugares comunes como jugarse la vida y suerte suprema, la muerte eventual del torero y la muerte del toro en el ruedo.

Entonces, si todos los seres vivientes debemos morir, con o sin virus, vestidos de luces o de lo que sea, a espada, de viejos o por contagio, los del negocio taurino deberán aumentar la noción de riesgo en el comportamiento del toro, la bravura sin adjetivos, el peligro que se siente, exige y cobra descuidos, la emoción real en suma, no la docilidad comodona fomentada por figuras, apoderados, ganaderos, empresas y crítica amiga y tolerada o incluso aplaudida por los públicos. Ese concepto de estética sin ética ya lo rebasaron el miedo, las prevenciones y la inmovilidad confinada. Una fiesta sin emoción, rivalidad y pasión ya no atraerá a nadie.

¿Cómo recuperar ese concepto intemporal de fiesta? Olvidando o modificando los criterios empleados hasta antes de la pandemia: por un lado, prescindir de figuras demasiado vistas, sobrevaluadas y ventajistas y con ello reducir costos, honorarios y precios; por el otro, una publicidad profesional y agresiva del espectáculo fincada en los toros –tendrán más edad– y en buenos toreros marginados –tendrán más hambre y disposición a jugársela–, lo que a corto plazo redundará en un reposicionamiento de la fiesta como espectáculo de masas competitivo y como producto publicitario para muchos más anunciantes. Vaya, se tendrá que elevar la intensidad de la función pero a precios más accesibles. En cualquier caso, sectores pensantes, aficionados sensibles, agrupaciones autónomas, comunicadores independientes y autoridades informadas deberán despojarse de añejas inercias y unirse para retomar el olvidado concepto ético-emocional de la manoseada fiesta de los toros si de verdad quieren ver su repunte.

En Sudamérica la situación se presenta aún más difícil, ya que las élites taurinas de los cuatro países nunca se han interesado en la búsqueda, estímulo, preparación y promoción de toreros nacionales con potencial de figuras de nivel internacional, conformándose todos los sectores con la importación anual de ases europeos. Los Girones, Rincones y Roca Rey han sido hechura española. Infinidad de buenos toreros sudamericanos continúa a la espera de criterios menos obtusos por parte de las élites de sus respectivos países, encantadas de seguir siendo colonias como única posibilidad de expresión taurina. Por ello defienden su fiesta como mera fuente de empleo.

Author: Leonardo Páez - La Jornada - CDMX