CARAS Y ROSTROS QUE NO QUIERO VER. NO… NO LOS QUIERO VER.

NO QUIERO VER A ESOS QUE SE DELEITAN QUITÁNDOLE LAS HOJITAS DE ORO A LOS RETABLOS DE LOS ALTARES –SUEÑOS- SAGRADOS DE LOS TOREROS DE AGUASCALIENTES.

NO QUIERO VER SESOS ROSTROS ENVENENADOS, ESOS SEMBLANTES, CON TUFO AMARGO.

¡Otra vez! De nuevo el desconcierto altera mi ánimo. Lo lamentable –pesada incomodidad emocional- es que, en consecuencia, mi razonamiento poco tiene de caballeroso. Me “alteró” la actitud de un grupo de aficionados -pocos para ser muchos, y muchos para ser dos- que irónicamente se deleitan promoviendo como fracaso el batallador esfuerzo de los toreros de Aguascalientes que luchando como verdaderos guerreros no han logrado redondear la “conquista” de sus sueños e ilusiones. Su cara burlesca me puso de mal humor pues sus palabras las sentí impactar en mí ser con tanta violencia como si fueran pedradas y apaleamientos.

¡Vaya guasa la suya; los toreros de Aguascalientes les parecen poca cosa! Argumentan los acusadores que, al no ser perseguidos los diestros por multitudes, no llenan ninguna plaza, ni la de su tierra. Son segundones con etiqueta de primera. Son estimados por sus leales seguidores, pero son repudiados por los aficionados que ven en su proceder la intensión de usurpar puestos de honor. ¡Vaya guasa la suya; los toreros de Aguascalientes les perecen poca cosa!

Dicho –escrito- lo anterior como necesaria aclaración, paso a despojarme de insanos resentimientos para intentar explicar y justificar mi manera de pensar y sentir.

Lo sabe usted, y lo sé yo: sabemos que los toreros, arquitectos de su morada, construyen sus castillos y palacios, mansiones equipadas con alfombras de fantasía y candiles de ilusión, pero sobre todo con el resbaladizo hierro de la incertidumbre.

Me gustan tales edificios. ¿Cómo no iban a gustarme si yo construí el mío? Empero ahora prefiero seguir escribiendo. A pesar de ello tan pulcras son las construcciones de los toreros que no hay polvos que enturbien el paisaje de sus pisos y espejos, y tan claros son sus espacios que ni por sus amplios ventanales logran asomarse nubes, las que se creen con derecho a entrar, con color de sombra. En ellos –castillos, palacios y mansiones- todo

es brillo, mágica alborada del encanto que precede <símbolo y semejanza> a “la dicha eterna” –destino del hombre-.

Los suyos son edificios que en nada se parecen a aquellos que, carcomidos sus pilares por los vientos atormentados, funestos y destructores de la amarga desilusión, desastrosamente colapsados se derrumban ante la negativa de la “dicha” que huye por los maléficos senderos de la incertidumbre sembrando angustiosos motivos que yacen en la opacidad del atardecer, vieja heredad de los espíritus malignos que encuentran su “desdichada dicha” en frustrar el esplendor de toda ilusión y fantasía ajena.

Desdichada dicha la de esos dos aficionados que -parecen muchos siendo tan pocos- se empeñan en malograr la reputación del destino de los toreros de AGUASCALIENTES. Vaya guasa. ¡Les parecen tan poca cosa!

Llega el momento en el que los toreros viven en su palacio, en su castillo, en su mansión encantada. Y adentro se dan órdenes de cerrar las puertas, ¡nadie entra!, ¡nadie sale! Todo lo necesario está en el interior de manera que no es necesario “salir de casa”. Y es que, dentro de ese castillo, de ese palacio, de esa morada, he visto sin remordimientos la cara sonrosada de los chavalitos glotones que, con su sonrisa amplia en los labios, ojillos vivos en su cara, y gestos burlones en su rostro, “devorar” caramelos, tal y como los toreros devoran y consumen con glotonería sus sueños atragantándose de fantasías y anhelos.

Es cuando los toreros se parecen a los niños. Son rostros aniñados de figuras simpáticas, caras de cuerpos livianos, semblantes de espíritus que sienten repugnancia por las nieblas, las sombras y las desdichas.

Me volvió a exasperar la postura de “esos dos que parecen muchos”… ¡Vaya guasa, parecerles poca cósalos toreos de Aguascalientes!

Vi de frente a “esos dos”… Sus semblantes tiesos, acartonados, promotores de gesticulaciones retorcidas, caras de figuras lejanas, rostros lunares que tienen a la amargura como indispensable color del maquillaje con que se pintan la frialdad de su insatisfacción.

¡No! ¡A esos seres –espíritus desligados de todo idealismo- no quiero verlos! Y menos escuchar o leer sus distorsionadas exclamaciones en las redes.

¡No! Que no quiero ver a esos cuerpos inescrupulosos, amargos semblantes que, dependientes de espíritus despreciables que, con burlas y dejos trastornados, contenedores de insanas vulgaridades, se mofan del espíritu conquistador de los

modernos quijotes ¡TOREROS! que muestran sus sueños e ilusiones como blasones –escudos- de la nobleza de la “locura” que es capaz de transformas las circunstancias.

Ni modo; escuchar a esos vivales aficionados de aparador que nunca le han salido a un toro, y que cuando le salieron fueron festejados como se festejan las comicidades de un payaso, de nuevo me ha hecho encabritar. ¡Otra vez! ¿Qué puedo hacer para evitarlo?

Author: José Caro