“ESPEJOS NUEVOS, MENTIRAS VIEJAS EN EL TOREO MEXICANO”

Hoy amanecí con esos raros alientos de la filosofía que, de madrugada, y ante la expectativa de un día nuevo, quiere explicarse y entender el mundo que le rodea. Y en esa aventura me encuentro. Pretendiendo explicarme y entenderme arriesgo a extender mis sonambulismos disque intelectuales. Ahí voy.

¡Sí! El toreo es un arte escénico que no se entiende si no se goza el abrazo amoroso de su fastuoso ceremonial que en crueles circunstancias festinan el ritual de sangre.

¡Sí, el toreo es un espectacular fenómeno que no se entiende a cabalidad si no se tiene la oportunidad de entender la soledad en público del toreo! Desnudar -el alma- en público no es cosa fácil.

¡Sí! El toreo es un arte escénico que se hace tangible cuando su invertebrado cuerpo ingresa a la ola en el mar de los significados. Y es que, para que el maravilloso fenómeno “sensualísimo” del toreo nos pueda llevar hacia las rutas de la magia y el misterio espiritual y emocional, debemos entender que su armado reclama de una férrea disciplina y una ardiente pasión. Entiendo que, si bien explicar oralmente el toreo entraña una considerable dosis de dificultad semántica, para tener éxito en el intento hay que dejar en claro que el toreo de “calidad”, el que no se explica sin la vívida injerencia del “sensual” acoplamiento del ritmo y el aliento, es un fenómeno cuya trayectoria en el firmamento de la imaginación no podría existir sino a condición de guardar religiosa fidelidad a su impulso original.

Puesto que de algún modo lo aprendí, debo dejar en claro que el ejercicio físico del toreo requiere tanto de una precisión matemática como de una de ágil destreza psicológica y motriz. Por tanto, queda claro que el toreo requiere del temple de acero en el alma, y de la fineza manual que sólo se da en la sensibilidad de los orfebres.

¡Sí! El toreo es la consecuencia de una rigurosa preparación académica, de arduas sesiones de entrenamientos y ensayos agotadores y extenuantes. ¡Sí! El toreo es un arte escénico que obliga, sobre todo a los profesionales que lo interpretan y ejecutan, y por cuyo oficio devengan grandes cantidades de prestigio y dinero, a sostener una radical exigencia –de lealtad –con ellos mismos, atributos que, al ser contemplados por los espectadores, son evaluados para establecer jerarquías.

ESPEJITO, DIME LA VERDAD

Lo cierto es que, pese a cualquier desengaño de orden estético, me divierte ver lo que se reproduce en los espejos cuando sin maquillaje de ninguna especie se pone al toreo frente al brillo de su plata –del espejo-. Y es que mucho se aprende de un espejo cuando éste reproduce la verdad. Así las cosas, valga puntualizar que la primera lección que aporta un espejo es para nunca olvidarla toda vez que su texto pudiera traducirse como una orientación: “jamás cerrar los ojos ante un espejo pese que éste no dibuja ni pinta las figuras ni las siluetas que en él se pueden observar”. Lo que se ve en un espejo no es otra cosa que la construcción mental de la realidad que siendo defectuosa suplica urgente recomposición.

Por tanto… En tanto no aprendamos -los aficionados- a ver la realidad en el espejo del toreo mexicano probablemente lo adularemos para que, como la brujita sin escoba, chimuela y tuerta, despeinada y mal garabateada, rechoncha y encorvada, aceptemos la mentira como verdad en el brillo de plata del espejo.

Lo mejor será quitarle a la Fiesta de toros mexicana el recurso de los espejos para que, de frente, como los diestros colosales le dan la cara al toro, se destruya el horror de la mentira taurina.

La verdad en el toreo no podrá jamás ser admirada en un espejo mentiroso, cobero, chantajista, irreal, simulador, tramposo, anti-ceremonial, anti-protocolario y falto de respeto al ritual.

Pues sí, el toreo es otra cosa: una maravilla colosal que, como arte escénico de primer nivel, nunca podrá ser cabalmente apreciado a través de las imágenes reproducidas en el en el espejo mentiroso de nueve “conveniencia personal”

Author: José Caro