LA VERDADERA HISTORIA DE SALVADOR SÁNCHEZ “FRASCUELO”

En esta historia, también recogida en el libro “Chinchón Mágico”  vamos a recordar hechos bastante conocidos, quizás porque ocurrieron en tiempos no demasiado lejanos.
Vemos a un joven Salvaor Sánchez, mucho antes de ser “Frascuelo”, camino de Chinchón, al encuentro de la fama y de la gloria.
En las fiestas de Santiago del año 1863, es corneado en una capea y durante unos meses es atendido por Florentino Catalán, el tío Tamayo, que era albañil y tenía un estanco, al que años después, cuando ya era famoso, su “hijo” Salvador, le compró una posada en la plaza.
Es la historia, de Salvador Sánchez, que había nacido en un pueblecito de Granada…

Año 1863
La verdadera Historia de Salvador Sánchez.

I

En la pequeña venta junto al puente que llamaban del ladrillo, en el camino de Madrid, esperaba ansioso Salvaor a que el arriero terminase de atalajar las mulas y uncirlas a los varales del carro para emprender el camino de vuelta a Chinchón.

Le habían dicho que allí siempre había ojeadores entendidos que te podían ayudar si demostrabas buenas maneras delante del toro. Era víspera de fiesta y en el carro sólo trasportaba los pellejos vacíos en los que había venido el buen vino de la tierra, y tres garrafas que aún desprendían el penetrante olor de aguardiente anisado que tanta fama le había dado al pueblo.

Manolo el arriero, al que se le conocía como el tío “Bigote”, le dijo al muchacho:

– Has tenido suerte, voy de vacío, y vas a poder hacer un camino cómodo, si pones tu capote sobre esos pellejos, te puedes preparar un buen asiento.

Estaba amaneciendo y había que aprovechar las horas en las que el sol todavía no calentaba demasiado para hacer la mayor parte del viaje que venía a durar de cinco a seis horas en función de la carga.

Salvaor era un mozo bien plantao, de fina figura y de andar pausado, de mirada altanera y de hablar sentencioso. Su hermano Antonio siempre le dijo que un torero siempre tenía que comportarse con la distinción propia de un maestro y el joven se había aprendido muy bien esta lección.

De niño se había trasladado a Madrid con su familia, desde su Churriana natal, y desde muy joven había demostra-do su afición a los toros, actuando de banderillero y toreando en mojigangas y charlotadas. Ahora quería darse a conocer y Chinchón bien podía ser su primer escalón para alcanzar la fama.

– Tienes que tener mucho cuidado, galán. Las capeas del pueblo son muy peligrosas, los toros están “resabiaos”, y hay mucha rivalidad entre los mozos que quieren lucirse.

Los dos hombres compartieron el almuerzo que traía el arriero y el vino fresco de la bota colaboró en que la conversación fuese fluida y amable y que el camino se le hiciese, al tío “Bigote” más corto que de costumbre, oyendo las mil aventuras taurinas que Salvaor le iba contando, con su gracejo granadino pero con una seriedad impropia de sus veintiún años.

Llegaron al pueblo a primeras horas de la tarde y el arriero le invitó a comer en su casa, pero Salvaor pensó que ya eran muchas las atenciones que había recibido y lo rehusó amablemente, aunque tuvo que aceptar un trozo de longaniza y un cantero de pan que le puso en la mano a la hora de despedirse.

Cuando llegó a la plaza recibió una fuerte impresión. La plaza lucía ya engalanada para la fiesta del día siguiente. Se había formado el ruedo con carros y se habían colocado talanqueras para ampliar la capacidad de espectadores. Algunas balconadas ya se habían adornado con mantones y colgaduras que daban la nota de colorido a la luz del sol implacable que caía de pleno.

Sólo bajo los soportales se notaba un vientecillo fresco que aplacaba los rigores del aire que casi se hacía irrespirable.

Salvaor colocó su capotillo junto a una de las columnas y se sentó en la piedra reluciente y fresca de uno de los escalones. Sacó de su hatillo las viandas que le había regalado el tío “Bigote” y empezó a comer admirando la mole pétrea de la Iglesia que presidía todo aquel conjunto arquitectónico que más parecía un grandioso decorado que la plaza de un pequeño pueblo.

A su derecha, en la parte de arriba de la plaza, una fuente, sin duda, recientemente remozada, le ofreció las fres-cas aguas de sus chorros que caían monótonos y sin pausa en un gran pilón en el que abrevaban unas mulas que venían del campo. Se refrescó la cabeza y los brazos y quedó pensativo sin atreverse a beber.

Una mujer, que contemplaba entretenida la escena, dirigiéndose al maletilla, le dijo:

– ¡Bebe, sin miedo, esa agua, buen mozo, y serás torero famoso!

Esa tarde conoció a varios mozos del pueblo; Aureliano Serrano, Valentín Catalán, el hijo de la estanquera y otros aficionados que le fueron poniendo al corriente de los usos y costumbre del pueblo, en materia taurina.

– Tienes que esperar a que los mozos hagan los prime-ros recortes al toro, si no, no te van a dejar que torees… Luego ya no se meterán contigo…

– En cambio, si te ves achuchado por el toro, te puedes acercar a los carros que te ayudaran a subir, no como en otros pueblos que no permiten que nadie se suba a su carro…

– Aquí las mujeres chillan mucho…

Aquella noche, Salvaor durmió en uno de los carros de la plaza, arropado en su capote. A la mañana siguiente se desayunó unos churros y se dio una vuelta por aquel pueblo de calles estrechas, tortuosas y empinadas. Calles empedradas y con un albañal en el centro y a uno de sus lados una senda de ladrillo rojo por donde andar en invierno para no escurrirse con los hielos sobre las piedras. Un pueblo con castillo a medio derruir y con muchas iglesias y conventos. Un pueblo que se despertaba alegre porque era la fiesta del Apóstol Santiago al que llamaban “Matamoros”.

La capea, por la tarde, estaba siendo muy animada, y la plaza registraba un lleno total. Las familias de los agricultores se acomodaban en el carro que cada uno había bajado el día antes, por la mañana, a la plaza. Las balconadas estaban ocupadas por sus dueños que muchas veces no eran los propietarios de las casas, que sólo en los días de fiesta tenían que franquear el paso a los dueños de los balcones. Los que no tenían carro o balcón, se procuraban una localidad en las talanqueras o se las ingeniaban para recibir la invitación de algún amigo.

En el ruedo, Salvaor observaba a los mozos del pueblo que, como le habían advertido, no dejaban que nadie se acer-case al toro con capotes o muletas. Habían llegado al pueblo otras maletillas, también, con la esperanza de poder dar unos capotazos que les abrieran la puerta de la fama.

Era un toro chico, malencarao y tardo en la envestida. Los mozos se habían cansado de citarle sin resultado y uno de los maletillas se fue hacia él con su capote envuelto en un estaquillador a modo de muleta. No logró que el morlaco se arrancase, ante los silbidos del respetable que empezaba a impacientarse por el flojo juego del astado.

Su nuevo amigo Aureliano, le animó:

-¡Ahora, Salvador!

El de Churriana, erguido, con andares garbosos y pintureros, la cara alta y arrastrando el capote detrás suyo, cruzó el ruedo hacia el toro que seguía inmóvil y amenazante sin perder de vista a cualquiera que se moviese a su lado. Echó el capote, a una mano, al hocico del toro. Con habilidad, más propia de un maestro, consiguió atraer al animal hasta el centro de la plaza. Allí, cogió el capote con las dos manos y perfiló tres verónicas ajustadísimas, cerradas por una media con los brazos caídos, que arrancaron el aplauso unánime de la concurrencia.

Otro maletilla quiso aprovechar el clamor para intervenir, pero los mozos que estaban alrededor no se lo permitieron. Salvaor, se echó el capote a la espalda y volvió a citar al toro. Fueron tres pases cerrados por una revolera que hicieron resonar, de nuevo, los aplausos de toda la plaza. Se sintió, en ese momento, figura del toreo. Elevó sus ojos al cielo azul y, por unos instantes, se sintió trasportado a la gloria, entre el clamor y los aplausos que resonaban en sus oídos.

De pronto, ese clamor y esos aplausos se tornaron en gritos. Salvaor había olvidado que a un toro no se le puede perder la cara y fue arrollado por aquel toro chico y malencarao que le dejó tendido en la arena con una fea cogida.

– Este herido… ¡mira como sangra!

– Ha sido en el culo… puede ser grave…

El toro salió huyendo y se refugió en la querencia de los toriles. Varios mozos, que no se habían percatado de la gravedad de la cogida, corrieron a ayudarle y le animaban a dar la vuelta al ruedo para recibir el aplauso del público.

– No seáis brutos, ¿no véis que está herido? ¡Llevadle, inmediatamente, al hospital!

Era don Víctor Marcitllach, el señor Alcalde, que presidia el festejo.

No había en la plaza ninguna estancia habilitada para atender a los heridos. Tampoco era el hospital una garantía de buena atención sanitaria. En realidad, el hospital no era mucho más que un lugar de acogimiento de pobres enfermos, por lo que sólo eran llevados allí los que no disponían de medios para pagarse una atención sanitaria.

En uno de los carros, cerca del ayuntamiento, Florentino Catalán, albañil y buen aficionado, había aprecia-do el garbo torero del muchacho. Sin pensarlo, se fue hacia los mozos que portaban en brazos al muchacho, y les dijo:

-Nada, de hospital, ¡llevadle a mi casa…!

-¡Es que ha dicho el alcalde…!

-¡Pues así lo diga Dios en el cielo… Yo no consiento que a este mozo que tanto promete se le meta en el hospital como a “probe” de pedir…

Florentino Catalán, además de albañil y buen aficionado a los toros, era conocido en el pueblo como el tío “Tamayo” y tenía un estanco del que se ocupaba su esposa.

Cuando ésta vio llegar a la comitiva, se plantó ante su marido:

-Me figuro que lo piensas cuidar tú… ¡No tengo yo trabajos “pa” meterme en uno más!

-¡Así será! Contestó el tío Tamayo, que era castellano viejo, hombre de pocas palabras y fuertes decisiones.

– Llegó el médico al estanco, hicieron vendas de unas sábanas que tenían guardadas en un cofre, ante las protestas de la mujer, y le hizo las curas pertinentes.

Después, ya en el ayuntamiento, dio el parte médico a las autoridades.

– Ha sido una cornada ascendente, en el recto, de veinte centímetros que ha interesado el músculo, y otra de quince centímetros en el glúteo izquierdo. La cogida ha sido grave, pero si no hay infecciones, ésta la cuenta el muchacho; pero tiene para unos meses, tendrá que dormir boca abajo, y no se podrá sentar en unas semanas…

El diagnóstico del buen médico rural era acertado. Florentino y su mujer se desvivieron en atenciones al joven Salvaor, que no sabía cómo agradecer lo que aquellas buenas personas estaban haciendo por él. No tardó mucho en salir a los soportales de la plaza a darse pequeños paseos, donde recibía el cariño de todos los vecinos, que empezaron a considerarlo como uno más de ellos. Trabó una entrañable amistad con Valentín, que era un poco más joven que él, y en cuanto pudo, colaboró en las tareas del estanco, para ayudar a la que, desde entonces, llamó “madre”.

Era el año 1.863 y a mediados de octubre, emprendía el camino de regreso a Madrid, en busca de la fama que había vislumbrado mirando el cielo azul, después de una revolera ceñida a un toro chico y malencarado en el centro de la plaza de Chinchón.

II

El viaje en tílburi desde Torrelodones a Chinchón era un paseo recordando aquel que había hecho en el carro del tío “Bigote” casi treinta años antes. A don Salvador le gustaba visitar regularmente el pueblo que le había hecho su hijo adoptivo y pasar unos días con aquellos amigos que siempre le demostraron cariño, admiración y agradecimiento recíproco. Porque Salvador siempre había escuchado decir aquello “ser agradecido es de bien nacidos” y no quiso olvidar nunca lo que el Tío Tamayo y su familia hicieron por él. Y consideraba que no tenía ningún mérito el haber comprado para ellos la posada de la plaza, ni haber acogido en su casa a su hijo Valentín cuando fue herido, ni todos los regalos que siempre les traía cuando venía a Chinchón.

También quiso siempre agradecer a todo el pueblo su cariño, organizando festivales benéficos, como aquel del 26 de octubre de 1871 y, sobre todo, el del 21 de septiembre de 1880 con motivo de las Fiestas del Rosario.

Recordaba ahora el estoque con empuñadura de oro, costeado por suscripción popular, que le regalaron con ese motivo. En la hoja del estoque había gravadas varias escenas de la lidia y una inscripción en la que leía: “Chinchón a su hijo adoptivo”. Se lo entregó el teniente de alcalde D. Dionisio González, en una comida que organizaron el Casino. Su amigo, el alcalde D. Víctor Marcitllach, no pudo asistir porque estaba de viaje.

Subiendo, ya a la caída de la tarde, por la calle de los Huertos, recordó aquellos meses que había pasado convaleciente en aquel pueblo, y se admiró del trabajo de rehabilitación de las calles que se había llevado a cabo durante aquellos años por la Sociedad de Cosecheros. Daba gusto ver la limpieza y el esmerado mantenimiento que se podía observar del alumbrado público con farolas de petróleo. Tenía que decir a las autoridades que ya era tiempo de pensar en cambiarlas por el alumbrado eléctrico.

En la posada del tío Tamayo habían preparado la mejor habitación, como siempre que venía, para el maestro. Y también, como siempre, después de la cena fueron llegando todos sus viejos amigos y se formó la tertulia que siempre duraba hasta altas horas de la madrugada.

-¿Cómo llevas tu vida de torero retirado?

-¡“Mu” tranquilo y “mu” a gusto..! Viendo los toros desde la barrera, y dando mi opinión, mal que les pese a algunos… y cada vez más contento con la casa que me hice en la “Finca Monte Gasco” de Torrelodones…

-Hemos oído hablar que has escrito un decálogo del buen torero…

-¿No me digas que ya lo conocéis aquí?

-Conocerlo, no, pero algo hemos oído…

-Pues escuchad:

Aquí van mis diez mandamientos del toreo:

“Primero: amar a Paquiro sobre todas las coletas.

Segundo: No jurar que vas a meterte en el morrillo de los toros para luego no arrimarte nada.

Tercero: Santificar la fiesta española, entendiéndose que santificarla no es tirar el pego.

Cuarto: honrar a la afición que da cuanto se le pide y más de lo que puede.

Quinto: no matar como Rafael el Gallo.

Sexto: no amolar tanto a los toros ni a los espectadores.

Séptimo: no hurtar las ingles a las arrancadas de los astados, ni hurtar tantos billetes como se viene haciendo.

Octavo: no decir en los telegramas que tú estuviste colosal y tu compañero desastroso.

Noveno: no desear la cupletista o supertanguista de tu prójimo.

Décimo: no codiciar el contrato del colega; ni el colchón del zapatero, del hojalatero y del tapicero, cuando el colchón va a la casa de empeños para luego no ver más que huir a los toreros de arriba, de abajo, de la derecha y de la izquierda”.

– Pues esto no va a gustar demasiado a algunos….

– Yo soy un matador de toros, aunque esté ya un poco mayor y retirado. Pero, tal vez por eso, estoy libre de toda servidumbre o compromiso con las empresas y mis propios compañeros. Creo que tengo fuerza moral para denunciar algunos de los males que aquejan a la fiesta… Se que no es habitual encontrar entre las figuras del toreo, voces tan críticas y alejadas del acostumbrado corporativismo que siempre ha existido en el gremio…

Pero esto no es importante, contadme cosas de Chinchón…

Se fueron haciendo un repaso de las novedades del pueblo y recordando hechos importantes que habían vivido juntos.

Con los beneficios del festival del año 1880, en el que se lidiaron 4 toros de la ganadería de Veragua, tres por Frascuelo y uno por Valentín Martín, y que ascendieron a 21.301 reales, se compró una barrera, similar a la de la plaza de Madrid, que fue fabricada en Aranjuez, y para colocarla, fue necesario que la Sociedad de Cosecheros realizase las obras para reducir el ruedo.

Aunque el diestro intentó que no se supiese, era conocido por todo el pueblo que todos los inviernos daba dinero para repartir pan entre los necesitados… era “el pan de Frascuelo”.

Uno de los contertulios era su amigo Aureliano Serrano, gran aficionado a los toros, que incluso llegó a torear en una becerrada que se organizó el 19 de junio de 1879 en la plaza del castillo de Chinchón.

-¡Mucho miedo pasaste aquel día, Aureliano…!

-Pero nos divertimos mucho. La idea de hacer una corrida de toros en la plaza del castillo fue todo un acontecimiento. Se preparó todo muy bien y fue un gran espectáculo.

-Yo me lo pasé muy bien. Cuando recibí la invitación de mi amigo D. Tomás Ortiz de Zárate, el señor alcalde, para presidir la becerrada, no dudé en acudir, como siempre que me llaman de Chinchón.

Hizo un día espléndido. La banda de música colaboró, como todos, de forma altruista, y amenizó la tarde con las piezas más escogidas de su repertorio. Actuaron como matadores, Juan Aguado y Aureliano Serrano. Los picadores fueron Joaquín Asensio y Manuel Olivas. Actuaron como banderilleros, Tomás Díaz, Maximiano Caraballo, Gerardo Fernández y Amando Salgado. El despeje de plaza lo hicieron los jóvenes alguacilillos Gonzalo Marcitllach y Pedro del Nero. Actuaron como directores de lidia los diestros Victoriano Regatero y Valentín Martin, grandes amigos de Salvador que actuó como puntillero.

-¡Fue un día inolvidable…!

-¡Anda, Salvador, cuéntanos lo del teatro…!

-No tiene importancia… Pues nada, que hace unos años, estaba yo aquí pasando unos días y llegó a la posada una compañía de variedades para hacer unas funciones en el teatro del Alamillo. El primer día no tuvieron muchos espectadores porque el precio de la entrada era caro para los del pueblo porque que ese año no habían sido buenas las cosechas… Me invitaron al día siguiente y cuando llegué al teatro había varias personas en la puerta, pero, parecía que no con demasiadas intenciones de entrar… Se me ocurrió que no era bueno que mis paisanos perdiesen esta oportunidad y empecé a comprar entradas para todos los que allí estaban… No sé cómo pudo correrse tan pronto la noticia, porque al rato tuvieron que poner el cartel de “no hay billetes” y me dijeron que no conocían un éxito de taquilla tan importante en toda la historia de la compañía…

Y así, contando anécdotas y recuerdos trascurrió otra de las tertulias que siempre se organizaban en la posada del tío Tamayo, cuando recibía a su “hijo” Salvador.

III

Tenido por uno de los más grandes estoqueadores de toda la historia de la tauromaquia, Frascuelo tomó la alterna-tiva en 1867 de manos nada menos que de Francisco Arjona, Cúchares. En 1868 coincide por primera vez con Lagartijo y comienza una rivalidad que dividió España en dos bandos y sólo tiene parangón con las que mantuvieron Pedro Romero y Costillares o Joselito y Belmonte. Sus toros preferidos para triunfar fueron los “Veraguas”, a los que con frecuencia despachaba recibiendo de forma impecable. Fueron memorables sus faenas en Madrid los días 19 de septiembre de 1869 y 22 de octubre de 1871, llegando la apoteosis al estoquear seis toros en la corrida de la Beneficencia de 1874. Otros hitos en su carrera fueron la muerte del último toro lidiado en la vieja plaza de la calle Alcalá el 9 de julio de 1874 y la corrida de la Beneficencia de 1882, mano a mano con Lagartijo. Ya en franca decadencia, tras recibir diversas cornadas de gravedad, se retira de los ruedos a principios de la temporada de 1889.

Los taurinos definen el estilo de Frascuelo por su toreo en corto, su poder con la muleta y en los quites, y su decisión a la hora de estoquear, perfilándose en las cercanías de la res y matando por lo general “arrancando”.

A finales de febrero de 1898 acudió el maestro Salvador Sánchez “Frascuelo” a la finca de “El Soto Gutiérrez”, invitado por su gran amigo don Esteban, aunque ya estaba retirado de los ruedos, a un herradero y tentadero de vacas y becerros. Tras bregar y dirigir las operaciones como en sus mejores tiempos, sudoroso y agitado, solicitó un vaso de agua fría, que le supo a gloria. Después de comer comenzó a sentirse destemplado, le subió la fiebre hasta más de 39º, fue trasladado a Madrid al día siguiente y tras soportar varios días una pulmonía infecciosa de índole palúdica (así fue diagnosticada) falleció el 8 de marzo de 1898, a la edad de 55 años.

Pero esto es la historia conocida de Frascuelo. Nosotros sólo queríamos relatar la verdadera historia de Salvador Sánchez, nacido en Churriana de la Vega (Granada) e hijo adoptivo de Chinchón.

Nota: Las ilustraciones son una fotografía antigua de la plaza de Chinchón, posiblemente de la época de Frascuelo, y las tres placas que hay en Chinchón dedicadas al torero.

FUENTE: LA ERMITA/Manuel Carrasco Moreno

Author: Redacción