¿LA FIESTA EN PAZ?

Raúl Ponce de León, 50 años de alternativa, de emocionarse y emocionar

Entre los muchos buenos toreros mexicanos desaprovechados el último medio siglo por un sistema taurino incapaz de fortalecerse mediante el rigor de resultados y la evaluación oportuna del desempeño de sus protagonistas, incluido el público, que redundase en una competitividad eficaz y en un posicionamiento fortalecido de la fiesta, destaca la trayectoria de Raúl Ponce de León (Ciudad de México, 26 de enero de 1950), quien tanto de novillero como de matador obtuviera reiterados triunfos en la Plaza México y saliera en hombros de una enfebrecida multitud, no de costaleros pagados, hasta en ocho ocasiones, no a la siguiente cuadra del coso sino a su hotel o hasta un canal de televisión.

▲ A los 68 años, Raúl Ponce de León, volvió a emocionarse y a emocionar en la plaza Jorge El Ranchero Aguilar, de la ciudad de Tlaxcala, saliendo a hombros. Foto Archivo

Algo muy especial poseía este torero que provocaba la pasión y exaltaba a las multitudes, quienes al conjuro de su nombre llenaban expectantes las localidades numeradas del coso de Insurgentes. Y el joven diestro correspondía con una entrega gozosa y elocuente, con un valor que se notaba y un gusto por saber estar en la cara del toro y desplegar su variado repertorio con capa y muleta. Solía iniciar sus faenas con una espectacular suerte de su autoría bautizada como la ponciana, tanto por su apellido como en homenaje al Charro de Atenco. Citaba de largo en los medios, con la muleta en la zurda plegada a la espalda, al llegar el toro a jurisdicción le cambiaba el viaje con un quiebro, giraba en sentido contrario y lo recibía con un soberbio pase natural que ponía a la gente de pie.

Un domingo como hoy pero de 1970 recibió la alternativa en Ciudad Juárez, de manos de Raúl Contreras Finito y Mario Sevilla de testigo, con toros de Santacilia. Al del doctorado, Huracán, le cortó las dos orejas. El 24 de enero del año siguiente confirmó en la Plaza México de manos del venezolano César Girón y volvió a salir en hombros aun sin haber cortado oreja, al igual que el 4 de marzo de 1973, cuando enfrentó exigentes reses de la Viuda de Fernández y con el tabique roto fue sacado en volandas. Que con todo eso no haya sido una figura consolidada es algo muy difícil de creer. Allá los estudiosos y analistas sabrán justificarlo, señala.

Yo era muy joven y no había quién leyera bien la fiesta y supiera guiar, motivar y aprovechar a los noveles. Te acabas cansando de tocar puertas, de entregarte, triunfar y, no obstante, no ver claro. Te vas aburriendo de darlo todo a cambio de nada. Por absurdas razones, a las figuras y a sus ganaderos no les interesó alternar con los que veníamos empujando. Se molestaban y te vetaban si exigías que la corrida se sorteara. Continúan los grupos cerrados y el amiguismo, que miran para su beneficio no para el engrandecimiento de la fiesta.

“¿Mi tauromaquia?, la sinceridad, la verdad en el toreo, sin trampas ni ventajas, delante de un toro más bravo y emotivo, con capacidad de dar espectáculo. Y claro, con sello en tu hacer y sentir, una capacidad de atraer con tu personalidad y procedimientos pero, insisto, sin darle coba al público. Sólo así se consigue una entrega recíproca y espontánea. En marzo de 2018, en la plaza Jorge El Ranchero Aguilar, todavía pude emocionarme y emocionar al vestirme de luces y de nuevo salir a hombros tras lidiar un encierro de Felipe González.

“Como ganadero –Raúl es propietario del hierro San Miguel del Milagro junto con sus hijos Rodrigo y Alonso–, busco una bravura con emotividad, no sólo con repetitividad, que propicie la confrontación entre la acometividad del toro y la personalidad del torero. La gente volverá a las plazas sólo si se da prioridad a la bravura en toros y toreros; sin auténtica emoción, esto carece de sentido.”

Author: Leonardo Páez - La Jornada - CDMX