¿LA FIESTA EN PAZ?

Hubo una independencia genuina que se ha convertido en dependencia deliberada: Jesús Flores

Entre los insólitos vivas de la ceremonia de El Grito, el pasado 15 de septiembre en el Zócalo de la Ciudad de México, el presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo a bien exclamar: ¡Viva la grandeza cultural de México!, aunque aún sea notorio el contraste entre la observancia oportuna de políticas culturales que sustenten y refuercen esa grandeza.

Y mal que les pese a los antitaurinos que confunden la verdad en abstracto con el gusto personal en concreto, parte incuestionable de esa riqueza cultural invocada es la vocación taurina de México, con apenas 494 años de antigüedad y ya varias décadas de descuido por parte de las autoridades responsables de proteger la dignidad animal del toro de lidia y la dignidad ciudadana del público.

¿Qué ha ocurrido con una fiesta de los toros mexicana no hace mucho fuertemente arraigada, expresiva y competitiva?, pregunto al doctor en Historia Jesús Flores Olague.

“Son varios factores los que han incidido en este debilitamiento –comienza el también aficionado a los toros y al beisbol–. Desde luego la claudicación de los Estados nacionales y la condescendencia de la autoridad ante los caprichos del dinero, cuando no la abierta colusión con éste. Asimismo, el abuso sistemático por parte de sucesivas empresas, tan poderosas como ayunas de sustento cultural taurino, de la modalidad autorregulatoria impuesta por el neoliberalismo: busca cómplices a modo y haz lo que se te antoje pero aparenta ser responsable.

Consecuencia de lo anterior es la negativa de este absurdo sistema a estimular el surgimiento ya no de ídolos taurinos, sino siquiera de figuras de los ruedos con verdadero arrastre y convicción de triunfo, capaces de agotar el boletaje y restaurar partidarismos, privilegiando en cambio un trato acomplejado a las figuras importadas, demasiado vistas, monótonas y ventajistas, que acabaron imponiendo un toro mansurrón y repetidor como el modelo a seguir, lo que ha dado al traste con la rica tradición ganadera de bravo en el país. Las autoridades cedieron y los públicos se ausentaron, con el aplauso de una crítica especuladora. Por ello sorprende que el monopolio se niegue a dar corridas en sus importantes plazas, acostumbrado como está a soportar pobres entradas sin que ello lo anime a modificar la opacidad de su gestión.

–La pandemia será…

–Mira –interrumpe el doctor Flores Olague–, como ocurre siempre con pandemias y desastres naturales, éstos no sirven para afinar la reflexión individual y colectiva, por más buenos deseos que haya. Tampoco va a servir para que disminuyan los vicios de un sistema taurino que, repito, hace años perdió el rumbo con respecto a la bravura del toro y de los protagonistas de luces. A los empresarios les sobra ambición y les falta una gestión más sensible y empática con la propia fiesta y con el público que, aunque no sepa, intuye que no vale la pena asistir a un espectáculo que expulsó al dramatismo al expulsar la bravura.”

Me entero por el maestro Rafael Rodríguez Castañeda, anterior director del semanario Proceso, de que la mañana de este sábado 19 de septiembre descansó de decirle sí a la vida Guillermo H. Cantú, destacado empresario, aficionado pensante y agudo ensayista, autor de libros infaltables como Muerte de Azúcar, Silverio o la sensualidad en el toreo, Manolo Martínez un demonio de pasión y Visiones y fantasmas del toreo. Ya habrá oportunidad de extendernos sobre su invaluable aportación a la reflexión taurina esclarecida. ¡Salud, entrañable Memo!

Author: Leonardo Páez - La Jornada - CDMX